TV DOMINICA

dominicostv on livestream.com. Broadcast Live Free
Watch live streaming video from dominicostv at livestream.com
Mostrando entradas con la etiqueta HOMILIAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta HOMILIAS. Mostrar todas las entradas

El comentario de Fray Pepe: IV Domingo de Cuaresma 15 marzo 2015

Enlaces a esta entrada

Queridos hermanos:

Hoy evocamos en el Evangelio el pasaje de la entrevista entre Jesús y Nicodemo. La liturgia sólo nos presenta la última parte. Intenten leer en sus biblias el inicio. Para nuestro espacio semanal, podemos quedarnos con algunas reflexiones:

1. Nicodemo y la búsqueda de Dios. Quizá en mucho, este sabio de Israel se parece al que busca, busca, ayer y hoy, pero no se deja vencer por la evidencia. Sus palabras, sus gestos lo delatan. Y más: el simbolismo de la noche. Noche como búsqueda sin resultado, pero también búsqueda profunda, búsqueda íntima. Lo que busca Nicodemo no es una respuesta más, sino LA RESPUESTA. Y tiene temor de que Jesús no pueda dársela...

2. Don y tarea. Jesús da la respuesta usando el simbolismo del bautismo: nacer de nuevo, de lo alto. El bautismo resume en su riqueza, por una parte, toda la gracia de Dios, que es don gratuito e ilimitado. Pero también es el principio de un caminar, una tarea que abarcará toda la vida. Y por eso, la fe que inicia en el bautismo es esa llamita, una lamparita que ilumina lo suficiente para dar el siguiente paso (papa Francisco), y que dejaremos aparte cuando el Sol de la mañana ilumine todo el orbe.

3. Luces y sombras. En el simbolismo de la serpiente está esa maldad, esas sombras que de pronto envuelven nuestras realidades. Y Jesús, esa esperanza de salvación, que de momento pasa bajo la piel de la serpiente, para poder estar cerca de los que lo necesitamos. Cristo, ya lo dijo san Pablo, se hizo pecado, para salvar a los que estábamos bajo el pecado (2Co 5,21). Por eso aquí Jesús hace el paralelismo entre la serpiente de bronce del desierto, que fue salvación para los israelitas, y la cruz en la que entregará la vida por nosotros. ¡Qué amor tan grande! En efecto, levantado en alto, atraerá a todos hacia sí...

Que el Señor nos permita seguir entendiendo estos misterios de nuestra salvación, y que los traduzcamos en una vida más entregada a las cosas de Dios.


Muchos saludos, seguimos orando y trabajando por el Reino,

fr Pepe op

+ + +

IV Domingo de Cuaresma
Domingo 15 de marzo de 2015

Del santo Evangelio según san Juan (3,14-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crean en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

El comentario de Fray Pepe desde Chihuahua

Enlaces a esta entrada



mados hermanos:
Tabor es el nombre que la tradición asignó a ese monte alto que nos describe Marcos en su Evangelio. Sitio de la transfiguración, lugar de luces y sombras, de silencios y palabras elocuentes, reúne en sí, dos montes: el monte de la gloria, del encuentro con Dios, y el Gólgota, lugar del silencio de Dios, pero también de la gloria. En los dos, de igual modo, la fe se ve fortalecida. ¡A subir los dos montes, en esta Cuaresma!
Oración:


Te alabo, Padre Dios,
porque en Cristo nos das el modelo a seguir:


+ en la oración
+ en la toma de decisiones
+ en la pasión por tu Reino de amor


¡Bendito seas, oh Padre!
Yo también quiero,
ser dócil al Espíritu
en esta Cuaresma,
Y cumplir en todo tu voluntad.
como lo fue Jesús en el desierto.


Amén.
Con afecto,
fr Pepe op
+++


II Domingo de Cuaresma


Domingo 1 de marzo de 2015
Del santo Evangelio según san Marcos (9,2-10)
En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.


Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.


Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esa nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús, que estaba solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”.

El comentario de Fray Pepe

Enlaces a esta entrada

¡Hola a todos!

    De nuevo, Cuaresma, la subida al Gólgota en este 2015. Llega no porque nosotros la busquemos, sino porque es el Señor Jesús quien nos busca y nos quiere cerca. Porque quiere servirnos y capacitarnos para amar, con el servicio humilde de lavarnos los pies, nuevamente.

    El desierto, con el que se abre el camino cuaresmal en el evangelio de Marcos, es un lugar lleno de dinamismo, donde Jesús se encuentra rodeado de ángeles y del Tentador. Donde también coincide la creación entera, en ese cruce de nuestro pecado y la misericordia divina. La tentación se presenta en el Hijo del Hombre, quien no se da por vencido. Al contrario, nos enseña con generosidad a estar siempre alerta, a confiar más en Dios nuestro Padre, que en nuestras propias fuerzas, y a proclamar el tiempo de gracia que se abre ante nosotros: ¡el Reino está ya cerca! ¡Conviértete, cree en la buena noticia! ¡Déjate madurar al calor del sol y de la prueba!

+++

Oremos juntos durante esta Cuaresma:

1. Por la Iglesia, empujada por el Espíritu, al desierto, como Cristo. Para que se vea fortalecida en la lucha contra las fuerzas del mal.
2.Por todos los cristianos. Para que esta Cuaresma sea un tiempo de conversión.
3. Por los difuntos, especialmente los de nuestras familias y  nuestra comunidad. Para que pronto vean el rosto del Señor.
4. Para que reine la paz en la humanidad.

¡Muchas gracias a Mine por compartir en este tiempo fuerte las preces!
Seguimos en contacto, que el Señor les conceda vivir esta Cuaresma con abundantes frutos espirituales. Les mando un saludo,

Fr. Pepe op 

+ + +
I Domingo de Cuaresma
Domingo 22 de febrero de 2015


Del santo Evangelio según san Marcos (1,12-15)


En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió entre los animales salvajes, y los ángeles les servían.

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo, y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”.

El comentario de Fray Pepe.

Enlaces a esta entrada

Queridos hermanos:
En esta ocasión comentaré el Evangelio desde dos vertientes:
1. La primera, que es la lección más fácil, es resaltar las virtudes de Jesús y su disponibilidad para curar al leproso, que le pide sin pedir su curación. "Sí, quiero, ¡queda limpio!" ¡Jesús siempre va a querer nuestro bien! Jesús cercano, Jesús congruente, Jesús pobre y obediente. Sin duda, es bueno recordarlo y agradecerlo a nuestro Padre Dios.
2. La otra lección es la más ardua. No por nada este pasaje cierra el capítulo 1 en el Evangelio de Marcos. ¿Por qué si Jesús hace tanto bien, atiende a tanta gente, predica y sana, termina marginado, fuera de los pueblos, en lugares solitarios? ¿No es quizá el efecto contrario a su deseo: estar cerca de los que lo necesitan? Por una parte, cierto, se divulga la fama de Jesús-Taumaturgo. Y más, con este leproso que queda sano. Y con razón: ¡Quién no quisiera quedar libre de sus dolencias y enfermedades..! En el propio texto de Marcos, por otra parte, se va sugiriendo el tema del "secreto mesiánico": Jesús pide a los que son beneficiados por su intervención que guarden silencio. Este sigilio buscaría el proceso de adhesión integral de la persona humana al mensaje de salvación: que a la curación física y espiritual, siga la conversión. Así inicia de hecho la predicación de Jesús en Marcos: “Se ha cumplido el tiempo, y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,15)”. El leproso de la historia de hoy, falla en dos aspectos: no sólo desobedece a Jesús al divulgar la noticia de su curación, sino que además como que pretende usurpar el lugar de Jesús: no se ve que quiera recorrer el camino ordinario que le recuerda Jesús, de presentarse a los sacerdotes y cumplir las prescripciones rituales del Levítico. La buena noticia pareciera ser entonces su curación particular, y no la más integral: el Evangelio de la vida, la presencia de Jesús entre nosotros, la necesidad de ese Encuentro. ¿Se puede entonces "robar reflectores", "usar" a Jesús en estos casos?
3. Como evangelizadores, discípulos misioneros, hay que estar siempre en proceso de camino, de conversión, para adquirir la fineza y misericordia necesarias y pedir con humildad, para reconocer los bienes recibidos, para saber aguardar la intervención de Dios, para hacer brillar el rostro de Cristo Jesús detrás del nuestro. Aunque la curación sea individual, aunque la intervención nos beneficie directamente, siempre procuremos ser medios, índices que señalen al Autor de la Vida, al Salvador; que favorezcan, en nosotros mismos y en los demás, el Encuentro liberador e integrador.
+ + +
Ya se acerca la Cuaresma, que este Miércoles de Ceniza, 18 de febrero, sea un momento de retomar el caminar con Cristo, de emprender una nueva ruta, renovada y renovadora, hacia la Pascua 2015. Ya en su momento iremos desgranando los temas de este año para el caminar cuaresmal y pascual.
Un abrazo a todos,
fr. Pepe op
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


VI Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 15 de febrero de 2015
Del santo Evangelio según san Marcos (1,40-45)
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarles de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana!”. Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se los cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.
Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a dónde acudían a él de todas partes.

Comentario al Evangelio por Fray Pepe desde Chihuahua, México.

Enlaces a esta entrada

¿Cómo están todos, queridos hermanos?

Sabemos que el domingo es el Día del Señor, y que entre todas las actividades familiares y laborales, es necesario pasar con Él algunas horas. ¿Pero qué tal pasar todo un día en su Presencia? ¿Lo han hecho alguna vez? ¿Recientemente? Eso es, a fin de cuentas, un retiro...

Bien, Marcos en su Evangelio nos regala un retiro con Jesús, un día completo con Él en Cafarnaum. Si leemos el texto del domingo pasado y el de este domingo, tendremos ese día completo. Un sábado memorable, de los inicios de la vida pública de Jesús. Jesús predica en la sinagoga; Jesús cura primero al poseído, luego a la suegra de Pedro y a muchos otros más, que le presentan. Descansa un rato, y a la madrugada, se va a un lugar solitario, a orar. Y al amanecer, ¡a seguir recorriendo pueblos y aldeas de Galilea! 

Fijémonos cómo en este relato, Jesús dedica tiempo a Dios y a los demás. Jesús también se nutre de lo mejor de la casa del Padre: orando, encuentra fuerza, inspiración, ánimo, para formular el proyecto de predicación del Evangelio, junto con su Padre y nuestro Padre.

Está entonces, el reto de pasar un día con Jesús, más seguido. Está el revisar cómo invertimos nuestro día, de modo que siempre tengamos tiempo para Dios en la oración, tiempo para los demás en el servicio, tiempo para uno mismo, en actividades que nos nutran y nos hagan una mejor persona.
Sigamos adelante, pronto, porque Jesús, ¡ya salió en búsqueda de los hijos de Dios!

+ + +

   Me han pedido oración por varios niños de esta comunidad, que padecen diversas enfermedades: cáncer, problemas respiratorios, insuficiencia cardíaca, y varios que están por nacer en las siguientes semanas. Ténganlos en su oración, más todas sus intenciones, que presentaré puntualmente en el Santo Sacrificio del Altar.

Un abrazo, saludos a todos, en marcha,

fr. Pepe op

+ + +

V Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 8 de febrero de 2015


Del santo Evangelio según san Marcos (1,29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y de Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

¡Basta Ya!

Enlaces a esta entrada


HOMILÍA DE FRAY RAÚL VERA LÓPEZ, O. P.

OBISPO DE SALTILLO

EN LA PEREGRINACIÓN DE LOS PRESBÍTEROS

Y LOS SEMINARISTAS DE LA DIÓCESIS

AL SANTUARIO DE GUADALUPE

EN SALTILLO, COAH.

5 DE DICIEMBRE DEL 2014


Dios se está manifestando en la voz de las víctimas

El Señor Jesús, a aquellos dos ciegos que tenían confianza de que él les hiciera ver, les abrió los ojos y vieron (Cf.Mt.9,27-31). Pero Él, que no quería aparecer como un taumaturgo, es decir, un fabricante de milagros, les ordenó que no lo dijeran a nadie, porque su principal tarea era realizar el encantador milagro de la transformación total del hombre, interior y exterior, toda su persona, su cuerpo y su alma, todo él. Él no vino a transformar a unas cuantas personas, sino que vino para transformar a la entera familia humana; sin embargo, aquellas personas que habían sido ciegas, difundieron por todas partes lo que Jesús había hecho por ellas.

Esto está sucediendo ahora. No se puede evitar que Jesús abra los ojos de sus hijas y sus hijos. Algunos quisieran que permaneciéramos ciegos, que la gente creyera que tiene que resignarse a la muerte provocada por injusticias; quisieran ver a un pueblo resignado a padecer la impunidad; les gustaría que no se señalara la corrupción. Esto es imposible porque, en primer lugar cuando creó Jesús junto con su Padre Celestial y el Espíritu Santo el único Dios, al ser humano, lo creó a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que el hombre y la mujer están dotados de inteligencia y voluntad y, aún cuando esa inteligencia y esa voluntad se dañaron por el pecado, Jesús vino a perdonar ese pecado y a introducir en el hombre la vida divina, porque Dios necesita del ser humano para construir el mundo conforme a sus designios.

Esto es lo que no quieren entender quienes están destruyendo el mundo, quienes están destrozando a México: Que las ciudadanas y los ciudadanos siempre vamos a reclamarles que nosotros queremos ser parte de la construcción de la historia del bien y de la justicia. En este momento les resulta inaceptable el reclamo del pueblo ante la serie de injusticias que han venido cometiendo, injusticias del tamaño de la cometida por el Estado Mexicano en Iguala, Guerrero. Aquí en Saltillo, y en Coahuila, conocemos de desaparecidos. Concretamente las personas que vienen al Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, saben y denuncian en dónde está implicados cuerpos policiacos, cuándo es personal del ejército y cuándo son los grupos del crimen organizado, pero también se dan cuenta de las complicidades entre los funcionarios públicos y los criminales incrustados dentro del Gobierno u organizados como mafias a través de cárteles, en la sociedad civil. Lo que arroja como resultado, la impunidad en la que se mantienen las acciones criminales de las desapariciones forzadas de muchos ciudadanos. Y esto es responsabilidad del Estado mexicano.

Ayotzinapan puso de manifiesto situaciones criminales mantenidas por años en la impunidad por todo el país

Lo que ha pasado en Ayotzinapa, es que todo ha sido cometido bajo la luz pública. A esos jóvenes normalistas se los llevó la policía públicamente y la gente sabe que el municipio con su autoridad principal, su alcalde, el cuerpo de seguridad pública y todo lo que está al servicio de aquel municipio, es parte del Estado mexicano, pues el municipal es uno de los niveles que junto con el estatal y el federal, constituye los tres niveles de Gobierno del Estado mexicano. Desde el momento en que el alcalde los pone bajo un mando suyo, se hace responsable de su desaparición, y por lo tanto debe ser considerado como crimen de Estado.

Ahora intentan hacernos ver que los captores de los jóvenes de la Normal Rural eran unos paramilitares al mando del Alcalde Abarca, intentando con esto decirnos que no eran policías del municipio, sino un grupo armado particular del alcalde. Sabemos que en los municipios y estados de la República, las autoridades están creando grupos armados que llaman de reacción rápida, o algo parecido. El estado de Coahuila tiene “oficialmente” a los GATES y en la pasada administración del municipio de Saltillo se creó a los GROMS, que son grupos que funcionan como parte del Estado para mantener la seguridad. Ambos grupos han sido denunciados como torturadores y asesinos, no sólo de migrantes y presos, sino de la ciudadanía en general. Todos entendemos que oficialmente son parte del Estado de Coahuila, así que son instrumentos del Estado y punto.

Dios está interviniendo en la historia y nuestra madre Santísima de Guadalupe dijo que iba a estar al pendiente de nosotros. Con la ayuda de Dios que sostiene a sus hijas e hijos, y con la luz que nos proporciona nuestra fe en la persona de Jesús, y en el evangelio que Él predicó, podemos distinguir el bien del mal, mientras permanecemos en esta tierra. Esto es lo que no quisieran que aconteciera quienes desean permanecer en la oscuridad con sus crímenes. Por esa razón nos quieren acallar cuando les reclamamos sus injusticias, su corrupción y su impunidad. ¿Qué solución van a dar? Ya lo escuchamos en estos días en palabras del propio presidente Peña Nieto: Más represión todavía.


¿No quieren gobernar bien? ¡Que se vayan!


Al leer al profeta Isaías les decimos a partir de nuestra fe, que ya basta con sus crímenes, que ya basta con su corrupción, que ya basta con su impunidad; pero no solamente les decimos eso, sino que les anunciamos con el evangelio lo que dice Dios desde la antigüedad:


“Falta poco, muy poco tiempo para que el Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque; aquel día los sordos escucharán un libro y verán los ojos de los ciegos libres de tinieblas, los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más abandonados se regocijarán en el santo de Israel” (Is 29,17-19).

San Pablo, en la Carta a los Romanos dice que el Espíritu Santo viene en ayuda de nosotros para que conozcamos qué cosa debemos pedirle a Dios en nuestra oración (Cf. Rm 8,26-27). Nos preguntamos ¿Cómo viene en ayuda de nosotros el Espíritu Santo? Para hacernos comprender desde el evangelio de Jesús, que para bien de todas y todos en la sociedad, debe establecerse la paz, y que para mantenerla hemos de vigilar que prevalezca la justicia en las relaciones humanas; pero si ésta llega a faltar, debemos exigir a la autoridad pública el fortalecimiento de la justicia, pues a todo el cuerpo político del Estado le compete el establecimiento de la justicia y el derecho. Nosotros sabemos que Dios ha venido iluminando a través de la historia al ser humano, por medio de innumerables discípulas y discípulos de Cristo, y miles de personas adheridas a los valores universales que rigen las relaciones humanas perdurables entre las mujeres y los hombres de la sociedad, para que cada día encontremos la manera más perfecta de establecer el derecho y la justicia, mediante la colaboración de personas honestas, que surgen de la organización histórica de los mismos pueblos y que son delegados por ellos para estar al frente como gobernantes suyos.

Esto es lo que quieren los malos gobernantes, que no veamos, que permanezcamos ciegos ante sus fechorías, y por eso dicen que cuando reclamamos las injusticias, estamos desestabilizando el país, que buscamos derrocar al gobierno. No, señor, lo que quiere este pueblo es que se gobierne bien y si no quieren gobernar bien, pues que se vayan.


La sorpresa inaudita del actuar de Dios en la historia


Miremos más adelante el texto de Isaías que se proclamó hace un momento:

“Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, porque así nomás perjudican al justo” (Is. 29,20-21).

Para entender el sentido de este texto, importante para iluminar nuestra actuación cristiana ante la grave situación por la que atraviesa México, hago referencia al final del texto del profeta Isaías que se proclamó antes, y unas palabras de Jesús, primero, ante sus discípulos durante la última cena y, después, ante Poncio Pilato, durante el juicio con el que el procurador romano lo condenó a muerte.


Isaías dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los inconformes aceptarán la enseñanza” (Is 29,24). En este texto Dios anuncia por medio de su profeta que lo que lleva a la reconciliación tanto de quien provoca las injusticias como de quien se inconforma por ellas, es la verdad. La misma que rompe con el círculo vicioso de la impunidad que lleva a que se multipliquen los crímenes del tirano. La verdad saca del extravío por donde el tirano conduce a la sociedad, y lo obliga a aceptar la responsabilidad de sus delitos. La verdad que rompe con la impunidad, devuelve la tranquilidad a la sociedad que se había inconformado contra la dictadura del tirano.


Jesús, ante sus discípulos oró así por ellos a su Padre del cielo: “Conságralos en la verdad, tu palabra es la verdad… Yo por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también queden consagrados en la verdad” (Jn17,17.19). En este sentido, la consagración significa entregarse totalmente por la verdad; Jesús murió por la verdad, como si dijera ‘yo me consagro en sacrificio por la verdad’. Ante Pilato, cuando éste insistía en preguntar si verdaderamente era rey, Jesús le contestó: “Sí, como tú dices, soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Poncio Pilato estaba muy lejos de la verdad porque su interés no era el bienestar de aquel pueblo, pues el pueblo al que se debería de gobernar a nombre de sus amigos, de sus compañeros tiranos, tenía como interés primordial explotar, exprimir y aplastar. Por eso, ante esta respuesta de Jesús, Pilato le preguntó a Jesús “¿Y qué es la verdad?” (Cfr. Jn 18,32-38). Jesús consagró su vida por la verdad, estaba siendo llevado al sacrificio porque nunca negó la verdad que el Padre le ordenó enseñar, y sus discípulos, por ese sacrificio suyo, quedamos consagrados a defender y difundir la verdad que nos entregó en su evangelio. Con este propósito, durante la última cena de Jesús con sus discípulos había pedido ante su Padre, refiriéndose a ellos: “Yo me consagro a mí mismo, para que queden consagrados en la verdad”.


Desde entonces el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda como, dice San Pablo, para que conozcamos la verdad de lo que debe ser una nación organizada en la justicia y el derecho; de lo que debe ser un pueblo que vive con dignidad; una auténtica manera de gobernar y un sistema económico justo. Es decir, el verdadero modo de organizar el mundo. Esto es lo que nos enseña el evangelio, esto es lo que nos enseña Dios y no se puede encerrar esa verdad en los templos. No podemos nosotros sino permanecer en la verdad que nos enseñó Jesús, debemos proclamarla, debemos organizarnos para vivirla.


Cuando dice Isaías, los extraviados llegarán a entender, ¿Qué está anunciando el profeta? Sin duda que esas palabras nos invitan a preguntarnos ¿Cómo vamos a anular el poder destructor que tienen los corruptos? La primera respuesta que salta es: Por medio de la justicia. Desgraciadamente ellos tienen un poder que resulta nefasto, con la multiplicación de las injusticias ¿Cómo vamos a amarrar y a destruir las mentiras que dicen? Por medio de la verdad que sale de nuestro pueblo, por medio de la denuncia de nuestro pueblo y que debe ser escuchada en los tribunales, donde debe haber juezas, jueces, ministras y ministros que trabajen honestamente y que sean justos. Por eso qué importante es que se denuncie en este momento la injusticia y la corrupción tan cínica que estamos evidenciando. Resulta impresionante que esto haya empezado por medio de unos jóvenes, así que no podemos dejarlos solos; no podemos olvidar a tantos jóvenes que esperan un futuro mejor. Por otra parte, ¿Vamos a dejar que la infancia de nuestro país viva en una Nación hecha polvo, y a merced de unos corruptos? ¿Cómo vamos a dejar solas a esas criaturas?. Dios nos llama por medio de las personas más indefensas a restaurar esta Nación.


María de Guadalupe, signo de esperanza e interpelación

También María de Guadalupe nos vino a anunciar el evangelio del amor y la justicia, nos vino a anunciar el evangelio de la verdad, y a San Juan Diego le pidió una colaboración decidida con ella. No le admitió ninguna excusa, lo mandó regresar a casa del Obispo para obtener de él lo que ella pedía -tener una casita donde escuchar nuestros ruegos, nuestras aflicciones y lamentos-, por lo que le ordenó que pusiera en ello “todo su empeño”. Tampoco hoy María nos admite cobardías, ni perezas, y mucho menos indolencia. No quiere pastores que huyan y se escondan frente a los lobos o peor todavía, que se asocien con los lobos por medio del silencio cómplice ante la destrucción de su pueblo.

En María de Guadalupe hemos puesto desde un principio el proyecto pastoral de nuestra Diócesis, pues por medio de él buscamos llevar hasta la madurez cristiana, primero a nuestras propias personas, como pastores de este pueblo que somos, y luego, a todas y todos nuestros fieles para que, madurando en su fe de discípulas y discípulos de Cristo, junto con tantas personas de buena voluntad que pertenecen a otras confesiones y otros credos o, simplemente, no están adheridas a credo alguno, seamos quienes verdaderamente dictemos lo que debe ser este país, de modo que toda injusticia, toda corrupción e impunidad, queden superadas por una nueva organización de nuestra patria, fundada en la fuerza de la justicia y el derecho, y en el impulso suave del amor y la compasión hacia nuestras hermanas y hermanos que están sufriendo.

Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre la figura de Tomás de Aquino

Enlaces a esta entrada
Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre la figura de Tomás de Aquino

Benedicto XVI ha retomado sus catequesis sobre los teólogos del periodo medieval y ha ilustrado, en la plaza de san Pedro, algunos aspectos de la figura de la obra de Santo Tomás de Aquino.

3 de junio de 2010


Queridos hermanos y hermanas:
Al retomar hoy las catequesis dedicadas a los grandes santos del medievo, me gustaría presentar la vida de Santo Tomás de Aquino, llamado también el Doctor Angelicus por la sublimidad de su pensamiento y pureza de vida.
Nació en torno al mil doscientos veinticinco en el seno de una familia noble, en Roccasecca, cerca de la Abadía de Montecasino. Siendo muy joven fue enviado a la Universidad de Nápoles, asomándose allí por vez primera al pensamiento de Aristóteles y experimentando a su vez la llamada a la vida religiosa. Al tomar el hábito dominico, comienza sus estudios en París, donde conoce a San Alberto Magno. Trasladados ambos a Colonia fundan un centro teológico. En estos años, Tomás profundiza en la obra aristotélica, dedicándose a comentarla en gran parte y demostrando la armonía que existe entre fe y razón. En los años sucesivos enseñará en París, estará al servicio de diversos Papas, y residirá en Orvieto, Nápoles y Roma.
Entre su ingente producción literaria, destacan los hermosísimos himnos litúrgicos para la fiesta delCorpus Christi, y su obra cumbre, la Summa Theologiae. Fue un santo muy apostólico, dedicándose continuamente a predicar a los fieles; y fue un teólogo de profunda humildad, llegando a catalogar su obra como “un montón de paja” comparada con la verdad y la sublimidad de Dios. Santo Tomás muere en la Abadía de Fossanova, cuando se dirigía a Lión para participar en un concilio ecuménico.
Leer la catequesis completa

Enlaces a esta entrada
HOMILIA CARDENAL NEWMAN: ¡VELAD!
(Ver tambien en Devocion Catolica)




por John Henry Cardenal Newman

¡Mirad!, ¡velad!, porque no sabéis cuándo será el tiempo”.
Mc. XIII:33



Nuestro Salvador formuló esta advertencia cuando estaba por dejar este mundo—esto es, en lo que a su presencia visible se refiere. Pero contemplaba el futuro, dirigía su vista hacia los muchos cientos de años que habrían de pasar antes de que volviera. Conocía su propósito y el propósito de su Padre, dejando gradualmente al mundo para que se arreglara por sí mismo, quitando gradualmente las prendas de su graciosa presencia. Contemplaba todo lo que sucedería… contemplaba todas las cosas, la creciente negligencia respecto de su persona, negligencia que se extendería incluso entre los que se profesaban seguidores suyos; la descarada desobediencia y las insultantes palabras que le dedicarían a Él y a su Padre de parte de muchos que Él había regenerado: y la frialdad, cobardía y tolerancia para con el error que desplegarían otros que no llegaban tan lejos como para directamente hablar o actuar en su contra. Anticipaba el estado del mundo y de la Iglesia, tal como la vemos hoy en día, cuando su prolongada ausencia ha hecho que prácticamente se crea que nunca más volverá con presencia visible: y en el texto que nos ocupa nos susurra misericordiosamente a los oídos que no confiemos en lo que vemos, que no compartamos esa general incredulidad, que no nos dejemos llevar por el mundo, sino que “miremos, vigilemos y recemos” y esperemos Su Venida.

Por cierto que deberíamos tener presente esta graciosa advertencia en todo tiempo, siendo que es tan precisa, tan solemne, tan seria. Profetizó su Primera Venida y sin embargo tomó por sorpresa a su Iglesia cuando vino; mucho más repentina será la segunda vez, cuando sorprenda a los hombres con su Parusía, ahora que no ha indicado intervalo de tiempo alguno como sí lo hizo otrora, sino que dejó librada a nuestra vigilancia la guarda de nuestra fe y la custodia de nuestro amor.

Consideremos pues esta cuestión tan grave que a todos nos concierne de manera tan íntima: ¿en qué consiste esto de vigilar, de velar por la venida de Cristo? Él nos dice: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa, si en la tarde, o a la medianoche, o con el canto del gallo, o en la mañana, no sea que volviendo de improviso os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc. XIII:35-37). Y en otro lugar: “Si el dueño de casa supiese a qué hora el ladrón ha de venir, no dejaría horadar su casa.” (Lc. XII:39). Advertencias parecidas, tanto de Nuestro Señor como de sus Apóstoles, se hallan en otros lugares. Por ejemplo está la parábola de las Diez Vírgenes, cinco de las cuales eran sabias y cinco necias, que resultaron sorprendidas por el novio que se demoraba y que apareció de repente hallándolas desprovistas de aceite. Sobre lo cual, comenta Nuestro Señor: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. (Mt. XXV:13). Y otra vez: “Mirad por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y embriaguez, y con cuidados de esta vida, y que ese día no caiga de vosotros de improviso, como una red; porque vendrá sobre todos los habitantes de la tierra entera. Velad, pues, y no ceséis de rogar para que podáis escapar a todas estas cosas que han de suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc. XXI:35-36). Y de igual manera lo retó a Pedro en términos parecidos: “Simón, ¿duermes? No pudiste velar una hora?” (Mc. XIV:37).

De manera parecida San Pablo en su Epístola a los Romanos: “Hora es ya que despertéis del sueño… La noche está avanzada, y el día está cerca” (Rom. XIII:11, 12). Y nuevamente: “Velad; estad firmes en la fe; comportaos varonilmente” (I Cor. XVI:13); “Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos con la armadura de Dios, para poder sosteneros contra los ataques engañosos del diablo… para que podáis resistir en el día malo, y habiendo cumplido todo, estar en pie” (Ef. VI:10, 13); “No durmamos como los demás; antes bien velemos y seamos sobrios” (I Tes. V:6). Y de modo parecido, San Pedro: “Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar” (I Pet. V:8). No menos que San Juan: “He aquí que vengo como ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus vestidos” (Apoc. XVI:15).

Ahora bien, considero que esta palabra, velad, usada originalmente por Nuestro Señor, luego por su discípulo preferido, luego por los dos grandes Apóstoles, Pedro y Pablo, es una palabra notable, notable porque la idea que expresa no resulta tan obvia como podría parecer a primera vista, y luego porque todos insisten tanto en ella. No es que tengamos que creer simplemente, sino velar también; no basta con amar, sino que tenemos que velar también; simplemente obedecer, sino velar también; velar, estar vigilantes—¿por qué cosa? Por ese gran acontecimiento, la Segunda Venida de Cristo. Por tanto, ora nos detengamos a considerar el sentido obvio de la palabra, ora el Objeto sobre el cual versa, nos parece ver que se nos insta a un deber especial que naturalmente no se nos habría ocurrido. La mayoría de nosotros tiene una idea general sobre qué se quiere significar con las palabras creer, temer, amar y obedecer; pero a lo mejor no contemplamos o no entendemos enteramente lo que se quiere decir con velar, con estar vigilantes.

Y me da por pensar que es una herramienta muy práctica para distinguir entre los verdaderos y perfectos sirvientes de Dios y la multitud de los llamados cristianos; distinguir entre ellos, entre quiénes son, no diré falsos o reprobados, pero cuyo mismo talante hace que no podamos decir gran cosa sobre ellos, ni hacernos demasiada idea de cuál será su suerte. Y al decir esto, no vayan a entender que estoy sugiriendo—pues en modo alguno lo estoy haciendo—que podamos tener por cierto quiénes son los perfectos y quiénes son los cristianos incompletos o de doblez; ni tampoco que aquellos que discurren e insisten sobre estos tópicos parusíacos se encuentran del lado bueno de la divisoria. Sólo me refiero a dos tipos de personalidades: uno de carácter veraz y consistente y aquel otro—el inconsistente; y digo que serán separados no poco por este único rasgo—los cristianos dendeveras, sean quiénes sean, vigilan, y los cristianos inconsistentes, no. Pues bien, ¿qué es vigilar?

Se me ocurre que se puede explicar como sigue: En el curso ordinario de la vida—¿conocen la sensación de estar esperando a un amigo, anticipando su llegada y luego resulta que se demora? ¿Saben lo que es pasarla en compañía desagradable, deseando que el tiempo pase de una vez y llegue la hora en que se los deje en libertad? ¿Han visto lo que es estar ansiosos no sea que algo suceda, que bien puede que ocurra o que no, o vivir en suspenso respecto de algún acontecimiento importante que nos hace latir el corazón cada vez que nos acordamos y que es la primera cosa en la que pensamos al despertar por la mañana? ¿Saben cómo es tener un amigo en un país distante, estar esperando noticias suyas y andar preguntándose día tras día sobre cómo andará y si acaso está bien? ¿Han experimentado lo que es vivir pendiente de alguien presente, que vuestra mirada sigue la de él, que leen su alma, que advierten cada cambio en su semblante, que anticipan sus deseos, que los hace sonreír si sonríe, y que los entristece si está triste, y que los apena si está enojado y cuyos triunfos los llena de gozo? Velar por Cristo es un sentimiento análogo; en la medida en que los sentimientos de este mundo valen como sombras de aquél otro.

Vela por Cristo quien dispone de un alma sensible, solícita, receptiva; un alma viva, atenta, alerta, celosa en su búsqueda y de Su honra; que lo busca en cada cosa que sucede, y que no se sorprendería, que no se hallaría sobre-excitado ni abrumado si cae en la cuenta de que Él está por venir en seguida.

Y quien anticipa el futuro, pero también contempla el pasado (y lo hace de tal modo que no se admira de los bienes que adquirió su Salvador para él de tal forma que vaya a olvidar cuánto no sufrió por él), pues bien, ése vigila con Cristo. Vela con Cristo quien en todo tiempo conmemora y renueva en su propia persona la Cruz y Agonía de Cristo y que acepta gozoso aquella manta de aflicción que Cristo usó cuanto estuvo entre nosotros y que dejó tras suyo cuando ascendió a los cielos. De aquí que en las Epístolas, así como también los autores inspirados, a menudo exhiben su deseo por su Segunda Venida, bien que tampoco por eso jamás dejan de tener presente su Crucifixión y su Resurrección. Así, si San Pablo le recuerda a los romanos que deben esperar la redención de su cuerpo en el último día, también agrega que “si sufrimos juntamente con Él, también seremos glorificados con Él” (Rom. VIII: 11, 17). Y si le habla a los Corintios de “aguardar la revelación de nuestro Señor Jesucristo” (I Cor. I:7), también les habla de llevar “por doquiera en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor. IV:9). Y cuando a los Filipenses les habla de “la virtud de la Resurrección”, inmediatamente insta a “la participación de sus padecimientos—conformados a la muerte Suya” (Fil. III:10). Si consuela a los Colosenses con la esperanza de aquella hora “cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo” (Col. III:4), es porque ya les había declarado que suple “en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor del Cuerpo Suyo que es la Iglesia” (Col. I:24). Así, el pensamiento de lo que es Cristo no debe remover de nuestras mentes el pensamiento de lo que fue; y la fe siempre está penando con Él mientras se regocija. E igual unión de pensamientos contrarios se nos imprime con la Santa Comunión, en la que vemos la muerte y la resurrección de Cristo a una, como una y la misma cosa al mismo tiempo; conmemoramos una, nos regocijamos en la otra; hacemos una ofrenda y obtenemos una bendición.

Por tanto, esto es velar: estar desapegados del presente y vivir en lo que es invisible; vivir pensando en el Cristo—cómo vino una vez, cómo volverá; desear su Segunda Venida y que ese deseo proceda del recuerdo afectuoso y agradecido por su venida aquella primera vez. Y en esto encontraremos que en general los hombres se muestran deficientes. Por cierto que también les falta fe y caridad; pero por lo menos profesan contar con esas gracias y no resulta fácil convencerlos de que no es así. Pues consideran que tienen fe si reconocen que la Biblia es palabra de Dios o si confían enteramente su salvación a Cristo; y consideran que tienen caridad si obedecen a algunos de los mandamientos más obvios de Dios. Creen tener fe y caridad; pero den por descontado que ni se les ocurre imaginar siquiera que velan. Lo que significa velar, y cómo se trata de un deber—sobre eso no tienen ninguna idea precisa. Y así es que el asunto este de velar, de paso viene a constituirse en prueba apropiada para establecer quién es cristiano, toda vez que resulta una faceta esencial de la fe y del amor. Aun así los hombres de este mundo ni siquiera lo profesan. E insisto: velar es propiedad específica de la fe y del amor, constituye la vida o la energía de aquellas virtudes y es el modo en que, si son genuinas, se manifiestan.

Resulta fácil ejemplificar lo que quiero decir con ejemplos de experiencias de la vida que todos tenemos. Indudablemente son muchos los que se mofan abiertamente de la religión, o que al menos desobedecen abiertamente sus leyes; mas consideremos aquellos que tienen almas un poco más sobrias y son un poco más concienzudos. Cuentan con un buen número de cualidades, y en cierto sentido y hasta cierto punto se puede decir que son religiosos. Pero no velan. Brevemente dicho, sus nociones acerca de la religión son éstas: se trata de amar a Dios, sin duda, pero también de amar al mundo; no sólo cumpliendo con su obligación sino también encontrando su principal y más elevado bien en aquel estado al que Dios ha querido llamarlos, descansando en eso, tomándolo como debido. Sirven a Dios, y lo buscan; pero contemplan al mundo presente como si fuera eterno, no como un telón de fondo, el paisaje meramente pasajero detrás de los deberes que tienen que cumplir y de los privilegios de que disfrutan—nunca contemplan la perspectiva de que un día serán separados de todo eso. No es que vayan a olvidarse de Dios, ni que dejen de vivir según sus principios, o que se olviden de que los bienes de este mundo son Su regalo; pero los aman por sí mismos más que por gratitud a su Dador, y cuentan con que estas cosas van a permanecer—como si esos bienes fueran a permanecer tanto como sus deberes y privilegios religiosos. No entienden que son llamados a ser extranjeros y peregrinos sobre esta tierra, y que su suerte en este mundo y los bienes mundanos que les tocó en suerte no son sino una especie de accidente de su existencia, y que en rigor no tienen derecho de propiedad sobre ellos, por más que las leyes humanas les garantice tal propiedad. Entonces, y de acuerdo con esto, ponen su corazón en estos bienes, sean grandes o pequeños, y todo esto con algún sentido de religión—pero en cualquier caso, idolátricamente. Ésta es su falta—una identificación de Dios con el mundo y por tanto una idolatría de este mundo; y así se ven libres de los trabajos que supone aguardar a su Dios, pues creen que ya lo han encontrado en los bienes de este mundo. Por tanto, mientras son dignos de alabanza por razón de muchos de sus comportamientos y si bien resultan benévolos, caritativos, gentiles, buenos vecinos y útiles para su generación—y más todavía, aunque quizás se muestren constantes en el cumplimiento de los deberes religiosos ordinarios establecidos por la costumbre, y si bien despliegan muchos sentimientos rectos y amables y son muy correctos en sus opiniones e incluso a medida que pasa el tiempo mejoran su carácter y su conducta, y corrigen mucha cosa en la que andaban mal, y ganan en dominio de sí, maduran el juicio y por tanto son tenidos en gran estima—aun así está claro que aman este mundo, se muestran renuentes a dejarlo y desean aumentar la cantidad de sus bienes. Les gusta la riqueza, la distinción, el prestigio y ejercer influencia. Puede que mejoren en conducta, pero no en sus objetivos; van para adelante, pero no ascienden; se mueven en un nivel bajo, y aun cuando se movieran para adelante durante siglos enteros, jamás se levantarían por sobre la atmósfera de este mundo. “Estaré en pie sobre mi atalaya, me apostaré sobre la muralla, y quedaré observando para ver qué me dirá Yahvé y qué responderá a mi querella” (Habacuc II:1). Éste es el ánimo, el talante que no tienen; y cuando pensamos cuán raro resulta encontrarlo entre los que se profesan cristianos, caeremos en la cuenta de por qué Nuestro Señor se muestra tan urgido en recordarlo—como si hubiera dicho “Les aviso, seguidores míos, mis discípulos, les advierto contra la abierta apostasía; no será con todos así; pero anticipo que muy pocos se mantendrán en vela y vigilantes mientras Yo esté fuera. Benditos los sirvientes que así lo hagan; pocos son los que me abrirán inmediatamente, ni bien golpee la puerta. Pues resulta que siempre van a tener que hacer algo antes; necesitarán de tiempo para prepararse. Tendrán que recuperarse de la sorpresa y confusión que caiga sobre ellos ni bien se enteren de mi Venida, y requerirán tiempo para prepararse adecuadamente y componer apropiadamente sus pensamientos y afectos. Se sienten muy bien así como están; y desean servir a Dios tal como lo están haciendo. Están satisfechos con permanecer sobre la tierra; no desean moverse; no desean cambiar.” Por tanto, sin negar que esta gente merezca alabanza por muchos de sus hábitos y prácticas, diría que les falta el corazón tierno y delicado que pende del pensar en Cristo y que vive en Su amor.

El hálito del mundo tiene un peculiar poder para lo que podría llamarse la oxidación del alma. El espejo dentro suyo, en lugar de devolver el reflejo del Hijo de Dios su Salvador, exhibe una imagen pálida y descolorida; y de aquí que disponen de mucho bien dentro suyo, pero sólo está ahí, dentro suyo—esa imagen no los atraviesa, no está a su alrededor y sobre ellos. Sobre ellos se encuentra otra cosa: una costra maligna. Piensan con el mundo; están llenos de las nociones del mundo y de su forma de hablar; apelan al mundo, y tienen una especie de reverencia para lo que el mundo tiene que decir. En esta gente uno encuentra ausente una cierta naturalidad, una sencillez y una aptitud infantil para ser enseñados. Resulta difícil conmoverlos, o (lo que podría decirse) alcanzarlos y persuadirlos para que sigan un rumbo recto en materia religiosa. Se apartan cuando uno menos lo espera: tienen reservas, hacen distinciones, formulan excepciones, se detienen en refinamientos, en cuestiones en las que al final no hay sino dos lados, el bueno y el malo, la verdad y el error. En tiempos en que deberían fluir cómodamente, sus sentimientos religiosos se traban; en su conversación, o bien se muestran tímidos y nada pueden decir, o bien parecen afectados y tensos. Y así como el óxido corroe el metal y se lo devora, así el espíritu del mundo penetra más y más profundamente en el alma que alguna vez lo dejó entrar. Y así parece que este es uno de los grandes fines de la aflicción, esto es, que frota, raspa y limpia el alma de estas manchas exteriores y en alguna medida la mantiene en su pureza y luminosidad bautismal.

Pues bien, por cierto que no puede dudarse de que en la Iglesia hay multitud de gente como la que he estado describiendo y que no podrían darle de inmediato la bienvenida al Señor cuando su Segunda venida. Claro que no podemos aplicar lo que se ha dicho a este o a este otro individuo en particular; pero en general, mirando a las multitudes, tampoco nos podemos equivocar. Puede haber excepciones; pero después de separar a la mayor cantidad con toda clase de deducciones, tiene que quedar un gran cuerpo de gente que responde a esta etopeya: gente con cierta doblez, tratando de componer cosas incompatibles. De esto podemos estar perfectamente seguros, bien que Cristo nada dijo sobre el particular. Y es una idea solemne y grave, ésta de que de hecho Cristo específicamente nos llamó la atención sobre este peligro, el peligro de la religiosidad mundana, pues así se puede llamar, por más que sea una cierta religiosidad—esta mezcla de religión e infidelidad, que en verdad sirve a Dios, pero que ama las modas, las distinciones, los placeres, las comodidades de esta vida, que se complace en la prosperidad, que ama la pompa y las vanidades, que exhibe tantas particularidades respecto de la comida, el vestido, la casa, el mobiliario y los asuntos domésticos, que corteja a los prominentes y que apunta a obtener una posición en la sociedad. Cristo le advierte a sus discípulos del peligro de permitir que sus almas se distraigan y ya no piensen en Él, no importa cuál el motivo; les advierte contra todas las distracciones, contra todos los encantos de este mundo; les advierte solemnemente que el mundo no estará preparado para Su Venida y les implora tiernamente que no tengan parte alguna de este mundo. Les advierte con el ejemplo del rico cuya alma sería llamada, con el de los sirvientes que comían y bebían porque el Amo tardaba, con el de las vírgenes necias. Cuando Él venga, todos y cada uno de ellos querrá más tiempo; sus cabezas estarán confundidas, sus ojos mareados, la lengua seca, las piernas temblando como a quién se lo despierta repentina y abruptamente. De inmediato no podrán recomponer sus sentidos y facultades. ¡Temible idea! El cortejo nupcial pasa raudo—hay ángeles ahí, los justos y perfectos están ahí, niños pequeños y maestros santos, los santos revestidos de luz y los mártires lavados en sangre; han llegado las bodas del Cordero y Su esposa se ha preparado. Ya se ha atildado: mientras nosotros hemos estado durmiendo, ella se está revistiendo; ha estado agregando joya sobre joya y gracia sobre gracia; se ha ido rodeando de sus elegidos, uno por uno, y ha estado ejercitándolos en santidad y purificándolos para su Señor; y ahora ha llegado la hora de la boda. La Jerusalén Celestial está descendiendo y una voz proclama en alta voz: “¡Mirad, llega el novio! ¡Salid a su encuentro!”, pero nosotros lamentablemente nos hallamos encandilados con aquel resplandor de luz y así como no le damos la bienvenida a semejante voz, tampoco la obedecemos—y todo esto ¿para qué? ¿Qué habremos ganado entonces? ¿Qué hará el mundo por nosotros en aquella hora? ¡Desgraciado mundo engañador! El que por entonces será consumido por el fuego, no sólo incapaz de valernos de algo, sino incapaz también de salvarse a sí mismo. En verdad que aquella será una hora de miseria, cuando tomemos plena conciencia entonces de lo que creemos ahora, esto es, de que al presente estamos sirviendo al mundo.

Al presente jugamos con nuestra conciencia; y le hacemos trampa a nuestro mejor juicio; repelemos las indirectas de quiénes nos insinúan que estamos en colusión con un mundo que perece. Queremos gustar un poco de sus placeres y seguir sus caminos, y creemos que eso no tiene nada de malo con tal de que no olvidemos la religión por completo. Me refiero a que nos permitimos codiciar lo que no tenemos, jactarnos de lo que tenemos, menospreciamos a quiénes tienen menos; o nos permitimos profesar lo que no intentamos poner en práctica, nos permitimos argumentar por el sólo gusto de imponernos y ponemos en cuestión las cosas cuando deberíamos estar obedeciendo; y nos ufanamos de nuestros talentos dialécticos y nos creemos iluminados y despreciamos a quiénes tienen menos para decir en su favor, y nos explayamos con teorías propias que defendemos a muerte; o nos mostramos excesivamente solícitos y ansiosos por asuntos del mundo, y andamos resentidos, envidiosos, celosos, descontentos y de mal talante: de una u otra manera tomamos parte de este mundo y no lo queremos reconocer; obstinadamente nos negamos a creerlo. Sabemos que no somos enteramente irreligiosos y por tanto nos persuadimos de que tenemos religión; aprendemos a creer que resulta posible ser excesivamente religiosos, nos hemos enseñado a nosotros mismos que en realidad no hay nada elevado ni profundo en la religión que requiera gran ejercitación de los afectos, que constituya materia para sesuda y larga reflexión, que implique grandes trabajos para el alma. Andamos por la vida autocomplacientes y pagados de nosotros mismos, sin examinarnos, nunca vigilantes, nunca de pie y alertas, como el centinela que hace guardia de noche; pero avivamos nuestro propio fogón y nos deleitamos con sus chispas. Así estamos, o algo así, y en el Día se pondrá de manifiesto; el Día está próximo, y el Día sondeará nuestros corazones, de tal modo que incluso nosotros mismos caeremos en la cuenta de que hemos estado haciéndonos trampas, engañándonos con palabras, y que no hemos servido a Cristo, tal como el Redentor de las almas reclamaba, sino que hemos prestado un servicio magro, parcial, mundano y en realidad, sin contemplar a Aquél que está más arriba y aparte del mundo.

Año tras año… los años pasan silenciosamente; y la Segunda Venida de Cristo cada vez se acerca más. ¡Quiera Dios que a medida que Él se acerca a la tierra nosotros nos vayamos aproximando al Cielo! Hermanos míos, suplico que le recen para que les de un corazón para buscarlo con toda sinceridad. Recen para que los haga solícitos. Sólo tienen un trabajo que hacer, que es seguirlo llevando la cruz. Determínense a hacerlo con Su Fuerza. Resuélvanse a no dejarse engañar por “sombras de religión”, por palabras, o por disputas, o por nociones, o por altisonantes declaraciones, o por excusas, o por las promesas o amenazas del mundo. Recen para que les otorgue lo que la Escritura llama “un corazón bueno y honesto”, o “un corazón perfecto”, y, sin solución de continuidad comiencen en seguida a obedecerle con el mejor corazón que tengan. Cualquier obediencia es mejor que ninguna—cualquier protesta o declamación separada de la obediencia es pura fachada y engaño. Cualquier religión que no los acerca a Dios es del mundo. Deben buscar su rostro; la obediencia es el único camino para buscarlo. Todos los deberes no son sino obediencias. Si quieren creer en las verdades que Él reveló, si desean regularse por sus preceptos, ser fieles a sus ordenanzas, adherir a su Iglesia y su gente, ¿por qué será, sino porque Él los llamó? Y hacer lo que Él quiere equivale a obedecerle, y obedecerle equivale a acercársele. Cada acto de obediencia es un paso más cerca, un paso más cerca de Aquél que no se halla lejos, aunque lo parezca, sino muy cerca—detrás de esta pantalla de cosas visibles que lo oculta. Él está detrás de esta estructura material; el cielo y la tierra no son sino un velo desplegado entre Él y nosotros; llegará el día en que rasgará ese velo y aparecerá ante nuestra vista. Y entonces, de conformidad con la intensidad con que lo hemos estado esperando, nos recompensará. Si lo hemos olvidado, nos desconocerá; pero “¡felices esos servidores, que el amo, cuando llegue, hallará velando! […] Él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera y así los hallare, ¡felices de ellos!” (Lc. XII:37-38). ¡Quiera Dios que a todos nosotros nos toque ese destino! Es duro alcanzarlo, pero desdichado el que falla.

Breve es la vida; cierta la muerte; y eterno el mundo por venir.

Fuente Et Voilà