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La tradición no es magia, el poder del Papa es muy limitado

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Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué y que aceptasteis, y en el cual perseveráis, y por el cual os salváis, si lo retenéis en los términos que os lo anuncié, a menos que hayáis creído en vano.  Porque os transmití ante todo lo que yo mismo recibí. (I Cor. 15:1-2)
Recibir y transmitir. Esa es la esencia de lo que la Iglesia católica entiende por ‘Tradición’ con una t mayúscula. No somos un pueblo del Libro, como el Islam, cuya fe está basada por completo en el Corán. Y están los cristianos protestantes que también son gente del Libro, pero su libro es la Biblia. Y para ellos toda la fe está contenida en la Biblia y el propósito de estudio es leer constantemente, examinar y analizar el texto de la Biblia. Que este fundamento es inestable debería ser obvio: ya que los idiomas originales de la Biblia son el hebreo y el griego, y por lo tanto cada traducción está sujeta a ese dictamen fundamental de que la traducción siempre implica en cierto sentido una traición, ya que cada traducción lleva las marcas y los prejuicios de las personas particulares y de una cultura particular. No hay una total objetividad en la traducción y en una fe como el cristianismo que insiste en que la verdad última se encuentra en la persona de Jesucristo, cuyas palabras se registran en los evangelios, este problema es agudo. Pero nosotros, los católicos siempre hemos creído desde el principio que lo que ha sido transmitido, la ‘Tradición’, no es simplemente lo que se registra fielmente en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento, sino que también incluye la tradición oral transmitida de Jesús a los Apóstoles y a la Iglesia.
Pero es algo más profundo que esto. Para el católico, la ‘Tradición’ es una entidad viviente. Crece y se desarrolla bajo el poder y la protección del Espíritu Santo. Si esto no fuera cierto, entonces la Iglesia nunca se podría enfrentar de una manera real y fiel a los nuevos retos de todas las edades. Y es al magisterio de la Iglesia, al Papa y los obispos, a quienes se ha confiado la transmisión de la ‘Tradición’. Pero esto no es magia. No es el caso de que los obispos y el Papa puedan ser inspirados personalmente, aparte de la ‘Tradición’ auténtica y declarar cosas que dicen ser ciertas que estén, evidentemente, en contradicción con lo que ha sido transmitido orgánicamente durante dos mil años. De acuerdo con la definición limitada de la infalibilidad papal definida por el Concilio Vaticano I, el Papa puede definir sólo lo que se ha creído y se cree por la Iglesia. Nunca puede definir nada como verdadero y que deba ser creído,  que no tenga su raíz y fundamento en la ‘Tradición de la Iglesia’ que siempre le precede.
El desarrollo de la doctrina siempre tiene lugar en un determinado momento y lugar, una cultura particular. La doctrina de la plena humanidad y divinidad de Cristo y la doctrina de la Santa Trinidad, se debatieron y desarrollaron en un momento determinado de la historia. Y estas verdades se definieron en un momento y lugar determinados, y sin embargo, trascendieron ese tiempo y lugar en particular, debido a que el desarrollo de la verdad no está en última instancia en el poder del hombre, -aunque el ejercicio del intelecto del hombre, aún empañado por el pecado, puede trabajar hacia la verdad-.
Ahora vivimos en un tiempo y lugar en que los que se llaman católicos apoyan abiertamente a los que declaman posiciones morales que son la antítesis de las enseñanzas de la Iglesia católica. No podemos hablar con los de Europa que han volteado deliberadamente la espalda a la esencia misma de su cultura, que es la esencia del cristianismo. Sólo podemos hablar con nuestra propia situación en este país. Que ambas situaciones están relacionadas no hay duda. Pero sólo podemos hablar de la situación peculiar que es la cultura americana. Desde el principio hubo aquellos obispos en este país que vieron que ser católico en este país es una cosa diferente que ser católico en Europa. Y tenían razón, porque los americanos no cargaban el equipaje de una larga historia en la que la Iglesia católica desempeñó un papel central y un papel a menudo ambiguo. Pero estos obispos confunden a menudo lo que los americanos entendían como libertad y liberalismo con lo que la Iglesia entiende como libertad – que se define por la Cruz de Jesucristo. Ellos estaban felices de que el gobierno americano tolerara el catolicismo y que, a pesar de algunos brotes reales de anti-catolicismo en este país, los americanos  son un pueblo tolerante – siempre y cuando mantengan su religión para sí mismos y no traten de declarar verdades morales como absolutas.
Yo era el subdiácono el pasado sábado en la misa solemne en la iglesia santuario de nuestra Señora del Monte Carmelo en Harlem. Esa parroquia era el hogar de los inmigrantes italianos que llegaron a este país a principios del siglo XX para escapar de la pobreza del sur de Italia. El arzobispo de Nueva York en ese momento estaba furioso de que estas personas en este día de fiesta que significaba tanto para los que trajeron su religión a las calles y llevaron a la imagen de la Virgen del Carmen en procesión y tenían una granfesta diseñada para recordarles lo que dejaron en Italia. Estaba furioso, porque había hecho las paces con el individualismo radical del americanismo que relega la fe cristiana a las puertas cerradas de la iglesia y el hogar.
Pero ya ven, ese punto de vista ha triunfado en este país en muchos sentidos, donde el catolicismo ha sido domesticado, de ser un oloroso león amenazante, a ser más un oso de peluche de denominaciones. ¿Cómo más explicar a Tim Kaine, el ex gobernador de Virginia, ahora senador y candidato a la vicepresidencia con Hillary Clinton, que es la candidata demócrata para Presidente? Kaine es un católico practicante que dice que personalmente se opone al aborto, pero apoya el derecho al aborto, que es la ley de la tierra. Hillary es el producto del protestantismo liberal, que, desde el punto de vista del cristianismo tradicional, está casi muerto. Kaine no ve ninguna contradicción moral en lo que está haciendo. Y puede hacerlo porque ha comprado la visión americana de la religión como puramente individualista y, al hacerlo, ha negado la base misma de la fe cristiana que es el hombre, Jesucristo, que también es Dios de Dios. Y tiene el apoyo de muchos de esos iconos de Cristo, que son los obispos de la Iglesia. Muchos de estos hombres no sólo han comprado los peores aspectos del americanismo, sino que se han convertido en los fariseos de nuestro tiempo.
Ellos usan sus sombreros puntiagudos y lleva sus báculos y son los sucesores de los Apóstoles, pero lo que predican no se acerca a la afirmación radical de Jesucristo, de ser el único camino, la verdad y la vida. En nombre de la misericordia y la inclusión niegan la necesidad de arrepentimiento y volverse al Señor, y en su lugar dicen cosas como: yo nunca usaría la Eucaristía como un arma contra la conciencia de alguien. ¿Pero qué significa eso? Acaso alguna vez temen que cuando mueran el Señor les preguntará: ¿por qué permitieron que muchas personas reciban mi cuerpo y sangre indignamente en el nombre de mi misericordia y amor?
Las palabras de san Pablo: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué y que aceptasteis, y en el cual perseveráis, y por el cual os salváis, si lo retenéis en los términos que os lo anuncié, a menos que hayáis creído en vano.  Porque os transmití ante todo lo que yo mismo recibí.
Debemos amar a nuestros obispos, debemos orar por ellos. Su tarea es tan difícil en esta época actual. 
Padre Richard G. Cipola
Fuente: RORATE CÆLI

Santiago Apóstol, su significación en la cultura hispánica

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Cristo tuvo por predilectos a: Simón, Santiago y Juan. Ellos fueron los elegidos para presenciar los momentos más solemnes: para verle transfigurado en el Tabor; para presenciar la resurrección de la hija de Jairo; para acompañarlo en los momentos previos a la Pasión en el Huerto de los Olivos. Sólo ellos tres recibieron de Cristo sobrenombres especiales: a Simón, lo llamó Pedro; a Santiago y Juan, Boanerges o sea “los hijos del trueno”.
Predicación de Santiago el Mayor en España
Después de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, Santiago hospedó en su casa a la Santísima Virgen, encomendada por Cristo desde la Cruz, al cuidado de su hermano San Juan.
Dice el P. Zacarías de Vizcarra que sin duda alguna la Virgen Santísima tuvo una influencia muy importante en la resolución tomada por Santiago de dirigirse a predicar la fe al último límite del mundo entonces conocido que era España, alejándose de Palestina antes que ningún otro Apóstol, como si presintiera que su muerte estaba cercana.
Según la tradición, Santiago llegó a las playas de España a enseñar la nueva fe cristiana1. Los habitantes del lugar lo recibieron con tanta dureza de corazón que el apóstol no lograba frutos. Afligido y descorazonado por este motivo, recibió la visita de la Madre de Cristo que vivía aún en casa de su hermano Juan en Jerusalén, sobre un pilar de jaspe que lo alentaba a continuar sin desfallecer. Parece que la Santísima Virgen también hubiera querido ser misionera de los españoles confirmando su fe con su milagrosa presencia. La Virgen María como prenda de amor y como símbolo de la firmeza que habría de tener la Iglesia fundada en España por Santiago le dejó aquel pilar sobre el cual se había aparecido que se venera desde entonces en Zaragoza.
Dicha advocación es la que conocemos como la Virgen del Pilar, patrona de España. La única aparición de la Virgen cuando aún no había sido asunta al cielo. Esta aparición renovó las fuerzas del apóstol y empezó a recoger los anhelados frutos.
En el año 42 Santiago regresa a Tierra Santa. Gobernaba por entonces Herodes Agripa, nieto de Herodes el que ordena la matanza de los santos inocentes. Herodes para hacerse simpático a los judíos a cuya raza no pertenecía, frecuentaba el templo y simulaba un celo extremado por la ley de Moisés. Santiago, indignado ante la hipocresía de Herodes, predicó sobre Jesucristo abiertamente. El gobernador, deseoso de complacer a los judíos, se determinó a dar un gran golpe a los cristianos ordenando la muerte de Santiago. Dice la Sagrada Escritura que lo mató a espada (Hech. 12, 2). Se conocía que este era el apóstol más ardientemente promotor de la predicación a los gentiles. Santiago acaba de llegar de España, acompañado de varios discípulos españoles. Estos después de su martirio, volvieron a España con el cadáver del apóstol y lo sepultaron en el sitio que actualmente se encuentra bajo el altar mayor de la basílica de Compostela donde hasta hoy es venerado.
Las misiones cumplidas por la Iglesia de Santiago para exaltación y gloria de la Cristiandad han sido: 
  • la lucha contra el paganismo del Mundo Antiguo (el gran Obispo de Córdoba, Osio en Grande, preparó la conversión de Constantino); 
  • la lucha contra el Arrianismo (también en la persona de Osio organizador del Concilio de Nicea paladín junto con San Atanasio de la fe ortodoxa); 
  • la lucha contra el Islam (siete siglos y medio los hijos de Santiago lucharon contra los muslines); 
  • la lucha contra el particularismo feudal en pro del universalismo católico (dos tumbas en los dos extremos del mundo cristiano generaron las peregrinaciones de los cristianos, las órdenes caballerescas para proteger a los peregrinos, la idea de unidad de la Cristiandad: la de Jesucristo en Jerusalén, la de Santiago en Compostela, toda Europa atravesada por los caminos de Santiago); 
  • la lucha contra los albigenses (por medio de la predicación de Don Diego, Obispo de Osma; de Santo Domingo de Guzmán de la Orden de predicadores y dela acción hábil y diplomática de la Reina Regente Doña Blanca de Castilla, madre de San Luis); 
  • la conversión del Nuevo Mundo (misión encomendada por la Providencia a la Iglesia de Santiago. La Providencia, que no deja nada al azar hizo que en la misma fecha de la fiesta del Pilar el 12 de octubre, fuera la fecha en que Colón llegara al Nuevo Mundo); 
  • la lucha contra el protestantismo (España se opuso tenazmente a la difusión del protestantismo bajo los reinados de Carlos V y Felipe II)
LAS DOS FORMAS DE REPRESENTAR AL APÓSTOL SANTIAGO
Dos son las principales formas de representar a Santiago Apóstol: la figura del peregrino que corresponde a su espíritu de vanguardia que lo lleva a ser el primero en abandonar la Tierra Santa para ir a predicar a los gentiles, y la del matamoros que corresponde a ese espíritu caballeresco. 
Esta segunda representación del Santo es la que proviene de la tradición de la Guerra de la Reconquista. Los musulmanes habían invadido casi toda España, entonces los españoles se levantaron en armas para recuperar, reconquistar su territorio. Casi 800 años duró esta guerra que concluyeron los Reyes Católicos con la toma de Granada, el mismo día que recibieron a Colón que pedía apoyo para su expedición. La importancia de esta guerra para el espíritu nacional fue enorme. Luchaban por algo justo: estaban defendiendo su patria y su religión. Tanto que cuando lograron terminar esa guerra tan larga, se encontraron que estaban todos mucho más unidos y que su Fe era cada vez más fuerte, tanto habían tenido que sufrir por defender su tierra y su Fe, que, como era lógico, el amor por su patria y por la fe cristiana había crecido y se había fortalecido. En este marco es que, en la batalla de Clavijo (844) en que la guerra no era favorable a los cristianos, estos acudieron con sus oraciones a Santiago Apóstol y el Santo los ayudó a lograr la victoria. De allí proviene esta segunda forma de representación del Patrón Santiago. 
Ambas formas aparecen en el Códex Calixtinus (s. XII) donde podemos ver al peregrino predicador tanto como al caballero ecuestre.
SANTIAGO, PADRE DE LA IGLESIA EN ESPAÑA Y AMÉRICA
Santiago Apóstol es el Padre y Fundador de la Iglesia de España y de la que se extendió por todo el Nuevo Mundo, por corresponder a su herencia espiritual las frondosas ramas del árbol plantado por el apóstol en la Península Ibérica.
Santiago es el Padre en la fe de la Iglesia ibérica por eso América es una parte integrante de la gran rama de la Iglesia Católica que es la Iglesia Jacobea (hija de la predicación de Santiago) extendida por todo el hemisferio occidental.
Santiago predicó la fe en España y luego de su temprana muerte, continuó creciendo la semilla que él había plantado allí y él continuó asistiendo e inspirando a sus sucesores en cada época de la historia, adoptando para ello los medios que reclamaban las circunstancias.
Los cronistas de América dan cuenta con pruebas patentes de la devoción que profesaban hacia el Apóstol Santiago los pobladores del nuevo mundo, tanto los blancos como los indígenas. Consta en esas historias la solemnidad, pompa y regocijos populares con los que se celebraba su fiesta en América.
El P. Zacarías Vizcarra nos dice que hoy nos queda como prueba de la amplitud y arraigo de esta devoción la larga lista de poblaciones, ríos y montes que llevan su nombre. El sacerdote español menciona, en un rápido repaso, más de 150 lugares entre los que figuran los nombres de ciudades tan conocidas e importantes como Santiago de Chile, Santiago de Cuba, Santiago del Estero, Santiago de Caracas…
En el caso de la Argentina no es un dato menor que sea Santiago del Estero, la ciudad fundacional y Madre de Ciudades en este territorio, desde la cual salieron las expediciones fundadoras del resto de las ciudades de este territorio.
CUALIDADES CARACTERÍSTICAS DEL APÓSTOL
Santiago es el modelo especial que nos ha dado a nosotros Jesucristo al destinarlo en su Providencia para Padre de nuestras Iglesias. Sus virtudes y sus defectos deben ser para nosotros lecciones provechosas para nuestro carácter peculiar, como dice Zacarías de Vizcarra. Sus principales defectos (antes de su santificación): la ambición, la desunión y el apasionamiento, son defectos frecuentes entre nosotros a los que deberíamos oponer las virtudes que llevaron a Santiago a recibir la palma del martirio. 
Sus virtudes especiales son la esperanza y la fortaleza, el espíritu varonil (de vanguardia y caballeresco) y su espíritu mariano.
SANTIAGO Y MENDOZA (Argentina)
Cuando Pedro del Castillo funda Mendoza en 1561 nombra como Patrono a San Pedro. Un año después, en 1562, Don Juan Jufré ordenó el traslado de la ciudad (unos pocos metros apenas) a la que cambió el nombre por el de Ciudad de la Resurrección y el Santo Patrono por Santiago Apóstol.
Don Juan Jufré evidentemente pretendió quedar como fundador de la ciudad (razón por la cual le cambió el nombre y el patrono) si no sólo hubiera trasladado la ciudad. Sin embargo no le fue bien pues el nuevo nombre de la ciudad no prosperó y todos siguieron llamando a la reciente ciudad con su primer nombre: Mendoza. Pero como Dios escribe derecho en los torcidos renglones humanos, quiso sí que el Santo Patrono fuera Santiago Apóstol que veneramos hasta hoy.
La fiesta del Santo patrono se celebra el 25 de julio y por ello la importancia que tiene en Mendoza.
Orgullo como mendocinos debemos sentir por tan gran patrono. A él debemos encomendar nuestras obras y nuestras empresas como hicieron los mendocinos que fundaron en estas tierras una comunidad que es el origen la ciudad de Mendoza y la provincia toda.
COLOFÓN
Escribe Zacarías de Vizcarra: “Terminemos estas notas sobre nuestro Apóstol, deseando que vuelva a resonar en los caminos de la Cristiandad, y sobre todo en las naciones que reconocen la paternidad espiritual de Santiago, el alegre y alentador estribillo de los peregrinos jacobeos: “¡Ultra! ¡Eia!” (¡Adelante! ¡Ea!)”
También podríamos concluir con aquella frase que gritaban los ejércitos españoles: “Santiago y cierra España!” que implica invocar al apóstol y acometer.

Si anidamos en nuestros corazones la esperanza y la fortaleza de los hijos del Zebedeo podremos decir con la misma resolución que ellos ante la pregunta de Cristo acerca de estar dispuestos a beber el cáliz: “¡Possumus!” (Mt. 20, 22).
Andrea Greco de Álvarez/Adelante la Fe.
1  Hay documentos desde el siglo IV que corroboran estas tradiciones.

De la eficacia y necesidad de la Oración. San Alfonso María de Ligorio

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Sermón para el domingo décimo después de Pentecostés
Deus propitius esti mihi peccatori. Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. (Luc. XVIII, 3) 
Nos dice el Evangelio de hoy, que dos hombres subieron al Templo a orar: el uno era el fariseo, y el otro publicano o alcabalero. El fariseo, en vez de humillarse y de pedir a Dios que le asistiese con su gracia, decía: ¡Oh Señor! Yo te doy gracias de que yo no soy como los demás hombres que son pecadores: Deus, gratias ago tibi, quia non sum sicut cerete homines. El publicano, al contrario, oraba con grande humildad, diciendo: Deus propitus esto mihi peccatori: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Este mismo Evangelio declara: que este publicano volvió a su casa perdonado por Dios; y que el fariseo regresó a la suya tan inicuo y soberbio como había salido de ella. Inferid de este ejemplo, oyentes míos, cúan agradable a Dios, y necesarias a nosotros son las oraciones humildes, para obtener del Señor todas las gracias que necesitamos para salvarnos. Por esto quiero exponeros en esta plática:
  • En el punto 1º: La eficacia de la oración.
  • En el punto 2º: La necesidad de la oración.
Punto 1
EFICACIA DE LA ORACIÓN
1.- Para comprender la eficacia y el valor de nuestras oraciones, basta observar las grandes promesas hechas a los que suplican y oran. En Salmo XLIX, 15, dice el Señor:Invoca me, et eruam te: Invócame, y yo te liberaré.
En el Salmo XC, 14: Clamabit ad me, et ego exaudiam eum: Clamará a mi, y le oiré benigno. Y en Jeremías (XXXIII, 3Clama ad me, et exaudiam te: Invócame, y yo te escucharé. En San Juan dice también (XV, 7): Quodcumque volueritis, petetis, et fiel vobis: Pediréis lo que quisiereis y se os otorgará. Y hay otros mil textos que expresan lo mismo, así en el antiguo, como el nuevo testamento. Dios por su naturaleza, es la misma bondad, como escribe San León: Deus cujus natura bonitas; y por esta bondad tiene un gran deseo de comunicarnos sus bienes. Por lo cual decía Santa María Magdalena de Pazis: que cuando alguna alma  pide a Dios alguna gracia, en cierto modo, queda obligado a concedérsela, puesto que ella le abre el camino con la súplica a que sacie el deseo que tiene de dispensar a los hombres sus gracias y sus favores. Así es, que en la divina Escritura parece que no hay cosa a que más nos exhorte, ni que tanto se nos inculque por el Señor, como el pedir y el orar. Para demostrar esto nos bastan aquellas palabras que leemos  en San Mateo: Petite, et dabitur vobis quœrite, et invenietis: pulsate, et aperitur vobis: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. (VII, 7) San Agustín dice: que se obligó Dios con tale promesas a concedernos los que pidamos: Promittendo, debitoremse fecit. (De verb. Dom. serm. 2). Y en el sermón V añade, que no nos exhortaría tanto el Señor a pedir gracias, si no quisiese concedérnoslas: Non nos hortaretur, ut petecemus, nisi dare vellet. Así vemos, que los slmos de David, y los libros de Salomón y de los profetas están llenos de súplicas.
2.- Dice Teodoreto, que es tan eficaz la oración para con Dios, que una sola basta par obtener cuanto se pida. San Bernardo añade: que cuando nosotros pedimos, si el Señor  no nos concede la gracia que le rogamos, nos concederá otra todavía más útil. Y ¿quién invocó jamás a Dios en su auxilio, que haya sido despreciado? Leemos en la Santa Escritura, que entre los gentiles no hay ninguna nación que tenga dioses tan dispuestos a oír nuestras súplicas, como lo está el Dios nuestro. Los príncipes de la tierra, dice San Juan Crisóstomo, dan audiencia a pocos; pero Dios la concede a cuantos se la piden. Y David dice, que esta bondad del Señor en oírnos siempre que lo solicitamos, nos dá a conocer, que Él es nuestro verdadero Dios, que nos ama más que a ninguno. Por esto le dice David:In quacumque dic invocavero te, ecce cognovi, quia Deus meus es tu: En cualuier hora que te invoco, al instante conozco que Tú eres mi Dios. (Psal. LV, 10). Él quier concedernos gracias; y lo desea con ansia, como hemos dicho ya, pero quiere también que se las pidamos. Un día dijo Jesucristo a sus discípulos: ¿hasta cuando dejaréis pedir en mi nombre? Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. (Joann XVI, 24). Como si dijera. Os lamentáis  de que no estáis enteramente contentos conmigo; pero lamentaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido cuanto necesitabais: pedídmelo de hoy en adelante, y seres oídos. Muchos, dice San Bernardo, se lamentan de que les falta el Señor; pero con mucha mayor razón se lamenta Dios de que muchos le faltan a Él, dejando de pedirle las gracias que necesitan.
3.- Los antiguos Padres, conferenciando entre sí para encontrar el ejercicio más útil para conseguir l salvación eterna, convinieron en que no había otro, que pedir sin intermisión y decir: Señor, ayudadme presto: Deus in adjutorium meum intende: Domine, ad adjuvandum me festina. Y por lo mismo, la santa Iglesia hace repetir tantas veces en las horas canónicas estas dos oraciones o suplicas a todo el clero y a todos los religiosos, los cuales piden, no solamente para sí, sino para todo el orbe cristiano. Dice San Juan Clímaco, que nuestras oraciones hacen una piadosa violencia a Dios para que nos oiga. Cuando se le suplica, al momento que oye la voz de nuestro clamor, responde dispensándonos las gracias que le pedimos. Por lo cual dice San Ambrosio, que el que pide a Dios, recibe mientras le está pidiendo. Y no solamente concede presto, sino abundantemente, dándonos más de lo que pedimos. San Pablo dice: que Dios es rico para con todos aquellos que le invocan. Y Santiago dijo: que si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría , pídesela a Dios, que a todos da copiosamente. Con efecto, Dios a todos da copiosamente, y no zahiere a nadie; ni siquiera nos echa en cara las ofensas que le hemos hecho, sino que se complace enriqueciéndonos con sus gracias.
Punto 2
DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN
4.- Dios quiere que todos los hombres se salven, como dice San Pablo: Omnes homines vult salvos fieri, et ad agnitionem veritatis venire. (I Tim. II, 4). Y no quiere que ninguno se pierda. Espera con mucha paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia. Y San León dice, que así como quiere Dios que observemos sus preceptos, así nos previene con su ayuda para que obedezcamos. Y Santo Tomás escribió acerca de las palabras del Apóstol: Y por esto a nadie le falta la gracia, sino que la comunica a todos en cuanto de Él depende. Toca a la Divina Providencia suministrar a cada cual las cosas necesarias para su salvación, con tal que el hombre no ponga obstáculos. Pero este auxilio de la gracia no le concede el Señor sino lo que se le pide, como asegura Ganadio: ninguno merece el auxilio sino aquel que lo pide. Y San Agustín afirma, que exceptuados los primeros llamamientos a la fe o a la penitencia los demás no se conceden sino al que los pide, especialmente la gracia de la perseverancia. Consta dicen, que unas gracias concede Dios aún a los que no le piden, como el principio de la fe; y que otras no las otorga sino a los que las piden, como la perseverancia final. Y añade: Dios quiere dar, pero no da sino a los que le piden.

5.- Es sentencia común entre los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Clemente, Alejandrino y otros, que la oración es necesaria a los adultosnecessitate medii; es decir, que no pueden salvarse sin pedir a Dios los medios necesarios para conseguir la salvación. Y esto significan y manifiestan los textos de la Sagrada Escritura: Conviene orar perseverantemente (Luc. XVIII, 1). Pedid y recibiréis (Joann. XVI, 24). Estas palabras, oportet, conviene; petite, pedid; orate, orad; según enseñan los doctores con Santo Tomás (3, part. qu. 39, art. 5), contienen precepto grave, que obliga especialmente en tres casos: 1º Cuando está el hombre en pecado. 2º Cuando está en grave peligro de pecar. 3º Cuando está en peligro de muerte. Y fuera de estos casos quieren los doctores, que el que no ora en un mes, o en dos, cuando más, no queda excusado de pecado mortal. Y la razón de esto es, porque sin la oración no podemos obtener los auxilios necesarios para observar la ley divina. San Juan Crisóstomo dice, que tan necesaria como es el agua para que no se sequen los árboles, lo es la oración para que no perezcamos nosotros los pecadores.
6.- Muy injustamente, pues dijo Jansenio, que nos es imposible observar algunos preceptos, aun con el auxilio de la gracia; pues el Concilio de Trento (sess. 6, cap. 11) dice: Que aunque el hombre no puede observar todos los preceptos con sólo el auxilio de la gracia ordinaria, obtiene, sin embargo, por medio de la oración, los auxilios mayores que necesita para observarlos. Dios no manda cosas imposibles, sino que, mandando, nos amonesta a hacer lo que podamos, y nos ayuda para que podamos. A lo cual debe de unirse aquella otra célebre sentencia de San Agustín: “Por lo mismo que creemos firmemente, que Dios no pudo mandarnos cosas imposibles, se nos amonesta, ya lo que debemos hacer en las fáciles, ya lo debemos pedir en las difíciles”.
7.- Pero preguntará alguno, ¿Porqué Dios, que conoce nuestra debilidad, permite que nos asalten los enemigos  los cuales no podemos resistir? Lo permite con el fin de que imploremos su ayuda, porque ve el gran bien que nos resulta de la necesidad de orar. Y así, el que queda vencido no tiene excusa de no haber podido resistir, porque lo hubiera podido si hubiese implorado el auxilio divino; y por esta negligencia le castigará Dios por no haberle implorado. Dice San Buenaventura, que si el comandante de una plaza, la perdiese por no haber pedido con tiempo socorro a su rey, éste le trataría como un traidor. Pues del mismo modo es tenido como traidor por Dios, aquel que viéndose asaltado por la tentación , no implora su auxilio. Escribe Santa Teresa: El Señor nos dice que quien pide, obtiene, luego concluye la Santa: el que no pide, no obtiene, según lo que ya había dicho Santiago: nada alcanzáis porque no pedís. San Juan Crisóstomo dice también que la oración es una arma eficaz para defenderse contra todos los enemigos. Cuyas palabras confirma San Efrén, diciendo que “el que se fortifica con la oración, impide al pecado la entrada a su alma”. Y antes que todos dijo lo mismo David por estas palabras: Invocaré al Señor y me veré libre de mis enemigos (Psal. XVII, 4).
8.-Si queremos, pues, vivir bien y salvarnos, debemos saber orar. Así se expresa San Agustín: “Sabe vivir bien el que sabe orar”. Es menester, por tanto, para obtener del Señor las gracias que le pedimos por medio de la oración, 1º: Detestar el pecado, porque Dios no escucha a los que se obstinan en él. Por ejemplo: si uno conservase odio a cualquier persona, de modo que quisiere vengarse de ella, y orase hallándose en éste estado, Dios no le escucharía, según Isaías: “Cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre (I, 15) El Crisóstomo afirma, que el que tiene mala voluntad y ora, no pide, sino se burla de Dios. Si le pidiese que borrase el odio de su corazón entonces le oiría el Señor. 2º: Es necesario rogar a Dios con atención. Algunos creen orar porque repiten muchas veces la oración dominical; pero distraídos y sin fijar la atención en lo que dicen. Estos tales pronuncian palabras, más no oran: y de ellos dice Dios por Isaías: Me honran sólo con los labios; su corazón empero está lejos de mí. Conviene en tercer lugar, quitar las ocasiones que nos impidan orar. Dice Jeremías, que quien se ocupa en mil negocios y cosas inútiles al alma, opone a su plegaria una niebla que la impide llegar a Dios.
No quiero pasar en silencio aquellas palabras con que nos exhorta San Bernardo, a que pidamos gracias a Dios por medición de su divina Madre. Pidamos gracia, nos dice, y pidámosla por mediación de María, porque es su Madre, y nada le puede negar. Y San Anselmo añade: “Muchas cosas se piden a Dios que no se consiguen; pero las que pedimos a María, las obtenemos; no porque ésta pueda más, sino porque Dios determinó honrarla así, para que sepan los hombres, que no hay cosa que no se consiga de Dios por medio de Ella.
San Alfonso María de Ligorio

Haec Sancta (1415): un documento conciliar que fue condenado por la Iglesia. Roberto de Mattei

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El Concilio de Costanza (1414-1418) está reconocido entre los 21 concilios ecuménicos de la Iglesia, pero uno de sus decretos, la declaración Haec Sancta del 6 de abril de 1415 está considerado herético porque afirma la supremacía del Concilio sobre el Romano Pontífice. En Costanza, Haec Sancta tuvo su aplicación en el decreto Frequens,del 9 de octubre de 1417, que anunciaba un concilio cinco años más tarde, el sucesivo tras otros siete años y uno más al cabo de diez.
Con ello atribuía de hecho al Concilio la función de órgano colegial permanente, que se colocaba al lado del Papa y de hecho le era superior. Martín V, elegido al solio pontificio en Costanza en 1417, reconoció con la bula Inter cunctas del 22 de febrero de 1418 la ecumenicidad del Concilio de Costanza y todas las decisiones que éste había tomado, aunque fuera con la fórmula genéricamente restrictiva: «in favorem fidei et salutem animarum». No sabemos si el Papa compartía, siquiera parcialmente, las teorías conclliaristas o si se sintió obligado a tomar esa actitud presionado por los cardenales que lo habían elegido. Lo cierto es que no repudió la Haec Sancta y aplicò con rigor el decreto Frequens, fijando la fecha para un nuevo concilio general, el cual se celebró en Pavia y Siena (1423-1424), y designó la ciudad de Basilea come sede del sucesivo encuentro. Sin embargo, falleció el 21 de febrero de 1431 y la asamblea se inauguró presidida por su sucesor Gabriele Condulmer, elegido Papa con el nombre de Eugenio IV el 3 de marzo de 1431.
Desde la apertura saltó a la vista en el Concilio de Basilea el contraste entre dos partidos: por un lado, los fieles al Papado y por otro los partidarios de las tesis conciliaristas, que constituían la mayoría de los padres conciliares. El tira y afloja conoció fases muy variadas. En una primera fase, Eugenio IV retiró su aprobación a los padres rebeldes de Basilea. Sucesivamente, cediendo a las presiones políticas y eclesiásticas, dio marcha atrás y, mediante la bula Duduum Sacrum del 15 de diciembre de 1433, revocó la disolución del concilio previamente decretada por él y ratificó los documentos que este había promulgado hasta aquel momento, y por tanto también la Haec Sancta, que era el principal argumento en que se apoyaban los padres de Basilea.
Cuando se dio cuenta de que no cederían en sus reivindicaciones, el Papa volvió a rechazar lo aprobado por el Concilio, y lo transfirió a Ferrara (1438), a Florencia (1439) y después a Roma (1443). No obstante, la mayor parte de los padres conciliares rechazaron el traslado y se quedaron en Basilea, prosiguiendo con su trabajo. Entonces se inició lo que ha pasado a la historia como el Pequeño Cisma de Occidente (1439-1449), para distinguirlo del Grande (1378-1417) que lo había precedido.
El Concilio de Basilea depuso por hereje a Eugenio IV y eligió al duque Amadeo VIII de Savoya, que reino como antipapa con el nombre de Félix V. Desde Florencia, adonde se había transferido el Concilio, Eugenio IV promulgó la excomunión del antipapa y de los padres cismáticos de Basilea. La Cristiandad se encontró dividida una vez más. Pero si en tiempos del Gran Cisma se habían impuesto los teólogos conciliaristas, en esta fase el Papa contó con el apoyo de un gran teólogo: el dominico español Juan de Torquemada (1388-1468) (no confundir con su homónimo inquisidor).
Torquemada, honrado por Eugenio IV con el título de Defensor fidei, es autor de unaSumma de Ecclesia, en la que defiende enérgicamente el primado del Papa y su infalibilidad. En esta obra desmonta con gran precisión los equívocos que habían surgido en el siglo XIV a partir de la hipótesis del papa hereje. Según el teólogo español, este caso es concretamente posible, pero la solución del problema no hay que buscarla en modo alguno en el conciliarismo, que niega la supremacía pontificia. La posibilidad de herejía del Papa no compromete el dogma de la infalibilidad, porque si quisiese defenir una herejía ex cathedra en ese mismo momento dejaría de tener efecto su cargo (Pacifico Massi, Magistero infallibile del Papa nella teologia di Giovanni de Torquemada, Marietti, Turín 1957, pp. 117-122). Las tesis de Torquemada las desarrolló en el siglo siguiente su hermano en la orden dominica el cardenal Cayetano.
La importancia del Concilio de Florencia fue capital, porque el 6 de julio de 1439 promulgó el decreto Laetentur Coeli et exultet terra, que ponía fin al cisma de Oriente, pero sobre todo porque condenó definitivamente el conciliarismo, confirmando la doctrina de la suprema autoridad del Pontífice sobre la Iglesia. El 4 de septiembre de 1439, Eugenio IV definió solemnemente «que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo tiempo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones» (Denz-H, n. 1307).
En la carta Etsi dubitemus del 21 de abril de 1441, Eugenio IV condenó a los herejes de Basilea y a los «diabólicos fundadores» de la doctrina del conciliarismo: Marsilio de Padua, Johann de Jandun y Guillermo de Ockham (Epistolae pontificiae ad Concilium Florentinum spectantes, Pontificio Istituto Orientale, Roma 1946, p. 28 – pp. 24-35), pero ante Haec Sancta tuvo una actitud vasilante, proponiendo lo que hoy en día se podría calificar como una “hermenéutica de la continuidad”. En el decreto del 4 de septiembre de 1439, Eugenio IV afirma que la superioridad de los concilios sobre los papas, sostenida por los padres de Basilea apoyados en Haec Sancta, es «una interpretación errónea de los propios padres de Basilea, que en realidad se manifiesta contraria al sentido auténtico de las Sagradas Escrituras, los Santos Padres y el propio Concilio de Constanza» (Decreto del 4 de septiembre 1439, en Conciliorum Oecumenicorum Decreta, EDB, Bolonia 2002, p. 533).
El mismo Eugenio IV ratificó el Concilio de Constanza, en su conjunto y en sus decretos, excluido «todo perjuicio al derecho, a la dignidad y a la preeminencia de la Sede Apostólica», como escribe a su legado el 22 de julio de 1446. La tesis de la hermenéutica de la continuidad entre Haec Sancta y la Tradición de la Iglesia no tardó en ser abandonada. Ciertamente, Haec Sancta son las actas fieles de un legítimo concilio ecuménico, ratificado por tres papas, pero ello no es suficiente para dar un valor vinculante en el plano moral a un documento del Magisterio que se opone a la enseñanza perenne de la Iglesia. Actualmente sostenemos que del Concilio de Constanza sólo se pueden aceptar los documentos que no lesionan los derechos del Papado ni contradicen la Tradición de la Iglesia. Entre dichos documentos no se cuentaHaec Sancta, que es un acta conciliar formalmente herética.
Los historiadores y los teólogos explican que Haec Sancta se puede repudiar porque no fue una definición dogmática, ya que carece de fórmulas típicas como anathema sity palabras como ordena, define, establece, decreta o declara. El verdadero alcance del decreto es de carácter disciplinar y pastoral y no supone infalibilidad (cfr. por ejemplo la voz Concile de Constance, del cardenal Alfred Baudrillart, en el Dictionnaire de Théologie Catholique, III, col. 1221 – coll.1200-1224).
El cisma de Basilea llegó a su fin en 1449 cuando el antipapa Félix V alcanzó un acuerdo con Nicolás V (1447-1455), sucesor de Eugenio IV. Félix abdicó solemnemente y el Papa lo creó cardenal y vicario pontificio. La condena del conciliarismo fue ratificada por el V Concilio de Letrán, por el de Trento y por el Vaticano I. Quien defienda hoy en día la institución del Papado no debe descuidar el estudio de estas definiciones dogmáticas, profundizando en las obras de los grandes teólogos de la primera y la segunda escolástica. Así encontrará en este rico tesoro doctrinal todos los elementos necesarios para hacer frente a la crisis actual de la Iglesia.
Roberto de Mattei/Adelante la Fe

La gracia de Dios está en la cortesía

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Nuestra Señora fue objeto de la sublime cortesía de Dios durante la trascendental conversación con el ángel en la Anunciación que cambió toda la historia de la humanidad, al fin y al cabo los ángeles son los cortesanos de Dios y están alrededor del trono divino. El ángel, con gran reverencia y cortesía la saludó con las palabras que le había encomendado la Santísima Trinidad: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo.
También fue objeto de la cortesía de santa Isabel, más aún, como en todo lo cristiano, la Virgen es nuestro supremo modelo de cortesía:
Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego:
«Ella lo trata, con un cariño extraordinario, casi como se hace con un niño. Vemos, de un lado, la predilección que Nuestra Señora tiene no sólo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos sino, por otro lado, cómo Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud, el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud, cómo Ella habla a esas almas con una ternura completamente particular.
Aquí ustedes tienen un principio que deseo resaltar: donde existe la verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, las maneras nobles. Por el contrario, donde la virtud muere, las maneras nobles, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo…
Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe tener delicadeza de maneras, y sabe tratar a Nuestra Señora con respeto, con una verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviese delicadeza de alma, él podría ser un hidalgo, pero no trataría a Nuestra Señora con verdadera hidalguía».1
Cuando San Pablo escribió en su Primera Carta a los Corintos el amor no es descortés, sin lugar a dudas tenía en mente el caos de las asambleas cristianas por la descortesía entre unos y otros,2 había quienes eran desconsiderados y vociferantes en las asambleas, violaban las buenas maneras, ignoraban los deseos y sentimientos de otros miembros sólo para obtener sus propios fines. En una reunión, el derecho parlamentario es cortesía hacia otros, pero en Corinto prevalecía la ilegalidad parlamentaria.
El verdadero cristiano es agradable, educado, cortés, no porque tenga que serlo, no porque busque progresar, esa es el arma despreciable del servil, del parásito y del adulador.
Ser agradables, generosos, corteses, educados, de buen carácter, como se quiera llamar, es una virtud que se cultiva. La cortesía no es estrictamente distinta de las otras virtudes, es una cualidad que se encuentra en todas ellas.
El humorista estadounidense Art Buchwald dijo que la descortesía era un buen indicador económico: cuando los empleados de servicios turísticos, la gente de las oficinas de reservación de los hoteles y los meseros son más corteses, agradables y educados, la economía anda mal. En la misma medida en que los empleados de hoteles son más amables, el país se encuentra en mayores problemas. Sin embargo, cuando la gente del ramo turístico se vuelve brusca, y a los empleados de las tiendas les importan un bledo sus clientes, y el jefe de meseros se comporta con aires de grandeza, es cuando la economía va cuesta arriba.3
La cortesía es, ante todo, respeto por el prójimo, y el fundamento último de todo respeto es reconocer a Cristo en nuestro prójimo.
“San Francisco veía sólo la imagen de Dios multiplicada, pero nunca monótona. Para él un hombre era siempre un hombre, y, aun cuando estuviera mezclado en una densa multitud, le miraba como si estuviera a solas con él en un desierto. Honraba a todos los hombres; es decir, no solamente los amaba, los respetaba. El secreto de su extraordinario poder de captación era éste: desde el Papa hasta el pordiosero, desde el sultán de Siria en su pabellón hasta los andrajosos ladrones que salían a gatas de los bosques, jamás hubo un hombre que mirara aquellos ojos negros y encendidos que no sintiera con certeza que Francisco Bernardone tenía un interés sincerísimo en él, en su vida ínfima individual, desde la cuna hasta el sepulcro y que a él personalmente le apreciaba y le tomaba en serio”.4
El cristiano cortés reconoce la dignidad de toda persona humana, él mira a cada persona con un destino eterno, por tanto respeta a cada persona, la toma en serio por lo que es.
San Juan Bautista de La Salle hizo de la cortesía el eje de su proyecto educativo sustentándola en la eminente dignidad de la persona humana:
Es cosa llamativa que la mayoría de los cristianos solo consideran la urbanidad y la cortesía como una cualidad puramente humana y mundana y no piensan en elevar el espíritu más arriba. No la consideran como virtud que guarda relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Eso manifiesta claramente el poco sentido cristiano que hay en el mundo y cuán pocas personas son las que viven en él y se guían según el Espíritu de Jesucristo. … La cortesía cristiana es, pues, un proceder prudente y regulado que se manifiesta en las palabras y en las acciones exteriores, por sentimiento de modestia, de respeto, o de unión y caridad para con el prójimo, y toma en consideración el tiempo, los lugares y las personas con quienes trata. Y esta cortesía, que se refiere al prójimo, es lo que propiamente llamamos urbanidad”. 5
El ensayista y moralista francés Joseph Joubert sintetizó la virtud de la cortesía diciendo que ésta es la flor de la humanidad y el que no es suficientemente cortés, no es suficientemente humano.
La cortesía está ligada estrechamente a la humildad.
«Entre vosotros no debe ser así; al contrario, quien, entre vosotros, desea hacerse grande, hágase sirviente de los demás; y quien desea ser el primero, ha de ser esclavo de todos. Porque también el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».6
El hombre orgulloso o centrado en sí mismo puede ser educado, pero él nunca puede ser amable, porque se niega a servir. Con el grito desafiante del príncipe de la muerte y la descortesía, comenzó la batalla entre la soberbia y la humildad: ¡Non serviam! – no serviré.
El gran Chesterton definió a la cortesía como la unión de la humildad y la dignidad. Ciertamente, la cortesía está profundamente ligada a la virtud de la humildad.
La gentileza es una expresión de la bondad. La bondad nos hace que no deseemos dirigir la ira hacia nadie. Si la ira se dirige a sí misma, el alma devuelve gentileza. El mundo lo hace de otra forma, ha regresado al ojo por ojo y diente por diente del Antiguo Testamento, nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a poner la otra mejilla.
«El Señor nos indicó el camino cuando dijo: Tomad sobre vosotros el yugo mío, y dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón; y encontrareis reposo para vuestras vidas. Porque mi yugo es excelente; y mi carga es liviana».7
Dijo el Poverello de Asís: La cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y fomenta el amor.
«Todo el mundo afirmaba que la cortesía brotaba de él desde un principio, como una de las fuentes públicas en aquel soleado mercado italiano. Hubiera podido escribir, entre sus versos, como lema propio, esta estrofa de Mr. Belloc:
La cortesía es mucho menos
que el valor o la santidad.
pero, bien meditado yo diría
que la gracia de Dios está en la cortesía.
Nadie puso nunca en duda que Francisco Bernardone fuera valeroso, aun en un sentido puramente viril y militar; y debía llegar un tiempo en que no se tendría tampoco duda respecto de la santidad y la gracia divina que lo adornaron. Si existía algo de que el hombre tan humilde se sintiese orgullo, eran sus correctos modales».8
«La vida del alma está destinada a manifestarse sensiblemente a través de la del cuerpo, la caridad a manifestarse en actos externos de cortesía. La cortesía es un rito social alimentado por la caridad cristiana, también ordenada a la gloria de Dios. “La cortesía es para la caridad lo que la liturgia es para la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna y la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad fraterna”.»9
Parecería que la cortesía hoy en día está en vías de extinción. Con la era digital, también conocida como era informática, la forma de relacionarse con las personas carece de buenos modales, “la cortesía y la bondad son superados por la grosería y la impaciencia”, el computador es “para muchos es camino para abandonar las inhibiciones y las buenas maneras”. Las generaciones de niños en la actualidad, han perdido, por ejemplo, el comportamiento básico en la mesa, ahí vemos que los crecientes hábitos de consumir comida chatarra en el vehículo o frente al televisor hacen sus efectos.
En la Edad Media, los bárbaros invadieron Europa llevando consigo la descortesía, pero los monjes forjaron y salvaron la civilización cristiana de la Europa medieval. Ahí surgió la caballerosidad con su galantería y cortesía, su consideración y cuidado de los otros, especialmente los débiles y desvalidos.
También se ha producido un desbalance del trato eclesiástico en las últimas décadas, con la alteración de las costumbres, la trivialización de las rúbriucas y la desacralización de la música.
«Así, ustedes comprenden bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Y, por el contrario, las maneras triviales, bajas, igualitarias, brutas son – precisamente – el fruto de la Revolución y del demonio».10
Germán Mazuelo-Leytón/adelantelafe.com
1  Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU
2  Cf.: 1 COR 14, 26-40.
3  SHAMON, P. ALBERT, Nuestra Señora dice: amen a la gente.
4  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
5  LA SALLE, San JUAN BAUTISTA DE, Reglas de cortesía y urbanidad cristiana,0.1 y 0.9.
6  SAN MARCOS 10, 43-45.
7  SAN MATEO, 11, 29.
8  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
9  DE MATTHEI, ROBERTO, Plinio Corrêa de Oliveira: El cruzado del siglo XX.
10  CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU