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Niños egipcios son tatuados como señal de fe

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Para miles de familias, los símbolos representan a la minoría cristiana en el país

El dolor del pequeño tatuaje de la cruz en la muñeca derecha aún no es comprendido por niños y bebés que son sometidos a la tradición de los cristianos coptos desde principios del siglo 20, en Egipto, en el norte de África. Algunos aún son tan pequeños que los padres deben cargarlos en su regazo durante la sesión de tatuaje, que por lo general se realiza después de algún culto, en las calles de El Cairo, capital egipcia, de acuerdo con el periódico estadounidense Global Post. Mientras que los niños lloran, los padres lo celebran con orgullo.

Recibir un tatuaje es la identificación de muchos de los 8 millones de egipcios cristianos coptos. “Yo siento que eso es una bendición que nos protege. Es por eso que traje a mis cuatro hijos”, le dijo una mujer a la red de televisión estadounidense CNN. Por 10 libras egipcias (un poco más de 1 dólar), el niño sale con un pequeño símbolo en la piel.

Cargar la minúscula marca en la piel es declarar públicamente la fe cristiana, aun sabiendo que la señal visible puede traer el desprecio y la discriminación de la sociedad musulmana en la que viven. Para estos cristianos, la cruz es el mayor símbolo de un largo martirio y la victoria más grande del cristianismo.

El tatuaje es una de las tradiciones más antiguas de Egipto, que se ha encontrado en momias de más de 2 mil años antes de Cristo (a. C.). Sin embargo, miles de años más tarde, desde que el Islam llegó al país, la práctica fue prohibida. Según el Corán, libro sagrado del islamismo, el diablo se llevaría a quien alterara la creación de Alá. “Todo aquel que es guiado por Shaitan (Satanás), en lugar de Alá, en realidad sufren una pérdida.”

Marcas indestructibles

Tener la marca en la piel es exponerse en un país donde los cristianos aún son una minoría (el 10% de la población). Y el precio a pagar es muy alto. En abril del 2005, una muchacha copta de 17 años fue secuestrada por un grupo extremista islámico. Durante 23 horas fue drogada y violada, además de tratar de eliminar su tatuaje con una tijera. El mes de febrero último, combatientes del Estado Islámico (EI) mataron a 21 cristianos coptos, fácilmente identificados por los tatuajes, en Libia, en el norte de África.

“Muchos de nosotros tenemos estas cruces en la muñeca. Elegimos tener marcas indestructibles como seguidores de Cristo para que jamás podamos renegarlo, ni siquiera en nuestros momentos de debilidad”, afirmó un cristiano copto a la Revista Impacto.

La persecución religiosa a los cristianos en Egipto se ha intensificado desde julio del 2013. Más de 60 iglesias, escuelas y librerías cristianas han sido completamente quemadas, destruidas y saqueadas, la mayoría de las veces incentivados por movimientos islámicos. Además, solo 5 de los 32 edificios de iglesias destruidas han sido reconstruidas hasta ahora. El Evangelio no puede ser predicado libremente en el país. Está prohibido distribuir Biblias o folletos con mensajes bíblicos.

Publicado por Silvia. S.A.

Deificación vs. Nirvana

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Hieromonje Diego Daniel Flamini



Pregunta:
  
El archimandrita Sophrony en su libro “Ver a Dios como Él es” nos dice lo siguiente:

“Nada en la naturaleza es una repetición absolutamente idéntica. Y esto vale sobre todo para la realidad de los seres racionales. Cada hombre posee un corazón creado ‘aparte’ por Dios (cf. Sal 32, 15): es el corazón de una persona-hipóstasis dada y, en cuanto tal, irrepetible. En su realización última, cada persona recibirá ciertamente para siempre un nombre, conocido sólo por Dios y por quien lo reciba (cf. Ap 2, 17). De este modo, por más que la vida de todos los salvados sea una, como es uno el reino de la santa Trinidad (Jn 17, 11.21-22), el principio personal de cada uno de nosotros será irreductible al de otro.”

¿Debemos entender entonces que de acuerdo a la tradición cristiana, en contraposición a lo que pregonan diversas corrientes pseudoespirituales sobre la aniquilación de la persona, los santos, es decir, aquellos que por la deificación han llegado a ser dioses por participación, mas no por naturaleza, preservan una singularidad irreductible en su estado de bienaventuranza?

Respuesta por Hieromonje Diego:

Entonces me preguntabas si lo que Sophrony habla de esta condición de persona irreductible es verdaderamente así en la Revelación que Dios ha hecho en nosotros, contrariamente a cómo se plantea en las visiones paganas de una aniquilación del yo. Bien, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por creado a imagen y semejanza los Padres comprenden que es creado “persona”, imagen, y “semejanza” de acuerdo al hacer de Dios. La semejanza, la vida de la gracia, se perdió por el pecado y la recuperamos por Jesucristo. Recuperar la semejanza por Jesucristo, también implica una reforma de la imagen de acuerdo al Original, ya no la deformidad que tiene la imagen, la persona humana, de acuerdo al pecado, sino a la Voluntad benéfica, siempre benéfica, de Dios que nos ha creado, y nos ha creado para hacernos participar de su amor. Entonces, este camino de vuelta, este camino de vuelta hacia el Padre, este regreso hacia el Padre, salidos de  la nada, creados en el vientre de nuestra madre, va tomando distintas etapas: en primer lugar, la adopción que recibimos en Jesucristo en el Bautismo, pasamos a ser hijos del Padre, pasamos a ser morada del Espíritu, somos también imagen del Hijo, porque el Padre ve en nosotros al Hijo, al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas. 

La principalidad de este camino nunca cambia; la acción de Dios está siempre dirigida a que seamos más lo que hemos de ser en su plan, su plan lleno de sabiduría; nosotros salimos de la nada y somos llevados por Dios e invitados a participar, a cooperar con la gracia, con nuestras potencias limpias del pecado. Nos vamos acercando por el camino de la santidad, por el camino de la deificación, la theosis, y lo vamos haciendo siguiendo las huellas del Hijo, siendo dóciles al Espíritu, es decir que caminamos hacia el Padre llevados justamente por el Espíritu y por la Verdad. El verdadero culto, dice el Señor, ya no será en tal o cual lugar, sino que será en un modo en particular, esto es, en Espíritu y en Verdad, y no podemos separar el verdadero culto del camino de la deificación; el que seamos transformados en dioses por participación en ningún modo nos desvía de la centralidad de este culto al Padre, culto al Padre a quien conocemos en Jesucristo por medio del Espíritu Santo. 

Esta deificación, lejos de borrar en nosotros lo que somos, lejos de asimilarnos a algo que nos supera y que nos desdibuja, muy por el contrario, hace crecer en nosotros las semillas de la gracia, las semillas de la Bondad de Dios y sus dones, y de esa misma manera crece en nosotros lo que Él sembró y nos transformamos en lo que Él quiere. Alcanzamos nuestro propio bien y podemos decir que nuestra persona se reconcentra en torno al querer de Dios que hace a todos y cada uno distintos dentro de un plan que supera nuestra mente y que conocemos como excelente, como bueno, porque todos los caminos del Señor distan de nuestra voluntad como la Tierra del Cielo. Nosotros nunca dejaremos de ser humanos, pero seremos transformados en la gracia, en la medida de la Voluntad de Dios, y somos asimilados a un orden superior que no nos desdibuja, sino muy por el contrario, son liberadas a una escala infinitamente por encima de nuestras posibilidades las energías divinas que actúan en nosotros, la gracia de Dios, de modo que vemos, inclusive nosotros los que caminamos en la tierra, cómo los  santos participan de ese misterio redentor; ese misterio redentor que desempeñan los santos, cada cual distinto, irreemplazable, es uno también con su ministerio de la Tríada de Dios; ellos están divinizados plenamente y sin embargo interceden; adoran al Padre y también son morada evidente del Padre, es una sola cosa.

Cuando el hombre contemporáneo de alguna manera mira con deseo esos caminos de aniquilación, en verdad está revelando su estado interior de vacío, de autosaciedad, de autocomplacencia, que lleva justamente a un deseo de aniquilación. Hay una ley espiritual que hace que cuando nosotros nos erigimos en Dios de nuestro propio mundo, también se vuelven contra nosotros las obras que creamos. El Apóstol San Pablo lo dice inclusive hablando de aquéllos que evangelizan: "Algunos construyen con oro, otros con piedras, otros con paja, todo será probado por el fuego y algunos salvarán su vida como quien la salva de un incendio. Cada cual inspeccione con qué construye". Ahora, cuando el Apóstol habla de construir no está obviamente hablando de ninguna construcción material, ni siquiera está hablando directamente de la construcción de una comunidad de piedras vivientes, sino que en primer lugar está hablando de la construcción de la vida de la fe: cómo se edifica en nosotros el hombre nuevo. En la carta a los Colosenses aparece delineado muy bien cuál es el camino del hombre que llevado por sus propios deseos llega al precipicio de desear el abismo, el abismo que suprima su orgullo, el abismo que compense el tremendo peso de querer cargar el mundo sobre los hombros, de querer dirigirlo todo, de querer dominar. Un dominio sin Cristo es un dominio contra Cristo, "El que no junta conmigo, desparrama", dice el Señor. De manera que tal como se plantea la civilización hoy, es una civilización construida contra Cristo, buscando inclusive suplantarlo, que es el verdadero significado de la palabra Anticristo, es un falso Cristo. Con falsas fuerzas buscamos suplir la fe. Creemos que los avances de la medicina hacen menos necesaria la fe, y si no fijémonos en qué punto recurrimos a Dios: si cuando perdemos la esperanza en los médicos o cuando nos es comunicado el primer diagnóstico. Cada cual inspeccione con qué construye; con qué construye, es decir, con qué coopera para la obra de Dios, si es dócil al querer de Dios, si lo es plenamente, si lo es vanamente, porque escucha y no cumple, si es abiertamente contrario al mandamiento de Dios. 

Por eso, debemos inspeccionar en nuestro corazón qué cosas están impidiendo que sea edificado en nosotros el hombre nuevo, aquel que avanza constantemente renovando esa imagen de Cristo, ese hombre nuevo en cuyo corazón habitan riquezas insondables que son derramadas sobre nosotros. Pensemos el misterio escandaloso de la fe, de la fe verdadera tal como el Señor se ha revelado,  que nos dice que Dios se ha hecho hombre y que no ha dejado de serlo, y el segundo misterio, más escandaloso todavía, es que nosotros al ser transformados no dejaremos de ser hombres y, es más, al fin de los tiempos resucitaremos. Ni siquiera los santos en el Cielo han completado su proceso, porque también ellos tienen que pasar por la resurrección, es de fe el que aquellos que están en el Cielo no han resucitado todavía, excepto nuestro Señor, el primer surgido de entre los muertos, y su Santísima Madre. No hay una claridad de que aquellos que son nombrados como resucitados en las apariciones después de la resurrección de Cristo -en aquellos tiempos aparecieron muchos hombres de la antigüedad, muchos profetas famosos por Jerusalén y alrededores-, no está como una sentencia clara que sea la resurrección de los muertos, sino que sea justamente una aparición, como pudo ser la de Lázaro, que es una reviviscencia, es una gracia de estar en este mundo por una virtud de Dios, pero no haber alcanzado el estado de la bienaventuranza final, que en este caso sí la alcanzó la Bienaventurada Virgen María.

Volviendo a la deificación y a la fuerza con la que Dios actúa, la vida de la gracia entonces se mueve dentro de estos parámetros: Dios se ha hecho hombre y con esto ha completado la Creación, y Dios atrae hacia sí al hombre para que sea transformado sin dejar de ser él, dios por participación. Por eso es fundamental examinar nuestras verdaderas disposiciones. En nuestros días la “oración de Jesús” suscita muchos adeptos, muchos seguidores, los íconos atraen invariablemente a gente de todos los orígenes y también suscitan una gran adhesión; hay inclusive autores espirituales, Padres de la Iglesia, que son leídos más en nuestros días que en otro momento de la historia. Se busca con una gran avidez, pero hay que examinar espiritualmente, no caer dentro de aquella profecía que está en los Profetas, si mal no recuerdo es el profeta Oseas, que dice: "Enviaré hambre y sed de la Palabra de Dios a la Tierra, y los hombres errarán de un lado a otro buscando; irán del Norte hacia el Este, buscarán y no encontrarán". Por eso debemos vigilar para que esa profecía no se cumpla en nosotros y que seamos admitidos con humildad dentro de la gracia de Dios; ser admitidos con humildad no significa tomar por nuestra cuenta aquellos elementos que nos resultan útiles a nuestro camino, sino entrar a caminar, comprender el llamado de Cristo para ir tras sus pasos, ir tras sus pasos cargando la Cruz, en un camino estrecho. No hay autopista hacia Dios, no hay teleférico hacia Dios, nada nos libra de la fatiga de la Cruz, ya sea en una larga vida, ya sea en una vida muy corta, ya sea con obras manifiestas de la fe, ya sea con una fe simple como la del buen ladrón, una fe que alcanzó a abrirle las puertas al Paraíso y también nos abre a nosotros las puertas del Paraíso, porque esa fe simple del ladrón es una luz en nuestro camino, como la fe del publicano en el fondo del Templo que decía "Señor, ten piedad de mí". 

Nosotros tenemos que partir de que no estamos llamados a suprimir esas cosas sencillas, sino a repetirlas incesantemente. De hecho, cuando vamos a comulgar en la Divina Liturgia, decimos justamente eso: "Creo Señor y confieso que Tú eres realmente Cristo, el Hijo de Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". No puedo recibir el Cuerpo de Cristo si no tengo la certeza de que yo soy el primero de los pecadores; si me acerco mascullando juicios contra los demás, si creo que algo de lo que hice me pone por encima de los demás. "De tu Mística Cena, oh Hijo de Dios, recíbeme hoy como participante, pues no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré un beso como el de Judas, sino que como el malhechor te confieso: recuérdame, oh Señor, en tu Reino". "Recuérdame, oh Señor, en tu Reino", el clamor del creyente se acentúa en cuanto más se acerca a la cima; en cuanto se apaga nuestra penitencia, en cuanto se apaga nuestra compunción, tanto en cuanto se apaga nuestro temor de Dios, tenemos la certeza clara de estar desviados, de estar siguiéndonos a nosotros mismos, es decir, perdidos. Y esa claridad nos la da Dios, nos la da el Espíritu Santo que enseña en medio de la Iglesia, la cual es santa y de la cual nos desgajamos cuando pecamos. 

A veces, cuando profesamos la fe verdadera, podemos compadecernos, o algunos indignarse, contra aquellos que practican la fe mutilada, deformada, sin embargo nosotros, cuando pecamos, somos peores que ellos, porque nos desgajamos de la verdadera vida conociéndola; tenemos una luz que nos ilumina más fuerte y erramos con mucho más deseo, por eso esto más debe volvernos a cambiar en la humildad. Es ahí cuando comprendemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios y si el Señor vuelve a poner en nosotros ese deseo de amarlo y de vivir según sus mandamientos, que es lo mismo, entonces aprendemos a ir por ese camino de humildad y a ver inclusive en aquellas contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro camino, una palabra del Señor destinada a edificarnos, a hacernos crecer, a santificarnos, a arrepentirnos, a ayudar a otros, a seguir en este camino hacia el Padre, que como todo camino, o mejor dicho, como toda senda, pequeña senda, tiene sus peligros, pero en esto tenemos ayuda de aquellos que nos preceden, aquellos cuya fe es una antorcha para nosotros que nos permite seguir en esta oscuridad creciente en el camino hacia la cima. Si nosotros levantamos la vista con fe, veremos en la vida de la Iglesia muchas antorchas que nos preceden y que van con la vida de la fe iluminando nuestros pasos; si no las vemos, entonces posiblemente estemos siguiendo otro camino, un camino edificado sobre nuestra presunción. Porque la luz de Dios viene a nosotros para iluminarnos y para que nos arrepintamos, no para echarnos en cara o mofarse de nuestro pecado, sino para sanarnos de él, y es aquí, en cuanto hablamos de la santificación, de la deificación, también tenemos que hablar de la vida del pecado, que es una muerte, que es un daño, que es una mengua, que es una pérdida. 

A veces, las ideas que tenemos con respecto al pecado y la gracia son el principal obstáculo para poder vivir la vida de Dios. Cuántas veces una persona que va creyendo que busca a Dios se tropieza con el pecado del otro o con el pecado que cree que tiene el otro o con el que le parece y está seguro que debe ser así, y siente alejarse de Dios porque, al juzgar al otro, al condenar al otro, lo está envidiando. Codiciar el pecado del otro es, en la manera más efectiva, mediante la condena, porque no nos permite reconocer nuestros verdaderos sentimientos. "¿Cómo puede ser que ése peque y yo me tengo que aguantar de no pecar para estar parado en el mismo lugar?" Creo que si, con respecto a esa misma persona, pensáramos que tuvo un accidente automovilístico no envidiaríamos ni lo juzgaríamos, pensaríamos tal vez: "Bueno, pobre, espero que se restablezca, voy a rezar por él", "qué terrible pérdida, ojalá pueda rehabilitarse, ojalá esté bien preparado para encontrarse con Dios". Cuando nos sentimos dueños de la situación, nos sentimos muy misericordiosos de acuerdo a nuestra idea. Sin embargo, cuando nosotros vemos que el otro peca, debemos tener exactamente la misma disposición; si comprendemos que el pecado es un daño, entonces no codiciaremos, mediante el juicio, su posición equivocada, no buscaremos adquirir lo que está perdiendo al otro. No pensaríamos de esa manera si nosotros tuviéramos misericordia y con humildad pidiéramos al Señor que se apiade de nosotros también, que no permita que caigamos, que seamos humildes y operantes en manos de Dios, activos en manos de Dios, es decir, con las manos juntas. 

Hay un poema del poeta Alexei Jomiakov, un poeta ruso, que dice: "fuerte es la mano del que ora". Fuerte es la mano del que ora, y eso es para nosotros justamente un indicador de que nuestras debilidades muchas veces no son fruto de la naturaleza que hemos heredado, sino fruto de la naturaleza que hemos estropeado; que por falta de atención espiritual, por falta de discernimiento, por falta de sobriedad, por falta de vigilia del corazón, por falta de humildad, estamos nosotros dejando pasar todas las oportunidades que Dios nos da; no por inadvertencia, es por una pereza espiritual, profunda pereza espiritual que tenemos. A desear la santificación del prójimo y no procurarla para nosotros, porque la manera más efectiva de ayudar al prójimo a ser santo es emprender el camino de Dios, emprender ese camino, en el cual, paso a paso nos vamos despojando de aquello que creemos que somos. "¡Yo soy muy sincero!", dicen muchos, cuando en realidad habitualmente faltan a la caridad de todas las maneras, esto no es sinceridad. "¡Yo soy muy bueno!", y tal vez es que es muy cómodo, complaciente, y no busca el bien de los demás. "¡Yo soy muy generoso!", y tal vez no da lo que sobra, o da lo que a uno le parece que es lo que los demás necesitan, aunque sepa que le va a hacer mal. Entonces, también encontramos a los que dicen "¡Yo soy muy humilde!", y tal vez es que no hemos puesto a trabajar ninguno de los dones de Dios, como aquel que hizo un pozo, enterró lo que Dios le dio y dijo: "Yo soy humilde, no presumo de las obras de Dios". Por eso, nada mejor que ponernos en camino y aprender de los Padres, aprender de la fe de la Iglesia, nutrirnos dentro de la Divina Liturgia, que es el regazo de la Iglesia, es el seno, podemos decir que es el útero de Dios, donde somos rehechos. No solamente tenemos fe y vamos a rendir culto, sino que somos rehechos en cada Liturgia en la medida de nuestra fe, por la cual somos tenidos a Dios, la fe nos tiene a nosotros, en el mejor de los casos; Dios nos ha pescado, en el mejor de los casos; Dios está en nosotros y nosotros en Dios. Es una experiencia muy común, muy habitual, mejor dicho, en la Liturgia, experimentar esto, que Dios está en nosotros, por la paz que experimentamos, y Dios está en torno a nosotros: "El Ángel del Señor acampa en torno de los fieles y los libra", dice el Salmo. Acampa en torno, justamente, acampa en torno y esos fieles experimentan una protección, experimentan una libertad para poder dedicarse al bien, que ese es el fin de la libertad. La libertad no es la capacidad de hacer el mal, es la capacidad de elegir entre un bien y un bien mejor, entregarnos sinérgicamente a la gracia; nuestras operaciones movidas por la gracia de Dios, infundidas por la gracia de Dios, operan como deberían. 

La gracia de Dios, desde un punto de vista, nos supera por mucho más de lo que la mente puede llegar a comprender y, por otra parte, somos casi con naturaleza divina, estamos hechos para vivir en ella. Si uno se compra un vehículo nuevo, y uno desea que ese vehículo ande bien, le costó mucho esfuerzo conseguirlo, está muy feliz con ese vehículo nuevo que lo va a poder llevar a muchos lugares y visitar personas que ama y realizar cosas que son buenas, placenteras, va a cuidar mucho, en primer lugar, de nutrirlo con el combustible adecuado, y si su bolsillo se lo permite va a tratar de que así sea con el mejor combustible posible, diseñado para ese vehículo. Si bien la comparación no es exacta, sin embargo podemos decir, justamente, que estamos hechos para vivir en Dios, no que Dios es nuestro combustible, no hay un "combustible espiritual", porque Dios no es una cosa que se usa para lo que uno quiere ni algo que se absorbe y que queda ajeno a nosotros, porque el auto no es transformado por el combustible, sencillamente se mueve. En cambio, nosotros por medio de la gracia somos transformados en otro ser. Podemos, si se quiere, compararlo más con el agua y la planta, que alcanza su propio fin, el agua no pierde su ser y la planta es transformada. Y Dios viene a nosotros y hace de cada planta del jardín una distinta, y aunque fueran de la misma especie, una distinta de la otra, de manera que la madurez de una, no es la madurez de la otra, ni el tiempo de fructificación ni la calidad de los frutos ni la forma ni tampoco las mismas posibilidades, por eso hemos de atender que ese agua de Dios que viene sobre nosotros también sea conducida para lo que Dios la ha puesto, para que demos fruto de acuerdo a nuestra especie.

Fuente: teoforos-orientecristiano.blogspot.mx

Kassia de Bizancio

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De rabiosa actualidad, por desgracia, la destrucción de imágenes ha sido una realidad en diferentes momentos de la Historia. En el siglo VIII, la prohibición absoluta de realizar nuevas representaciones en todo el territorio del Imperio, castigando a quienes osaban contradecir esa tradición clásica con terribles amputaciones, iba acompañada de la destrucción de un número altísimo de los iconos existentes y el blanqueado de frescos y mosaicos, constituyendo uno mas de los episodios de destrucción del Patrimonio Cultural en la historia de la Humanidad.

A este conflicto se le conoce como la crisis iconoclasta desarrollándose entre el año 714, con la destrucción de la imagen de Cristo por el emperador León III y el 843, en el que definitivamente se supera el iconoclasmo.

Es en estos últimos compases, durante la primera mitad del siglo IX, unos 200 años antes de que viviera y creara la monja Hildegard, cuando otra mujer noble, culta y libre escribe, compone, funda un convento, defiende el papel de la mujer y se enfrenta al propio emperador.

Kassia había nacido en la capital imperial, Constantinopla, en el año 810, en el seno de una familia aristocrática de la corte; su privilegiada posición  le permitió acceder a una educación exquisita basada en el estudio de la Grecia Clásica. Mantuvo a lo largo de los años su postura de defensa de las imágenes y la protección de otros iconódulos, valiéndole esta defensa disgustos, altercados y algún exilio, junto al monje Teodoro  del monasterio de Studion, uno de los centros de la vida espiritual e intelectual de la ciudad y del Imperio Bizantino.



              

Teodoro Estudita en un mosaico del siglo XI del Monasterio de Néa Moní, Quíos



Vista del Monasterio de Studion  en una miniatura bizantina del siglo XI que representa también la Propóntide.


No habría sido nada difícil permanecer callada siendo mujer pero Kassia tenía tan clara la necesidad de defender las imágenes como símbolos de realidades espirituales, como de apoyar a quienes lo defendían y mantener su libertad y cultura. 
Poca, o ninguna, gracia debía hacerle hallarse entre las aspirantes a contraer matrimonio imperial pues fué precisamente su postura iconódula, frente a los iconoclastas, a cuya cabeza se hallaba el emperador, lo que le había valido el exilio y la humillación ya en la adolescencia. Ahora aguardaba, junto a otras doncellas del Imperio, a que Teófilo eligiera  a su futura esposa.

Probablemente fuera la belleza la baza que se jugaba en la convocatoria, pero la impertinencia del comentario del basileus sobre que la mujer constituía el origen de todos los males desde Eva, hizo saltar como un resorte a aquella cortesana culta atribuyéndosele la frase: Antes que al hombre más grande del mundo, prefiero a la mujer más grande que ha nacido, ante lo que Teófilo, que pareció no entender que se refería a la Virgen María, eligió, frente a la ingeniosa y preparada Kassia,  a la bella Teodosia.

Resultó que la Kassia era demasiado inteligente para llegar a ser emperatriz de Bizancio.





Teófilo según la Crónica de Juan Skylitzes                            




Teófilo gozaba de las influencias culturales que irradiaba la corte califal de Bagdad con quien mantenía excelentes relaciones. En la imagen, miniatura en la que el Califa al-Mamun envía un emisario a emperador bizantino Teófilo.


Tras los años de vida cortesana y su enfrentamiento abierto con Teófilo,  en el año 843, Kassia decidió abandonar la corte retirándose a vivir a un convento que ella misma fundó en el barrio de Xerolophos, en el que permaneció como abadesa, dedicando su vida a la oración y a la composición, hasta su muerte en 867. Teófilo, no obstante, realizaba visitas inesperadas a este lugar.

Entre sus muros la monja escribía poemas litúrgicos que ella dotaba de música, siendo la primera compositora  bizantina de la que existe constancia.

Mujeres fueron las principales intérpretes y también las dedicatarias de sus piezas, contando junto a su magnífico y original himno a María Magdalena, Santa Eudoxia la Samaritana, Santa María Egipciaca y  Santa Natalia,  y a las mártires Bárbara,  Ágata, Cristina y Tecla. 





Existe una enorme diferencia con respecto a los himnógrafos contemporáneos, a la hora de tratar los textos y las músicas.  Una de sus muchas originalidades es el tropario o himno a María Magdalena, el único que tenemos constancia de que se haya escrito en su honor, que, aún hoy, es muy popular en Grecia pues forma parte de la liturgia de Semana Santa, cantándose la mañana del Miércoles Santo; y cuya melodía ha ido variando con el paso de los años.

Fue compuesto, como otras de sus obras, para su interpretación por las monjas de su monasterio. Su registro vocal es bastante amplio para la época, de una duodécima, con una cadencia final hacia un modo una cuarta superior, remarcada por el bordón. La música, en este caso, interpreta el texto dibujando ondas cuando se canta la palabra mar, dibujando líneas ascendentes para ilustrar el cielo e incluyendo una cadencia final extraordinaria que parece un quejido, un  grito de auxilio, pidiendo a Jesús que no la abandone.

Su extensa obra musical, que durante años otros autores se atribuyeron, consta de 50 obras litúrgicas, de los cuales 30 se siguen usando en la liturgia ortodoxa oriental y 23 son suyas sin duda alguna.

Además de piezas musicales religiosas, Kassia escribió también 261 piezas literarias, algunas de ellas de carácter profano, entre las que se cuentan poemas, epigramas y sentencias morales. A la hora de tratar las músicas, gusta de contextos sonoros arcaicos (modos protus y tetrardus).


En el siglo XX Kassia fue canonizada dentro de la ortodoxia oriental bajo el nombre griego moderno de Kassiane; su fiesta se celebra el 7 de septiembre.





A pesar de los intentos de apropiación y desautorización de su obra durante la Edad Media, su memoria no sólo no se perdió sino que llegó a ser representada (es el único caso conocido en que esto ocurra con una mujer) presidiendo la portada de un libro litúrgico o triodion editado en 1601 en Venecia.

Su obra es tan espectacular como los mosaicos bizantinos.








Algunas fuentes:

Blanca Aller Nalda; 2009: Creadoras de música. Instituto de la Mujer

Josemi Lorenzo;2009: Reseña para la Quinta de Malher.
 http://www.laquintademahler.com/shop/detalle.aspx?id=40265


Consuelo Escribano Velasco 

Publicado por Silvia S.A.

Bendice a mis enemigos, Señor.

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Bendice a mis enemigos, Señor. Yo también los bendigo y no los maldigo.

Mis enemigos me han llevado a tus brazos más que mis amigos.

Mis amigos me han atado a la tierra, mis enemigos han hecho que me desprenda de ella y han destruido mis aspiraciones en este mundo.

Mis enemigos han hecho que sea un extranjero en los reinos de la tierra y que habite como forastero en este mundo.

Del mismo modo que un animal perseguido por los cazadores encuentra un refugio más seguro que un animal despreocupado, yo, perseguido por mis enemigos, encontré el santuario más seguro oculto bajo tu tabernáculo, donde ni amigos ni enemigos pueden matar mi alma.

Bendice a mis enemigos, Señor. Yo también los bendigo y no los maldigo.

Ellos han confesado mis pecados ante el mundo en mi lugar.

Me han castigado cuando yo he dudado en castigarme.

Me han atormentado, cuando he intentado huir de los sufrimientos.

Me han reprendido, cuando yo me envanecía.

Me han escupido, cuando estaba lleno de arrogancia.

Bendice a mis enemigos, Señor. Yo también los bendigo y no los maldigo.

Cuando me he creído sabio, me han llamado necio.

Cuando me he colocado por encima de los hombres, se han burlado de mí como si fuera un enano.

Cuando he querido ser el primero, me han postergado.

Cuando he corrido a enriquecerme, me lo han impedido con puño de hierro.

Cuando he pensado que podía dormir tranquilo, me han despertado de mi sueño

Cuando he intentado construirme una casa para pasar una vida larga y tranquila, la han derruido y me han echado de ella.

En verdad, mis enemigos me han liberado de las ataduras del mundo y han hecho que alargue la mano para tocar la orla de tu túnica.

Bendice a mis enemigos, Señor. Yo también los bendigo y no los maldigo.

Bendícelos y multiplícalos; multiplícalos y vuélvelos aún más contra mí, para que mi huida hacia ti sea sin retorno, mi esperanza en los hombres se desvanezca como una telaraña, una serenidad total empiece a reinar en mi alma, mi corazón se convierta en la tumba de esas dos malvadas hermanas, la arrogancia y la ira, pueda atesorar mi tesoro en el cielo y por fin me vea libre del autoengaño que me ha enredado en la terrible maraña de esta vida ilusoria.

Mis enemigos me han enseñado lo que casi nadie sabe: que el único enemigo que tiene un hombre en este mundo es él mismo.

Uno sólo odia a sus enemigos cuando no se da cuenta de que no son enemigos, sino amigos crueles.

Me resulta muy difícil decir quién me ha hecho más bien y quien me ha hecho más mal en este mundo: mis amigos o mis enemigos.

Por lo tanto, bendice, Señor, tanto a mis amigos como a mis enemigos.

Un siervo maldice a sus enemigos, porque no entiende, pero un hijo los bendice, porque sí que entiende y sabe que sus enemigos no pueden quitarle la vida. Por eso, anda sin miedo entre ellos y ruega por ellos a Dios.

Bendice a mis enemigos, Señor. Yo también los bendigo y no los maldigo.

Amén.

Oración por los enemigos, de Nikolai de Zica

El sacerdocio universal de los laicos

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Paul Evdokimov
(Extracto)


Las traducciones griegas del texto hebreo del Antiguo Testamento (por ejemplo la versión de Áquila), aplican la palabra laikos, “laico”, no a los hombres, sino a las cosas. Por ejemplo, un “viaje laico”, una “tierra laica”, el “pan laico” (1 Sam 21,4) son las cosas “profanas” que no están destinadas al servicio del templo (1 Sam 21, 5-6; Ez 48, 15).

El primer documento cristiano que menciona la palabra “laico” es la Carta a los corintios atribuida a san Clemente de Roma (ca. 95). Habla de la conducta de los hombres del pueblo según las “reglas laicas”. Desde el siglo III, con Tertuliano y san Cipriano en África del norte, el término “laico” ocupa su lugar junto a la palabra “clérigo”. Estamos ya ante el germen de una interpretación jurídica que opone “laico” a “clérigo”. Finalmente, en san Jerónimo (comienzo del siglo V) encontramos no una definición, pero sí una constatación netamente peyorativa: ante el clero, puesto aparte al servicio de las cosas de Dios, los laicos son los que se ocupan de las cosas de este mundo, los que se casan, comercian, cultivan la tierra, hacen la guerra, testifican en asuntos de justicia…

Si en la Biblia la palabra “laico” es rara y poco precisa, sin embargo contiene una noción de las más ricas y claras del laos, del pueblo de Dios. Junto a un sacerdocio funcional, de la casta sacerdotal levítica, la Escritura pone el sacerdocio universal del pueblo de Dios en su totalidad. Después de la entrega de la Torá a Moisés, el Señor declara: “Seréis para mí un reino de sacerdotes (mamleket kohanim), una “nación santa” (Ex 19,6). El texto griego lo taduce por basilein ierateurma) sacerdocio real, el “pueblo de sacerdotes” al servicio del Rey celeste. En el Nuevo Testamento, san Pedro retoma la expresión: “vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio” (1 Pe 2, 9). El pueblo de Dios, puesto aparte y reunido antaño en el templo de Jerusalén, queda ahora asociado a los “acta et passa Christi in carne”. Del régimen profético, el pueblo, constituido en Iglesia, pasa a la realidad revelada; en adelante, es reunido en Cristo y participa en el sacerdocio y en la realeza únicas de Jesús. Cristo ha hecho de todos los cristianos “un reino de sacerdotes que reinan sobre la tierra” (Ap 5, 10).

La idea de un pueblo profano no tiene cabida en la Biblia, es absolutamente inimaginable. La Escritura enseña, de la manera más constante y firme, el carácter sagrado y sacerdotal de cada miembro del pueblo.

Los primeros signos inquietantes aparecen ya a finales del siglo IV, fruto precoz de la época de Constantino. Son los propios laicos los que ceden su dignidad de sacerdocio universal […]

Se va creando una distancia por una indigencia, un empobrecimiento progresivo del laicado, por su lamentable rechazo de los dones del Espíritu Santo. Se trata de la gran “traición de los laicos”, traición a su naturaleza sacerdotal. Los dos polos del laos, del pueblo de Dios –el del rey cristiano que protege a la Iglesia y se llama “obispo exterior” y “diácono ecuménico” (título de los emperadores bizantinos), y el del monje que vive ocupado en las cosas de Dios –ambos polos salvaguardan la dignidad carismática de los laicos, pero el resto, lo que está entre estos dos polos, se precipita en un vacío, en esta ocasión verdaderamente profano; la masa, aunque bautizada, se identifica con las cosas de este mundo, recupera el sentido veterotestamenterio de la palabra “laico” aplicada a las cosas, y se convierte ella misma en una de las cosas profanas de este mundo. A este estado de rápida decadencia se le aplica el término peyorativo de los biotikoi y de los anieroí: los que viven en el mundo y son extraños a las cosas sagradas y santas. Desde entonces, la definición del laicado es negativa: un laico es un elemento pasivo puramente receptivo, no tiene nada que hacer en la Iglesia (salvo la contribución financiera), porque carece de función eclesiástica, no tiene ministerio, ni carisma…

Ahora bien, la Epístola a Diogneto (comienzos del siglo III) afirma: “cada uno reside en su patria como los extranjeros domiciliados. Toda tierra extranjera es para ellos una patria y toda patria una tierra extranjera. Pasan su vida sobre la tierra, pero son ciudadanos del cielo”. Este texto no hace sino acentuar la enseñanza de san Pablo: los fieles, los laicos, son elegidos de Dios y conciudadanos de los santos; no tienen ciudad aquí abajo. Se puede constatar una reducción vertiginosa de esta dignidad de los “santos” (de los llamados a la santidad), al estado profano de los que sólo se ocupan de las cosas de este mundo. Se trata de la extrema profanación de lo sagrado.

Ante esta decadencia, la verdadera tradición permanece siempre inmutable; se la encuentra en los dogmas, en la conciencia sacramental y litúrgica, en la rica y explícita enseñanza de los padres de la Iglesia.

El sacerdocio universal no implica ninguna oposición al sacerdocio funcional del clero; este no es en absoluto una emanación del laicado, una delegación de carácter congregacionalista. La Iglesia ha recibido una estructura jerárquica desde la institución del colegio de los Doce, de acuerdo con el plan divino. El pueblo está diferenciado por Dios en su “principio sacerdotal”, por medio de los ministerios carismáticos. El episcopado es elegido dentro del pueblo, es de su carne y de su sangre sacerdotales, no viene a formar una superestructura, porque es una parte orgánica del cuerpo, de la unidad ontológica de todos los miembros. Pero su origen es divino y se ejerce en virtud de la sucesión apostólica. Todo candidato es promovido por Dios: “fui yo quien os elegí” (Jn 15, 16). El poder sacramental de celebrar los misterios y, sobre todo, de ser testigo apostólico de la eucaristía, el poder de promulgar las definiciones doctrinales –“carisma veritatis certum”- pertenecen al episcopado en virtud de la apostolicidad de la Iglesia; es también el carisma pastoral de conducir el Cuerpo, la realeza de los sacerdotes hacia la parusía gloriosa. Imagen viva de Cristo, el obispo sólo tiene un auténtico poder: el de la caridad, una única auténtica fuerza de persuasión: su martirio. Como lo dice magníficamente esta bella frase: “nosotros no somos los maestros de vuestra fe, somos los servidores de vuestra alegría”.

Se percibe bien lo esencial de la tradición oriental: no es ni el igualitarismo antijerárquico ni la dicotomía clericalista del único Cuerpo en dos, sino la participación sacerdotal de todos en el único Sacerdote divino por medio de dos sacerdocios. Cada uno está establecido por Dios y este origen divino es lo que les libra del mundo y de toda perspectiva profana.

Lo que está condensado en uno solo, Cristo, el único sacerdote, se despliega en su Cuerpo: el Sacerdote se dirige hacia el Reino y el sacerdocio universal de los sacerdotes. La pascua y la parusía no se confunden todavía; de ahí la coexistencia de dos sacerdocios: sin confusión ni separación y fuera de toda oposición imposible; el único Cristo se realiza en la diferenciación de los carismas y de los ministerios.

De este modo, la tradición no se entrega jamás a la confusión, sino que afirma netamente la igualdad de naturaleza: todos son, ante todo, miembros equivalentes del pueblo de Dios. Gracias al “segundo nacimiento”, el bautismo, todos son ya sacerdotes, y es en el seno de esta equivalencia sacerdotal donde se produce la diferenciación funcional de los carismas. No se trata, en absoluto, de una nueva “consagración”, sino de una ordenación para un ministerio nuevo de aquel que ya estaba consagrado, que ya había cambiado su naturaleza, una vez por todas, habiendo recibido ya su ser sacerdotal. […]

De este modo, si el obispo participa en el sacerdocio de Cristo mediante su función sagrada, todo laico lo hace en función de su mismo ser; participa en el único sacerdocio de Cristo por su ser santificado, por su naturaleza sacerdotal. A la vista de esta dignidad –ser sacerdote por su propia naturaleza-, todo bautizado está sellado por los dones, ungido por el Espíritu en su misma esencia. Es necesario subrayar fuertemente la sustancia, la ontología, la naturaleza sacerdotal de todo fiel. Todo laico es sacerdote de su existencia, ofrece en sacrificio la totalidad de su vida y de su ser.

Esta perfecta igualdad de naturaleza de todos los miembros de la Iglesia responde al carácter fuertemente homogéneo de la espiritualidad ortodoxa. Igual que no existe ninguna separación entre Iglesia docente y discente, sino que es la Iglesia total la que enseña a la Iglesia, lo mismo ocurre en la totalidad de la enseñanza que el evangelio dirige a todos y cada uno. La oración, el ayuno, la lectura de las Escrituras, la disciplina ascética se imponen, así, a todos de idéntica manera. Por esta razón, el laicado forma con toda exactitud el estado de monacato interiorizado. Su sabiduría consiste esencialmente en asumir, viviendo totalmente en el mundo, y tal vez sobre todo a causa de esta vocación, el maximalismo escatológico de los monjes, su espera gozosa e impaciente de la parusía.

Como ejemplo de monaquismo interiorizado, común a todos, se puede mencionar la antigua tradición que veía en el tiempo del noviazgo un noviciado monástico para prepararse al “sacerdocio conyugal”. De este modo, las coronas de los prometidos, en el momento del rito oriental de la coronación (sacramento del matrimonio), se guardaban durante siete días y enseguida el sacerdote daba la bendición para poner fin a este tiempo de continencia de los esposos. De igual manera, en la Rusia de otros tiempos, después de la ceremonia del matrimonio en la Iglesia, los esposos iban directamente a un convento. Allí se iniciaban durante un tiempo a la vida monástica para comenzar mejor su nueva vocación conyugal, su sacerdocio conyugal.

Nicolás Cabasilas, gran liturgista del siglo XIV y laico, tituló su tratado sobre los sacramentos así: La vida en Cristo; Juan de Cronstadt, sacerdote de gran santidad de comienzos del siglo XIX, describe en Mi vida en Cristo su experiencia eucarística. Todo esto pone de relieve que la verdadera patria de las almas ortodoxas es la Iglesia de los misterios litúrgicos. Nicolás Cabasilas parafrasea incluso el texto de los Hechos de los apóstoles y dice: “por los sacramentos vivimos, nos movemos y somos” [1]

El sacramento de la unción crismal es el sacramento del sacerdocio universal. Sobre el hombre nacido de nuevo en el bautismo, desciende el Espíritu Santo para infundirle el don de los actos. La unción es el sacramento de la fuerza que nos arma como “soldados y atletas de Cristo” para “dar testimonio sin miedo  ni debilidad”, para realizar el apostolado de amor carismático. San Cirilo de Jerusalén dice a los catecúmenos: “El Espíritu Santo os arma para el combate…. Él velará sobre vosotros como sobre su propio soldado”, y “vosotros adquiriréis firmeza contra todo poder que se oponga” [2].  Todo laico es ante todo un combatiente.

Las signaciones mediante la unción crismal de todas las partes del cuerpo (tradición oriental) simbolizan las lenguas de fuego de Pentecostés. Van acompañadas de esta fórmula sagrada: “sello del don del Espíritu Santo”, es, pues, en todo su ser donde todo laico es sellado con los dones, es un ser enteramente carismático.

La oración, situada en el corazón del sacramento, precisa la finalidad de estos dones: “que encuentre su complacencia en servirte en todo acto y en toda palabra”. Es la consagración de toda la vida al ministerio del laico, ministerio esencialmente eclesial.

El carácter totalizante, absoluto, de la consagración se pone de relieve en el rito de la tonsura, rito idéntico al de la entrada en el orden monástico. La oración pide: “bendice a tu siervo, que ha venido a ofrecerte como primicia la tonsura de los cabellos de su cabeza”. El sentido simbólico de este rito es bien claro, se trata de la ofrenda total de su vida.

El acento escatológico de la oración refuerza el mencionado sentido: “que te dé gloria y que todos los días de su vida posea la visión de los bienes de Jerusalén”. Así, todos los instantes del tiempo se abren a su dimensión escatológica, todos los actos y todas las palabras están al servicio del Rey. Al pasar por la tonsura, todo laico es un monje del monacato interiorizado, sometido a todas las exigencias absolutas del evangelio.

En la epíclesis del sacramento, a la petición del Espíritu Santo, el Padre celeste responde por su envío, que reviste al bautizado en Cristo, lo “cristifica”. En la oración sobre el santo crisma, el obispo pide: “Oh Dios, márcalos (a los futuros confirmandos, ungidos, “cristos”) con el sello del crisma inmaculado; ellos, llevarán en su corazón a Cristo para ser morada trinitaria”. Se puede notar aquí el trinitariocentrismo de la ortodoxia, el equilibrio trinitario queda bien subrayado: sellado por el Espíritu, convertido en cristóforo para ser morada trinitaria.

Durante un oficio, la elección de la lectura constituye ya un comentario. Durante el sacramento de la unción, se leen los últimos versículos del evangelio de san Mateo “id, pues, y enseñad a todas las naciones”. Mediante esta lectura, la orden del Señor se dirige, por tanto, a todo cristiano confirmado, a todo laico, para que pueda realizar lo que el sacramento le ofrece con su gracia: “Debe predicar a los demás lo que él ha recibido en el bautismo”. Junto a los misioneros acreditados, todo confirmado es “apóstol” a su manera. Es llamado a dar un testimonio incesante con todo su ser sellado de dones, con toda su vida.

La idea de un pueblo pasivo está en flagrante contradicción con la eclesiología patrística: el sacerdocio universal de los fieles participa en los tres poderes: el gobierno, la enseñanza y la santificación.

El primer concilio de Jerusalén en tiempos de los apóstoles (Hch 15) reúne todos los elementos de la Iglesia: “los apóstoles, los ancianos y los hermanos”. La palabra: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”, se convierte en la fórmula sagrada de los concilios ecuménicos y ese “nosotros” es el nosotros colegial del Cuerpo en su totalidad. Son los obispos los que constituyen el concilio, pero llevan consigo a todo el Cuerpo y su poder supremo sólo se ejerce en el nivel del misterio del consensus de todos; los obispos actúan ex consensu ecclesiae. Como lo declara perfectamente la encíclica de los patriarcas orientales en 1848: “entre nosotros no han podido introducirse innovaciones ni por los patriarcas ni por los concilios; porque entre nosotros la salvaguarda [2] de la religión reside en el cuerpo entero de la Iglesia, es decir, en ese pueblo que él mismo quiere conservar intacta su fe”. Los laicos no son los jueces (kriteis) de la fe, la promulgación de las definiciones doctrinales es el carisma propio del episcopado; sin embargo, los laicos son los defensores de la fe. El “escudo” es la Iglesia en su totalidad y la razón de todo ello está en que la capacidad de distinguir la verdad del error, “de examinarlo todo y quedarse con lo bueno” (1 Tes 5, 19-21), ha sido dada a todos. Esta defensa es también el sagrado deber de cada laico. Se conoce este papel cuando la crisis arriana, en el siglo IV, o más tarde, en el siglo XV; pero sobre todo en los siglos XVI y XVIII en la Rusia del sudoeste, cuando las confraternidades ortodoxas salvan la pureza de la fe y constituyen las auténticas murallas de la verdad frente al episcopado desfallecido. El consensus del sacerdocio universal apela, en el caso del colegio episcopal desfalleciente, al colegio episcopal iluminado por el Espíritu Santo.

En los actos de culto, el axios, en el caso de una ordenación episcopal, o el amén final, son como la firma sagrada del Cuerpo en su totalidad sobre todo acto de la Iglesia. Durante la liturgia, todo fiel es un coliturgo con el obispo; el pueblo participa activamente en la anáfora eucarística, en la epíclesis (siempre se emplea el plural; el sacerdote formula en nombre de todos: “nosotros te suplicamos…”, y a continuación viene el testimonio apostólico del milagro realizado). La comunión de espíritu entre el celebrante y la asamblea es total y responde al sentido de la palabra liturgia, que es “acción común”.

En la enseñanza –y este es un hecho particular de la ortodoxia- los profesores de teología son la mayoría de las veces laicos. El ministerio de la palabra va unido al carisma del orden, pero los obispos delegan el poder de enseñar y de predicar en determinados laicos elegidos, y esto en virtud de su carisma, nacido del sacerdocio universal. En la sociedad sacralizada de Bizancio, el emperador tiene el poder de convocar los concilios y la predicación imperial ocupa un lugar normal. Igualmente, se conocen en el siglo XIV las hermosas homilías de Nicolás Cabasilas, laico y gran liturgista. Cabe mencionar también el nombre de Cirilo de Filea, un hesicasta ardiente, casado y padre de familia. En la Grecia actual, el Sínodo envía a laicos para misiones apostólicas; ellos enseñan y predican en las iglesias; aquí igualmente ejercen su carisma sacerdotal. […]

En el plano de la santificación, el estado monástico es completamente independiente de toda ordenación. La dirección espiritual de los saterts no va unida al sacerdocio. Los pneumáticos, los “espirituales” –monjes o laicos- que viven en el mundo y que el pueblo llama “hombres de Dios” o “locos por Cristo”, gozan de una autoridad espiritual enorme. A ellos los reconoce el pueblo como directores de conciencias; se trata de simples monjes que muchas veces han sido los padres espirituales de obispos y patriarcas. Este ministerio, puramente carismático, no dejará jamás de existir en la Iglesia junto al ministerio de los clérigos.

Los laicos forman un sector eclesial que es a la vez el mundo y la Iglesia. No tienen acceso al poder de impartir las mediaciones de la gracia (poder sacramental del clero); sin embargo, su ámbito es “la vida de la gracia” y “el estado de gracia”. Por la simple presencia en el mundo de “seres santificados”, de “sacerdotes” en su sustancia misma, de “moradas de la Trinidad”, el sacerdocio universal de los laicos detenta el poder de lo sagrado cósmico, de la liturgia cósmica: fuera de los muros del templo, los laicos continúan la liturgia de la Iglesia. Gracias a su presencia activa, los laicos introducen la verdad de los dogmas vividos en el ámbito social y en el ámbito de las relaciones humanas, y de esta forma desalojan los elementos demoníacos y profanos del mundo.

A favor de una participación activa en los poderes de la Iglesia, los padres subrayan la triple dignidad de los laicos en sí misma considerada. San Macario de Egipto lo dice: “el cristianismo no tiene nada de mediocre, es un gran misterio. Medita sobre tu propia nobleza… Mediante la unción, todos se convierten en reyes, sacerdotes y profetas de los misterios celestes” [3].

La dignidad real es de naturaleza ascética: es el dominio de lo espiritual sobre lo material, sobre los instintos y las pulsiones cósmicas de la carne, la liberación de todo determinismo procedente del mundo San Ecumenius lo dice: “Reyes por el domino de nuestras pasiones” [4]. San Gregorio de Nisa enseña también: “el alma muestra su realeza disponiendo libremente de sus deseos; esto sólo es inherente al rey; lo propio de la naturaleza real es dominarlo todo”.

La dignidad regia, por consiguiente, es el “cómo” de la existencia, la cualidad regia de dominador, de ser su regidor y señor. Su “qué”, su contenido, se sitúa en la dignidad sacerdotal. San Pablo exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo y eso es “el culto razonable” (Rom 2,1): hacer de nuestro ser y de su existencia un culto, una liturgia, una doxología. Orígenes lo expresa admirablemente: “todos los que han recibido la unción se han convertido en sacerdotes… Si yo amo a mis hermanos hasta dar mi vida por ellos y lucho por la verdad hasta la muerte… Si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, he ofrecido un sacrificio y me convierto en sacerdote de mi existencia.” [5]… En el mismo sentido, san Gregorio Nacianceno sintetiza: “somos sacerdotes por la ofrenda de nosotros mismos como sacrificio espiritual” [6]

Para definir la dignidad profética, san Ecumenius reúne todas las dignidades en un solo movimiento: “reyes por el dominio sobre nuestras pasiones, sacerdotes para inmolar nuestros cuerpos, profetas al estar instruidos en los grandes misterios” [7]. San Teofilacto añade: “Profeta, porque ve lo que el ojo nunca vio” [8]. Según la Biblia, un profeta es aquel que es sensible a los “designios de Dios” en el mundo, aquel que capta la marcha providencial de la historia bajo la mirada de Dios. Eusebio de Cesarea, en su Demostración evangélica [8], escribe: “nosotros destilamos el perfume profético en todo lugar y le sacrificamos el fruto lleno de olor de una teología práctica”. He ahí, una magnífica definición del laicado: a través de todo su ser, en toda su existencia, convertirse en una teología viva, teofánica, lugar espléndido de la presencia, de la parusía de Dios.

Recorriendo la tradición patrística es posible diseñar, a grandes rasgos, un cierto “tipo” de laico. Se trata ante todo de un hombre de oración, un ser litúrgico: el hombre del sanctus y del trisagio, que resume su vida con esta palabra del salmo: “cantaré al Señor toda mi vida”. Abba Antonio [9] habla de un hombre de una gran santidad que ejercía en la sociedad la profesión de médico; daba a los pobres todo lo superfluo y durante todo el día cantaba el trisagio, uniéndose al coro de los ángeles. Hace pensar en el tipo de santo que se denomina anargyre, “desinteresado”. Ejerce su medicina como una forma de su sacerdocio, como sacerdote. Hace pensar también en el “buen médico” de Camus, pero tal como él lo debe ver ahora…

Hoy día, en los países comunistas, en los que la Iglesia, más que nunca, está reducida exclusivamente a la vida litúrgica, este despojamiento constituye una llamada sumamente vigorosa a centrarse en lo único necesario. Muy recientemente, el episcopado ruso ha exhortado a los laicos, a falta de una vida litúrgica regular, a convertirse en templo, a prolongar la liturgia en su existencia, a hacer de su vida una liturgia, a presentar a los hombres sin fe un rostro, una sonrisa litúrgica… En las condiciones trágicas de la última tensión, la Iglesia enseña ante todo cómo rezar, cómo participar en la lucha a través de un testimonio silencioso, cómo “escuchar el silencio del Verbo” para hacerlo más poderoso que cualquier palabra comprometida.

Según la antigua tradición, san Miguel ofrece sobre el altar de lo alto “corderos de fuego”, las almas de los mártires. Su testimonio no es forzosamente espectacular. Sacerdotes del mundo, el laico practica el discernimiento de espíritus y dice “no” a toda empresa demoníaca. Los otros, los que están “debajo del altar” (Ap 6,9), gritan: “¿hasta cuándo, Señor..?” La Iglesia puede hacer de toda la riqueza de la cultura humana un espléndido icono del reino de Dios, pero también puede ser despojada hasta el martirio y “desnuda, seguir al Cristo desnudo…”

Durante la liturgia, el obispo recoge la oración y los dones de los fieles y lleva esta ofrenda al Padre, pronuncia la epíclesis de parte de todos. Pero también toda la presencia del laico en el mundo es una epíclesis perpetua, santifica cualquier rincón de este mundo, contribuye a la paz de la que habla el evangelio, aspira al “beso de la paz” litúrgico. Siguiendo las letanías, su oración contempla el día que viene, la tierra y sus frutos, el esfuerzo de todo hombre. En la inmensa catedral que es el universo de Dios, el hombre, sacerdote de su vida, obrero o sabio, hace de todo lo humano ofrenda, cántico, doxología.

Un laico es testigo ocular de la resurrección de Cristo. Tal es la enseñanza litúrgica y el sentido del oficio de la noche de Pascua. El misterio litúrgico va más allá de la mera conmemoración, “re-presenta” el acontecimiento, se convierte en auténtico advenimiento. Ante el pueblo aparece Cristo resucitado, lo cual confiere a todo fiel la dignidad apostólica de testigo.

Esta es la razón por la que un laico es, también, apóstol [11] a su manera. Según los grandes espirituales, es aquel que responde a la escena final del evangelio según san Marcos: aquel que camina entre serpientes, domina toda enfermedad, mueve las montañas y resucita a los muertos, si esa es la voluntad de Dios. Vive simplemente su fe hasta el final, se sitúa en su término inquebrantablemente.

Una actitud de silencio recogido, de humildad, pero también penetrada de una ternura apasionada. San Isaac, san Juan Clímaco, decían que hay que amar a Dios como se ama  a la prometida, y entonces ser amantes de toda la creación de Dios para descifrar en todo el sentido de Dios. Según Merleau – Ponty: “el hombre está condenado al sentido” [12]; nosotros diremos; invitado a vivir su fe: ver lo que no se ve, contemplar la sabiduría de Dios en el absurdo aparente de la historia, convertirse en luz, revelación, profecía.

Maravillado, pues, por la existencia de Dios –“el mundo está lleno de la Trinidad”-, un laico es también un poco loco, con la locura de la que habla san Pablo; posee el humor tan paradójico de los “locos por Cristo”, que es el único capaz de romper la pesada seriedad de los innumerables doctrinarios.

Un laico es también un hombre a quien la fe libera del “gran miedo del siglo XX”, miedo a la bomba, al cáncer, al comunismo, a la muerte; cuya fe es siempre una cierta manera de amar el mundo, una manera extrema, siguiendo a su Señor hasta el descenso a los infiernos. No se trata, sin duda, de un sistema teológico, pero probablemente sólo desde el fondo del infierno podrá nacer e imponerse una esperanza resplandeciente y gozosa.

El cristianismo, en la grandeza de sus confesores y de sus mártires, en la dignidad de todo creyente, es mesiánico, revolucionario, explosivo. En el reino del césar se nos manda buscar, y por tanto encontrar, lo que no existe en él: el reino de Dios. Esta orden significa justamente que debemos transformar el mundo, cambiar su figura para que se convierta en icono del Reino. Cambiar el mundo quiere decir pasar de lo que el mundo no posee todavía –y esta es la razón de que sea todavía mundo- a aquello en lo que se transfigura, y en virtud de lo cual se convierte en otra cosa: el Reino.

La llamada central del evangelio invita a la violencia cristiana que sólo se apodera del reino de Dios. El Señor señala la violencia hablando de san Juan Bautista. De este modo, san Juan no es solamente un testigo del Reino, es ya el lugar en el que el mundo es vencido y donde el Reino está presente. No es solamente una voz que lo anuncia, es su voz. El amigo del Esposo, aquel que disminuye para que el otro, el Filántropo divino –amante de los hombres- crezca y se haga visible. Ser verdadero laico es ser aquel que durante toda su vida, mediante lo que está ya presente en él, anuncia a Aquel que viene; ser aquel que, según san Gregorio de Nisa, lleno de “sobria embriaguez” lanza a todo el que pasa este requerimiento: “ven y bebe”; aquel que dice con san Juan Clímaco esta palabra tan ágil en su alegría: “tu amor ha herido mi alma y mi corazón no puede sufrir tus llamas; marcho hacia ti cantando…” [13].

El evangelio nos habla de los violentos que se apoderan del Reino. Uno de los signos seguros de su cercanía es la unidad del mundo cristiano. En esta espera de los últimos cumplimientos, la esperanza, la gran esperanza cristiana, cobra vida. La oración de todas las Iglesias se eleva para formular la epíclesis ecuménica; invocar al Espíritu Santo y su descenso sobre el milagro posible de la unidad. Este es nuestro ardiente deseo, nuestra ardiente oración. El destino del mundo depende de la respuesta del Padre, pero esta está supeditada a nuestra transparente sinceridad, a la pureza de nuestro corazón.

Jesucristo, por el don total de sí mismo, ha revelado el sacerdocio perfecto. Imagen de todas las perfecciones, él es el único obispo supremo, él es también el único laico supremo. Por eso, su oración sacerdotal lleva consigo el deseo de todos los santos: glorificar a la Trinidad santa con un solo corazón y una sola alma, y reunir a todos los hombres alrededor del único cáliz.

La Filantropía divina nos espera para compartir esta alegría, que ya no es de este mundo solamente; inaugura ya el festín del Reino.



Paul Evdokimov
Las Edades de la vida espiritual
Ed. Sígueme, Salamanca 2003.
Pp. 229-244


Notas:

[1] N. Cabasilas, La vie en Jésus-Christ, 27 (versión cast: La vida en Cristo, Madrid 1999).

[2] El hecho de proteger, de defender, la palabra griega empleada aquí implica la idea de alguien que lleva un escudo.

[3]PG 34, 624 BC.

[4] PG 118, 932.

[5] PG 12, 521-522.

[6] PG 44, 1149C.

[7] PG 118, 932 CD.

[8] PG 124, 812.

[9] PG 22, 92-93.

[10] PG 65, 84.

[11] Máximo el Confesor, en PG 90, 913. Cf. Lc 10, 19.

[12] M. Merleau-Ponty, Phénoménologie de la Percepcion, p. XIV (versión cast.: Fenomenología de la percepción, Barcelona 1999).

[13] PG 88, 1160 B.


Fuente: theoesis.blogspot.mx

El heroismo de los mártires cristianos – mirémosles la cara

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¿Como puede la Iglesia perder el tiempo con pseudo preguntas como la “comunión” para divorciados vueltos a ‘casar’” cuando multitudes de Cristianos están siendo masacrados cada día?
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QUE EL PAPA MANDE EVACUAR LOS 300 CRISTIANOS DE TRÍPOLI CON SU OBISPOS PARA SALVARLOS DE LA MASACRE
Hay que mirar a la cara a los 21 jóvenes cristianos de Libia que, por no renegar de Cristo, han sufrido el martirio, y que antes de ser decapitados por el EI –según la lectura del movimiento de sus labios– no dejaban de pronunciar el nombre de Jesús. Como los antiguos mártires.
EL NOMBRE DE JESÚS
Dice su obispo: “Se puede decir que ese Nombre, susurrado en sus últimos momentos, ha sido el sello de su martirio”. Los cristianos coptos son gente fuerte, curtida por catorce siglos de persecución islámica. Son herederos de San Atanasio de Alejandría, que salvó la verdadera fe católica de la herejía arriana que profesaba la mayor parte de los obispos. Son cristianos firmes, no pusilánimes como los católicos tibios de Occidente.
Ésa es la verdadera fuerza; no la del que odia y mata a los indefensos (niños incluidos), crucifica al que profesa otra religión y viola a las mujeres enarbolando la bandera negra y escondiendo la cara.
La verdadera fuerza es la de los indefensos que aceptan el martirio para no renegar de su dignidad, es decir, de su fe, para testimoniar la maravilla del Amor Hermoso,  según una antigua manera de llamar al Hijo de Dios.
Un gran testimonio. Estos son los verdaderos mártires: los cristianos. No los que van a masacrar inocentes indefensos.
Esta es la gloria de los cristianos: seguir a un Dios que ha salvado al mundo haciéndose matar. No matando a otros, como han hecho todos los cabecillas, agitadores e ideólogos (o revolucionarios) de este mundo que son exaltados en los libros de historia.
LA LECCIÓN
Una gran lección para un Occidente ebrio de corrección política que, como el desastroso Obama, se ha impuesto a sí mismo la obligación de no pronunciar siquiera palabras como “islam” y “musulmanes” cuando habla de las masacres perpretradas en estos últimos meses desde el norte de Iraq a Libia pasando por París. Un Occidente nihilista que se avergüenza de sus raíces cristianas y no desaprovecha ninguna oportunidad para cubrirlas de desprecio.
Una dolorosa lección, por último, para la Iglesia ante todo. Para una Iglesia que ha dejado de dar testimonio del fuego ardiente de la fe.
Para la Iglesia de Bergoglio,  que mientras hombres y mujeres dan la vida por Cristo califica de solemne tontería la proclamación y el proselitismo cristianos. Esa iglesia de Bergoglio que, mientras los cristianos son perseguidos y masacrados en todo el mundo musulmán, va a realizar actos de culto en la mezquita, y se adhiere a la ideologia obamiana dominante evitando cuidadosamente referirse al islam en términos que no sean elogiosos (y cuyo portavoz en Buenos Aires atacó a Benedicto XVI por su discurso de Ratisbona sobre el islam).
Y sobre todo para ese papa Bergoglio que dice que la gran emergencia actual de la Iglesia no tiene que ver con la fe, sino con el medio ambiente, y en segundo lugar la acogida a las nuevas modalidades de pareja y dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. Algo parecido a la película de Benigni en la que se decía que el verdadero gran problema de Palermo era… ¡el trafico!.
Tanto que dentro de poco veremos la encíclica de Bergoglio sobre la ecología y las ventajas de  tirar la basura en contenedores diferenciados, en vez de un grito de amor a Dios en este mundo sin fe ni esperanza. Un llamamiento contra la contaminación, en lugar de denunciar el odio anticristiano en todo el planeta (ya en la misa inaugural de su pontificado habló del medio ambiente, como en el discurso en la Expo, en vez de hablar de Cristo).
El papa Bergoglio, que recibe a los representantes de centros sociales como Leoncavallo* y les dirige alocuciones, no a los cristianos que de modo heroico y pacífico luchan por dar testimonio de la salvación mientras son objeto del desprecio y las acusaciones del mundo.
El Bergoglio que elige cardenales por su ideología (y hace ver que si quiere puede incluso decidir crear cardenal a, por ejemplo, el obispo de Ancona), en lugar de conceder la púrpura –símbolo del martirio– a obispos que en estos mismos días, viven precisamente de forma heroica entre sus fieles amenazados, jugándose verdaderamente la vida con ellos.
SALVAR A ESOS CRISTIANOS
Tal es el caso del obispo de Tripoli, monseñor Martinelli, que en 2011 fue casi el único (si bien apoyado por Benedicto XVI), que clamó todos los días contra la guerra, explicando que equivaldría a abrir la Caja de Pandora, que fue lo que efectivamente sucedió.
Una tragedia a la que debemos la concesión del Premio Nobel de la Paz a Obama y Sarkozy.
Y mientras hoy, tanto en Italia como en el extranjero, los que aplaudieron aquella guerra fingen ignorancia (véase por ejemplo lo publicado ayer por Maurizio Belpietro en el diario Libero**), mientras que estos días Libia corre el riesgo de convertirse en una base de EI, el obispo Martinelli ha decidido quedarse, exponiéndose a la muerte: “He visto cabezas cortadas –dice–, y creo que también puedo terminar así. Y si Dios quiere que yo también termina con la cabeza cortada,  sea como Él quiera […]. Poder dar testimonio es una cosa preciosa. Doy gracias al Señor por permitirme darlo, aunque sea con el martirio. No sé adónde me llevará este camino. Si me lleva a la muerte, eso querrá decir que Dios lo ha querido así… De aquí no me muevo. Y no tengo miedo”.
No quiere abandonar su pequeño rebaño, constituido por unos trescientos trabajadores filipinos que, comprensiblemente, están aterrorizados. Dicho prelado es el único italiano que queda en Tripoli, con algunas monjas y religiosos no italianos.
Ayer tarde todavía no habían recibido ninguna llamada del papa Bergoglio, que acostumbra ser tan generoso telefoneando  (ha llegado a llamar a Pannella*** , así como – varias veces– al amigo Scalfari****). Tal vez, vista la presión mediática, lo llame en las próximas horas.
Pero más que palabras hacen falta hechos. Quisiera proponerle una cosa al papa.  Con ayuda del gobierno italiano, el Vaticano podría solicitar un puente humanitario, una operación relámpago para rescatar a los cristianos que quedan allí, junto con su obispo. Son sólo trescientos, y su vida peligra a causa de su fe. El Vaticano podría acogerlos, y después ya decidirían si regresan a las Filipinas.
Se puede hacer. ¿Por qué no? Este es mi ruego al papa Bergoglio para salvar de la masacre a todos los cristianos de un país junto con su pastor.
Sería sin duda una obra digna de la Santa Sede. No ese clima de caza de brujas y depuraciones que desde hace algún tiempo reina en la camarilla vaticana contra los grandes cardenales como Ratzinger que, fieles a la Iglesia, han osado oponerse a Kasper en el Sínodo de octubre.
Sería increíble que el Vaticano se dedicara a efectuar purgas mientras en el mundo martirizan cristianos.
 Antonio Socci
Libero, 18 de febrero de 2015
Facebook: “Antonio Socci pagina ufficiale”
(Foto: rostros de algunos de los 21 cristiani coptos martirizados en Libia)
* Leoncavallo: Centro social autogestionado de Milán, sede de actividades culturales y sociales.
** Maurizio Belpietro es el director del diario Libero, de centro-derecha.
*** Marco Pannella es político, periodista y secretario del Partido Radical-
**** Eugenio Scalfari: Periodista y político socialista, fundador del periódico La Reppubblica (ideológicamente análogo a El país en España)
[Traducido por J.E.F. Artículo original]
Fuente: RRORATE CÆLI