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Conociendo la Espiritualidad de Nuestro Padre Domingo de Guzmán. ¿Quién fue San Juan Casiano?

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El Beato Jordán de Sajonia OP relata en su escrito “Origenes de la Orden de Predicadorers” (nº 13) que Santo Domingo de Guzman leía con asiduidad las “Colaciones” de Juan Casiano (PL [Patrologia Latina] 49,477-1328) y fray Guillermo de Tocco OP cuenta que Santo Tomas de Aquino leía una Colación de Casiano cada día.

(Imagen: Santo Domingo de Fra Angelico. Museo del Hermitage de San Petersburgo).





http://www.traditio-op.org/santos/Casiano/Itinerario_y_tiempo_de_Juan_Casiano,_Mauro_Mathei,_OSB.pdf






Santiago Apóstol, su significación en la cultura hispánica

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Cristo tuvo por predilectos a: Simón, Santiago y Juan. Ellos fueron los elegidos para presenciar los momentos más solemnes: para verle transfigurado en el Tabor; para presenciar la resurrección de la hija de Jairo; para acompañarlo en los momentos previos a la Pasión en el Huerto de los Olivos. Sólo ellos tres recibieron de Cristo sobrenombres especiales: a Simón, lo llamó Pedro; a Santiago y Juan, Boanerges o sea “los hijos del trueno”.
Predicación de Santiago el Mayor en España
Después de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, Santiago hospedó en su casa a la Santísima Virgen, encomendada por Cristo desde la Cruz, al cuidado de su hermano San Juan.
Dice el P. Zacarías de Vizcarra que sin duda alguna la Virgen Santísima tuvo una influencia muy importante en la resolución tomada por Santiago de dirigirse a predicar la fe al último límite del mundo entonces conocido que era España, alejándose de Palestina antes que ningún otro Apóstol, como si presintiera que su muerte estaba cercana.
Según la tradición, Santiago llegó a las playas de España a enseñar la nueva fe cristiana1. Los habitantes del lugar lo recibieron con tanta dureza de corazón que el apóstol no lograba frutos. Afligido y descorazonado por este motivo, recibió la visita de la Madre de Cristo que vivía aún en casa de su hermano Juan en Jerusalén, sobre un pilar de jaspe que lo alentaba a continuar sin desfallecer. Parece que la Santísima Virgen también hubiera querido ser misionera de los españoles confirmando su fe con su milagrosa presencia. La Virgen María como prenda de amor y como símbolo de la firmeza que habría de tener la Iglesia fundada en España por Santiago le dejó aquel pilar sobre el cual se había aparecido que se venera desde entonces en Zaragoza.
Dicha advocación es la que conocemos como la Virgen del Pilar, patrona de España. La única aparición de la Virgen cuando aún no había sido asunta al cielo. Esta aparición renovó las fuerzas del apóstol y empezó a recoger los anhelados frutos.
En el año 42 Santiago regresa a Tierra Santa. Gobernaba por entonces Herodes Agripa, nieto de Herodes el que ordena la matanza de los santos inocentes. Herodes para hacerse simpático a los judíos a cuya raza no pertenecía, frecuentaba el templo y simulaba un celo extremado por la ley de Moisés. Santiago, indignado ante la hipocresía de Herodes, predicó sobre Jesucristo abiertamente. El gobernador, deseoso de complacer a los judíos, se determinó a dar un gran golpe a los cristianos ordenando la muerte de Santiago. Dice la Sagrada Escritura que lo mató a espada (Hech. 12, 2). Se conocía que este era el apóstol más ardientemente promotor de la predicación a los gentiles. Santiago acaba de llegar de España, acompañado de varios discípulos españoles. Estos después de su martirio, volvieron a España con el cadáver del apóstol y lo sepultaron en el sitio que actualmente se encuentra bajo el altar mayor de la basílica de Compostela donde hasta hoy es venerado.
Las misiones cumplidas por la Iglesia de Santiago para exaltación y gloria de la Cristiandad han sido: 
  • la lucha contra el paganismo del Mundo Antiguo (el gran Obispo de Córdoba, Osio en Grande, preparó la conversión de Constantino); 
  • la lucha contra el Arrianismo (también en la persona de Osio organizador del Concilio de Nicea paladín junto con San Atanasio de la fe ortodoxa); 
  • la lucha contra el Islam (siete siglos y medio los hijos de Santiago lucharon contra los muslines); 
  • la lucha contra el particularismo feudal en pro del universalismo católico (dos tumbas en los dos extremos del mundo cristiano generaron las peregrinaciones de los cristianos, las órdenes caballerescas para proteger a los peregrinos, la idea de unidad de la Cristiandad: la de Jesucristo en Jerusalén, la de Santiago en Compostela, toda Europa atravesada por los caminos de Santiago); 
  • la lucha contra los albigenses (por medio de la predicación de Don Diego, Obispo de Osma; de Santo Domingo de Guzmán de la Orden de predicadores y dela acción hábil y diplomática de la Reina Regente Doña Blanca de Castilla, madre de San Luis); 
  • la conversión del Nuevo Mundo (misión encomendada por la Providencia a la Iglesia de Santiago. La Providencia, que no deja nada al azar hizo que en la misma fecha de la fiesta del Pilar el 12 de octubre, fuera la fecha en que Colón llegara al Nuevo Mundo); 
  • la lucha contra el protestantismo (España se opuso tenazmente a la difusión del protestantismo bajo los reinados de Carlos V y Felipe II)
LAS DOS FORMAS DE REPRESENTAR AL APÓSTOL SANTIAGO
Dos son las principales formas de representar a Santiago Apóstol: la figura del peregrino que corresponde a su espíritu de vanguardia que lo lleva a ser el primero en abandonar la Tierra Santa para ir a predicar a los gentiles, y la del matamoros que corresponde a ese espíritu caballeresco. 
Esta segunda representación del Santo es la que proviene de la tradición de la Guerra de la Reconquista. Los musulmanes habían invadido casi toda España, entonces los españoles se levantaron en armas para recuperar, reconquistar su territorio. Casi 800 años duró esta guerra que concluyeron los Reyes Católicos con la toma de Granada, el mismo día que recibieron a Colón que pedía apoyo para su expedición. La importancia de esta guerra para el espíritu nacional fue enorme. Luchaban por algo justo: estaban defendiendo su patria y su religión. Tanto que cuando lograron terminar esa guerra tan larga, se encontraron que estaban todos mucho más unidos y que su Fe era cada vez más fuerte, tanto habían tenido que sufrir por defender su tierra y su Fe, que, como era lógico, el amor por su patria y por la fe cristiana había crecido y se había fortalecido. En este marco es que, en la batalla de Clavijo (844) en que la guerra no era favorable a los cristianos, estos acudieron con sus oraciones a Santiago Apóstol y el Santo los ayudó a lograr la victoria. De allí proviene esta segunda forma de representación del Patrón Santiago. 
Ambas formas aparecen en el Códex Calixtinus (s. XII) donde podemos ver al peregrino predicador tanto como al caballero ecuestre.
SANTIAGO, PADRE DE LA IGLESIA EN ESPAÑA Y AMÉRICA
Santiago Apóstol es el Padre y Fundador de la Iglesia de España y de la que se extendió por todo el Nuevo Mundo, por corresponder a su herencia espiritual las frondosas ramas del árbol plantado por el apóstol en la Península Ibérica.
Santiago es el Padre en la fe de la Iglesia ibérica por eso América es una parte integrante de la gran rama de la Iglesia Católica que es la Iglesia Jacobea (hija de la predicación de Santiago) extendida por todo el hemisferio occidental.
Santiago predicó la fe en España y luego de su temprana muerte, continuó creciendo la semilla que él había plantado allí y él continuó asistiendo e inspirando a sus sucesores en cada época de la historia, adoptando para ello los medios que reclamaban las circunstancias.
Los cronistas de América dan cuenta con pruebas patentes de la devoción que profesaban hacia el Apóstol Santiago los pobladores del nuevo mundo, tanto los blancos como los indígenas. Consta en esas historias la solemnidad, pompa y regocijos populares con los que se celebraba su fiesta en América.
El P. Zacarías Vizcarra nos dice que hoy nos queda como prueba de la amplitud y arraigo de esta devoción la larga lista de poblaciones, ríos y montes que llevan su nombre. El sacerdote español menciona, en un rápido repaso, más de 150 lugares entre los que figuran los nombres de ciudades tan conocidas e importantes como Santiago de Chile, Santiago de Cuba, Santiago del Estero, Santiago de Caracas…
En el caso de la Argentina no es un dato menor que sea Santiago del Estero, la ciudad fundacional y Madre de Ciudades en este territorio, desde la cual salieron las expediciones fundadoras del resto de las ciudades de este territorio.
CUALIDADES CARACTERÍSTICAS DEL APÓSTOL
Santiago es el modelo especial que nos ha dado a nosotros Jesucristo al destinarlo en su Providencia para Padre de nuestras Iglesias. Sus virtudes y sus defectos deben ser para nosotros lecciones provechosas para nuestro carácter peculiar, como dice Zacarías de Vizcarra. Sus principales defectos (antes de su santificación): la ambición, la desunión y el apasionamiento, son defectos frecuentes entre nosotros a los que deberíamos oponer las virtudes que llevaron a Santiago a recibir la palma del martirio. 
Sus virtudes especiales son la esperanza y la fortaleza, el espíritu varonil (de vanguardia y caballeresco) y su espíritu mariano.
SANTIAGO Y MENDOZA (Argentina)
Cuando Pedro del Castillo funda Mendoza en 1561 nombra como Patrono a San Pedro. Un año después, en 1562, Don Juan Jufré ordenó el traslado de la ciudad (unos pocos metros apenas) a la que cambió el nombre por el de Ciudad de la Resurrección y el Santo Patrono por Santiago Apóstol.
Don Juan Jufré evidentemente pretendió quedar como fundador de la ciudad (razón por la cual le cambió el nombre y el patrono) si no sólo hubiera trasladado la ciudad. Sin embargo no le fue bien pues el nuevo nombre de la ciudad no prosperó y todos siguieron llamando a la reciente ciudad con su primer nombre: Mendoza. Pero como Dios escribe derecho en los torcidos renglones humanos, quiso sí que el Santo Patrono fuera Santiago Apóstol que veneramos hasta hoy.
La fiesta del Santo patrono se celebra el 25 de julio y por ello la importancia que tiene en Mendoza.
Orgullo como mendocinos debemos sentir por tan gran patrono. A él debemos encomendar nuestras obras y nuestras empresas como hicieron los mendocinos que fundaron en estas tierras una comunidad que es el origen la ciudad de Mendoza y la provincia toda.
COLOFÓN
Escribe Zacarías de Vizcarra: “Terminemos estas notas sobre nuestro Apóstol, deseando que vuelva a resonar en los caminos de la Cristiandad, y sobre todo en las naciones que reconocen la paternidad espiritual de Santiago, el alegre y alentador estribillo de los peregrinos jacobeos: “¡Ultra! ¡Eia!” (¡Adelante! ¡Ea!)”
También podríamos concluir con aquella frase que gritaban los ejércitos españoles: “Santiago y cierra España!” que implica invocar al apóstol y acometer.

Si anidamos en nuestros corazones la esperanza y la fortaleza de los hijos del Zebedeo podremos decir con la misma resolución que ellos ante la pregunta de Cristo acerca de estar dispuestos a beber el cáliz: “¡Possumus!” (Mt. 20, 22).
Andrea Greco de Álvarez/Adelante la Fe.
1  Hay documentos desde el siglo IV que corroboran estas tradiciones.

Haec Sancta (1415): un documento conciliar que fue condenado por la Iglesia. Roberto de Mattei

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El Concilio de Costanza (1414-1418) está reconocido entre los 21 concilios ecuménicos de la Iglesia, pero uno de sus decretos, la declaración Haec Sancta del 6 de abril de 1415 está considerado herético porque afirma la supremacía del Concilio sobre el Romano Pontífice. En Costanza, Haec Sancta tuvo su aplicación en el decreto Frequens,del 9 de octubre de 1417, que anunciaba un concilio cinco años más tarde, el sucesivo tras otros siete años y uno más al cabo de diez.
Con ello atribuía de hecho al Concilio la función de órgano colegial permanente, que se colocaba al lado del Papa y de hecho le era superior. Martín V, elegido al solio pontificio en Costanza en 1417, reconoció con la bula Inter cunctas del 22 de febrero de 1418 la ecumenicidad del Concilio de Costanza y todas las decisiones que éste había tomado, aunque fuera con la fórmula genéricamente restrictiva: «in favorem fidei et salutem animarum». No sabemos si el Papa compartía, siquiera parcialmente, las teorías conclliaristas o si se sintió obligado a tomar esa actitud presionado por los cardenales que lo habían elegido. Lo cierto es que no repudió la Haec Sancta y aplicò con rigor el decreto Frequens, fijando la fecha para un nuevo concilio general, el cual se celebró en Pavia y Siena (1423-1424), y designó la ciudad de Basilea come sede del sucesivo encuentro. Sin embargo, falleció el 21 de febrero de 1431 y la asamblea se inauguró presidida por su sucesor Gabriele Condulmer, elegido Papa con el nombre de Eugenio IV el 3 de marzo de 1431.
Desde la apertura saltó a la vista en el Concilio de Basilea el contraste entre dos partidos: por un lado, los fieles al Papado y por otro los partidarios de las tesis conciliaristas, que constituían la mayoría de los padres conciliares. El tira y afloja conoció fases muy variadas. En una primera fase, Eugenio IV retiró su aprobación a los padres rebeldes de Basilea. Sucesivamente, cediendo a las presiones políticas y eclesiásticas, dio marcha atrás y, mediante la bula Duduum Sacrum del 15 de diciembre de 1433, revocó la disolución del concilio previamente decretada por él y ratificó los documentos que este había promulgado hasta aquel momento, y por tanto también la Haec Sancta, que era el principal argumento en que se apoyaban los padres de Basilea.
Cuando se dio cuenta de que no cederían en sus reivindicaciones, el Papa volvió a rechazar lo aprobado por el Concilio, y lo transfirió a Ferrara (1438), a Florencia (1439) y después a Roma (1443). No obstante, la mayor parte de los padres conciliares rechazaron el traslado y se quedaron en Basilea, prosiguiendo con su trabajo. Entonces se inició lo que ha pasado a la historia como el Pequeño Cisma de Occidente (1439-1449), para distinguirlo del Grande (1378-1417) que lo había precedido.
El Concilio de Basilea depuso por hereje a Eugenio IV y eligió al duque Amadeo VIII de Savoya, que reino como antipapa con el nombre de Félix V. Desde Florencia, adonde se había transferido el Concilio, Eugenio IV promulgó la excomunión del antipapa y de los padres cismáticos de Basilea. La Cristiandad se encontró dividida una vez más. Pero si en tiempos del Gran Cisma se habían impuesto los teólogos conciliaristas, en esta fase el Papa contó con el apoyo de un gran teólogo: el dominico español Juan de Torquemada (1388-1468) (no confundir con su homónimo inquisidor).
Torquemada, honrado por Eugenio IV con el título de Defensor fidei, es autor de unaSumma de Ecclesia, en la que defiende enérgicamente el primado del Papa y su infalibilidad. En esta obra desmonta con gran precisión los equívocos que habían surgido en el siglo XIV a partir de la hipótesis del papa hereje. Según el teólogo español, este caso es concretamente posible, pero la solución del problema no hay que buscarla en modo alguno en el conciliarismo, que niega la supremacía pontificia. La posibilidad de herejía del Papa no compromete el dogma de la infalibilidad, porque si quisiese defenir una herejía ex cathedra en ese mismo momento dejaría de tener efecto su cargo (Pacifico Massi, Magistero infallibile del Papa nella teologia di Giovanni de Torquemada, Marietti, Turín 1957, pp. 117-122). Las tesis de Torquemada las desarrolló en el siglo siguiente su hermano en la orden dominica el cardenal Cayetano.
La importancia del Concilio de Florencia fue capital, porque el 6 de julio de 1439 promulgó el decreto Laetentur Coeli et exultet terra, que ponía fin al cisma de Oriente, pero sobre todo porque condenó definitivamente el conciliarismo, confirmando la doctrina de la suprema autoridad del Pontífice sobre la Iglesia. El 4 de septiembre de 1439, Eugenio IV definió solemnemente «que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo tiempo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones» (Denz-H, n. 1307).
En la carta Etsi dubitemus del 21 de abril de 1441, Eugenio IV condenó a los herejes de Basilea y a los «diabólicos fundadores» de la doctrina del conciliarismo: Marsilio de Padua, Johann de Jandun y Guillermo de Ockham (Epistolae pontificiae ad Concilium Florentinum spectantes, Pontificio Istituto Orientale, Roma 1946, p. 28 – pp. 24-35), pero ante Haec Sancta tuvo una actitud vasilante, proponiendo lo que hoy en día se podría calificar como una “hermenéutica de la continuidad”. En el decreto del 4 de septiembre de 1439, Eugenio IV afirma que la superioridad de los concilios sobre los papas, sostenida por los padres de Basilea apoyados en Haec Sancta, es «una interpretación errónea de los propios padres de Basilea, que en realidad se manifiesta contraria al sentido auténtico de las Sagradas Escrituras, los Santos Padres y el propio Concilio de Constanza» (Decreto del 4 de septiembre 1439, en Conciliorum Oecumenicorum Decreta, EDB, Bolonia 2002, p. 533).
El mismo Eugenio IV ratificó el Concilio de Constanza, en su conjunto y en sus decretos, excluido «todo perjuicio al derecho, a la dignidad y a la preeminencia de la Sede Apostólica», como escribe a su legado el 22 de julio de 1446. La tesis de la hermenéutica de la continuidad entre Haec Sancta y la Tradición de la Iglesia no tardó en ser abandonada. Ciertamente, Haec Sancta son las actas fieles de un legítimo concilio ecuménico, ratificado por tres papas, pero ello no es suficiente para dar un valor vinculante en el plano moral a un documento del Magisterio que se opone a la enseñanza perenne de la Iglesia. Actualmente sostenemos que del Concilio de Constanza sólo se pueden aceptar los documentos que no lesionan los derechos del Papado ni contradicen la Tradición de la Iglesia. Entre dichos documentos no se cuentaHaec Sancta, que es un acta conciliar formalmente herética.
Los historiadores y los teólogos explican que Haec Sancta se puede repudiar porque no fue una definición dogmática, ya que carece de fórmulas típicas como anathema sity palabras como ordena, define, establece, decreta o declara. El verdadero alcance del decreto es de carácter disciplinar y pastoral y no supone infalibilidad (cfr. por ejemplo la voz Concile de Constance, del cardenal Alfred Baudrillart, en el Dictionnaire de Théologie Catholique, III, col. 1221 – coll.1200-1224).
El cisma de Basilea llegó a su fin en 1449 cuando el antipapa Félix V alcanzó un acuerdo con Nicolás V (1447-1455), sucesor de Eugenio IV. Félix abdicó solemnemente y el Papa lo creó cardenal y vicario pontificio. La condena del conciliarismo fue ratificada por el V Concilio de Letrán, por el de Trento y por el Vaticano I. Quien defienda hoy en día la institución del Papado no debe descuidar el estudio de estas definiciones dogmáticas, profundizando en las obras de los grandes teólogos de la primera y la segunda escolástica. Así encontrará en este rico tesoro doctrinal todos los elementos necesarios para hacer frente a la crisis actual de la Iglesia.
Roberto de Mattei/Adelante la Fe

Cuando toda Europa estuvo excomulgada. Roberto de Mattei

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Hubo un tiempo en el que toda la Europa cristiana se encontró excomulgada sin que nadie fuese hereje. Todo comenzó el 27 de marzo de 1378, cuando, catorce meses después de su retorno de Aviñón a Roma, falleció el papa Gregorio XI.
En el cónclave, que por primera vez en 75 años tuvo lugar en el Vaticano, participaron dieciséis cardenales de los veintitrés con que contaba la Cristiandad en aquel entonces. La mayor parte eran franceses. Era una consecuencia del largo periodo de Aviñón.
El 8 de abril, el Sacro Colegio elevó al solio pontificio a Bartolomeo Prignano, arzobispo de Bari. Era un docto canonista de costumbres austeras que por no ser cardenal no asistía al cónclave.
Ese mismo día, el pueblo irrumpió en el cónclave para exigir la elección de un papa romano, pero los cardenales no se atrevieron a anunciar quién había sido elegido e hicieron creer que se trataba del anciano cardenal Francesco Tibaldeschi, natural de Roma. Sin embargo, al día siguiente fue entronizado Bartolomeo Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI (1378-1389), y el 18 de abril fue coronado en toda regla en San Pedro.
En el mes de julio siguiente, doce cardenales franceses y el aragonés Pedro de Luna se reunieron en la ciudad de Anagni, y el 2 de agosto promulgaron una declaración según la cual la Sede Romana era calificada de vacante, y se consideraba inválida la elección de Urbano VI porque la había conseguido el pueblo por medio de rebelión y tumulto. El 20 de septiembre fue elegido nuevo papa en la catedral de Fondi el cardenal Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII (1378-1394). Este último, tras una vana tentativa de ocupar Roma, se instaló nuevamente en Aviñón. Así se inició el Gran Cisma de Occidente.

La diferencia entre el Cisma de Occidente y el Oriente, que desde 1054 dividía a la Cristiandad, es que este último fue un cisma en el verdadero y estricto sentido de la palabra, porque los ortodoxos se negaban, y siguen negándose, a reconocer el primado del Papa, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal.
El Cisma de Occidente fue, por el contrario un cisma material, no formal, porque ninguna de las dos partes tuvo intención de negar el primado pontificio. Urbano VI y Clemente VII, así como sus sucesores, estaban convencidos de la legitimidad de su elección canónica y no hubo errores doctrinales en ninguno de los dos bandos en conflicto. Hoy en día la Iglesia nos asegura que los papas legítimos fueron Urbano VI y los pontífices que le sucedieron, pero en aquel tiempo no estaba nada claro quién era el legítimo Vicario de Cristo. A partir de 1378, la Cristiandad se dividió, pues, en dosobediencias.
Reconocieron a Clemente VII Francia, Escocia, Castilla, Portugal, Savoya, Aragón y Navarra. Se mantuvieron fieles a Urbano VI Italia septentrional y central, el Imperio, Inglaterra e Irlanda, Bohemia, Polonia y Hungría. Durante otros cuarenta años, los católicos europeos vivieron un drama cotidiano. No sólo había dos papas y dos colegios cardenalicios, sino que era frecuente que en una misma diócesis hubiera dos obispos, dos abades y dos párrocos. Y como ambos pontífices se excomulgaron mutuamente, todos los fieles de la Cristiandad estaban excomulgados por uno u otro papa.
Los santos también estuvieron divididos. Frente a Santa Catalina de Siena y Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brigida, las cuales apoyaban a Urbano VI, se encontraban San Vicente Ferrer, el beato Pedro de Luxemburgo y Santa Coleta de Corbie, que se adherían a la observancia aviñonesa. La situación era más confusa que nunca, y nadie era capaz de encontrar una solución.
Cuando el 16 de septiembre de 1394 falleció de modo imprevisto Clemente VII, papa de Aviñón, pareció que había llegado el momento de deshacer el enredo. Bastaba con que los purpurados franceses no procedieran a elegir un nuevo pontífice y dimitiese el romano, que era Bonifacio IX (1389-1404), que había sucedido a Urbano VI. En vez de eso, los cardenales de Aviñón eligieron a un nuevo papa, Pedro de Luna, hombre austero pero obstinado, que reivindicó enérgicamente sus derechos y reinó durante 22 años con el nombre de Benedicto XIII (1394-1422).
A Bonifacio IX le sucedieron a su vez como papas romanos Inocencio VII (1404-1406) y Gregorio XII (1406-1415). Mientras tanto, los teólogos seguían sin ponerse de acuerdo. El punto de partida era el célebre pasaje del decreto de Graciano, que declaraba: «El Papa tiene potestad para juzgarlos a todos, pero no puede ser juzgado por nadie salvo que se aparte de la fe» (A nemine est judicandus, nisi deprehenditur a fide devius) (Dist. 400, c. 6).
La regla según la cual nadie puede juzgar al Romano Pontífice (Prima sedes non judicabitur) admitía, y admite, una sola excepción: el pecado de herejía. Se trataba de una máxima en cuanto a la cual todos estaban de acuerdo y que podía aplicarse, no sólo al papa hereje, sino al papa cismático.
Ahora bien, ¿quién tenía la culpa del cisma? Para resolver el problema, muchos incurrieron en un grave y peligroso error: la doctrina del conciliarismo, según la cual un papa hereje o cismático puede ser depuesto por un concilio, ya que la asamblea de los obispos es superior al Papa. Exponentes destacados de esta doctrina fueron el canciller de la Universidad de París Pietro d’Ailly (1350-1420), más tarde cardenal de Aviñón, y el teólogo Juan Gerson (1363-1429), también canciller y profesor de la universidad parisina.
Esta falsa tesis eclesiológica indujo a algunos cardenales de ambas obediencias a buscar la solución en un concilio general que se inauguró en Pisa el 25 de marzo de 1409 con miras a invitar a ambos pontífices a abdicar, y deponerlos en caso de que rehusasen. Y así sucedió en efecto. El Concilio de Pisa se declaró ecuménico y representante de toda la Iglesia universal, y depuso a ambos pontífices rivales por cismáticos y herejes, declarando vacante la sede romana.
El 26 de junio, el Colegio Cardinalicio eligó a un tercer papa, Pietro Filargo, arzobispo de Milán, que tomó el nombre de Alejandro V (1409-1410), al cual sucedió al año siguiente Baldassarre Cossa, que tomó el nombre de Juan XXIII (1410-1415). El verdadero papa no podía ser más que uno solo, pero en aquel momento no estaba claro cuál era, ni para los teólogos ni para el pueblo fiel.
Juan XXIII, con el apoyo del emperador alemán Segismundo (1410-1437), tomó la iniciativa de celebrar un nuevo concilio, que se inauguró en la ciudad imperial de Costanza el 5 de noviembre de 1414. Se proponía ser reconocido como único pontífice, confirmando el Concilio de Pisa, del cual tomaba su legitimidad. Con este fin, había creado numerosos cardenales italianos que lo apoyaban.
Para superar la mayoría italiana, los franceses y los ingleses se las arreglaron para que no se votara por cabezas, sino por naciones. Se les reconoció el derecho de voto a Francia, Alemania, Inglaterra, Italia y, en una segunda vuelta, a España: las cinco naciones principales de Europa. Se trató de un principio profundamente revolucionario.
En primer lugar, en efecto, las naciones (es decir, sujetos políticos), entraron ejerciendo mucho peso en la vida de la Iglesia, alterando la relación de dependencia que siempre habían tenido con ella. En segundo lugar, y ante todo, quedaba eliminado el principio según el cual el Papa es el supremo árbitro, moderador y juez del Concilio, para atribuirle al voto de los padres conciliares las decisiones deliberativas. Comprendiendo que el Concilio no quería confirmarlo como papa, Juan XXIII huyó de Constanza en la noche del 20 al 21 de marzo de 1415, pero fue capturado, depuesto por simoniaco y pecador público y excluido de futuras elecciones junto con los otros dos pontífices.
El 6 de abril de 1415, la asamblea promulgó el decreto conocido como Haec Sancta,que declaraba solemnemente que el Concilio, asistido por el Espíritu Santo, representaba a la Iglesia militante en su totalidad y recibía su potestad directamente de Dios: por tanto, todo cristiano, el Papa incluido, tenía el deber de obedecerlo. Haec Sancta es uno de los documentos más revolucionarios de la historia de la Iglesia, porque niega el primado del Romano Pontífice sobre el Concilio. Dicho texto, reconocido primero como auténtico y legítimo, no fue reprobado hasta más tarde por el Magisterio Pontificio. En el plano disciplinario, fue completado por el decretoFrequens del 9 de octubre de 1417, que estipulaba que los concilios ecuménicos debían ser una institución eclesiástica estable y, en consecuencia, como afirma el historiador Hubert Jedin, «una especie de organismo de control sobre el papado».
En esta caótica situación, el Papa romano, Gregorio XII, accedió a abdicar. Fue la última renuncia al trono pontificio antes de la Benedicto XVI. Gregorio XII perdió toda prerrogativa pontificia, como le pasa al Papa que, por razones extraordinarias, deja el gobierno de la Iglesia. El Concilio lo reconoció como cardenal, y lo creó obispo de Porto y legado estable en las Marcas de Ancona, pero antes de que fuese elegido el nuevo pontífice, Gregorio falleció en Recanati el 18 de octubre de 1417 a la edad de 90 años.
El Papa de Aviñón, Benedicto XIII, se mantuvo inamovible, pero fue abandonado también por los países que le guardaban obediencia y depuesto por perjuro, cismático y hereje el 26 de julio de 1417. Los cardenales de ambas obediencias se reunieon y elegieron finalmente, el 11 de noviembre de 1417, al nuevo Papa, Oddone Colonna, romano, que tomó el nombre de Martín V (1417-1431) por ser el santo cuyo onomástico se celebra el día de la elección. El Gran Cisma de Occidente había terminado y parecía que había llegado la paz a la Iglesia, pero el postconcilio reservaba amargas sorpresas para el sucesor de Martín V.
Roberto de Mattei

La Festividad del Santísimo Sacramento

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COMUNMENTE LLAMADA

LA FIESTA DE DIOS

O SOLEMNÍSIMA FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI



La fiesta del Santísimo Sacramento del altar o de la Eucaristía no sólo es la más augusta, la más pomposa y una de las más célebres de todas las solemnidades, sino que además de esto es la más antigua y la primera de todas las fiestas de la Iglesia. Todas las otras, a lo menos las más solemnes, son de institución apostólica; pero esta fue instituida por el mismo Jesucristo en la Última Cena la noche antes de su Pasión. Su institución es la misma que la del divino Sacrificio; y se puede decir que el mandato del Salvador a sus Apóstoles, y en persona de ellos a toda la Iglesia, de que hicieran en memoria de Él lo que Él acababa de hacer, ha hecho la fiesta de la cena del Señor y del Santísimo Sacramento tan antigua como la misma Iglesia. Por ella empezó la Iglesia, la cual tuvo su origen y nacimiento en la institución y en la celebración de este divino Sacrificio, a que se siguió la comunión de los fieles congregados para la fracción del pan, o para recibir el Cuerpo de Jesucristo y para orar. Sin sacrificio no hay religión, no hay Iglesia. Se puede también decir que la fiesta de la Eucaristía ha sido perpetua en la Iglesia, del mismo modo que la de la Santísima Trinidad, y que no ha habido día en que no se haya celebrado. Pues así como la Santísima Trinidad es el objeto esencial y primitivo de nuestro culto en todas las solemnidades de nuestra Religión, así la Eucaristía es el Sacrificio perpetuo y el culto más santo que se da a Dios en todas las fiestas. Y esta es la razón por que se tardó tanto tiempo en establecer en la Iglesia una fiesta particular para celebrar estos dos grandes misterios; pues todo el año era la fiesta de la Santísima Trinidad, que se adoraba siempre, y de la divina Eucaristía, con la cual y por la cual se adora la Santísima Trinidad.

Por la misma razón, en los primeros tiempos de la Iglesia todos los días del año, dicen los Padres, eran mirados por los fieles como días de fiesta, pues en todos comulgaban; este es el motivo porque, según Tertuliano, San Crisóstomo y San Isidoro, la Iglesia dio el nombre de ferias a todos los días. San Justino dice que en todas las fiestas de los primeros cristianos casi toda la solemnidad consistía en la celebración de la Misa y en la Comunión; cada día era una fiesta, y todas las fiestas eran en cierto modo fiestas del Santísimo Sacramento. El divino Sacrificio que se ofrecía hacia entonces, como lo hace también hoy, el fondo y como la principal celebridad de todas las fiestas. Ora se celebre la fiesta de los Santos Mártires o de los otros Santos, dice San Crisóstomo, ora se celebre cualquiera otra fiesta en viernes, en sábado o en domingo, siempre se ofrece el mismo Sacrificio, siempre se inmola la misma Sagrada Víctima, y siempre el divino Sacrificio es quien hace la principal solemnidad del día: Sive feria sexta, sive sabbato, sive dominica die, sive in celebritate Martyrum, eadem litatur hostia, ídem sacrificium consummatur. Una virtus, una dignitas, una gratia, unum et idem corpus.

A la verdad, las grandes fiestas, añade este Padre, se distinguen por la magnificencia y riqueza de los adornos que se ponen en nuestras iglesias, y por el concurso extraordinario de pueblo que se junta gozoso en ellas en semejantes días; pero en sustancia lo que hace toda la celebridad, la dignidad y el regocijo, es el divino sacrificio que se ofrece: Nihil novitatis inspicitis prœter sæcularia ista velamina et multitudinem solito lætiorem. Jam vero quod ad Sacramentum attinet, nihil amplius habent, nullam dignitatem, nullum privilegium.

El Santísimo Sacramento del Altar es aquel tesoro que en la primitiva Iglesia se llamaba el soberano Bien de la vida presente: Bonum perfectum; en la que encontramos nosotros todos los bienes; y así como la posesión del sumo Bien es lo que hace una fiesta eterna en el Cielo, así la posesión de la adorable Eucaristía hace también en la tierra una fiesta continua de todos los días.

Haced esto en memoria de mí, dijo Jesucristo. Este Sacramento no sólo debe traernos a la memoria la muerte del Salvador; debe también hacernos acordar de todos los otros misterios de su vida. Con esta intención la Iglesia después de estas palabras del canon de la Misa: Siempre que hiciereis esto, lo haréis en memoria de mí, añade: Por este motivo acordándonos, Señor, de vuestra pasión, de vuestra resurrección, como también de vuestra gloriosa ascensión, etc.

Ningún misterio de Jesucristo hay de que el Santísimo Sacramento no sea representación y recuerdo, ninguno tampoco que no sea dignamente celebrado por la divina Eucaristía en el Sacrificio de la Misa. ¿Qué solemnidad hay en la Iglesia que no sea la fiesta, por decirlo así, del Santísimo Sacramento? Y puede decirse con verdad, que ofrecer el divino Sacrificio es hacer su fiesta; pues es celebrar solemnemente la memoria de su institución, y hacer en memoria de Jesucristo lo que hizo Él mismo en su Última Cena. El divino Sacrificio es lo más respetable, lo más santo, lo más solemne que tienen todas las fiestas. Todas ellas, dice San Crisóstomo, son la fiesta de este divino Sacrificio. De suerte que la misma razón por que en mucho tiempo no se pensó hacer en la Iglesia una fiesta particular en honor de la Santísima Trinidad, hizo, como ya se ha dicho, que no se celebrase tampoco fiesta particular a honra de la adorable Eucaristía, hasta que en fin la divina Providencia, previendo sin duda que en estos últimos tiempos se habían de levantar unas sectas impías que combatirían y aun profanarían con todo género de impiedades este divino misterio, inspiró a la Iglesia que aumentara y extendiera su solemnidad por medio de una fiesta particular y una octava de las más solemnes.

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Ved aquí la historia de esta institución: La bienaventurada Juliana, Priora de Monte-Cornillon cerca de Lieja, fue el instrumento de que se sirvió Dios para poner los primeros cimientos de esta nueva solemnidad. Nació esta Santa doncella el año de 1193 en la aldea de Retines en el distrito de la ciudad de Lieja, de padres muy ricos, los que perdió de edad de cinco años. Llevada desde entonces por su tutor a Monte-Cornillon, estuvo de pensionista con las religiosas que cuidaban del hospital que se acababa de edificar a la falda del monte. Esta inocente alma, prevenida casi desde la cuna de las más dulces bendiciones del Señor, hizo en poco tiempo tan grandes progresos en la virtud, que llegó a ser la admiración de su siglo. Con dificultad se podía ver una humildad más profunda con un mérito tan extraordinario, ni una inocencia más perfecta con unas austeridades tan rigurosas. El amor del retiro y de la vida oscura fue siempre su pasión dominante; y las íntimas comunicaciones que tenía con Dios en la oración, la aumentaban todos los días los atractivos por aquel género de vida. Su ternura hacia la Santísima Virgen parecía haber nacido con ella; pero su virtud predilecta y la que hizo siempre su carácter y su distintivo fue una devoción extraordinaria al Santísimo Sacramento. El Sacrificio de la Misa abrasaba tan fuertemente su corazón en el fuego del amor de Dios, y hacia tan viva impresión sobre su espíritu, que nunca asistía a él, que no estuviese, mientras duraba éste, en una especie de éxtasis. Cada comunión era para ella un nuevo banquete del divino Esposo; y las lágrimas que derramaba cuando comulgaba, daban bastante a conocer que gustaba con anticipación los gustos del Cielo. Meditaba sin cesar sobre esta prenda inestimable que Jesucristo dejó sobre la tierra en señal del amor inmenso que nos tiene; y no podía comprender cómo los cristianos, poseyendo este tesoro, pudiesen amar ninguna otra cosa. Hubiera querido que todas las riquezas del mundo se hubieran empleado en adornar nuestras iglesias y enriquecer los sagrados altares, cuya magnificencia debiera dejarse muy atrás los tronos más preciosos de los más grandes príncipes. Estaba ocupada de estos sentimientos tan justos y tan religiosos, cuando tuvo una visión que no comprendía, y que la dio mucha pena. Vio la luna en su lleno, pero con una brecha o agujero. La Sagrada Escritura, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, nos presenta muchos ejemplos de estas imágenes enigmáticas, en que Dios, acomodándose a nuestro modo de pensar, nos descubre un sentido espiritual y misterioso bajo alguna cosa material y sensible. La devota Juliana, no comprendiendo lo que significaba esta visión, creyó que era una ilusión del demonio, que quería apartarla de la oración. Hizo cuanto pudo para verse libre de ella: oración, lágrimas, austeridades, de todo esto se valió; pero nada pudo hacer desaparecer aquella imagen de delante de sus ojos. Jamás se ponía en oración que no se le presentase la visión, y ninguno de sus directores supo interpretársela. Todo su recurso era a la oración.

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Finalmente Dios la dio a entender que la luna significaba la Iglesia, y que el agujero significaba la falta de la fiesta particular y solemne del Santísimo Sacramento, que faltaba en aquel tiempo para la perfección de la disciplina de la Iglesia. Le reveló Dios al mismo tiempo, que la había elegido para solicitar con los ministros de la Iglesia la institución de la fiesta particular y solemne del Santísimo Sacramento; cuyo fin y objeto había de ser honrar la divina Eucaristía con un culto más solemne, y reparar en cierto modo con esta pública celebridad las irreverencias y faltas de respeto que se cometen contra este adorable misterio. Asustóse de la comisión; y aunque no podía dudar que era de Dios la revelación, con todo su profunda humildad se la hacía sospechosa. Y así la tuvo en silencio cerca de veinte años, procurando con el aumento de su devoción a la adorable Eucaristía suplir lo que la Iglesia no había establecido aún.

El año de 1230, habiendo sido elegida Priora de la casa de Monte-Cornillon, se sintió interiormente más solicitada a declararse sobre el asunto; y temiendo resistir a la voluntad de Dios tan claramente manifestada, se descubrió en fin reservadamente a un canónigo de San Martin de Lieja, que estaba en una grande opinión y con quien tenía mucha confianza. Después de haberle declarado lo que creía la había dado a conocer Dios tocante a la institución de una fiesta particular en honor de la adorable Eucaristía, le rogó trabajase con todo su celo con las potestades eclesiásticas, con los religiosos y teólogos, para que un establecimiento de tanta gloria para Jesucristo y tan ventajoso a la Iglesia tuviese efecto. El santo canónigo se encargó gustoso de la comisión, y la ejecutó con el suceso que se podía desear. Todos aprobaron un pensamiento tan conforme al espíritu de la Iglesia, y todos le aplaudieron. Los que se mostraron más celosos por esta institución fueron los de la Orden de Predicadores de Lieja, con su Prior Fr. Hugo de San Caro, que después fue Cardenal; Guido de Lyon, obispo de Cambray, y el Arcediano de la iglesia de Lieja, llamado Jacobo Pantaleón de Troves, que después fue Obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén, y finalmente Papa bajo el nombre de Urbano IV. Bien presto tuvo la Bienaventurada Juliana el consuelo de ver establecida esta fiesta en toda la diócesis de Lieja por un edicto u ordenanza del Obispo Roberto el año 1246, y celebrada con una solemnidad y una devoción extraordinaria. Sin embargo, hasta el año 1262 no llegó a ser esta grande fiesta de las primeras solemnidades de toda la Iglesia.

El Papa Urbano IV, que siendo todavía Arcediano de la iglesia de Lieja había aprobado tanto la institución de esta fiesta como hemos dicho, no bien se vio ensalzado al sumo pontificado, cuando pensó en hacerla fiesta de precepto. Las instancias de muchos grandes prelados, y los continuos ruegos de una santa reclusa, llamada Eva, que había sobrevivido a la Bienaventurada Juliana su amiga, y que no era menos favorecida que ella de los dones del Cielo, movieron al Papa a hacer este establecimiento; pero las turbaciones de Italia y otras necesidades aún más urgentes de la Iglesia retardaban cada día su ejecución; hasta que un prodigio acaecido, dice San Antonino, en Bolsena en la diócesis de Orvieto, determinó al Papa a expedir una Bula para que en toda la Iglesia se celebrase semejante festividad con la mayor solemnidad que fuese posible. Este prodigio fue un corporal que quedó ensangrentado todo con la Sangre de Jesucristo, por haber caído en él algunas gotas del cáliz por descuido de un sacerdote al decir Misa en la iglesia de Santa Cristina. La Bula es del año 1262, y empieza por estas palabras: Transiturus de hoc mundo ad Patrem Salvator noster Dominus Jesus Christus. Al principio da el Papa una idea sublime del inmenso amor que el Salvador nos muestra en este divino Sacramento, y de los infinitos bienes que encierra la Sagrada Eucaristía. Jesucristo después de habernos dado todas las cosas, dice el Papa, se nos da a sí mismo. O singularis, et admiranda liberalitas, exclama, ubi donator venit in donum, et datum est idem penitus cum datore! ¡Oh liberalidad impensada, donde el don que se nos da es la persona misma del que nos le da! Quam larga et prodiga largitas, cum tribuit quis seipsum: ¿Puede subir más de punto la liberalidad, que cuando uno después de habernos dado todo cuanto tiene, se nos da a sí mismo? Dedit igitur se nobis in pabulum: Jesucristo se hace nuestra comida; para que así como el hombre se había procurado la muerte comiendo de la fruta vedada, así se procurase la bienaventurada inmortalidad comiendo este Pan de Vida. Aunque todos los días se celebre, dice este gran Papa, la fiesta del Santísimo Sacramento ofreciéndose el divino Sacrificio, nos parece muy a propósito señalar un día cada año que le esté particularmente consagrado por una fiesta de las más solemnes, aunque no fuera sino para confundir la abominable impiedad y la extrema necedad de los herejes de estos últimos tiempos: Conveniens tamen arbitramur et dignum, ut de ipso semel saltem in anno, ad confundendum specialiter hæreticorum perfidiam et insaniam, memoria solemnior et celebrior habeatur.

Es verdad, continúa el mismo Papa, que el Jueves Santo, que es el día en que Jesucristo instituyó este divino Sacramento, celebra la Iglesia su fiesta con solemnidad; pero está tan ocupada en llorar la muerte del Salvador, y en tantas otras sagradas ceremonias, que no puede atender con bastante particularidad a la solemnidad de este divino misterio, el cual se debe celebrar con un santo gozo y una pompa extraordinaria, para darnos más bien a conocer la gloria y la dicha que tenemos en poseer el vivo cuerpo de Jesucristo nuestro Salvador y nuestro Dios: In diem namque Cœncœ Domini universalis Ecclesia sacri confectione chrismatis occupata…plene vacare non potest celebratione hujus maximi Sacramenti. Y si la conmemoración que hacemos todos los días de muchos Santos ya en la Misa, ya en las Letanías, no impide el que la Iglesia les asigne un día en el año para hacerles una fiesta particular más solemne; con mucha más razón se debe practicar esto con el más grande y más augusto misterio de nuestra Religión, cual es la adorable Eucaristía. Y también para que todos los fieles procuren en esta fiesta particular y en esta extraordinaria solemnidad reparar por su devoción y por su culto su negligencia, su ingratitud, su falta de respeto y sus irreverencias para con este divino misterio: Tunc attente in humilitate spiritus, et animi puritate restaurent. No podemos olvidar lo que el Señor ha revelado a personas de una virtud eminente, esto es, cuánto desea que esta fiesta se celebre universalmente en toda la Iglesia, como lo hemos sabido antes que fuésemos elevados a la suprema dignidad en que la misericordia de Dios nos ha colocado: Intelleximus olim dum in minori essemus officio constituti, quod fuerat quibusdam catholicis divinitus revelatum, festum hujusmodi generaliter in Ecclesia celebrandum. Y así para que la fe de los fieles sea más viva y fervorosa para con este augusto Sacramento, además del honor que se le tributa todos los días, ordenamos que se le haga todos los años una fiesta particular con toda la celebridad posible y con toda la pompa y magnificencia que es debida al Sagrado Cuerpo de Jesucristo, en quien reside sustancialmente toda la Divinidad: Ut præter quotidianam memoriam, solemnior et specialior annuatim memoria celebretur; designando para esta augusta solemnidad el jueves después de la octava de Pentecostés, para que este día el clero y el pueblo se esmeren a cual más en dar pruebas señaladas de su viva fe y de su tierna devoción al Santísimo Sacramento por medio de un culto público más religioso y por cánticos de alabanzas. Después exhorta a todos los prelados y al clero, a quienes va dirigida la Bula, que celebren todos los años esta fiesta con mucha magnificencia y dignidad; y les encarga exhorten a todos los fieles desde el domingo antecedente que se dispongan con todo género de buenas obras a celebrar esta insigne solemnidad, y sobre todo a ponerse en estado de comulgar dignamente el día de la fiesta: Taliter se studeant præparare, quod hujus pretiosissimi Sacramenti mereantur fieri participes illa die. Por lo que a Nos toca, añade, no queriendo omitir nada para excitar a todos los fieles con dones espirituales a celebrar esta gran fiesta con todo el celo y fervor que pide este Dios escondido, concedemos a todos los que verdaderamente contritos y confesados asistieren a las primeras Vísperas de la fiesta, a Maitines, a Misa y a las segundas Vísperas, cien años de indulgencia por cada vez, y cuarenta años por la asistencia a cada una de las horas menores; y cien días de indulgencia a todos los que asistieren a las Vísperas, a los Maitines, a la Misa y a las horas menores del oficio divino, durante la octava: Centum dies de injunctis sibi pænitentiis relaxamus.

El Papa Clemente V confirmó solemnemente en el concilio el año 1311 la Bula de institución expedida por el papa Urbano IV; lo mismo hizo el Papa Juan XXII, cinco años después; y desde entonces se ha celebrado esta fiesta con más solemnidad que antes en toda la Iglesia universal.

Santo Tomás de Aquino, la admiración de todo el mundo cristiano y una de las más brillantes lumbreras de la Iglesia, compuso el Oficio, el cual se tiene por uno de los más devotos, más completos y más bellos, así por la energía de las expresiones, como por la doctrina que en él expende de todo el misterio eucarístico.

Lo que todavía da más lustre a esta fiesta, y la distingue también de todas las otras, es la procesión solemne en que el Cuerpo de Jesucristo se lleva en triunfo por las calles con mucha ostentación y con una pompa la más magnífica y religiosa que cabe. Esta institución la atribuyen muchos al Papa Juan XXII, no porque no se llevase en procesión el Santísimo Sacramento desde el siglo XI, pero sólo era el Domingo de Ramos para honrar el humilde triunfo de la entrada de Jesucristo en Jerusalén, y sólo se llevaba cerrado en una arca o copón a manera de sepulcro.

La procesión que en este día se hace con tanta pompa y solemnidad es una de las principales partes de esta gran fiesta. Llévase en triunfo a Jesucristo, realmente presente en la adorable Eucaristía; y con este pomposo triunfo intenta la Iglesia celebrar el que Jesucristo ha hecho alcanzar a su Iglesia de los enemigos de este misterio; y repara de algún modo los ignominiosos ultrajes que le hicieron en las calles de Jerusalén y los que recibe aun todos los días de los malos cristianos en los templos.

Los impíos errores de Berengario, arcediano de Angers, sobre la realidad del cuerpo de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, fueron sin duda uno de los motivos para esta institución; y por eso esta procesión se hace con tanta magnificencia y solemnidad en Angers, donde Berengario, el primer autor de esta herejía, enseñó el error a principios del siglo XI.

La traslación del arca de Cariatiarim a la casa de Obededom, y la de aquí a Jerusalén hecha con tanta pompa y solemnidad, y a que asistió el rey David seguido de una infinidad de pueblo, era figura de la procesión solemne que hace la Iglesia en este día llevando el Santísimo Sacramento, y del gozo cristiano que acompaña a esta fiesta.

En efecto, ninguna en todo el año se celebra con tanta pompa y solemnidad; ninguna tampoco hay en que la fe y la piedad de los cristianos deban sobresalir más; es el triunfo de Jesucristo, el triunfo de la Religión y el de la Iglesia. El Santísimo Sacramento del altar es el fin de todos los otros, el medio más seguro y eficaz para llegar a la perfección, un manantial fecundo de los dones del Cielo, la prenda y un anticipado gusto de la felicidad de los bienaventurados, la raíz de la inmortalidad, el más ilustre testimonio del amor de Jesucristo, el compendio, por decirlo así, de toda la Religión, y el tesoro de toda la Iglesia.


Nada tiene nuestra Religión más santo, nada más divino; el mismo Dios no puede hacer cosa más grande ni más respetable que este augusto Sacramento, que el Sacrificio de la Misa. Institución en todo divina, oblación santa, Víctima de infinito precio, inmolación del Cuerpo y de la Sangre adorable del Hombre-Dios, pontífice igual en todo al mismo Dios. ¿Puede imaginarse cosa más divina, más digna de nuestras ansias, de nuestros respetos y de todo nuestro culto? Es esta la obra más perfecta y más cabal de la sabiduría, de la omnipotencia y de la bondad de Dios; veis aquí cuál es el objeto principal de toda esta fiesta. No debe admirarnos el que la Iglesia se agote, por decirlo así, en cánticos de alabanzas, de nacimientos de gracias y de gozo; y que los fieles, penetrados del mismo espíritu, se esmeren en todo el mundo para contribuir con su celo y con su piedad a la magnificencia y a la solemnidad de esta fiesta. El oficio de este día es la cosa más propia que ha podido inventarse para dar una idea la más adecuada de lo que es esta religiosa celebridad.

El introito de la Misa, tomado del salmo LXXX, desenvuelve desde luego todo el misterio: Cibavit eos ex adipe frumenti, alleluia; et de petra melle saturavit eos, alleluia, alleluia, alleluia: Les dio de comer la flor de la harina de trigo, y les hartó de la miel de la piedra. ¿Qué alabanzas, qué gracias, qué bendiciones no debemos dar al Señor por un beneficio tan señalado, por un favor tan insigne? Jesucristo dice que Él mismo es aquel pan exquisito, aquel pan de vida que da la inmortalidad: Ego sum panis vitæ. El que come de este pan, añade, no morirá: Qui manducat hunc panem, vivet in æternum. ¡Qué virtud la de este pan! Pero ¡qué dulzura! ¿Cómo no nos dará miel en abundancia quien nos da a comer su propia carne? Esta es aquella miel que sale de la piedra misteriosa, que no es otra que Jesucristo, como dice san Pablo: Petra autem erat Christus.

Nótese que el Profeta en este salmo exhorta a los judíos a celebrar dignamente las fiestas ordenadas por el Señor en memoria de sus beneficios. En él hace también hablar al mismo Dios, el cual poniéndole delante a su pueblo los beneficios que le ha hecho le empeña a que le sirva con fidelidad, y se queja al mismo tiempo de la ingratitud de este pueblo. Pero después de haber hecho un resumen de todos los prodigios que obró Dios a favor de ellos, acaba David el salmo refiriendo un prodigio, el cual solo iguala y aun excede a todos los otros: Cibavit eos ex adipe frumenti; et de petra melle saturavit eos. Como si dijera en profecía: Después de tantos prodigios como obró el Señor en favor de su pueblo, ha hecho una maravilla que pone el colmo a todos sus beneficios; y es, que les ha como embriagado de dulzuras, y alimentándoles de aquel pan celestial que es pan de vida. Exultate Deo adjutori nostro, jubilate Deo Jacob: Cantad alegres las alabanzas de un Señor que siempre os ha protegido; celebrad festivos las glorias del Dios de Jacob. Salite psalmum, et date typanum; psalterium jucundum cum cithara: Entonad cánticos a honra suya; traed vuestros tamboriles, vuestros salterios y vuestras cítaras. Nada conviene mejor a la celebridad de esta fiesta que estas expresiones.

La Epístola de la misa de este día es del capítulo XI de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios, donde este Apóstol narra la institución del Sacramento de la Eucaristía por Jesucristo como el mismo Jesucristo se la reveló.

Ego enim accepi a Domino quod et tradidi vobis: Porque yo supe del mismo Señor lo que os he enseñado, que el Señor Jesús, la misma noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, le partió y dijo: Tomad y comed; este es mi cuerpo que será entregado por vosotros. No he recibido de los hombres, ni tampoco de los demás Apóstoles, dice San Pablo, lo que os he enseñado tocante a la Eucaristía; el mismo Jesucristo es quien me lo ha revelado. No omite el Santo el hacer mención de la circunstancia del tiempo: dice que la misma noche en que el Salvador fue entregado alevosamente a sus enemigos por uno de sus Apóstoles y tratado con la mayor crueldad, en esta noche dice que instituyó el divino Sacramento, la prenda más preciosa de su amor, y el testimonio más visible de su ternura. Fue propiamente este el testamento de este amable Padre, por el cual se dio a sus hijos pocas horas antes de morir, sin reparar en que entonces mismo le trataban sus hijos con la mayor ignominia. Desciende después San Pablo a una descripción muy circunstanciada de todo lo que pasó en la institución de este prodigio. Debe advertirse que este Apóstol y todos los Evangelistas se dedicaron a referir hasta las menores circunstancias de esta institución. Tomó el Salvador el pan. Jesucristo no pudo tomar sino pan sin levadura, que era el solo de que se podía usar cuando se celebraba la Pascua; con razón, pues, en la Iglesia Romana se consagra con pan sin levadura. Da gracias a su Padre por el poder que le ha comunicado; era esta la práctica ordinaria de Jesucristo antes de obrar alguna maravilla de las más estupendas, de las cuales el nacimiento de gracias era siempre como el preludio. Habiendo después partido el pan que tenía en sus manos, les dijo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo, el cual se entregará por vosotros. No dice el Señor: Tomad y comed este pan; sino tomad y comed, esto es mi cuerpo; es decir, la sustancia que os presento bajo estas especies es mi cuerpo, ya no es pan. Pues el Verbo eterno, que es la misma verdad, dice: Esto es mi cuerpo; persuadámonos, dice San Crisóstomo, creamos sin duda que es así; mirémosle con los ojos de una fe viva: Quoniam Verbum dicit: Hoc est corpus meum; et assentiamur, et credamus, et intellectualibus ipsum oculis intueamur.

Esto es mi cuerpo; tal es la virtud y la fuerza de las palabras de la consagración, producir en calidad de causa eficiente lo que expresan. Para que esta suerte de proposiciones sea verdadera, no es menester sino que la cosa que designan exista luego que se pronuncian. Lo que Jesucristo tomó en sus manos no era sino pan; pero no bien hubo pronunciado estas palabras: Esto es mi cuerpo, cuando toda la sustancia de pan fue transubstanciada, y no quedó otra sustancia en lo que Jesucristo daba a comer a sus Apóstoles que su propio Cuerpo, el que dentro de algunas horas había de ser entregado a sus enemigos, lleno de oprobios, azotado y crucificado. No quedaba del pan otra cosa que las apariencias: a saber, el color, la figura, el peso y el sabor; lo que comúnmente se llama accidentes o especies.

No tenemos en el Nuevo Testamento otra cosa más formal, más precisa, más clara que la realidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo en la adorable Eucaristía. Cuantas veces se habla de este divino misterio, ya en el capítulo VI de San Juan, ya en los otros tres Evangelistas, ya en san Pablo, siempre se habla de una presencia y de una manducación real y corporal del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. En ninguna parte se expresa el sentido figurado, antes bien se excluye positivamente; pues el cuerpo que Jesucristo da a comer a sus Apóstoles era, según su palabra, el mismo que entregó a las ignominias de su pasión y a la cruz para redimirnos: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Y nadie que no sea maniqueo osará decir que el Cuerpo del Hijo de Dios no fue entregado a la muerte sino en figura. Desde los Apóstoles hasta nosotros toda la Iglesia ha creído siempre que el Cuerpo de Jesucristo se ofrece real y verdaderamente en sacrificio, se distribuye a los fieles en la comunión, y está realmente presente en la Eucaristía; y nosotros no somos capaces de hablar de la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de un modo más claro, más formal y más preciso que hablaron los Padres de los primeros siglos.

Me diréis quizá, dice san Ambrosio, el pan que se nos da a comer en la comunión es pan usual y ordinario: Forte dicis, meus panis est usitatus. Es verdad que antes de las palabras sacramentales este pan era pan: Panis iste, panis est ante verba sacramentorum; pero después de la Consagración, en lugar del pan se halla el cuerpo de Jesucristo: Ubi accesserit consecratio, de pane fit caro Christi. Y esto debe ser indubitable entre nosotros: Hoc igitur astruamus. Pero ¿cómo puede suceder, continúa el mismo Padre, que lo que es pan sea el Cuerpo de Jesucristo? Y responde: Consecratione; por la consagración; la que no contiene sino las propias palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Consecratio quibus verbis est? Domini Jesu. Pues en todo lo que precede a la consagración, añade el Santo, habla el sacerdote en su nombre cuando alaba y bendice al Señor, o cuando ora por el rey y por el pueblo; pero cuando llega a la Consagración, ya no habla en su nombre, sino, que es el mismo Jesucristo quien habla por la boca del sacerdote: Jam non suis sacerdos, sed utitur sermonibus Christi. Y así, hablando en rigor, quien obra este Sacramento es la palabra del mismo Jesucristo, aquella palabra que crió de nada todas las cosas: Nempe is sermo quo facta sunt omnia. Habló el Señor, continúa el mismo Padre, y fueron hechas todas las cosas; mandó el Señor, y todas salieron de la nada. Para responder, pues, a tu pregunta, digo que antes de la Consagración no estaba allí el Cuerpo de Jesucristo; aquello era solo pan común; pero después de la Consagración te digo y le repito que ya no hay allí pan, sino que lo que allí hay es el Cuerpo de Jesucristo: Non erat corpus Christi ante consecrationem; sed post consecrationem, dico tibi quod jam corpus est Christi.

Si San Ambrosio hubiera tenido que responder a los protestantes de nuestros días, ¿hubiera podido hablar de una manera más precisa y más clara?

San Cirilo, Patriarca de Jerusalén, que vivía en el siglo IV, explicando a su pueblo las principales verdades de la Religión, dice: La doctrina de San Pablo sobre el misterio de la Eucaristía debe bastar para afirmar vuestra creencia por lo tocante a este augusto Sacramento: Ipsa beati Pauli doctrina abunde sufficere videtur. Decíanos este grande Apóstol en la lección que acabáis de oír, que la misma noche en que el Salvador había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, le repartió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando asimismo el cáliz, dijo: Bebed, esta es mi sangre. Y pues Jesucristo dijo del pan que tomó: Esto es mi cuerpo; ¿quién se atreverá después de esto a ponerlo en duda? Cum ipse de pane dixerit: Hoc est corpus meum; quis audevit deinceps ambigere? Y pues el mismo Jesucristo dijo tan afirmadamente: Esta es mi sangre; ¿quién osará jamás dudar de una verdad tan clara, y decir que no es realmente su Sangre? Quis umquam dubitaverit, ut dicat non esse ejus sanguinem? Y qué, dice el Santo, el que trocó el agua en vino en las bodas de Caná, ¿no merecerá que creamos que convierte el vino en su preciosa Sangre?

Bajo las especies de pan y vino, continúa el mismo Padre, nos da el Salvador su Cuerpo y su Sangre: In specie panis dat nobis corpus, et in specie vini dat nobis sanguinem. De suerte que nosotros llevamos verdaderamente a Jesucristo en nuestro propio cuerpo cuando recibimos el suyo: Sic enim efficimur Christiferi, cum corpus ejus, et sanguinem in membra nostra recipimus. Los panes de la proposición del Antiguo Testamento quedan abolidos. No tenemos en el Nuevo otros panes que este pan celestial y este cáliz saludable, que santifican el alma y el cuerpo. Por esto, concluye, guardaos bien de imaginaros que lo que veis no es otra cosa que pan y vino; es realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo: Corpus enim sunt, et sanguis Christi. Es menester que la fe corrija la idea que los sentidos le dan. Guárdate bien de juzgar sobre esto por los ojos o por el gusto: Ne judices rem ex gustu: haz que tu fe te haga esta verdad cierta e indubitable; cree que lo que recibes es el Cuerpo y Sangre de Jesucristo.

Hasta aquí son palabras de san Cirilo. Tal era la fe de los primeros siglos por lo que toca a la Eucaristía. ¿De qué espíritu ha venido la creencia de los herejes de estos últimos tiempos?

En la Iglesia desde los primeros días de su nacimiento hasta nosotros siempre se ha creído que la sustancia de pan y la de vino se convierte en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo. Esto es lo que la Iglesia llama transustanciación; es decir, mutación o conversión de sustancia; este prodigio se hace por la virtud omnipotente de las palabras de Jesucristo, que pronuncia el sacerdote en nombre del Salvador. Si Dios pudo convertir a la mujer de Lot en estatua de sal, la vara de Aarón en serpiente, el agua en vino en las bodas de Caná, decían los Padres cuando instruían a los recién bautizados para la primera comunión; ¿por qué no podrá este mismo Dios convertir el pan y el vino en su sagrado Cuerpo y en su preciosa Sangre en el Sacramento de la Eucaristía?

Hoc facite in meam commemorationem: Haced esto en memoria de mí. Al decir estas palabras ordenó el Salvador de presbíteros a sus Apóstoles, dicen los Padres. Siempre que comiereis este pan, dice Jesucristo, y bebiereis este cáliz; es decir, lo que se contiene en este cáliz, pues no es el mismo cáliz lo que se bebe, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga. El Sacrificio incruento de Jesucristo, no diferenciándose sino en cuanto al modo del Sacrificio cruento del mismo Salvador, debe excitar en el espíritu de los que participan de Él la memoria de Jesucristo en particular.

Itaque quicumque manducaverit panem hunc, vel biberit calicem Domini indigne, reus erit corporis et sanguinis Domini: Cualquiera que comiere de este pan, o bebiere de este cáliz indignamente, dice el Apóstol, será reo de delito contra el Cuerpo y Sangre de Jesucristo; es decir, que el que comulgare sacrílegamente no será menos culpable que si hubiere hecho morir a Jesucristo, y hubiere derramado su Sangre. Ninguna cosa prueba más demostrativamente la presencia real del cuerpo y sangre de Jesucristo que esta expresión del Apóstol; y además de esto muestra que, según el mismo San Pablo, es lícito comulgar bajo una especie solamente.

Si el delito de los judíos que derramaron la Sangre de Jesucristo nos causa horror, no debe horrorizarnos menos el de los cristianos que la profanan con comuniones sacrílegas. No ofrecen un sacrificio, dice san Crisóstomo, sino que hacen una muerte; lo que toman no es un alimento, sino un veneno: Qui enim manducat et bibit indigne, judicium sibi manducat et bibit, non dijudicans corpus Domini: porque el que le come y bebe indignamente, se come y bebe su condenación, no discerniendo el cuerpo del Señor; es decir, que en sí mismo tiene la prueba visible de su delito, que su proceso está acabado por decirlo así. Este divino Salvador es su juez, este pan de vida es su sentencia de muerte. Sacrilegio, traición, negra ingratitud, hipocresía enorme; ¡cuántos delitos, buen Dios, en una sola comunión indigna! ¿Y qué efectos se pueden seguir de aquí? El endurecimiento sin duda, y regularmente la impenitencia final.

Fuente: Radiocristiandad.

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Jueves de Corpus Christi

Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. 26 de mayo 2016

Por: Tere Vallés | Fuente: Catholic.net 


Explicación de la fiesta

Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Origen de la fiesta:

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: www.corazones.org

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El milagro de Bolsena

En el siglo XIII, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la Misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la Consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal.

El sacerdote estaba confundido. Quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la Misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV.
El Papa escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Papa ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre.

Se organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia. A esta procesión, se unió el Papa y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto.

A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, el mismo Papa visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la Eucaristía era “un maravilloso e inacabable misterio”.

Tradiciones mexicanas de Corpus Christi

Esta fiesta tradicional data del año 1526. Se acostumbra rendir culto al Santísimo Sacramento en la Catedral de México. El centro de la festividad era la celebración solemne de la Misa, seguida de una imponente procesión que partía del Zócalo, en la que la Sagrada Eucaristía, portada por el arzobispo bajo palio, era escoltada por autoridades virreinales, cabildo, cofradías, ejército, clero y pueblo. Había también representaciones teatrales alusivas, música y vendimia especial.

Los campesinos traían en sus mulas algunos frutos de sus cosechas para ofrecérselas a Dios como señal de agradecimiento. Esto dio origen a una gran feria que congregaba artesanos y comerciantes de distintos rumbos del país, que traían mercancías a lomo de mula (frutos de la temporada y artesanías que transportaban en guacales).

Cuentan que un hombre, llamado Ignacio, tenía dudas acerca de su vocación sacerdotal y un jueves de Corpus le pidió a Jesucristo que le enviara una señal. Al Pasar el Santísimo Sacramento frente a Ignacio en la procesión, Ignacio pensó: "Si ahí estuviera presente Dios, hasta las mulas se arrodillarían" y, en ese mismo instante, la mula del hombre se arrodilló. Ignacio interpretó esto como señal y entregó su vida a Dios en el sacerdocio y se dedicó para siempre a transmitir a los demás las riquezas de la Eucaristía.

Así fue como surgieron las mulitas elaboradas con hojas de plátano secas con pequeños guacales de dulces de coco o de frutas, de diversos tamaños.
Ponerse una mulita en la solapa o comprar una mulita para adornar la casa, significa que, al igual que la mula de Ignacio, nos arrodillamos ante la Eucaristía, reconociendo en ella la presencia de Dios.

Esta fiesta se celebra cada año el jueves después de la Santísima Trinidad. Se lleva a cabo en la Catedral y los niños se visten de inditos para agradecer la infinita ternura de Jesús. Se venden mulitas con gran colorido.

Diversas maneras de celebrar esta fiesta

Participar en la procesión con el Santísimo

La procesión con el Santísimo consiste en hacer un homenaje agradecido, público y multitudinario de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se acostumbra sacar en procesión al Santísimo Sacramento por las calles y las plazas o dentro de la parroquia o Iglesia, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía.

Esta costumbre ayuda a que los valores fundamentales de la fe católica se acentúen con la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía.

La Hora Santa

Es una manera práctica y muy bella de adorar a Jesús Sacramentado. El Papa Juan Pablo II la celebra, al igual que la mayoría de las Parroquias de todo el mundo, los jueves al anochecer, para demostrar a Cristo Eucaristía amor y agradecimiento y reparar las actitudes de indiferencia y las faltas de respeto que recibe de uno mismo y de los demás hombres.

Consiste en realizar una pequeña reflexión evangélica, en presencia de Jesús Sacramentado y, al final, se rezan unas letanías especiales para demostrarle a Jesús nuestro amor.

Se puede celebrar de manera formal con el Santísimo Sacramento solemnemente expuesto en la custodia, con incienso y con cantos, o de manera informal con la Hostia dentro del Sagrario. Cualquiera de las dos maneras agrada a Jesús.

Se inicia con la exposición del Santísimo Sacramento o, en su defecto, con una oración inicial a Jesucristo estando todos arrodillados frente al Sagrario.

A continuación, se procede a la lectura de un pasaje del Evangelio y al comentario del mismo por parte de alguno de los participantes.

Luego, se reflexiona adorando a Jesús, Rey del Universo, en la Eucaristía.

Se termina con las invocaciones y las letanías correspondientes y, en el caso de que la Hora Eucarística se haya hecho delante del Santísimo solemnemente expuesto, el sacerdote da la bendición con el Santísimo; en caso contrario, se finaliza la Hora Santa con una plegaria conocida de agradecimiento