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Esperanza y muerte: invitación a leer un poema

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  “Nos debemos a la muerte: nosotros y todo lo nuestro... Todo lo mortal perece”[1]. La serenidad del clásico, con la aparente naturalidad de quien comunica el tiempo que hace o la hora del día, apenas disimula el pesimismo y la angustia ante un final sin otros horizontes. Nuestra conciencia espontánea se revela contra semejante forma de pensar. Sabemos que hemos de morir, que la vida humana es limitada, pero “nuestra” muerte, “nuestro” fin, y el de las personas que queremos, no se viven con la neutralidad que supone una constatación estadística o la experiencia diaria de la destrucción de la vida.


La ocultación de la muerte en la cultura actual

         La palabra cristiana sobre el morir y la muerte ofrece, frente a cualquier pesimismo, numerosas variaciones. Pero la predicación cristiana se enfrenta hoy, como Pablo en el aerópago, a formas refinadas de escepticismo. Reducido cada día más el horizonte de trascendencia, parece querer imponerse de nuevo una actitud resignada que, una vez sentada la condición inevitable y natural del morir, pretende conjurar la angustia que genera maquillando su apariencia y desterrando la muerte del mundo de la palabra. Así comprobamos cómo nos domina el silencio cuando nos sorprende una enfermedad irreversible, o tememos que alguien próximo a nosotros fallezca. Somos incapaces de hablar abiertamente con los demás de algo que, por nuestra parte, hemos desplazado a la trastienda de la conciencia. Una especie de escotoma colectivo[2] enmascara y disimula el verdadero rostro de la muerte y su trato diario, con graves consecuencias para el equilibrio personal y religioso de personas e instituciones.

Por una parte, se disimula la muerte anunciada: se puede ocultar la enfermedad o tranquilizar hipócritamente al enfermo; se abandonan los rituales de tránsito, que ayudan a neutralizar la angustia y dejan un espacio disponible para vivencias más esperanzadas; o, simplemente, sólo sabemos estar ante y con el enfermo, mudos, incapaces de transmitirle un aliento de esperanza, de nombrar ante él a Dios, de rezar y de confesar con él nuestra fe en la bondad de la mano que lo espera para acogerlo. Ni siquiera lo que parece más sencillo se ha salvado: contar y hablar de nuestro fin, a medida que avanza la vida y nos vamos haciendo viejos.


Y esto nos orienta hacia la segunda consecuencia de la situación actual para las personas. Hoy el individuo camina solo frente a su destino mortal. No me refiero a la radical condición que sitúa en el centro de cada persona, y de ella sola, su orientación definitiva ante la vida y ante la muerte. En este sentido resulta claro que cada uno debe vivir la vida y la muerte por su cuenta. Pero la actual deriva individualista y solipsista ha exacerbado, hasta la caricatura, la autonomía personal como si el yo se engendrase a la vida desde sí mismo: incapaz de reconocer sus propios límites, ahuyenta de sí la figura espectral de la muerte ajena para no verse obligado a elaborar personal y socialmente la imagen de su propio fin. El final del curso de la vida está en general marcado por el aislamiento, incluso físico, recluyendo a la persona para morir en un hospital, una unidad del dolor o una residencia, dejando con frecuencia al moribundo en sus últimos momentos en total desarraigo de lo que fueron sus apoyos vitales y existenciales, incluyendo entre ellos también los religiosos.

Nuestra sociedad está enferma, sin duda alguna, y una de las cosas que necesita para sanar es aprender de nuevo a morir con dignidad. Ni siquiera las instituciones religiosas se han salvado de esta deriva. Reducido el acompañamiento ritual en los pródromos de la partida, que entre el silencio y el disimulo ya no sabe cómo hacerse presente, muchos de los ritos que antes preparaban a morir y a aceptar la muerte han desaparecido sin ser sustituidos por otros, o se desplazan ahora a la celebración de los funerales. El ritual de despedida puede seguir siendo eficaz, pero no para el moribundo, al que ya nada acompaña. Más bien se ha convertido en conjuro de su angustia para los próximos que continúan vivos.

El lector sabrá perdonar todo este solemne discurso preliminar, si ahora le digo que, en realidad, el propósito de todo esto es animarle a que lea un poema: el Salmo de mi serenidad – Hacia el encuentro. Se trata de un largo poema inédito del P. José Mª Guervós Hoyos, que de manera inexplicable quedó fuera de la selección que realicé para la reciente edición de su obra[3]. Al publicarlo ahora, pretendo salvarlo de un olvido inmerecido. Pero, a la vez y en línea con lo que acabo de decir, puede servir de invitación a recuperar, como un ejercicio inexcusable de nuestra vida, que contribuye a situarla en sus justas coordenadas y no responde a ningún resabio masoquista, lo que los tratadistas espirituales de antaño introducían como “consideración sobre la propia muerte”.


No es probable que el P. Guervós hablara mucho de su muerte con los demás, ni siquiera con sus hermanos de religión. Mantuvo siempre una actitud reservada, que apenas dejaba traslucir su intensa vida interior. Pero sí lo hizo consigo mismo y con Dios. Y nos ha dejado constancia de este diálogo en numerosos poemas, ya que la poesía era de hecho el confidente sobre el que volcaba su alma, su fe, sus ansias de Dios, sus miedos y su mirar esperanzado. Mantuvo, además, la lucidez hasta el último día y, a pesar de sus dificultades de visión que no le permitían más que “garrapatear”, escribió versos hasta dos/tres años antes de su fallecimiento, ocurrido en 2001. Con carácter introductorio y antes de transcribir el “Salmo de mi serenidad”, voy a espigar a lo largo de su obra algunos de los momentos y de las figuras en las que fue vertiendo, sobre todo en sus creaciones de los últimos veinte años, las consideraciones que el envejecimiento y la perspectiva de la muerte le inspiraban.




La muerte propia en la poesía del P. Guervós

La primera referencia poética a la “muerte” aparece en el romance, que alcanzó una difusión considerable, Yo tengo un hábito blanco (1948), escrito con ocasión de su entrada en los dominicos (recordemos, para quien lo desconozca, que tenía 33 años y era ya un escritor y actor de teatro de fama). Pero aquí -la juventud de la vida lo hace comprensible- se trata de una referencia más retórica que existencial:
                                      Yo tengo un hábito blanco,
                                      como una vida que empieza
                                      y, como un grito de muerte,
                                      lo cubre una capa negra...
                                       Vida y muerte de la mano,
                                      juntas por la misma senda.
                                      La muerte, con sus abismos...
                                      La vida, con sus promesas.

                                               (Yo tengo un hábito blanco, 1948)

Lo curioso es que el último de sus escritos conservado, cincuenta años más tarde, es una réplica de este primer poema en el convento, pero el tono ha cambiado sustancialmente:

                            Yo tengo un hábito blanco
                           como una vida que empieza,
                            pero la vida se marcha
                            y ya la muerte se acerca,
                            como el sol deja su cetro                         
                           haciendo a la noche reina.

         (Medio siglo después, 1998) 

La vejez puede inhibir o liberar a la persona, y lo mismo ocurre con el sentimiento ante la muerte ya cercana, por mucho que dure la vida. En el monólogo-diálogo que es toda la poesía intimista del P. Guervós, no hay ninguna inhibición frente al fin intuido y temido, o la perspectiva de tener que abandonar este mundo. La reflexión se va haciendo presente con el correr de la vida, como es normal, y es al cruzar la raya de los setenta años cuando su presencia empieza a convertirse en habitual. Un soneto de 1983 supone la introducción definitiva del motivo, que en creaciones posteriores recibirá una atención mucho más matizada y espiritualmente más rica:

                            ¿Pena? ¿Miedo? ¿Dolor por la “partida”?
                            Pues no sé qué decir... No lo he pensado.
                            ¿Cuándo y en qué lugar seré llamado?
                            Esta voz es la gran desconocida.
                            Pero el camino corto es el que queda...

                                                (Yo quisiera, 1983)

De hecho, en un largo y complejo poema de ese mismo año, en el que glosa la conocida frase de san Juan de la Cruz (“al caer de la tarde, os examinarán en el amor”[4]), están presentes la duda, el miedo, la zozobra..., a la vez que la entrega en las manos de Dios, con confianza plena en su promesa:

                            Más allá, sólo sombra y espesura,
                            sólo misterio y duda, más allá...
                            ¿Saldrá mi alma de esta noche oscura?
                            ¿Podrá saber, al fin, a dónde va?

                            Yo me pregunto ya sobre estas cosas
                            y, sin quererlo hacer, continuamente.
                            A veces, las respuestas son hermosas;
                            a veces, inquietantes solamente...

                            Cuento con su perdón –aun pese a todo-
                            por su cruz y su amor... y esa es mi suerte:
                            por eso, aun sucio y salpicando lodo,
                            voy medroso y feliz ¿? hacia la muerte.

                                               (Tríptico, 1983)
        
“Voy medroso y feliz hacia la muerte”. Los interrogantes (¿?) que puntean este verso dejan bien patente la ambivalencia de sentimientos y la radical inseguridad por la que transita. La fe permite trascender esta inseguridad, pero no la anula. Un largo romance de 1987 (La muerte), escrito porque “mi cuerpo y mi alma necesitaban escribirlo para mí, para des-ahogarme”, le permite en su amplitud desplegar en sucesivas variaciones todo su mundo interior ante esa realidad, “tan dulce y... tan misteriosa”. Allí se nombra, en primer lugar, en todos sus términos reales la verdad de la muerte:

                            Porque tú, muerte, no hieres;
                            tú deshaces, aniquilas...

                            Pero tu puñal de noche
                            deja la sangre dormida,
                            deja los ojos sin luz
                            y el camino... ¡se termina!

Y, “sin temor y sin temblor”, esta primera constatación queda contrabalanceada –nunca desmentida- por la convicción de que el alma redimida hallará refugio en Dios. Hay en este poema un cierto sabor neoplatónico, más visible en algunas estrofas de la parte segunda y tercera, con cuyo espíritu a más de uno le costará comulgar. Nada de esto, sin embargo, debe engañar sobre el verdadero sentido del poema, ni desfigurar lo que al final acaba siendo en la intención y en la forma: un profundo acto de fe en el amor de Dios, “dueño y señor de mi vida”, en cuyas manos confiesa entregarse con estos hermosos versos:

                                      Ven, vendimiador, ya está
                                      para vendimiar tu viña.
                                      Ven, segador, cuando quieras,
                                      la siega ya se termina;
                                      ya está la espiga agostada,
                                     ya es la hora de la trilla...
                                      Ya está colmada mi copa.
                                      Ahora, Señor, lo que digas.

Una súbita vuelta a la oscuridad del horizonte le arranca al alma una última confesión de impotencia y de temor, para acabar esta vez pidiendo a Dios que mire con benevolencia su humana y ambivalente realidad:

                                      Como hombre, tengo miedo.
                                      Tus rutas desconocidas
                                       me empaborecen...

                                       Acéptame tal como soy,
                                      mi Dios: amor y ceniza. 

         Desde el punto de vista de la confrontación con su fin ya próximo, el testimonio más importante lo constituyen los 33 últimos sonetos (De mi alma a mi alma), fechados entre junio de 1993 y octubre de 1996. En el conjunto de la obra del P. Guervós forman, sin lugar a duda, una de sus creaciones más perfectas. Escritos, como él mismo recuerda, “en el ocaso de mi vida”, se acogen a la confesión del salmo 41: “Recuerdo otros tiempos, desahogo mi alma conmigo”. Son, pues, versos que celebran la vida pero que, a la vez, en razón de la salud y de la edad, la miran yéndose, recapitulan, temen y esperan. No hay en ellos ninguna concesión pietista, moralizante o simplemente enmascaradora:

           Ay, qué inmensa pereza de vivir
           Y ay, qué inmensa pereza de morirme.

                                          (Mi encrucijada)

                                      Quisiera ser velero en alta mar                                     
                                      con el blanco velamen desplegado
                                      y soy un viejo lanchón, sucio y varado,
                                     que olvidó la ilusión de navegar.

                                                                           (Mi locura)

El hombre que se siente viejo, a la vez “medroso y feliz”, va contando en cada soneto sus convicciones y sus dudas, sus ansias de ver y su necesidad de acoger el misterio. Por eso nos encontramos en todos con una confesión esperanzada de fe y de aceptación creyente, y a la vez están transidos del dolor de la vida en decrepitud, de la incertidumbre, del temor ante la opacidad y el desvanecimiento del horizonte inmediato:
                                     
                                      Da tu sol a la noche de mi fe...
                                                                           (Mi entrega)

                                      Se me marchó la vida, ¡toda entera!
                                      No me tiembla la mano al escribirlo,
                                      ni me tiembla la voz para decirlo...
                                      Aquí estoy ya, Señor, ¡solo a tu espera!

                                                                           (Mi espera)

En este recorrido por la obra poética del P. Guervós, espigando en sus versos sus confesiones más destacadas ante la muerte, nos quedan los últimos romances, escritos en 1996 y 1997, cumplidos ya los 80 años de vida y en medio de graves limitaciones físicas. Son monotemáticos, sin otra preocupación ya que la confrontación directa con el próximo fin:

                            Y muero y vivo en la lucha
                            de lo que quiero y no quiero;
                            en la oscura encrucijada
                            del temor y del deseo:
                            entre el día de la Fe
                            y la noche del Misterio.

                                                 (El alma y el cuerpo)

Hay una constatación resignada de que se ha andado ya el tiempo concedido (“ya todo está consumado”), por más que no resulte ahora patente por dónde y cómo se fue la vida, y su final recapitulación nos la muestre, una vez más, soplo de un día o hierba que al atardecer se quema:

                            Sin saber por dónde, huyeron
                            horas, días, meses, años...
                            ¿Por dónde..? Que yo no vi
                            ni las huellas de sus pasos:
                            como el aire que nos besa
                            y no le vemos los labios;
                            como el sol que nos abrasa
                            con el oro de sus rayos
                            y sentimos su caricia
                            sin la opresión de sus brazos;
                            como la brisa, el aroma,
                            ¡como el vuelo de los pájaros!
                            Algo sensible y etéreo,
                            tan próximo y tan lejano... 

                                                     (Cara y cruz)

La expresión mantiene aún la fluidez característica del romance, metro en el que el P. Guervós fue siempre verdadero maestro; no es fácil encontrar en él un fallo de ritmo o sorprender un pie forzado (“Tus ocho sílabas son / como besos inefables / en la punta de mis dedos / y en el río de mi sangre”). Y la confesión se hace aquí más directa:

                            Tengo cumplida la vida
                            ya –mi Señor- con exceso:
                            con la medida colmada
                            que tus manos me midieron.
                            ¡Dame –Señor- la grandeza
                            de decir adiós sin miedo!

                                            (El alma y el cuerpo)

Finalmente, en El muñeco roto (romancillo nostálgico), uno de sus últimos poemas (1997), escrito ya en medio de enormes dificultades para mover la mano (que ya no escribía, sólo garrapateaba), hay una final entrega de la vida (“días con oscura niebla, / noches con luceros blancos”) desde la conciencia de que las cosas dependen ya totalmente de Dios y en sus manos están:

                            Soy un muñeco roto,
                            se me saltó la cuerda...
                            Larga vida me diste,
                            Señor, ¡bendito seas!
                            Que te sienta a mi lado
                            lo poco que me queda...

                            Que el cuerpo inútil siente
                            un alma viva, alerta,
                            que tu voz que la llame
                            -como a Lázaro- espera 

                                                  (El muñeco roto)

El salmo de la serenidad    

         En la vida de los humanos suele haber momentos dulces, y supongo que lo mismo ocurre, con relación a su actividad creadora, en la vida de los poetas. No siempre es preciso perseguir la palabra evasiva, o luchar y esforzarse para dar cauce y contención a sus torrentes interiores desbordados. En ocasiones, la palabra fluye serena, medida, ajustada: es la palabra que tiene que ser y no otra. Al lector le asalta en tales casos la sensación de estar ante algo singular, una realidad cuajada, un raro momento de serenidad y de plenitud.

         El poema Hacia el encuentro, fechado a primeros de octubre de 1987, es en sin duda una de las creaciones más perfectas y logradas del P. Guervós. Él mismo lo presenta como Salmo de mi serenidad y, en efecto, esa es la sensación que el lector recibe desde los primeros versos. El poema cabalga, sin embargo, sobre un continuo movimiento en cinco tiempos, que da ocasión a introducir otros tantos motivos o temas. Pero este movimiento es siempre contenido, remansado, efecto de dos recursos formales sutilmente llevados: una reiteración en cada nuevo paso del lema inicial, que comunica al poema una unidad compacta y cerrada; y el uso del metro endecasílabo, que alarga el tiempo del verso, y contribuye así a acentuar la profunda serenidad que se desprende de su lectura.
         Naturalmente, los recursos formales no lo son todo, aunque en un poema no cabe una separación estricta entre forma y contenido. De hecho, ambos acaban siendo parte de lo mismo. Digamos, pues, que en este poema la palabra alcanza una expresión religiosa honda, sin duda bella, reflejo de un momento inspirado en el cual el creyente que era el P. Guervós acertó a decir y a decirse ejemplarmente su estado de ánimo ante el final que comenzaba a anunciarse.

         Por esta razón podemos nosotros leer ahora, por nuestra cuenta, el poema. Pues asomarse al fondo de la vida o sentirse penetrados de su misterio no es privilegio de los poetas: es la posibilidad de toda conciencia reflexiva. Buscar a Dios, sentir su cercanía, temblar por su silencio o rezarle esperanzado es el aire que el alma creyente va respirando a cada paso. El privilegio del poeta es de otro orden. El poeta habita el mundo de la palabra. En lucha con ella o ante ella rendido, se le concede decir de manera nueva el misterio de Dios y de la vida, y su palabra puede adquirir por ello para sus lectores el valor ejemplar de un arquetipo. Por eso, repito, leemos sus poemas. Porque en ellos nosotros podemos intuir lo inefable expresado en sus versos, y hasta descifrar algo de nuestra propia experiencia personal, que nunca es para nosotros mismos del todo transparente, ni acertamos a decirla nunca del todo. El valor ejemplar de esteSalmo de mi serenidad no reside sólo en ofrecer una bella meditación sobre la muerte. Es eso, por supuesto, pero su lectura puede ayudarnos al mismo tiempo a ir elaborando nuestra palabra interior, personal e inexcusable, ante la experiencia diaria de la muerte y el ocaso o el anuncio del final de nuestra propia vida.

Me gustaría destacar, para concluir, la profundidad religiosa que aquí se transmite. Sobre la primera confesión de un encuentro transformador con la mano “humana” del Señor, que centra la condición cristiana de tal experiencia, el recuerdo de la vida y del tiempo transcurrido va desvelando, en oleadas sucesivas, la raíz profunda de la fe: ese encuentro lleva a experimentar la vida entera, no un momento de la misma, no una dimensión particular, como debidaa otro. Sentirse “engendrado” a la vida y a la fe señala el comienzo de una verdadera relación religiosa con Dios. Es entonces cuando podemos nombrar a Dios, y dirigirnos a él en un diálogo y en una oración que nos devuelve a nosotros mismos nuestra realidad humana transformada. Tal es el itinerario seguido en el poema. “Dejar la vida” y aceptar un final, como condición del destino humano, son formas de decir la fe desde la oscuridad de esta vida, nunca del todo iluminada. Pero el creyente sabe también que, en realidad y al mismo tiempo y a pesar de todo, hacia donde de verdad camina es hacia el encuentro definitivo con la Vida, por la que ha sido una vez engendrado y a la que sigue estando llamado incluso más allá de su muerte:

                            Todo sabe acabar. Todo sabe entregarse
                            como si todo fuera camino de la vida...

                                                        (Meditación ante el otoño, 1953)

Transcripción del poema


HACIA EL ENCUENTRO
(Salmo de mi serenidad)

I

Cada día, Señor, es un regalo.
Un don divino de tu mano “humana”.
La que dio luz a tantos ojos ciegos,
cuando su noche oscura iluminaba.
La que dio savia nueva a los tullidos
y acarició la arena de la playa.

La que partía el pan. La que una tarde
quedó inmóvil, sangrienta y enclavada.

La que volvió a nosotros de la muerte,
para cambiar la angustia en esperanza,
y a Tomás enraizó su fe dudosa,
cuando “tocó” la palma taladrada...
La que siento en mis hombros cada día:
¡el dulce peso de tu mano “humana”!

II

Cada día, Señor, ya es un regalo:
un regalo a mi vida y a mi alma.

En mi tierra se va muriendo el sol
y en mi espíritu nace la alborada.
Quiero ya estar un poco “al otro lado”;
sin cadenas, con fe, sin añoranzas...
 Lo que viví fue hermoso.. Hazme sentir
que será mucho más lo que me aguarda.
Hay que dejar...¿Dejar? Quiero olvidarme
de que existe siquiera esa palabra.
¿Dejar la vida? ¡No¡ ¡Encontrar la Vida!:
¡cambiar la noche oscura por el alba!

III

Cada día, Señor, ya es un regalo...
Por el río, hacia el mar, voy en mi barca.
No tengo remos, ni timón, ni vela:
tan solo la corriente es la que manda.
Nadie detiene el río, nadie puede
parar su ritmo, ni dormir sus aguas.
Es imposible pretender hacerlo;
como aire entre las manos, ¡se me escapa!
 Lejana ya la fuente, cerca el mar:
cada vez más ayer, menos mañana.Y tranquilo, sabiendo que Tú guías,
por el río -hacia el mar- voy en tu barca.

IV

Cada día, Señor, ya es un regalo:
una paz expectante y sosegada...
 La mar brava de ayer, casi dormida,
la sangre roja y joven...casi blanca.
La furia de mis ansias y ambiciones,
si alguna vez rugió, ¡ya está domada!
 ¿Estoy en paz...contigo? No lo sé.
Conmigo, sí. Con fe y con esperanza
de que el amor inmenso que te tengo
encontrará el Amor con que me amas.
 Qué importa nada si, al final, la muerte
es la vida de nuevo recobrada.
Si, al cerrarse, mis ojos ven tu luz
llenándome de soles la mirada.
 Y si el “fin” es “principio”, ¡qué alegría
saber que aquello empieza si  esto acaba!

V

Cada día, Señor, Tú me renaces.
Cada hora, Señor, me la regalas...
¿Cuánta aceite, Señor, queda en mi alcuza?
¿Cuánta arena en la orilla de mi playa?
¿Cuánto brillo en mis ojos? ¿Cuánta luz?
¿Cuánto sol rojo, cuánta luna blanca...?
Pregunto y ... no me importa la respuesta...
Es por hablar contigo...Las palabras
se quedan en el aire...Tú las oyes.
Es por hablar contigo: ¡alma con alma!
Te presiento más cerca, más amigo;me estremece una dulce confianza.
Me siento desterrado del destierro,
mas dentro de tu amor, ¡y eso me basta!
Cada minuto más, ya es un regalo...
Tú eres mi luz, mi fin y mi esperanza.
Y por eso, feliz, hacia el encuentro,
por el río -hacia el mar- voy en tu barca...

En mi celda de San Pablo, 2 octubre de 1.987

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[1] Horacio, Epistola ad Pisones, 64 y 68.

[2] En sentido figurado, escotoma (literalmente, mancha ciega en el campo visual) indica un área de la realidad que es ignorada por el paciente, que la mantiene fuera de su conciencia. Se me permitirá extender su sentido metafórico para designar una situación colectiva y no ya individual.

[3]  Cf. José Mª Guervós Hoyos, OP, Obra poética. Edición e introducción de Bernardo Fueyo Suárez (Salamanca, San Esteban, 2003). Sólo la extensión de su obra y la necesidad de realizar una selección explican que haya podido pasarlo por alto.

[4]  Tal es la formulación tradicional, que el P. Guervós repite de memoria. La expresión original de San Juan de la Cruz es: “a la tarde te examinarán en el amor” (Obras Completas, Madrid, Edit. de Espiritualidad, 5ª edic., 1993, 101).



Bernardo Fueyo Suárez, op
Facultad de Teología de San Esteban - Salamanca

Himno a la Trinidad Santa.

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Oh Luz, Trinidad santa

y Unidad de origen,
ahora que el sol se retira,
enciende Tú nuestros corazones.
Que tanto al alba como al ocaso,
Te imploremos entre himnos y aclamaciones,
procurando que esta súplica sea
una incesante alabanza de tu gloria.
Se lo pedimos al Padre, al Hijo,
y al Espíritu que de ambos procede,
que la Trinidad omnipotente
custodie a cuantos la invocan. 


Amén.



Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

La Reina de Mayo

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– I- María, la Fundación, la mas noble después de Cristo.
 

Giovanni Gabrieli
Sancta et Immaculata Virginitas
quibus te laudibus efferam, nescio:
quia, quem caeli capere non poterant,
tuo gremio contulisti.
Genuisti qui te fecit,
et in aeternum permanes Virgo.

***
piusx-221
P
ues ¿quién no ha experimentado que no hay un camino más seguro y más expedito para unir a todos con Cristo que el que pasa a través de María, y que por ese camino podemos lograr la perfecta adopción de hijos, hasta llegar a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios? En efecto, si verdaderamente a María le fue dicho: Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirá todo lo que el Señor te ha dicho 4 , de manera que verdaderamente concibió y parió al Hijo de Dios; si realmente recibió en su vientre a aquel que es la Verdad por naturaleza, de manera que engendrado por nueva manera y con nueva natividad… el invisible en su divinidad se hiciese visible en nuestra humanidad 5 ;puesto que el Hijo de Dios hecho hombre es autor y consumador de nuestra fe, es de todo punto necesario reconocer como partícipe y como guardiana de los divinos misterios a su Santísima Madre en la cual, como el fundamento más noble después de Cristo, se apoya el edificio de la fe de todos los siglos.

¿Es que acaso no habría podido Dios proporcionamos al restaurador del género humano y al fundador de la fe por otro camino distinto de la Virgen? Sin embargo, puesto que pareció a la divina providencia oportuno que recibiéramos al Dios-Hombre a través de María, que lo engendró en su vientre fecundada por el Espíritu Santo, a nosotros no nos resta sino recibir a Cristo de manos de María. De ahí que claramente en las Sagradas Escrituras, cuantas veces se nos anuncia la gracia futura, se une al Salvador del mundo su Santísima Madre. Surgirá el Cordero dominador de la tierra, pero de la piedra del desierto; surgirá una flor, pero de la raíz de Jesé. Adán atisbaba a María aplastando la cabeza de la serpiente y contuvo las lágrimas que le provocaba la maldición. En ella pensó Noé, recluido en el arca acogedora; Abraham cuando se le impidió la muerte de su hijo; Jacob cuando veía la escala y los ángeles que subían y bajaban por ella; Moisés admirado por la zarza que ardía y no se consumía; David cuando danzaba y cantaba mientras conducía el arca de Dios; Elías mientras miraba a la nubecilla que subía del mar. Por último -¿y para qué más?- encontramos en María, después de Cristo, el cumplimiento de la ley y la realización de los símbolos y de las profecías.
Pero nadie dudará que a través de la Virgen, y por ella en grado sumo, se nos da un camino para conocer a Cristo, simplemente con pensar que ella fue la única con la que Jesús, como conviene a un hijo con su madre, estuvo unido durante treinta años por una relación familiar y un trato íntimo. Los admirables misterios del nacimiento y la infancia de Cristo, y, sobre todo, el de la asunción de la naturaleza humana que es el inicio y el fundamento de la fe ¿a quién le fueron más patentes que a la Madre? La cual ciertamente, no sólo conservaba ponderándolos en su corazón los sucesos de Belén y los de Jerusalén en el templo del Señor, sino que, participando de las decisiones y los misteriosos designios de Cristo, debe decirse que vivió la misma vida que su Hijo. Así pues, nadie conoció a Cristo tan profundamente como Ella; nadie más apta que ella como guía y maestra para conocer a Cristo.
San Pío X

Ad diem illum laetissimum

[Traductor EF. Artículo original]

Fuente: adelantelafe.com/RORATE CÆLI

Consumatum est: El cáliz que mi Padre Me ha dado, ¿no he de beberlo?

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Dixit ergo Iesus Petro: “Mitte gladium tuum in vaginam. Calicem, quem didit mihi Pater, non bibam illum?” … “Sitio.” Vas ergo erat positum aceto plenum. Illi autem spongiam plenam aceto, hyssopo circumponentes, obtulerunt ori eius. Cum ergo accepisset Iesus acetum, dixit: “Consummatum est.” Et inclinato capite, tradidit spiritum. (Del Evangelio de Viernes Santo, Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan.”Jesús entonces dijo a Pedro: devuelve tu espada a su vaina. El cáliz que mi Padre Me ha dado, ¿no he de beberlo? Estoy sediento. Había allí un recipiente lleno de vinagre. Y ellos, colocando una esponja empapada en vinagre a modo de hisopo, se la acercaron a la boca. Entonces, Jesús, cuando hubo tomado del vinagre, dijo: está consumado. E inclinando su cabeza, rindió el espíritu”.)

Cáliz: el cáliz es el lirio, estilizado y adaptado para nuestro uso y que, nacido del agua, es apropiado para llevarlo a nuestros labios. El lirio, en especial el acuático, también denominado loto o nenúfar, ha tenido siempre un lugar especial en el simbolismo de las religiones. Proyecta sus raíces a zonas sustanciosas y profundas, alejadas de la vista de esas capas fluidas, de contemplación, a modo de espejo que son dominio de lo contingente, de lo inestable, de lo ilusorio y de este “tiempo”, de su reflejo que refiere a circunstancias varias.

Es allí, en lo que está debajo y que se alimenta del légamo misterioso, donde la mano del Creador busca y modela la materia del hombre. “Infixus sum -nos dice el Salmo 68- in limo profundi” y es desde allí desde donde Israel “florecerá como el lirio” (Os 14,6). Igualmente, en Egipto, Asiria, Persia, India o China, el lirio permanece como soporte para todos los dioses y para quien, entre sus dedos, recrea sus almas al abrir sus pétalos. Es el lirio quien, igualmente, encuentra su sitio en los capiteles de las columnas y en los brazos de los candelabros y como decoración también predominante en el Arca y en el Templo.

El tallo alargado que usa para llegar a lo profundo representa la búsqueda de vida a través del momento y lo accidental; su floración en un círculo de pétalos dispuestos geométricamente, la flor, la copa esencial y sintética, el punto central donde radica el significado perfecto y el centro supremo de las disposiciones calculadas que muestran un universo concéntrico.

“Ego flor campis, dice el Cantar (II,1), et lilium convallium”

Paul Claudel,
Un poète reguarde la croix.

Y los lirios están a punto de florecer…

[Traducido por Arantza Rementeria. Artículo original]


RORATE CÆLI/Adelante la Fe.

El Génesis según Tolkien

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Si, en cambio, se considera el motivo de pecar, hallamos que es mayor en los superiores que en los inferiores. En efecto, según hemos visto, el pecado de los demonios fue el de soberbia, cuyo motivo es la excelencia, que poseyeron en mayor grado los superiores que los inferiores, y por esto dice San Gregorio que el que pecó fue el supremo entre todos.

Y esto parece ser lo más probable.

Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino; parte I, cuestión 63, artículo 7; BAC, 2010; vol. II; pg. 846.

“En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por mucho tiempo cada uno de ellos cantó solo, o junto con unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque cada uno sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la que provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía.

Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio.

Entonces les dijo Ilúvatar: Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en un gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío. Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto.

Pero ahora Ilúvatar escuchaba sentado, y durante un largo rato le pareció bien, pues no había fallos en la música. Pero a medida que el tema prosperaba, nació un deseo en el corazón de Melkor: entretejer asuntos de su propia imaginación que no se acordaban con el tema de Ilúvatar, porque intentaba así acrecentar el poder y la gloria de la parte que le había sido asignada. A Melkor, entre los Ainur, le habían sido dados los más grandes dones de poder y conocimiento, y tenía parte en todos los dones de sus hermanos. Con frecuencia había ido solo a los sitios vacíos en busca de la Llama Imperecedera; porque grande era el deseo que ardía en él de dar Ser a cosas propias, y le parecía que Ilúvatar no se ocupaba del Vacío, cuya desnudez lo impacientaba. No obstante, no encontró el Fuego, porque el Fuego está con Ilúvatar. Pero hallándose solo, había empezado a tener pensamientos propios, distintos de los de sus hermanos.

Melkor entretejió algunos de estos pensamientos en la música, e inmediatamente una discordancia se alzó en torno, y muchos de los que estaban cerca se desalentaron, se les confundió el pensamiento, y la música vaciló; pero algunos empezaron a concertar su música con la de Melkor más que con el pensamiento que habían tenido en un principio. Entonces la discordancia de Melkor se extendió todavía más, y las melodías escuchadas antes naufragaron en un mar de sonido turbulento. Pero Ilúvatar continuaba sentado y escuchaba, hasta que pareció que alrededor del trono había estallado una furiosa tormenta, como de aguas oscuras que batallaran entre sí con una cólera infinita que nunca sería apaciguada.

Entonces Ilúvatar se puso de pie y los Ainur vieron que sonreía; y levantó la mano izquierda y un nuevo tema nació en medio de la tormenta, parecido y sin embargo distinto al anterior, y que cobró fuerzas y tenía una nueva belleza. Pero la discordancia de Melkor se elevó rugiendo y luchó con él, y una vez más hubo una guerra de sonidos más violenta que antes, hasta que muchos de los Ainur se desanimaron y no cantaron más, y Melkor predominó. Otra vez se incorporó entonces Ilúvatar, y los Ainur vieron que estaba serio; e Ilúvatar levantó la mano derecha, y he aquí que un tercer tema brotó de la confusión, y era distinto de los otros. Porque pareció al principio dulce y suave, un mero murmullo de sonidos leves en delicadas melodías; pero no pudo ser apagado y adquirió poder y profundidad. Y pareció por último que dos músicas se desenvolvían a un tiempo ante el asiento de Ilúvatar, por completo discordantes. La una era profunda, vasta y hermosa, pero lenta y mezclada con un dolor sin medida que era la fuente principal de su belleza. La música de Melkor había alcanzado ahora una unidad propia; pero era estridente, vana e infinitamente repetida, y poco armónica, pues sonaba como un clamor de múltiples trompetas que bramaran unas pocas notas, todas al unísono. E intentó ahogar a la otra música con una voz violenta, pero pareció que la música de Ilúvatar se apoderaba de algún modo de las notas más triunfantes y las entretejía en su propia solemne estructura.

En medio de esta batalla que sacudía las estancias de Ilúvatar y estremecía unos silencios hasta entonces inmutables, Ilúvatar se puso de pie por tercera vez, y era terrible mirarlo a la cara. Levantó entonces ambas manos y en un acorde más profundo que el Abismo, más alto que el Firmamento, penetrante como la luz de los ojos de Ilúvatar, la Música cesó.”

Ainulindalë, de J.R.R. Tolkien; en El Silmarillion; Minotauro, 2002; pgs. 15-17.

Fuente: elsosiegoacantilado.wordpress.com

Panis Angelicus

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El Panis Angelicus es uno de los cinco himnos litúrgicos compuestos por Sto. Tomás de Aquino para la fiesta del Corpus Christi. Probablemente la versión musical más conocida sea la de César Franck (1872).

El Panis Angelicus de César Franck se ha interpretado miles de veces, y es una joya de la música sacra compuesta para celebrar el Jueves Santo.

Panis Angelicus (latin)

Panis angelicus
fit panis hominum;
Dat panis coelicus
figuris terminum:
O res mirabilis!
manducat Dominum
Pauper, servus, et humilis.
Te trina Deitas
unaque poscimus:
Sic nos tu visita,
sicut te colimus;
Per tuas semitas
duc nos quo tendimus,
Ad lucem quam inhabitas.
Amen.

Panis Angelicus (español)

El pan angelical
se convierte en pan de los hombres;
El pan del cielo
acaba con las antiguas figuras:
¡Oh, cosa admirable!
se alimentan del Señor
los pobres, los siervos y los humildes.
Te rogamos,
Dios, uno en tres,
que así vengas a nosotros,
como a ti te damos culto.
Por tus caminos
guíanos adonde anhelamos,
A la luz en la que moras.
Amén.

 Publicado por Silvia S.A.