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Pentecostes.

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SANTO DIA DE PENTECOSTES - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

SANTO DIA DE PENTECOSTES
Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


SANTO DIA DE PENTECOSTES - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

LA VENIDA DEL ESPIRITU SANTO

El gran día que consuma la obra divina en el género humano ha brillado por fin sobre el mundo. "El día de Pentecostés—como dice San Lucas—se ha cumplido". Desde Pascua hemos visto deslizarse siete semanas; he aquí el día que le sigue y hace el número misterioso de cincuenta. Este día es Domingo, consagrado al recuerdo de la creación de la luz y la Resurrección de Cristo; le va a ser impuesto su último carácter, y por él vamos a recibir "la plenitud de Dios".

PENTECOSTÉS JUDÍA. — En el reino de las figuras, el Señor marcó ya la gloria del quincuagésimo día. Israel había tenido, bajo los auspicios del Cordero Pascual, su paso a través de las aguas del mar Rojo. Siete semanas se pasaron en ese desierto que debía conducir a la tierra de Promisión, y el día que sigue a las siete semanas fué aquel en que quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Pentecostés (día cincuenta) fué marcado por la promulgación de los diez mandamientos de la ley divina, y este gran recuerdo quedó en Israel con la conmemoración anual de tal acontecimiento. Pero así como la Pascua, también Pentecostés era profético: debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda Pascua para el rescate del género humano. Para el Hijo de Dios, vencedor de la muerte, la Pascua con todos sus triunfos; y para el Espíritu Santo, Pentecostés, que le vió entrar como legislador en el mundo puesto en adelante bajo la ley.

PENTECOSTÉS CRISTIANA. — Pero ¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés! La primera, sobre los riscos salvajes de Arabia, entre truenos y relámpagos, intimando una ley grabada en dos tablas de piedra; la segunda en Jerusalén, sobre la cual no ha caído aún la maldición, porque hasta ahora contiene las primicias del pueblo nuevo sobre el que debe ejercer su imperio el Espíritu de amor. En este segundo Pentecostés, el cielo no se ensombrece, no se oyen los estampidos de los rayos; los corazones de los hombres no están petrificados de espanto como a la falda del Sinaí; sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y acción de gracias. Se ha apoderado de ellos un fuego divino y este fuego abrasará la tierra entera. Jesús había dicho: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué quiero sino que se encienda!" Ha llegado la hora, y el que en Dios es Amor, la llama eterna e increada, desciende del cielo para cumplir la intención misericordiosa del Emmanuel.

En este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo, Jerusalén está llena de peregrinos, llegados de todas las regiones de la gentilidad, y algo extraño agita a estos hombres hasta el fondo de su corazón. Son judíos venidos para la fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde Israel ha ido a establecer sus sinagogas. Asia, Africa, Roma incluso, suministran todo este contingente. Mezclados con los judíos de pura raza, se ve a paganos a quienes cierto movimiento de piedad ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus prácticas; se les llama Prosélitos. Este pueblo móvil que ha de dispensarse dentro de pocos dias, y a quienes ha traído a Jerusalén sólo el deseo de cumplir la ley, representa,- por la diversidad de idiomas, la confusión de Babel; pero los que le componen están menos influenciados de orgullo y de prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer, no han conocido ni rechazado como estos últimos al Mesías, ni han blasfemado de sus obras, que daban testimonio de él. Si han gritado ante Pilatos con los otros judíos para pedir que el Justo sea crucificado, fué porque fueron arrastrados por el ascendiente de los sacerdotes y magistrados de esta Jerusalén, hacia la cual les había conducido su piedad y docilidad a la ley.

EL SOPLO DEL ESPÍRITU SANTO. — Pero ha llegado la hora, la hora de Tercia, la hora predestinada por toda la eternidad, y el designio de las tres divinas personas, concebido y determinado antes de todos los tiempos, se declara y se cumple. Del mismo modo que el Padre envió a este mundo, a la hora de medianoche, para encarnarse en el seno de María a su propio Hijo, a quien engendra eternamente: así el Padre y el Hijo envían a esta hora de Tercia sobre la Tierra el Espíritu Santo que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin de los tiempos, la misión de formar a la Iglesia esposa y dominio de Cristo, de asistirla y mantenerla y de salvar y santificar las almas.

De repente se oye un viento violento que venia del cielo; rugió fuera y llenó el Cenáculo con su soplo poderoso. Fuera congrega alrededor del edificio que está puesto en la montaña de Sión una turba de habitantes de Jerusalén y extranjeros; dentro, lo conmueve todo, agita a los ciento veinte discípulos del Salvador y muestra que nada le puede resistir. Jesús había dicho de él: "Es un viento que sopla donde quiere y vosotros escucháis resonar su voz"; poder invisible que conmueve hasta los abismos, en las profundidades del mar, y lanza las olas hasta las nubes. En adelante este viento recorrerá la tierra en todos los sentidos, y nada puede sustraerse a su dominio.

LAS LENGUAS DE FUEGO. — Sin embargo, la santa asamblea que estaba completamente absorta en el éxtasis de la espera, conservó la misma actitud. Pasiva al esfuerzo del divino enviado, se abandona a él. Pero el soplo no ha sido más que una preparación para los que están dentro del Cenáculo, y a la vez una llamada para los de fuera. De pronto una lluvia silenciosa se extiende por el interior del edificio, lluvia de fuego, dice la Santa Iglesia, "que arde sin quemar, que luce sin consumir"; unas llamas en forma de lenguas de fuego se colocan sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte discípulos. Es el Espíritu divino que toma posesión de la asamblea en cada uno de sus miembros. La Iglesia ya no está sólo en María; está también en los ciento veinte discípulos. Todos ahora son del Espíritu Santo que ha descendido sobre ellos; se ha comenzado su reino, se ha proclamado y se preparan nuevas conquistas.

Pero admiremos el símbolo con que se obra esta revolución. El que no ha mucho se mostró en el Jordán en la hermosa forma de una paloma aparece ahora en la de fuego. En la esencia divina él es amor; pero el amor no consiste sólo en la dulzura y la ternura, sino que es ardiente como el fuego. Ahora, pues, que el mundo está entregado al Espíritu Santo es necesario que arda, y este incendio no se apagará nunca. ¿Y por qué la forma de lenguas, sino porque la palabra será el medio de propaganda de este incendio divino? Estos ciento veinte discípulos hablarán del Hijo de Dios, hecho hombre y Redentor de todos, del Espíritu Santo que remueve las almas y del Padre celestial que las ama y las adopta; y su palabra será acogida por un gran número. Todos los que la reciban estarán unidos en una misma fe, y la reunión que formen se llamará Iglesia católica, universal, difundida por todos los tiempos y por todos los lugares. Jesús había dicho: "Id, enseñad a todas las naciones." El Espíritu trae del cielo a la tierra la lengua que hará resonar esta palabra y el amor de Dios y de los hombres que la ha de inspirar. Esta lengua y este amor se han difundido en los hombres, y con la ayuda del Espíritu, estos mismos hombres la transmitirán a otros hasta el fin de los siglos.

DON DE LENGUAS. — Sin embargo de eso, parece que un obstáculo sale al paso a esta misión. Desde Babel el lenguaje humano se ha dividido y la palabra de un pueblo no se entiende en el otro. ¿Cómo, pues, la palabra puede ser instrumento de conquista de tantas naciones y cómo puede reunir en una familia tantas razas que se desconocen? No temáis: el Espíritu omnipotente ya lo ha previsto. En esa embriaguez sagrada que inspira a los ciento veinte discípulos les ha conferido el don de entender toda lengua y de hacerse entender ellos mismos. En este mismo instante, en un transporte sublime, tratan de hablar todos los idiomas de la tierra, y la lengua, como su oído, no sólo se prestan sin esfuerzo, sino con deleite a esta plenitud de la palabra que va a establecer de nuevo la comunión de los hombres entre sí. El Espíritu de amor hizo cesar en un momento la separación de Babel, y la fraternidad primitiva reaparece con la unidad de idioma.

¡Cuán hermosa apareces, Iglesia de Dios, al hacerte sensible por la acción divina del Espíritu Santo que obra en ti ilimitadamente! Tú nos recuerdas el magnífico espectáculo que ofrecía la tierra cuando el linaje humano no hablaba más que una sola lengua. Pero esta maravilla no se limitará al día de Pentecostés, ni se reducirá a la vida de aquellos en quienes aparece en este momento. Después de la predicación de los Apóstoles se irá extinguiendo, por no ser necesaria, la forma primera del prodigio; pero tú no cesarás de hablar todas las lenguas hasta el fin de los siglos, porque no te verás limitada a los confines de una sola nación, sino que habitarás todo el mundo. En todas partes se oirá confesar, una misma fe en las diversas lenguas de cada nación, y de este modo el milagro de Pentecostés, renovado y transformado, te acompañará hasta el fin de los siglos y será una de tus características principales. Por esto, San Agustín, hablando a los fieles, dice estas admirables palabras: "La Iglesia, extendida por todos los pueblos, habla todas las lenguas. ¿Qué es la Iglesia sino el cuerpo de Jesucristo? En este cuerpo cada uno de vosotros es un miembro. Si, pues, formáis parte de un miembro que habla todas las lenguas, vosotros también podéis consideraros como participantes en este don"'. Durante los siglos de fe, la Iglesia, única fuente del verdadero progreso de la humanidad, hizo aún más: llegó a reunir en una sola lengua los pueblos que había conquistado. La lengua latina fué durante largo tiempo el lazo de unión del mundo civilizado. A pesar de las distancias, se la podían confiar todas las relaciones existentes entre los diversos pueblos, las comunicaciones de la ciencia y aun los negocios de los particulares; nadie de los que hablaban esta lengua se consideraba extranjero en todo el Occidente. La herejía del siglo XVI emancipó a las naciones de este bien como de tantos otros, Europa, dividida durante largo tiempo, busca, sin encontrarlo, este centro común que únicamente la Iglesia y su lengua podían ofrecerle. Pero volvamos al Cenáculo, cuyas puertas aún no se han abierto, y contemplemos de nuevo las maravillas que en él hace el Espíritu de Dios.

MARÍA EN EL CENÁCULO. — Nuestra mirada se dirige instintivamente hacia María, ahora más que nunca, "la llena de gracia". Podría parecer que después de los dones inmensos prodigados en su concepción inmaculada, después de los tesoros de santidad que derramó en ella la presencia del Verbo encarnado durante los nueve meses que le llevó en su seno, después de los socorros especiales que recibió para obrar y sufrir unida a su Hijo en la obra de la Redención, después de los favores con que Jesús la enriqueció, después de la gloria de la Resurrección, el cielo había agotado la medida de los dones con que podía enriquecer a una simple creatura, por elevada que estuviese en los planes eternos de Dios.

Todo lo contrario. Una nueva misión comienza ahora para María: en este momento nace de ella la Iglesia; María acaba de dar a luz a la Esposa de su Hijo y nuevas obligaciones la reclaman. Jesús solo ha partido para el cielo; la ha dejado sobre la tierra para que inunde con sus cuidados maternales este su tierno fruto. ¡Qué emocionante y qué gloriosa es la infancia de nuestra amada Iglesia, recibida en los brazos de María, alimentada por ella, sostenida por ella desde los primeros pasos de su carrera en este mundo! Necesita, pues, la nueva Eva la verdadera "Madre de los vivientes", un nuevo aumento de gracias para responder a esta misión; por eso es el objeto primario de los favores del Espíritu Santo.

El fué quien la fecundó en otro tiempo para que fuese la madre del Hijo de Dios; en este momento la hace Madre de los cristianos. "El río de la gracia, como dice David, inunda con sus aguas a esta Ciudad de Dios que la recibe con regocijo"; el Espíritu de amor cumple hoy el Oráculo de Cristo al morir sobre la Cruz. Había dicho señalando al hombre: "Mujer, he ahí a tu Hijo"; ha llegado el tiempo y María ha recibido con una plenitud maravillosa esta gracia maternal que comienza a ejercer desde hoy y que la acompañará aún sobre su trono de reina hasta que la Iglesia se haya desarrollado suficientemente y ella pueda abandonar esta tierra, subir al cielo y ceñir la diadema esperada.

Contemplemos la nueva belleza que aparece en el rostro de quien el Señor ha dotado de una segunda maternidad: esta belleza es la obra maestra que realiza en este día el Espíritu Santo. Un fuego celeste abrasa a María y un nuevo amor se enciende en su corazón: se halla por entero ocupada en la misión para la cual ha quedado sobre la tierra. La gracia apostólica ha descendido sobre ella. La lengua de fuego que ha recibido no hablará en predicaciones públicas; pero hablará a los apóstoles, les guiará y les consolará en sus fatigas. Se expresará con tanta dulzura como fuerza al oído de los fieles que sentirán una atracción irresistible hacia aquella a quien el Señor ha colmado de sus gracias. Como una leche generosa, dará a los primeros fieles de la Iglesia la fortaleza que les hará triunfar en los asaltos del enemigo, y arrancándose de su lado, irá Esteban a abrir la noble carrera de los mártires.

LOS APÓSTOLES. — Consideremos ahora al colegio apostólico. ¿Qué ha sucedido después de la venida del Espíritu Santo a estos hombres a quienes encontrábamos ya tan diferentes de sí mismos después de las relaciones tenidas durante cuarenta días con su Maestro? ¿No sentís que han sido transformados, que un ardor divino les arrebata y que dentro de breves instantes se lanzarán a la conquista del mundo? Ya se ha cumplido en ellos todo lo que les había anunciado su Maestro; realmente, ha descendido sobre ellos el poder del Altísimo a armarlos para el combate. ¿Dónde están los que temblaban ante los enemigos de Jesús, los que dudaban en su resurrección? La verdad que les ha predicado su maestro aparece clara a su inteligencia; ven todo, comprenden todo. El Espíritu Santo les ha infundido la fe en el grado más sublime y arden en deseos de derramar esta fe por el mundo entero. Lejos de temer, en adelante están dispuestos a afrontar todos los peligros predicando a todas las naciones el nombre y la gloria de Cristo, como él se lo había mandado.

LOS DISCÍPULOS. — En segundo plano aparecen los discípulos, menos favorecidos en esta visita que los doce príncipes del colegio apostólico, pero inflamados como ellos del mismo fuego: también ellos se lanzarán a conquistar el mundo y fundarán numerosas cristiandades. El grupo de las santas mujeres también ha sentido la venida de Dios manifestada bajo la forma de fuego. El amor que las detuvo al pie de la cruz de Jesús y que las condujo las primeras al sepulcro la mañana de Pascua, ha aumentado con nuevo fervor. La lengua de fuego que se ha posado sobre ellas las hará elocuentes para hablar de su Maestro a los judíos y gentiles.

LOS JUDÍOS. — La turba de los judíos que oyó el ruido que anunciaba la venida del Espíritu Santo se reunió ante el Cenáculo. El mismo Espíritu que obra en lo íntimo de la conciencia tan maravillosamente les obliga a rodear esta casa que contiene en sus muros a la Iglesia que acaba de nacer. Resuenan sus clamores y pronto el celo de los apóstoles no puede contenerse en tan estrechos límites. En un momento el colegio apostólico se lanza a la puerta del Cenáculo para poderse comunicar con una multitud ansiosa por conocer el nuevo prodigio que acaba de hacer el Dios de Israel.

Pero he aquí que esa multitud compuesta de gente de todas las nacionalidades que espera oír hablar a galileos se queda estupefacta. No han hecho más que expresarse en palabras inarticuladas y confusas y cada uno les oye hablar en su propio idioma. El símbolo de la unidad aparece ahora en toda su magnificencia. La Iglesia cristiana se ha manifestado a todas las naciones representdas en esta multitud. Esta Iglesia será una; porque Dios ha roto las barreras que en otro tiempo puso, en su justicia, para separar a las naciones. He aquí los mensajeros de Cristo; están dispuestos para ir a predicar el evangelio por todo el mundo.

Entre los de la turba hay algunos que, insensibles al prodigio, se escandalizan de la embriaguez divina que ven en los Apóstoles: "Estos hombres, dicen, se han saturado de vino." Tal es el lenguaje del racionalismo que todo lo quiere explicar a las luces de la razón humana. Con todo eso los pretendidos embriagados de hoy verán postrados a sus pies a todos los pueblos del mundo, y con su embriaguez comunicarán a todas las razas del linaje humano el Espíritu que ellos poseen. Los Apóstoles creen llegado el momento; hay que proclamar el nuevo Pentecostés en el día aniversario del primero. ¿Pero quién será el Moisés que proclame la ley de la misericordia y del amor que reemplaza la ley de la justicia y del temor? El divino Emmanuel ya antes de subir al cielo le había designado: será Pedro, el fundamento de la Iglesia. Ya es hora de que toda esa multitud le vea y le escuche; va a formarse el rebaño, pero es necesario que se muestre el pastor. Escuchemos al Espíritu Santo, que va a expresarse por su principal instrumento, en presencia de esta multitud asombrada y silenciosa; todas las palabras que profiere el Apóstol, aunque habla solamente una lengua, la escuchan sus oyentes de cualquier idioma o país que sean. Solamente este discurso es una prueba inequívoca de la verdad y divinidad de la nueva ley.

EL DISCURSO DE PEDRO. — "Varones judíos, exclamó, y habitantes todos de Jerusalén, oíd y prestad atención a mis palabras. No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora de Tercia, y esto es lo que predijo el profeta Joél: "Y sucederá en los últimos días, dice, el Señor, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu y profetizarán." Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por El en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, entregado según los designios de la presciencia de Dios, le alzasteis en la cruz y le disteis muerte por mano de infieles. Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, le resucitó, por cuanto no era posible que fuese dominado por ella, pues David dice de El: "Mi carne reposará en la esperanza, porque no permitirás que tu Santo experimente la corrupción del sepulcro." David no hablaba de sí propio, puesto que murió y su sepulcro permanece aún entre nosotros; anunciaba la resurrección de Cristo, el cual no ha quedado en el sepulcro ni su carne ha conocido la corrupción. A este Jesús le resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo derramó sobre toda la tierra, como vosotros mismos veis y oís. Tened, pues, por cierto hijos de Israel que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado"'.

Así concluyó la promulgación de la nueva ley por boca del nuevo Moisés. ¿No habrían de recibir las gentes el don inestimable de este segundo Pentecostés, que disipaba las sombras del antiguo y que realizaba en este gran dia las divinas realidades? Dios se revelaba y, como siempre, lo hacía con un milagro. Pedro recuerda los prodigios con que Jesús daba testimonio de sí mismo, de los cuales no hizo caso la Sinagoga. Anuncia la venida del Espíritu Santo, y como prueba alega el prodigio inaudito que sus oyentes tienen ante sus ojos, en el don de lenguas concedido a todos los habitantes del Cenáculo.

LAS PRIMERAS CONVERSIONES. — El Espíritu Santo que se cernía sobre la multitud continúa su obra, fecundando con su acción divina el corazón de aquellos predestinados. La fe nace y se desarrolla en un momento en estos discípulos del Sinaí que se habían reunido de todos los rincones del mundo para una Pascua y un Pentecostés que en adelante serán estériles. Llenos de miedo y de dolor por haber pedido la muerte del Justo, cuya resurrección y ascensión acaban de confesar, estos judíos de todo el mundo exclaman ante Pedro y sus compañeros: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?" ¡Admirable disposición para recibir la fe!: el deseo de creer y la resolución firme de conformar sus obras con lo que crean. Pedro continúa su discurso: "Haced penitencia, les dice, y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo, y también vosotros participaréis de los dones del Espíritu Santo. A vosotros se os hizo la promesa y también a los gentiles; en una palabra: a todos aquellos a quienes llama el Señor."

Con cada una de las palabras del nuevo Moisés se va borrando el antiguo Pentecostés, y el Pentecostés cristiano brilla cada vez con una luz más espléndida. El reino del Espíritu Santo se ha inaugurado en Jerusalén ante el templo que está condenado a derrumbarse sobre sí mismo. Pedro habló más; pero el libro de los Hechos no recoge más que estas palabras que resonaron como el último llamamiento a la salvación: "Salvaos, hijos de Israel, salvaos de esta generación perversa." En efecto, tenían que romper con los suyos, merecer por el sacrificio la gracia del nuevo Pentecostés, pasar de la Sinagoga a la Iglesia. Más de una lucha tuvieron que soportar en sus corazones; pero el triunfo del Espíritu Santo fué completo en este primer día. Tres mil personas se declararon discípulos de Jesús y fueron marcados con el sello de la divina adopción.

¡Oh Iglesia del Dios vivo, qué hermosos son tus progresos con el soplo del Espíritu divino! En primer lugar has residido en la inmaculada Virgen María, la llena de gracia y Madre de Dios; tu segundo paso te dota de ciento veinte discípulos, y he aquí que en el tercero son tres mil los elegidos, nuestros padres en la fe, abandonarán pronto Jerusalén, que, cuando vayan a sus países, serán las primicias del nuevo pueblo Mañana hablará Pedro en el mismo templo y a su voz se proclamarán discípulos de Jesús más de cinco mil personas. Salve, oh Iglesia de Cristo, la noble última y creación del Espíritu Santo, que militas aquí en la tierra, al mismo tiempo que triunfas en el cielo.

¡Oh Pentecostés, día sagrado de nuestro nacimiento, tú abres con gloria la serie de siglos que recorrerá la Esposa de Cristo! Tú nos comunicas el Espíritu de Dios que viene a escribir la ley que regirá a los discípulos de Jesús, no sobre la piedra, sino sobre los corazones. ¡Oh Pentecostés promulgado en Jerusalén!, pero qué pronto extenderás tus beneficios a los pueblos de la gentilidad, tú vienes a cumplir las esperanzas que despertó en nosotros el misterio de Epifanía. Los magos venían de Oriente y nosotros les seguimos a la cuna del Niño Jesús, pero sabíamos que también llegaría nuestro día. Tu gracia, Espíritu Santo, los había empujado hacia Belén; pero en este Pentecostés que proclama tu imperio con tanta energía, tú nos llamas a todos; la estrella se ha transformado en lenguas de fuego y la faz de la tierra se renovará. Haz que nuestro corazón conserve los dones que nos has traído, estos dones que nos han destinado el Padre y el Hijo que te enviaron.

EL MISTERIO DE PENTECOSTÉS. — No es extraño que la Iglesia haya dado tanta importancia al misterio de Pentecostés como al de Pascua, dada la importancia de que goza en la economía del cristianismo. La Pascua es el rescate del hombre por la victoria de Cristo; en Pentecostés el Espíritu Santo toma posesión del hombre rescatado; la Ascensión es el misterio intermediario. Por una parte, consuma ésta el misterio de Pascua, constituyendo al Hombre-Dios vencedor de la muerte y cabeza de sus fieles, a la diestra de Dios Padre; por otra, determina el envío del Espíritu Santo sobre la tierra.

Este envío no podía realizarse antes de la glorificación de Jesucristo, como nos dice San Juan, y numerosas razones alegadas por los Santos Padres nos ayudan a comprenderlo. El Hijo de quien, en unión con el Padre, procede el Espíritu Santo en la esencia divina, debía enviar personalmente también a este mismo Espíritu sobre la tierra. La misión exterior de una de las divinas personas no es más que la consecuencia y manifestación de la producción misteriosa y eterna que se efectúa en el seno de la divinidad. Así, pues, al Padre no le envían ni el Hijo ni el Espíritu Santo, porque no procede de ellos. Al Hijo le envía el Padre, porque éste le engendra desde la eternidad. El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, porque éste procede de ambos. Pero, para que la misión del Espíritu Santo sirviese para dar mayor gloria al Hijo, no podía realizarse antes de la entronización del Verbo encarnado en la diestra de Dios; además era en extremo glorioso para la naturaleza humana que, en el momento de ejecutarse esta misión, estuviese indisolublemente unido a la naturaleza divina en la persona del Hijo de Dios, de modo que se pudiese decir con verdad que el Hombre-Dios envió al Espíritu Santo sobre la tierra.

No se debía dar esta augusta misión al Espíritu Santo hasta que no se hubiese ocultado a los ojos de los hombres la humanidad de Jesús. Como hemos dicho, era necesario que los ojos y el corazón de los fieles siguiesen al divino ausente con un amor más puro y totalmente espiritual. Ahora bien, ¿a quién sino al Espíritu Santo correspondía traer a los hombres este amor nuevo, puesto que es el lazo que une en un amor eterno al Padre y al Hijo? Este Espíritu que abraza y une se llama en las Sagradas Escrituras "el don de Dios"; éste es quien nos envían hoy el Padre y el Hijo. Recordemos lo que dijo Jesús a la Samaritana junto al pozo de Sícar: "Si conocieses el don Dios" Aún no había bajado, hasta entonces no se había manifestado más que por algunos dones parciales. A partir de este momento una inundación de fuego cubre toda la tierra: el Espíritu Santo anima todo, obra en todos los lugares. Nosotros conocemos el don de Dios; no tenemos más que aceptarle y abrirle las puertas de nuestro corazón para que penetre como en el corazón de los tres mil que se han convertido por el sermón de San Pedro.

Considerad en qué época del año viene el Espíritu Santo a tomar posesión de su reino. Hemos visto cómo el Sol de justicia se levantaba tímidamente de entre las tinieblas del solsticio de invierno para llegar lentamente a su cénit. En un sublime contraste, el Espíritu del Padre y del Hijo busca otras armonías. Es fuego y fuego que consume; por eso aparece en el mundo cuando el sol brilla con todo su esplendor, cuando este astro contempla cubierta de flores y de frutos a la tierra que acaricia con sus rayos.

Acojamos el calor vivificante del Espíritu de Dios y pidámosle que su calor no se extinga en nosotros. En este momento del Año Litúrgico estamos en plena posesión de la verdad por el Verbo encarnado; procuremos conservar fielmente el amor que nos trae el Espíritu Santo.

LITURGIA DE PENTECOSTÉS. — Fundado sobre un pasado de cuatro mil años de figuras, el Pentecostés cristiano, el verdadero Pentecostés, es una de las fiestas que fundaron los mismos Apóstoles. Hemos visto cómo en la antigüedad, al igual de la Pascua, tenía el honor de conducir los catecúmenos a las fuentes bautismales. Su octava, como la de Pascua, no pasa del sábado por la misma razón. El bautismo se administraba en la noche del sábado al domingo, y para los neófitos comenzaba esta fiesta con la ceremonia del bautismo. Como los que eran bautizados en Pascua vestían túnicas blancas y las deponían el sábado siguiente, que se consideraba como el día octavo.

En la Edad Media se dió a la fiesta de Pentecostés el nombre de Pascua de las rosas; ya hemos visto cómo se puso el nombre de Domingo de las rosas a la dominica infraoctava de la Ascensión.

El color rojo de la rosa y su perfume recordaban a nuestros padres las lenguas de fuego que descendieron en el Cenáculo sobre los ciento veinte discípulos, como los pétalos deshojados de la rosa divina que derramaba el amor y la plenitud de la gracia sobre la Iglesia naciente.

Esto es lo que nos recuerda la Liturgia al escoger el color rojo durante toda su octava. Durando de Mende, en su Racional tan precioso para conocer los usos litúrgicos de aquel tiempo, nos dice que durante el siglo XIII en nuestras iglesias se soltaban algunas palomas durante la misa, las cuales revoloteaban sobre los ñeles en recuerdo de la primera manifestación del Espíritu Santo en el Jordán, y además se arrojaban desde la bóveda estopa encendida y rosas en recuerdo de su segunda manifestación en el Cenáculo.

En Roma, la estación tenía lugar en la Basílica de San Pedro. Justo era que la Iglesia honrase al príncipe de los apóstoles, cuya elocuencia trajo a la Iglesia tres mil discípulos.

TERCIA

La Iglesia celebra hoy Tercia con solemnidad especial, con el fin de ponernos en comunicación más íntima con los dichosos habitantes del Cenáculo. Incluso escogió esta hora para celebrar durante ella el santo sacrificio, al cual preside el Espíritu Santo con todo el poder de su operación. Esta hora, que corresponde a las nueve de la mañana según nuestro modo de contar, se caracteriza, además, por una invocación al Espíritu Santo formulada en el Himno de San Ambrosio; pero hoy no es el Himno ordinario el que dirige la Iglesia al Paráclito. Es el cántico Veni Creator que nos ha legado el siglo IX y que compuso, según la tradicción, el mismo Carlomagno.

El pensamiento de enriquecer el oficio de Tercia en el día de Pentecostés pertenece a San Hugo, abad de Cluny, que vivió en el siglo XI; práctica que incluso la Iglesia romana la ha aceptado en su Liturgia. De aquí viene que, aun en las iglesias en las cuales no se celebra el oficio canónico, se canta al menos el Veni Creator antes de la misa de Pentecostés.

En esta hora tan solemne se recoge el pueblo fiel entre los acordes inspirados de este himno tan tierno al mismo tiempo que impresionante; adora y llama al Espíritu de Dios. En este momento, se cierne sobre todos los templos cristianos y desciende sobre el corazón de aquellos que le esperan con fervor. Digámosle que necesitamos de su presencia, y pidámosle que permanezca en nuestro corazón para no alejarse jamás de él. Mostrémosle nuestra alma sellada con su carácter indeleble en el Bautismo y Confirmación; roguémosle que cuide de su obra. Somos suyos. Dígnese El hacer en nosotros lo que le pedimos, pero que nuestros labios lo digan con sinceridad, y acordémonos que para recibir y conservar el Espíritu de Dios hay que renunciar al mundo, porque Jesús ha dicho: "No podéis servir a dos señores" 

La Sagrada Familia. Fr. M.-M. Philipon OP.

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La santidad más sublime que contempló la Trinidad sobre la tierra tuvo por marco exterior la vida tranquila y necesitada de un hogar obrero.
El oficio de padre en él es ejercido por un hombre “justo”, que ama a su Dios, a su esposa y a su hijo adoptivo. Ningún boato en esta vida modesta. Ese hombre se asemeja a todos los hombres de Galilea, su alma excede en pureza y esplendor. Es el servidor fiel. Su amor a Dios sobrepuja incomparablemente al de los serafines y al de todos los bienaventurados. Su santidad gira alrededor del orden hipostático, y sin alcanzarlo por sí mismo, con él se relaciona familiarmente por sus funciones de padre junto al Hijo Unigénito de Dios. Es el Esposo legítimo de la Madre del Verbo encarnado; y, después de Ella, ninguna creatura acercose tanto como él a la intimidad de Dios. Se llama José. Entre los hombres de su pueblo que viven todo el día con él, nadie conoce su historia ni su origen real. ¡Qué importa! Lo conoce Dios, eso basta. El Padre eterno le ha confiado a su Hijo y a la Madre de su Hijo. Su patronato extenderáse más tarde a toda la Iglesia, a todo el cuerpo místico de Cristo. No es todavía la hora de la gloria, sino del trabajo, de la oscuridad, del silencio de Nazaret.
Junto a él, una mujer que es la Madre. Su nombre es María. En Ella todo es virginal y maternal. Es la Inmaculada, la perfecta Virgen, aquella cuya deslumbrante pureza ha prendado el corazón de Dios y a quien el Padre ha elegido desde toda la eternidad para ser la Madre de su Hijo. Nada en el mundo de la gracia y de la gloria, iguala la dignidad de esta maternidad divina, que la introduce por su término en el interior mismo del orden hipostásico. Por esta maternidad, toca al Verbo en persona, ese Verbo encarnado que ha surgido de su seno. Un misterio tal la arrebata hasta el secreto de la Vida Trinitaria: Hija privilegiada del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo.
Dios la ha colmado de una plenitud tal de gracia, que su santidad deja muy por debajo de Ella a todos los ángeles y santos reunidos. Constituye, por decirlo así, Ella sola un mundo aparte. Si la fe no nos asegurase que es una creatura como nosotros, estaríamos tentados a ir a buscarla más cerca de su Hijo que del resto de los hombres. Alcanza por su maternidad divina las más lejanas fronteras de la divinidad: es todopoderosa ante su Hijo y tiene libre acceso junto a la Trinidad.
Al verla en su humilde casa, nada permite adivinar su supereminente grandeza a los ojos de Dios. Lleva la vida más común, semejante en todo a la de las otras mujeres de Nazaret. Ni éxtasis, ni milagros; sino modestia, sencillez, una actitud de Caridad siempre atenta a las necesidades de los demás como en Caná, urgida en prestar servicio a su prima Isabel y a todos sus vecinos. Cuando las niñas y las mujeres del pueblo se encuentran con “Myriam”, camino Ella también de la fuente en busca de agua para los menesteres de la casa, sonríenle al pasar, sin sospechar que acaban de saludar a la omnipotente Madre de Dios y de los hombres, a la Corredentora del mundo, a la Madre del Verbo encarnado, a la Reina de los ángeles y de todos los santos.
Junto a José y a María, hay un Hijo que se llama Jesús. Ha crecido, mezclado con todos los niños de la aldea. Su vida se asemeja exactamente a la de los otros habitantes de Nazaret. Como ellos, gana su pan cotidiano con el sudor de su frente. Sus manos están callosas, pero su alma es recta. Asiste regularmente a las ceremonias religiosas de la sinagoga. Es servicial con todos. Jamás fue visto en trance de pecado. Cuando por vez primera, un sábado, se adelantó para tomar el rollo de Isaías y comentarlo con autoridad en medio de sus conciudadanos, no pudieron éstos ocultar su asombro: “¿De dónde le viene tal sabiduría? ¿No es acaso el obrero que conocemos muy bien, el hijo de María, cuyos parientes viven entre nosotros?” (Mc VI, 2-3).
Tal fue el misterio del Verbo encarnado. ¿Quién hubiera podido sospechar en este hombre de Galilea, en este oscuro trabajador, al Verbo Creador igual a su Padre, Obrero omnipotente de la redención de los hombres, Juez supremo de los vivos y de los muertos, Dueño de la historia, verdadero Dios del universo?
Se comprende por qué la Iglesia ha querido presentar a los hombres el hogar de Nazaret como modelo de toda vida de familia. El trabajo, la plegaria, las alegrías de la intimidad de las almas y la abnegación por el prójimo, la presencia continua de Cristo en el hogar, en fin, Dios ocupando verdaderamente el primer lugar y animando todo con su amor: tal fue la vida de la Sagrada Familia de Nazaret.
¿Dónde podrían los cristianos encontrar un modelo más perfecto y más accesible para su vida familiar? Cada uno cumple allí su deber sencilla y fielmente. Sucédense en él los días apacibles y gozosos en la presencia de Cristo y en la paz de Dios. Pues verdaderamente Cristo es el centro de esta vida de Nazaret: es Él quien atrae todas las miradas e inspira todas las decisiones. Nada extraordinario, pero todo se hace por Él, con Él y en Él para la gloria del Padre y la redención del mundo.
Así debería vivir toda familia que se encamina a Dios: el padre y la madre, con el afán de “formar a Cristo” en el alma de sus hijos; éstos, a su vez, “sometidos” como Jesús a la autoridad de sus padres. Mañana, cuando hayan crecido, a ellos también les espera una obra de redención.
(Del capítulo sobre el Sacramento del Matrimonio de “La Vida Cristiana y los Sacramentos”, por Fr. M.-M. Philipon OP).
(Imagen: Detalle de un vitreaux de Notre Dame de Paris. Foto de Fr Lawrence Lew OP).

DIAKONIA LES DESEA UNA FELIZ NAVIDAD.

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El Verbo se hizo carne y nació de María

Escribe fray Luis:

 "Entre todos los pasos y misterios de la vida santísima del Salvador, uno de los más dulces y más devotos y más llenos de maravillas y doctrinas es este de su glorioso nacimiento. En este dia, dice la Iglesia, los cielos están destilando gotas de miel por todo el mundo, y en este día nos amaneció el día de la redención nueva, de la reparación antigua y de la felicidad eterna.

Salid, pues, ahora, hijas de Sión... Salid,   ¡oh almas devotas y amadoras de Cristo!, salid ahora, con el espíritu, de todos los cuidados y negocios del mundo y, recogidos en uno todos vuestros pensamientos y sentidos, poneos a contemplar el verdadero Salomón, pacificador de los cielos y la tierra...."

"Almas devotas, venid a ver al Hijo de Dios, no en el seno del Padre, sino en los brazos de la Madre; no entre los coros de los ángeles, sino entre unos viles animales; no sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, sino reclinado en un pesebre de bestias; no tronando ni relampagueando en el cielo, sino llorando y temblando de frío de un portal...  Este es el día de la alegría secreta de su corazón, cuando, llorando por de fuera como niño pequeñito, se alegraba de dentro por nuestro remedio como verdadero Redentor.

Pues en este día tan glorioso y de tanta virtud... se cumplieron los días del parto de la Virgen, y llegó aquella hora tan deseada de todas las gentes, tan prometida en todos los tiempos, tan cantada y celebrada en todas las Escrituras divinas. Llegó aquella hora de la cual pendía la salud del mundo, el reparo del cielo, la victoria del demonio, el triunfo de la muerte y del pecado, por la cual lloraban y suspiraban los gemidos y destierro de todos los santos.

En la media noche, muy más clara que el mediodía, cuando todas las cosas estaban en silencio y gozaban del sosiego y reposo de la noche quieta, y en esta hora tan dichosa, sale de las entrañas virginales a este nuevo mundo el unigénito Hijo de Dios...."

 "En esta dichosa hora, la omnipotente Palabra de Dios, habiendo  descendido de las sillas reales del cielo a este lugar de nuestras miserias, apareció vestido de nuestra carne y acompañado de todas nuestras bajezas y flaquezas, excepto las de ignorancia y malicia, con que nacemos los otros hombres...

Vedle aquí, pues, con principio, a quien era sin principio. Ved hecho al que es hacedor de todas las cosas, que sabe ya de bien y de mal, que sabe de llorar, sabe de penas, 
sabe de lágrimas, sabe de trabajos. De todo sabe, y no poco, sino mucho.., pues él es varón de dolores y que sabe de enfermedades"


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"Salido el santo niño a esta luz, la Virgen lo acostó en pesebre, porque no había otro lugar en aquel mesón (Lc 2,7).. ¿Quién no se espantará de ver al Señor de todo lo criado acostado en un pesebre de bestias..? ¿Cómo se trocó el templo por el establo? ¿Cómo se mudó el cielo por el pesebre? Creo cierto que cuando los santos, algunas veces en la contemplación, salían de sí y quedaban enajenados y transportados en Dios, era considerando esta tan grande maravilla y esta tan grande muestra de la divina bondad y caridad...

Pues hasta aquí llegó la bondad y la misericordia y el amor de Dios para con los hombres, a hacer tales cosas por ellos, que aquellos mismos por quien las hacía las tuviesen por locura. Elegantemente dijo un sabio que amar y tener seso apenas se concede a Dios. Porque así vemos aquí a Dios, ya salido de sí y transformado en el hombre, tomando lo que no era, sin dejar de ser lo que era, por la grandeza del amor".

"Perseverando más  en la consideración de este             sagrado pesebre, hallarás en él motivos no sólo para el conocimiento de aquella soberana bondad y amor de Dios, sino también para toda virtud.

Aquí aprenderás humildad de corazón, 
aquí menosprecio del mundo, 
aquí aspereza de cuerpo 
y aquí aquella desnudez y pobreza de espíritu tan celebrada en el Evangelio.

Sabía muy bien este médico y maestro del cielo cuánta paz e inocencia mora en la casa del pobre de espíritu, y cuántas guerras y desasosiegos y cuidados trae consigo el desordenado amor de las riquezas.

Por esto, luego, desde la cuna del pesebre, como de una cátedra celestial, la primera lección que leyó y la primera voz que dio fue condenando la codicia, raíz de todos los males, y engrandeciendo la pobreza de espíritu y la humildad, fuente de todos los bienes".

"¡Oh dichosa casa, ¡Oh establo más glorioso que todos los palacios de los reyes, donde Dios asentó la cátedra de la filosofía del cielo, donde la palabra de Dios, enmudecida, tanto más claramente habla cuanto más calladamente nos avisa!

Mira, pues, hermano, si quieres ser verdadero filósofo, no te apartes de este establo, donde la Palabra de Dios, callando, llora, pues este lloro es más dulce que toda la elocuencia de Tulio y aun que la música de todos los ángeles del cielo".

Fray Luis de Granada, O.P.

El día de Cristo

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Ese “día de Cristo”, al cual remite San Pablo con intrepidez como al supremo triunfo del Maestro, dominaba el pensamiento de los primeros cristianos. Vivían ellos en esta espera del retorno del Señor. Porque, Cristo debía volver, ya no de ¡una manera oscura y en la pasibilidad de la carne, sino en todo el brillo de su gloria de Hijo de Dios “con gran poder y majestad”(1).

Entonces las naciones verán con terror “Aquel que atravesaron”(2). Día de cólera, “dies irae” en el que su Justicia aplastará a sus enemigos para siempre. “Los pueblos, espantados, verán aparecer al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo”(3) para “juzgar a los vivos y a los muertos”(4) Surgirá de una manera fulminante sin que las naciones, ocupadas en gozar, esperen su venida, a pesar de las señales precursoras que darán la voz de alerta a los buenos. “Como el relámpago sale del Oriente y se deja ver basta el Occidente, así también será el advenimiento del Hijo del hombre”(5). Los malos se secarán de pavor mientras los justos, los benditos de su Padre, exultarán, al verle, con gozo inenarrable. Cada uno será juzgado según sus obras con perfecta equidad. Nada de favoritismo, nada de clandestinidad: nada oculto que no sea descubierto. Todos los secretos brillarán a plena luz. Ese novelista perverso que había envenenado varias generaciones experimentará por ello una vergüenza pública. Ese rey libertino se convulsionará de terror frente a sus responsabilidades. Por el contrario, los santos, los grandes bienhechores de la humanidad asistirán reconocidos a la divulgación de, su benéfica influencia ejercida sobre todos. Esa madre, de vida de penurias y oscuridad, que prolongaba sus vigilias para alimentar y vestir a sus numerosos hijos, brillará con incomparable esplendor a la vista de toda la Iglesia: ¡es la madre de un santo! Los esfuerzos incomprendidos. los sacrificios ocultos, las virtudes silenciosas, los heroísmos no apreciados, todo, aparecerá en la irradiación de la gloria de Cristo que resultará ser quien los ha animado. Hasta un mínimo vaso de agua dado, en nombre de Cristo, al más pequeño de los suyos, recibirá su recompensa en presencia de todos los ángeles, de todos los santos, de la Madre de Cristo, de las Tres Personas de la Trinidad.

La pureza de las vírgenes, la ciencia de los doctores, la fuerza de los mártires, las tareas más humildes llevadas a cabo por su amor, todo brillará para gloria de los elegidos, para gloria de Cristo, para gloria de la Trinidad. La justicia divina, en fin, será restablecida, todas las iniquidades serán irrevocablemente castigadas. Por sobre todo la Misericordia divina resplandecerá en todos los elegidos. Cada uno leerá, a plena luz, en el libro de la vida, sus propios actos y los de los otros hombres. Todo el juego, en apariencia inextricable, de las causas segundas en el curso del largo desenvolvimiento de los siglos, revelará sus secretos con irresistible claridad. Cada uno verá sus responsabilidades, sus gracias, sus deficiencias, su influencia, su lugar en el conjunto del cuerpo místico de Cristo y en el universo.

Con una gratitud sin límites, bendeciremos todas esas manos fraternales que se nos tendió en una hora, en un minuto de nuestra existencia, en los que, sin ellas, todo hubiérase perdido. Diremos a todos un “gracias” eterno. iOh maravilla! Ya no nos avergonzaremos de muestras faltas; las dejaremos que eternamente glorifiquen las misericordias del Señor: “Misericordias Domini in aeternum cantabo”(6).

(1) Mt 24, 30
(2) Ap 1, 7
(3) Cf. Mt 24, 30. Mc 13, 26
(4) 2 Tim 4, 1. 1 Pe 4, 5
(5) Mt 24, 27
(6) Sal 88, 2
(Del “Sentido de lo Eterno” de Fr M. M. Philipon OP).
(Imagen: Detalle de la pared oeste de la Sainte Chapelle de París).

Benedicto XVI: Alberto Magno, el científico y el santo

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Queridos hermanos y hermanas,

uno de los más grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno. El título de “grande” (magnus), con el que ha pasado a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro de nuestra época".

Nació en Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas “artes liberales”: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales se unió después con la profesión de los votos religiosos. Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios, el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato Jordán de Sajonia.

Tras la ordenación sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido durante toda la vida.

Le fueron asignadas tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania, donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en su ciudad de adopción. De París llevó consigo a Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás, para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos dos teólogos se estableció una relación de estima y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia Teutoniae – teutónica – de los Padres dominicos, que comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y al ejemplo de santo Domingo.

Sus dotes no se le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni – donde los papas residían con frecuencia – en la misma Roma y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar un nuevo impulso a las actividades caritativas.

En los años 1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.

Murió en la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización, en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho, echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente por la vastedad de sus intereses y de su saber.

Ciertamente, los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método consistía simplemente en la observación, en la descripción y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero así abrió la puerta a trabajos futuros.

Él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia nos habla de la creación como del primer lenguaje a través del cual Dios – que es suma inteligencia, que es Logos – nos revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación (cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso! El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza. Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico Medi, el cual escribió: “Oh, vosotras, misteriosas galaxias ..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella, tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.

Su extraordinaria apertura de mente se revela también en una operación cultural que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón, explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad, su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción elaborada después de modo definitivo por santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos, pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas árabes, había sido interpretada de modo que aparecía, al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana. Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen entre ellas o no?

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto como “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la verdad.

San Alberto Magno fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para su gloria.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Teresa de Lisieux: una mística excepcional

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Fiel discípula de S. Teresa de Jesús, quien dijo: "En cuanto a deseos, siempre los tuve grandes", Teresita quería ser guerrero, sacerdote, apóstol, profeta, mártir, doctor. Quería tener todas las vocaciones, pero ninguna de ellas la satisfacía, porque sus deseos eran más...

El primero de octubre es la fiesta de Santa Teresita, religiosa carmelita francesa (1873-1897), doctora de la Iglesia. Simplificó así su vida: "En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor".

A los diecisiete años su alimento espiritual fue san Juan de la Cruz. Luego se nutrió de la Biblia y la Imitación de Cristo. Y por fin, encontró en los evangelios "luces nuevas y misteriosas" que en cada momento le daban la respuesta necesitada.

Con todo, su instinto finísimo la ubica admirablemente. "Comprendo y sé muy bien por experiencia que el reino de los cielos está dentro de nosotros. Jesús, el doctor de los doctores, no necesita de libros ni de maestros para instruir a las almas. Él enseña sin ruido de palabras".

Esta confesión autobiográfica es la expresión perfecta del místico: ser siempre amaestrada por Dios, en cuya escuela se matriculó como discípula aventajadísima.

Mística, en su versatilidad semántica, significa ante todo amor, la vocación de todas las cosas, criaturas de amor, por ser fruto del amor divino.

Fiel discípula de S. Teresa de Jesús, quien dijo: "En cuanto a deseos, siempre los tuve grandes", Teresita quería ser guerrero, sacerdote, apóstol, profeta, mártir, doctor. Quería tener todas las vocaciones, pero ninguna de ellas la satisfacía, porque sus deseos "eran más grandes que el universo".

Al fin lee a S. Pablo: "Ambicionen los carismas mejores, y aún les voy a mostrar un camino más excelente, el del amor". Entonces, "al borde de mi alegría delirante, exclamó: "¡Jesús. Amor mío… mi vocación es el amor! He encontrado mi puesto en la Iglesia, y eres tú, Dios mío, quien me lo ha dado".

Sentido perfecto de la mística, y por eso a Teresita le encantaba S. Juan de la Cruz, que sintetiza todo en este verso: "Que ya sólo en amar es mi ejercicio", acompañado de estos otros dos versos: "sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía".

Teresita escribió sus recuerdos de infancia, fascinantes, en un libro que vive dando la vuelta al mundo: "Historia de un alma". En él cuenta su primera comunión. "Aquel día no fue una mirada, fue una fusión. Teresa había desaparecido, sólo quedaba Jesús, como la gota de agua que se pierde en el seno del océano". Expresión perfecta del bautismo.

Teresita es, sin duda, maestro de maestros del hombre actual, hambriento y sediento de amor. Y de felicidad, fruto del amor.



AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 3 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita del Niño Jesús

Podemos encontrar como ciertos puntos de contacto entre nuestras dos santas: el deseo de amar a Jesús hasta la locura, el sentido de la misericordia divina - ambos relatos autobiográficos están dedicados a la misericordia: Misericordias Domini inaeternum cantabo...

El mes de Octubre es el mes Teresiano por excelencia. El primero de octubre celebramos a Santa Teresa del Niño Jesús y el día quince nuestra Madre Santa Teresa de Jesús. Podemos prepararnos a vivir estas celebraciones  y por lo tanto ser guiados por ellas, de una a la otra.

Al entrar en el Carmelo de Lisieux, Santa Teresita quiso conservar su nombre de bautismo: Teresa. Pero ella elige seguir el misterio del Niño Jesús: esta opción tiene un fuerte significado espiritual! Ella quiere seguir a su santa patrona Teresa de Ávila, pero a su manera, es decir, pequeñita.

En los escritos de la santa de Lisieux encontramos 23 citas de santa Teresa de Ávila y al menos 100 reminiscencias. Podríamos decir que la influencia de una sobre la otra se realiza por una lenta impregnación, por ósmosis. De hecho, es viviendo en el cotidiano la enseñanza de la reformadora del Carmelo, que nos dejamos penetrar de su espiritualidad. En cuanto a la influencia de San Juan de la Cruz, tal vez es un poco diferente, la transmisión ha pasado sin duda por la lectura de sus escritos.

En noviembre de 1882, Paulina, hermana de Teresa y ya carmelita, le envía una imagen  que representaba la fuga de la joven Teresa de Ahumada yendo a tierra de moros,  en busca de la vida, “para siempre, siempre...”  En la carta que acompaña a la imagen leemos: "Le pido a Jesús que transforme mi pequeña Teresa en otra pequeña santa Teresa, a excepción de que ella no irá a buscar el martirio por los caminos!  Oh! No! lo que yo le pido es que ella busque todos los días la manera de complacer al Niño Jesús ofreciéndole todas las flores de su camino! "(FJ 4) Allí, tenemos ya todo el caminito en germen.

Podemos encontrar como ciertos puntos de contacto entre nuestras dos santas: el deseo de amar a Jesús hasta la locura, el sentido de la misericordia divina (ambos relatos autobiográficos están dedicados a la misericordia: "Misericordias Domini inaeternum cantabo"), el amor a la Sagrada Escritura, el amor del desierto, el amor a la vida fraternal y la dimensión apostólica y misionera. Una de las últimas fotos de Teresa del Niño Jesús en el claustro de Lisieux nos la muestra sosteniendo una inscripción: "Habría dado 1000 vidas por salvar una sola alma" texto sacado del Camino de Perfección de nuestra Madre Santa Teresa.

Entonces, podemos decir que Teresita nos ayuda a leer Teresa “la grande” en eso que es lo esencial. Cada una tiene su propia belleza y pone de relieve el verdadero sentido de la vida mística, vida que es testimonio de una misma heroicidad de virtudes. Teresita puede ayudarnos a penetrar más profundamente en nuestra Madre Santa Teresa. Su Santidad escondida en la vida ordinaria, toda  iluminada de sencillez y de confianza, nos clarifica el sentido de la mística y nos da una autentica comprensión de ella. No se trata de fenómenos extraordinarios, sino de un recogimiento de tal manera unificador y teologal que transfigura toda la persona haciendo fecunda su oración y la ofrenda de sí misma.


http://www.cipecar.org/es/INCLUDE/resizeimag.asp?imag=icstherese3801.jpg&ancho=425&alto=425&formatooriginal=recorta

Actualidad de la doctrina de Teresa de Lisieux

La realidad del influjo de la doctrina Thérèse en la Iglesia y en el mundo de hoy es un hecho innegable. Un análisis de las peticiones de más de 30 Conferencias episcopales para que Thérèse sea declarada Doctor de la Iglesia nos hacen constatar su actualidad...

La realidad del influjo de la doctrina Thérèse en la Iglesia y en el mundo de hoy es un hecho innegable. Un análisis de las peticiones de más de 30 Conferencias episcopales para que Thérèse sea declarada Doctor de la Iglesia nos hacen constatar su actualidad en las más diversas culturas y situaciones sociales y eclesiales: en la devoción popular, en el surgir de vocaciones a la vida consagrada, en la entrega y servicio misionero y apostólico. Es como una presencia misteriosa, pero real, de aquella que, con confianza filial, le pidió a Dios poder "pasar su cielo haciendo bien en la tierra".

El influjo de Thérèse en la vida espiritual del mundo moderno se podría comparar a las señales colocadas en una carretera. Ellas nos guían y orientan, nos avisan de los peligros, marcan la velocidad, nos aseguran y nos dan la certeza de que caminamos en la dirección acertada. La misión de Thérèse fue la de limpiar y renovar las señales evangélicas, muchas veces borradas o semiborradas, que dificultaban el camino de los creyentes o incluso los apartaban del seguimiento auténtico de Jesús. Varias décadas más tarde, el Vaticano II reconocería, en sus principales líneas teológico-pastorales y espirituales, ese trabajo hecho por Dios a través de la vida y de la doctrina de la Santa de Lisieux.

Los moldes a través de los cuales transmite su mensaje doctrinal son los de una mujer joven, consagrada y contemplativa de finales del siglo pasado. Sin embargo, la calidad evangélica del su mensaje lo abre a la universalidad de situaciones y de destinatarios. Más todavía, lo hace actual ante los desafíos de la nueva evangelización, de la unidad de los cristianos, de las circunstancias-límite en la que viven creyentes y no creyentes. Se trata, en el fondo, de un regreso al Evangelio.



La doctrina-experiencia de una mujer

La experiencia y la doctrina de Teresa de Lisieux mujer, cobra especial valor en nuestra época en la que se van abriendo nuevas perspectivas de presencia y acción para ella en la sociedad y en la Iglesia. La mujer está llamada a ser "una señal de la ternura de Dios con el género humano", y a enriquecer la humanidad con su "genio femenino". Y ambas cosas realizó nuestra santa en su vida y en sus escritos.

Thérèse transmite su experiencia espiritual con su estilo femenino concreto, directo, cercano. Aunque condicionada por la época en que vivió, no deja de manifestar su convicción evangélica de la igualdad entre el hombre y la mujer y de la importancia de una colaboración mutua como discípulos de Jesús. Esto aparece, sobre todo, en su correspondencia epistolar con sus hermanos misioneros: comparte con ellos sus experiencias humanas y espirituales y no duda en expresarles su modo de pensar en temas teológicos y de experiencia cristiana: su idea de la justicia de Dios, el camino de infancia espiritual, la confianza en la misericordia divina.

Su feminismo, al igual que el de Teresa de Jesús desemboca en un compromiso mayor con el Evangelio, por encima de los prejuicios que marginaban a la mujer de su época. Thérèse experimentó esa situación de la mujer en la sociedad y en la Iglesia de finales del siglo XIX. En el manuscrito A cuenta, con claridad y sentido del humor lo que vivió durante el viaje a Roma antes de entrar al Carmelo:

"Je ne puis encore comprendre pourquoi les femmes sont si facilement excommuniées en Italie, à chaque instant on nous disait: 'N'entrez pas ici ... N'entrez pas là, vous seriez excommuniées! ... Ah! les pauvres femmes, comme elles sont meprisées! ... Cependant elles aiment le Bon Dieu en bien plus grand nombre que les hommes et pendant la Passion de notre Seigneur les femmes eurent plus de courage que les apôtres puisqu'elles bravèrent les insults des soldats et osèrent essuyer la Face adorable de Jésus".

Esta condición de la mujer, que expresa con la frescura y sinceridad de una persona libre, la lleva a una reflexión evangélica: esta marginación de la mujer la hace participar más de cerca del desprecio del que fue objeto Jesús en su pasión y, por tanto, de su resurrección. Las mujeres tuvieron el valor de enjugar el rostro de Cristo. "C'est sans doute pour cela qu'il permet le mépris soit leur partage sur la terre, puisqu'Il l'a choisi pour Lui.même ... Au ciel Il saura bien montrer que ses pensées ne sont pas celles des hommes, car alors lesdernières seront les premières. .. "

La mujer, que se ha abierto espacios de mayor participación en la sociedad y en la Iglesia, encuentra ciertamente en Teresa de Lisieux un estímulo para vivir, como afirma Juan Pablo II, "una cultura de la igualdad entre el hombre y la mujer". Por otro lado, como lo pedía Hans Urs von Balthasar, en las celebraciones del primer centenario del nacimiento de Teresa de Lisieux, ella ha abierto, con su mensaje, el campo teológico a la reflexión femenina: "La théologie des femmes n'a jamais été prise au sérieux ni intégrée par la corporation. Cependant, après le message de Lisieux, il faudrait enfin y songer dans la reconstruction actuelle de la dogmatique".

Esto responde a lo que el documento postsinodal Vita consecrata presenta como perspectivas nuevas para la mujer en la Iglesia, cuando dice: "se espera mucho del genio de la mujer también en el campo de la reflexión teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere a lo específico de la vida consaagrada femenina, sino también en la inteligencia de la fe en todas sus manifestaciones".



La doctrina-experiencia de una joven

Una segunda característica del mensaje teresiano-lexoviense es que se trata del mensaje de una joven, muerta a los 24 años. Su lenguaje es juvenil. Responde a la exigencia de la juventud que busca una experiencia espiritual profunda. Thérèse sabe presentar el sentido de una vida de amor y de entrega. Al mismo tiempo subraya que la existencia humana es una manifestación del amor del Señor.

Los jóvenes encuentran en la doctrina-experiencia de Thérèse un camino para superar la dicotomía entre lo humano y lo divino. En ella aparecen muchos elementos convincentes: la posibilidad de una compromiso evangélico vivido en las circunstancias pobres y monótonas de cada día con la grandeza de la sencillez. La fuerza de la belleza divina capaz de fascinar y atraer para una entrega total y definitiva. Hablando de su encuentro con Jesús en el día de su primera comunión Thérèse comenta: "depuis longtemps, Jésus et la pauvre petite Thérèse s'étaient regardés et s'étaient compris ... Il était le maître, le Roi".

Otro de los grandes valores y anhelos de la juventud es el de la libertad. Thérèse de Lisieux joven habla a los jóvenes para mostrarles, desde la sensibilidad juvenil, el verdadero sentido de la libertad entendida como don de uno mismo en el amor. De este modo todo se orienta a Dios como el único absoluto. Se ama a todos. Se busca el bien de los demás en el olvido de uno mismo, sin las ataduras del egoísmo y la esclavitud de la pasión: "Tout nous porte vers Lui, les fleurs qui croissent au bord du chemin ne captivent pas nos coeurs, nous les regardons, nous les aimons car elles nous parlent de Jésus, de sa puissance, de son amour, mais nos âmes restent libres".

Las enseñanzas de Thérèse, mujer joven, tienen la frescura, el entusiasmo y el sentimiento de esa edad de la vida humana y, sin embargo, están lejanas de sentimentalismos y falsas ilusiones. Ella misma, hablando de sus primeras impresiones después de su entrada al Carmelo, dice: "Lesillusions, le bon Dieu m'a fait la grâce de n'en avoir AUCUNE en entramt au Carmel; j'ai trouvé la vie religeuse telle que je me l'était figurée, aucun sacrifice ne m'étonna et cependant, vous le savez, ma Mère chérie, mes premieres pas ont rencontré plus d'épines que de roses".

La doctrina y experiencia de Thérèse de Lisieux es una propuesta precisa y exigente para los jóvenes de hoy que buscan una vida marcada por la radicalidad evangélica y la entrega generosa a los demás. A los jóvenes les mueve el testimonio de personas que viven y encarnan valores. La Santa de Lisieux aparece como un testigo creíble de la grandeza de una vida en la que aparece la búsqueda y el hallazgo de lo divino dentro de la normalidad de una existencia limitada en el tiempo y en el espacio. El lenguaje de Thérèse es, por otra parte, un lenguaje juvenil encarnado y simbólico, cercano a la vida y exigente a la vez. Pero, sobre todo, se le pueden aplicar las palabra del documento postsinodal Vita consecrata cuando habla del testimonio de los jóvenes consagrados: su "amor apasionado por Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre. Nuestros contemporáneos quieren ver en las personas consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor".



La doctrina-experiencia de una consagrada

Como persona consagrada, Thérèse de Lisieux ofrece a la vida consagrada de hoy orientaciones y actitudes que iluminan el camino de quienes se han comprometidoen ese estilo de seguimiento de Jesús. En los escritos de la Santa no hay ninguna enseñanza sistemática de la teología de la vida consagrada. Ella es una carmelita contemplativa que vive su vida en una época determinada. Lo que da actualidad a su mensaje como consagrada es el hecho de su exsistencia profundamente evangélica y abierta a los caminos del Espíritu a partir de una clara identidad vocacional.

Thérèse de Lisieux presenta el itinerario de una vocación, fruto de una llamada divina gratuita y misericordiosa y, al mismo tiempo, describe con precisión el ideal de su consagración. Para conseguirlo está dispuesta a pasar por la prueba antes de su ingreso y dentro del monasterio con un grande realismo espiritual.



La vocación religiosa don y respuesta

Las etapas de un camino

En sus escritos la Santa de Lisieux nos describe las diversas etapas del camino de su vida religiosa en un Carmelo contemplativo. Aparecen allí la aceptación inmediata de las limitaciones de la vida religiosa encarnada en circunstancias concretas: "La vie religeuse m'apparaissait tel qu'elle est avec ses assujettissements, ses petits sacrifices accomplis dans l'ombre. Je comprenais combien il est facile de se replier sur soi-même, d'oublier le but sublime de sa vocation". Recibió una formación severa. A causa de su juventud tuvo que esperar ocho meses más para hacer su profesión. Eso le costó mucho en un principio hasta que comprendió que lo importante era la aceptación de la voluntad de Dios manifestada a través de los acontecimientos y de las mediaciones humanas. Eso le ayudó a crecer en realismo espiritual, quebrando su propia voluntad desde la perspectiva de la fe.

La evolución de su vida religiosa la condujo a profundizar especialmente en la caridad fraterna fuente de renuncias y vencimiento de sí misma: "Ce n'est pas toujours avec ces transports d'allégresse que j'ai pratiqué la charité, mais au commencement de ma vie religeuse, Jésus voulut me faire sentir combien il est doux de le voir dans l'âme de ses épouses". En ese ejercicio del amor fraternal aprendió igualmente a vivir las exigencias del desapego afectivo.

En los esfuerzos por responder al Señor y por tender a la santidad descubrió, tras el fracaso de todos sus empeños, el camino del amor y la confianza como el camino para llegar a la santidad. A través de esa experiencia ofrece a las personas consagradas una luz para ayudarles a comprender que no son los esfuerzos voluntaristas los que nos unen con Dios y nos hacen santos sino la confianza filial y el abandono en su misericordia:

"j'ai toujours désiré d'être une sainte, mais hélas! j'ai toujours constaté, lorsque je me suis comparée aux saints qu'il y a entre eux et moi la même différence qui existe entre une montagne dont le sommet se perd dans les cieux et le grain de sable obscur foulé sous les pieds des passants; au lieu de me décourager, je me suis dit: le Bon Dieu ne saurait inspirrer des désirs irréalisables, je puis donc malgré ma petitesse aspirer à la sainteté; me grandir, c'est impossible, je dois me supporter telle que je suis avec toutes mes imperfections, mais je veux chercher le moyen d'aller au Ciel para une petite voie bien droite, bien courte, une petite voie toute nouvelle".



La pedagogía del testimonio

Más adelante, cuando es nombrada responsable del noviciado, traduce toda la riqueza de su experiencia espiritual y la claridad de su identidad vocacional en enseñanzas suaves y exigentes a la vez. Sabe crear un ambiente familiar entre las formandas. Para ello crea un clima de confianza mutua y de disponibilidad para escuchar a las novicias. No deja de corregir cuando hay que hacerlo. Dice la verdad con dulzura y energía. Ayuda, sobre todo, a adquirir la capacidad de descubrir en todo a Dios y a vivir en el amor. La formación que imparte es personalizada. Implusa a sus hermanas a integrar todo a la luz del amor de Dios: afectividad, debilidades, cualidades, aspectos positivos y negativos.



La dimensión misionera de su vida religiosa

Desde el principio de su vida religiosa tenía claro el ideal misionero de su vocación. Este creció con ella de manera particular cuando la Superiora le confió el rezar por dos misioneros y cuando se presentó la posibilidad de que el Carmelo de Lisieux fundara en Saigon. En su correspondencia epistolar con los dos misioneros con los que se sentía hermanada, los PP. Rouland y Bellière, encontramos el testimonio del grado de profundidad al que había llegado en la comprensión de la dimensión misionera de su vocación contemplativa. Pero es, sobre todo, en el Manuscrito B donde ella expresa sus anhelos apostólicos y misioneros:

"Ah! malgré ma petitesse, je voudrais éclairer les âmes comme les Prophètes, les Docteurs, j'ai la vocation d'être Apôtre ... je voudrais parcourir la terre, prêcher ton nom et planter sur le sol infidèle ta Croix glorieuse, mais, ô monBien- Aimé, une seule mission ne me suffirait pas, je voudrais en même temps annoncer l'Évangile dans les cinq parties du monde et jusque dans les îles les plus reculées ... Je voudrais être missionaire non seulement pendant quelques années, mais je voudraie l'avoir été depuis la création du monde et l'être jusqu'à la consommation des siècles...".



Por el sendero de la purificación

Su vida contemplativa con dimensión apostólica y misionera pasó por la purificación, el sufrimiento y la oscuridad de la fase dolorosa del misterio pascual. La enfermedad por un lado y la noche oscura de la fe, por otro, realizaron en ella la obra de Dios que la quería transformar y unirla a El: "Il permit que mon âme fût envahie des plus épaisses ténèbres et que la pensée du Ciel si duoce pour moi nesoit plus que'un sujet de combat et de tourment ... Il faut voyagé sous ce sombre tunnel pour en comprendre l'obscurité".

A ese sufrimiento interior, el mayor, sin duda, se añadió el dolor de la enfermedad: la tuberculosis que la fue destruyendo físicamente y de manera especial al agravarse en los tres últimos meses de su vida.

Esta situación no la apartó de la fidelidad a las exigencias del amor a Dios y a los demás. Sin el consuelo de la fe, ella siguió comprometida en la vida concreta. Sin la posibilidad de gozar del consuelo de Dios Thérèse usó todas sus energías espirituales para continuar practicando las obras del amor: "N'ayant pas la jouissance de la foi, je tâche au moins d'en faire les oeuvres. Je crois avoir fait plus d'actes de foi depuis un an que pendant toute ma vie".



Los votos y la vida fraterna

Sin haber consignado en sus escritos una doctrina sistemática sobre los votos y la vida fraterna en comunidad, Thérèse no deja de manifestar, aquí y allá, su pensamiento fruto de una experiencia personal profunda.

En una poesía, que tiene como título "Mes Armes", compuesta para el día de una profesión, describe en pocas pinceladas su visión de los votos. Presenta lapobreza como su primer sacrificio que, al despojarla de todo le permite correr ligeramente como un atleta. La pobreza le sirve también de lanza y casco protector. Dice de lacast idad que la hermana con los ángeles. Ella es la espada celestial que puede conquistar los corazones. Es su arma invencible porque la transforma en esposa de Jesús. Finalmente, laobediencia es la coraza fuerte y el escudo de su corazón que le dará la victoria final. Por ello, no quiere otras glorias que la de someter en todo su voluntad.

Sobre la vida fraterna en comunidad más que dejarnos una teoría nos transmitió el testimonio de su experiencia. Ella enseña a los religiosos y religiosas a vivir encarndos en la realidad y a vivir el amor evangélico en la comunidad concreta a la que uno pertenece.

El Carmelo de Lisieux, cuando ella ingresó era, en palabras de su hermana María, pequeño y pobre. Contaba con 26 religiosas. La media de edad de la comunidad era de 47 años. Humanamente era un comunidad pobre y espiritualmente estaba influenciada por el rigorismo de la época, el miedo a un Dios justiciero inculcado por el jansenismo. Todo esto no dejaba de obstaculizar el dinamismo del amor y el equilibrio que Santa Teresa de Jesús había procurado proteger con realismo humano y espiritual. En este ambiente, con personas concretas, con nombre y apellido, con cualidades y defectos, Teresa de Lisieux vive el amor fraterno y sus exigencias.

En un buen número de páginas del manuscrito C, dirigido a la M. María de Gonzaga, Priora del monasterio, Teresa describe cómo fue comprendiendo y viviendo el mandamiento de Jesús de amar a los demás como El nos amó. Eso la llevó a soportar los defectos de los otros, a no extrañarse de sus debilidades, a edificarse de los pequeños actos de virtud, a juzgar con comprensión y benignidad a todas. Describe también pequeños hechos concretos que desafiaron su ejercicio de amor al prójimo y dificultaron el crecimiento en la comunión. En los pequeños esfuerzos, servicios y sacrificios de la vida fraterna en comunidad, Thérèse vivió el precepto del amor.

La dimensión de comunión que tiene en sí la vocación a la vida consagrada ha sido puesta de relieve nuevamente por el documento Vita consecrata en su segunda parte, que tiene como título "Signum fraternitatis. La vida consagrada signo de comunión en la Iglesia".

El misterio pascual ayuda a comprender que sin renuncia, sin cruz, sin entrega generosa, apertura y perdón, no es posible vivir el amor al prójimo al estilo de Jesús. Teresa de Lisieux es para los religiosos y las religiosas un estímulo y una maestra para vivir en las circunstancias concretas de las comunidades, con realismo espiritual, la nueva comunión y fraternidad en Cristo, en medio de las dificultades.

En conclusión, podemos decir que el mensaje de Thérèse de Lisieux como religiosa es de gran actualidad. Su experiencia y su doctrina son una luz para la vida consagrada. Una invitación a vivir con el mismo realismo espiritual y con la atención a los valores fundamentales de la misma: seguimiento de Jesús, amor a El y a los demás, vida fraterna en comunidad, experiencia de Dios en todas las circunstancias, confianza en El, identidad clara y definida a la propia vocación y misión, fidelidad a ellas en medio de las purificaciones.



La doctrina-experiencia de una contemplativa

Thérèse es no sólo religiosa sino contemplativa claustral. Su vida religiosa se desarrolla en un Carmelo teresiano consagrado a la oración apostólica, como ideal propuesto por Teresa de Jesús. En consonancia con ella(2 3 ), Thérèse de Lisieux vive la oración como diálogo confiado y amoroso con un Dios Padre-Madre(24). Transforma en experiencia vital la fuerza que comunica y se abre a la necesidad de la abnegación evangélica para que la oración sea auténtica: "Ah! c'est la prière, c'est le sacrifice qui font toute ma force, ce sont les armes invencibles que Jésus m'a données, elles peuvent bien plus que les paroles toucher les âmes".

Ella vivió un tipo de oración cada vez más sencillo, que la colocaba en la fuente de agua viva o junto al fuego divino que purifica y transforma: "pour moi la prière, c'est un élan du coeur, c'est un simple regard jeté vers le Ciel, c'est un cri de reconnaissance et d'amour au sein de l'épreuve comme au sein de la joie; enfin c'est quelque chose de grand, de surnaturel qui me dilate l'âme et m'unit à Jésus".



La oración contemplativa en Thérèse de Lisieux

Fue en la oración contemplativa donde ella pudo redescubrir el rostro paterno-materno de Dios y éste fue el punto de arranque del camino nuevo hacia la santidad, que ella vivió sobre todo a partir de 1894, en la experiencia de su debilidad. Jesús le mostró, como ella dice, que el camino es el del abandono y la confianza de un niño, que se duerme en los brazos de su Padre sin temor:

"'si quelqu'un est tout petit qu'il vienne à moi' a dit l'Esprit Saint par la bouche de Salomon, et ce même Esprit d'Amour a dit encore que 'la miséricorde est acordée aux petits'. En son nom, le prophète Isaïe nous révéle qu'au dernier jour ... 'Comme une mère caresse son enfant, ainsi je vous consolerai, je vous porterai sur mon sein et je vous caresserai sur mes genoux' ... Jésus ne demande pas des grandes actions, mais seulement l'abandon et la reconnaissance".

Aquí se encuentra el paso del temor a la confianza. Estamos frente a Dios como hijos e hijas frente a un padre y a una madre. Dios hace colaborar todo para nuestro bien, aun nuestras deficiencias y fallos:

"C'est la confiance et rien que la confiance qui doit nous conduire à l'Amour" ... "ce qui lui plait c'est de me voir aimer ma petitesse et ma pauvreté, c'est l'espérance aveugle que j'ai en sa miséricorde" ... "pour aimer Jésus, être sa vicitme d'amour, plus on est faible, sans désirs, ni vertus, plus on est propre aux opérations de cet Amour consumant et transformant".



Dimensión contemplativa de la vida religiosa hoy

Juan Pablo II, al dirigirse a las religiosas de vida específicamente contemplativa en América Latina, con motivo de la celebración del V Centenario de la evangelización del continente, les hacía ver que su oración era el "fundamento de la nueva evangelización". Al mismo tiempo las invitaba a permanecer abiertas a las necesidades de la Iglesia y del mundo para asumir en su plegaria contemplativa "el clamor de tantos hermanos y hermanas sumergidos en el sufrimiento, en la pobreza y en la marginación... Las tribulaciones del mundo agobiado por tensiones y conflictos". En otra ocasión, en su alocución a las contemplativas, resaltaba el hecho de que ellas son también evangelizadoras, pues "el ser contemplativa no supone cortar radicalmente con el mundo, con el apostolado. La contemplativa tiene que encontrar su modo específico de extender el Reino de Dios".

Estas indicaciones del Papa fueron vividas en plenitud por Thérèse. Ella desde una fidelidad a su carisma en la Iglesia, hizo siempre suyos "los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres ... sobre todo de los pobres y los que sufren". El testimonio que en su vida dio del absoluto de Dios no lo entendió nunca como una simple huída del mundo sino como una nueva presencia en él desde su dedicación total y completa al servicio del Señor a través de la oración, el silencio y la contemplación. Los contemplativos "están en cierto modo en el corazón del mundo, y más aún en el corazón de la Iglesia"

Thérèse de Lisieux es confirmación y modelo de una contemplación comprometida

Aquí Thérèse ofrece, como lo han testificado pensadores y convertidos, su experiencia de un Dios Padre-Madre cercano con el que nos podemos comunicar con la sencillez de hijos. Un Dios que nos ama y busca nuestro bien; que nos pide asumir nuestra responsabilidad en el cumplimiento de nuestra misión. Podemos decirque el camino de infancia espiritual que propone Teresa de Lisieux "est principe d'innovation, de créativité, d'ouverture, d'exploration, de prodige, tandis que sa passion (...) est principe d'autocritique, de purification, d'appel à la vigilance contre le narcissisme".

En el mundo ex-socialista en crisis, el principal reto es el de las relaciones entrefe ycambi o social. El principal sujeto social que debe ser evangelizado es la persona formada en el ateísmo y sedienta de valores religiosos.Pri ori dades en la evangelización son: el mostrar el dinamismo transformador de la fe y la valoración de la persona llamada a la comunión con Dios e insistir en la libertad religiosa. La vida y los escritos de Teresa de Lisieux son una luz para destruir la imagen de un Dios que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio y que origina su rechazo. Ofrece, además, su visión de la dignidad y grandeza del ser humano a pesar de su pequeñez.

En los países del Tercer mundo, con diversos matices, el problema central es el de las relaciones entrefey j usti ci a. En América Latina el sujeto social mayoritario que hay que evangelizar es la persona que tiene fe, pero que vive en situaciones de inhumana pobreza y opresión. Laprioridaden la evangelización es la de presentar la fe como motor de transformación y de liberación integral. En Asia, donde el cristianismo es minoritario el sujeto social al que se dirige el anuncio de la Buena Noticia son las personas que viven la fe de las grandes religiones orientales. Lasprioridades son el diálogo con esas religiones y la concientización sobre las injusticias sociales desde la perspectiva de la fe cristiana. EnAf ri ca, el sujeto social que debe ser evangelizado es la persona que busca con insistencia su identidad cultural. Comopri ori dades en la evangelización habría que señalar la inculturación del evangelio y promoción y liberación integrales para realizar la familia de Dios.

El carácter evangélico de la experiencia y doctrina de Teresa de Lisieux le da una permanente actualidad. Su mensaje es un desafío para la espiritualidad de hoy en la Iglesia, como lo han percibido no sólo las personas consagradas a la contemplación sino también quienes trabajan en el campo de una evangelización comprometida con la promoción humana, el desarrollo y la liberación. A este propósito hay un testimonio de un sacerdote norteamericano, que fue encarcelado por haber protestado contra el hecho de las tropas de El Salvador habían sido entrenadas en los EE.UU. para "matar a sus hermanos y hermanas". Desde la celda de su prisión escribía en 1985:

"En tant qu'âme moderne, luttant pour l'union avec Dieu, je sens que la spiritualité de sainte Thérèse est aussi valable aujourd'hui qu'elle l'était en 1897. C'est une spiritualité pour tous les temps et pour tous les âges. Je me demande quelle transformation aurait lieu dans mon propre coeur, et dans le coeur du monde, si la simplicité, la confiance et l'abandon à Dieu étaient pris au sérieux. Plus cette âme moderne (il parle de lui-même) voit clairement la réalité du monde moderne où elle vit aujourd'hui, plus apparaît convaincante la voie de sainte Thérèse, sa façon de chercher l'union avec Dieu, la justice et la paix dans le monde".

Por otro lado, la presencia de Teresa de Lisieux en las misiones de Af rica y la asimilación de su doctrina han favorecido la inculturación del evangelio. En Asia, ella aparece igualmente como una interlocutora para el diálogo con las grandes religiones a partir de su experiencia contemplativa.



Vocación a la misión y santidad de vida

En la conclusión de la Encíclica Redemptor hominis, dedicada a explicar la permanente validez del mandato misionero de Cristo, Juan Pablo II "El llamado a la misión se deriva de la vocación a la santidad ... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación a la misión: todos los fieles son llamados a la santidad y a la misión ... La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad".

Thérèse de Lisieux transformó esa doctrina en experiencia vivida. Por ello fue proclamada patrona universal de las misiones junto con el gran apóstol san Francisco Javier. En esto su doctrina-experiencia es de gran actualidad para la nueva evangelización. Ella entra en el Carmelo para alcanzar, a través de su vida contemplativa, la santidad: "Il me fit comprendre aussi que ma gloire à moi ne paraîtrait pas aux yeux mortels, qu'elle consisterait à devenir une grande Sainte!!!". Pero, desde un principio tuvo la convicción de que entraba al Carmelo no para huir del mundo sino para entrar en él con mayor profundidad. Su experiencia espiritual no es búsqueda de un refugio frente a un mundo hostil sino ofrecimiento consciente al martirio.

"Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad ... es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado". Thérèse une admirablemente la santidad y misión, auténtica contemplación que compromete, desde la propia identidad vocacional, en la evangelización. Propone así, sin dicotomías, un camino evangélico para testimoniar y anunciar la Buena Noticia frente los desafíos del momento actual.

Concentrando la santidad en el amor y en la gracia, Thérèse ayuda a superar la separación entre contemplación y acción, porque el amor es lo que une ambas dimensiones. Ella entró en la vida contemplativa para lograr una mayor eficacia apostólica. Revolucionó, de este modo, la relación entre ascética y mística. Puso el acento en ésta última porque ella exige la abengación evangélica para poder echar raíces en la vida cotidiana. Por eso, por encima de las mortificaciones corporales puso la mortificación originada por el servicio a los demás: la capacidad de acogida, de comprensión, de perdón, de ayuda y solidaridad.



Vuelta a los valores perennes del Evangelio

Teresa de Lisieux supo expresar en su nombre religioso "del Niño Jesús y de la Santa Faz" todo el proceso de su vida que la llevó a la madurez espiritual a través del anonadamiento de la encarnación (kenosis) y el sufrimiento de Jesús, que con su misterio pascual nos libera de toda esclavitud. Ella supo comprender y vivir el proyecto de vida de Jesús que transforma toda nuestra esfera relacional y da una nueva dimensión a nuestras relaciones con Dios, con los demás y con las cosas. Frente al proyecto de muerte que nos domina y esclaviza en todos esos ámbitos, encontramos el proyecto de vida del Evangelio que nos libera y nos transforma. La misión de Teresa de Lisieux fue precisamente la de recordarnos esas verdades, centrarnos nuevamente en lo esencial.

En la perspectiva del proyecto de Jesús se comprende mejor el mensaje teresiano-lexoviense: nos invita a pasar del Dios juez al Dios Padre-Madre, de la desconfianza a la confianza y al abandono en El, de la búsqueda de la perfección a la búsqueda de la comunión con Dios, de la complicación a la simplicidad, de las leyes que esclavizan a la ley del amor concreto y eficaz que libera, de la inmadurez a la madurez, del ascetismo exterior a la abnegación evangélica, de los méritos a las manos vacías, de las consideraciones puramente espirituales a la palabra de Dios, de un oración complicada a una simple mirada contemplativa, de la María inalcanzable a la María cercana del evangelio.

Thérèse de Lisieux nos recuerda los valores fundamentales del evangelio y nos invita a centrarnos en ellos. A partir de la lectura y meditación de la palabra de Dios descubre lo esencial en las relaciones con El, con los demás y con las cosas; lo vive con simplicidad, naturalmente y en profundidad y lo transmite con su vida y escritos.



Beber en la fuente viva de la Palabra de Dios

Teresa de Lisieux alimentó su vida y su espiritualidad en las fuentes purísimas de la palabra de Dios. En una época poco abierta a la lectura de la Biblia, ella realizó lo que el Concilio pediría más tarde a todos los cristianos, en especial a las personas consagradas: aprender "el sublime conocimiento de Jesucristo con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. 'Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo'".

Fiel al mandato de la Regla del Carmelo, meditó día y noche la ley del Señor y velo en oración(47). Como Teresa de Jesús, su madre, encontró en Jesús el libro vivo y, a imitación de San Juan de la Cruz supo "poner los ojos en Cristo". Ella misma nos dice cómo, poco a poco, fue pasando de la lectura de libros espirituales, que le ayudaron mucho en su camino, en especial S. Juan de la Cruz, a centrarse en la Escritura, particularmente en los evangelios:

"plus tard tous les livres me laissèrent dans l'aridité... si j'ouvre un livre composé para un auteur spirituel ... je sens aussitôt mon coeur se serrer et je lis sans pour ainsi dire comprendre, ou si je comprends mon sprit s'arrête sans pouvoir méditer ... Dans cette impuissance l'Écriture Sainte et l'Imitation viennent à mon secours; en elles je trouve une nourriture solide et toute pure. Mais c'est par-dessus toutl'Évangil e qui m'entretient pendant mes oraisons, en lui je trouve tout ce qui est nécessaire à ma pauvre petite âme. J'y découvre toujours de nouvelles lumières, des sens cahcés et mystérieux... Je comprends et je sais para expérience 'que le royaume de Dieu est au-dedans de nous'".

La lectura y meditación de la Palabra de Dios la llevó a descubrir lo esencial del mensaje de Jesús en la vida de cada día. Esta relación entre Palabra de Dios y existencia concreta la lleva a descubrir "juste au moment où j'en ai besoin des lumières que je n'avais pas encore vues ... au milieu des occupations de ma journée". Más todavía, a través de su Palabra liberadora, Jesús se hace presente en Teresa de Lisieux: "jamais je ne l'ai entendu parler, mais je sens qu'Il est en moi, à chaque instant, Il me guide, m'inspire ce que je dois dire ou faire".

En su misión de recordarnos lo esencial, Thérèse nos coloca frente a la palabra de Dios como lámpara que ilumina nuestros pasos ( cf. Sal 119,1O5) y nos recuerda que la condición para comprender el mensaje de Dios es tener un corazón de niño, abierto y disponible a lo que el Espíritu va descubriendo como exigencia de la vocación y misión de cada uno en la Iglesia.

Hay que vivir a la escucha de la palabra de Dios. Ella es "fuente de toda espiritualidad cristiana". La Iglesia recomienda la meditación comunitaria de la Biblia no sólo para las personas consagradas, sino también para todos los miembros del Pueblo de Dios."Del contacto asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el discernimiento personal y comunitario que les ha servido para buscar los caminos del Señor en los signos de los tiempos".

A Thérèse de Lisieux, que deseó conocer las lenguas bíblicas para mejor gustar la palabra de Dios, no le tocó vivir el nuevo acercamiento eclesial a la Escritura. Tampoco tuvo a su alcance las posibilidades que hoy tenemos para un mejor conocimiento y asimilación del mensaje bíblico. Sin embargo, hizo realidad la prescripción de la Regla del Carmelo de tener abundantemente en la boca y en el corazón la Palabra de Dios para hacer todo en ella.



El mensaje de Thérèse de Lisieux para el mundo de la incredulidad

Uno de los ámbitos en los que aparece en forma diáfana la actualidad de la doctrina de Thérèse es el del ateísmo y la incredulidad. Ya el Concilio Vaticano II, analizando el fenómeno del ateísmo contemporáneo, indicaba que esa palabra designa realidades muy diversas: "Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión ... Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio ... Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo".

Dios quiso que la experiencia espiritual de Thérèse la convirtiera en interlocutora existencial con el mundo de la incredulidad. Ella conoció la prueba de la fe en medio de un mundo que, en nombre de la ciencia y del racionalismo, negaba la existencia de Dios y orientaba al ateísmo.

En la actualidad los no creyentes de diferencian de los del tiempo de la Santa. Son los agnósticos o indiferentes que buscan motivos para dar sentido a la vida después de haber experimentado la frustración del fracaso de la modernidad y de sistemas ateos y materialistas. Ellos experimentan confusamente una llamada al absoluto que llene su vacío existencial y colme sus aspiraciones.

Thérèse enfrenta el problema el problema de la angustia frente a la muerte que está en el fondo también del ateísmo, que se pregunta sobre la existencia de Dios y de otra vida. La Santa se vio de repente sumergida en el abismo de estas angustias y experimentó, en la prueba de la fe, la angustia de la nada. Vivió la privación de lo que ella llamaba "la jouissance de la Foi" o "jouir de ce beau Ciel sur la terre". Ella entra en un mundo denso de tinieblas que la rodean y la aplastan. Le parece escuchar que le dicen: "Tu crois sortir un jour des brouillards qui t'environnent! Avance, avance, réjouis-toi de la mort qui te donnera, non ce que tu espères, mais une nuit plus profonde enconre, la nuit du néant".

En medio de esta situación Thérèse conserva la fe y el amor. De este modo, su experiencia de la noche oscura de la purificación se transforma en solidaridad dinámica y fecunda hacia aquellos que viven sumergidos en la incredulidad. Antes de la prueba de fe ella afirma que no podía aceptar que hubiera personas que no creyeran: "Je ne pouvais croire qu'il y eût des impies n'ayant pas la foi. Je croyais qu'ils parlaient contre leur pensée en niant l'existence du Ciel". Después de su experiencia dolorosa se convence de lo contrario: "Aux jours si joyeux du temps pascal, Jésus m'a fait sentir qu'il y a véritablement des âmes qui n'ont pas la foi".

En medio de la más profunda oscuridad la Santa no deja de amar a Aquel en quien confía. Su drama brota del hecho de vivir al mismo tiempo la luz de la fe y las tinieblas de los incrédulos. Es entonces cuando comprende que Dios quiere con ello que ella ofrezca por los incrédulos esos sufrimientos que vive en el amor: "que tous ceux qui ne sont point éclairés du lumineux flambeau de la Foi le voient luire enfin ... ô Jésus s'il faut que la table souillée par eux soit purifiée par une âme qui vous aime, je veux bien y manger seule le pain de l'épreuve jusqu'à ce qu'il vous plaise de m'introduire dans votre lumineux royaume". "Thérèse était préparée par l'Esprit Saint, dans ce laboratoire mystique, à dévenir l'apôtre des incroyants, un signe pour les athées dans leur voyage au bout de la nuit, un phare pour leur recherche d'un continent inconnu mais accesible".

Existen testimonios elocuentes de conversiones a la fe a partir de la lectura de los escritos de Thérèse. En ellos han encontrado el verdadero rostro de Dios y, al mismo tiempo, el drama de su búsqueda en medio de las tinieblas y de la tentación de la incredulidad. Esto da actualidad al mensaje de Thérèse para los alejados, los incrédulos, indiferentes:

"En Dieu, Thérèse a découvert la source de l'amour. Dans l'Église, elle a saisi le flot incessant qui s'écoule par son canal. C'est au coeur de l'Église qu'elle se désaltère. C'est du coeur de l'Église qu'elle veut contribuer à répandre ces flots d'amour infini sur les plus éloignés, sur ceux qui en sont privés, les pécheurs; sur ceux qui le rejettent, les athées; sur ceux qui l'ignorent, les indifférents. Suele la force de l'amour peut abattre le mur de l'indifférence et faire s'écrouler touttes les incroyances, toutes les mal-croyances, tous les athéismes... Aux questions du monde de l'incoryance, Thérèse apporte la seule réponse qui vaille, parce qu'elle vient de Dieu: l'Amour, una amour crucifié, l'amour immolé".



Una doctrina-experiencia que ayuda a la integración de la persona

Thérèse, como todo ser humano, estuvo sujeta a condicionamientos inconscientes en su vida. Vivió la experiencia de un proceso liberador desde el punto de vista psicológico que la condujo a la aceptación de sí misma y, por tanto, le dio la capacidad de integrar en una madurez psicológica todas las limitaciones de su historia personal.

En el mundo actual se acentúan fuertemente las tensiones internas, las heridas psicológicas, los condicionamientos irracionales que impiden tantas veces la realización de las personas. La Santa enseña a aprovechar todo para crecer y madurar. Ella asume su propia vida limitada, imperfecta, condicionada por el ambiente familiar, religioso y social y, de este modo, se libera de su dominio para convertirse con la gracia de Dios y a través de la confianza en El, en una persona libre que descubre el Dios de Jesucristo, fiel y misericordioso.

Thérèse tuvo que luchar para superar todo aquello que le impedía ser ella misma. El amor de Dios y la amistad con El despiertan en ella el dinamismo liberador capaz de orientar todos los condicionamientos hacia la integración psicológica y afectiva. En su camino de maduración humana ella experimenta el trauma de la muerte de su madre que la golpea fuertemente: "A partir de la mort de Maman, mon heureux caractère changea complètement; moi si vive, si expansive, je devins timide et douce, sensible à l'excès. Un regard suffissait pour me faire fondre en larmes".

Ella vivirá de los cuatro a los catorce años ese período doloroso. Debe enfrentar el ambiente escolar que experimenta agresivo, en cierto modo; la entrada en el Carmelo desu hermana Paulina, su segunda madre. Como consecuencia de esa separación enferma seriamente. Se trata de una enfermedad psicosomática. Más adelante son los escrúpulos que la atormentan: "la terrible maladie des scrupules ... Toutes mes pensées et mes actions les plus simples devenaient pour moi un sujet de trouble".

Todos estos sufrimientos psíquicos se concentraban en una hipersensibilidad: "Lorsque je commençais à me consolewr, je pleurais d'avoir pleuré". Vivía encerrada en un círculo vicioso sin saber cómo salir de él.

Es entonces cuando comienza a recorrer el camino del amor y de la entrega a Jesús que hace posible la completa curación psicológica de su hipersensibilidad en la noche de Navidad de 1886. A partir de entonces se libera de las ataduras inconscientes que la llevaban a encerrarse en si misma. Puede abrirse ampliamente a la vida: estudios, contactos, naturaleza, viajes y a los demás.

Para el hombre y la mujer de hoy, atormentados psicológicamente por tantas experiencias negativas en el ambiente familiar y social y que los llevan a la angustia y a la inseguridad frente al futuro, Thérèse muestra que el miedo psíquico ante la incertidumbre de cada día se resuelve abriéndose al amor de Dios y del prójimo. Es así como se va adquiriendo la paz y la alegría de saber que hay un Dios padre misericordioso que acompaña con su amor y providencia a todos sus hijos e hijas. La Santa presenta al mundo enfermo de miedo y de angustia la terapia del amor y la confianza en Dios y del servicio y la entrega a los demás. La Santa ha descubierto y nos transmite la verdad profunda de un Dios de misericordia que quiere comunicarse plenamente a todos los que se abren a El.



La doctrina-experiencia de Thérèse de Lisieux y la espiritualidad contemporánea

Cada época de la historia tiene su forma característica de vivir la vida cristiana, que está condicionada por el tipo de sociedad, el modelo de Iglesia, la cultura y la cosmovisión. Por eso en la historia de la espiritualidad, ésta se distingue también por períodos históricos.

Nuestro siglo, que llega a su fin, ha dado origen a un nuevo tipo de espiritualidad que podemos calificar de moderna y contemporánea. Especialmente a partir del Vaticano II, que pidió a los miembros de la Iglesia que vivieran su fe encarnados en las realidades terrestres de nuestro tiempo, se abrió paso una nueva manera o estilo de ser cristianos.

Condicionantes de esta nueva espiritualidad son la cosmovisión dinámica del mundo que supera la cosmovisión estática que predominaba anteriormente. También tenemos una creciente cultura urbana, técnico-científica y secular, que sustituyen a la cultura agrícola, pré- tecnica y pre-cientifica y sacral de otras épocas. Otro elemento importante que explica los cambios ha sido el modelo de Iglesia. Hemos pasado de una Iglesia entendida como Sociedad perfecta, fuertemente jerarquizada, al modelo bíblico de Iglesia Cuerpo de Cristo, Familia y Pueblo de Dios.

Entre las características que identifican la nueva espiritualidad encontramos las siguientes: es una espiritualidad vital y encarnada en la realidad, subraya la experiencia personal y evangélica en el seguimiento de Jesús, la escucha del Espíritu en los signos de los tiempos, la dimensión eclesial y comunitaria, la unidad entre el amor a Dios y al prójimo.



Espiritualidad vital y encarnada en la realidad

La tendencia a vivir la espiritualidad encarnada ha hecho sentir la exigencia de tender a una actitud contemplativa en medio de la acción. Su meta lograr integrar la experiencia de Dios y la experiencia de la vida: ser contemplativos en la oración y en la acción. Tener una experiencia de Dios en la historia y en los hermanos que dé sentido a los "tiempos fuertes" de oración: momentos de mayor conciencia de la presencia del Señor, fuente de creatividad evangélica; espacio interior para el encuentro personal e íntimo con el Señor. La oración como actitud de vida lleva a descubrir el rostro de Dios en la realidad en conflicto, en los problemas sociales, en la angustia de los pobres en los que hay que "reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela". Más aún, descubre el sentido verdadero de la contemplación cristiana, que parte de la revelación que Dios hace de sí mismo y de su plan salvífico y que no es otra cosa que una vivencia en profundidad de la fe, la esperanza y el amor. Vivencia entendida no únicamente como una experiencia interior, sino también como un conocimiento que se nutre de la acción y se expresa en ella. La contemplación se tiene en la historia y haciendo la historia de salvación.

Creo que en este punto es claro el influjo de Thérèse de Lisieux. Ella vivió la oración como diálogo confiado y amoroso con un Dios Padre-Madre, al que descubre presente y cercano en todos los acontecimientos y situaciones y en todas las personas. Transforma en experiencia vital la fuerza que comunica la contemplación y se abre a la necesidad de la abnegación evangélica para que la oración sea auténtica: "c'est la prière, c'est le sacrifice qui font toute ma force, ce sont les armes invencibles que Jésus m'a données, elles peuvent bien plus que les paroles toucher les âmes". Esta búsqueda de Dios en la realidad de cada día, en las cosas pequeñas, la condujo a descubrir la santidad como comunión con Dios a través de la fe, la esperanza y el amor y a dejar a un lado la idea de que la santidad es perfección personal, ausencia de fallos y defectos.

Ella vivió un tipo de oración cada vez más sencillo, que la colocaba en la fuente de agua viva o junto al fuego divino que purifica y transforma: "Pour moi la prière, c'est un élan du coeur, c'est un simple regard jeté vers le Ciel, c'est un cri de reconnaissance et d'amour au sein de l'épreuve comme au sein de la joie; enfin c'est quelque chose de grand, de surnaturel qui me dilate l'âme e m'unit à Jésus".



Experiencia personal y evangélica en el seguimiento de Jesús

La experimentación es la nota clave de un mundo técnico científico. Todas las cosas deben ser experimentadas, vistas de alguna manera. La espiritualidad cristiana no es una excepción a esta tendencia. El testimonio y la experiencia son hoy centrales en la vida cristiana. Hay en ello una reacción contra un exagerado intelectualismo en materia de fe y de religión. Si bien esta búsqueda de la experiencia tiene el peligro de la subjetividad y de un cierto infantilismo espiritual, no puede ser rechazada sin más. Las experiencias espirituales son también fuente de conocimiento y de profundización en la revelación de Dios.

Thérèse de Lisieux es maestra de una auténtica experiencia de Dios que compromete en el seguimiento de Jesús. Ella nos enseña la experiencia del contacto con la Palabra de Dios; el sentido de fraternidad que Cristo nos comunica y la exigencia de respuestas concretas guiadas por el amor.



La escucha del Espíritu en los signos de los tiempos

La vida cristiana es una vida "en el Espíritu". El sigue actuando en la Iglesia y nos conduce al seguimiento de Jesús. Nos es dado como un don colectivo que renueva todo. Por el Espíritu que Cristo derramó sobre el mundo nos transformamos en El.

En la espiritualidad de hoy se insiste, con razón, en la necesidad de discernir la presencia y la voz del Espíritu en los "signos de los tiempos". La teología de Thérèse "es esencialmente una teología del Espíritu Santo". La dimensión trinitaria de su espiritualidad aparece en su experiencia y en sus escritos. Ya desde el retiro de preparación para la confirmación toma conciencia de la presencia del Espíritu Santo y experimenta su comunicación cuando recibe el sacramento: "Enfin l'heureux moment arriva, je ne sentis pas un vent impétueux au moment de la descente du Saint Esprit, mais plutôt cette brise légère dont le prophète Elie entendit le murmure".

A la luz de la fe, Thérèse experimenta en todas las circunstancias de su vida la acción del Espíritu que la orienta, la ilumina, la ayuda a discernir la voluntad del Padre: ""S'il m'arrive de penser et de dire une chose qui plaise à mes soeurs, je trouve tout naturel qu'elles s'en emparent comme d'un bien à elles. Cette pensée appartient à l'Esprit-Saint et non à moi".



La dimensión eclesial y comunitaria

La espiritualidad contemporánea ha vuelto a insistir en la dimensión comunitaria de la historia de la salvación, porque "fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no laisser porter du fruit. Et quand la Parole a longuement mûri dans un coeur silencieux, elle peut la rendre à Dieu et aux autres, chargée de toute son expérience de l'Esprit. C'est au double niveau de sa relation à Dieu et de sa relation aux autres que Thérèse a formé en elle un coeur qui écoute".

Ella nos enseña la centralidad del amor que simplifica y comunica la verdadera libertad y liberación que conducen a la madurez de una identidad cristiana. En un mundo de angustias y temores, nos orienta a la confianza y el abandono en el Señor, que supera todos los miedos. Frente a nuestros idealismos desencarnados nos ofrece un realismo espiritual y evangélico para ser profetas de un Dios presente, cercano y liberador. Su mensaje es un desafío para la espiritualidad de hoy en la Iglesia, como lo han percibido no sólo las personas consagradas a la contemplación sino también quienes trabajan en el campo de una evangelización comprometida con la promoción humana, el desarrollo y la liberación. La infancia espiritual es un concepto evangélico que implica la conciencia del don que hemos recibido de ser hijos e hijas de Dios y la respuesta que nos orienta a la fraternidad.

Por todo esto, no es exagerado afirmar, como lo han hecho los Sumos Pontífices y otros muchos en nuestr siglo, que Teresa de Lisieux es "la más grande santa de los tiempos modernos".



AUTOR: P. Camilo Maccise OCD

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