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El concepto Católico de Libertad de Pensamiento

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De hecho y de derecho, la única Institución y el único sistema doctrinario que reconocen y garantizan la libertad auténtica de pensamiento y acción son la institución de la Iglesia y el sistema doctrinal filosófico-teológico del Catolicismo. Una afirmación de este género, en los tiempos perdidos por los que atraviesa la humanidad, es a primera vista, superficialmente y sólo en apariencia, escandalosa y desconcertante. Desde el Renacimiento en adelante, a través de los "libertinos", y los "espíritus fuertes" los deístas del s. XVII y posteriormente los llamados "librepensadores" del jacobinismo del XVIII y del laicismo del siglo XIX estaban predispuestos a ver en la Iglesia y en el Catolicismo la negación de la libertad y de todas las libertades y a identificar la una y el otro con la coacción más opresiva y tiránica. La lucha entre la Iglesia y las otras confesiones religiosas, las teorías políticas modernas, el liberalismo y el marxismo, ha sido interpretada por historiadores y escritores no católicos como la lucha entre el oscurantismo de la tiranía eclesiástica y clerical y la afirmación de la libertad del hombre, con una confusión de planos y problemas y una tergiversación de hechos y principios que sólo puede explicarse por la gradual y progresiva ignorancia, característica del mundo moderno y contemporáneo, de lo que son la Iglesia y su complejo doctrinal.

De hecho, ha sucedido siempre lo contrario: cuando una autoridad ha desconocido los derechos de la persona y alguna de las formas más elementales de la libertad, se ha encontrado de frente, no como enemiga, pero sí intransigente e irreductible, a la Iglesia de Roma que sin miedo ha comparecido frente a cualquier tirano. Por esto, los oprimidos han visto siempre en Ella la única esperanza y en Ella han buscado el extremo refugio. Así, más de una vez, los hombres que ponen en movimiento las fuerzas oscuras del poder y la ambición, oprimidos por el mismo engranaje por ellos desencadenado e impotentes para detener la ruina de las leyes y las autoridades (ruina que termina en anarquía) pierden, confundidos, el control, y el prestigio de las instituciones y las leyes caen por tierra. Entonces, es la Iglesia quien recoge la herencia y guía a los hombres a través de tanta tiniebla de sangrienta violencia, negadora de toda libertad. En nuestros días, en aquellos países donde impera la tiranía y donde la libertad es delito que se castiga con la pena de muerte, es la Iglesia la que resiste todavía, infunde esperanzas y ofrece un oasis restaurador de libertad al rebaño de los hombres que aterrorizados aplauden su esclavitud. Para darse cuenta de que solamente la Iglesia es y ha sido siempre la única tutora de la libertad humana y la infaltable garantía de ella, no por  una finalidad distinta que la defensa de la misma libertad, y por lo tanto, no con una concepción instrumental, es necesario que vengan tiempos duros, años en los que la libertad sea amenazada o pisoteada. Cuando todos se inclinan ante la realidad de facto, la Iglesia protesta por cuantos callan, y defiende, asiste y protege inclusive a los mismos opresores para que éstos, reconquistada la libertad para sí mismos, puedan sentirse nuevamente criaturas espirituales y redimirse de la culpa de haber negado a los otros este derecho natural y fundamental.

Todo esto, desde el punto de vista histórico. Pero ¿cuál es el concepto católico de libertad y, más particularmente de libertad de pensamiento? ¿Cómo entenderla  desde el punto de vista del Catolicismo? Es éste un problema muy importante que en una breve nota solamente puede ser rozado en los que nos parecen sus aspectos teóricos esenciales.

Sobre todo, libertad de pensamiento significa libertad del pensamiento, es decir, no libertad de pensar lo que a uno le gusta, pues eso es la negación radical de la libertad en el arbitrioirracional y en el no-pensar, sino libertad de pensar conforme a la   naturaleza del pensamiento, es decir, de modo que, pensando, el pensamiento advierta que lo que piensa es adecuado a su esencia y no una violencia, es decir, una esclavitud. Por lo tanto, libertad de pensamiento significa simplemente, libertad del pensamiento de pensar el objeto que le es conveniente, y al que su naturaleza lo lleva    y reclama. Pero el objeto del pensamiento conforme a su esencia es la verdad; por lo tanto, libertad de pensamiento significa libertad del pensamiento frente a la verdad, pensar en la verdad. Quien piensa en la verdad no puede no pensar la verdad que el humano pensamiento puede conocer y quien la piensa, piensa conforme a la naturaleza del pensamiento mismo, y, por tanto, en plena libertad de pensamiento, conforme a los principios iluminantes de la razón y garantía de la veracidad de todo juicio.

Pero la verdad es más que el pensamiento que la piensa y por el cual éste, piensa, en cuanto no hay pensamiento sin su objeto. Es más porque no es el pensamiento quien la crea; la verdad es anterior e independiente de aquél, y hay verdades que la mente puede conocer porque existe la verdad, presente en toda verdad particular y por la cual toda verdad particular es tal. Si la verdad es más que el pensamiento, lo sobrepasa, lo trasciende; por lo tanto, la relación verdad-pensamiento es orden jerárquico: el pensamiento debe obedecer a la verdad. El "derecho" a su libertad, a pensar lo verdadero en la verdad, lo ejercita, lo afirma y garantiza sólo a condición de que cumpla el "deber" de obedecer a la verdad, en cuanto es libre sólo obedeciéndole. De otro modo se hace esclavo del error, sale de la verdad que es como salir fuera del camino, perderse a sí mismo en su propia oscuridad, pensar en disconformidad con su naturaleza, que es no pensar, sufrir por las privaciones de la verdad y por el peso del error. Por lo tanto, el concepto católico de libertad de pensamiento se puede formular de este modo: quien piensa conforme a la verdad piensa conforme a la misma naturaleza del pensamiento, que es libre cuando piensa su objeto propio, es decir, cuando se coloca bajo el orden objetivo y superior de la verdad. Libertad de pensamiento es libertad del error (liberación del error): sólo quien se convierte en siervo de la verdad y libre del error está en posesión del objeto que satisface su naturaleza y, satisfaciéndola, le da la alegría de la libertad plena. La libertad es proceso de liberación del error sin que se identifique con el proceso a través del cual se conquista.

Del mismo modo, la libertad de la voluntad es libertad frente al mal, es decir querer conforme al bien, que sobrepasa la voluntad y la trasciende. Por lo tanto, la voluntad es libre cuando está libre de obedecer al bien, como el pensamiento lo es, cuando es libre de obedecer a la verdad. El concepto católico de libertad de la voluntad significa: libre obediencia a la ley justa buena; desobedecer es, en este caso, hacerse esclavo del mal y perder la libertad de querer. Por lo tanto, también para la voluntad, la libertad es proceso de liberación del mal, conquista del bien y conformidad de la acción con el bien querido que, en cristiano, significa amado.
Pero ya están aquí prontas las objeciones o lugares comunes: aquí se impone al pensamiento una verdad bella y ya hecha y se lo obliga a seguirla, no se le permite que escoja su verdad.

¿Tienen un sentido racional estas palabras?
¿No es necesario imponer al pensamiento ninguna verdad? ¿Dejarlo suspendido de sí mismo, en el vacío? Pero el pensamiento no es, en absoluto libre en el vacío, sino que tiende a liberarse de él y a rechazarlo. Por eso es necesario darle un objeto; el objeto que es conforme a él, que lo hace libre, es justamente la verdad, que es verdad y no es antigua ni moderna, ni de ayer ni de hoy: es de siempre, extratemporal o suprahistórica, y aun madre del tiempo y de la historia; es algo tal que no puede no imponerse al pensamiento y obligarlo a seguirla. Si el pensamiento dice que no, miente, y la mentira, como el error, es esclavitud.

¿Qué significa que el pensamiento, si bien libre, debe elegir su verdad? Esa afirmación tiene un solo sentido: elegir la verdad en lugar del error. Pero frente a la verdad no hay elección, porque ya no hay alternativa. Su verdad, sí, si con eso se quiere significar que el pensamiento, eligiéndola, la posee, la ama, se siente unido a ella, si la fatiga de la conquista hace que la sienta toda para sí. Es suya en el sentido de que en ella se encuentra como en su casa, y en ella descansa aun durante  una vigilia perenne. No elige su verdad si con ello queremos significar que la verdad es producida o creada por el pensamiento relativa a él y dependiente de él, hasta el punto de ser verdad para uno y no-verdad para otro. Tal verdad ya no es tal, es opinión. Pero aquí no se hace cuestión de las opiniones. En síntesis: o se afirma, demostrándolo, que no hay verdad y entonces ya no hay más libertad de pensamiento, por el simple motivo de que el pensamiento está siempre en la no-verdad, o hay verdad, y entonces, como la verdad es algo que es siempre verdadero y no puede cambiar, la libertad de pensamiento tiene un sentido racional y comprensible, si es libertad de ser en la verdad, de conocerla y amarla, de pensar y juzgar según ella. Pero el pensamiento moderno no católico ha negado precisamente la existencia de una verdad objetiva e inmutable, de los principios mismos de la razón, y los ha cambiado por una verdad histórica y relativa, que es, en el mismo movimiento dialéctico y el devenir del pensamiento, temporal y casi puntual, producción mudable de las mudables mentes humanas. Por eso, perdido el verdadero concepto de libertad del pensamiento, esclavo del error, acusa al Catolicismo de negador de la libertad, cuando él es el único que tiene de ella un concepto verdadero que posee toda su fuerza normal porque es conforme a la genuina naturaleza del pensamiento, cuya libertad se realiza en la obediencia a la verdad, que es el amo que rescata de la esclavitud del error e impone una dependencia tal que, sólo dependiendo de él, se es perfectamente libres.

Dentro de esta libertad del pensamiento en la verdad y de la voluntad en el bien, es legítima y verdadera toda otra libertad: política, social, privada y pública, pero siempre tal que se actúa en la verdad y en el bien y obedeciéndolos. Sólo el concepto católico de la libertad de pensamiento es fundamento y garantía de toda otra libertad, de la libertad integral. Por eso la Iglesia defiende los derechos naturales de la persona humana, que se resumen en un solo derecho fundamental: libertad de ser pare la verdad, que es ser libres con toda la libertad y libertados de la esclavitud del error. Tal libertad tiene un sólo límite: la verdad para el pensamiento, el bien para la voluntad. Porque no tiene sentido una libertad del pensamiento y de la voluntad más allá de la verdad y del bien. Más allá de la verdad y del bien está la nada de verdad y del bien, que es la nada del pensamiento y de la voluntad. Y en la nada no hay cuestión de libertad ni de esclavitud; es la nada de la persona humana, de todo su derecho y su deber. Pensar fuera de la verdad es no pensar y no ser, de ningún modo, libres de pensar; es abandonarse, al error que es la nada del pensamiento; pensar lo que a uno le gusta es rehusarse a pensar lo que es verdadero, es el no penar porque lo que gusta no es objeto de pensamiento sino de los sentidos. Si se abandona el plano de la libertad espiritual o de pensar en la verdad se desciende al de la libertad biológica o vital, gobernada por el mecanismo de los instintos y por la violencia de las pasiones. Entonces el subjetivismo incontrolado de "lo que gusta" hace que el hombre no cumpla su primera libertad social y moral que es la de reconocer y respetar la libertad del otro: es la violencia en todas sus formas, del asesino individual y colectivo (la guerra), de la rebelión o la tiranía. Para ser libre, el hombre debe liberarse de hacer lo que le gusta, y debe hacer lo que es justo porque es conforme al orden del bien en el cual solamente su pensamiento es libro. Es entonces, libertad en la verdad y en el bien.

Desde un punto de vista teológico aquella fórmula se traduce en esta otra: libertad en la ortodoxia. La verdad es infinita y se manifiesta en infinitos aspectos, que jamás la agotan; pensar en la ortodoxia es agregar algo, que armonice con el todo, al sistema de la verdad inagotable; como una ojiva a una catedral. Por eso nosotros creemos que una filosofía por más verdad que contenga, no es nunca toda la verdad y por lo tanto no hay ninguna filosofía que pueda decirse toda la verdad católica. Hay tantas filosofías, no como tantas verdades hay, sino como tantas verdades parciales y concordantes con la verdad única, convergentes en ella, como los radios de un círculo todos al centro. La Iglesia ha conocido en el mejor Medievo esta magnífica libertad de pensamiento dentro de la ortodoxia. El pensamiento ortodoxo no puede identificarse sin más con una filosofía o con una determinada corriente filosófica. No hay una filosofía perennis, porque perenne es sólo la verdad, y la filosofía también, pero como búsqueda y descubrimiento de verdades siempre nuevas en la verdad, cada una de las cuales es perenne como verdad particular. Perenne es toda filosofía cuyas verdades revelan un aspecto de la verdad, porque vive de la vida perenne de la verdad. Perenne es todo pensar en la ortodoxia, sin exclusiones, en cuanto la verdad es sólo monopolio de sí misma y objeto de todo pensamiento recto y de toda voluntad honesta. Aquél que haya descubierto una verdad particular y acrecentado el conocimiento humano de la única verdad eterna, aunque se diga ateo, contra sí mismo, aun siendo esclavo del error, es libre por todo lo que piensa y conoce de verdadero, en la medida en que obedece a la verdad, y también es católico por aquello que piensa sin contradecir a la ortodoxia. El concepto católico de la libertad de pensamiento es algo que hace libres incluso a quienes hacen todo lo posible para ser esclavos del error y del mal.

 Michele Federico Sciacca
De Existencia de Dios y Ateísmo.

Principios filosóficos del Cristianismo

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El cristianismo no es una filosofía. 
No se presenta como una filosofía más en el mercado del pensamiento. El cristianismo es, ante todo, la intervención histórica de Dios Padre en su Hijo Cristo, por medio del Espíritu Santo, para salvar al hombre de la esclavitud del pecado y de la muerte y elevarlo a la condición de hijo de Dios. Antes que una doctrina, es un hecho salvador que se perpetúa en el seno de la Iglesia.
Sin embargo, por múltiples razones, implica una filosofía, y no sólo la implica, sino que la depura y le abre horizontes insospechados, de tal modo que eso que se llama filosofía cristiana, o mejor, filosofía de inspiración cristiana, debe más al calor y a la luz de la fe que a cualquier otra fuente de inspiración.
Cuando el cristianismo apareció en el teatro de la vida humana, se encontró con una filosofía helénica, ya decaída, a la que purificó y elevó salvándola de una decadencia inevitable. Otro tanto hizo la mente de santo Tomás cuando, desde la fe, descubrió las virtualidades que encerraba la filosofía de Aristóteles y las supo aprovechar purificándolas y elevándolas a un horizonte nuevo.
Pero ocurre también hoy en día que la filosofía se encuentra en un período de agotamiento. No sólo ha caído el marxismo, sino que ha caído también la filosofía occidental, la cual ha entrado en una situación de escepticismo, incapaz no sólo de llegar a la trascendencia de Dios sino a la trascendencia del mismo hombre. Es impotente también para fundamentar objetivamente una moral verdaderamente humana. La razón, que desde la Ilustración del siglo XVIII pretendió poder explicarlo todo, se encuentra hoy en día en una situación de postración y escepticismo.
Se ha perdido ya la esperanza de la totalidad y de la universalidad. Nos encontramos en una época de transición, caracterizada por la caída de la modernidad y por el inicio de una posmodernidad que no es otra cosa que el epílogo de una época acabada. En verdad, la posmodernidad no nos ofrece otra cosa que un nihilismo complacido. Un filósofo de nuestro tiempo ha revelado que nunca se ha tenido conciencia del fin de una época como hoy en día: «es la generación actual la que ha de salir de la situación de impasse y agotamiento cultural que por todas partes asoma. Hay una conciencia de fin de época más aguda que nunca».
Vivimos, en efecto, en un estado de inseguridad y de incapacidad de síntesis, hasta el punto de que un hombre como Kolakowski, desengañado del marxismo, ha constatado la falta de luz y de horizonte para nuestras vidas y ha sintetizado la situación actual de occidente en estos términos:
«Tengo la impresión de que en la filosofía actual hay muchos hombres dotados intelectualmente, muy eruditos, pero al mismo tiempo no hay un gran filósofo viviente. Es decir, no hay hombres en los que se pueda confiar, que estén considerados como maestros espirituales y no sólo como hombres muy inteligentes que saben discutir con habilidad y escribir de modo interesante…
De una parte, se publican excelentes obras filosóficas e históricas. Tenemos un gran número de centros, muchos hombres destacados trabajan en diversas disciplinas humanísticas… Y, a pesar de todo esto, vivimos en un estado de inseguridad y sentimos la falta de maestros de la humanidad»
Confiesa R. Yepes, hablando del mundo filosófico, que la actitud espiritual más corriente hoy en día es el desengaño. Lo moderno está acabado y la posmodernidad es la última pirueta del pensamiento occidental para no reconocer el vacío que lleva dentro. Quizá se ha llegado a ello por el convencimiento de que, fuera de la significación del discurso, el lenguaje ya no transmite nada, al menos nada trascendente. Es crisis de contenidos, como lo fue la crisis del nominalismo cuando se defendía que los nombres son puros «flatus vocis» que no representan la realidad. Todo se hunde cuando se ha perdido la metafísica y todo se convierte en lenguaje vacío por su desaparición.
Por ello, quizá sea éste el momento de buscar verdaderas salidas a la crisis. Y puede ser que nada mejor para ello que volver a iluminar la razón desde la fe, volver a la fe, para encontrar vigor y energía para la razón. Si en épocas pasadas fue la fe la que vitalizó la razón, ¿por qué hoy en día no volver a la fe para buscar en ella la energía que la razón necesita? Que nadie se espante. que nadie piense que de este modo postulamos salir por el fideísmo, por la salida fácil del subterfugio. Lo que pretendemos es simplemente repensar aquellos principios que en la tradición filosófica cristiana son imprescindibles, porque puede ocurrir que, en una nueva síntesis, nos ofrezcan la luz que buscamos. Ello habría de hacerse, naturalmente, con una metodología estrictamente filosófica, pues la fe no priva a la filosofía de la autonomía de su método. Sencillamente sería provechoso volver a ser el filósofo que se deja iluminar por la fe sin dejar en ningún momento de ser filósofo.
La cosa tiene interés no sólo para la filosofía sino para la misma teología, pues ha ocurrido en estos años que la Iglesia ha padecido en su propia carne las sacudidas del mundo, y ello en parte, porque también la Iglesia ha pasado y está pasando por el desconcierto filosófico. Es el caso que la filosofía que hasta las puertas del Vaticano II le había servido a la fe católica como instrumento de reflexión, es decir el tomismo, ha sido abandonada en nuestros centros de estudio sin que se haya hecho el necesario discernimiento de lo que del tomismo es de valor permanente y lo que, por el contrario, es obsoleto y caduco. El teólogo se ha abierto, por otro lado, a la filosofía moderna, en muchos casos cargada de subjetivismo, y ha terminado así por comprometer la misma fe.
¿No es claro que también la Iglesia necesita un discernimiento filosófico en el momento actual? ¿Qué filosofía se enseña en los centros eclesiásticos de formación?, y, ¿con qué resultados? ¿Qué certeza sobre Dios y sobre el hombre poseen hoy en día los sacerdotes jóvenes que formamos en nuestros centros? Son además varios los ámbitos de la teología actual que se encuentran afectados por la influencia de filosofías que comprometen los datos de la fe.
La tarea se muestra, por lo tanto, difícil y complicada. Sin embargo, es una tarea necesaria, la tarea del discernimiento filosófico. Puede ser un atrevimiento el emprenderla, pero alguien tiene que ser osado en ella. Después de todo, la luz ya está ahí, no se trata de partir de cero; más bien se trata de discernir, de mejorar, de sintetizar. Dice Yepes que en el fondo la filosofía clásica era sintética, es decir, se partía del hecho de que había ya verdades logradas y el filósofo trataba de completar y mejorar la síntesis. Hoy en día, la filosofía es sistemática, es decir, cada filósofo pretende por sí mismo descubrir todo de nuevo inventando un sistema original. Antes, la filosofía era sintética porque se partía de la realidad como fundamento de todo. Hoy en día, desde Descartes, se parte de la razón, del sujeto y cada cual monta el sistema peculiar que le place.
Es claro que nuestra intención es sintética más que sistemática y es también intención nuestra evitar todo prurito de neologismos (¡cómo les encanta hoy en día a muchos!); pero, como suele decir Julián Marías, el prurito del lenguaje críptico y esotérico casi nunca responde a la hondura o dificultad real del pensamiento, sino al intento de hacer pensar a los demás que se está hablando de algo que nadie ha logrado nunca descifrar. Se busca la complacencia en la oscuridad y la simulación de lo misterioso allí donde se requiere la claridad y la sencillez. La voluntad filosófica es una voluntad de luz y de claridad, y la síntesis, si está bien lograda, es más bien fruto del discernimiento que de la simplificación.

José Antonio Sayés 
Sacerdote, doctor en teología por la Universidad Gregoriana y profesor de Teología fundamental en la Facultad de Teología del Norte de España

Publicado por Silvia S.A.

Actualidad de Santo Tomás.

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Brillante síntesis del p. Leonardo Castellani sobre las dos corrientes filosóficas, dos comsmovisiones que se encuentran en constante combate en nuestra época.

Santo Tomás es sumamente actual, e irá siéndolo más y más in dies. La razón es que intelectualmente no existirán más que Hegel y Tomás de Aquino trabados en lucha a muerte, dentro de poco. Estamparé aquí una afirmación osada, que a quien le parezca disparatada o temeraria no tiene más que pedirme se la pruebe… Es ésta: en la época en que estamos, la Epoca Atómica (que yo llamaría “Parusíaca”), no habrá más filosofía. Habrá solamente Teología; la filosofía habrá retrocedido a sus raíces religiosas. Habrá una lucha religiosa a muerte entre el ateísmo y la Iglesia Católica, es decir, entre la teología de Hegel y la de Tomás de Aquino. Podemos adelantar que Hegel vencerá, pero no para siempre.

Hace ya un siglo, el gran Menéndez Pelayo exclamó (en Ideas Es­téticas, tomo 4, I): “¡No hay filósofos, y quizás no los habrá ya nunca!”, que es lo que estamos diciendo. Tampoco los hubo después del gran crítico hasta nuestros días. Pero, ¿y esa bandada de filósofos disemina­dos por todo? Aquí en Buenos Aires tenemos como cinco… No son filósofos: son profesores de filosofía. Son discípulos, seguidores, epígo­nos de Hegel. Y lo mismo se ha de decir, pese a quien pese, de Bergson, de Max Scheller, de Gentile, de Julián Marías y de Ortega, etc., etc. Son a veces brillantísimos expositores, pero filósofos no son. Son flor de un día.

El de Aquino tiene en pos de sí a quienes podemos denominar filósofos sil vous plait: Rosmini, Maritain, Marechal, Zeferino Gonzá­les, Balmes, Ramírez, Josef Pieper, Haecker, Peter Wust… y otros. Y una brillantísima falange de expositores, como Zigliara, Mercier, Gus­tave Truc, De Wulf, Descogs, Rousselot, Sertillanges, Mandonnet, Thon­nard, Mánser, Bochenski, Garrigou Lagrange, Gardeil, Gredt, Gilson, etc. Se podría llenar una página de nombres.

Vean por otro lado las numerosas “escuelas” de filósofos actuales, si no están todas (excepto las tomistas) tocadas de una manera u otra por Hegel: desde los neohegelianos puros, que son legión, hasta los ateos, marxistas, materialistas, fenomenólogos, nietzcheanos… Eso irá en aumento hasta que no queden en finiquito más que la religión en su forma más pura y el hegelismo también puro, es decir, panteísta y ateo, con sus derivados, naturalismo y modernismo.

El causante de esta polarización en marcha fue un teólogo extraño y poderoso llamado Söeren Kierkegaard –si lo quieren mejor en espa­ñol, Suero Kirkegord–. Al fin de su vida, todas sus posiciones prin­cipales (testigo su expositor, traductor y biógrafo, Knud Ferlov) coin­cidían con las de Tomás de Aquino. Sobre esto hemos escrito un libro (De Kirkegord a Tomás de Aquino).

¿Cómo lo hizo? Rebatiendo a Hegel, con una refutación definitiva que está en su Postdata no científica definitiva principalmente, y luego en el resto de su obra. Educado en Hegel y Lutero, se desprendió con energía de los dos en el largo itinerario a Dios de su corta vida. Murió a los 43 años. Si hubiera vivido más, muy probablemente se hubiese reducido a la Iglesia Católica, pues al teólogo oficial de la Iglesia, Tomás de Aquino, ya había llegado solo, a oscuras, sin conocer de él ni una línea.

El historiador idealista Kuno Fischer escribió que Hegel era la “cúspide de la filosofía”. Si hubiera añadido “moderna” estaría en lo cierto. Hegel es el final del camino antitomista abierto por Descartes. Es el anti-Aristóteles, el Aristóteles invertido, patas para arriba: el devenir en lugar del Ser. Pero tiene una potencia de pensar y sistemar comparable a la del Estagirita. Pues bien, el endiosado Kirkegord lo derrumba entero con sólo retirarle el cimiento: el comienzo del filosofar no es el Devenir, sino el Ser. Antes que Heráclito, Parménides, y mejor la síntesis de ambos: Tomás, el “Buey Mudo”.

Lo primero que conocemos son las cosas sensibles, que por abs­tracción de nuestro intelecto nos llevan a Dios, tanteado en las tinieblas de lo Sumo. El principio de no contradicción, “nada puede ser y no ser” (a la vez, en el mismo sentido), eliminado por Hegel, es inelimi­nable. Es el gozne mismo de nuestro pensar. Claro, el que elimina el principio de no contradicción puede llegar después adonde quiera: a decir que el Espíritu Absoluto es a la vez Dios y el hombre, en con­tinua evolución, por ejemplo.

La filosofía greco-latino-cristiana dijo su última palabra en el de Aquino. La filosofía antiescolástica-anticristana moderna dijo su última palabra en Jorge Guillermo Federico Hegel. Ya no queda nada que inventar: sólo se puede glosar y, si acaso, reconstruir y completar. Kir­kegord quedó sepultado casi un siglo, y lo resucitaron los alemanes, traduciéndolo del danés después de la Guerra del 14. Y Santo Tomás estuvo sepultado como seis siglos y fue resucitado por el Papa León XIII. Los dos escribieron para nuestra época, la Época Atómica; o, si quieren creerme, la Época Parusíaca.



R.P. Leonardo Castellani, visto en Ecce Christianvs, 13-Ago-2014.

Fuente: Stat Veritas.

DECÁLOGO PARA FORMAR UN DELINCUENTE

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En el libro Reflexiones de un juez de menores  (editorial Dauro 2007),Emilio Calatayud, muy conocido por sus sentencias educativas y orientadoras, incluye este Decálogo para formar un delincuente (de origen desconocido) en el que se describe, de forma irónica, las pautas erróneas que utilizan muchos padres con sus hijos y que son el perfecto caldo de cultivo para malcriarlos y hacer de ellos potenciales delincuentes.

Se ha hecho bastante popular probablemente porque todos conocemos a niños que parecen estar educados con estos criterios y seguro que muchos padres, aunque no lo reconozcan, se han sentido identificados con alguno de los comportamientos que se describen en el.

Se desconoce cual fue el  decálogo original y su autor, aunque las diferentes versiones que circulan exponen los mismos puntos con distintas palabras. El que se incluye en el libro de Emilio Calatayud dice así:

1  Desde su más tierna infancia, dé a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.

2  No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3  Cuando diga palabrotas, celébrelo con unas sonoras risotadas. Esto le animará a hacer cosas todavía más graciosas.

4  Nunca le regañe ni le diga que ha obrado mal. No le reprima. Podría crearle un complejo de culpabilidad.

5  Recoja todo lo que deje tirado por ahí. Así se acostumbrará a cargar las responsabilidades sobre los demás.

6  Déjele ver y leer todo lo que caiga en sus manos. Esfuércese para que los platos, cubiertos y vasos que utiliza su hijo estén esterilizados, pero no se preocupe porque su mente se llene de basura.

7  Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño. De esta forma, conseguirá que no le afecte demasiado una ruptura familiar, quizá provocada por su propia conducta.

8  Sea generoso. Que su chico tenga siempre todo el dinero que pida. No vaya a sospechar que para conseguirlo es necesario trabajar.

9  Satisfaga todos sus deseos, apetitos y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle graves frustraciones.

10  Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga el chaval con sus profesores y con sus vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que quieren fastidiarle.

La Facultad de Filosofía de la Provincia de México, en León, Guanajuato

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En 1992, la provincia de Santiago de México trasladó a la Ciudad de León su Sección de Filosofía del Centro de Estudios Institucionales mientras que la sección de teología permaneció en la Ciudad de México. El año 1995 se presentó la oportunidad de obtener el reconocimiento oficial de los estudios impartidos en nuestro Centro de Estudios Institucionales; es así como nuestro Studium se convirtió en una Facultad de Filosofía y se le puso el nombre de: Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino (CEFTA). La licenciatura se hace en tres años (nueve cuatrimestres) y los títulos los otorga la Secretaria de Educación Pública del gobierno mexicano. El plan de estudios coincide con lo que manda la Ratio Studiorum Generalis; los programas están dirigidos a satisfacer las necesidades de formación académica de los frailes en formación. El CEFTA abrió sus puertas en 1996 a los jóvenes laicos que quisieran obtener el título de Licenciado en Filosofía. Hasta el día de hoy ha expedido 161 certificados de terminación de estudios y 39 alumnos han redactado una tesis con la que han obtenido su título. Las autoridades del Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino son todos dominicos y las materias principales del currículo: ontología, antropología y epistemología, etc., son impartidos por profesores dominicos en la tradición dominicana de diálogo con los problemas reales. Las materias restantes las imparten algunos profesores de la Universidad de Guanajuato. Los profesores del CEFTA publican regularmente sus trabajos en revistas de la Orden y en publicaciones especializadas; los alumnos, con la asesoría de sus profesores, hacen sus publicaciones de forma independiente.

Los egresados del CEFTA encuentran empleo mayormente en la docencia de materias humanísticas y los frailes que se consagran la investigación buscan también obtener el título civil que los habilita a ser contratados por instituciones no confesionales. Después de su preparación en el CEFTA algunos siguen maestría y doctorado en las universidades privadas o públicas del país.

El CEFTA promueve en el año 2011-2012, cuatro diplomados y un curso extracurricular. 1) Filosofía y cultura, 2) Arte y religión, 3) Actualidad de Bartolomé de las Casas, 4) Ficción y realidad en el cine y un Curso de Teología para Universitarios. Los temas de los diplomados cambian cada año.

El CEFTA mantiene relaciones institucionales con la Universidad de Guanajuato, con la Universidad Nacional de México y con otras instituciones de Estudios Superiores y participa de las sociedades filosóficas de profesores y alumnos que son más influyentes en la región. La Facultad de Filosofía de la Provincia de Santiago de México además de responsabilizarse de la formación filosófica de los frailes estudiantes, es actualmente es una referencia notable en el pensamiento filosófico y en la vida cultural del centro del país (en los Estados de: Querétaro, Aguascalientes, Michoacán, Jalisco, San Luis Potosí y Zacatecas) y recibe alumnos de otras partes de México.

(Información de Fray Luis Ramos o.p.)

Un Cerdo es un Cerdo.

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Ando leyendo, entre otras muchas cosas, la recopilación de escritos sobre religión de G. K. Chesterton. Por qué soy católico ha sido publicado en 2009 por la editorial El buey mudo.

En ella, el propio Chesterton comenta dos de sus frases favoritas y que resumen muy bien su conversión al catolicismo y su visión de éste -y también de la filosofía tomista- como la religión -y la filosofía- verdadera.

“Filetes y cerveza” y “Un cerdo es un cerdo”.

La segunda frase explica lo siguiente: un granjero arisco y un portavoz de las ciencias económicas. El economista explica los misterios y secretos del mercado al granjero. El valor del cerdo sube y baja, e incluso afirma que, en algunos momentos, es mejor dos cerdos que tres. Ya que un cerdo no es necesariamente un cerdo. Es otra cosa. Sin embargo, el sentido común del granjero, le hace repetir, obstinadamente, “un cerdo es un cerdo“.

El granjero no es otro que el símbolo de lo que es la filosofía tomista, el catolicismo, y la visión del mundo con sentido común: nuestras percepciones conectan con el mundo. El mundo es lo que vemos. Los sentidos como nexo entre nuestra mente, que al mismo tiempo se configura por y a través de ellos, y el mundo, esto es, la realidad, lo de fuera. El economista, imbuido dentro del neopaganismo Occidental de nuestros días, más que la religión -dice Chesterton- lo que ha perdido es el sentido común. Mientras que el granjero es un buen tomista, que se deja llevar por su instinto intelectual, el economista, sencillamente, ha perdido la cabeza.

Esto le lleva al autor a afirmar, además, -y aquí entra la primera frase- que el debate moderno entre optimistas y pesimistas -muy típico de economistas también- deja de tener sentido cuando uno se adentra en el tomismo. Chesterton sacude el debate demostrando la esterilidad del mismo; ambos argumentos son inadecuados, y están confundidos y acertados a partes iguales. Para Chesterton, la Iglesia eleva el debate en un estrato superior; trascendental. Haciendo una visión común del hombre y el cosmos.

Desde Descartes, toda la filosofía moderna, sobre todo a través del luteranismo, se ha enfrentado a esta visión del hombre y el cosmos como una sola cosa. El dualismo hombre-mundo, que es el dominante en la visión antropológica contemporánea, nace de esa renuncia a los sentidos del cartesianismo, y más radicalizado por un luteranismo, donde no solo la razón era una “ramera”, porque nos hacía ir de un sitio a otro sin otro afán que el de pecar, sino que nuestros sentidos nada podían decirnos del mundo. La visión mística agustiniana llevada al extremo por un fraile alemán que cambió el mundo. Solo nos queda la fe; la razón y los sentidos no son nada, meros estorbos del diablo. De esta visión filosófica de Lutero, nace el capitalismo, las teorías económicas modernas, el nazismo, el marxismo, la ciencia moderna de raíz kantiana, y posiblemente lo más terrible de todo; el nihilismo contemporáneo que todo lo inunda hoy día.

Frente a eso, Chesterton sitúa a la filosofía católica tomista y la visión trascendental integradora del hombre con el cosmos de la Iglesia. El debate pesimismo-optimismo, que subyace a la visión del mundo dualista cartesiana, es decir, el mundo frente a mí, es bueno o malo, queda superado. La integración trascendental del hombre con el mundo, que conectan a través de los sentidos -como bien sabía Aristóteles- y que parece que la neurociencia contemporánea parece confirmar, nos parece decir, que el hombre es intrínsecamente bueno a pesar de las limitaciones que nos ponen el mal y el pecado. Si no fuera bueno, el hombre simplemente no podría estar en el mundo. La creación de la materia y que ésta esté unida al hombre ”milagrosamente” nos redime de todo mal. Seguimos existiendo, y somos capaces de movernos en la realidad e incluso transformarla, y, aun así, seguir vivos, generación tras generación. Por eso dice Chesterton: “Come tu filete y bebe tu cerveza dando gracias por esa bendición de Dios, y regocíjate porque el pecado y la muerte hayan sido vencidos”.

En conclusión, dos frases aparentemente sencillas que resumen la metafísica de un autor, Chesterton, único, fácil de leer y profundo como pocos que recomiendo vivamente en este blog*. Ya llegarán ustedes a la conclusión que tengan que llegar.

Notas:

*Fuente: http://www.artgerust.com/blogs/Je-ne-sais-pas/tag/tomismo