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La presteza en desechar el error

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La fe heroica y contemplativa lleva como carácter, no sólo la firmeza en la adhesión, sino también la presteza en desechar el error. No sólo se aleja de las falsas máximas del mundo que se disimulan en fórmulas engañosas y falaces, sino que percibe el error a través de las más débiles apariencias, que pueden ser principio de graves desviaciones; una desviación mínima en el vértice del ángulo se hace muy notable a medida que se prolongan sus lados. Así en momentos en que el jansenismo seducía a los teólogos, S. Vicente de Paul, gracias a su gran espíritu de fe, captó inmediatamente el error de esta doctrina, tan contraria a la divina misericordia, y que alejaba a los fieles de la comunión. Y denunció este error a Roma por el amor en que ardía por la palabra divina, que el jansenismo alteraba, y por las almas que se descarriaban.

Esta presteza en desechar cualquier principio de desviación se manifiesta, en el orden práctico, en la manera de confesarse, evitando la rutina, con clara visión de las propias faltas y una perfecta sinceridad que evite cualquier atenuación, como si leyéramos en el libro de la vida que un día se abrirá delante de nuestros ojos.

Esta prontitud de la fe en desechar el error es causa de grandes sufrimientos para los siervos de Dios, cuando ven que se pierden las almas. Santo: Domingo repetía muchas veces en sus oraciones' nocturnas, después de haberse azotado por aquellos a quienes debía predicar: “Domine, quid fient peccatores? : Oh Dios mío, ¿qué será de los pecadores?”

De ahí nace en sus almas un gran celo por la propagación de la fe en las misiones y en los países donde el cristianismo, muy floreciente en otros tiempos, declina lamentablemente. Este celo es ardoroso, mas sin amargura ni aspereza, y se traduce en primer lugar por la oración ferviente y casi continua, que debe ser el alma del apostolado”.

(“Las tres edades de la Vida Interior”, del capitulo X “La Fe heroica y Contemplativa”. Fr. Reginald Garrigou Lagrange OP).

(Imagen: “Gloria di San Domenico”, Guido Reni. Cappella di San Domenico, catino absidale, Bologna).

Dominicos españoles de sangre real, confesores y predicadores de soberanos.

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Procedente Santo Domingo de Guzmán de la familia dé los primeros reyes de España reconquistada, la descendencia de nuestros Reyes ha tenido marcada predilección hacia la descendencia espiritual del Patriarca de los Predicadores: predilección que se ha significado por numerosas vocaciones a la Orden de Santo Domingo en las dinastías de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal. He aquí algunos ejemplos.

Doña Urraca (ó sea Aurora), esposa de Fernando I de Aragón, fundó el monasterio de Medina del Campo, en el cual tomó el hábito con el nombre de Leonor, y vivió ejemplarmente hasta la muerte, es decir, catorce años. Siguió el ejemplo su hermana doña Leonor, hija, como ella, de D. Sancho de Castilla, y se encerró en el monasterio de Benavente, y luego en el de Toro.

Doña Blanca, nieta de San Fernando, fue religiosa en Zamora; doña Constanza, nieta del rey D. Pedro, por su hijo legítimo D. Juan, fue ejemplarísima priora de Santo Domingo el Real de Madrid, adonde trajo los restos de su abuelo, que descansaron en dicho monasterio hasta la revolución de 1868; una sobrina de la anterior, llamada, como ella. Constanza, e hija de su hermano D. Pedro, fue priora en Medina del Campo. En Caleruega entró doña Margarita, hija de D. Fernando.de la Cerda y nieta de Alfonso el Sabio, fundador del monasterio que ocupa la casa solariega de Santo Domingo. Doña Berenguela, hija del citado rey Sabio, yacía incorrupta en Santo Domingo el Real de Madrid cuando se demolió el monasterio e iglesia.

D. Jerónimo de Aragón, hijo del Rey Católico don Fernando, fue religioso en Santa Cruz de Segovia: y su hermana doña María en Santo Domingo el Real de Toledo, donde profesó también otra religiosa del mismo nombre, hija del rey D. Pedro.

D. Ramón Berenguer, hijo de D. Jaime II de Aragón, entró religioso en Castellón; y su hermana doña María en el monasterio de Monte Sión de Barcelona, del cual es considerada como una de las fundadoras; siguió la al mismo retiro su hermana doña Blanca, con autoridad pontificia que obtuvo de Clemente VI para dejar el hábito de San Juan. Una hija del citado D. Ramón Berenguer, llamada doña Juana de Espinosa, entró monja en Santo Domingo de Toledo.

Ya se habló de San Raimundo de Peñafort, que era oriundo de la casa de los condes de Barcelona, y del P. Albalate. obispo de Valencia y embajador del rey de Aragón, su pariente. En el mismo siglo distinguióse en la Orden D. García, hijo del rey de Navarra. El cardenal de Toledo, hijo de los duques de Alba, de quien también se hizo mérito, era primo del Rey Católico.

A familias más ó menos emparentadas con los reyes pertenecieron el P. Bernardino (antes Antonio) de Toledo, hijo de los condes de Villoria y marqueses de Aguilar, y los PP. Pedro y Juan Manrique, hijos del segundo conde de Osorio.

Honró asimismo á la Orden de Santo Domingo por sus virtudes, por sus escritos y por su predicación, el P. Ildefonso Enrique de Santo Tomás, hijo de Felipe IV, y más tarde obispo de Osma y de Málaga. Los reyes se han mostrado siempre benévolos a esta Orden esclarecida, asistiendo á sus capítulos, promoviendo las fundaciones, favoreciendo los estudios y dándole otras pruebas de estimación. Don Enrique II vistió el hábito de Dominico en su última enfermedad; con el mismo quiso ser enterrado el Rey Católico; mientras que su esposa doña Isabel rezaba las horas canónicas según el rito de la Orden de Predicadores. Finalmente, Felipe III llevó el hábito por devoción, y estableció la costumbre, hoy en práctica, de que todos los vástagos de los reyes sean bautizados en la misma pila bautismal en que lo fue Santo Domingo de Guzmán, su pariente.

No es menos significativa esta predilección en la dinastía de Portugal.

Ocupa con justicia el primer puesto Santa Juana, hija del rey Alfonso V, princesa jurada del reino, y regente gobernadora durante la expedición de su católico padre al África. Desde su niñez se consagró á Dios, y después de vencer los obstáculos que pueden suponerse, tratándose de una princesa joven, hermosa, honesta, solicitada por las cortes de Francia y Alemania para matrimonios ventajosísimos y heredera presunta del trono, se retiró al monasterio de Santo Domingo de Avero, donde hizo tales progresos en santidad, que, muerta á la edad de treinta y nueve años, fué beatificada por Inocencio XII.

Los dos infantes D. Sancho y D. García dieron también días de gloria á la Orden de Predicadores, en la cual profesaron, lo mismo que tres hijos del conde de Coimbra, nieto de D. Juan II, y otros tres hijos del conde de Portugalete.

D. Fr. Juan de Portugal, hijo del conde de Vimioso, y de la familia reinante, no sólo se distinguió por su ciencia y por su piedad, sino que sirvió de ejemplo eficaz para atraer á la misma Orden á su hermano D. Luis (en el claustro Domingo del Rosario) y á doña María, doña Beatriz ydoña Felipa, que fueron monjas Dominicas. El P. Antonio de Portugal, nieto de los primeros duques de Veragua; el P. Alonso Alencastre, hijo de los duques de Aveiro, y el Padre Dionisio de Alencastre, hermano de los condesde Obidos, también eran de sangre real, como San Gonzalo de Amarante, que pertenecía á la dinastía Pereira.

Confesores de reyes: —Otro blasón de la Orden de Predicadores es la constancia con que los reyes de España han confiado la dirección de sus conciencias a religiosos de la misma. Hemos visto a San Fernando llevando consigo a las campañas a su confesor San Pedro González Telmo, patrón de los marineros; hemos asistido a las victorias de D. Jaime el Conquistador, que llevaba por confesores á Dominicos de primera talla, á San Raimundo de Peñafort, primer auditor de la Rota romana por la corona de Aragón, y á los PP. Segaría y Fabra; D. Juan I de Portugal tenía por moderador de su conciencia, consejero y predicador al venerable P. Vicente de Lisboa, y al P. Lamprei, por manera que anduvo acertado el P. Mariana, refiriéndose al rey D. Enrique II de Castilla y a la Orden de Predicadores, cuando escribió: — «De cuya Orden tenían otrosí la costumbre los reyes de tomar confesor.» —Costumbre atestiguada por las leyes del Instituto y por la historia, que, desde San Fernando hasta Felipe IV, registra cincuenta nombres de Dominicos confesores de reyes, sólo en la corona de Castilla. Al beato Álvaro de Córdoba, confesor de doña Catalina, viuda del citado Enrique II, debió esta infortunada Reina el acierto con que se condujo para afianzar la corona de España en las sienes de D. Juan II.

Los nombres de los PP. Lope Barrientos y Luís de Valladolid, confesores de este Rey, están íntimamente enlazados con la historia patria, siquiera se considere solamente la parte que tomó el primero en la formación del príncipe y en el ruidoso suceso del marqués de Villena, y no se olvide que el segundo desempeñó embajadas difíciles.

Anduvieron siempre los Reyes Católicos rodeados de hijos de Santo Domingo, que dirigían su conciencia y educaban al príncipe en sus conventos. Alfonso de Burgos, virtuosísimo obispo y fundador, como se dijo, de San Gregorio de Valladolid; Tomás Matienza, Tomás Carbonel, predicador singularísimo y obispo de Sigüenza; el inolvidable Tomás de Torquemada, y sobre todo Diego Deza, que asistió a D. Fernando hasta el último suspiro, gozaron de ese favor, y respondieron con acierto á la responsabilidad inherente á tan delicado cargo. El emperador Carlos V, grande en todo, lo era también en la elección de las personas que ejercen poder y jurisdicción sobre la conciencia de los césares: el P. Juan Manuel, el esclarecido cardenal de Loaisa y Pedro Soto, la gloria del concilio de Trento, el organizador de las universidades extranjeras (Dellingen y Oxford), le alentaron en sus empresas, y contuvieron no pocas veces los ímpetus ardorosos del que, dueño de los destinos del mundo, murió voluntariamente en una celda, asistido y fortalecido por el Dominico Carranza.

Modelo de confesores de reyes, por su ciencia que brilló en Trento y en las cátedras universitarias, por su elocuencia arrebatadora, por su prudencia y demás virtudes cristianas, fue el P. Diego Chaves, maestro del insigne Báñez, confesor de D. Felipe II y de su esposa doña Isabel de Valois, y ayo y preceptor del infortunado príncipe D. Carlos. También dirigieron la conciencia de este monarca incomparable el expectable cardenal Javierre, y el historiador, predicador y consejero íntimo del rey, P. Fernando del Castillo. —Tenía Felipe III verdadera pasión por los hijos de Santo Domingo; consolábale la protección decidida que les dispensó en universidades y conventos, y tuvo por confesores al P. Gaspar de Córdoba y al P. Luís Aliaga, consejero e inquisidor general. Su hijo Felipe IV llamó á su lado con el mismo fin al P. Juan de Santo Tomás, religioso de Atocha, conocido en todo el mundo por sus inmortales obras, y más inmortal él mismo por sus virtudes que por su ciencia; al P. Antonio de Sotomayor, consejero de Estado y presidente del Consejo de Cruzada, y á los PP. Juan Martínez y José González. —De Carlos II fueron confesores el P. Juan Martínez, que lo fuera también de su padre, los PP. Matilla, Relus, Bayona, Torres y el perseguido P. Froilán Díaz.

En Portugal dirigió la conciencia del infante don Enrique y de la Reina, el rey de la elocuencia española, el venerable P. Fr. Luís de Granada, escritor, “fama super ætera notus”, como dice Nicolás Antonio. —D. Fernando de Aragón tuvo la dicha envidiable de tener por confesor al taumaturgo San Vicente Ferrer, de quien muy bien puede afirmarse que agotó el tipo del misionero cristiano, siendo á la vez político de pensamientos altísimos. Otros se distinguieron en este cometido, que no caben en los límites de este estudio.

Desde el advenimiento de la casa de Borbón puede decirse que los Dominicos dejaron de ser los confesores de los reyes. ¿Y qué podrían hacer al lado de los covachuelistas que tanto privaron entonces, y cómo hubieran podido contrarrestar el enciclopedismo de la corte, ni las intrigas de Alberoni y de Jiudice? Ya durante la minoría de Carlos II había conseguido suplantarlos la reina viuda doña María de Austria, exaltando al jesuíta alemán P. Nithard, luterano converso, a quien hizo inquisidor general. La caída del extranjero fue tan ruidosa como su inmerecida elevación.

Predicadores: —Se ha visto Que San Vicente Ferrer fue predicador de D. Fernando de Castilla, rey de Aragón, y el venerable Vicente de Lisboa, de don Juan I de Portugal. Para no repetir la memoria de los PP. Herrera, Resende, Fonseca, Avila, Padilla, Foreiro, Godoy y Portocarrero, notables todos ellos en las ciencias y en las letras, y predicadores de los reyes, habremos de ceñirnos á tributar un recuerdo á algunos otros que merecieron igual distinción. D. Juan II tuvo por predicador, consejero y confesor al P. Luís de Valladolid, inquisidor, teólogo del concilio de Constanza, á quien se debe la capitulación de Narbona, reformador infatigable de las costumbres públicas y depositario de la confianza del papa Martín V, como así se lo testifica Su Santidad en un afectuoso breve que le dirigió. El emperador Carlos V, además del P. Juan de Salamanca, nombró predicador suyo al P. Diego de Vitoria, hombre lleno del espíritu de Dios, inaccesible á las dignidades eclesiásticas, de profunda ciencia, acreditada en las cátedras, y de celo ardiente por la salud de las almas. Después de haber tronado en la corte contra la ambición y la lisonja, que pervierten las inteligencias, dedicóse a recorrer las provincias, con el fin de desterrar del pueblo el vicio feo y degradante del perjurio y la blasfemia, valiéndose para el objeto de la asociación ó cofradía del Nombre de Jesús.

No fueron menos notables el predicador predilecto de Felipe II, Fernando del Castillo, y el P. Agustín Saluces, que conmovía los pueblos, haciendo en todas partes ruidosas conversiones, y con pecho apostólico increpaba al severo monarca y le pedía cuenta estrecha de la mayordomía de la nación, que la Providencia le había confiado (Alúdese al hecho ya apuntado más arriba, cuando, quejándose de lo exorbitante de los tributos, le dijo: “Philippe, unde ememus panes ut manducent hii?”).

El Rey, conocedor de sus talentos, le confió la visita de las Ordenes de la Trinidad y la Merced, que llevó a cabo felizmente, muriendo después en olor de santidad. Fue el P. Alonso de Cabrera el primer orador de su tiempo, solicitado a porfía por los obispos para las misiones de sus diócesis, y predicador de Felipe II y Felipe III. Este último soberano nombró a diferentes Dominicos predicadores suyos; a Cristóbal de Torres, Jerónimo de Tiedra, José González y Agustín Dávila en Castilla y Aragón, a Pedro Calvo en Portugal. Los reyes Felipe IV y Felipe V (Este monarca se posesionó de Madrid el día de Santo Domingo,1706) tuvieron por predicadores á los PP. Francisco de Vivero, Domingo de los Reyes y Bernardino Membrisa.

En muchos pueblos de Aragón se conserva aún grata memoria del V. P. Antonio Garcés, misionero apostólico, predicador de Carlos III, reformador de las costumbres y fervoroso propagador del Rosario. Él compuso las oraciones u ofrecimientos que se dicen en este ejercicio santo. Inspiraba tanta veneración, que su sola presencia calmó el tumulto de Pamplona, cuando el Virrey intentó prender al Obispo y expatriarlo (1745). Su muerte, a la edad de setenta y dos años, fue un duelo general, corriendo todo Zaragoza, con las autoridades a la cabeza, á tributarle los últimos honores (1773).

José Tejera, predicador de Enrique III de Francia y de la reina Catalina de Médicis y escritor notable, era Dominico español.

(Capitulo XI de “La Orden de Predicadores, sus glorias en santidad, apostolado, ciencias, arte y gobierno de los pueblos” de Mons. Ramon Martinez Vigil OP, obispo de Oviedo).

(Imagen: "Las Postrimerías de San Fernando", de Virgilio Mattoni. San Fernando III es asistido por San Pedro Gonzalez Telmo, su confesor, mientras asiste a la Santa Misa).

Fray Bruno Cadoré, maestro general de los dominicos, «La mayor misericordia es invitar a la amistad con Dios»

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 «La mayor misericordia es invitar a la amistad con Dios»

La Orden de Predicadores celebra un Año Jubilar por sus 800 años de vida. ¿Cómo habría sido la Iglesia sin santo Domingo de Guzmán? 

Lo primero que viene a la mente son los grandes santos de la Orden, hombres y mujeres como santo Domingo de Guzmán, san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, santa Catalina de Siena, san Martín de Porres, Fra Angélico, san Vicente Ferrer… y también otras figuras importantes, aunque no hayan sido canonizados, como el maestro Eckhart, Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas o Henri-Dominique Lacordaire. También podemos pensar en las muchas maneras en que hombres y mujeres dominicos han predicado el Evangelio en estos 800 años: a través de la palabra y de la escritura, por medio de su compromiso en favor de los más pobres y la promoción de los derechos humanos, a través de la música y las artes, a través de la vida de las comunidades y la celebración de los sacramentos. Los dominicos hemos sido grandes misioneros, llevando el Evangelio a todos los rincones del mundo, a América del Norte, Latinoamérica, Asia, África y Oceanía. Los dominicos hemos sido en la Iglesia memoria de la primera predicación del Evangelio. Es tarea para toda la Iglesia, una llamada a todos los cristianos, y los dominicos queremos recordar que esta tarea no se olvida en la Iglesia. 


¿Cuál es la realidad de la Orden hoy? 

Hay cerca de 6.000 frailes dominicos, unas 2.700 monjas de clausura, unas 23.000 hermanas de vida activa, unos 165.000 laicos dominicos y alrededor de 275 sacerdotes diocesanos que pertenecen a fraternidades sacerdotales de la Orden. Hay vocaciones a todas las ramas de la Orden, al menos en algunas partes del mundo. En Europa, por ejemplo, la mayoría son frailes mayores, pero también hay algunos jóvenes que entran cada año, si bien no tantos como antes. En otras partes del mundo, especialmente en el hemisferio sur, hay muchos frailes jóvenes, en Colombia, Nigeria, África ecuatorial, India o Vietnam.

 La Orden está presente en la mayoría de los países del mundo. Algunas de estas presencias, en Europa por ejemplo, vienen desde los orígenes de la Orden, y algunas otras son muy recientes, como Myanmar, Timor Oriental y Tailandia o las Iglesias aún jóvenes de África. Santo Domingo envió a los primeros frailes a los centros universitarios para estudiar, para predicar y establecer conventos. Todavía es una tendencia natural de la Orden la de vivir en las grandes ciudades y estar presentes, donde es posible, en los grandes centros universitarios. Para la Orden es una prioridad la reflexión filosófica y teológica sobre el Evangelio, sobre la situación de los seres humanos y sobre la presencia y las promesas de Dios para la vida humana. Pero también es posible encontrar dominicos predicando en muy diferentes contextos y situaciones. Los dominicos predicamos y enseñamos, escribimos y damos conferencias, publicamos libros y revistas, trabajamos en la televisión y en la radio, predicamos en Internet y utilizamos las redes sociales para construir fraternidad entre las personas, para compartir experiencias, para orar juntos. 

¿Se están incorporando laicos en la espiritualidad de la Orden? 

Hay en torno a 165.000 hombres y mujeres que son laicos dominicos. Viven su vida cristiana según una regla establecida por la Orden que les permite participar del carisma de santo Domingo de una forma adaptada a sus otras responsabilidades. Así, rezan y estudian juntos, y predican de diferentes maneras a través de proyectos específicos encomendados a fraternidades concretas o a través de su propia colaboración en la vida parroquial, en la atención pastoral en escuelas o prisiones, como escritores o profesores, etc.

 Un grupo más pequeño de laicos pertenecen a Institutos seculares, emiten algunos votos, en particular el del celibato, pero por lo demás se integran en la vida habitual ordinaria y tratan de ser levadura en el mundo. 

Y en la Orden siempre ha habido, junto con los sacerdotes, hermanos cooperadores –frailes no ordenados–; algunos de los santos más destacados han venido de este grupo, como san Martín de Porres. 


El panorama de la evangelización ha cambiado desde santo Domingo. ¿Cómo predican ustedes hoy?

 Santo Domingo fundó la Orden en una época en que era necesaria una nueva evangelización. Obviamente tenemos medios de comunicación de los que no disponían santo Domingo ni los primeros dominicos: la imprenta y la radio, la televisión e internet, formas de viajar que nunca hubieran imaginado… Por eso, los métodos de evangelización han cambiado significativamente desde santo Domingo, como también lo ha hecho el contexto en el que se hace la predicación. Pero está presente el mismo entusiasmo y ardor por la predicación. 

Esperamos que la celebración de los 800 años de vida de la Orden nos dé un nuevo impulso en este sentido. Un Capítulo general en los primeros tiempos de la Orden animó a los frailes a «aprender el lenguaje de los vecinos», y debemos continuar haciendo esto. El lenguaje de los vecinos no se refiere simplemente a aprender alemán, francés o español, sino a las formas de pensar, modos de conocimiento, métodos científicos, formas culturales de vida, al impacto de las redes sociales. Hay tantas preguntas sobre cómo vivir una vida plenamente humana… y los predicadores del Evangelio deben afrontarlas en el estudio y la contemplación, antes de atreverse a hablar de estas cuestiones en el diálogo, la enseñanza y la presentación del Evangelio. Sabiendo que su principal responsabilidad es la predicación del Evangelio, la reflexión de la Orden se centra en cómo debe hacerse, atendiendo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

El Papa Francisco está poniendo el acento en la misericordia. ¿Cómo ofrecen la misericordia los padres y religiosas dominicas?

 Una de las antífonas a santo Domingo que cantamos al finalizar la oración de la noche lo describe como «predicador de la gracia». En la Biblia, los términos de gracia y misericordia son a menudo intercambiables; se refieren a la vez a la bondad, el perdón, la llamada, el amor, el interés, la fidelidad, la vida, el amor inagotable de Dios. Así, la misión de la predicación de la Orden puede entenderse como una misión de misericordia. 

La primera tarea de los dominicos fue predicar y oír confesiones. La predicación pretendía abrir el camino a la reconciliación. La celebración del sacramento de la misericordia de Dios fue considerada como la conclusión natural de la predicación. «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?», preguntó la gente a los apóstoles cuando comenzaron a predicar la resurrección de Jesús. Los primeros dominicos podrían haber dicho: «Arrepentíos y confesad vuestros pecados». Nosotros decimos: «Deja de lado todo lo que debilita y envenena tu vida y busca la plenitud de vida que Cristo vino a darnos».

 Los dominicos también ofrecemos misericordia en el mundo a través de nuestras obras de caridad, ayudando a las personas en situaciones concretas de necesidad. Ofrecemos misericordia a través del estudio de la verdad dondequiera que se encuentre, y de esa manera llegar a amar el trabajo tanto de Dios en la creación como los logros humanos en el pensamiento y en la cultura. Mostramos misericordia cuando predicamos el Evangelio que es la Buena Noticia de la gracia de Dios, que nos llama a la amistad con Él. Esta es la mayor misericordia: ser invitados a esta amistad.

 Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo / op.org

Señales del Espíritu Diabólico. Fr. A. Royo Marin OP

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Examinadas las características del espíritu de Dios, es fácil determinar las del espíritu de las tinieblas. Son, como es obvio, diametralmente opuestas y contrarias. Por eso es fácil distinguirlas cuando se presentan de una manera descarada y manifiesta.
Pero es preciso tener en cuenta que el enemigo infernal se disfraza a veces de ángel de luz, y sugiere al principio buenas cosas para disimular por cierto tiempo sus arteras intenciones y asestar mejor la puñalada en el momento oportuno cuando el alma esté más desprevenida. Por eso hay que proceder con cautela, examinando los movimientos del alma en sus orígenes y derivaciones y no perdiendo nunca de vista que lo que empezó aparentemente bien puede acabar mal, sí no se corrigen y enderezan en el acto las desviaciones que empiecen a manifestarse.
La labor del director para con todas estas almas ha de consistir principalmente en tres cosas: 1ª hacerles entender que son juguete del demonio y que es menester que se armen prontamente para defenderse contra él; 2ª sugerirles que se encomienden mucho a Dios y le pidan continuamente y de corazón la gracia eficaz para vencer los asaltos del espíritu de las tinieblas, y 3ª que al sentir el asalto diabólico le rechacen rápidamente y con desprecio, haciendo actos contrarios a los que trataba de impulsarles.
He aquí las señales manifiestas del espíritu diabólico:

A. ACERCA DEL ENTENDIMIENTO.

1º Espíritu de falsedad. A veces sugiere la mentira envuelta en otras verdades para ser más fácilmente creído.
2º Sugiere cosas inútiles, curiosas e impertinentes para hacer perder el tiempo en bagatelas, distrayendo y apartando de la devoción sólida y fructuosa.
3º Tinieblas, angustias, inquietudes; o falsa luz en la sola imaginación, sin frutos espirituales.
4º Espíritu protervo, obstinado, pertinaz. No da nunca el brazo a torcer. Gran señal.
5º Indiscreciones continuas. Excita, por ejemplo, a los excesos de penitencia para provocar la soberbia o arruinar la salud (Cuando Dios pide al alma grandes austeridades, se nota claramente ser ésa su divina voluntad por el conjunto de circunstancias. Y siempre da, a la vez, las fuerzas suficientes para llevarlas a cabo); no guarda el debido tiempo (v.gr., sugiere alegrías el Viernes Santo o tristezas el día de Navidad), ni el debido lugar (grandes arrobamientos en público, jamás en secreto), ni las circunstancias de la persona (v.gr., impulsando a los solitarios al apostolado, y a los apóstoles al retiro y soledad, etc.). Todo lo que vaya contra los deberes del propio estado viene del demonio o de la propia imaginación, jamás de Dios.
6º Espíritu de soberbia. Vanidad, preferencia sobre los demás, etc.

B. ACERCA DE LA VOLUNTAD.

1. Inquietud, turbación, alboroto y zozobra en el alma.
2º Soberbia. O falsa humildad: en las palabras y no en las obras, o llenando al alma de turbación y alboroto, incapacitándola para el ejercicio de la virtud. Abatimiento de espíritu.
3º Desesperación, desconfianza y desaliento. O bien presunción, vana seguridad y optimismo irracional, atolondrado e irreflexivo.
4º Desobediencia, obstinación en no abrirse al director, penitencias de propio capricho dejando las obligatorias, dureza de corazón.
5º Fines torcidos: vanidad, complacencia propia, ganas de ser apreciado y tenido en mucho.
6º Impaciencia en los trabajos y sufrimientos. Resentimiento pertinaz.
7º Desconcierto y rebelión de las pasiones por motivos fútiles y causas desproporcionadas; ofuscación violenta de la razón; impulsos pertinaces de voluntad hacia el mal.
8º Hipocresía, doblez, simulación. El demonio es el padre de la mentira.
9º Apego a lo terreno, a los consuelos espirituales, buscándose siempre a sí mismo.
10º Olvido de Cristo y de su imitación.
11º Falsa Caridad, celo amargo, indiscreto, farisaico, que perturba la paz. Son los eternos reformistas, que ven siempre la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el suyo (Mt. 7,3).

(“Teologia de la Perfeccion Cristiana”, L II, III, cap 5, apéndice del art. 5, fray Antonio Royo Marin OP).
(Imagen: Santo Domingo y el demonio por Pietro della Vecchia).

DIAKONIA LES DESEA UNA FELIZ NAVIDAD.

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El Verbo se hizo carne y nació de María

Escribe fray Luis:

 "Entre todos los pasos y misterios de la vida santísima del Salvador, uno de los más dulces y más devotos y más llenos de maravillas y doctrinas es este de su glorioso nacimiento. En este dia, dice la Iglesia, los cielos están destilando gotas de miel por todo el mundo, y en este día nos amaneció el día de la redención nueva, de la reparación antigua y de la felicidad eterna.

Salid, pues, ahora, hijas de Sión... Salid,   ¡oh almas devotas y amadoras de Cristo!, salid ahora, con el espíritu, de todos los cuidados y negocios del mundo y, recogidos en uno todos vuestros pensamientos y sentidos, poneos a contemplar el verdadero Salomón, pacificador de los cielos y la tierra...."

"Almas devotas, venid a ver al Hijo de Dios, no en el seno del Padre, sino en los brazos de la Madre; no entre los coros de los ángeles, sino entre unos viles animales; no sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, sino reclinado en un pesebre de bestias; no tronando ni relampagueando en el cielo, sino llorando y temblando de frío de un portal...  Este es el día de la alegría secreta de su corazón, cuando, llorando por de fuera como niño pequeñito, se alegraba de dentro por nuestro remedio como verdadero Redentor.

Pues en este día tan glorioso y de tanta virtud... se cumplieron los días del parto de la Virgen, y llegó aquella hora tan deseada de todas las gentes, tan prometida en todos los tiempos, tan cantada y celebrada en todas las Escrituras divinas. Llegó aquella hora de la cual pendía la salud del mundo, el reparo del cielo, la victoria del demonio, el triunfo de la muerte y del pecado, por la cual lloraban y suspiraban los gemidos y destierro de todos los santos.

En la media noche, muy más clara que el mediodía, cuando todas las cosas estaban en silencio y gozaban del sosiego y reposo de la noche quieta, y en esta hora tan dichosa, sale de las entrañas virginales a este nuevo mundo el unigénito Hijo de Dios...."

 "En esta dichosa hora, la omnipotente Palabra de Dios, habiendo  descendido de las sillas reales del cielo a este lugar de nuestras miserias, apareció vestido de nuestra carne y acompañado de todas nuestras bajezas y flaquezas, excepto las de ignorancia y malicia, con que nacemos los otros hombres...

Vedle aquí, pues, con principio, a quien era sin principio. Ved hecho al que es hacedor de todas las cosas, que sabe ya de bien y de mal, que sabe de llorar, sabe de penas, 
sabe de lágrimas, sabe de trabajos. De todo sabe, y no poco, sino mucho.., pues él es varón de dolores y que sabe de enfermedades"


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"Salido el santo niño a esta luz, la Virgen lo acostó en pesebre, porque no había otro lugar en aquel mesón (Lc 2,7).. ¿Quién no se espantará de ver al Señor de todo lo criado acostado en un pesebre de bestias..? ¿Cómo se trocó el templo por el establo? ¿Cómo se mudó el cielo por el pesebre? Creo cierto que cuando los santos, algunas veces en la contemplación, salían de sí y quedaban enajenados y transportados en Dios, era considerando esta tan grande maravilla y esta tan grande muestra de la divina bondad y caridad...

Pues hasta aquí llegó la bondad y la misericordia y el amor de Dios para con los hombres, a hacer tales cosas por ellos, que aquellos mismos por quien las hacía las tuviesen por locura. Elegantemente dijo un sabio que amar y tener seso apenas se concede a Dios. Porque así vemos aquí a Dios, ya salido de sí y transformado en el hombre, tomando lo que no era, sin dejar de ser lo que era, por la grandeza del amor".

"Perseverando más  en la consideración de este             sagrado pesebre, hallarás en él motivos no sólo para el conocimiento de aquella soberana bondad y amor de Dios, sino también para toda virtud.

Aquí aprenderás humildad de corazón, 
aquí menosprecio del mundo, 
aquí aspereza de cuerpo 
y aquí aquella desnudez y pobreza de espíritu tan celebrada en el Evangelio.

Sabía muy bien este médico y maestro del cielo cuánta paz e inocencia mora en la casa del pobre de espíritu, y cuántas guerras y desasosiegos y cuidados trae consigo el desordenado amor de las riquezas.

Por esto, luego, desde la cuna del pesebre, como de una cátedra celestial, la primera lección que leyó y la primera voz que dio fue condenando la codicia, raíz de todos los males, y engrandeciendo la pobreza de espíritu y la humildad, fuente de todos los bienes".

"¡Oh dichosa casa, ¡Oh establo más glorioso que todos los palacios de los reyes, donde Dios asentó la cátedra de la filosofía del cielo, donde la palabra de Dios, enmudecida, tanto más claramente habla cuanto más calladamente nos avisa!

Mira, pues, hermano, si quieres ser verdadero filósofo, no te apartes de este establo, donde la Palabra de Dios, callando, llora, pues este lloro es más dulce que toda la elocuencia de Tulio y aun que la música de todos los ángeles del cielo".

Fray Luis de Granada, O.P.

El Padre Vayssiere OP, Eremita y provincial (1864 - 1940). Fr. M. J. Nicolás OP.

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Es un foco puro de vida espiritual el que se ha apagado entre nosotros con el P. Vayssière, "el santo Provincial de Toulouse" según se lo apodaba habitualmente en la Orden de Sto. Domingo, en la que era bien conocido el carácter exclusivamente sobrenatural de su personalidad. El puñado de recuerdos que presentamos aquí quisieran contribuir a prolongar el efecto de aquella llama que habitaba en él y cuyo vívido calor no será reemplazado. En sus últimos días, sólo veía de su larga vida el encadenamiento de todo lo que la Santa Virgen había hecho por él: "Todo ha sido misericordia en mi vida -decía- y misericordia de María". Y resumía esa misericordia en tres gracias esenciales de las que habían surgido todas las otras: la gracia del sufrimiento, la gracia de la soledad, la gracia de la revelación de la Virgen a su alma. Que les sea permitido a sus hijos agregar a esta enumeración la gracia que le fue dada para ellos y que llamaría su gracia de paternidad. Sigamos ese encadenamiento que nos da la interpretación sobrenatural de su alma y de su vida.

La gracia del sufrimiento

Para apreciarla debidamente hay que comprender cuál fue el impulso de esa alma hacia la bella y rica vida dominicana. De seminarista era impulsivo, ardiente y de carácter impetuoso. Es fácilmente creíble porque siempre permaneció así.

Había en él una llama. Esta llama iba en aumento desde la época de su Seminario Mayor, y el objeto habitual de conversación con su íntimo amigo era la vida sacerdotal y el medio de volverla perfecta. Un día leyó la vida de Lacordaire, y, en una página cualquiera, oyó dentro de él un repentino: "serás dominico", que lo decidió para siempre. Quiso, por tanto, hacerse dominico "para predicar"; no había nada más claro en su espíritu, y fue Lacordaire quien lo indujo.

Con ese ardor entró al noviciado de Toulouse, y allí se aplicó al trabajo de su perfeccionamiento, y fue plenamente feliz: "Estoy demasiado contento", le decía con aprensión a su Padre Maestro, y relató con frecuencia con qué consolación repetía sin cesar las palabras del salmo, aplicándolas a su estado de huérfano: Mi padre y mi madre me han abandonado, pero el Señor me ha tomado consigo.
Comenzó brillantemente sus estudios. Pero estos hermosos inicios de un sujeto de excepción debían rematar de un modo distinto al pensado. Una fatiga cerebral profunda lo volvió de pronto impotente para todo trabajo intelectual. Nunca se curó del todo de ello, y ésa fue la cruz íntima de su vida. "Todavía me hace sufrir", me confiaba algún tiempo antes de su muerte. Debió cerrar sus libros, y se lo envió a S. Maximin, donde coronó su preparación al sacerdocio. Su Padre Maestro fue el P. Colchen, un gran religioso, extremadamente bueno pero apasionadamente austero y poco comunicativo. El, que afrontaba todas las dolencias para asistir de noche a maitines contra todo agotamiento, juzgaba imposible que un religioso tan bueno pudiera quedar privado de la gracia de practicar las santas observancias monásticas por motivos de salud. Un día le hizo comenzar una novena preparatoria a la fiesta de San José, que debía consistir en levantarse cada noche a despecho de todo. Pensaba que un tal acto de fe realizaría un milagro. El octavo día de la novena el pobre novicio no tenía siquiera fuerza para confesarse. El P. Colchen no insistió ante esta respuesta de San José. Las observancias, tanto como el estudio y la predicación, quedarían por siempre inaccesibles al P. Vayssière. De este modo, aunque amándolos con fidelidad, insistió siempre en decir que lo esencial de la vida religiosa y dominicana no estaba allí. Pero, agregaba, lo que es realmente la condición esencial es la abnegación, y en ello coincidía profundamente con el P. Colchen, por el cual conservó siempre un inmenso afecto.

Fue en ese estado de dolorosa impotencia que se ordenó sacerdote. Entonces comenzó en su vida el reinado cotidiano de la Misa. Quedaba grabado en el alma como un hermoso cuadro el rostro que presentaba durante la ofrenda del cáliz en el Ofertorio, el rostro elevado hacia la Hostia en el que se leía tamaña expresión de ofrenda y de fe. Era el momento en que había en él el máximo de dulzura, de pureza, de serenidad. En el instante de la comunión, ese rostro parecía verdaderamente abrasarse. Decía: "El sacerdote debe seguir siendo durante todo el día como era en el altar, debe vivir su Misa, ser inmolado y entregado, y entregándose entregar a Jesús".

Pero ya estoy hablando aquí de los últimos años. Ya sacerdote, después de haber colaborado algún tiempo con el P. Colchen como Submaestro, fue enviado al convento de Biarritz, donde nada pudo hacer. "Un día -contaba- me encontraba en la sala común leyendo los diarios y también conversando con tal y tal otro Padre. Acertó a pasar el Padre Provincial y me hizo un vivo reproche. Pero, ¿qué quería que hiciera? No podía ni leer, ni confesar, ni nada; me aburría".

A ese estado de impotencia física, a veces el P. Vayssière llegaba al punto de considerarlo la mayor gracia de su vida. ¿Por qué? Porque aprendió así, experimentalmente, que hay que hacerse nada para que reine Dios. Fue el no poder hacer por sí mismo nada de lo que hubiera querido, lo que lo redujo a no apoyarse sino en la acción de Dios. Sin duda esta luz se fue desprendiendo poco a poco de su prueba. Pero en el fin de su vida la virtud del abandono había florecido en él. No vivía más que en las manos de Dios y de la Santísima Virgen. Todos sabemos cómo se aplicaba a no emplear jamás ninguna palabra que hubiera parecido fundamentar en nosotros el principio de nuestro esfuerzo. No decía: amen a Dios, sino: dejáos amar. "El dejar suceder es marchar a vuelo de pájaro en la vía de la santidad".

Una actitud tal, le permitía sobreponerse a numerosos sufrimientos. Sin embargo, conservaba más sensibilidad que aptitud para evadirse de las mil cosas penosas de la vida. La cruz fue su estado habitual. La hallaba completamente natural y sobre todo necesaria: "es una misericordia de Dios", decía. Recuerdo un Viernes Santo, poco tiempo antes de su elección como Provincial. Había venido al convento de S. Maximin para reemplazar a nuestro ausente Padre Maestro, y celebrar los oficios de Semana Santa. Entré a su habitación después del oficio de la mañana. Parecía como embriagado por su comunión. Con una extraordinaria elocuencia, me enseñó que la cruz es el centro de todo aquí abajo: "La cruz es la sustancia de la vida". Lo veo todavía abriendo ampliamente los brazos y hablándome de la identificación de nuestro destino con el de Cristo. Enseñaba a las almas una fórmula para decir en las horas de sufrimiento, y que era su fórmula. "Hay que sufrir. Por tanto quiero sufrir. Quiero realmente sufrir. No quiero sufrir menos. Quiero morir para vivir. Quiero vivir para glorificar a Dios. Y sé que glorificando a Dios obtendré toda mi felicidad".

Lo que tal vez más que todo hizo de su estado de impotencia una gracia, fue la humildad que él extraía de ese estado. No es fácil hablar de la humildad de los santos. "En la historia de mi alma -dice Sta. Teresa de Lisieux- hay páginas que no se leerán sino en el cielo." Para tocar debidamente ese tema, habría que mostrar las miserias que Dios deja en ellos, esas faltas "que no apenan a Dios" pero que asombran a los hombres. Es que los hombres no conocen el lado interior y escondido de esas deformidades, no ven la humildad que engendra esa humillación. En el alma del P. Vayssière esa humildad era maravillosa. No se consideraba a sí mismo más que para admirar la gracia de Dios en las menores cosas de su vida. De modo que pienso que la experiencia y sobre todo la aceptación cotidiana de sus incapacidades, fue la gran maestra de su humildad. Cuando era Provincial decía: "Se me ha puesto ahí, acepto. Es para mí continua humillación...Pero estoy contento de cumplir la voluntad de Dios, y lo bendigo por conservarme en mi pequeñez".

Apresurémonos a decir que exageraba creyéndose tan totalmente inepto. Es bien cierto que no podía predicar sino cuando el deber de estado lo obligaba absolutamente, y que no brillaba mucho en la conversación o en los asuntos de negocios. Pero qué elocuencia a menudo admirable en sus reuniones íntimas: el gesto, el acento, la frase figurada, vigorosa, todo ello se hallaba presente. Y siempre presentaba admirables conclusiones en sus síntesis doctrinales. Poseía la intuición de lo que resultaba esencial de cada tema. Oh, ciertamente nunca me asombró que antes de su enfermedad haya podido rivalizar en teología con el futuro P. Pègues, ni que tuviera la ambición de predicar a las multitudes.

No penséis tampoco que todo fue dolor en su vida. Como las almas hechas a las renuncias, almas muy despojadas que no buscan instalarse en ninguna satisfacción, gozaba plenamente las menores alegrías, en las que veía siempre una atención de la Providencia. Sería de no acabar referirse a las pequeñas "consolaciones" del P. Vayssière, el don que tenía de "reconocer" la gracia en todas las cosas. En realidad, renunciaba constantemente a todo don y a toda alegría, y lo que sucedía en él de luz y de dulzura, lo recibía como un don de la Virgen, como un signo de amor, sí, un signo de que estaba ahí y pensaba en él.


La gracia de la soledad

La llamaba también la gracia de su vocación magdaleniana. Ciertamente, él no hubiera elegido por sí mismo esa vocación. Cuando en 1901 sus superiores, probablemente pensando que no servía sino para orar y que por otra parte se le podía pedir cualquier cosa, lo nombraron capellán de la gruta de Sta. María Magdalena en Sainte Baume, ese joven religioso de treinta y siete años se estremeció. Se hubiera estremecido aún más si hubiera sabido que allí permanecería treinta y un años. Dios le había retirado el estudio, las observancias, el apostolado de la palabra. Ahora coronaba el despojamiento quitándole la vida en común y la compañía normal de los hombres. Sainte Baume es un lugar magnífico, un verdadero sitio de contemplación. No hay un dominicano de la Provincia de Toulouse que no haya gustado allí momentos de serenidad y de plenitud inolvidables en el tan benéfico acuerdo entre la voz de las cosas y la oración del alma. No se podría describir esa vasta y pura soledad cuyo espíritu es aun más conmovedor que las formas depuradas. Pero retirarse allí para vivir es una prueba temeraria. Los días de invierno son a veces siniestros, las lluvias de otoño vuelven al bosque triste y frío hasta las lágrimas, el llano de Plan d‘Aups, cuando sopla el mistral, es un verdadero desierto ríspido y despojado. ¡Y qué aislamiento sobre la alta cresta barrida por un viento furioso! El silencio de las cosas termina por parecerse a la muerte. El problema para aquél a quien la obediencia hacía eremita, era aceptar esa soledad, desposarla, agotar su gracia. Lo hizo, y he aquí el motivo por que se volvió un contemplativo.

El nos contó a muchos de entre nosotros cómo se decidió su vocación. Estaba en camino de acostumbrarse a bajar todos los días al albergue de los peregrinos donde podía hallar un poco de compañía, de conversación, y periódicos. Una vez, frente a una bifurcación, tuvo la intuición de que no debía seguir descendiendo. Una súbita luz le mostró la nada de lo que iba a buscar: "¿Qué vas a hacer? Distraerte...Y bien, no irás!" Fue tan categórico como el "serás dominico" de su juventud. Esta vez esas palabras querían decir: "vivirás del espíritu de la gruta, serás un contemplativo." Tomó el otro camino, el de su nueva vocación. "Desde ese día -agregaba- jamás me aburrí". Hasta tuvo durante aproximadamente un mes abundantes consolaciones: la soledad lo agasajaba. Luego recayó en su estado habitual, "sequedad entrecortada de relámpagos", según su expresión. Pero permaneció fiel.

Durante largo tiempo, no entró ni un periódico en la pequeña casita contigua a la gruta, donde vivía con su fiel compañero, el Hno. Enrique, quien cultivó el atractivo de la vida en común con él. No hubo más relaciones con el entorno que las que le imponía su ministerio, en especial con las Hnas. de Betania de quienes fue el verdadero padre y constante apoyo y aun durante cierto tiempo el capellán titular. Más tarde, los peregrinos se hicieron más numerosos y no pudo ya recibirlos siquiera durante la buena estación. La casa de retiro de Nazaret que había fundado en 1931, lo absorbía. Y después del regreso del Noviciado a San Maximin en 1920, comenzó a ejercer una penetrante influencia en las jóvenes generaciones de su Provincia dominicana. Ya no era pues, totalmente eremita, sino durante los seis meses del año, cuando fue elegido Provincial en 1932. Pero todo su accionar era una irradiación de su soledad. La soledad había penetrado tan adentro en su alma que lo conformó para siempre. Fue en vano que disminuyera poco a poco alrededor de él; la gracia de esa soledad no logró abandonarlo. Allí se transformó en el hombre de oración y de contemplación continua que conocimos. Aquí cuento la historia de un hombre que sólo se hizo conocer en la plena consumación de sus frutos, pero sus raíces se encuentran en realidad en la gruta de Santa María Magdalena. Todos recuerdan la actitud que había guardado, cuando era Provincial, en los conventos que había vuelto a habitar. Recto, grave y pacífico, parecía tener siempre conciencia de ser portador de Dios. Al envejecer, se había vuelto como diáfano. El, tan alegre, cuya fisonomía era tan expresiva, tan dinámica, no entraba al coro ni aun en los lugares regulares sin el mismo rostro que tenía en el altar. Permanecía arrodillado durante toda su oración, que rezaba inmóvil y con los ojos cerrados.

Un día confió a uno de sus hijos su método de oración: "Comienzo por renunciar a todo lo que podría salir de mí. Luego me pongo todo entero en las manos de la Santísima Virgen y me quedo ahí". Parece que en los últimos años de su vida recibió una luz muy nueva sobre la oración de silencio y de quietud. Se tenía la impresión de que esa luz lo liberaba, le mostraba aquella verdadera manera de rezar a la que desde mucho tendía toda su alma. ¡A cuántas almas intentó comunicar esa luz! Un día dijo a una ellas lo siguiente: "Hay que ser contemplativos... Se necesita el silencio...pero el silencio interior, el silencio de los poderíos... hay que ir a Dios en la pura fe. Hay que retirarse antes que nada de sí para ser atraídos hacia Dios... Dios no es nada de lo que es y no está en ningún lado... Hay que ir a él... Sto ad ostium et pulso... A veces es duro... Hay que abrirse un camino a través de sí mismo y a través de las criaturas. Pero me he dado cuenta: cuanto más seca es la oración, más luz hay en la jornada. Cuanto más anonadadamiento, hay más actividad divina en la jornada... Cuando no sentís nada en vosotros, creed en esta palabra de Nuestro Señor: Mi padre y yo actuamos sin cesar... Y entonces en ese vacío, delante de Dios, ¿qué hace Dios? - Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único. Es el don supremo, el don de Dios al hombre... Hay una objeción: ¿y la Humanidad de Cristo? Pero no se la olvida: se pasa por ella. Se es tomado, se es poseído por Cristo. Esa unión con el Padre es la cima del alma de Cristo. Se es poseído, se es rodeado por Cristo... Eso supone un despojamiento. Pero una oración tal no es solamente un término. Es un crisol. Ella misma despoja al alma. Sto ad hostium et pulso. Hay que ir a esa puerta, a golpear... Y nosotros dominicanos, debemos ser contemplativos por estado, para conocer a Dios, para conocer a las almas, la nada total y el todo de Dios. Esas cosas no se saben, no se las dice. Y ahora que comienzo a saberlas... voy a morir".

Decía estas cosas con un rostro iluminado, un rostro de testigo. ¡Y qué energía!.

Esa oración de fe era la concentración forzosamente momentánea de todo su ser en lo que constituía los sentimientos habituales de sus jornadas.

"Mi justo vive de la fe -repetía sin cesar-, vive del espíritu de fe, no por arrobamientos, en ciertos instantes, sino permanentemente... Se tiene fe, pero no se la utiliza, se juzga con el juicio humano, se quiere con una voluntad natural." ¿Pero creer en qué? Creer en Dios, en Dios que es amor. "El fondo del Ser de Dios es el Amor. Sois amados por Dios. Su Amor es un Océano sin orillas... ¡es un amor eterno! Su amor nos sumerge, nos estrecha. Esa es la verdad que hay que creer... Creer en el amor de Dios en todo acontecimiento, ¡cómo lo engrandece todo!... Se está continuamente en el latido perpetuo de su corazón... Entregaos al amor, he aquí vuestra tienda. Permaneced allí en cada voluntad que pasa... ¡Ahí no hay nada que temer y todo que esperar! No es siempre fácil... Porque Dios es un fuego devorador y consumidor que devora en nosotros todo lo que no es Dios. Entregaos al Amor puro por puro amor y os santificaréis".

No quería que bastara con creer con el espíritu, quería que se adhiriera con el corazón, que se comulgara con esa Voluntad de Dios, con "ese amor que nos cerca por todos lados" y que es la última palabra de todo lo que hace gozar o sufrir. No quería que se hiciera sino eso: la desaparición total del propio yo frente al ser y la acción de Dios, dejarse llevar, sabiendo que ello significa: dejarse amar; "abrazar a Dios en todo instante haciendo su voluntad, porque la Voluntad de Dios es Dios".

"Aceptar todo, todo, absolutamente todo como viniendo de su corazón... todo lo que sucede es expresión de su amor. Es nuestra única manera de poseer a Dios. A Dios no lo vemos, lo tenemos por su voluntad. Por ella podemos comulgar con El. Dios conduce todo y Dios conduce a Dios. Por tanto, abrir en todo el alma a su amor que en todo nos atrae... Jesús nos prueba menos su amor por sus dulzuras y sus consolaciones que por las voluntades suyas que cada instante nos aporta. Las dulzuras no son más que un incidente pasajero y rápido... sus voluntades constituyen la verdadera trama de nuestra vida. Ellas son el manantial ininterrumpido de su corazón, y la manifestación inagotable, la expresión permanente de su amor por nosotros".

Una noche en Sainte Baume, nos hallábamos afuera. "La voluntad de Dios, hijo, no busques otra cosa. Es como sucedió con mi reelección. Todo parecía humanamente oponerse. Por eso, estoy bien tranquilo... Adjutorium nostri in nomine Domini..." y luego, con un gesto amplio y de una gran fuerza me mostró todo el cielo y todos los horizontes de Sainte Baume: "qui fecit coelum et terram. Nos apoyamos sobre el Todopoderoso que hizo el cielo y la tierra".

Pero para qué insistir, era su predicación constante, el espíritu mismo de su vida que nos daba diciéndonos eso: "Les digo lo mismo a todos -concluía con su inimitable simplicidad- no sé más que eso. Y vale para todo el mundo. Todo el mundo está contento". Sobre todo, él mismo lo vivía y lo había aprendido en el libro de su corazón. Esa comunión con el amor de Dios a través de todo lo que hacía o soportaba, era su contemplación perpetua, "unida a la acción -decía- como el alma lo está al cuerpo". Había llegado al estado que definía así: "En el alma religiosa, el pasado y el futuro no cuentan. Sólo cuenta el momento presente, donde está en comunión con el infinito de Dios".
La gracia de la intimidad mariana

Pero tengo premura por mostrar el lugar que tenía la Santísima Virgen en todo lo que acabamos de decir. Ella era el arbitrio universal, la misma atmósfera de su vida espiritual. Ese estado de despojamiento y de toda pura unión a Dios solo, era Ella quien lo establecía con él y que lo mantenía y que lo había querido. "Es la Sma. Virgen quien ha hecho todo. Le debo todo, todo", decía frecuentemente. Había sido la madre que exigía el sentimiento de su pequeñez, la dulzura suprema en lo más profundo de su renunciamiento, la fecundidad de su soledad, y la inspiradora de su oración. No tomaba conciencia de ninguna de las gracias de Dios sin tomar a la vez conciencia de la vía por la cual le llegaban. "Todo es gracia"; por tanto, pensaba, la Santísima Virgen está conjunta e íntimamente presente.

Esta ubicación en el Corazón de la Santísima Virgen como en el centro de su vida espiritual, no es común a todos los santos. Para lograrlo se necesita una luz, una revelación de la Virgen que supone una elección de su parte. El P. Vayssière la tuvo en grado excepcional. Es propio del alma mariana ese instinto de encontrar a Dios en María, tener incluso un goce particular en tomar conciencia de ello, en rendirle así gloria ofreciéndose no solamente a sus manos sino primero a ella, sabiendo a fondo que todo lo que es de ella es de Dios, un eclipse total y perfecto de la madre delante del Hijo. Ese sentido de la transparencia de María explica las expresiones del P. Vayssière. Todo lo que hemos dicho sobre sus expresiones y sobre su vida de fe, muestra suficientemente cuál era el fruto de una tal donación. He hallado este tan profundo pensamiento suyo: "La Santísima Virgen no posee más la fe, sino que la guarda para nosotros. Hay que ir a buscar la fe en su fuente. Jesucristo no tuvo fe. La fuente de la fe es María". "Toda la vida espiritual está ahí adentro, en esa donación al amor Infinito. Pero no olvidemos que se realiza en los brazos de María, en la gracia de su papel maternal"... "María es como un gran río que nos lleva a Cristo... Pero no hay que pensar que María, Nuestro Señor, no son más que etapas para llegar al Padre. NO, no es así: "María, Cristo, Dios, es un todo, es inseparable!".

Así sentía por instinto, pero también lo justificaba mediante una doctrina mariana que bastaría desarrollar para lograr una hermosa obra...

"La Santísima Virgen no es más que madre... no es más que madre de Jesús, es a El a quien concibe en el alma... Toda la acción de María transcurre hacia Jesús... No se podría concebir en ella ninguna partícula de su actividad que no tuviera a Jesús como objeto y como fin. Es su misión. Ella es madre. Su papel de madre es el de darnos la vida divina a cambio de lo que nos ayuda a sacrificar... Es el mismo Espíritu Santo quien ha creado y preparado el Corazón de María y quien ha cavado en él profundidades inefables. Ha hecho de él un corazón de Madre, y no de cualquier madre, sino de la madre de un Dios... y es con ese corazón hecho para un Dios, con esas ternuras reservadas para Dios, que María ama a la humanidad, que María ama a cada una de nuestras almas".

El misterio de María, para él, era el de la perpetuidad del misterio de la Encarnación Redentora con el cual cada alma humana puede comulgar totalmente. Así como Jesús ha habitado en el mundo, así viene a vivir en nosotros. "Es la ley de Dios que después de la Encarnación se renueva a través de las edades y en todas las almas que quieren permanecer fieles y realizar el mismo misterio de amor: Jesús".
De esta meditación sobre el rol vivificador de María, tomaba su doctrina del contacto a mantener siempre, de la dependencia que debe volverse cada día más estrecha y más total. "Más se es de María y de su acción, más se está en vía de unión a Dios, de vivir en sí mismo la vida de Jesús... Hay que establecerse espiritualmente en María como un niño en el seno de su madre. Más estamos unidos a Ella, más nos vitaliza. Es Ella, es María que nos forma... La vía de fidelidad filial a María, es la verdadera vida, creedlo, es revivir la vida misma de Jesús en Nazareth".

Y por si se hubiera encontrado algo demasiado metafísico en estas consideraciones, concluye muy simplemente, con una extraordinaria y límpida ternura: "La Santísima Virgen es una mamá. Nos quiere como una mamá. Hay que amarla como a una mamá". Sin embargo el P. Vayssière no había disfrutado de su madre, muerta joven. No había aprendido en su naturaleza esos sentimientos que luego es tan bello transportar al orden de la gracia y de las cosas espirituales.

No, no había tenido más madre que la Santísima Virgen, y es de ella que había aprendido todo, aun las delicadezas más humanas de su corazón. Un día iba con él en un tranvía. Cerca de nosotros estaba sentada una joven mamá que llevaba su niño en sus brazos. Tras haber mirado un momento, el Padre me tomó del brazo y me dijo: "Fíjese... Esto me hace pensar en el Buen Dios... Ahí está lo que somos en sus brazos. Es curioso, cuando era joven no prestaba ninguna atención a los niños... ¡Pero ahora, me conmuevo!".

Se comprende cómo la humildad del Padre volvía fácil una tal dependencia: "Hay que hacerse niño, hay que hacerse pequeño." Cerca de él comprendí que la verdadera devoción a la Virgen era inaccesible a los orgullosos. Todas sus palabras sobre la Virgen salían de un corazón simple y despojado.

El tenía conciencia de ello. "Más pequeño se es, decía, más se le permite ser madre. El niño pertenece más a su madre cuanto más débil y más pequeño es... La perfección de la vida de infancia en el plan divino, es la vida en María".

El Padre se nutría continuamente y de más en más, de la doctrina de Sta. Teresa de Lisieux, pero es en aquel espíritu que la interpretaba y la explicaba. El definía así la infancia espiritual: "tener a María por madre y saberlo." No le gustaba mostrar "sensible" la devoción a la Santísima Virgen: "Es en la fe que hay que ver todas las cosas y creer que nos viene de María."

Esta gracia de intimidad mariana la debía primeramente al estado de pequeñez al que había sido reducido y al cual había consentido. Pero la debía también a su Rosario. En las largas jornadas de soledad de Sainte Baume, había tomado la costumbre de rezar varios rosarios en el día, a veces hasta seis. Muchas veces los rezaba en su totalidad de rodillas. Y no se trataba de una recitación mecánica y superficial: se entregaba en alma, los degustaba, los devoraba, se sentía persuadido de encontrar allí todo lo que se puede buscar en la oración.

"Recitad cada decena -decía- menos reflexionando que comulgando en el corazón con la gracia del misterio, con el espíritu de Jesús y de María tal cual ese misterio os lo presenta... El Rosario es la comunión del anochecer (en otra parte: es la comunión todo a lo largo del día) y que traduce en luz y en resolución fecunda la comunión de la mañana. No es sólo una serie de Ave Marías piadosamente rezadas, es Jesús que revive en el alma por la acción maternal de María."

De esta manera, él vivía en ese ciclo, sin cesar activo, de su Rosario, como "rodeado" por Cristo, por María, según su expresión, comulgando con cada uno de sus estados, con cada uno de los aspectos de su gracia, penetrando y permaneciendo, por intermedio del Rosario, en los abismos del Corazón de Dios: "El Rosario es un encadenamiento de amor de María a la Trinidad." Se llega a comprender qué estado de contemplación había suscitado en él, qué camino para la pura unión con Dios, qué necesidad, parecida a la de la comunión. Y cuando se lo veía hacer correr constantemente las cuentas de su rosario, se podía pensar que cada una de ellas se había vuelto para él como un signo sensible y casi oral, un memorial de todos sus pensamientos, de toda la contemplación acumulada durante tan largos años.

La gracia de la paternidad

Retirado por mucho tiempo de la vida dominicana normal, incluso forzado durante las expulsiones a vestir sotana (pese a ello, de noche se acostaba con su hábito blanco), privado del amplio y distante fulgor propio del apostolado dominicano, oía siempre en su corazón la voz de su juventud: "serás dominico". Entonces ello explica que haya entendido el sentido de su misión de la siguiente manera: representar a la Orden de Sto. Domingo en la gruta de la penitencia y de la contemplación. Elevado por encima de todas las realizaciones exteriores de su ideal, comprendió la esencia de la vocación dominicana, comprendió sobre todo que ella era una vocación en el sentido vigoroso del término, es decir un llamado de Dios, la Voluntad esencial de Dios sobre ciertas almas, sobre la suya. Comprendió que esa Voluntad de Dios se traducía en una Regla, cuyos menores detalles se hacían sagrados, pero que tendía antes que nada a llevar a cabo una cierta forma de santidad, una cierta manera de imitar a Nuestro Señor, algo más excelso que toda teoría, que se había realizado por primera vez con Santo Domingo y que había que revivir en unión con él. Sería muy largo de contar y de describir lo que fue en él esta gracia de unión filial con Santo Domingo. Magnífica eflorescencia de la gracia de fidelidad a la vocación. Esta poseía un sentido suficientemente profundo como para señalar a todo religioso cómo debía ser su devoción con respecto al Padre de su Orden. Lo preparaba sin que se apercibiera, para ser el representante de Santo Domingo entre nosotros. Sin duda se dio en este grado en el Padre Vayssière, con la plenitud que le hemos conocido, una vez nombrado Provincial.

El mismo dijo que mientras celebraba la misa del 4 de agosto, poco tiempo antes de su elección, se había sentido fuertemente impulsado en su interior "a darse a Santo Domingo". Esta gracia dominó todo su Provincialato. No contaré aquí lo realizado durante esos ocho años tan plenos y tan pesados. Nuestro Rvmo. Padre General nos escribió que no había visto un provincialato más fecundo en realizaciones. El mismo P. Vayssière constataba, reconfortado, que "pese a todo, la Santísima Virgen había hecho mucho mientras él estaba allí." Todos admiraban las vías de la Providencia que lo sacaba de su tranquila vida de eremita a la edad en que otros ya entran en su retiro, y lo sumergía en problemas, viajes, dificultades de toda clase. Pero él se prestaba a todo con sencillez. Había encontrado en su soledad el secreto de abrazar a Dios en todo, haciendo en todo su Voluntad. Podía dejar su Gruta.

Por el contrario, su gracia no podía sino expandirse y necesitaba esa misión para alcanzar su plenitud, volviéndose una gracia de paternidad. Más que nunca, sus impedimentos serían una causa de despojamiento y de humildad: más que nunca su oración se haría pura y elevada, su fe se templaría al contacto con las contingencias, que siempre superaría. Más que nunca, sobre todo, teniendo tanto que hacer y en qué pensar, se refugiaría entre las manos de la Virgen. Su gracia mariana creció y se profundizó hasta el extremo: "La Santísima Virgen es un agente esencial de la vida espiritual, especialmente en los estados más elevados." Apenas unos días después de su primera elección, me dijo con un aire sorprendentemente decidido: "Puesto que soy Provincial, voy a aprovechar para perfeccionarme". Se reconoce perfectamente ahí su inmediata correspondencia con la intención misma de la Voluntad Divina, su don de ver lo esencial de una situación y resumirlo con una palabra. Fue fiel a su resolución. Y su papel fue más que todo ser una fuente, un hogar espiritual en la Providencia, un padre. Gracia de paternidad, comunicación a su corazón del don, que tuvo el de María, de darse a Dios dándose a sí mismo. Nos amaba a todos "con un corazón de padre y de madre". Es cierto que a veces era tímido, "salvaje", como decía, con aquellos que no veían en él más que al superior. "Con frecuencia -decía- cuando un Padre viene a hablarme, me siento crucificado por mi impotencia, mi falta de medios. No sé qué decirle. Sufro, ofrezco mi sufrimiento a Dios por aquél que está ahí". Sólo se sentía completamente en su terreno cuando podía hablar libremente de Dios, cuando podía moverse en el aspecto puramente sobrenatural, que jamás pudo abandonar aún abandonando Sainte Baume. Alguien me decía: "Ese hombre es el corazón de su Provincia. Toda la Provincia vivía en él". Nada más justo: se apasionó por ella.

La gracia de la muerte

La salud del Padre Vayssière se había resentido seriamente durante la guerra. Pero, aun siendo su estado habitual el estar enfermo con mayor o menor severidad, lo sorprendió enterarse de que su problema era grave y requería una peligrosa operación. Aceptó la situación de inmediato, decidido a llegar hasta el final. "Es mi cargo y mi vida -decía- que rematan en la cruz. Ha habido tantas deficiencias en el ejercicio de mi cargo, que era muy necesario que sufriera un poco por la Provincia, en reparación. Y ahora mi vida, mis sufrimientos, mis plegarias, son enteramente para la Provincia". No cesaba de desgranar el rosario que llevaba alrededor del cuello. Frente a él había un armario con un espejo que reflejaba la estatuilla de la Santísima Virgen emplazada sobre la pared: "Así la tengo siempre delante de mí", confiaba con gusto a sus visitantes. Se dejaba llevar como un niño. Su alma vivía en un sentimiento a menudo desbordante de acción de gracias. El 15 de agosto le solicitó a un Padre, originario como él de Rocamadour, celebrar la misa en acción de gracias por todas las gracias que había recibido de María en su vida terrestre. Cuando recibió como regalo un rosario de oro, lo envió en prenda de reconocimiento al querido santuario de su país natal. Es después de esa fiesta de la Asunción que lo vi por última vez. Me dijo: "He recibido grandes gracias en esta fiesta del 15 de agosto. He comprendido claramente que debía ofrecer mi vida por la Provincia. No sé si soy a morir, será como Dios quiera. Pero su voluntad es que ofrezca mi vida por la Provincia. Y ahora... espero... estoy tranquilo... contento... contento..." A otro, le decía: "Ahora que voy a morir, no puedo ni siquiera pensar en la muerte. Pienso que muriendo voy a cumplir la voluntad de Dios, como cuando tomaba el tren a Toulouse o partía de la gruta para ir al albergue." "Hijo, -decía aun, como una suprema confidencia de su experiencia y sabiduría- lo que le falta al religioso es la abnegación. Uno se escudriña en esto o en lo otro, y por eso no se une a Dios." Y retomaba: "Sí, incluso los que son virtuosos y meritorios, no renuncian a ellos mismos. De este modo su vida espiritual se difiere."

Entrevió el día de su muerte: "Erré el 8 de septiembre y el 15 de agosto: no erraré el 15 de septiembre." No erró, en efecto. El 14 de septiembre, hacia las tres de la tarde, tuvo una crisis súbita que se lo llevó en pocos instantes. Era la hora de primeras vísperas de Nuestra Sra. de los Dolores. Ocho años atrás, el mismo día y casi a la misma hora, firmaba su aceptación del cargo de Provincial. Llegaba exactamente a su término, la última gota del cáliz había sido bebida, todo estaba consumado. En su agenda, esa misma mañana, había escrito esta frase de Santa Teresa del Niño Jesús: "Mi gloria será un reflejo sobre mi frente de la gloria de mi madre."

Sus despojos fueron transportados al pequeño cementerio de Sainte Baume, al pie de la gruta. Había tenido la tentación, quién lo hubiera creído, de pedir otro lugar de retiro y de sepultura. Pero poco tiempo antes de su enfermedad, mientras caminaba por el amplio bosque que había sido el confidente de su aislamiento, de sus despojamientos y de sus gracias, oyó en su interior una voz de reproche: "Eres un ingrato". Que su humilde tumba permanezca en ese lugar santo, como un testimonio de su reconocimiento por todo lo que su alma recibió allí con simplicidad y con fidelidad.

(Publicado por “Cuadernos de Espiritualidad y Teología”, por Fray Armando Diaz OP).

(Imagen: Convento de la Santa Cueva de María Magdalena, Sainte Baume).

Benedicto XVI: Alberto Magno, el científico y el santo

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Queridos hermanos y hermanas,

uno de los más grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno. El título de “grande” (magnus), con el que ha pasado a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro de nuestra época".

Nació en Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas “artes liberales”: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales se unió después con la profesión de los votos religiosos. Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios, el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato Jordán de Sajonia.

Tras la ordenación sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido durante toda la vida.

Le fueron asignadas tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania, donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en su ciudad de adopción. De París llevó consigo a Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás, para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos dos teólogos se estableció una relación de estima y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia Teutoniae – teutónica – de los Padres dominicos, que comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y al ejemplo de santo Domingo.

Sus dotes no se le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni – donde los papas residían con frecuencia – en la misma Roma y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar un nuevo impulso a las actividades caritativas.

En los años 1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.

Murió en la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización, en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho, echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente por la vastedad de sus intereses y de su saber.

Ciertamente, los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método consistía simplemente en la observación, en la descripción y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero así abrió la puerta a trabajos futuros.

Él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia nos habla de la creación como del primer lenguaje a través del cual Dios – que es suma inteligencia, que es Logos – nos revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación (cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso! El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza. Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico Medi, el cual escribió: “Oh, vosotras, misteriosas galaxias ..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella, tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.

Su extraordinaria apertura de mente se revela también en una operación cultural que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón, explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad, su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción elaborada después de modo definitivo por santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos, pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas árabes, había sido interpretada de modo que aparecía, al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana. Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen entre ellas o no?

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto como “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la verdad.

San Alberto Magno fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para su gloria.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]