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Teresa de Lisieux: una mística excepcional

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Fiel discípula de S. Teresa de Jesús, quien dijo: "En cuanto a deseos, siempre los tuve grandes", Teresita quería ser guerrero, sacerdote, apóstol, profeta, mártir, doctor. Quería tener todas las vocaciones, pero ninguna de ellas la satisfacía, porque sus deseos eran más...

El primero de octubre es la fiesta de Santa Teresita, religiosa carmelita francesa (1873-1897), doctora de la Iglesia. Simplificó así su vida: "En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor".

A los diecisiete años su alimento espiritual fue san Juan de la Cruz. Luego se nutrió de la Biblia y la Imitación de Cristo. Y por fin, encontró en los evangelios "luces nuevas y misteriosas" que en cada momento le daban la respuesta necesitada.

Con todo, su instinto finísimo la ubica admirablemente. "Comprendo y sé muy bien por experiencia que el reino de los cielos está dentro de nosotros. Jesús, el doctor de los doctores, no necesita de libros ni de maestros para instruir a las almas. Él enseña sin ruido de palabras".

Esta confesión autobiográfica es la expresión perfecta del místico: ser siempre amaestrada por Dios, en cuya escuela se matriculó como discípula aventajadísima.

Mística, en su versatilidad semántica, significa ante todo amor, la vocación de todas las cosas, criaturas de amor, por ser fruto del amor divino.

Fiel discípula de S. Teresa de Jesús, quien dijo: "En cuanto a deseos, siempre los tuve grandes", Teresita quería ser guerrero, sacerdote, apóstol, profeta, mártir, doctor. Quería tener todas las vocaciones, pero ninguna de ellas la satisfacía, porque sus deseos "eran más grandes que el universo".

Al fin lee a S. Pablo: "Ambicionen los carismas mejores, y aún les voy a mostrar un camino más excelente, el del amor". Entonces, "al borde de mi alegría delirante, exclamó: "¡Jesús. Amor mío… mi vocación es el amor! He encontrado mi puesto en la Iglesia, y eres tú, Dios mío, quien me lo ha dado".

Sentido perfecto de la mística, y por eso a Teresita le encantaba S. Juan de la Cruz, que sintetiza todo en este verso: "Que ya sólo en amar es mi ejercicio", acompañado de estos otros dos versos: "sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía".

Teresita escribió sus recuerdos de infancia, fascinantes, en un libro que vive dando la vuelta al mundo: "Historia de un alma". En él cuenta su primera comunión. "Aquel día no fue una mirada, fue una fusión. Teresa había desaparecido, sólo quedaba Jesús, como la gota de agua que se pierde en el seno del océano". Expresión perfecta del bautismo.

Teresita es, sin duda, maestro de maestros del hombre actual, hambriento y sediento de amor. Y de felicidad, fruto del amor.



AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 3 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita del Niño Jesús

Podemos encontrar como ciertos puntos de contacto entre nuestras dos santas: el deseo de amar a Jesús hasta la locura, el sentido de la misericordia divina - ambos relatos autobiográficos están dedicados a la misericordia: Misericordias Domini inaeternum cantabo...

El mes de Octubre es el mes Teresiano por excelencia. El primero de octubre celebramos a Santa Teresa del Niño Jesús y el día quince nuestra Madre Santa Teresa de Jesús. Podemos prepararnos a vivir estas celebraciones  y por lo tanto ser guiados por ellas, de una a la otra.

Al entrar en el Carmelo de Lisieux, Santa Teresita quiso conservar su nombre de bautismo: Teresa. Pero ella elige seguir el misterio del Niño Jesús: esta opción tiene un fuerte significado espiritual! Ella quiere seguir a su santa patrona Teresa de Ávila, pero a su manera, es decir, pequeñita.

En los escritos de la santa de Lisieux encontramos 23 citas de santa Teresa de Ávila y al menos 100 reminiscencias. Podríamos decir que la influencia de una sobre la otra se realiza por una lenta impregnación, por ósmosis. De hecho, es viviendo en el cotidiano la enseñanza de la reformadora del Carmelo, que nos dejamos penetrar de su espiritualidad. En cuanto a la influencia de San Juan de la Cruz, tal vez es un poco diferente, la transmisión ha pasado sin duda por la lectura de sus escritos.

En noviembre de 1882, Paulina, hermana de Teresa y ya carmelita, le envía una imagen  que representaba la fuga de la joven Teresa de Ahumada yendo a tierra de moros,  en busca de la vida, “para siempre, siempre...”  En la carta que acompaña a la imagen leemos: "Le pido a Jesús que transforme mi pequeña Teresa en otra pequeña santa Teresa, a excepción de que ella no irá a buscar el martirio por los caminos!  Oh! No! lo que yo le pido es que ella busque todos los días la manera de complacer al Niño Jesús ofreciéndole todas las flores de su camino! "(FJ 4) Allí, tenemos ya todo el caminito en germen.

Podemos encontrar como ciertos puntos de contacto entre nuestras dos santas: el deseo de amar a Jesús hasta la locura, el sentido de la misericordia divina (ambos relatos autobiográficos están dedicados a la misericordia: "Misericordias Domini inaeternum cantabo"), el amor a la Sagrada Escritura, el amor del desierto, el amor a la vida fraternal y la dimensión apostólica y misionera. Una de las últimas fotos de Teresa del Niño Jesús en el claustro de Lisieux nos la muestra sosteniendo una inscripción: "Habría dado 1000 vidas por salvar una sola alma" texto sacado del Camino de Perfección de nuestra Madre Santa Teresa.

Entonces, podemos decir que Teresita nos ayuda a leer Teresa “la grande” en eso que es lo esencial. Cada una tiene su propia belleza y pone de relieve el verdadero sentido de la vida mística, vida que es testimonio de una misma heroicidad de virtudes. Teresita puede ayudarnos a penetrar más profundamente en nuestra Madre Santa Teresa. Su Santidad escondida en la vida ordinaria, toda  iluminada de sencillez y de confianza, nos clarifica el sentido de la mística y nos da una autentica comprensión de ella. No se trata de fenómenos extraordinarios, sino de un recogimiento de tal manera unificador y teologal que transfigura toda la persona haciendo fecunda su oración y la ofrenda de sí misma.


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Actualidad de la doctrina de Teresa de Lisieux

La realidad del influjo de la doctrina Thérèse en la Iglesia y en el mundo de hoy es un hecho innegable. Un análisis de las peticiones de más de 30 Conferencias episcopales para que Thérèse sea declarada Doctor de la Iglesia nos hacen constatar su actualidad...

La realidad del influjo de la doctrina Thérèse en la Iglesia y en el mundo de hoy es un hecho innegable. Un análisis de las peticiones de más de 30 Conferencias episcopales para que Thérèse sea declarada Doctor de la Iglesia nos hacen constatar su actualidad en las más diversas culturas y situaciones sociales y eclesiales: en la devoción popular, en el surgir de vocaciones a la vida consagrada, en la entrega y servicio misionero y apostólico. Es como una presencia misteriosa, pero real, de aquella que, con confianza filial, le pidió a Dios poder "pasar su cielo haciendo bien en la tierra".

El influjo de Thérèse en la vida espiritual del mundo moderno se podría comparar a las señales colocadas en una carretera. Ellas nos guían y orientan, nos avisan de los peligros, marcan la velocidad, nos aseguran y nos dan la certeza de que caminamos en la dirección acertada. La misión de Thérèse fue la de limpiar y renovar las señales evangélicas, muchas veces borradas o semiborradas, que dificultaban el camino de los creyentes o incluso los apartaban del seguimiento auténtico de Jesús. Varias décadas más tarde, el Vaticano II reconocería, en sus principales líneas teológico-pastorales y espirituales, ese trabajo hecho por Dios a través de la vida y de la doctrina de la Santa de Lisieux.

Los moldes a través de los cuales transmite su mensaje doctrinal son los de una mujer joven, consagrada y contemplativa de finales del siglo pasado. Sin embargo, la calidad evangélica del su mensaje lo abre a la universalidad de situaciones y de destinatarios. Más todavía, lo hace actual ante los desafíos de la nueva evangelización, de la unidad de los cristianos, de las circunstancias-límite en la que viven creyentes y no creyentes. Se trata, en el fondo, de un regreso al Evangelio.



La doctrina-experiencia de una mujer

La experiencia y la doctrina de Teresa de Lisieux mujer, cobra especial valor en nuestra época en la que se van abriendo nuevas perspectivas de presencia y acción para ella en la sociedad y en la Iglesia. La mujer está llamada a ser "una señal de la ternura de Dios con el género humano", y a enriquecer la humanidad con su "genio femenino". Y ambas cosas realizó nuestra santa en su vida y en sus escritos.

Thérèse transmite su experiencia espiritual con su estilo femenino concreto, directo, cercano. Aunque condicionada por la época en que vivió, no deja de manifestar su convicción evangélica de la igualdad entre el hombre y la mujer y de la importancia de una colaboración mutua como discípulos de Jesús. Esto aparece, sobre todo, en su correspondencia epistolar con sus hermanos misioneros: comparte con ellos sus experiencias humanas y espirituales y no duda en expresarles su modo de pensar en temas teológicos y de experiencia cristiana: su idea de la justicia de Dios, el camino de infancia espiritual, la confianza en la misericordia divina.

Su feminismo, al igual que el de Teresa de Jesús desemboca en un compromiso mayor con el Evangelio, por encima de los prejuicios que marginaban a la mujer de su época. Thérèse experimentó esa situación de la mujer en la sociedad y en la Iglesia de finales del siglo XIX. En el manuscrito A cuenta, con claridad y sentido del humor lo que vivió durante el viaje a Roma antes de entrar al Carmelo:

"Je ne puis encore comprendre pourquoi les femmes sont si facilement excommuniées en Italie, à chaque instant on nous disait: 'N'entrez pas ici ... N'entrez pas là, vous seriez excommuniées! ... Ah! les pauvres femmes, comme elles sont meprisées! ... Cependant elles aiment le Bon Dieu en bien plus grand nombre que les hommes et pendant la Passion de notre Seigneur les femmes eurent plus de courage que les apôtres puisqu'elles bravèrent les insults des soldats et osèrent essuyer la Face adorable de Jésus".

Esta condición de la mujer, que expresa con la frescura y sinceridad de una persona libre, la lleva a una reflexión evangélica: esta marginación de la mujer la hace participar más de cerca del desprecio del que fue objeto Jesús en su pasión y, por tanto, de su resurrección. Las mujeres tuvieron el valor de enjugar el rostro de Cristo. "C'est sans doute pour cela qu'il permet le mépris soit leur partage sur la terre, puisqu'Il l'a choisi pour Lui.même ... Au ciel Il saura bien montrer que ses pensées ne sont pas celles des hommes, car alors lesdernières seront les premières. .. "

La mujer, que se ha abierto espacios de mayor participación en la sociedad y en la Iglesia, encuentra ciertamente en Teresa de Lisieux un estímulo para vivir, como afirma Juan Pablo II, "una cultura de la igualdad entre el hombre y la mujer". Por otro lado, como lo pedía Hans Urs von Balthasar, en las celebraciones del primer centenario del nacimiento de Teresa de Lisieux, ella ha abierto, con su mensaje, el campo teológico a la reflexión femenina: "La théologie des femmes n'a jamais été prise au sérieux ni intégrée par la corporation. Cependant, après le message de Lisieux, il faudrait enfin y songer dans la reconstruction actuelle de la dogmatique".

Esto responde a lo que el documento postsinodal Vita consecrata presenta como perspectivas nuevas para la mujer en la Iglesia, cuando dice: "se espera mucho del genio de la mujer también en el campo de la reflexión teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere a lo específico de la vida consaagrada femenina, sino también en la inteligencia de la fe en todas sus manifestaciones".



La doctrina-experiencia de una joven

Una segunda característica del mensaje teresiano-lexoviense es que se trata del mensaje de una joven, muerta a los 24 años. Su lenguaje es juvenil. Responde a la exigencia de la juventud que busca una experiencia espiritual profunda. Thérèse sabe presentar el sentido de una vida de amor y de entrega. Al mismo tiempo subraya que la existencia humana es una manifestación del amor del Señor.

Los jóvenes encuentran en la doctrina-experiencia de Thérèse un camino para superar la dicotomía entre lo humano y lo divino. En ella aparecen muchos elementos convincentes: la posibilidad de una compromiso evangélico vivido en las circunstancias pobres y monótonas de cada día con la grandeza de la sencillez. La fuerza de la belleza divina capaz de fascinar y atraer para una entrega total y definitiva. Hablando de su encuentro con Jesús en el día de su primera comunión Thérèse comenta: "depuis longtemps, Jésus et la pauvre petite Thérèse s'étaient regardés et s'étaient compris ... Il était le maître, le Roi".

Otro de los grandes valores y anhelos de la juventud es el de la libertad. Thérèse de Lisieux joven habla a los jóvenes para mostrarles, desde la sensibilidad juvenil, el verdadero sentido de la libertad entendida como don de uno mismo en el amor. De este modo todo se orienta a Dios como el único absoluto. Se ama a todos. Se busca el bien de los demás en el olvido de uno mismo, sin las ataduras del egoísmo y la esclavitud de la pasión: "Tout nous porte vers Lui, les fleurs qui croissent au bord du chemin ne captivent pas nos coeurs, nous les regardons, nous les aimons car elles nous parlent de Jésus, de sa puissance, de son amour, mais nos âmes restent libres".

Las enseñanzas de Thérèse, mujer joven, tienen la frescura, el entusiasmo y el sentimiento de esa edad de la vida humana y, sin embargo, están lejanas de sentimentalismos y falsas ilusiones. Ella misma, hablando de sus primeras impresiones después de su entrada al Carmelo, dice: "Lesillusions, le bon Dieu m'a fait la grâce de n'en avoir AUCUNE en entramt au Carmel; j'ai trouvé la vie religeuse telle que je me l'était figurée, aucun sacrifice ne m'étonna et cependant, vous le savez, ma Mère chérie, mes premieres pas ont rencontré plus d'épines que de roses".

La doctrina y experiencia de Thérèse de Lisieux es una propuesta precisa y exigente para los jóvenes de hoy que buscan una vida marcada por la radicalidad evangélica y la entrega generosa a los demás. A los jóvenes les mueve el testimonio de personas que viven y encarnan valores. La Santa de Lisieux aparece como un testigo creíble de la grandeza de una vida en la que aparece la búsqueda y el hallazgo de lo divino dentro de la normalidad de una existencia limitada en el tiempo y en el espacio. El lenguaje de Thérèse es, por otra parte, un lenguaje juvenil encarnado y simbólico, cercano a la vida y exigente a la vez. Pero, sobre todo, se le pueden aplicar las palabra del documento postsinodal Vita consecrata cuando habla del testimonio de los jóvenes consagrados: su "amor apasionado por Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre. Nuestros contemporáneos quieren ver en las personas consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor".



La doctrina-experiencia de una consagrada

Como persona consagrada, Thérèse de Lisieux ofrece a la vida consagrada de hoy orientaciones y actitudes que iluminan el camino de quienes se han comprometidoen ese estilo de seguimiento de Jesús. En los escritos de la Santa no hay ninguna enseñanza sistemática de la teología de la vida consagrada. Ella es una carmelita contemplativa que vive su vida en una época determinada. Lo que da actualidad a su mensaje como consagrada es el hecho de su exsistencia profundamente evangélica y abierta a los caminos del Espíritu a partir de una clara identidad vocacional.

Thérèse de Lisieux presenta el itinerario de una vocación, fruto de una llamada divina gratuita y misericordiosa y, al mismo tiempo, describe con precisión el ideal de su consagración. Para conseguirlo está dispuesta a pasar por la prueba antes de su ingreso y dentro del monasterio con un grande realismo espiritual.



La vocación religiosa don y respuesta

Las etapas de un camino

En sus escritos la Santa de Lisieux nos describe las diversas etapas del camino de su vida religiosa en un Carmelo contemplativo. Aparecen allí la aceptación inmediata de las limitaciones de la vida religiosa encarnada en circunstancias concretas: "La vie religeuse m'apparaissait tel qu'elle est avec ses assujettissements, ses petits sacrifices accomplis dans l'ombre. Je comprenais combien il est facile de se replier sur soi-même, d'oublier le but sublime de sa vocation". Recibió una formación severa. A causa de su juventud tuvo que esperar ocho meses más para hacer su profesión. Eso le costó mucho en un principio hasta que comprendió que lo importante era la aceptación de la voluntad de Dios manifestada a través de los acontecimientos y de las mediaciones humanas. Eso le ayudó a crecer en realismo espiritual, quebrando su propia voluntad desde la perspectiva de la fe.

La evolución de su vida religiosa la condujo a profundizar especialmente en la caridad fraterna fuente de renuncias y vencimiento de sí misma: "Ce n'est pas toujours avec ces transports d'allégresse que j'ai pratiqué la charité, mais au commencement de ma vie religeuse, Jésus voulut me faire sentir combien il est doux de le voir dans l'âme de ses épouses". En ese ejercicio del amor fraternal aprendió igualmente a vivir las exigencias del desapego afectivo.

En los esfuerzos por responder al Señor y por tender a la santidad descubrió, tras el fracaso de todos sus empeños, el camino del amor y la confianza como el camino para llegar a la santidad. A través de esa experiencia ofrece a las personas consagradas una luz para ayudarles a comprender que no son los esfuerzos voluntaristas los que nos unen con Dios y nos hacen santos sino la confianza filial y el abandono en su misericordia:

"j'ai toujours désiré d'être une sainte, mais hélas! j'ai toujours constaté, lorsque je me suis comparée aux saints qu'il y a entre eux et moi la même différence qui existe entre une montagne dont le sommet se perd dans les cieux et le grain de sable obscur foulé sous les pieds des passants; au lieu de me décourager, je me suis dit: le Bon Dieu ne saurait inspirrer des désirs irréalisables, je puis donc malgré ma petitesse aspirer à la sainteté; me grandir, c'est impossible, je dois me supporter telle que je suis avec toutes mes imperfections, mais je veux chercher le moyen d'aller au Ciel para une petite voie bien droite, bien courte, une petite voie toute nouvelle".



La pedagogía del testimonio

Más adelante, cuando es nombrada responsable del noviciado, traduce toda la riqueza de su experiencia espiritual y la claridad de su identidad vocacional en enseñanzas suaves y exigentes a la vez. Sabe crear un ambiente familiar entre las formandas. Para ello crea un clima de confianza mutua y de disponibilidad para escuchar a las novicias. No deja de corregir cuando hay que hacerlo. Dice la verdad con dulzura y energía. Ayuda, sobre todo, a adquirir la capacidad de descubrir en todo a Dios y a vivir en el amor. La formación que imparte es personalizada. Implusa a sus hermanas a integrar todo a la luz del amor de Dios: afectividad, debilidades, cualidades, aspectos positivos y negativos.



La dimensión misionera de su vida religiosa

Desde el principio de su vida religiosa tenía claro el ideal misionero de su vocación. Este creció con ella de manera particular cuando la Superiora le confió el rezar por dos misioneros y cuando se presentó la posibilidad de que el Carmelo de Lisieux fundara en Saigon. En su correspondencia epistolar con los dos misioneros con los que se sentía hermanada, los PP. Rouland y Bellière, encontramos el testimonio del grado de profundidad al que había llegado en la comprensión de la dimensión misionera de su vocación contemplativa. Pero es, sobre todo, en el Manuscrito B donde ella expresa sus anhelos apostólicos y misioneros:

"Ah! malgré ma petitesse, je voudrais éclairer les âmes comme les Prophètes, les Docteurs, j'ai la vocation d'être Apôtre ... je voudrais parcourir la terre, prêcher ton nom et planter sur le sol infidèle ta Croix glorieuse, mais, ô monBien- Aimé, une seule mission ne me suffirait pas, je voudrais en même temps annoncer l'Évangile dans les cinq parties du monde et jusque dans les îles les plus reculées ... Je voudrais être missionaire non seulement pendant quelques années, mais je voudraie l'avoir été depuis la création du monde et l'être jusqu'à la consommation des siècles...".



Por el sendero de la purificación

Su vida contemplativa con dimensión apostólica y misionera pasó por la purificación, el sufrimiento y la oscuridad de la fase dolorosa del misterio pascual. La enfermedad por un lado y la noche oscura de la fe, por otro, realizaron en ella la obra de Dios que la quería transformar y unirla a El: "Il permit que mon âme fût envahie des plus épaisses ténèbres et que la pensée du Ciel si duoce pour moi nesoit plus que'un sujet de combat et de tourment ... Il faut voyagé sous ce sombre tunnel pour en comprendre l'obscurité".

A ese sufrimiento interior, el mayor, sin duda, se añadió el dolor de la enfermedad: la tuberculosis que la fue destruyendo físicamente y de manera especial al agravarse en los tres últimos meses de su vida.

Esta situación no la apartó de la fidelidad a las exigencias del amor a Dios y a los demás. Sin el consuelo de la fe, ella siguió comprometida en la vida concreta. Sin la posibilidad de gozar del consuelo de Dios Thérèse usó todas sus energías espirituales para continuar practicando las obras del amor: "N'ayant pas la jouissance de la foi, je tâche au moins d'en faire les oeuvres. Je crois avoir fait plus d'actes de foi depuis un an que pendant toute ma vie".



Los votos y la vida fraterna

Sin haber consignado en sus escritos una doctrina sistemática sobre los votos y la vida fraterna en comunidad, Thérèse no deja de manifestar, aquí y allá, su pensamiento fruto de una experiencia personal profunda.

En una poesía, que tiene como título "Mes Armes", compuesta para el día de una profesión, describe en pocas pinceladas su visión de los votos. Presenta lapobreza como su primer sacrificio que, al despojarla de todo le permite correr ligeramente como un atleta. La pobreza le sirve también de lanza y casco protector. Dice de lacast idad que la hermana con los ángeles. Ella es la espada celestial que puede conquistar los corazones. Es su arma invencible porque la transforma en esposa de Jesús. Finalmente, laobediencia es la coraza fuerte y el escudo de su corazón que le dará la victoria final. Por ello, no quiere otras glorias que la de someter en todo su voluntad.

Sobre la vida fraterna en comunidad más que dejarnos una teoría nos transmitió el testimonio de su experiencia. Ella enseña a los religiosos y religiosas a vivir encarndos en la realidad y a vivir el amor evangélico en la comunidad concreta a la que uno pertenece.

El Carmelo de Lisieux, cuando ella ingresó era, en palabras de su hermana María, pequeño y pobre. Contaba con 26 religiosas. La media de edad de la comunidad era de 47 años. Humanamente era un comunidad pobre y espiritualmente estaba influenciada por el rigorismo de la época, el miedo a un Dios justiciero inculcado por el jansenismo. Todo esto no dejaba de obstaculizar el dinamismo del amor y el equilibrio que Santa Teresa de Jesús había procurado proteger con realismo humano y espiritual. En este ambiente, con personas concretas, con nombre y apellido, con cualidades y defectos, Teresa de Lisieux vive el amor fraterno y sus exigencias.

En un buen número de páginas del manuscrito C, dirigido a la M. María de Gonzaga, Priora del monasterio, Teresa describe cómo fue comprendiendo y viviendo el mandamiento de Jesús de amar a los demás como El nos amó. Eso la llevó a soportar los defectos de los otros, a no extrañarse de sus debilidades, a edificarse de los pequeños actos de virtud, a juzgar con comprensión y benignidad a todas. Describe también pequeños hechos concretos que desafiaron su ejercicio de amor al prójimo y dificultaron el crecimiento en la comunión. En los pequeños esfuerzos, servicios y sacrificios de la vida fraterna en comunidad, Thérèse vivió el precepto del amor.

La dimensión de comunión que tiene en sí la vocación a la vida consagrada ha sido puesta de relieve nuevamente por el documento Vita consecrata en su segunda parte, que tiene como título "Signum fraternitatis. La vida consagrada signo de comunión en la Iglesia".

El misterio pascual ayuda a comprender que sin renuncia, sin cruz, sin entrega generosa, apertura y perdón, no es posible vivir el amor al prójimo al estilo de Jesús. Teresa de Lisieux es para los religiosos y las religiosas un estímulo y una maestra para vivir en las circunstancias concretas de las comunidades, con realismo espiritual, la nueva comunión y fraternidad en Cristo, en medio de las dificultades.

En conclusión, podemos decir que el mensaje de Thérèse de Lisieux como religiosa es de gran actualidad. Su experiencia y su doctrina son una luz para la vida consagrada. Una invitación a vivir con el mismo realismo espiritual y con la atención a los valores fundamentales de la misma: seguimiento de Jesús, amor a El y a los demás, vida fraterna en comunidad, experiencia de Dios en todas las circunstancias, confianza en El, identidad clara y definida a la propia vocación y misión, fidelidad a ellas en medio de las purificaciones.



La doctrina-experiencia de una contemplativa

Thérèse es no sólo religiosa sino contemplativa claustral. Su vida religiosa se desarrolla en un Carmelo teresiano consagrado a la oración apostólica, como ideal propuesto por Teresa de Jesús. En consonancia con ella(2 3 ), Thérèse de Lisieux vive la oración como diálogo confiado y amoroso con un Dios Padre-Madre(24). Transforma en experiencia vital la fuerza que comunica y se abre a la necesidad de la abnegación evangélica para que la oración sea auténtica: "Ah! c'est la prière, c'est le sacrifice qui font toute ma force, ce sont les armes invencibles que Jésus m'a données, elles peuvent bien plus que les paroles toucher les âmes".

Ella vivió un tipo de oración cada vez más sencillo, que la colocaba en la fuente de agua viva o junto al fuego divino que purifica y transforma: "pour moi la prière, c'est un élan du coeur, c'est un simple regard jeté vers le Ciel, c'est un cri de reconnaissance et d'amour au sein de l'épreuve comme au sein de la joie; enfin c'est quelque chose de grand, de surnaturel qui me dilate l'âme et m'unit à Jésus".



La oración contemplativa en Thérèse de Lisieux

Fue en la oración contemplativa donde ella pudo redescubrir el rostro paterno-materno de Dios y éste fue el punto de arranque del camino nuevo hacia la santidad, que ella vivió sobre todo a partir de 1894, en la experiencia de su debilidad. Jesús le mostró, como ella dice, que el camino es el del abandono y la confianza de un niño, que se duerme en los brazos de su Padre sin temor:

"'si quelqu'un est tout petit qu'il vienne à moi' a dit l'Esprit Saint par la bouche de Salomon, et ce même Esprit d'Amour a dit encore que 'la miséricorde est acordée aux petits'. En son nom, le prophète Isaïe nous révéle qu'au dernier jour ... 'Comme une mère caresse son enfant, ainsi je vous consolerai, je vous porterai sur mon sein et je vous caresserai sur mes genoux' ... Jésus ne demande pas des grandes actions, mais seulement l'abandon et la reconnaissance".

Aquí se encuentra el paso del temor a la confianza. Estamos frente a Dios como hijos e hijas frente a un padre y a una madre. Dios hace colaborar todo para nuestro bien, aun nuestras deficiencias y fallos:

"C'est la confiance et rien que la confiance qui doit nous conduire à l'Amour" ... "ce qui lui plait c'est de me voir aimer ma petitesse et ma pauvreté, c'est l'espérance aveugle que j'ai en sa miséricorde" ... "pour aimer Jésus, être sa vicitme d'amour, plus on est faible, sans désirs, ni vertus, plus on est propre aux opérations de cet Amour consumant et transformant".



Dimensión contemplativa de la vida religiosa hoy

Juan Pablo II, al dirigirse a las religiosas de vida específicamente contemplativa en América Latina, con motivo de la celebración del V Centenario de la evangelización del continente, les hacía ver que su oración era el "fundamento de la nueva evangelización". Al mismo tiempo las invitaba a permanecer abiertas a las necesidades de la Iglesia y del mundo para asumir en su plegaria contemplativa "el clamor de tantos hermanos y hermanas sumergidos en el sufrimiento, en la pobreza y en la marginación... Las tribulaciones del mundo agobiado por tensiones y conflictos". En otra ocasión, en su alocución a las contemplativas, resaltaba el hecho de que ellas son también evangelizadoras, pues "el ser contemplativa no supone cortar radicalmente con el mundo, con el apostolado. La contemplativa tiene que encontrar su modo específico de extender el Reino de Dios".

Estas indicaciones del Papa fueron vividas en plenitud por Thérèse. Ella desde una fidelidad a su carisma en la Iglesia, hizo siempre suyos "los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres ... sobre todo de los pobres y los que sufren". El testimonio que en su vida dio del absoluto de Dios no lo entendió nunca como una simple huída del mundo sino como una nueva presencia en él desde su dedicación total y completa al servicio del Señor a través de la oración, el silencio y la contemplación. Los contemplativos "están en cierto modo en el corazón del mundo, y más aún en el corazón de la Iglesia"

Thérèse de Lisieux es confirmación y modelo de una contemplación comprometida

Aquí Thérèse ofrece, como lo han testificado pensadores y convertidos, su experiencia de un Dios Padre-Madre cercano con el que nos podemos comunicar con la sencillez de hijos. Un Dios que nos ama y busca nuestro bien; que nos pide asumir nuestra responsabilidad en el cumplimiento de nuestra misión. Podemos decirque el camino de infancia espiritual que propone Teresa de Lisieux "est principe d'innovation, de créativité, d'ouverture, d'exploration, de prodige, tandis que sa passion (...) est principe d'autocritique, de purification, d'appel à la vigilance contre le narcissisme".

En el mundo ex-socialista en crisis, el principal reto es el de las relaciones entrefe ycambi o social. El principal sujeto social que debe ser evangelizado es la persona formada en el ateísmo y sedienta de valores religiosos.Pri ori dades en la evangelización son: el mostrar el dinamismo transformador de la fe y la valoración de la persona llamada a la comunión con Dios e insistir en la libertad religiosa. La vida y los escritos de Teresa de Lisieux son una luz para destruir la imagen de un Dios que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio y que origina su rechazo. Ofrece, además, su visión de la dignidad y grandeza del ser humano a pesar de su pequeñez.

En los países del Tercer mundo, con diversos matices, el problema central es el de las relaciones entrefey j usti ci a. En América Latina el sujeto social mayoritario que hay que evangelizar es la persona que tiene fe, pero que vive en situaciones de inhumana pobreza y opresión. Laprioridaden la evangelización es la de presentar la fe como motor de transformación y de liberación integral. En Asia, donde el cristianismo es minoritario el sujeto social al que se dirige el anuncio de la Buena Noticia son las personas que viven la fe de las grandes religiones orientales. Lasprioridades son el diálogo con esas religiones y la concientización sobre las injusticias sociales desde la perspectiva de la fe cristiana. EnAf ri ca, el sujeto social que debe ser evangelizado es la persona que busca con insistencia su identidad cultural. Comopri ori dades en la evangelización habría que señalar la inculturación del evangelio y promoción y liberación integrales para realizar la familia de Dios.

El carácter evangélico de la experiencia y doctrina de Teresa de Lisieux le da una permanente actualidad. Su mensaje es un desafío para la espiritualidad de hoy en la Iglesia, como lo han percibido no sólo las personas consagradas a la contemplación sino también quienes trabajan en el campo de una evangelización comprometida con la promoción humana, el desarrollo y la liberación. A este propósito hay un testimonio de un sacerdote norteamericano, que fue encarcelado por haber protestado contra el hecho de las tropas de El Salvador habían sido entrenadas en los EE.UU. para "matar a sus hermanos y hermanas". Desde la celda de su prisión escribía en 1985:

"En tant qu'âme moderne, luttant pour l'union avec Dieu, je sens que la spiritualité de sainte Thérèse est aussi valable aujourd'hui qu'elle l'était en 1897. C'est une spiritualité pour tous les temps et pour tous les âges. Je me demande quelle transformation aurait lieu dans mon propre coeur, et dans le coeur du monde, si la simplicité, la confiance et l'abandon à Dieu étaient pris au sérieux. Plus cette âme moderne (il parle de lui-même) voit clairement la réalité du monde moderne où elle vit aujourd'hui, plus apparaît convaincante la voie de sainte Thérèse, sa façon de chercher l'union avec Dieu, la justice et la paix dans le monde".

Por otro lado, la presencia de Teresa de Lisieux en las misiones de Af rica y la asimilación de su doctrina han favorecido la inculturación del evangelio. En Asia, ella aparece igualmente como una interlocutora para el diálogo con las grandes religiones a partir de su experiencia contemplativa.



Vocación a la misión y santidad de vida

En la conclusión de la Encíclica Redemptor hominis, dedicada a explicar la permanente validez del mandato misionero de Cristo, Juan Pablo II "El llamado a la misión se deriva de la vocación a la santidad ... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación a la misión: todos los fieles son llamados a la santidad y a la misión ... La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad".

Thérèse de Lisieux transformó esa doctrina en experiencia vivida. Por ello fue proclamada patrona universal de las misiones junto con el gran apóstol san Francisco Javier. En esto su doctrina-experiencia es de gran actualidad para la nueva evangelización. Ella entra en el Carmelo para alcanzar, a través de su vida contemplativa, la santidad: "Il me fit comprendre aussi que ma gloire à moi ne paraîtrait pas aux yeux mortels, qu'elle consisterait à devenir une grande Sainte!!!". Pero, desde un principio tuvo la convicción de que entraba al Carmelo no para huir del mundo sino para entrar en él con mayor profundidad. Su experiencia espiritual no es búsqueda de un refugio frente a un mundo hostil sino ofrecimiento consciente al martirio.

"Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad ... es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado". Thérèse une admirablemente la santidad y misión, auténtica contemplación que compromete, desde la propia identidad vocacional, en la evangelización. Propone así, sin dicotomías, un camino evangélico para testimoniar y anunciar la Buena Noticia frente los desafíos del momento actual.

Concentrando la santidad en el amor y en la gracia, Thérèse ayuda a superar la separación entre contemplación y acción, porque el amor es lo que une ambas dimensiones. Ella entró en la vida contemplativa para lograr una mayor eficacia apostólica. Revolucionó, de este modo, la relación entre ascética y mística. Puso el acento en ésta última porque ella exige la abengación evangélica para poder echar raíces en la vida cotidiana. Por eso, por encima de las mortificaciones corporales puso la mortificación originada por el servicio a los demás: la capacidad de acogida, de comprensión, de perdón, de ayuda y solidaridad.



Vuelta a los valores perennes del Evangelio

Teresa de Lisieux supo expresar en su nombre religioso "del Niño Jesús y de la Santa Faz" todo el proceso de su vida que la llevó a la madurez espiritual a través del anonadamiento de la encarnación (kenosis) y el sufrimiento de Jesús, que con su misterio pascual nos libera de toda esclavitud. Ella supo comprender y vivir el proyecto de vida de Jesús que transforma toda nuestra esfera relacional y da una nueva dimensión a nuestras relaciones con Dios, con los demás y con las cosas. Frente al proyecto de muerte que nos domina y esclaviza en todos esos ámbitos, encontramos el proyecto de vida del Evangelio que nos libera y nos transforma. La misión de Teresa de Lisieux fue precisamente la de recordarnos esas verdades, centrarnos nuevamente en lo esencial.

En la perspectiva del proyecto de Jesús se comprende mejor el mensaje teresiano-lexoviense: nos invita a pasar del Dios juez al Dios Padre-Madre, de la desconfianza a la confianza y al abandono en El, de la búsqueda de la perfección a la búsqueda de la comunión con Dios, de la complicación a la simplicidad, de las leyes que esclavizan a la ley del amor concreto y eficaz que libera, de la inmadurez a la madurez, del ascetismo exterior a la abnegación evangélica, de los méritos a las manos vacías, de las consideraciones puramente espirituales a la palabra de Dios, de un oración complicada a una simple mirada contemplativa, de la María inalcanzable a la María cercana del evangelio.

Thérèse de Lisieux nos recuerda los valores fundamentales del evangelio y nos invita a centrarnos en ellos. A partir de la lectura y meditación de la palabra de Dios descubre lo esencial en las relaciones con El, con los demás y con las cosas; lo vive con simplicidad, naturalmente y en profundidad y lo transmite con su vida y escritos.



Beber en la fuente viva de la Palabra de Dios

Teresa de Lisieux alimentó su vida y su espiritualidad en las fuentes purísimas de la palabra de Dios. En una época poco abierta a la lectura de la Biblia, ella realizó lo que el Concilio pediría más tarde a todos los cristianos, en especial a las personas consagradas: aprender "el sublime conocimiento de Jesucristo con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. 'Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo'".

Fiel al mandato de la Regla del Carmelo, meditó día y noche la ley del Señor y velo en oración(47). Como Teresa de Jesús, su madre, encontró en Jesús el libro vivo y, a imitación de San Juan de la Cruz supo "poner los ojos en Cristo". Ella misma nos dice cómo, poco a poco, fue pasando de la lectura de libros espirituales, que le ayudaron mucho en su camino, en especial S. Juan de la Cruz, a centrarse en la Escritura, particularmente en los evangelios:

"plus tard tous les livres me laissèrent dans l'aridité... si j'ouvre un livre composé para un auteur spirituel ... je sens aussitôt mon coeur se serrer et je lis sans pour ainsi dire comprendre, ou si je comprends mon sprit s'arrête sans pouvoir méditer ... Dans cette impuissance l'Écriture Sainte et l'Imitation viennent à mon secours; en elles je trouve une nourriture solide et toute pure. Mais c'est par-dessus toutl'Évangil e qui m'entretient pendant mes oraisons, en lui je trouve tout ce qui est nécessaire à ma pauvre petite âme. J'y découvre toujours de nouvelles lumières, des sens cahcés et mystérieux... Je comprends et je sais para expérience 'que le royaume de Dieu est au-dedans de nous'".

La lectura y meditación de la Palabra de Dios la llevó a descubrir lo esencial del mensaje de Jesús en la vida de cada día. Esta relación entre Palabra de Dios y existencia concreta la lleva a descubrir "juste au moment où j'en ai besoin des lumières que je n'avais pas encore vues ... au milieu des occupations de ma journée". Más todavía, a través de su Palabra liberadora, Jesús se hace presente en Teresa de Lisieux: "jamais je ne l'ai entendu parler, mais je sens qu'Il est en moi, à chaque instant, Il me guide, m'inspire ce que je dois dire ou faire".

En su misión de recordarnos lo esencial, Thérèse nos coloca frente a la palabra de Dios como lámpara que ilumina nuestros pasos ( cf. Sal 119,1O5) y nos recuerda que la condición para comprender el mensaje de Dios es tener un corazón de niño, abierto y disponible a lo que el Espíritu va descubriendo como exigencia de la vocación y misión de cada uno en la Iglesia.

Hay que vivir a la escucha de la palabra de Dios. Ella es "fuente de toda espiritualidad cristiana". La Iglesia recomienda la meditación comunitaria de la Biblia no sólo para las personas consagradas, sino también para todos los miembros del Pueblo de Dios."Del contacto asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el discernimiento personal y comunitario que les ha servido para buscar los caminos del Señor en los signos de los tiempos".

A Thérèse de Lisieux, que deseó conocer las lenguas bíblicas para mejor gustar la palabra de Dios, no le tocó vivir el nuevo acercamiento eclesial a la Escritura. Tampoco tuvo a su alcance las posibilidades que hoy tenemos para un mejor conocimiento y asimilación del mensaje bíblico. Sin embargo, hizo realidad la prescripción de la Regla del Carmelo de tener abundantemente en la boca y en el corazón la Palabra de Dios para hacer todo en ella.



El mensaje de Thérèse de Lisieux para el mundo de la incredulidad

Uno de los ámbitos en los que aparece en forma diáfana la actualidad de la doctrina de Thérèse es el del ateísmo y la incredulidad. Ya el Concilio Vaticano II, analizando el fenómeno del ateísmo contemporáneo, indicaba que esa palabra designa realidades muy diversas: "Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión ... Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio ... Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo".

Dios quiso que la experiencia espiritual de Thérèse la convirtiera en interlocutora existencial con el mundo de la incredulidad. Ella conoció la prueba de la fe en medio de un mundo que, en nombre de la ciencia y del racionalismo, negaba la existencia de Dios y orientaba al ateísmo.

En la actualidad los no creyentes de diferencian de los del tiempo de la Santa. Son los agnósticos o indiferentes que buscan motivos para dar sentido a la vida después de haber experimentado la frustración del fracaso de la modernidad y de sistemas ateos y materialistas. Ellos experimentan confusamente una llamada al absoluto que llene su vacío existencial y colme sus aspiraciones.

Thérèse enfrenta el problema el problema de la angustia frente a la muerte que está en el fondo también del ateísmo, que se pregunta sobre la existencia de Dios y de otra vida. La Santa se vio de repente sumergida en el abismo de estas angustias y experimentó, en la prueba de la fe, la angustia de la nada. Vivió la privación de lo que ella llamaba "la jouissance de la Foi" o "jouir de ce beau Ciel sur la terre". Ella entra en un mundo denso de tinieblas que la rodean y la aplastan. Le parece escuchar que le dicen: "Tu crois sortir un jour des brouillards qui t'environnent! Avance, avance, réjouis-toi de la mort qui te donnera, non ce que tu espères, mais une nuit plus profonde enconre, la nuit du néant".

En medio de esta situación Thérèse conserva la fe y el amor. De este modo, su experiencia de la noche oscura de la purificación se transforma en solidaridad dinámica y fecunda hacia aquellos que viven sumergidos en la incredulidad. Antes de la prueba de fe ella afirma que no podía aceptar que hubiera personas que no creyeran: "Je ne pouvais croire qu'il y eût des impies n'ayant pas la foi. Je croyais qu'ils parlaient contre leur pensée en niant l'existence du Ciel". Después de su experiencia dolorosa se convence de lo contrario: "Aux jours si joyeux du temps pascal, Jésus m'a fait sentir qu'il y a véritablement des âmes qui n'ont pas la foi".

En medio de la más profunda oscuridad la Santa no deja de amar a Aquel en quien confía. Su drama brota del hecho de vivir al mismo tiempo la luz de la fe y las tinieblas de los incrédulos. Es entonces cuando comprende que Dios quiere con ello que ella ofrezca por los incrédulos esos sufrimientos que vive en el amor: "que tous ceux qui ne sont point éclairés du lumineux flambeau de la Foi le voient luire enfin ... ô Jésus s'il faut que la table souillée par eux soit purifiée par une âme qui vous aime, je veux bien y manger seule le pain de l'épreuve jusqu'à ce qu'il vous plaise de m'introduire dans votre lumineux royaume". "Thérèse était préparée par l'Esprit Saint, dans ce laboratoire mystique, à dévenir l'apôtre des incroyants, un signe pour les athées dans leur voyage au bout de la nuit, un phare pour leur recherche d'un continent inconnu mais accesible".

Existen testimonios elocuentes de conversiones a la fe a partir de la lectura de los escritos de Thérèse. En ellos han encontrado el verdadero rostro de Dios y, al mismo tiempo, el drama de su búsqueda en medio de las tinieblas y de la tentación de la incredulidad. Esto da actualidad al mensaje de Thérèse para los alejados, los incrédulos, indiferentes:

"En Dieu, Thérèse a découvert la source de l'amour. Dans l'Église, elle a saisi le flot incessant qui s'écoule par son canal. C'est au coeur de l'Église qu'elle se désaltère. C'est du coeur de l'Église qu'elle veut contribuer à répandre ces flots d'amour infini sur les plus éloignés, sur ceux qui en sont privés, les pécheurs; sur ceux qui le rejettent, les athées; sur ceux qui l'ignorent, les indifférents. Suele la force de l'amour peut abattre le mur de l'indifférence et faire s'écrouler touttes les incroyances, toutes les mal-croyances, tous les athéismes... Aux questions du monde de l'incoryance, Thérèse apporte la seule réponse qui vaille, parce qu'elle vient de Dieu: l'Amour, una amour crucifié, l'amour immolé".



Una doctrina-experiencia que ayuda a la integración de la persona

Thérèse, como todo ser humano, estuvo sujeta a condicionamientos inconscientes en su vida. Vivió la experiencia de un proceso liberador desde el punto de vista psicológico que la condujo a la aceptación de sí misma y, por tanto, le dio la capacidad de integrar en una madurez psicológica todas las limitaciones de su historia personal.

En el mundo actual se acentúan fuertemente las tensiones internas, las heridas psicológicas, los condicionamientos irracionales que impiden tantas veces la realización de las personas. La Santa enseña a aprovechar todo para crecer y madurar. Ella asume su propia vida limitada, imperfecta, condicionada por el ambiente familiar, religioso y social y, de este modo, se libera de su dominio para convertirse con la gracia de Dios y a través de la confianza en El, en una persona libre que descubre el Dios de Jesucristo, fiel y misericordioso.

Thérèse tuvo que luchar para superar todo aquello que le impedía ser ella misma. El amor de Dios y la amistad con El despiertan en ella el dinamismo liberador capaz de orientar todos los condicionamientos hacia la integración psicológica y afectiva. En su camino de maduración humana ella experimenta el trauma de la muerte de su madre que la golpea fuertemente: "A partir de la mort de Maman, mon heureux caractère changea complètement; moi si vive, si expansive, je devins timide et douce, sensible à l'excès. Un regard suffissait pour me faire fondre en larmes".

Ella vivirá de los cuatro a los catorce años ese período doloroso. Debe enfrentar el ambiente escolar que experimenta agresivo, en cierto modo; la entrada en el Carmelo desu hermana Paulina, su segunda madre. Como consecuencia de esa separación enferma seriamente. Se trata de una enfermedad psicosomática. Más adelante son los escrúpulos que la atormentan: "la terrible maladie des scrupules ... Toutes mes pensées et mes actions les plus simples devenaient pour moi un sujet de trouble".

Todos estos sufrimientos psíquicos se concentraban en una hipersensibilidad: "Lorsque je commençais à me consolewr, je pleurais d'avoir pleuré". Vivía encerrada en un círculo vicioso sin saber cómo salir de él.

Es entonces cuando comienza a recorrer el camino del amor y de la entrega a Jesús que hace posible la completa curación psicológica de su hipersensibilidad en la noche de Navidad de 1886. A partir de entonces se libera de las ataduras inconscientes que la llevaban a encerrarse en si misma. Puede abrirse ampliamente a la vida: estudios, contactos, naturaleza, viajes y a los demás.

Para el hombre y la mujer de hoy, atormentados psicológicamente por tantas experiencias negativas en el ambiente familiar y social y que los llevan a la angustia y a la inseguridad frente al futuro, Thérèse muestra que el miedo psíquico ante la incertidumbre de cada día se resuelve abriéndose al amor de Dios y del prójimo. Es así como se va adquiriendo la paz y la alegría de saber que hay un Dios padre misericordioso que acompaña con su amor y providencia a todos sus hijos e hijas. La Santa presenta al mundo enfermo de miedo y de angustia la terapia del amor y la confianza en Dios y del servicio y la entrega a los demás. La Santa ha descubierto y nos transmite la verdad profunda de un Dios de misericordia que quiere comunicarse plenamente a todos los que se abren a El.



La doctrina-experiencia de Thérèse de Lisieux y la espiritualidad contemporánea

Cada época de la historia tiene su forma característica de vivir la vida cristiana, que está condicionada por el tipo de sociedad, el modelo de Iglesia, la cultura y la cosmovisión. Por eso en la historia de la espiritualidad, ésta se distingue también por períodos históricos.

Nuestro siglo, que llega a su fin, ha dado origen a un nuevo tipo de espiritualidad que podemos calificar de moderna y contemporánea. Especialmente a partir del Vaticano II, que pidió a los miembros de la Iglesia que vivieran su fe encarnados en las realidades terrestres de nuestro tiempo, se abrió paso una nueva manera o estilo de ser cristianos.

Condicionantes de esta nueva espiritualidad son la cosmovisión dinámica del mundo que supera la cosmovisión estática que predominaba anteriormente. También tenemos una creciente cultura urbana, técnico-científica y secular, que sustituyen a la cultura agrícola, pré- tecnica y pre-cientifica y sacral de otras épocas. Otro elemento importante que explica los cambios ha sido el modelo de Iglesia. Hemos pasado de una Iglesia entendida como Sociedad perfecta, fuertemente jerarquizada, al modelo bíblico de Iglesia Cuerpo de Cristo, Familia y Pueblo de Dios.

Entre las características que identifican la nueva espiritualidad encontramos las siguientes: es una espiritualidad vital y encarnada en la realidad, subraya la experiencia personal y evangélica en el seguimiento de Jesús, la escucha del Espíritu en los signos de los tiempos, la dimensión eclesial y comunitaria, la unidad entre el amor a Dios y al prójimo.



Espiritualidad vital y encarnada en la realidad

La tendencia a vivir la espiritualidad encarnada ha hecho sentir la exigencia de tender a una actitud contemplativa en medio de la acción. Su meta lograr integrar la experiencia de Dios y la experiencia de la vida: ser contemplativos en la oración y en la acción. Tener una experiencia de Dios en la historia y en los hermanos que dé sentido a los "tiempos fuertes" de oración: momentos de mayor conciencia de la presencia del Señor, fuente de creatividad evangélica; espacio interior para el encuentro personal e íntimo con el Señor. La oración como actitud de vida lleva a descubrir el rostro de Dios en la realidad en conflicto, en los problemas sociales, en la angustia de los pobres en los que hay que "reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela". Más aún, descubre el sentido verdadero de la contemplación cristiana, que parte de la revelación que Dios hace de sí mismo y de su plan salvífico y que no es otra cosa que una vivencia en profundidad de la fe, la esperanza y el amor. Vivencia entendida no únicamente como una experiencia interior, sino también como un conocimiento que se nutre de la acción y se expresa en ella. La contemplación se tiene en la historia y haciendo la historia de salvación.

Creo que en este punto es claro el influjo de Thérèse de Lisieux. Ella vivió la oración como diálogo confiado y amoroso con un Dios Padre-Madre, al que descubre presente y cercano en todos los acontecimientos y situaciones y en todas las personas. Transforma en experiencia vital la fuerza que comunica la contemplación y se abre a la necesidad de la abnegación evangélica para que la oración sea auténtica: "c'est la prière, c'est le sacrifice qui font toute ma force, ce sont les armes invencibles que Jésus m'a données, elles peuvent bien plus que les paroles toucher les âmes". Esta búsqueda de Dios en la realidad de cada día, en las cosas pequeñas, la condujo a descubrir la santidad como comunión con Dios a través de la fe, la esperanza y el amor y a dejar a un lado la idea de que la santidad es perfección personal, ausencia de fallos y defectos.

Ella vivió un tipo de oración cada vez más sencillo, que la colocaba en la fuente de agua viva o junto al fuego divino que purifica y transforma: "Pour moi la prière, c'est un élan du coeur, c'est un simple regard jeté vers le Ciel, c'est un cri de reconnaissance et d'amour au sein de l'épreuve comme au sein de la joie; enfin c'est quelque chose de grand, de surnaturel qui me dilate l'âme e m'unit à Jésus".



Experiencia personal y evangélica en el seguimiento de Jesús

La experimentación es la nota clave de un mundo técnico científico. Todas las cosas deben ser experimentadas, vistas de alguna manera. La espiritualidad cristiana no es una excepción a esta tendencia. El testimonio y la experiencia son hoy centrales en la vida cristiana. Hay en ello una reacción contra un exagerado intelectualismo en materia de fe y de religión. Si bien esta búsqueda de la experiencia tiene el peligro de la subjetividad y de un cierto infantilismo espiritual, no puede ser rechazada sin más. Las experiencias espirituales son también fuente de conocimiento y de profundización en la revelación de Dios.

Thérèse de Lisieux es maestra de una auténtica experiencia de Dios que compromete en el seguimiento de Jesús. Ella nos enseña la experiencia del contacto con la Palabra de Dios; el sentido de fraternidad que Cristo nos comunica y la exigencia de respuestas concretas guiadas por el amor.



La escucha del Espíritu en los signos de los tiempos

La vida cristiana es una vida "en el Espíritu". El sigue actuando en la Iglesia y nos conduce al seguimiento de Jesús. Nos es dado como un don colectivo que renueva todo. Por el Espíritu que Cristo derramó sobre el mundo nos transformamos en El.

En la espiritualidad de hoy se insiste, con razón, en la necesidad de discernir la presencia y la voz del Espíritu en los "signos de los tiempos". La teología de Thérèse "es esencialmente una teología del Espíritu Santo". La dimensión trinitaria de su espiritualidad aparece en su experiencia y en sus escritos. Ya desde el retiro de preparación para la confirmación toma conciencia de la presencia del Espíritu Santo y experimenta su comunicación cuando recibe el sacramento: "Enfin l'heureux moment arriva, je ne sentis pas un vent impétueux au moment de la descente du Saint Esprit, mais plutôt cette brise légère dont le prophète Elie entendit le murmure".

A la luz de la fe, Thérèse experimenta en todas las circunstancias de su vida la acción del Espíritu que la orienta, la ilumina, la ayuda a discernir la voluntad del Padre: ""S'il m'arrive de penser et de dire une chose qui plaise à mes soeurs, je trouve tout naturel qu'elles s'en emparent comme d'un bien à elles. Cette pensée appartient à l'Esprit-Saint et non à moi".



La dimensión eclesial y comunitaria

La espiritualidad contemporánea ha vuelto a insistir en la dimensión comunitaria de la historia de la salvación, porque "fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no laisser porter du fruit. Et quand la Parole a longuement mûri dans un coeur silencieux, elle peut la rendre à Dieu et aux autres, chargée de toute son expérience de l'Esprit. C'est au double niveau de sa relation à Dieu et de sa relation aux autres que Thérèse a formé en elle un coeur qui écoute".

Ella nos enseña la centralidad del amor que simplifica y comunica la verdadera libertad y liberación que conducen a la madurez de una identidad cristiana. En un mundo de angustias y temores, nos orienta a la confianza y el abandono en el Señor, que supera todos los miedos. Frente a nuestros idealismos desencarnados nos ofrece un realismo espiritual y evangélico para ser profetas de un Dios presente, cercano y liberador. Su mensaje es un desafío para la espiritualidad de hoy en la Iglesia, como lo han percibido no sólo las personas consagradas a la contemplación sino también quienes trabajan en el campo de una evangelización comprometida con la promoción humana, el desarrollo y la liberación. La infancia espiritual es un concepto evangélico que implica la conciencia del don que hemos recibido de ser hijos e hijas de Dios y la respuesta que nos orienta a la fraternidad.

Por todo esto, no es exagerado afirmar, como lo han hecho los Sumos Pontífices y otros muchos en nuestr siglo, que Teresa de Lisieux es "la más grande santa de los tiempos modernos".



AUTOR: P. Camilo Maccise OCD

portalcarmelitano.org

Cosas que debemos saber: Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz

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Nota antes de la lectura:

La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz fue escrita por Sor Juana Inés de la Cruz en marzo de 1691, como contestación a todas las recriminaciones que le hizo el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz. No fue publicada hasta 1700, en Fama y obras póstumas del Fénix de México (Madrid: Manuel Ruiz de Murga) 

El obispo advierte que ninguna mujer debió afanarse por aprender de ciertos temas filosóficos. En su defensa, Sor Juana señala a varias mujeres doctas, como Hipatia de Alejandría, una filósofa neoplatónica asesinada por cristianos en el año 415.1 Escribe sobre su intento fallido y el constante dolor que su pasión al conocimiento le trajo, pero exponiendo un conformismo, ya que aclara que es mejor tener un vicio a las letras que a algo peor. También justifica el vasto conocimiento que tiene de todas las materias de educación: lógica, retórica, física e historia, como complemento necesario para entender y aprender de las Sagradas Escrituras. 

Sor Juana emplea un estilo que varía conforme la Respuesta avanza. En momentos adopta la forma de memorias, luego evoluciona al alegato y finalmente a la exposición de ideas. Generalmente, el lenguaje es llano y nutrido de una prosa amena y familiar. El valor de la Respuesta es el de un extraordinario documento autobiográfico, indispensable para comprender la vida y obra literaria de Sor Juana.

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz (Miguel Cabrera).jpg

Comienza la Carta:

MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.

Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista vio en su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso; y así, en vez de agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi? ¿De dónde a mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió a Saúl cuando se vio electo y ungido rey de Israel: Numquid non filius Iemini ego sum de minima tribu Israel, et cognatio mea novissima inter omnes de tribu Beniamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum? Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención? ¿Pues quare locutus es mihi sermonem istum? ¿Et unde hoc mihi?

Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más que admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos, a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero acá a mis solas, suelo decir: Bendito seáis vos, Señor, que no sólo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mía lo pusisteis, sino que lo reservasteis a la vuestra, y me librasteis a mí de mí y de la sentencia que yo misma me daría --que, forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser menos que de condenación--, y vos la reservasteis a vuestra misericordia, porque me amáis más de lo que yo me puedo amar.

Perdonad, Señora mía, la digresión que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de confesar toda, también es buscar efugios para huir la dificultad de responder, y casi me he determinado a dejarlo al silencio; pero como éste es cosa negativa, aunque explica mucho con el énfasis de no explicar, es necesario ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque ése es su propio oficio: decir nada. Fue arrebatado el Sagrado Vaso de Elección al tercer Cielo, y habiendo visto los arcanos secretos de Dios dice: Audivit arcana Dei, quae no licet homini loqui. No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan que si hubiera de escribir todas las maravillas que obró nuestro Redentor, no cupieran en todo el mundo los libros; y dice Vieyra, sobre este lugar, que en sola esta cláusula dijo más el Evangelista que en todo cuanto escribió; y dice muy bien el Fénix Lusitano (pero ¿cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San Juan todo lo que dejó de decir y expresó lo que dejó de expresar. Así, yo, Señora mía, sólo responderé que no sé qué responder; sólo agradeceré diciendo que no soy capaz de agradeceros; y diré, por breve rótulo de lo que dejo al silencio, que sólo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada, me puedo atrever a hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla, pues es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo más materia a vuestra benignidad y vos daréis mayor forma a mi reconocimiento.

No se hallaba digno Moisés, por balbuciente, para hablar con Faraón, y, después, el verse tan favorecido de Dios, le infunde tales alientos, que no sólo habla con el mismo Dios, sino que se atreve a pedirle imposibles: Ostende mihi faciem tuam. Pues así yo, Señora mía, ya no me parecen imposibles los que puse al principio, a vista de lo que me favorecéis; porque quien hizo imprimir la Carta tan sin noticia mía, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto (siendo de todo indigna por sí y por su autora), ¿qué no hará?, ¿qué no perdonará?, ¿qué dejará de hacer y qué dejará de perdonar? Y así, debajo del supuesto de que hablo con el salvoconducto de vuestros favores y debajo del seguro de vuestra benignidad, y de que me habéis, como otro Asuero, dado a besar la punta del cetro de oro de vuestro cariño en señal de concederme benévola licencia para hablar y proponer en vuestra venerable presencia, digo que recibo en mi alma vuestra santísima amonestación de aplicar el estudio a Libros Sagrados, que aunque viene en traje de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto; con no pequeño consuelo de que aun antes parece que prevenía mi obediencia vuestra pastoral insinuación, como a vuestra dirección, inferido del asunto y pruebas de la misma Carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia, sino sobre lo mucho que habréis visto de asuntos humanos que he escrito; y así, lo que he dicho no es más que satisfaceros con ella a la falta de aplicación que habréis inferido (con mucha razón) de otros escritos míos. Y hablando con más especialidad os confieso, con la ingenuidad que ante vos es debida y con la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desafición, ni de aplicación la falta, sino sobra de temor y reverencia debida a aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz y para cuyo manejo soy tan indigna; resonándome siempre en los oídos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibición del Señor a los pecadores como yo: Quare tu enarras iustitias meas, et assumis testamentum meum per os tuum? Esta pregunta y el ver que aun a los varones doctos se prohibía el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aun el Génesis: éste por su oscuridad, y aquéllos porque de la dulzura de aquellos epitalamios no tomase ocasión la imprudente juventud de mudar el sentido en carnales afectos. Compruébalo mi gran Padre San Jerónimo, mandando que sea esto lo último que se estudie, por la misma razón:Ad ultimum sine periculo discat Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit, sub carnalibus verbis spiritualium nuptiarum Epithalamium non intelligens, vulneretur; y Séneca dice: Teneris in annis haut clara est fides. Pues ¿cómo me atreviera yo a tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano y ha hecho retroceder los asuntos hacia el mismo entendimiento de quien querían brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una herejía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y ésta, iusta vel iniusta, timenda non est, pues deja comulgar y oír misa, por lo cual me da poco o ningún cuidado; porque, según la misma decisión de los que lo calumnian, ni tengo obligación para saber ni aptitud para acertar; luego, si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito. No es culpa, porque no tengo obligación; no es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar, y ad impossibilia nemo tenetur. Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio; y que no otro motivo me entró en religión, no obstante que al desembarazo y quietud que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y después, en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentación; y sí sería. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, Señora mía, creo que sólo os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazón, haciéndoos patentes sus más sellados secretos, conozcáis que no desdice de mi confianza lo que debo a vuestra venerable persona y excesivos favores.

Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puede testificarlo.

Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.

Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres --y más en tan florida juventud-- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huía de mí misma, pero ¡miserable de mí! trájeme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo en esta inclinación, que no sé determinar si por prenda o castigo me dio el Cielo, pues de apagarse o embarazarse con tanto ejercicio que la religión tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí el privatio est causa appetitus.

Volví (mal dije, pues nunca cesé); proseguí, digo, a la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban a mi obligación) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros. Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa por amor de las letras. ¡Oh, si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo cuanto podía y dirigirlo a su servicio, porque el fin a que aspiraba era a estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios; y que siendo monja y no seglar, debía, por el estado eclesiástico, profesar letras; y más siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponía yo de mí misma y me parecía razón; si no es que era (y eso es lo más cierto) lisonjear y aplaudir a mi propia inclinación, proponiéndola como obligatorio su propio gusto.

Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo entenderá el estilo de la Reina de las Ciencias quien aun no sabe el de las ancilas? ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saúl al sonido del arpa de David fue virtud y fuerza natural de la música, o sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin Aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de días, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamento y la Ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin Arquitectura, el gran Templo de Salomón, donde fue el mismo Dios el artífice que dio la disposición y la traza, y el Sabio Rey sólo fue sobrestante que la ejecutó; donde no había basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusión, arquitrabe sin significado; y así de otras sus partes, sin que el más mínimo filete estuviese sólo por el servicio y complemento del Arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales? Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narración lo que en el hecho sucedió primero. ¿Cómo sin grande noticia de ambos Derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudición tantas cosas de historias profanas, de que hace mención la Sagrada Escritura; tantas costumbres de gentiles, tantos ritos, tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lección de Santos Padres se podrá entender la oscura locución de los Profetas? Pues sin ser muy perito en la Música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo a Dios Abraham, por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo cincuenta justos, y de este número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinona y es como de mi a re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava y es como de re a mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del diapente; de aquí a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y como no hay más proporciones armónicas no pasó de ahí? Pues ¿cómo se podrá entender esto sin Música? Allá en el Libro de Job le dice Dios: Numquid coniungere valebis micantes stellas Pleiadas, aut gyrum Arcturi poteris dissipare? Numquid producis Luciferum in tempore suo, et Vesperum super filios terrae consurgere facis?, cuyos términos, sin noticia de Astrología, será imposible entender. Y no sólo estas nobles ciencias; pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, cómo el Libro que comprende todos los libros, y la Ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y después de saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia más que todo lo dicho, que es una continua oración y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgación de ánimo e iluminación de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, nada sirve de lo demás.

Del Angélico Doctor Santo Tomás dice la Iglesia estas palabras: In difficultatibus locorum Sacrae Scripturae ad orationem ieiunium adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat, quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam divinitus traditum accepisse. Pues yo, tan distante de la virtud y las letras, ¿cómo había de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mí elección, sino que el acaso de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión; y en éstas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras. Es verdad que esto digo de la parte práctica en las que la tienen, porque claro está que mientras se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa sosiega el órgano, et sic de caeteris; porque como es menester mucho uso corporal para adquirir hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede al contrario, y quisiera yo persuadir a todos con mi experiencia a que no sólo no estorban, pero se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variaciones y ocultos engarces —que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor—, de manera que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazón y concierto. Es la cadena que fingieron los antiguos que salía de la boca de Júpiter, de donde pendían todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el R. P. Atanasio Quirqueiro en su curioso libro De Magnete. Todas las cosas salen de Dios, que es el centro a un tiempo y la circunferencia de donde salen y donde paran todas las líneas criadas.

Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al explicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes: como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos como se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales o no; y que la oración del lógico anda como la línea recta, por el camino más breve, y la del retórico se mueve, como la corva, por el más largo, pero van a un mismo punto los dos; y cuando dicen que los expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado. Y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas, pues éstas antes se ayudan, sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud mía y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad. Lo que sí pudiera ser descargo mío es el sumo trabajo no sólo en carecer de maestro, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo sólo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicación y ejercicio muchos estorbos, no sólo los de mis religiosas obligaciones (que éstas ya se sabe cuán útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas cosas accesorias de una comunidad: como estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando y pelear dos criadas y venirme a constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad, donde es preciso no sólo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio. Y esto es continuamente, porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme a estorbar; y sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen experiencia de vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es unión, no hay para él extremos distantes.

En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! A mí, no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi Padre San Jerónimo (aunque no con su aprovechamiento): Quid ibi laboris insumpserim, quid sustinuerim difficultatis, quoties desperaverim, quotiesque cessaverim et contentione discendi rursus inceperim; testis est conscientia, tam mea, qui passus sum, quam eorum qui mecum duxerunt vitam. Menos los compañeros y testigos (que aun de ese alivio he carecido), lo demás bien puedo asegurar con verdad. ¡Y que haya sido tal esta mi negra inclinación, que todo lo haya vencido!

Solía sucederme que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan blando y tan afable y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la suya: así, me solía ir los ratos que a unas y a otras nos sobraban, a consolarlas y recrearme con su conversación. Reparé que en este tiempo hacía falta a mi estudio, y hacía voto de no entrar en celda alguna si no me obligase a ello la obediencia o la caridad: porque, sin este freno tan duro, al de sólo propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacía por un mes o por quince días; y dando cuando se cumplía, un día o dos de treguas, lo volvía a renovar, sirviendo este día, no tanto a mi descanso (pues nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto a que no me tuviesen por áspera, retirada e ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.

Bien se deja en esto conocer cuál es la fuerza de mi inclinación. Bendito sea Dios que quiso fuese hacia las letras y no hacia otro vicio, que fuera en mí casi insuperable; y bien se infiere también cuán contra la corriente han navegado (o por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aún falta por referir lo más arduo de las dificultades; que las de hasta aquí sólo han sido estorbos obligatorios y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que directamente han tirado a estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar, y los que más nocivos y sensibles para mí han sido, no son aquéllos que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien (y por ventura, mereciendo mucho con Dios por la buena intención), me han mortificado y atormentado más que los otros, con aquel: "No conviene a la santa ignorancia que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer en tanta altura con su misma perspicacia y agudeza". ¿Qué me habrá costado resistir esto? ¡Rara especie de martirio donde yo era el mártir y me era el verdugo!

Pues por la --en mí dos veces infeliz-- habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala --o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer-- es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.

Aquella ley políticamente bárbara de Atenas, por la cual salía desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro, no menos eficaz aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo: que es aborrecer al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió siempre.

Y si no, ¿cuál fue la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda más amable que aquella divina hermosura? ¿Cuál más poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdicción sobre los albedríos y con blanda y apetecida violencia los sabe sujetar, ¿qué haría aquélla con tantas prerrogativas y dotes soberanos? ¿Qué haría, qué movería y qué no haría y qué no movería aquella incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso cristal, se estaban transparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no movería aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moisés, de sólo la conversación con Dios, era intolerable a la flaqueza de la vista humana, ¿qué sería el del mismo Dios humanado? Pues si vamos a las demás prendas, ¿cuál más amable que aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos, aquella profunda humildad y mansedumbre, aquellas palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él?
Dice la Santa Madre y madre mía Teresa, que después que vio la hermosura de Cristo quedó libre de poderse inclinar a criatura alguna, porque ninguna cosa veía que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿cómo en los hombres hizo tan contrarios efectos? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimación de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacía, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo no le amaban, por eso mismo le aborrecían! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit? ¿Hay tal causa? Si dijeran: éste es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador que con engaños alborota el pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decían; pero eran causales más congruentes a lo que solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los fariseos. Pues así es, que cuando se apasionan los hombres doctos prorrumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad que sólo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres, si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿por qué es esa tan cruel determinación? No responden más sino que multa signa facit. ¡Válgame Dios, que el hacer cosas señaladas es causa para que uno muera! Haciendo reclamo este multa signa facit a aquel: radix Iesse, qui stat in signum populorum, y al otro: in signum cui contradicetur. ¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el premio de quien se señala!

Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los Vientos y de la Fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de púas; defensa parece y no es sino propiedad forzosa: no puede estar sin púas que la puncen quien está en alto. Allí está la ojeriza del aire; allí es el rigor de los elementos; allí despican la cólera los rayos; allí es el blanco de piedras y flechas. ¡Oh infeliz altura, expuesta a tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicción! Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento. Lo primero, porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve, y el entendimiento no, pues mientras es mayor es más modesto y sufrido y se defiende menos. Lo segundo es porque, como dijo doctamente Gracián, las ventajas en el entendimiento lo son en el ser. No por otra razón es el ángel más que el hombre que porque entiende más; no es otro el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende más, porque es consecuencia del ser más. Sufrirá uno y confesará que otro es más noble que él, que es más rico, que es más hermoso y aun que es más docto; pero que es más entendido apenas habrá quien lo confiese: Rarus est, qui velit cedere ingenio. Por eso es tan eficaz la batería contra esta prenda.

Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversión de Nuestro Señor Jesucristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la púrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué sólo la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demás insignias, fuese de escarnio e ignominia, pues ése era el fin? No, porque la sagrada cabeza de Cristo y aquel divino cerebro eran depósito de la sabiduría; y cerebro sabio en el mundo no basta que esté escarnecido, ha de estar también lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría no espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la soberbia romana las diversas hazañas de sus capitanes también con diversas coronas: ya con la cívica al que defendía al ciudadano; ya con la castrense al que entraba en los reales enemigos; ya con la mural al que escalaba el muro; ya con la obsidional al que libraba la ciudad cercada o el ejército sitiado o el campo o en los reales; ya con la naval, ya con la oval, ya con la triunfal otras hazañas, según refieren Plinio y Aulo Gelio; mas viendo yo tantas diferencias de coronas, dudaba de cuál especie sería la de Cristo, y me parece que fue obsidional, que (como sabéis, señora) era la más honrosa y se llamaba obsidional de obsidio, que quiere decir cerco; la cual no se hacía de oro ni de plata, sino de la misma grama o yerba que cría el campo en que se hacía la empresa. Y como la hazaña de Cristo fue hacer levantar el cerco al Príncipe de las Tinieblas, el cual tenía sitiada toda la tierra, como lo dice en el libro de Job: Circuivi terram et ambulavi per eam y de él dice San Pedro: Circuit, quaerens quem devoret; y vino nuestro caudillo y le hizo levantar el cerco: nunc princeps huius mundi eiicietur foras, así los soldados le coronaron no con oro ni plata, sino con el fruto natural que producía el mundo que fue el campo de la lid, el cual, después de la maldición, spinas et tribulos germinabit tibi, no producía otra cosa que espinas; y así fue propísima corona de ellas en el valeroso y sabio vencedor con que le coronó su madre la Sinagoga; saliendo a ver el doloroso triunfo, como al del otro Salomón festivas, a éste llorosas las hijas de Sión, porque es el triunfo de sabio obtenido con dolor y celebrado con llanto, que es el modo de triunfar la sabiduría; siendo Cristo, como rey de ella, quien estrenó la corona, porque santificada en sus sienes, se quite el horror a los otros sabios y entiendan que no han de aspirar a otro honor.

Quiso la misma Vida ir a dar la vida a Lázaro difunto; ignoraban los discípulos el intento y le replicaron: Rabbi, nunc quaerebant te Iudaei lapidare, et iterum vadis illuc?Satisfizo el Redentor el temor: Nonne duodecim sunt horae diei? Hasta aquí, parece que temían porque tenían el antecedente de quererle apedrear porque les había reprendido llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas. Y así, temían que si iba a lo mismo (como las reprensiones, aunque sean tan justas, suelen ser mal reconocidas), corriese peligro su vida; pero ya desengañados y enterados de que va a dar vida a Lázaro, ¿cuál es la razón que pudo mover a Tomás para que tomando aquí los alientos que en el huerto Pedro: Eamus et nos, ut moriamur cum eo. ¿Qué dices, apóstol santo? A morir no va el Señor, ¿de qué es el recelo? Porque a lo que Cristo va no es a reprender, sino a hacer una obra de piedad, y por esto no le pueden hacer mal. Los mismos judíos os podían haber asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear: Multa bona opera ostendi vobis ex Patre meo, propter quod eorum opus me lapidatis?, le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de blasphemia. Pues si ellos dicen que no le quieren apedrear por las buenas obras y ahora va a hacer una tan buena como dar la vida a Lázaro, ¿de qué es el recelo o por qué? ¿No fuera mejor decir: Vamos a gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra que va a hacer nuestro Maestro; a verle aplaudir y rendir gracias al beneficio; a ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al parecer una cosa tan fuera del caso como es: Eamus et nos, ut moriamur cum eo. Mas ¡ay! que el Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo a hacer un milagro? Pues ¿qué mayor peligro? Menos intolerable es para la soberbia oír las reprensiones, que para la envidia ver los milagros. En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.

Hallábase el Príncipe de los Apóstoles, en un tiempo, tan distante de la sabiduría como pondera aquel enfático: Petrus vero sequebatur eum a longe; tan lejos de los aplausos de docto quien tenía el título de indiscreto: Nesciens quid diceret; y aun examinado del conocimiento de la sabiduría dijo él mismo que no había alcanzado la menor noticia:Mulier, nescio quid dicis. Mulier, non novi illum. Y ¿qué le sucede? Que teniendo estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna, sí las aflicciones, de sabio. ¿Por qué? No se dio otra causal sino: Et hic cum illo erat. Era afecto a la sabiduría, llevábale el corazón, andábase tras ella, preciábase de seguidor y amoroso de la sabiduría; y aunque era tana longe que no le comprendía ni alcanzaba, bastó para incurrir sus tormentos. Ni faltó soldado de fuera que no le afligiese, ni mujer doméstica que no le aquejase. Yo confieso que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he deseado seguir, aunque a longe. Pero todo ha sido acercarme más al fuego de la persecución, al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar que se me prohiba el estudio.

Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe. Así yo, vuelvo a decir, las miraba y admiraba todas; de tal manera que de las mismas personas con quienes hablaba, y de lo que me decían, me estaban resaltando mil consideraciones: ¿De dónde emanaría aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles serían los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veía una figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y mediándola con el entendimiento y reduciéndola a otras diferentes. Paseábame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no. Porque, aunque lo parece, podía ser engaño de la vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.

Este modo de reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello, que antes me suelo enfadar porque me cansa la cabeza; y yo creía que a todos sucedía esto mismo y el hacer versos, hasta que la experiencia me ha mostrado lo contrario; y es de tal manera esta naturaleza o costumbre, que nada veo sin segunda consideración. Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso. Jugaban otras a los alfileres (que es el más frívolo juego que usa la puerilidad); yo me llegaba a contemplar las figuras que formaban; y viendo que acaso se pusieron tres en triángulo, me ponía a enlazar uno en otro, acordándome de que aquélla era la figura que dicen tenía el misterioso anillo de Salomón, en que había unas lejanas luces y representaciones de la Santísima Trinidad, en virtud de lo cual obraba tantos prodigios y maravillas; y la misma que dicen tuvo el arpa de David, y que por eso sanaba Saúl a su sonido; y casi la misma conservan las arpas en nuestros tiempos.

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese; y más, Señora mía, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa; antes suele obrar en él más libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosiego las especies que ha conservado del día, arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcanzado dormida mejor que despierta, y las dejo por no cansaros, pues basta lo dicho para que vuestra discreción y trascendencia penetre y se entere perfectamente en todo mi natural y del principio, medios y estado de mis estudios.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a lo que sentenciare, sin contradición ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.
Confieso también que con ser esto verdad tal que, como he dicho, no necesitaba de ejemplares, con todo no me han dejado de ayudar los muchos que he leído, así en divinas como en humanas letras. Porque veo a una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve a tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida, antes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres: unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión, como Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras de perseverancia, como Ana, madre de Samuel; y otras infinitas, en otras especies de prendas y virtudes.

Si revuelvo a los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra Fe; y en tan doctos y elegantes versos que suspenden la admiración. Veo adorar por diosa de las ciencias a una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Atenas. Veo una Pola Argentaria, que ayudó a Lucano, su marido, a escribir la gran Batalla Farsálica. Veo a la hija del divino Tiresias, más docta que su padre. Veo a una Cenobia, reina de los Palmirenos, tan sabia como valerosa. A una Arete, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora de las letras latinas y eruditísima en las griegas. A una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Hipasia que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría. A una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció. A una Jucia, a una Corina, a una Cornelia; y en fin a toda la gran turba de las que merecieron nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron más que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad por tales. Sin otras infinitas, de que están los libros llenos, pues veo aquella egipcíaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios de Egipto. Veo una Gertrudis leer, escribir y enseñar. Y para no buscar ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mía, Paula, docta en las lenguas hebrea, griega y latina y aptísima para interpretar las Escrituras. ¿Y qué más que siendo su cronista un Máximo Jerónimo, apenas se hallaba el Santo digno de serlo, pues con aquella viva ponderación y enérgica eficacia con que sabe explicarse dice: Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarían a publicar la sabiduría y virtud de Paula. Las mismas alabanzas le mereció Blesila, viuda; y las mismas la esclarecida virgen Eustoquio, hijas ambas de la misma Santa; y la segunda, tal, que por su ciencia era llamada Prodigio del Mundo. Fabiola, romana, fue también doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribió un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios de Nuestra Santa Fe. Nuestra reina Doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, Reina de Suecia, tan docta como valerosa y magnánima, y las Excelentísimas señoras Duquesa de Aveyro y Condesa de Villaumbrosa.

El venerable Doctor Arce (digno profesor de Escritura por su virtud y letras), en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? eaque interpretari? Y trae por la parte contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: Mulieres in Ecclesiis taceant, non enim permittitur eis loqui, etc. Trae después otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes, con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve, con su prudencia, que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia. A éstos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto que no es necio entero el que no sabe latín, pero el que lo sabe está calificado. Y añado yo que le perfecciona (si es perfección la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas: porque un necio grande no cabe en sólo la lengua materna.

A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos. Tales fueron las Divinas Letras en poder del malvado Pelagio y del protervo Arrio, del malvado Lutero y de los demás heresiarcas, como lo fue nuestro Doctor (nunca fue nuestro ni doctor) Cazalla; a los cuales hizo daño la sabiduría porque, aunque es el mejor alimento y vida del alma, a la manera que en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, mientras mejores los alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los humores que cría, así estos malévolos, mientras más estudian, peores opiniones engendran; obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que había de alimentarse, y es que estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado de sus entendimientos. A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data est mihi, omnibus qui sunt inter vos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei. Y en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es sólo para ellas el taceant, sino para todos los que no fueren muy aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del objeto.

¡Oh si todos --y yo la primera, que soy una ignorante-- nos tomásemos la medida al talento antes de estudiar, y lo peor es, de escribir con ambiciosa codicia de igualar y aun de exceder a otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos errores nos excusáramos y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no anduvieran! Y pongo las mías en primer lugar, pues si conociera, como debo, esto mismo no escribiera. Y protesto que sólo lo hago por obedeceros; con tanto recelo, que me debéis más en tomar la pluma con este temor, que me debiérades si os remitiera más perfectas obras. Pero, bien que va a vuestra corrección; borradlo, rompedlo y reprendedme, que eso apreciaré yo más que todo cuanto vano aplauso me pueden otros dar: Corripiet me iustus in misericordia, et increpabit: oleum autem peccatoris non impinguet caput meum.

Y volviendo a nuestro Arce, digo que trae en confirmación de su sentir aquellas palabras de mi Padre San Jerónimo (ad Laetam, de institutione filiae), donde dice: Adhuc tenera lingua psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per quae consuescit paulatim verba contexere; non sint fortuita, sed certa, et coacervata de industria. Prophetarum videlicet, atque Apostolorum, et omnis ab Adam Patriarcharum series, de Matthaeo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit, futurae memoriae praeparetur. Reddat tibi pensum quotidie, de Scripturarum floribus carptum. Pues si así quería el Santo que se educase una niña que apenas empezaba a hablar, ¿qué querrá en sus monjas y en sus hijas espirituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquio y Fabiola y en Marcela, su hermana Pacátula y otras a quienes el Santo honra en sus epístolas, exhortándolas a este sagrado ejercicio, como se conoce en la citada epístola donde noté yo aquel reddat tibi pensum, que es reclamo y concordante del bene docentes de San Pablo; pues el reddat tibi de mi gran Padre da a entender que la maestra de la niña ha de ser la misma Leta su madre.

¡Oh cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos de desiguales consorcios, porque con la inmediación del trato y la comunicación del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual, muchos quieren más dejar bárbaras e incultas a sus hijas que no exponerlas a tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres, lo cual se excusara si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese sucediendo el magisterio como sucede en el de hacer labores y lo demás que es costumbre.

Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas? Y no que éstas o se pierden por falta de doctrina o por querérsela aplicar por tan peligrosos medios cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera más riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que aun se sonrosea de que la mire a la cara su propio padre) un hombre tan extraño, a tratarla con casera familiaridad y a tratarla con magistral llaneza, el pudor del trato con los hombres y de su conversación basta para que no se permitiese. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres a mujeres pueda ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesonario o en la distante docencia de los púlpitos o en el remoto conocimiento de los libros, pero no en el manoseo de la inmediación. Y todos conocen que esto es verdad; y con todo, se permite sólo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no haberlas. Esto debían considerar los que atados al Mulieres in Ecclesia taceant, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen; como que no fuera el mismo Apóstol el que dijo: bene docentes. Demás de que aquella prohibición cayó sobre lo historial que refiere Eusebio, y es que en la Iglesia primitiva se ponían las mujeres a enseñar las doctrinas unas a otras en los templos; y este rumor confundía cuando predicaban los apóstoles y por eso se les mandó callar; como ahora sucede, que mientras predica el predicador no se reza en alta voz.

No hay duda de que para inteligencia de muchos lugares es menester mucha historia, costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron, para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones de las divinas letras. Scindite corda vestra, et non vestimenta vestra, ¿no es alusión a la ceremonia que tenían los hebreos de rasgar los vestidos, en señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que Cristo había blasfemado? Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro de las viudas ¿no miraban también a las costumbres de aquellos tiempos? Aquel lugar de la mujer fuerte: Nobilis in portis vir eius ¿no alude a la costumbre de estar los tribunales de los jueces en las puertas de las ciudades? El dare terram Deo ¿no significaba hacer algún voto? Hiemantes ¿no se llamaban los pecadores públicos, porque hacían penitencia a cielo abierto, a diferencia de los otros que la hacían en un portal? Aquella queja de Cristo al fariseo de la falta del ósculo y lavatorio de pies ¿no se fundó en la costumbre que de hacer estas cosas tenían los judíos? Y otros infinitos lugares no sólo de las letras divinas sino también de las humanas, que se topan a cada paso, como el adorate purpuram, que significaba obedecer al rey; el manumittere eum, que significa dar libertad, aludiendo a la costumbre y ceremonia de dar una bofetada al esclavo para darle libertad. Aquel intonuit coelum, de Virgilio, que alude al agüero de tronar hacia occidente, que se tenía por bueno. Aquel tu nunquam leporem edisti, de Marcial, que no sólo tiene el donaire de equívoco en el leporem, sino la alusión a la propiedad que decían tener la liebre. Aquel proverbio: Maleam legens, quae sunt domi obliviscere, que alude al gran peligro del promontorio de Laconia. Aquella respuesta de la casta matrona al pretensor molesto, de: "por mí no se untarán los quicios, ni arderán las teas", para decir que no quería casarse, aludiendo a la ceremonia de untar las puertas con manteca y encender las teas nupciales en los matrimonios; como si ahora dijéramos: por mí no se gastarán arras ni echará bendiciones el cura. Y así hay tanto comento de Virgilio y de Homero y de todos los poetas y oradores. Pues fuera de esto, ¿qué dificultades no se hallan en los lugares sagrados, aun en lo gramatical, de ponerse el plural por singular, de pasar de segunda a tercera persona, como aquello de los Cantares: osculetur me osculo oris sui: quia meliora sunt ubera tua vino? Aquel poner los adjetivos en genitivo, en vez de acusativo, como Calicem salutaris accipiam? Aquel poner el femenino por masculino; y, al contrario, llamar adulterio a cualquier pecado?

Todo esto pide más lección de lo que piensan algunos que, de meros gramáticos, o cuando mucho con cuatro términos de Súmulas, quieren interpretar las Escrituras y se aferran del Mulieres in Ecclesiis taceant, sin saber cómo se ha de entender. Y de otro lugar: Mulier in silentio discat; siendo este lugar más en favor que en contra de las mujeres, pues manda que aprendan, y mientras aprenden claro está que es necesario que callen. Y también está escrito: Audi Israel, et tace; donde se habla con toda la colección de los hombres y mujeres, y a todos se manda callar, porque quien oye y aprende es mucha razón que atienda y calle. Y si no, yo quisiera que estos intérpretes y expositores de San Pablo me explicaran cómo entienden aquel lugar: Mulieres in Ecclesia taceant. Porque o lo han de entender de lo material de los púlpitos y cátedras, o de lo formal de la universalidad de los fieles, que es la Iglesia. Si lo entienden de lo primero (que es, en mi sentir, su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en la Iglesia que las mujeres lean públicamente ni prediquen), ¿por qué reprenden a las que privadamente estudian? Y si lo entienden de lo segundo y quieren que la prohibición del Apóstol sea trascendentalmente, que ni en lo secreto se permita escribir ni estudiar a las mujeres, ¿cómo vemos que la Iglesia ha permitido que escriba una Gertrudis, una Teresa, una Brígida, la monja de Ágreda y otras muchas? Y si me dicen que éstas eran santas, es verdad, pero no obsta a mi argumento; lo primero, porque la proposición de San Pablo es absoluta y comprende a todas las mujeres sin excepción de santas, pues también en su tiempo lo eran Marta y María, Marcela, María madre de Jacob, y Salomé, y otras muchas que había en el fervor de la primitiva Iglesia, y no las exceptúa; y ahora vemos que la Iglesia permite escribir a las mujeres santas y no santas, pues la de Ágreda y María de la Antigua no están canonizadas y corren sus escritos; y ni cuando Santa Teresa y las demás escribieron, lo estaban: luego la prohibición de San Pablo sólo miró a la publicidad de los púlpitos, pues si el Apóstol prohibiera el escribir, no lo permitiera la Iglesia. Pues ahora, yo no me atrevo a enseñar --que fuera en mí muy desmedida presunción--; y el escribir, mayor talento que el mío requiere y muy grande consideración. Así lo dice San Cipriano: Gravi consideratione indigent, quae scribimus. Lo que sólo he deseado es estudiar para ignorar menos: que, según San Agustín, unas cosas se aprenden para hacer y otras para sólo saber: Discimus quaedam, ut sciamus; quaedam, ut faciamus. Pues ¿en qué ha estado el delito, si aun lo que es lícito a las mujeres, que es enseñar escribiendo, no hago yo porque conozco que no tengo caudal para ello, siguiendo el consejo de Quintiliano: Noscat quisque, et non tantum ex alienis praeceptis, sed ex natura sua capiat consilium?

Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohibe, ¿por qué me lo han de prohibir otros? ¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento, y no lo fue en su Paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar? ¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que la hayamos de creer a ojos cerrados? Demás que yo ni falté al decoro que a tanto varón se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidado de la sentencia de Tito Lucio: Artes committatur decor; ni toqué a la Sagrada Compañía en el pelo de la ropa; ni escribí más que para el juicio de quien me lo insinuó; y según Plinio, non similis est conditio publicantis, et nominatim dicentis. Que si creyera se había de publicar, no fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como dice el censor, herética, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio, como debo, más el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara --que en eso dice bien--, ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo, que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fui libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictamen.

Pero ¿dónde voy, Señora mía? Que esto no es de aquí, ni es para vuestros oídos, sino que como voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de uno que ha salido ahora, e insensiblemente se deslizó la pluma a quererle responder en particular, siendo mi intento hablar en general. Y así, volviendo a nuestro Arce, dice que conoció en esta ciudad dos monjas: la una en el convento de Regina, que tenía el Breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con grandísima prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homilías de los santos, en las conversaciones. La otra, en el convento de la Concepción, tan acostumbrada a leer las Epístolas de mi Padre San Jerónimo, y locuciones del Santo, de tal manera que dice Arce: Hieronymum ipsum hispane loquentem audire me existimarem. Y de ésta dice que supo, después de su muerte, había traducido dichas Epístolas en romance; y se duele de que tales talentos no se hubieran empleado en mayores estudios con principios científicos, sin decir los nombres de la una ni de la otra, aunque las trae para confirmación de su sentencia, que es que no sólo es lícito, pero utilísimo y necesario a las mujeres el estudio de las sagradas letras, y mucho más a las monjas, que es lo mismo a que vuestra discreción me exhorta y a que concurren tantas razones.

Pues si vuelvo los ojos a la tan perseguida habilidad de hacer versos —que en mí es tan natural, que aun me violento para que esta carta no lo sean, y pudiera decir aquello deQuidquid conabar dicere, versus erat—, viéndola condenar a tantos tanto y acriminar, he buscado muy de propósito cuál sea el daño que puedan tener, y no le he hallado; antes sí los veo aplaudidos en las bocas de las Sibilas; santificados en las plumas de los Profetas, especialmente del Rey David, de quien dice el gran expositor y amado Padre mío, dando razón de las mensuras de sus metros: In morem Flacci et Pindari nunc iambo currit, nunc alcaico personat, nunc sapphico tumet, nunc semipede ingreditur. Los más de los libros sagrados están en metro, como el Cántico de Moisés; y los de Job, dice San Isidoro, en sus Etimologías, que están en verso heroico. En los Epitalamios los escribió Salomón; en los Trenos, Jeremías. Y así dice Casiodoro: Omnis poetica locutio a Divinis scripturis sumpsit exordium. Pues nuestra Iglesia Católica no sólo no los desdeña, mas los usa en sus Himnos y recita los de San Ambrosio, Santo Tomás, de San Isidoro y otros. San Buenaventura les tuvo tal afecto que apenas hay plana suya sin versos. San Pablo bien se ve que los había estudiado, pues los cita, y traduce el de Arato: In ipso enim vivimus, et movemur, et sumus, y alega el otro de Parménides: Cretenses semper mendaces, malae bestiae, pigri. San Gregorio Nacianceno disputa en elegantes versos las cuestiones de Matrimonio y la de la Virginidad. Y ¿qué me canso? La Reina de la Sabiduría y Señora nuestra, con sus sagrados labios, entonó el Cántico de la Magnificat; y habiéndola traído por ejemplar, agravio fuera traer ejemplos profanos, aunque sean de varones gravísimos y doctísimos, pues esto sobra para prueba; y el ver que, aunque como la elegancia hebrea no se pudo estrechar a la mensura latina, a cuya causa el traductor sagrado, más atento a lo importante del sentido, omitió el verso, con todo, retienen los Salmos el nombre y divisiones de versos; pues ¿cuál es el daño que pueden tener ellos en sí? Porque el mal uso no es culpa del arte, sino del mal profesor que los vicia, haciendo de ellos lazos del demonio; y esto en todas las facultades y ciencias sucede.

Pues si está el mal en que los use una mujer, ya se ve cuántas los han usado loablemente; pues ¿en qué está el serlo yo? Confieso desde luego mi ruindad y vileza; pero no juzgo que se habrá visto una copla mía indecente. Demás, que yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera, que no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman El Sueño. Esa carta que vos, Señora mía, honrasteis tanto, la escribí con más repugnancia que otra cosa; y así porque era de cosas sagradas a quienes (como he dicho) tengo reverente temor, como porque parecía querer impugnar, cosa a que tengo aversión natural. Y creo que si pudiera haber prevenido el dichoso destino a que nacía --pues, como a otro Moisés, la arrojé expósita a las aguas del Nilo del silencio, donde la halló y acarició una princesa como vos--; creo, vuelvo a decir, que si yo tal pensara, la ahogara antes entre las mismas manos en que nacía, de miedo de que pareciesen a la luz de vuestro saber los torpes borrones de mi ignorancia. De donde se conoce la grandeza de vuestra bondad, pues está aplaudiendo vuestra voluntad lo que precisamente ha de estar repugnando vuestro clarísimo entendimiento. Pero ya que su ventura la arrojó a vuestras puertas, tan expósita y huérfana que hasta el nombre le pusisteis vos, pésame que, entre más deformidades, llevase también los defectos de la prisa; porque así por la poca salud que continuamente tengo, como por la sobra de ocupaciones en que me pone la obediencia, y carecer de quien me ayude a escribir, y estar necesitada a que todo sea de mi mano y porque, como iba contra mi genio y no quería más que cumplir con la palabra a quien no podía desobedecer, no veía la hora de acabar; y así dejé de poner discursos enteros y muchas pruebas que se me ofrecían, y las dejé por no escribir más; que, a saber que se había de imprimir, no las hubiera dejado, siquiera por dejar satisfechas algunas objeciones que se han excitado, y pudiera remitir, pero no seré tan desatenta que ponga tan indecentes objetos a la pureza de vuestros ojos, pues basta que los ofenda con mis ignorancias, sin que los remita a ajenos atrevimientos. Si ellos por sí volaren por allá (que son tan livianos que sí harán), me ordenaréis lo que debo hacer; que, si no es interviniendo vuestros preceptos, lo que es por mi defensa nunca tomaré la pluma, porque me parece que no necesita de que otro le responda, quien en lo mismo que se oculta conoce su error, pues, como dice mi Padre San Jerónimo, bonus sermo secreta non quaerit, y San Ambrosio: latere criminosae est conscientiae. Ni yo me tengo por impugnada, pues dice una regla del Derecho: Accusatio non tenetur si non curat de persona, quae produxerit illam. Lo que sí es de ponderar es el trabajo que le ha costado el andar haciendo traslados. ¡Rara demencia: cansarse más en quitarse el crédito que pudiera en granjearlo! Yo, Señora mía, no he querido responder; aunque otros lo han hecho, sin saberlo yo: basta que he visto algunos papeles, y entre ellos uno que por docto os remito y porque el leerle os desquite parte del tiempo que os he malgastado en lo que yo escribo. Si vos, Señora, gustáredes de que yo haga lo contrario de lo que tenía propuesto a vuestro juicio y sentir, al menor movimiento de vuestro gusto cederá, como es razón, mi dictamen que, como os he dicho, era de callar, porque aunque dice San Juan Crisóstomo: calumniatores convincere oportet, interrogatores docere, veo que también dice San Gregorio: Victoria non minor est, hostes tolerare, quam hostes vincere; y que la paciencia vence tolerando y triunfa sufriendo. Y si entre los gentiles romanos era costumbre, en la más alta cumbre de la gloria de sus capitanes --cuando entraban triunfando de las naciones, vestidos de púrpura y coronados de laurel, tirando el carro, en vez de brutos, coronadas frentes de vencidos reyes, acompañados de los despojos de las riquezas de todo el mundo y adornada la milicia vencedora de las insignias de sus hazañas, oyendo los aplausos populares en tan honrosos títulos y renombres como llamarlos Padres de la Patria, Columnas del Imperio, Muros de Roma, Amparos de la República y otros nombres gloriosos--, que en este supremo auge de la gloria y felicidad humana fuese un soldado, en voz alta diciendo al vencedor, como con sentimiento suyo y orden del Senado: Mira que eres mortal; mira que tienes tal y tal defecto; sin perdonar los más vergonzosos, como sucedió en el triunfo de César, que voceaban los más viles soldados a sus oídos: Cavete romani, adducimus vobis adulterum calvum. Lo cual se hacía porque en medio de tanta honra no se desvaneciese el vencedor, y porque el lastre de estas afrentas hiciese contrapeso a las velas de tantos aplausos, para que no peligrase la nave del juicio entre los vientos de las aclamaciones. Si esto, digo, hacían unos gentiles, con sola la luz de la Ley Natural, nosotros, católicos, con un precepto de amar a los enemigos, ¿qué mucho haremos en tolerarlos? Yo de mí puedo asegurar que las calumnias algunas veces me han mortificado, pero nunca me han hecho daño, porque yo tengo por muy necio al que teniendo ocasión de merecer, pasa el trabajo y pierde el mérito, que es como los que no quieren conformarse al morir y al fin mueren sin servir su resistencia de excusar la muerte, sino de quitarles el mérito de la conformidad, y de hacer mala muerte la muerte que podía ser bien. Y así, Señora mía, estas cosas creo que aprovechan más que dañan, y tengo por mayor el riesgo de los aplausos en la flaqueza humana, que suelen apropiarse lo que no es suyo, y es menester estar con mucho cuidado y tener escritas en el corazón aquellas palabras del Apóstol: Quid autem habes quod non accepisti? Si autem accepisti, quid gloriaris quasi non acceperis?, para que sirvan de escudo que resista las puntas de las alabanzas, que son lanzas que, en no atribuyéndose a Dios, cuyas son, nos quitan la vida y nos hacen ser ladrones de la honra de Dios y usurpadores de los talentos que nos entregó y de los dones que nos prestó y de que hemos de dar estrechísima cuenta. Y así, Señora, yo temo más esto que aquello; porque aquello, con sólo un acto sencillo de paciencia, está convertido en provecho; y esto, son menester muchos actos reflexos de humildad y propio conocimiento para que no sea daño. Y así, de mí lo conozco y reconozco que es especial favor de Dios el conocerlo, para saberme portar en uno y en otro con aquella sentencia de San Agustín: Amico laudanti credendum non est, sicut nec inimico detrahenti. Aunque yo soy tal que las más veces lo debo de echar a perder o mezclarlo con tales defectos e imperfecciones, que vicio lo que de suyo fuera bueno. Y así, en lo poco que se ha impreso mío, no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino libertad ajena que no cae debajo de mi dominio, como lo fue la impresión de la Carta Atenagórica; de suerte que solamente unos Ejercicios de la Encarnación y unos Ofrecimientos de los Dolores, se imprimieron con gusto mío por la pública devoción, pero sin mi nombre; de los cuales remito algunas copias, porque (si os parece) los repartáis entre nuestras hermanas las religiosas de esa santa comunidad y demás de esa ciudad. De los Dolores va sólo uno porque se han consumido ya y no pude hallar más. Hícelos sólo por la devoción de mis hermanas, años ha, y después se divulgaron; cuyos asuntos son tan improporcionados a mi tibieza como a mi ignorancia, y sólo me ayudó en ellos ser cosas de nuestra gran Reina: que no sé qué se tiene el que en tratando de María Santísima se enciende el corazón más helado. Yo quisiera, venerable Señora mía, remitiros obras dignas de vuestra virtud y sabiduría; pero como dijo el Poeta:

Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas:
hac ego contentos, auguror esse Deos.


Si algunas otras cosillas escribiere, siempre irán a buscar el sagrado de vuestras plantas y el seguro de vuestra corrección, pues no tengo otra alhaja con que pagaros, y en sentir de Séneca, el que empezó a hacer beneficios se obligó a continuarlos; y así os pagará a vos vuestra propia liberalidad, que sólo así puedo yo quedar dignamente desempeñada, sin que caiga en mí aquello del mismo Séneca: Turpe est beneficiis vinci. Que es bizarría del acreedor generoso dar al deudor pobre, con que pueda satisfacer la deuda. Así lo hizo Dios con el mundo imposibilitado de pagar: diole a su Hijo propio para que se le ofreciese por digna satisfacción.

Si el estilo, venerable Señora mía, de esta carta, no hubiere sido como a vos es debido, os pido perdón de la casera familiaridad o menos autoridad de que tratándoos como a una religiosa de velo, hermana mía, se me ha olvidado la distancia de vuestra ilustrísima persona, que a veros yo sin velo, no sucediera así; pero vos, con vuestra cordura y benignidad, supliréis o enmendaréis los términos, y si os pareciere incongruo el Vos de que yo he usado por parecerme que para la reverencia que os debo es muy poca reverencia la Reverencia, mudadlo en el que os pareciere decente a lo que vos merecéis, que yo no me he atrevido a exceder de los límites de vuestro estilo ni a romper el margen de vuestra modestia.

Y mantenedme en vuestra gracia, para impetrarme la divina, de que os conceda el Señor muchos aumentos y os guarde, como le suplico y he menester. De este convento de N. Padre San Jerónimo de Méjico, a primero día del mes de marzo de mil seiscientos y noventa y un años. B. V. M. vuestra más favorecida

Juana Inés de la Cruz