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Santo Domingo, Confesor

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Trad. Eccli. 15, 5

En medio de la iglesia abrió su boca, y el Señor lo llenó del espíritu de sabiduría y de entendimiento, y lo revistió de un manto de gloria. Sal. Ib. 6 Lo enriqueció de alegría y exultación.

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Dice el Martirologio Romano del 6 de agosto: "En Bolonia, el tránsito de santo Domingo, Confesor, que fue Fundador de la Orden de Frailes Predicadores. Este varón, muy esclarecido en santidad y doctrina, conservó sin mancilla perpetua virginidad, y por la singular gracia de sus méritos resucitó tres muertos; y habiendo con su predicación reprimido las herejías e instruido a muchísimos para la vida religiosa y piadosa, descansó en paz. Su fiesta se celebra el día 4 de Agosto por una constitución del Papa Paulo IV" (En el rito Romano Ordinario según el calendario reformado se celebra el 8 de Agosto).

El rito dominicano


En un principio cada convento de la Orden de Predicadores utilizaba los breviarios y misales locales. Pero en los capítulos generales, cuando se reunían frailes de las diversas provincias, se plasmaba la dificultad de esa diversidad litúrgica dentro de la Orden.

A causa de esto, se inició un proceso de unificación litúrgica en 1224. En 1254 el maestro de la Orden, Humberto de Romans, se hace cargo personalmente de la unificación definitiva de la liturgia de la Orden. En 1267 el papa Clemente IV aprueba los libros litúrgicos dominicanos.

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Aquí se puede descargar o escuchar el introito de la fiesta de Santo Domingo cantado por dominicos norteamericanos según el Gradual propio de la Orden.

Fuente: saeculorumamen.blogspot.mx

Conociendo la Espiritualidad de Nuestro Padre Domingo de Guzmán. ¿Quién fue San Juan Casiano?

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El Beato Jordán de Sajonia OP relata en su escrito “Origenes de la Orden de Predicadorers” (nº 13) que Santo Domingo de Guzman leía con asiduidad las “Colaciones” de Juan Casiano (PL [Patrologia Latina] 49,477-1328) y fray Guillermo de Tocco OP cuenta que Santo Tomas de Aquino leía una Colación de Casiano cada día.

(Imagen: Santo Domingo de Fra Angelico. Museo del Hermitage de San Petersburgo).





http://www.traditio-op.org/santos/Casiano/Itinerario_y_tiempo_de_Juan_Casiano,_Mauro_Mathei,_OSB.pdf






De la eficacia y necesidad de la Oración. San Alfonso María de Ligorio

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Sermón para el domingo décimo después de Pentecostés
Deus propitius esti mihi peccatori. Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. (Luc. XVIII, 3) 
Nos dice el Evangelio de hoy, que dos hombres subieron al Templo a orar: el uno era el fariseo, y el otro publicano o alcabalero. El fariseo, en vez de humillarse y de pedir a Dios que le asistiese con su gracia, decía: ¡Oh Señor! Yo te doy gracias de que yo no soy como los demás hombres que son pecadores: Deus, gratias ago tibi, quia non sum sicut cerete homines. El publicano, al contrario, oraba con grande humildad, diciendo: Deus propitus esto mihi peccatori: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Este mismo Evangelio declara: que este publicano volvió a su casa perdonado por Dios; y que el fariseo regresó a la suya tan inicuo y soberbio como había salido de ella. Inferid de este ejemplo, oyentes míos, cúan agradable a Dios, y necesarias a nosotros son las oraciones humildes, para obtener del Señor todas las gracias que necesitamos para salvarnos. Por esto quiero exponeros en esta plática:
  • En el punto 1º: La eficacia de la oración.
  • En el punto 2º: La necesidad de la oración.
Punto 1
EFICACIA DE LA ORACIÓN
1.- Para comprender la eficacia y el valor de nuestras oraciones, basta observar las grandes promesas hechas a los que suplican y oran. En Salmo XLIX, 15, dice el Señor:Invoca me, et eruam te: Invócame, y yo te liberaré.
En el Salmo XC, 14: Clamabit ad me, et ego exaudiam eum: Clamará a mi, y le oiré benigno. Y en Jeremías (XXXIII, 3Clama ad me, et exaudiam te: Invócame, y yo te escucharé. En San Juan dice también (XV, 7): Quodcumque volueritis, petetis, et fiel vobis: Pediréis lo que quisiereis y se os otorgará. Y hay otros mil textos que expresan lo mismo, así en el antiguo, como el nuevo testamento. Dios por su naturaleza, es la misma bondad, como escribe San León: Deus cujus natura bonitas; y por esta bondad tiene un gran deseo de comunicarnos sus bienes. Por lo cual decía Santa María Magdalena de Pazis: que cuando alguna alma  pide a Dios alguna gracia, en cierto modo, queda obligado a concedérsela, puesto que ella le abre el camino con la súplica a que sacie el deseo que tiene de dispensar a los hombres sus gracias y sus favores. Así es, que en la divina Escritura parece que no hay cosa a que más nos exhorte, ni que tanto se nos inculque por el Señor, como el pedir y el orar. Para demostrar esto nos bastan aquellas palabras que leemos  en San Mateo: Petite, et dabitur vobis quœrite, et invenietis: pulsate, et aperitur vobis: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. (VII, 7) San Agustín dice: que se obligó Dios con tale promesas a concedernos los que pidamos: Promittendo, debitoremse fecit. (De verb. Dom. serm. 2). Y en el sermón V añade, que no nos exhortaría tanto el Señor a pedir gracias, si no quisiese concedérnoslas: Non nos hortaretur, ut petecemus, nisi dare vellet. Así vemos, que los slmos de David, y los libros de Salomón y de los profetas están llenos de súplicas.
2.- Dice Teodoreto, que es tan eficaz la oración para con Dios, que una sola basta par obtener cuanto se pida. San Bernardo añade: que cuando nosotros pedimos, si el Señor  no nos concede la gracia que le rogamos, nos concederá otra todavía más útil. Y ¿quién invocó jamás a Dios en su auxilio, que haya sido despreciado? Leemos en la Santa Escritura, que entre los gentiles no hay ninguna nación que tenga dioses tan dispuestos a oír nuestras súplicas, como lo está el Dios nuestro. Los príncipes de la tierra, dice San Juan Crisóstomo, dan audiencia a pocos; pero Dios la concede a cuantos se la piden. Y David dice, que esta bondad del Señor en oírnos siempre que lo solicitamos, nos dá a conocer, que Él es nuestro verdadero Dios, que nos ama más que a ninguno. Por esto le dice David:In quacumque dic invocavero te, ecce cognovi, quia Deus meus es tu: En cualuier hora que te invoco, al instante conozco que Tú eres mi Dios. (Psal. LV, 10). Él quier concedernos gracias; y lo desea con ansia, como hemos dicho ya, pero quiere también que se las pidamos. Un día dijo Jesucristo a sus discípulos: ¿hasta cuando dejaréis pedir en mi nombre? Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. (Joann XVI, 24). Como si dijera. Os lamentáis  de que no estáis enteramente contentos conmigo; pero lamentaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido cuanto necesitabais: pedídmelo de hoy en adelante, y seres oídos. Muchos, dice San Bernardo, se lamentan de que les falta el Señor; pero con mucha mayor razón se lamenta Dios de que muchos le faltan a Él, dejando de pedirle las gracias que necesitan.
3.- Los antiguos Padres, conferenciando entre sí para encontrar el ejercicio más útil para conseguir l salvación eterna, convinieron en que no había otro, que pedir sin intermisión y decir: Señor, ayudadme presto: Deus in adjutorium meum intende: Domine, ad adjuvandum me festina. Y por lo mismo, la santa Iglesia hace repetir tantas veces en las horas canónicas estas dos oraciones o suplicas a todo el clero y a todos los religiosos, los cuales piden, no solamente para sí, sino para todo el orbe cristiano. Dice San Juan Clímaco, que nuestras oraciones hacen una piadosa violencia a Dios para que nos oiga. Cuando se le suplica, al momento que oye la voz de nuestro clamor, responde dispensándonos las gracias que le pedimos. Por lo cual dice San Ambrosio, que el que pide a Dios, recibe mientras le está pidiendo. Y no solamente concede presto, sino abundantemente, dándonos más de lo que pedimos. San Pablo dice: que Dios es rico para con todos aquellos que le invocan. Y Santiago dijo: que si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría , pídesela a Dios, que a todos da copiosamente. Con efecto, Dios a todos da copiosamente, y no zahiere a nadie; ni siquiera nos echa en cara las ofensas que le hemos hecho, sino que se complace enriqueciéndonos con sus gracias.
Punto 2
DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN
4.- Dios quiere que todos los hombres se salven, como dice San Pablo: Omnes homines vult salvos fieri, et ad agnitionem veritatis venire. (I Tim. II, 4). Y no quiere que ninguno se pierda. Espera con mucha paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia. Y San León dice, que así como quiere Dios que observemos sus preceptos, así nos previene con su ayuda para que obedezcamos. Y Santo Tomás escribió acerca de las palabras del Apóstol: Y por esto a nadie le falta la gracia, sino que la comunica a todos en cuanto de Él depende. Toca a la Divina Providencia suministrar a cada cual las cosas necesarias para su salvación, con tal que el hombre no ponga obstáculos. Pero este auxilio de la gracia no le concede el Señor sino lo que se le pide, como asegura Ganadio: ninguno merece el auxilio sino aquel que lo pide. Y San Agustín afirma, que exceptuados los primeros llamamientos a la fe o a la penitencia los demás no se conceden sino al que los pide, especialmente la gracia de la perseverancia. Consta dicen, que unas gracias concede Dios aún a los que no le piden, como el principio de la fe; y que otras no las otorga sino a los que las piden, como la perseverancia final. Y añade: Dios quiere dar, pero no da sino a los que le piden.

5.- Es sentencia común entre los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Clemente, Alejandrino y otros, que la oración es necesaria a los adultosnecessitate medii; es decir, que no pueden salvarse sin pedir a Dios los medios necesarios para conseguir la salvación. Y esto significan y manifiestan los textos de la Sagrada Escritura: Conviene orar perseverantemente (Luc. XVIII, 1). Pedid y recibiréis (Joann. XVI, 24). Estas palabras, oportet, conviene; petite, pedid; orate, orad; según enseñan los doctores con Santo Tomás (3, part. qu. 39, art. 5), contienen precepto grave, que obliga especialmente en tres casos: 1º Cuando está el hombre en pecado. 2º Cuando está en grave peligro de pecar. 3º Cuando está en peligro de muerte. Y fuera de estos casos quieren los doctores, que el que no ora en un mes, o en dos, cuando más, no queda excusado de pecado mortal. Y la razón de esto es, porque sin la oración no podemos obtener los auxilios necesarios para observar la ley divina. San Juan Crisóstomo dice, que tan necesaria como es el agua para que no se sequen los árboles, lo es la oración para que no perezcamos nosotros los pecadores.
6.- Muy injustamente, pues dijo Jansenio, que nos es imposible observar algunos preceptos, aun con el auxilio de la gracia; pues el Concilio de Trento (sess. 6, cap. 11) dice: Que aunque el hombre no puede observar todos los preceptos con sólo el auxilio de la gracia ordinaria, obtiene, sin embargo, por medio de la oración, los auxilios mayores que necesita para observarlos. Dios no manda cosas imposibles, sino que, mandando, nos amonesta a hacer lo que podamos, y nos ayuda para que podamos. A lo cual debe de unirse aquella otra célebre sentencia de San Agustín: “Por lo mismo que creemos firmemente, que Dios no pudo mandarnos cosas imposibles, se nos amonesta, ya lo que debemos hacer en las fáciles, ya lo debemos pedir en las difíciles”.
7.- Pero preguntará alguno, ¿Porqué Dios, que conoce nuestra debilidad, permite que nos asalten los enemigos  los cuales no podemos resistir? Lo permite con el fin de que imploremos su ayuda, porque ve el gran bien que nos resulta de la necesidad de orar. Y así, el que queda vencido no tiene excusa de no haber podido resistir, porque lo hubiera podido si hubiese implorado el auxilio divino; y por esta negligencia le castigará Dios por no haberle implorado. Dice San Buenaventura, que si el comandante de una plaza, la perdiese por no haber pedido con tiempo socorro a su rey, éste le trataría como un traidor. Pues del mismo modo es tenido como traidor por Dios, aquel que viéndose asaltado por la tentación , no implora su auxilio. Escribe Santa Teresa: El Señor nos dice que quien pide, obtiene, luego concluye la Santa: el que no pide, no obtiene, según lo que ya había dicho Santiago: nada alcanzáis porque no pedís. San Juan Crisóstomo dice también que la oración es una arma eficaz para defenderse contra todos los enemigos. Cuyas palabras confirma San Efrén, diciendo que “el que se fortifica con la oración, impide al pecado la entrada a su alma”. Y antes que todos dijo lo mismo David por estas palabras: Invocaré al Señor y me veré libre de mis enemigos (Psal. XVII, 4).
8.-Si queremos, pues, vivir bien y salvarnos, debemos saber orar. Así se expresa San Agustín: “Sabe vivir bien el que sabe orar”. Es menester, por tanto, para obtener del Señor las gracias que le pedimos por medio de la oración, 1º: Detestar el pecado, porque Dios no escucha a los que se obstinan en él. Por ejemplo: si uno conservase odio a cualquier persona, de modo que quisiere vengarse de ella, y orase hallándose en éste estado, Dios no le escucharía, según Isaías: “Cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre (I, 15) El Crisóstomo afirma, que el que tiene mala voluntad y ora, no pide, sino se burla de Dios. Si le pidiese que borrase el odio de su corazón entonces le oiría el Señor. 2º: Es necesario rogar a Dios con atención. Algunos creen orar porque repiten muchas veces la oración dominical; pero distraídos y sin fijar la atención en lo que dicen. Estos tales pronuncian palabras, más no oran: y de ellos dice Dios por Isaías: Me honran sólo con los labios; su corazón empero está lejos de mí. Conviene en tercer lugar, quitar las ocasiones que nos impidan orar. Dice Jeremías, que quien se ocupa en mil negocios y cosas inútiles al alma, opone a su plegaria una niebla que la impide llegar a Dios.
No quiero pasar en silencio aquellas palabras con que nos exhorta San Bernardo, a que pidamos gracias a Dios por medición de su divina Madre. Pidamos gracia, nos dice, y pidámosla por mediación de María, porque es su Madre, y nada le puede negar. Y San Anselmo añade: “Muchas cosas se piden a Dios que no se consiguen; pero las que pedimos a María, las obtenemos; no porque ésta pueda más, sino porque Dios determinó honrarla así, para que sepan los hombres, que no hay cosa que no se consiga de Dios por medio de Ella.
San Alfonso María de Ligorio

LA MUERTE. (Es mejor prepararse. No dejes esta lectura)

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muerte

Preciso se hace, sobre todo, que nos unamos a la voluntad de Dios por lo que toca a nuestra muerte, sea en razón del tiempo o del modo que Dios se sirva determinarla.

Santa Gertrudis, al subir un día una escarpada cuesta, resbaló y cayó rodando hasta el valle. Sus compañeras preguntáronle si había tenido miedo de morir sin sacramentos. La Santa contestó: “Mucho deseo no verme en mi última hora privada de los sacramentos; pero estimo más lo que Dios quiere; porque estoy persuadida de que la mejor disposición que puede guardarse para morir bien es someterse a la voluntad de Dios. Así, pues, yo deseo el género de muerte que el Señor se sirva enviarme”.

Léese en los Diálogos de San Gregorio, que, habiendo los vándalos condenados a muerte a un sacerdote apellidado Sanctulus, dejáronle la facultad de designar el género de suplicio que prefería sufrir; pero este hombre renunció a pronunciarse sobre el particular diciendo: “Entre las manos de Dios me encuentro, y recibiré la muerte que El permita que me impongáis; ninguna otra que ésta quiero yo”. Un acto tal de conformidad fué al Señor tan agradable, que, habiendo el bárbaro resuelto decapitar al condenado, detuvo el brazo del verdugo. En vista de este milagro, decidiéronse á respetar la vida del virtuoso sacerdote.

De este mismo modo, en cuanto a la manera de morir, debemos creer que la mejor para nosotros es la que Dios tenga determinada. Cada vez que en la muerte pensemos, digamos siempre: Señor, puesto que Vos nos salváis, dadnos la muerte que os plazca.

Mostrémonos igualmente resignados por lo que toca al tiempo de nuestra muerte. ¿Qué más es esta Tierra que una cárcel en la cual debemos sufrir y estamos en continuo peligro de perder a Dios? Esto es lo que obligaba aDavid a exclamar: Señor, dignaos librar a mi alma de esta triste prisión.

Del mismo temor penetrado Santa Teresa de Jesús, suspiraba sin cesar, y, al oír dar el reloj una hora, se regocijaba pensando que había pasado una hora más de su vida, una hora de peligro de perder a Dios.

Según San Juan de Ávila, quienquiera que se encuentre en medianas disposiciones debe desear la muerte, a causa del peligro que corre de perder la gracia de Dios. ¿Qué existe, en efecto, más precioso y deseable para nosotros que adquirir, por medio de una buena muerte, la seguridad de no perder ya más la amistad de nuestro Dios?

Pero yo, podréis decir, nada he hecho, nada he adquirido para mi alma. Y si quisiese Dios que terminara vuestra vida instantáneamente, ¿qué haríais prolongándola contra su voluntad? ¿Quién sabe si más tarde tendríais la buena muerte que ahora podéis esperar? ¿Quién sabe si, cambiando de voluntad, incurriríais en otros pecados que os llevasen a la condenación?Después de todo, no podríais vivir sin cometer nuevas faltas, a lo menos ligeras, como, gimiendo, lo acreditaba San Bernardo: Y es cierto, pues, que un solo pecado venial disgusta más a Dios de lo que podrían agradarle todas las buenas obras de que somos capaces.

Debo decir, además, que, quien no desea la posesión del Paraíso, muestra con ello su poco amor a Dios. Cuando uno ama, desea, ante todo, la presencia del objeto amado; no podemos nosotros, por consiguiente, ver a Dios sin dejar la Tierra; también todos los santos han suspirado por la muerte, y esto para ir a gozar de la presencia de su adorado Bien y Señor. Tales eran los sentimientos de San Agustín de David y tantos santos.

Tales fueron siempre los suspiros de las almas inflamadas en el divino amor.

Léese en un autor que, hallándose un gentilhombre cazando en un bosque, oyó la voz de un hombre cantando con sorprendente dulzura. Aproximóse el cazador, y encontróse frente a frente de un pobre leproso, medio consumido ya por la enfermedad. Preguntóle si era él quien cantaba. — Sí, hermano mío, contestó el enfermo; yo soy. —Pero ¿cómo podéis conservar la alegría en medio de esos sufrimientos que amenazan arrebataros la vida? — ¡Ah! exclamó: es que entre Dios y yo no existe otra separación que esa muralla de cieno, ese miserable cuerpo que aquí me retiene; cuando de él me encuentre libre, iré a gozar de mi Dios. Actualmente, de día en día, lo contemplo más próximo a la ruina, y esto es lo que me tiene alegre y me mueve a cantar mi alegría.

San Alfonso María de Ligorio

Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx

Diversos impulsos de la Naturaleza y de la Gracia (Para los que quieren adelantar en la vida espiritual)

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Cristo. Hijo mío, observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia; pues, aunque diametralmente opuestos, son a veces tan fáciles de confundir, que apenas hombres iluminados interiormente y espirituales los distinguen.
Todos quieren el bien, y tanto en lo que dicen como en lo que hacen algún bien intentan. Por eso, la apariencia del bien a muchos engaña. La naturaleza es astuta; a muchos atrae, seduce, cautiva; ella es siempre su propio fin.
La gracia es sencilla; huye aun de las apariencias del mal; no intenta seducir; como único fin de todos sus actos se propone a Dios, en quien descansa como en su fin.
La naturaleza no quiere mortificarse, ni reprimirse, ni vencerse, ni obedecer, ni someterse voluntariamente.
La gracia se esfuerza por mortificarse, resiste a las inclinaciones sensuales, quiere sujetarse, desea vencerse y no quiere hacer uso de su libertad; le gusta vivir sujeta a la obediencia, y no quiere mandar a nadie, sino vivir, estar y permanecer siempre sujeta a Dios, y por Él está dispuesta a inclinarse humildemente ante todos los hombres.
La naturaleza trabaja por su propio interés, y calcula siempre la ganancia que de otros puede obtener; la gracia atiende al provecho común antes que a la propia utilidad y ventaja.
A la naturaleza le gusta que la honren y reverencien; la gracia atribuye fielmente a Dios toda honra y toda gloria.
La naturaleza teme las humillaciones y los desprecios; la gracia goza de“sufrir afrentas por el nombre de Jesús” (Act 5 - 41)
A la naturaleza le gusta la ociosidad y el descanso corporal; la gracia no puede estar ociosa, y con gusto se dedica al trabajo.
La naturaleza procura tener cosas bonitas y curiosas, y detesta lo tosco y ordinario; la gracia se complace en lo humilde y sencillo, no desdeña la ropa burda, ni aún se niega a vestirse de harapos.
La naturaleza a lo temporal atiende, se regocija del lucro material; si pierde, se entristece; de una palabrita descortés se irrita.
La gracia atiende a lo eterno, a lo temporal no se apega, no pierde la tranquilidad cuando pierde, ni la exaspera el lenguaje duro, porque allá arriba, donde nada se pierde, allá en el cielo, ha puesto su tesoro y su alegría.
La naturaleza es codiciosa, más le gusta recibir que dar, quiere tener cosas personales y propias.
La gracia es compasiva y generosa, huye de singularidades, con poco se contenta, “más placer encuentra en dar que en recibir” (Act 20 - 35).
La naturaleza inclina a las criaturas a la carne, a las vanidades, a andar de acá para allá; la gracia atrae hacia Dios y la virtud; renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos carnales, sale poco, de aparecer en público se ruboriza.
A la naturaleza le gusta tener consolaciones externas que le causen deleite sensible; la gracia sólo en Dios busca su consuelo y, sobre todo lo sensible, pone sus delicias en el sumo Bien.
La naturaleza todo lo hace por su propio interés y comodidad; nada puede hacer de balde; a cambio de sus beneficios espera recibir igual es o mayores, o al menos alabanza y favor; y quiere que se ponderen mucho sus dádivas y servicios; la gracia no busca ninguna cosa temporal, ni pide por lo que hace otra recompensa sino a Dios solo, y de las cosas temporales necesarias quiere solamente las que puedan servirle para adquirir las eternas.
La naturaleza se goza de tener muchos parientes, muchos amigos; se ufana de su linaje y nobleza; a los poderosos sonríe, a los ricos adula, aplaude a los que son del mismo modo; la gracia ama a sus mismos enemigos, no se envanece del gran número de sus amigos, ninguna importancia concede al linaje, ni al lugar del nacimiento, si no hubo allí mayor virtud; más favorece al pobre que al rico, más se compadece del inocente que del prepotente, congenia con el sincero, no con el embustero; anima siempre a los buenos a aspirar a gracias más sublimes y a conformarse, por sus virtudes, al Hijo de Dios.
La naturaleza pronto se queja de molestias y privaciones; la gracia sufre la pobreza con resignación.
La naturaleza se mira como el centro de todas las cosas, lucha y litiga en su propia defensa; la gracia reduce todas las cosas a Dios, de quien como fuente manan; no se atribuye ningún bien, ni es arrogante o presuntuosa; no porfía ni prefiere su opinión a otras, sino que somete humildemente todas sus opiniones y juicios al juicio de Dios y a la eterna sabiduría.
La naturaleza desea saber secretos y oír noticias; le gusta manifestarse al exterior y ver, observar y experimentar muchas cosas con sus sentidos; desea ser conocida y hacer cosas que la gente admira y aplaude; la gracia no se interesa por saber noticias o ver curiosidades; porque tal deseo viene de la original corrupción de la naturaleza, ya que no existe sobre la tierra nada nuevo ni permanente.
Así enseña a guardar los sentidos, a huir de la vana complacencia y ostentación, a esconder bajo la capa de la humildad lo que de veras es admirable y laudable, y a procurar que de todas las cosas y de todos los conocimientos resulte la gloria y honra de Dios, y el provecho propio y del prójimo.
Y no quiere que se hagan elogios suyos o de lo suyo; antes desea que a Dios se bendiga por todos sus dones, pues nos lo da todo por pura bondad.
Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, el sello que distingue a los elegidos; es prenda de salvación eterna, que de la tierra levanta al hombre para que ame al cielo, y de carnal lo transforma en espiritual.
Así, cuanto más se reprime a la naturaleza y se la vence, tanta mayor gracia se le infunde, y a cada nueva visita de la gracia, el hombre interior se reforma diariamente para hacerse más y más semejante a Dios.

“LA IMITACIÓN DE CRISTO”
Beato Tomás de Kempis
Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx

!Descubre la Lectio Divina, una lectura orante de la Biblia!

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Descubre la Lectio Divina, una lectura orante de la Biblia!

Prepárate a la fiesta de santo Domingo, el 24 de mayo, siguiendo cada día la lectio divina, una manera de orar a partir de los textos bíblicos muy presente en nuestra tradición dominicana. 

Inscribete desde ahora para recibir cada mañana, desde el 17 de mayo, una invitación para orar y un enlace a la meditación del día. Haz clic aquí para recibir la invitación cotidiana por email. 

Inscríbete al evento en Facebook - Ordo Praedicatorum. 

Sigue el evento en twitter - OrdenDomincana. 

 Descubre la lectio divina diaria en nuestro sitio web Oficial – www.op.org. 

De la justa estima de si mismo

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Todas las personas, por supuesto, buscan tener conocimientos, pero ¿de que te sirve la ciencia sin el respeto a Dios?

- Ciertamente es mejor el obrero humilde que sirve a Dios que el engreído que estudia el movimiento de los astros pero se olvida de conocer su interior.

- El que bien se conoce a sí mismo acepta sus limitaciones y no se enorgullece ante las alabanzas y elogios de los hombres.

- Si conociera todo lo que puede conocerse en el mundo pero me faltara el amor, ¿de qué me serviría todo eso ante Dios que me juzgará por mis actos? 

No albergues en  ti deseos de saber demasiado porque a veces hay en ellos un gran estorbo y engaño. 

Los estudiosos gustan de que los vean y tengan por sabios.

- Existen en este mundo ciertas cosas cuyo conocimiento en poco o nada aprovecha al espíritu y es ignorante aquel que prefiere ocuparse en ellas sin poner atención en las cosas tocantes a su  salvación.

- La abundancia de palabras no sacia el alma pero la vida honesta es refrigerio de la mente, y la conciencia pura otorga gran confianza en Dios.

Mientras más y mejor conozcas con más gravedad seras juzgado si no vives santamente 

- No te dejes llevar por la soberbia a causa de la habilidad que tengas en cualquier arte o ciencia, sino más bien teme por los conocimientos que te han confiado.

- Si consideras que sabes muchas cosas ten siempre la seguridad de que son muchas más las cosas que ignoras.

- ¿Por qué buscas sentirte superior a otros habiendo tantas personas más sabias y doctas que tú en la ley?

- Si quieres aprender y saber algo en verdad útil procura no ser conocido ni estimado.

Es esta una profunda y valiosísima lección: el verdadero conocimiento es la justa estima de sí mismo.

- Gran sabiduría y perfección es pensar bien de uno mismo reconociendo las virtudes de los demás, apreciándose y juzgándose humildemente.

- Si vieras a alguno pecar en público o cometer graves delitos, no debes considerarte mejor que él, ya que tú mismo no puedes saber por cuánto tiempo más podrás mantener tu recta conducta.

- Todos somos frágiles pero a nadie consideres más frágil que tú.


Capitulo II 
De la justa estima de si mismo
Imitación de Cristo.

Tres lecciones de Semana Santa ( III )

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Tercero: sepamos amar y exigir.

¡Señor! ¿Qué queréis hacer de mí?
Señor, Dios paciente y misericordioso, al verte en cruz clavado, ¿qué corazón noble y mente despejada no hablará de la necesaria correspondencia que ha de haber entre el amor verdadero que se da a los demás y sus exigencias de respuesta generosa?

Si hoy te veo muriendo por mí, porque me amas, ¿entenderé que te entregas por mí sin exigirme nada en correspondencia?

El amor, decía san Pablo a los fieles de Corinto, es amable, paciente, no orgulloso, no destemplado  o airado..., y mucho más. Pero habremos de preguntarnos, mirándote en cruz: Tú que eres EXIGENTE contigo mismo, dándote, ¿no puedes y debes esperar que los beneficiados de tu amor seamos también EXIGENTES y queramos devolverte amor?

Tú, Señor, que naciste en el mundo, encarnado, para amarnos, no subiste a la cruz para morir dispensándonos a nosotros de devolverte amor.

Esa no es tu voluntad y la ley del amor, aunque nosotros la practiquemos. Amor con amor se paga; no se paga con infidelidad y traición.

Y los mismos hombre/mujeres, Señor, todos nacen también para amar y ser amados. 
No nacen  unos para comprender, perdonar y servir a los demás, como esclavos,  mientras que otros -caprichosos, soberbios, egoístas, entiosados o de vil corazón-  se consideran dispensados de amor, pero exigen ser amados.

Los pecadores, los despiadados, los poderosos o ambiciosos, participamos a veces de esa mala condición deshumanizadora, pero esa no es tu voluntad y la ley del amor verdadero.

Tú dijiste que todos seamos, mutuamente, señores/as que sirven amando y aman sireviendo, sin que nadie sea señor de los demás.  Esa es tu verdad, ese tu amor.

Tú nos dijiste, Señor, por boca de Pablo, que el amor es sublime cualidad humana y divina. Tú nos enseñaste que, aunque poseamos riquezas y poder, ciencia y técnica, y las gastemos en beneficio de los demás, si no lo hacemos con amor, estamos perdiendo el tiempo, porque no obramos al impulso divino, afectivo y benefactor de la caridad.

Entiendo, pues, Señor, que el amor viste a todo de hermosura, lo atrae todo hacia sí, y se muestra exigente como norma y forma de vida. Entiendo que el amor es como el portero que retiene en el portal de la casa de bodas a muchos invitados que no saben vestirse en su taller sino que llevan traje de baratijas.

En el libro de los Provebios nos dijiste también, Señor, que, mientras el odio provoca reyertas, el amor sabe disimular las ofensas.

¡Cuán cierto es esto! Pero ¿no es verdad también que el amor creador de paz y concordia, apagando hogeras de odios, es un amor exigente? ¿No es el amor un amigo que no admite falsedades, hipocresías, ociosidad, cultivo de vicios o  indolencias que frustran conciencias, familias y sociedades? ¡Cuántas víctimas genera el falso amor, fingiendo ser verdadero! El amor exige pruebas de fidelidad.

También nos dijiste, Señor, que la pasión es cruel como el abismo, y el amor es fuerte como la muerte. ¡Cruel como el abismo! ¡Fuerte como la muerte!

Luego habremos de saber luchar, amando incluso a quien nos odie y maldiga, para que la pasión loca y provocativa no impere en la vida, haciendo callar al amor paciente que debe ser vencedor.

Ayúdanos, Señor, desde tu cruz. 

Haz que impere en nosotros un amor noble que nos exija, requiera, reclame todo esto y mucho más:

que la persona amada no traicione al amante sino que le sea fiel,
que los gestos de comprensión, por amor, sean correspondidos con obras buenas,
que el perdón otorgado por amor sea energía de cambio y conversión,
que la actitud positiva de solidaridad, compasión, caridad con las personas, fructifique en  ellas como compromiso, trabajo, renovación de vida que lleve a mayor igualdad, justicia y paz.


Señor Jesús, tú que viniste y amaste, que amaste y fuiste llevado a la muerte, pero que luego resucitaste, triunfador de todo pecado e ingratitud humana, introdúcenos en tu Reino de Verdad-Amor.

Tú que nos das amor, y nos repites de continuo “Dame tu corazón”, concédenos la gracia de ser, con vida nueva, testigos vivientes y fieles que viven a la luz de tu resurrección.

Cándido Ániz Iriarte 

Tres lecciones de Semana Santa ( II )

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Segundo: sepamos amar y perdonar.

¡Padre, perdónalos! ¡Serán tuyos!

Señor, Dios mío, tu profeta Jeremías decía en tu nombre: “no hay nada más falso y enconado que el corazón del hombre. ¿Quién lo entenderá?”

¿Fue esa, Jesús, tu experiencia, en los días de tu peregrinación por Galilea enseñándonos la Verdad que nos salva?

Tú nos dijiste una vez, Señor Jesús, 
criticando la conducta de quienes acusaban a tus discípulos de “impureza legal o ritual”, que no importaba tanto en la vida la mancha externa del sudor, barro, aceite o vómito, como la fealdad del corazón y la hediondez del pecado que brota del interior del ser humano.

Ahora, cuando te veo clavado en la cruz, 
cuando recuerdo tu gesto de amor en la última cena, mostrando afecto al traidor, cuando observo tu silencio ante las burlas y tu entereza ante el dolor, me siento profundamente conmovido por lo que escucho de tus labios:

¡PADRE, PERDÓNALOS, ESTOS NO SABEN LO QUE HACEN! 

Efectivamente, no sabíamos lo que hacíamos:

no sabíamos que llegaba la gran hora de nuestra salvación, y que tú eras esa HORA en persona, ofrendada en alianza eterna, pronta a la resurrección; no sabíamos o no teníamos experiencia de que en tu Reino, a punto de cumplirse en la sangre derramada y en la resurrección triunfante, el “amar a los enemigos y el hacer bien a quienes nos odian” era bandera de conquista y que las ofensas y odios había que pasarlos por el horno del amor perdonador;

no sabíamos o no entendíamos que, en tu Reino, y en medio de este mundo cargado de maldades, hacía falta un Crucificado que, mirando a los hombres dijera: porque os amo, os perdono de corazón; y mirando al Cielo dijera: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”...  

Ahora sabemos, Señor, que la ley de la caridad implica comprensión, celo, amor, solicitud, entrega, disponibilidad hasta el límite de la ofrenda de uno mismo por servicio a los demás; y en ello va implicado el PERDÓN como cauce para que todo retorne a la vida desde el Amor. ¡Gracias, Señor!

También esto lo experimento yo en mi vida. No tengo que fijarme en las miserias de los demás. Mi corazón está clamando por decir que he sido perdonado una y mil veces por tu bondad  misericordiosa. ¿Cómo no he de ser yo mismo perdonador?

¡Pero me aterra, Señor, que tras el perdón, vuelva la ofensa!
Tu has muerto por nosotros, víctima de nuestras injusticias. 
Tú, predestinado a ser nuestra salvación, nos perdonaste y nos ofreciste la gracia de una Vida nueva, resucitada; pero nosotros hemos seguido traicionando al Amor y al Perdón.

¿PODEMOS SEGUIR ASÍ? EL AMOR ESPERA...
PERO RECTIFIQUEMOS A TIEMPO, PUES EL AMOR ES EXIGENTE

Cándido Ániz Iriarte 

Tres lecciones de Semana Santa ( I )

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Primero: sepamos amar y comprender.

¡Padre, no saben lo que hacen!

Señor, me pongo ante ti,
para verte condenado injustamente; 
para oir cuanto dices desde la cruz, atravesado por los clavos; 
para contemplar tus gestos, cuando la debilidad del cuerpo te abruma.

¿Qué percibo en tu rostro ensangrentado, en tus gestos y palabras?
Me maravilla, Señor, la magnitud del amor que te tiene clavado, suspendido.
Me maravilla esa dulzura que tiene tu mirada a través del celaje del sudor y sangre que me roban lo mejor de tu ojos.
Me maravilla tu serenidad en medio del tormento que padeces...

Pero me maravilla, sobre todo, tu palabra que brota de tus labios.
Esa palabra en que me transmites un doble mensajes:
el mensaje del amor con que nos buscas y que te retiene crucificado y el mensaje de comprensión hacia quienes te clavamos en el madero.

Tu mensaje de amor
me habla claramente de que sólo desde el amor se pueden hacer cosas grandes en el mundo y en la vida, porque sólo el amor se coloca y nos coloca por encima de todas las adversidades.    

¡SI TÚ NO AMARAS NO ESTARÍAS AHÍ CLAVADO!


Y tu mensaje de comprensión
me dice que sólo desde el amor puede un hombre comprender al otro, y puede el Hijo de Dios, encarnado, comprendernos a nosotros mismos en nuestra debilidad, insensatez, odio, desprecio, soberbia. 

¡SERÍA TERRIBLE UN DIOS SIN PIEDAD!


¡Me abruman, Señor, tu gesto y actitud tan comprensivas!
Parece que estabas esperando de alguien un poco de consuelo, y que por eso te abres tan generosamente al ladrón que muere a tu lado...

Es admirable que conocieras tan bien nuestras flaquezas como para  llamar al Padre y decirle que “no sabíamos lo que hacíamos” cuando te llevamos a morir en la cruz, fuera de la ciudad, como un a enfermo contagioso; como para que comprendieras la flaqueza y la huída de muchos de tus discípulos , despavoridos, cuando te hicieron prisionero...

¡Acojo, Señor, cuanto me hablas desde la cruz!  Quieres decirme

que, desde el amor, he de comprender a mi hermano/a que me fastidia,
que, desde el amor, he de comprender que el drogadicto está enfermo,
que, desde el amor, he de comprender las búsquedas y molestias del inmigrante,
que, desde el amor, he de comprender al esposo/a en el matrimonio,
que, desde el amor, he de comprender incluso al que me oprime, ofuscado...
¡Perdona, Señor, que no sea como tú!

¡Tan grande es tu amor!... He de volver la mirada a mí mismo. Soy uno de entre millones de hombres/mujeres que han de darte gracias porque has sido comprensivo, muy comprensivo. Nunca dejaste de mirarme, de llamarme, de decir al Padre que “no sabía lo que hacía” cuando era infiel a ti o a mis hermanos los hombres. SEÑOR, HAZME AMAR PARA QUE SEPA COMPRENDER.

Cándido Ániz Iriarte