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La mediación universal de la Ssma. Virgen según S. Alberto Magno .Fr. Hilario Albers O.P

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Con grande y unánime aplauso del pueblo cristiano, los Padres de Éfeso echaron las bases de toda la mariología o enseñanzas acerca de la Virgen, al formular la siguiente conclusión, contenida implícitamente en las definiciones relativas a Cristo de los primeros concilios de la Iglesia: "Si alguno negare que el Mesías (el Emmanuel) no es verdaderamente Dios y que la Sma. Virgen María no es la Madre de Dios, sea anatema" (Denz. 113). Más tarde, esta misma doctrina fue confirmada por los concilios de Calcedonia, Constantinopolitanos segundo y tercero (Denz. 214, 288, 290).

Una vez establecida la maternidad de María, que, sin lugar a dudas, es el fundamento de todas sus demás prerrogativas y excelencias, los Santos Padres, los Doctores de la Iglesia y los teólogos han estudiado cada uno de los privilegios de la gracia que en la Virgen se encuentran.

A nuestros tiempos parece ha reservado Dios Nuestro Señor, que todas las cosas dispone suavemente por su providencia, la definición dogmática de algunas verdades pertenecientes a la mariología, las cuales se contienen virtualmente, y por eso se deducen lógicamente, en las enseñanzas o doctrinas que los primeros concilios nos han dejado como precioso tesoro.

La doctrina de la mediación universal de la Santísima Virgen, que, principalmente en los últimos tiempos ha sido tan estudiada por los teólogos, y en muchos congresos marianos de todo el mundo examinada, y hasta pedida su definición dogmática, no envuelve, ni por asomo, las dificultades que implicaba el dogma de la Inmaculada Concepción. La cuestión, en efecto de hecho, a saber: "si todas y cada una de las gracias nos son concedidas por mediación de la Virgen María", es resuelta afirmativamente por casi todos los escritores eclesiásticos, a partir de los primeros tiempos hasta los nuestros. Tampoco es del todo nueva la cuestión que versa acerca del modo de esta mediación, movida hoy entre los teólogos; esto es: "si es a la manera de un instrumento físico o solamente moral". La novedad que los modernos han introducido tal vez sea un poco de sistematización y nada más.

Trato de exponer, según mis pocas luces me lo permitan, la doctrina de San Alberto Magno, astro refulgente del cielo dominicano, acerca de la mediación universal de la Virgen, teniendo siempre por guía al Sol de Aquino, su preclaro discípulo.

Para la mejor inteligencia de S. A. Magno, conviene hacer algunas advertencias. Se ha de tener en cuenta que este ilustre doctor, como los demás teólogos escolásticos, no trata de propósito y de lleno en sus obras de teología sistematizada de la mediación universal. Trata de ella de paso solamente, en sus sermones y en los libros de exégesis. Este, sin embargo, nada dice contra su autoridad, ni es de extrañar; porque en las escuelas por estos tiempos, se explicaban los libros de las Sentencias de P. Lombardo, que no trata de aquella cuestión mucho ni poco.

Conocida de todos es la grandísima veneración que A. Magno profesaba a la Sma. Virgen. No pierde la más insignificante ocasión para hablar en sus obras de María y mostrarle su devoción. Muchos de sus escritos aún permanecen inéditos, según dice Grabmann. Mas no sólo por el número de sus obras, sino también por la bondad y solidez de su doctrina, es para nuestro intento el más seguro guía.

El libro que contiene un verdadero cuerpo de doctrina sobre la mediación, aunque no la trate sistemáticamente, es el Mariale.

Los modernos, es verdad, han puesto en duda la autenticidad de esta obra. Mas el P. Pelster, S. J., ha disipado todas las dudas con argumentos históricos y concluyentes, probando que dicha obra es de San Alberto.

En dos partes dividiremos esta cuestión. En primer lugar expondremos los testimonios explícitos en que S. Alberto Magno afirma la mediación universal de la Virgen María en relación con todas y cada una de las gracias, que se conceden al género humano.

En segundo término, examinaremos los fundamentos de esta doctrina teológica.

Que la Sma. Virgen es Mediadora universal entre Dios y los hombres, es verdad que nos atestigua la tradición, la liturgia y muchos documentos de los últimos tiempos, emanados del ordinario magisterio o enseñanza de la Iglesia.




I



Testimonios de S. Alberto Magno



En muchos lugares de sus obras y de muchos modos, enseña A. Magno la mediación universal de la Virgen, en cuanto a todas y cada una de las gracias divinas que se han de conceder a los hombres. Por lo cual, se tratará primero de la mediación en general; y luego, desde el punto de vista del patrocinio y dominio universales.


Mediación de la Sma. Virgen en general

Muchas veces es llamada la Sma. Virgen por A. Magno Mediadora, "Mediadora entre Dios y los hombres" (1), "Mediadora de reconciliación" (2), "Mediadora y Reconciliadora de los pecadores" (3), el cual nombre es de muy raro uso en los autores contemporáneos del Santo y no ciertamente porque les haya faltado la ocasión de usarlo. Y porque su misión consiste en unir a los pecadores con Dios, fuerza fue, dice A. Magno, que María naciese de pecadores para que de este modo se aumentara la confianza de los mismos al ver que esta celestial Mediadora tan maravillosamente unía dos extremos tan contrarios entre sí (4). De lo cual se desprende que este gran teólogo considera la mediación de la Virgen bajo dos aspectos, a saber: por razón de la cualidad y de la actividad, porque según él interpreta, el nombre María se adapta convenientísimamente a la Santísima Virgen y a designar el estado o condición de su mediación universal, por razón del cual estado es receptora inmediata de luces divinas y distribuidora universal de todas las gracias o bondades (5). En efecto,

"se llama con toda propiedad Puerta del cielo, porque por ella salió y saldrá siempre todo género de gracias, para bien de los hombres; y aún más: la misma gracia increada emanó de María y vino al mundo por Ella".

Efecto de la dispensa o distribución de esta gracia es que "esta puerta celestial está abierta a todos los que quieran entrar por ella; porque trae e introduce de todas las regiones del modo tres clases de hombres: viudos, casados y vírgenes".

Esto es considerar, sin duda alguna, la mediación de la Virgen como universal, no sólo en cuanto a las gracias, sino también en cuanto a los hombres, a los cuales se distribuyen las gracias.

Pero en los pasajes citados solamente se atribuye a la Virgen una mediación indirecta. Basta, sin embargo, para la completa inteligencia de lo dicho, decir que María en tanto distribuye a todos los mortales todas las gracias, en cuanto recibió en su seno a aquel que está lleno de toda gracia, y en tanto la deriva a todos nosotros, en cuanto dio a luz a su divino Hijo. Mas S. Alberto Magno no se queda en esta mediación indirecta y mediata, sino que avanza más, atribuyendo a la Virgen una mediación universal directa e inmediata.

Terminadas y resueltas las cuestiones que de la plenitud de la gracia de María tratan, estudia los frutos o efectos de esa abundancia en nosotros. En la cual cuestión, con tanta belleza y suavidad discurrre, que nadie que la lea dejará de experimentar grande complacencia (6). El gran Maestro de Sto. Tomás de Aquino distingue una triple plenitud de gracia, tomando la imagen del agua que puede llenar un acueducto, un vaso cualquiera o una fuente.

Pues bien, así como la capacidad o volumen de un vaso es solamente receptiva y retentiva, mas no de por sí dadora y comunicadora, del mismo modo y según esta consideración, nada nos comunica la Santísima Virgen; ella es en sí vaso admirable. De las otras plenitudes una es receptiva y comunicadora, pero no retentiva; y ésta es la plenitud del canal o acueducto. Y de este modo María está llena de la gracia de todos, en cuanto al número de las gracias, las cuales todas pasan numéricamente por sus manos. Y este acueducto es admirable, porque por él descienden todas las aguas de las gracias y a su vez suben hacia arriba...

Hay también otra plenitud receptiva, dadora y retentiva, que es la de la fuente, la cual, además de estar llena, tiene la propiedad de fluir. Y así también está llena María, porque de ella continuamente fluye la saludable agua de la gracia; mas no se agota la fuente, que está llena de toda gracia... De la fuente, pues, de esta plena plenitud mana la plenitud toda del género humano.

Entiende, por consiguiente, S. Alberto Magno por mediación universal de la Sma. Virgen la distribución continua de todas y cada una de las gracias, que por un efecto de la divina bondad, se conceden al género humano. Esto ciertamente implica un influjo inmediato y una directa participación en la dispensación de las gracias. De esta manera inmediatamente transmite la plenitud de su gracia a los demás (7), de tal modo, sin embargo, que nunca faltan en ella estos dos signos de plenitud: exuberancia o riqueza de gracia e imposibilidad absoluta de que en María pueda caber mancha alguna. Lo primero, porque de ella se deriva la gracia a todos nosotros (8) sin mengua ni menoscabo de esta maravillosa fuente, puesto que en ella se halla siempre todo cuanto se desea (9). Efectivamente, el ángel anunció a la Virgen la plenitud de las gracias, la cual plenitud es ciertamente el origen, el principio y el medio de toda gracia y también la causa de que ésta se comunique a los hombres, no sólo según la condición de viadores, sino también de bienaventurados (10). Por estas palabras puede verse la universalidad de la mediación de María, que se extiende a los que viven en este valle de lágrimas y a los que gozan de la visión beatífica en el cielo. De este particular trataremos más adelante.

Esta difusiva plenitud de gracias de que goza María, es expuesta y explicada muchas veces en las obras de S. Alberto Magno, bajo la imagen de la fuente, a la cual pertenece enviar a otros sus benéficas aguas, sin que ella padezca por eso detrimento alguno; aunque a su vez, de otro y no de sí misma saque esa riqueza o plenitud fontal. Y por convenirle estas dotes a la fuente, por eso se la toma para explicar la mediación universal de la Sma. Virgen, por la cual esta Madre amorosa comunica a los hombres las gracias y no como se quiera, sino como suyas, las cuales ellas recibe a su vez de su Divino Hijo. De este modo es también María fuente perenne, a causa de la plenitud de su gracia, por la que el pecador consigue el perdón, el justo la pureza de la gracia; consuelo el tentado, y apaga su sed el devoto con dulces sorbos de sabiduría consoladora (11). Nótese otra vez la universalidad de esta mediación, puesto que, según las diversas condiciones de cada uno, a todos abundantemente, hasta lo sumo, comunica sus gracias. Hemos dicho que la Virgen recibe de su Hijo estas gracias. A. Magno, para designar esta recepción y luego la comunicación a los mortales por la Sma. Virgen, usa la metáfora del canal, pues Ella, como un maravilloso canal, lleva hasta nuestras pobres almas el agua de la gracia. Lo mismo enseña en sus sermones: que María es fuente que mana para regar copiosamente toda la Iglesia.

Digna de notarse es la comparación que establece A. Magno entre la mediación de la Virgen y la de los demás santos, destacando de este modo mucho más la universalidad de la primera. A los otros santos, dice, se les han dado muchas gracias, pero a la Virgen se concedió la fuente misma de todas ellas.



Mediación universal de la Sma. Virgen, desde el punto de vista del patrocinio.

Porque los hombres, por quienes la Virgen ejerce el oficio de Mediadora, pueden encontrarse en muchas y variadas necesidades y peligros, es conveniente considerar los auxilios que ella les presta bajo el aspecto de protección, de defensa, de auxilio y de patrocinio. Protectora nuestra es llamada muchas veces por S. Alberto Magno. De dos partes nos amenaza el peligro: por parte del demonio, que siente envidia de nuestro bien, y de Dios, irritado a causa de nuestros pecados. Mas no hay que temer, porque María defiende de ambos peligros al pecador miserable. De lo cual se sigue la grande excelencia, sobre cualesquiera otra, de su protección; puesto que además de protegernos con eficaces auxilios de los lazos que nos tiende nuestro común enemigo, nos libra también, mediante su ejemplo y favor, de la indignación de su divino Hijo (12). Esta protección es, por consiguiente, universal y continuada, aun cuando el hombre no se acuerde de pedirla, porque la Sma. Virgen siempre está presente y nunca falta al hombre en la necesidad (13). Sin embargo, experimenta sus auxilios, como es justo y razonable, el que la invoca; pues ella socorre en los peligros a los que la llaman.

En cualquiera que, sintiéndose necesitado y miserable acude a refugiarse en este bien defendido campamento, se cumplen las palabras del salmo, que dice: Por millares verá caer a su lado a los enemigos; mas a él ni siquiera se le acercarán (14). De análoga manera se interpreta la salutación torre de David: porque los fieles hallan en ella seguro refugio... Mil escudos, es decir, la ayuda de todos los ángeles, penden de ese baluarte, para defender a todos los que acuden a María (15). Por aquí podemos ver la universalidad y, principalmente, la eficacia de la defensión mariana. La primera, sin embargo, de un modo muy especial se pone aún más de relieve comparando la protección que nos dispensan los ángeles custodios con la que nos otorga María. Propio es de los ángeles, dice este santo doctor, guardar a los hombres, lo cual en muy más alto grado compete a la Virgen; porque cada ángel está al cuidado de un solo hombre, mas la custodia universal de María se extiende universalmente a cada uno de los hombres y a todos en particular (16). Por donde puede, suficientemente, verse que la mediación de la Virgen es universal, aun considerada desde el punto de vista de protección, porque se refiere a todas y a cada una de las gracias de todos y cada uno de los hombres.

Lo mismo enseña Alberto Magno por medio de la metáfora estrella del mar. Así como esta estrella está situada en lo más alto del polo, con relación a todas las cosas, así mismo la Sma. Virgen está por encima de todos los santos... Y del mismo modo que esta estrella atrae al hierro, difunde luz y dirige en su ruta al navegante, así también María por su infinita misericordia, atrae suavemente, al modo del hierro, a los pecadores empedernidos, ilumina a los arrepentidos, y a los que navegan por el mar proceloso de este mundo los conduce al puerto de la salvación eterna; en suma, ella preserva de la culpa, ilumina en los caminos de la justicia y lleva, finalmente, a la gloria (17).

María es norte y guía cuando se agitan las olas de la tentación, que parecen hacernos zozobrar, puesto que ella es estrella del mar. Ella es luz, que esclarece la mente de los que la contemplan, protectora y Señora de los atribulados (18) y de los que gimen.

Obsérvese que la mediación de la Virgen se extiende también al Antiguo Testamento, por lo mismo que a él llega la de Cristo. Por tanto, siempre se observa la misma proporción entre ambas mediaciones. Así lo enseña S. Alberto Magno, por estas palabras:

"La Sma. Virgen siempre ha sido la estrella del mar y ha iluminado con su benéfica luz tanto a los que la han precedido, como a los que han existido después de ella. La razón es, porque solamente por la fe en el Verbo hecho carne o que había de encarnar de la Virgen, ha sido dada la salud al mundo. Por consiguiente María fue siempre Señora y Reina de las creaturas, porque Dios la eligió y confirmó en estos oficios y porque los miserables hijos de Adán tienen en ella puestas sus esperanzas y sus miradas todas" (19).

En estas palabras se establece el más alto, el último fundamento o base en que se apoya la mediación de la Virgen, a saber: la predestinación de María para Madre de Cristo y la asociación de la Madre a la obra del Hijo, predestinado, a su vez, como Hijo de Dios en fuerza y virtud para dar cima a la redención del género humano. De todo lo cual se sigue una consecuencia, y es que la Sma. Virgen María es Señora y Soberana de todas las criaturas con Cristo, Señor del universo, y bajo El, conviniéndole por ende a Ella cierta custodia y providencia también universales (20). Digamos algo de este aspecto de la mediación universal.



Mediación universal de la Virgen María bajo el punto de vista del dominio.

Con los títulos de Señora y Reina, y también de Emperatriz, designa muchas veces S. Alberto Magno a la Sma. Virgen. Señora de todos los bienes, Señora de todas las criaturas, dulcemente la llama, agregando que por este señorío es también Emperatriz del mundo entero. Y al comparar estos títulos entre sí para ver cuál de ellos es más propio para significar el modo y la calidad de este dominio universal, concluye que es el de Reina de la misericordia, que se le aplica a la Virgen con mayor exactitud que el título de Emperatriz.

Este nombre implica la idea de majestad, temor y rigor; mas el de Reina dice providencia y equidad. Además, con mayor propiedad se dice Reina de misericordia que Señora, Reina de señoras, o Diosa de las diosas; porque estos nombres incluyen dignidad y excelencia, respecto de cualquiera; pero la misericordia, potestad universal, con relación a los mayores y a los menores. Tampoco se llama propiamente Reina de paz y de amor, puesto que eso no es universalmente común a todos los de su reino. La misericordia, por el contrario, se encuentra tanto en el cielo como en la tierra, en el purgatorio como en el mismo infierno.

Inmenso es, por lo tanto, el reino de la misericordia, ella sola abarca o comprende a todo el reino de Dios. Pero la Santísima Virgen por derecho, verdadera y propiamente es Señora de todas las cosas que en la misericordia infinita de Dios se contienen. Por eso nadie puede negarle que sea con toda propiedad Reina de misericordia (21).

Por estos y otros pasajes semejantes, puede verse bien la universalidad de la mediación de la Virgen, cuyo dominio y cuyo reinado se extienden a todas las cosas que bajo la providencia divina caen. Ella es Señora, dice Alberto Magno, de todo aquello de que Dios es Señor (22).

Pero estas denominaciones de reina y señora pueden significar lo que se pretende de diversas maneras. Pueden, en efecto, convenir a una persona sólo por su dignidad intrínseca; por razón de esta excelencia a la cual se junta además una potestad que le corresponde; o finalmente, por participación, esto es, a causa de una relación o asociación con Aquel que es por sí mismo, primariamente o antes que nada, Rey y Señor. A fin de aducir un verdadero y sólido argumento en favor de la mediación universal de la Virgen María, según que se expone en los citados testimonios acerca del dominio y del reino universal de la misericordia, conviene estudiar qué es lo que para ello se requiere, y en qué forma lo hace S. Alberto Magno.

En la primera acepción, pues, señora y reina son nombres de dignidad y excelencia; pero no implican, sin embargo, propiamente dominio sobre otros que al mismo género pertenecen, por ejemplo: rosa se llama a la reina de las flores, porque supera por su belleza y suave fragancia a todas las demás flores. Según esto, con razón es llamada la Santísima Virgen Señora y Reina de las creaturas, en cuanto que a causa de la maternidad divina, que la eleva inmensamente sobre todas las cosas creadas (23), las aventaja también infinitamente. Ciertamente que María, por ser Madre de Dios, recibe una dignidad infinita, de algún modo, del bien infinito que es Dios (24). Lo cual también se esclarece por aquello que se dice en Metafísica, a saber: que la relación, así como tiene o toma su especie (que es su ser) del término a que se ordena, así mismo también saca su dignidad más del término, que de su fundamento; pues el ser de la relación, como el del movimiento, depende del fin o del término a que se endereza (25).

Así pues, la relación de la maternidad divina se termina, como la de la humana, en el ser mismo de la persona divina, que se unió hipostáticamente a la naturaleza humana. Esa persona es poseída por la madre como hijo, puesto que la relación de filiación mira directamente a la persona (26). Es, por consiguiente, la maternidad divina del mismo orden hipostático, porque es el instrumento que ha de obrar la Encarnación; y la Madre de Dios es, en cierto modo, affinis ad totam Trinitatem (27), en cuanto la naturaleza humana alcanza o toca los fines de la Deidad en el tálamo virginal del vientre del María, aún cuando esto no sea más que ab extra. Por eso la Madre de Dios se dice que es affinis Deo; o lo que es lo mismo: por razón de la unidad del ser actual de la existencia en Cristo (28). Y aunque la gracia santificante y la visión beatífica tengan cierta dignidad infinita, son, sin embargo, de orden inferior a la maternidad divina, porque unen con Dios por el amor y la fruición solamente; mas no según el ser personal, en el cual viene a terminarse la relación de la maternidad divina.

Para expresar tan alta dignidad, como es la de ser Madre de Dios, acude también S. Alberto Magno a los títulos de Señora y de Reina. Confirma, además, terminantemente que estos nombres se le atribuyen a la Virgen por su excelencia y dignidad. El nombre más propio de María es Reina de misericordia (29).

"Esta es la Reina que resplandece con toda clase de virtudes, en traje que reluce por el brillo y hermosura de la Deidad, que quiso venir a Ella y hacerla Señora de todos" (30).

Pero también procede S. Alberto en orden inverso: arguye de la universalidad de su reino para venir a su dignidad suprema.

"Por razón del mismo reino, -enseña- se llama a Cristo Rey de los cielos, y Reina de los cielos a María; pero su dignidad real está por encima de todos los coros y jerarquías angélicas. Asimismo, una es la majestad del reino de los cielos, por el cual reino Dios Trino es Rey y María se llama Reina. Está, pues, su dignidad sobre toda creatura" (31).

Del nombre o título de reino así tomado, no podemos, sin embargo, deducir la mediación universal de la Virgen María en la dispensación de todas las gracias. Aunque sea verdadero que el que participa de alguna dignidad o excelencia, participa también de las prerrogativas de la misma, sin embargo, esta consecuencia no parece que deba seguirse del concepto mismo de dignidad, conforme aquí lo tomamos, que es formalmente hablando, sino que más parece mera conveniencia extrínseca. Por lo tanto, se ha de sostener que el concepto o idea de Madre de Dios, en cuanto que en sí mismo no implica más que una singular excelencia y dignidad de María, por la que se llama Señora y Reina, no es equivalente al concepto de la dispensación de todas las gracias y ni siquiera pertenece a su inteligencia. Sólo analógicamente y mediante el raciocinio se puede deducir, de la dignidad y alteza de Madre de Dios, su dominio universal en la distribución de las gracias.

La Madre de Dios puede también ser llamada Reina y Señora por razón de su altísima dignidad, y de la potestad materna juntamente es el segundo sentido. De esta potestad goza María y mucho puede, por medio de ella, sobre su Hijo Rey y, por ende, sobre su Reino.

La Madre del Rey, superior a todos los demás, y en el mismo orden que el Hijo, debe participar según el ser natural de las cosas, del Reino y del dominio universal, que el Verbo encarnado puede ejercer en toda la creación, y, consiguientemente, en la distribución de todas las gracias. Compete, pues, a la Sma. Virgen el influjo de la virtud más alta, sobre el Rey mismo de todo el universo; y esto hasta tal punto, que todas las gracias que Ella quiera alcanzar de su Hijo, ciertamente que las obtendrá.

También deduce el ilustre santo domínico de esta excelencia materna, que la Virgen debe ser llamada Reina y tener una potestad universal. Naturalmente, dice, la madre del rey es reina; y ésta está, por la justicia y las mercedes que puede hacer y alcanzar, sobre todos los que en su reino viven (32). De este modo, agrega, la Virgen María es Señora de todas las criaturas; y en cuanto que es Madre del Creador, Reina es de la creación (33). Por lo tanto, por parte del mismo dominio y del mismo reino, del cual saca o toma su Hijo el nombre de Rey, Ella se denomina Reina; y porque es Madre del Artífice de todas las cosas, es Señora con toda propiedad. Finalmente, dice el Santo Doctor, es muy conforme a razón que el Hijo, para honrar a su Madre, a quien ama con tierno afecto, le dé potestad plena sobre todos sus bienes (34) y vasallos.

Sin embargo, conviene repetir, por segunda vez, que de esta excelencia y potestad de la Madre de Dios no se sigue necesariamente que Ella, de hecho, distribuya a todos los que están en el reino de su divino Hijo todas las gracias numéricamente tomadas. Además, por razón del título de Reina que le atribuimos, es necesario notar que este nombre le conviene solamente en cuanto que es Madre del Rey Cristo. Es verdad que este parentesco le da un gran ascendiente sobre su Hijo, mas no por eso rige y gobierna directamente los negocios del reino de Aquél.

Y aunque virtualmente el concepto o idea de dominio, según se implica en el título de Reina, y según la presente acepción pueda significar la mediación universal de la Virgen, no puede sin embargo designarla formal e implícitamente, al menos eso no se ve. Por consiguiente, el argumento que de aquí se suele sacar no obliga al asentimiento, y es de conveniencia solamente.

Puede tomarse también el título de Señora y de Reina adecuadamente, en cuanto significa la esposa del rey, la cual participa del gobierno y de la potestad reales. Incluye, por lo tanto, algo más que la mera dignidad y excelencia de ser Madre del rey, y más que una pura posibilidad de interceder universal y eficazmente ante Cristo Rey de todas las cosas.

Queda de manifiesto que esta dignidad real de María pende esencialmente de la condición de Rey de su Hijo y que se funda en la asociación de Ella a toda la obra de la Redención, de que trataremos en la segunda parte.

Ninguno tal vez, según Bittremieure, con mayor claridad ha expuesto este dominio de la Virgen bajo la imagen o el modo de unión, asociación al oficio de Cristo, que Alberto Magno. Expresamente declara que la Virgen no es vicaria de Cristo, sino ayudadora y compañera; participa del reino, la que participó de todos los dolores y amarguras que su Hijo padeció para redimirnos (35). Y en otro lugar agrega:

"La Virgen María es Señora de todas las creaturas, porque fue ayudadora de Cristo en la Redención de los hombres" (36).

Rehúso aducir otros testimonios, porque, como ya dijimos, en la segunda parte se trata de un modo particular de la mediación universal.

Nos basta, para asentar bien la doctrina de S. Alberto Magno, consignar que él concede a la Virgen, bajo el título de Reina, una participación verdaderamente activa en el oficio o dignidad real de su Hijo. Todo lo cual nos sirve para confeccionar, basados en el dominio universal que este Santo Doctor atribuye a María, un sólido argumento encaminado a probar la mediación universal de todas las gracias. María, dice, fue también asociada como igual a la persona de Cristo, esto es, como de igual poder o potencia en general; pues Ella es, en efecto, Reina del mismo reino de que su divino Hijo es Rey y Soberano (37).

El reino de Cristo, primariamente, comprende todas las gracias que se han de conceder a los hombres. De donde se sigue que el oficio o dignidad de Reina de misericordia, que universalmente y sin restricción alguna participa del reino de Cristo, consiste en la dispensación de todas y cada una de las gracias; en otros términos, es la misma mediación universal. Por consiguiente, en esta tercera acepción el título de Reina equivale a Mediadora y el concepto de dominio universal contiene, formal e implícitamente, la idea de la mediación directa en la distribución de todas las gracias.

Por todo lo anteriormente dicho, se puede ver con cuánta solicitud y diligencia procede S. Alberto Magno en la exposición de cada uno de los términos, en los cuales expone su doctrina acerca de la mediación universal de María en cuanto a la distribución de las gracias, las cuales pasan todas, numéricamente, por sus bienhechoras manos.


NOTAS

(1) Mariale, q. 31, § IV.

(2) Mariale, q. 154.

(3) L. c. q. 191.

(4) L. c. q. 24, § 3.

(5) Mariale, q. 29, § 2.

(6) Bittremieure, De Mediatone univ. B. M. V.

(7) Mariale, q. 177.

(8) Com. in Luc. 1, 28.

(9) Com. in Luc. 10, 40.

(10) Mariale, q. 33, § 2º.

(11) In Luc. 10, 38.

(12) Mariale, q. 185.

(13) Com. in Luc. 10, 40.

(14) Salmo, 90, 7-8.

(15) Sermo in Assumpt. II, 5.

(16) Mariale, q. 153.

(17) Mariale, q. 146.

(18) Com. in. Luc. 2, 17.

(19) Mariale, q. 28.

(20) Mariale, q. 153.

(21) Mariale, q. 162.

(22) Mariale, q. 29, § 2.

(23) Sto. Tomás, Com. in Math, 4, 13.

(24) I, q. 25, a. 6, ad 4.

(25) III, q. 2, a. 7, ad 2.

(26) III, q. 35, a. 5, ad 1.

(27) II-II, q. 103, a. 4, ad 2.

(28) Caj. in 1. c.

(29) Mariale, q. 162.

(30) Com. in Mth., 1, 18.

(31) Mariale, q. 151.

(32) Mariale, q. 154.

(33) Mariale, q. 166.

(34) Sermo II in Annunt., 1.

(35) Mariale, q. 42.

(36) Mariale, q. 166.

(37) Mariale, q. 165.

María en los últimos tiempos de la Iglesia

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1. María y los últimos tiempos

La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo, a fin de que los hombres poco instruidos e iluminados aún acerca de la persona de su Hijo, no se alejaran de la verdad aficionándose demasiado fuerte e imperfectamente a la Madre, como habría ocurrido seguramente, si Ella hubiera sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo le había concedido aún en su exterior. Tan cierto es esto que san Dionisio Aeropagita escribe que cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad, a causa de sus secretos encantos e incomparable belleza, si la fe, en la que se hallaba bien cimentado, no le hubiera enseñado lo contrario.

Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido. Pues ya no valen los motivos que movieron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y manifestarla sólo parcialmente aun después de la predicación del Evangelio.

Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos:

1º) Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más bajo que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer.

2º) Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria y Él quiere ser glorificado y alabado en la tierra por los hombres.

3º) Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea.

4º) Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente.

5º) Porque Ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las personas santas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida (cfr. Prov. 8, 35), es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (cfr. Jn. 14, 6). Ahora bien, no se puede hallar a María si no se la busca, ni buscarla si no se la conoce: pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad.

6º) Porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia:

– En misericordia, para recoger y acoger amorosamente a los pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica.

– En poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se rebelarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan.

– En gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor.

7º) Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla (cfr. Cant. 6, 3) sobre todo en estos últimos tiempos porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo (Apoc. 12, 12), y menos que nunca, para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.

2. María y la lucha final

A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre todo aquella primera y célebre predicación y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el paraíso terrestre. Nos parece oportuno explicarla aquí, para la gloria de la Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de los demonios:

"Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, ésta te pisará la cabeza mientras tú te abalanzarás sobre su talón". (Gn. 3, 15).

Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios ha suscitado contra Satanás es María, su Santísima Madre. Ya desde el paraíso terrenal, aunque María sólo estaba entonces en la mente divina, le inspiró tanto odio contra ese maldito enemigo de Dios, le dio tanta sagacidad para descubrir la malicia de esa antigua serpiente y tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a ese orgulloso impío, que el diablo le teme no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino en cierto modo más que al mismo Dios. No ya porque la ira, odio y poder divinos no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino:

1º) Porque Satanás, que es tan orgulloso, sufre infinitamente más al verse vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios y la humildad de la Virgen lo humilla más que el poder divino.

2º) Porque Dios ha concedido a María un poder tan grande contra los demonios que, como a pesar suyo se han visto muchas veces obligados a confesarlo por boca de los posesos, tienen más miedo a in solo suspiro de María en favor de una persona, que a las oraciones de todos los santos y a una sola amenaza suya contra ellos más que a todos los demás tormentos.

Lo que Lucifer perdió por orgullo, lo ganó María con la humildad. Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor.

Dios no puso solamente una enemistad, sino enemistades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir: Dios puso enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.

Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos de este mundo de pecado, ¡todo viene a ser lo mismo!, han perseguido siempre y perseguirán más que nunca de hoy en adelante a quienes pertenezcan a la Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú, figuras de los réprobos, persiguieron a sus hermanos Abel y Jacob, figuras de los predestinados.

Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo. ¡María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortíferas!

El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos, rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia, grandes y elevados en santidad delante de Dios; superiores a cualquier otra criatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo.

3. María y los apóstoles de los últimos tiempos

Sí, Dios quiere que su Madre Santísima, sea ahora más conocida, amada y honrada que nunca. Lo que sucederá sin duda, si los predestinados, con la gracia y luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la práctica interior y perfecta de la devoción que voy a manifestarles en seguida.

Entonces verán, en cuanto lo permita la fe, a esta hermosa estrella del mar y, guiados por Ella, llegarán a puerto seguro, a pesar de las tempestades y de los piratas.

Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor.

Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la amarán tiernamente como sus hijos predilectos.

Entonces experimentarán las misericordias en que Ella reboza y la necesidad en que están de su socorro, recurrirán en todo a Ella, como a su querida Abogada y Medianera ante Jesucristo.

Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar hasta Jesucristo y se consagrarán a Ella en cuerpo y alma y sin reserva alguna, para pertenecer del mismo modo a Jesucristo.

Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos a hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino.

Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente (Sal. 127, 4).

Serán hijos de Leví, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación.

Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo (cfr. 2 Cor. 2, 15-16) para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte.

Serán nubes tronantes y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la Palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la Palabra de Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo.

Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
Dormirán sin oro ni plata y, lo que más cuenta, sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos (Sal. 68, 14). Tendrán, sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y no dejarán en pos de sí en los lugares en donde prediquen sino el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley (cfr. Rom. 13, 10).

Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal por poderoso que sea.

Llevarán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.

Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero, ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia (Sal. 40, 2)".

"Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María", Capitulo III, San Luis María Grignion de Montfort V.O.T (Venerable Orden Tercera).

(Imagen: Mosaico de Nuestra Señora de Lourdes que forma el telón de fondo del ábside de una de las capillas al aire libre en la Plaza del Rosario del santuario de Lourdes. Por delante esta la imagen de Santa Bernadita Soubirous rezando el Rosario. Foto de Fr Lawrence Lew OP).

La eficacia del rezo del Rosario

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Virgen del Rosario

A medida que el rezo del Rosario fue desarrollándose y difundiéndose a lo largo de la historia, el pueblo fiel fue dándose cuenta de su gran eficacia como oración de petición. No es simplemente que María intercede por nosotros cuando lo rezamos, que, de por sí, es lo más importante, sino que, además, entran en juego otros factores fundamentales de la oración de petición.

Se considera que hay principalmente tres motivos por los cuales Dios no atiende a nuestras peticiones. El primero nos lo advierte san Pablo: «…nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene» (Rom 8,26). Efectivamente, a veces pedimos de un modo incorrecto. Esto suele estar relacionado con nuestra disposición ante Dios. Lo explica muy bien Jesús en la parábola del altivo fariseo y el humilde publicano que acuden al Templo a orar, y que acaba así: «Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18,14).

En otras ocasiones, el error radica en el contenido de nuestra petición. Hemos de reconocer que tenemos una gran tendencia a pedir simples caprichos. Pedimos cosas que nos gustan pero que no redundan en lo importante, es decir, en el bien de la gente y en nuestra salud física y espiritual. Algo parecido les pasó a los hijos del Zebedeo, quienes, por medio de su madre, le piden a Jesús sentarse a su derecha y a su izquierda en su Reino, a lo que Él contesta: «No sabéis lo que pedís» (Mt 20,22). Su madre había hecho bien la petición, porque se arrodilló humildemente ante Jesús, pero lo que pedía no entraba dentro de la lógica del Evangelio, porque pensaba en la gloria, el honor y el poder de sus hijos. Pero después Jesús les explicó la perspectiva evangélica de lo que estaban pidiendo, que no era otra cosa que dar la vida por el Reino, y esto lo aceptaron inmediatamente ambos apóstoles. Y, así, pasados los años, Jesús satisfizo su petición.

El tercer motivo por el cual Dios parece no atender nuestras peticiones es más misterioso. Todos tenemos experiencia de haber pedido con humildad a Dios algo que es evangélicamente correcto –por ejemplo: que un amigo supere un cáncer–, pero, aparentemente, Dios no ha atendido nuestra petición. Decimos «aparentemente» porque quizás, misteriosamente, Dios sí la ha atendido, pero no lo ha hecho a nuestra manera, sino a la suya, haciendo lo que Él considera más correcto. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, esto es difícil de saber, porque supera nuestra capacidad comprensiva. Siguiendo con el ejemplo del amigo enfermo de cáncer, si acaba muriendo a causa de esta dolencia, surge en nosotros esta desgarradora cuestión: ¿cómo es posible que Dios le haya dejado morir? Éste es un tipo de pregunta que todos, de un modo u otro, nos hemos hecho, y a la que no hemos encontrado respuesta.

Pues bien, volviendo al Rosario, podemos constatar que cuando lo rezamos correctamente y con devoción, éste nos ayuda a superar estos tres importantes problemas que surgen en la oración de petición.

Por una parte, sentimos cómo María nos acompaña en la oración, y nos ayuda a tener un corazón humilde y arrepentido, como el del fariseo. También la Virgen nos guía para que no pidamos caprichos o cosas inoportunas. Muchos de nosotros tenemos la experiencia de que cuando rezamos el Rosario nos es muy difícil pedir necedades.

No es sólo que María nos ayuda a pedir desde los valores del Evangelio, es que, sobre todo, allá donde ella está, se hace presente el Espíritu de Dios. No olvidemos que la Virgen es la «llena de gracia», la que –por medio del Espíritu de Dios– concibió a nuestro Salvador. Por eso, al orar junto a María, ella nos pone en contacto con el Espíritu Santo, que desde nuestro corazón: «…intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26) y «clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6). Es decir, al rezar devotamente el Rosario, oramos en sintonía con el Espíritu Santo y, así, hacemos nuestra su oración. Una oración que asciende derecha y certeramente al Padre.

También María conoce muy bien lo que se sufre cuando las cosas no salen como nos gustaría. Ella vio morir a su inocente Hijo en la Cruz. Por eso, ella, por experiencia, sabe ayudarnos muy bien cuando nos hallamos ante una situación difícil y ante la que Dios, aparentemente, guarda silencio. En esos momentos, María nos anima a orar como su Hijo en Getsemaní, acabando cada una de nuestras súplicas con este deseo: «…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). En efecto, el rezo del Rosario nos ayuda a poner nuestra vida en las sabias –y misteriosas– manos de Dios.

Pues bien, todo esto ha hecho que tantas y tantas personas hayan tenido –y tengan– al Rosario como principal modo de oración. También es uno de los motivos fundamentales por los que las Cofradías del Rosario se extendieron con tanta profusión. No sólo fue por la comunión espiritual que viven los cofrades o por las indulgencias que la Iglesia les concede: también ha desempeñado un papel fundamental la eficacia del rezo del Rosario, de la que dan constancia una extensa lista de acontecimientos históricos.

El más conocido es la crucial batalla de Lepanto, cuando, el 7 de octubre de 1571, la flota cristiana –en clara inferioridad– venció a la flota turca, haciendo desaparecer así su peligro, pues amenazaba con saquear las costas del Mediterráneo. No sólo el Papa san Pío V así lo reconoció expresamente. También lo hicieron las autoridades españolas y venecianas, cuyas naves intervinieron en esta batalla. Este hecho motivó que la fiesta de la Virgen del Rosario se celebre el 7 de octubre. Hay otros muchos importantes acontecimientos (naufragios, epidemias, catástrofes naturales…) en los que los protagonistas son testigos de cómo esta oración mariana fue crucial para conseguir el auxilio divino.

En efecto, el rezo del Rosario nos ayuda a pedir eficazmente lo que realmente necesitamos nosotros, u otras personas.

Nada más queda por decir, salvo una cosa: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…».



La Virgen madre dolorosa

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I. El dolor de la Virgen en la infancia y en la pasión de su Hijo:

El misterio de la participación de la Virgen madre dolorosa en la pasión y muerte de su Hijo es probablemente el acontecimiento evangélico que ha encontrado un eco más amplio y más intenso en la religiosidad popular, en determinados ejercicios de piedad (Vía crucis, Vía Matris...) Y, en proporción con los demás misterios, también en la liturgia cristiana de oriente y de occidente. Es curioso cómo estas tres dimensiones de la piedad están idealmente unidas en la liturgia de rito romano en el Stábat Mater, atribuido a Jacopone de Todi, secuencia nacida en un contexto de intensa religiosidad popular, utilizada de varias maneras en los ejercicios piadosos y, aunque de forma facultativa, presente en la liturgia de las horas y en la liturgia de la palabra de la misa del 15 de septiembre de la Virgen de los Dolores. Esta singularidad revela que las tres áreas de piedad que hemos señalado, dejando aparte ciertas intemperancias ocasionales, reflejan agudamente lo esencial del misterio evangélico.



Pero el dolor de la Virgen, aunque encuentra en el misterio de la cruz su primera y última significación, fue captado por la piedad mariana también en otros acontecimientos de la vida de su Hijo en los que la madre participó personalmente. En general, se suele considerar el dolor de la Virgen en la infancia de Jesús y no sólo en su pasión. La meditación cristiana captó y en cierto modo fue codificando progresivamente a lo largo de los siglos siente sucesos dolorosos, siete episodios bíblicos en los que está atestiguada expresamente o intuida por la tradición la participación de María. Se recuerda la subida al templo de José y de María para presentar allí a Jesús a los cuarenta días de su nacimiento, con la relativa profecía del anciano Simeón: “Una espada atravesará tu alma” (Lc. 2, 34-35). Espada que es, “según parece, la progresiva revelación que Dios le hace de la suerte de su Hijo”; espada que penetrando en María le hará sufrir; espada que penetrando en María le hará sufrir; espada símbolo del camino doloroso de la Virgen, que en la tradición posterior será asumida como signo plástico de los dolores sufridos por la madre del redentor y representada luego en número de siete puñales clavados en el corazón de la Virgen. El camino de fe de la Virgen se vio muy pronto marcado por un nuevo suceso doloroso: la huida a Egipto con Jesús y José (Mt. 2, 13-14). Y una vez más, durante la infancia de Jesús, el suceso de la pérdida en Jerusalén y la búsqueda ansiosa y dolorida de María y de José (Lc 2, 43ss), que se concluirá con el hallazgo del Hijo en el templo, nuevo motivo de meditación y de interpretación sobre la voluntad de Dios en el corazón de la madre. La contemplación de la tradición ha querido descubrir en la subida de Jesús con la cruz al Calvario la experiencia síntesis del camino de fe de la madre, y aunque los evangelios no mencionan nada de eso, la piedad tradicional ve también la presencia de María en el encuentro de Cristo con las mujeres (Lc 23, 26-27). Como ya se ha dicho, es en el acontecimiento de la crucifixión donde encontramos el significado primero y último de la Dolorosa: “Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo que él amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre” (Jn. 19. 25-27a). Y una vez más la devoción de los fieles quiso prolongar la participación amorosa de la madre en la muerte redentora del Hijo recordando, como en un díptico, la acogida en el regazo de María de Jesús bajado de la cruza (Mc 15, 42), acontecimiento objeto de atención particular por parte de pintores y escultores, y la entrega al sepulcro del cuerpo exánime de su Hijo (Jn 19, 40-42a).

II. Situación actual en la doctrina y en la liturgia.

1. La doctrina:

La distribución antigua y contemporánea de los aspectos del dolor de María de Nazaret, más allá del reparto de los misterios que tuvo lugar en otros siglos que los veneraron por separado, en la sensibilidad teológica de nuestros días y también, al parecer, en la piedad de los fieles, no se percibe como una división puntual de compartimientos estancos, sino que, incluso en la especificación de los diversos episodios, los dolores se relacionan armónicamente con el camino de un misterio de fe que conoció el sufrimiento, en comunión total con el hombre de dolores y abierto a la voluntad de Dios Padre. Tenemos una síntesis autorizada de esta nueva mentalidad en el magisterio del Vat II: “También la Virgen bienaventurada avanzó en esta peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su comunión con el Hijo hasta la cruz, ante la cual resistió en pie (Jn 19,25), no sin cierto designio divino, sufriendo profundamente con su unigénito y asociándose a su sacrificio con ánimo maternal, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella había engendrado” (LG 58). En realidad es la comunión profunda, que en cierto modo se hace consciente, entre la madre y el Hijo, comunión ligada no solamente a la generación, sino también a la fe, lo que llevó a María a cooperar en la obra de Jesús hasta el Calvario: “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo moribundo en la cruz, cooperó de un modo muy especial a la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad para restaurar la vida sobrenatural de las almas” (LG 61)

Debido a esta participación amorosa y total, María se convierte “para nosotros en madre en el orden de la gracia” (KG 61). La enseñanza conciliar ha abandonado de hecho los problemas sutiles y las objetivaciones ontológicas, explicitando la doctrina mariológica de las encíclicas papales que se habían ocupado de estos temas con datos bíblicos y existenciales. Por esta línea ha seguido la investigación, sirviéndose especialmente de la profundización exegética que subraya como María junto a la cruz, como hija de Sión, es figura de la iglesia madre a cuyo seno están convocados en la unidad los hijos dispersos de Dios, con sus relativas consecuencias, y cómo “en la pasión según Juan -de tan altos vuelos teológicos- Jesús es el hombre de dolores, que conoce bien lo que es sufrir (Is 53,3), aquel a quien traspasaron (Jn 19,37; Zac 12,1). Y paralelamente su madre es la mujer de dolores... Ella expresa también el modelo de perfecta unión con Jesús hasta la cruz. Precisamente el estar junto a la cruz, la propia y la de los demás, es una de las tareas más arduas del amor cristiano, que exige alegrarse con los que se alegran (Rom 12,15; Jn 2,1: bodas de Caná) y llorar con los que lloran (Rom 12,15; Jn 19,25: la cruz de Jesús)”.

Esta ejemplaridad de María adquiere nuevos matices de profundización en las reflexiones de un episcopado como el de Sudamérica: “En María se manifiesta preclaramente que Cristo no anula la creatividad de quienes le siguen. Ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus capacidades y responsabilidades humanas, hasta llegar a ser la nueva Eva junto al nuevo Adán. María, por su cooperación libre en la nueva alianza de Cristo, es junto a él protagonista de la historia”. El misterio de la mater dolorosa, leído en relación con Cristo y con la iglesia, se convierte en experiencia vital para el cristiano no sólo respecto al conocimiento de la historia salvífica, sino también como fuente singular de consuelo y de esperanza para su vida cotidiana.

2. La liturgia:

a) 15 de septiembre: Virgen de los Dolores, memoria.

En la exhortación apostólica Marianis cultus, Pablo VI, después de destacar la presencia de la madre en el ciclo anual de los misterios del Hijo y las grandes fiestas marianas, presenta de este modo la memoria del 15 de septiembre: “Después de estas solemnidades se han de considerar, sobre todo, las celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, en los que la Virgen estuvo estrechamente vinculada al Hijo, como... la memoria de la Virgen Dolorosa (15 de septiembre), ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar junto con el Hijo exaltado en la cruz a la madre que comparte su dolor”.

El día después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la ecclesia celebra la compasión de aquella que se mantuvo fiel junto a la cruz. Esta memoria tiene un formulario propio (trozos bíblicos y textos eucológicos) para la celebración eucarística y partes propias para la liturgia de las horas. El contenido de la colecta nos puede ayudar a captar el significado de esta celebración: el carácter cristológico de la primer parte (la actio gratiarum) y el eclesilógico de la segunda (la petitio) colocan inmediatamente la memoria del 15 de septiembre en un horizonte de solidez teológica y de amplia visión conciliar. “Señor, tú has querido que la madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz”. El comienzo de la oración alaba al Padre y le da gracias, porque en la hora de la redención quiso que estuviera presente la madre de su Hijo y que participara de su obra. La referencia tan clara al evangelio de Juan (19, 25; 3,14-15; 8,28; 12,32) da a las breves frases iniciales aquella luz de resurrección que el evangelista quiso derramar en el relato de la pasión y muerte de Cristo: la cruz, además de ser instrumento de dolor, es sobre todo un trono de gloria. La madre participa de esta luz. En efecto, la liturgia del 15 de septiembre imprime un carácter de glorificación al misterio del dolor de María (aclamación al evangelio; antífona de la comunión; antífona al Ben.; antífona de vísperas y lectura breve). De esta forma se sintetizan líricamente dos grandes temas de Juan: la exaltación (3,14-15; 8,28; 12,32) y la hora de Jesús (7,30; 8,20; 12,20-28; 13,1; 16,13-14). La presencia de María encuentra para los dos temas su lugar debido, el lugar querido por Dios. En la colecta esta presencia se subraya por el sustantivo mater en relación con el Filius: la hora de la exaltación en la cruz de Cristo es el punto focal del tríptico “Caná-Calvario-Apocalipsis 12", en donde aparece con toda claridad el “ser madre” de la Virgen . En Caná (Jn 2,1-11) anticipó como madre la inauguración del misterio del Hijo, invitándole a realizar el primero de los “signos”: origen de la fe en los discípulos, a quienes hace reunirse junto con ella y con los hermanos en torno a Cristo (Jn 2,12). Al mismo tiempo, María hizo anticipar también con este signo, proféticamente, aquella hora que se mostró en toda su luz cuando el Hijo del hombre reinó desde el madero y derramó la salvación sobre toda la humanidad. Además, aquella hora, en la que el Hijo prescindió de su madre (Jn 2,4), la Virgen se reveló como madre de todos, como madre de la iglesia (en este sentido hay que leer la oración sobre las ofrendas). Y una vez más la madre está junto a Cristo en la fe, representados simbólicamente en Juan los discípulos y los hermanos. En esta fe contra toda esperanza experimenta profundamente la Virgen la coparticipación en los sufrimientos del Hijo (“compatientem”, de “pati-cum”, es el término latino de la “editio typica “ del Misal romano, traducido a veces impropiamente con “dolorosa”; lo mismo puede decirse para la oración después de la comunión, en donde “compassionem B. M.V. recolentes” se ha traducido: “al recordar los dolores de la virgen María”. No sólo como madre está íntimamente unida al dolor de Cristo, sino que, como ya hemos observado, lo está como creyente bienaventurada que ve vacilar los fundamentos de su fe con la pasión y la muerte. Al mismo tiempo lucha sufriendo, esperando sólo en aquel que muere. Surge espontáneamente el recuerdo de Simeón, que había profetizado ya en este sentido: “Una espada atravesará tu alma” (Lc 2,35, del que encontramos un eco en la antífona inicial de la misa en el segundo pasaje evangélico ad líbitum, o sea Lc 2,33-35, y en la segunda liturgia de las horas sacada del Sermones de san Bernardo), y el recuerdo de su vida de fe que la había ido preparando para esta realidad: admirable expresión de los futuros fieles auténticos, que aun en medio del sufrimiento esperan únicamente en aquel que murió y resucitó. En Apocalipsis 12 parece estar clara la referencia a Jn 19,25-27. Por lo que se refiere a la “mujer”, se sabe que los exegetas andan divididos. Sin embargo, creemos que no está lejos la interpretación que ve en esta “mujer” tanto a la iglesia como a María : en efecto, “la iglesia y María son entre sí realidades complementarias, lo mismo que son las dos complementos insustituibles del mismo Cristo”. La madre del Hijo de Dios participa con él, en la hora de la historia, en la generación dolorosa de todos los vivientes, derrotando al enemigo del Hijo del hombre y participando en su glorificación por esta victoria. En este sentido el bíblico “viventium mater” (Gén 3,20) es el título perfecto de la nueva Eva. Madre espiritual y carnal de Cristo cabeza, madre espiritual de todos los miembros, de todos los hombres. Esta madre es la primera que ofrece su colaboración personal para completar la pasión de Cristo en favor de la iglesia, tal como se expresaba la Mystici Córporis refiriéndose a Col 1,24. Deseo que la liturgia, en la oración después de la comunión, sugiere que se actúe también parta la asamblea que ha celebrado la memoria de la Dolorosa como fruto final. De esta forma la madre se convierte para la ecclesia, que sigue luchando aún contra el dragón, esperando la glorificación final, en signo de una esperanza cierta y en motivo de estímulo.

La petición de la ecclesia es esencial: participar en la pasión de Cristo con aquella que es su madre y su imagen, anhelando ardientemente llegar como llegó ella a la glorificación final: “Haz que la iglesia, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar de su resurrección”. Estamos en el corazón de la liturgia del 15 de septiembre, la auténtica dimensión cristiana y el sentido último y denso de la celebración, los mismos motivos que aparecen en el Stábat Mater. Lo que se vislumbra al comienzo de la colecta encuentra su petición consecuente en su segunda parte: pasión del Hijo y de la madre (petición de conglorificación). Estas dos peticiones piden lo esencial para la vida de la iglesia. Respetan su ya y su todavía no. San Pablo nos ayuda a profundizar en el sentido de estas súplicas. La comunión total con Cristo Señor nos da la garantía de participar en su vida divina (también la antífonas de laúdes y vísperas). El espíritu que él nos ha obtenido “da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo” (Rom 8, 1-17). Cristo quiso libremente señalar el camino del hombre participando en todo y para todo de la vida humana, viviendo un período concreto de acontecimientos, alegrías y sufrimientos, viviendo hasta el fondo la muerte por la vida. La comunión con él, ser coherederos con su persona, como la vivió también la virgen María, supone asumir, iluminados conscientemente por la fe, la vida de cada día, en donde el límite propio del hombre, el sufrimiento, es un elemento no accesorio: “Coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con él (Rom 8,17). La participación en la pasión tiene dos perspectivas: personal y comunitaria. Es anhelo por la continua liberación de toda forma de pecado, de mal, individual y social. El volver a tomar día tras día la propia cruz (Lc 9,39) y aliviar com-pasivamente la cruz de cualquier hombre que esté en nuestro Camino y la de la humanidad de que formamos parte (Lc 10,25-37; Jn 13,34). Pero esta pasión no es fin de sí misma, sino que es para la vida: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24); y es para la vida sin fin: “Padecemos juntamente con él, para ser también juntamente con él, para ser también juntamente glorificados” (Rom 8,17); “si sufrimos con él, también con él reinaremos” (2 Tim 2, 11). Se trata de la tensión escatológica hacia la vida de toda la existencia cristiana. Se trata de la esperanza, que sostiene el ya de la iglesia, mientras camina hacia el todavía no. Esperanza que se centra esencialmente en la resurrección de Cristo, el primero de los vivientes (Rom 8, 18-30)

b) Triduo pascual.

Una serena meditación y lectura de la presencia de la Virgen a lo largo del año litúrgico ha llevado a la constatación de que en el triduo pascual de la liturgia romana la participación de la madre en la pasión del Hijo, a pesar de ser un elemento intrínseco del misterio que se celebra, no ha sido explicitada de ninguna forma. Sin embargo, la tradición litúrgica de rito bizantino y de otros ritos orientales se muestra sensible a esta dimensión celebrativa. En la liturgia propia de la Orden de los Siervos de María, oficialmente aprobada, se ha encontrado una formo específica que se sitúa ritualmente después de la adoración de la Cruz el viernes santo. La sobria secuencia ritual que señala cómo la virgen María está indisolublemente unida a la obra de salvación realizado por su Hijo, fiel y fuerte hasta la cruz, madre de todos los hombres, modelo de la iglesia, está compuesta de una admonición a la que siguen unos momentos de oración en silencio y el canto de algunas estrofas del Stábat Mater u otro canto debidamente escogido. En el corazón de la celebración del misterio pascual se pone de relieve discretamente la primera participación de la humanidad en la pasión redentora: como para la encarnación, también para la redención, en el sentido de Col 11,24.

c) Ejercicios piadosos.

1) Inspirándose probablemente en el uso de rezar el rosario, se difundió en el s. XVII la Corona de la Dolorosa, mejor llamada inicialmente de los Siete Dolores. En una de las primeras ediciones impresas, dicha Corona se compone de elementos rituales que se mantendrán esencialmente en vigor incluso en nuestros días: introducción; enunciación de un dolor, un Padrenuestro-siete Avemarías “en veneración de las lágrimas que derramó la Virgen de los dolores”, finalmente una parte del Stábat Mater (más tarde se recitó completo) con una oración para terminar.

2) La Via Matris dolorosae. Para facilitar el modo de meditar los dolores de María, de forma análoga al Vía Crucis, este piados ejercicio recuerda a la mater dolorosa pasando de una estación a otra, en la que se representa cada uno de los siete dolores principales. Su origen parece remontarse al s. XVIII y se practicó inicialmente y en particular en las iglesias de los Siervos de María de España. Uno de los primeros testimonios escritos, conservados hasta hoy, donde se refiere el método para celebrar la Via Matris, se remonta a 1842. Normalmente este piadoso ejercicio se practica los viernes de cuaresma. Desde 1937 hasta los años sesenta, bajo la forma de novena perpetua, adquirió una importancia muy amplia en Chicago y en las dos Américas.

3) La Desolada. También este piadoso ejercicio se desarrolló en el s. XVIII. Nació de la consideración, en cierto modo pietista, de que María vivió el colmo de su dolor durante la sepultura de su Hijo; en este período ella se vio realmente “desolada”; por eso, para “com-padecer-la” algunos estaban en oración desde el atardecer del viernes santo hasta las dieciséis del sábado santo, así como todos los viernes del año.

d) Religiosidad popular.

La imagen de la madre vestida de negro manto es una presencia casi constante en las tradiciones populares que veneran a la Dolora, desde el comienzo de la devoción hasta nuestros días. Sin embargo, no es fácil encontrar una documentación exhaustiva que permita recoger las diversas formas con que la religiosidad popular, entendida en el sentido más amplio del término, ha expresado y sigue expresando su devoción a la mater dolorosa. No cabe duda de que en occidente la devoción a la Dolorosa, antes de encontrar su codificación litúrgica o en los oficios “de compassione” (desde el s. XV) o en las misas (desde comienzos del s. XV), encuentra un favor especial en las expresiones populares. La figura de madre enlutada sigue estando esencialmente ligada a otra imagen pedagógicamente hegemónica, a su stare recogido, inmóvil y mudo del evangelio de Juan o al contemplar velado en lágrimas de Stábat. Lo mismo podemos decir de las formas religiosas que se desarrollaron después del concilio de Trento, especialmente de las procesiones dramáticas y escenificaciones presentes sobre todo, aunque no sólo, en el sur de la península italiana y en España. Probablemente hoy estas formas, no siempre administradas directamente por la comunidad cristiana, son las únicas expresiones periódicas que nos quedan de la religiosidad popular en que directa o indirectamente se expresa la devoción a la Dolorosa.

III. Nota histórica.

Muy recientemente todavía el editor de la Bibliografía mariana, G. Besutti, señalaba: “La historia de la piedad cristiana con la virgen María, que padece con su Hijo al pie de la cruz, no ha sido escrita aún por completo de forma que comprenda no sólo al oriente, sino a todas las regiones de occidente. Hay muchos aspectos, incluso importantes, que están más o menos diseminados por todas partes y que, si no se han ignorado, al menos no han sido valorados debidamente”. Y en este contexto refiere cómo en Herford (Paderborn) se fundó en 1011 un oratorio dedicado a “S. Mariae ad Crucem”. Esta cita revela cierto interés, en cuanto que de alguna manera confirma las observaciones de Wilmart: hay que poner antes del s. XII el nacimiento de esa corriente piadosa que se inspira en la meditación compasión de María al pie de la cruz. Sin embargo, todavía queda por precisar los tiempos y los lugares en que maduraron las reflexiones de los primeros padres de oriente y de occidente, las intuiciones poéticas y homiléticas, en concreto bizantina (por ej., Romanos Melodas, , que fueron poniendo progresivamente en relación la espada profetizada de Simeón con la compasión de la Virgen y su participación en la pasión redentora del Hijo.

A lo largo del s. XIII se elabora la devoción a la Dolorosa, precisándose a comienzos del s. XIV como devoción a los Siete dolores. Pero “el primer documento cierto sobre la aparición de la fiesta litúrgica del dolor de María proviene de una iglesia local”; en efecto, el 22 de abril de 1423 un decreto del concilio provincial de Colonia introducía en aquella región la fiesta de la Dolorosa en reparación por los sacrílegos ultrajes que los husitas habían cometido contra las imágenes del crucificado y de la Virgen al pie de la cruz. La fiesta llevaba por título “Commemmoratio angustiae et doloribus Betae Mariae Virginis”, según el tenor del decreto conciliar, que decía: “... Ordenamos y establecemos que la conmemoración de la angustia y del dolor de la bienaventurada Virgen María se celebre todos los años el viernes después de la domínica Jubilate (tercer domingo después de pascua), a no ser que ese día se celebre otra fiesta, en cuyo caso se transferirá al viernes próximo siguiente”.

En 1482 Sixto IV compuso e hizo insertar en el Misal romano, con el título de Nuestra Señora de la Piedad, un misa centrada en el acontecimiento salvífico de María al pie de la cruz. Posteriormente esa fiesta se difundió por occidente con diversas denominaciones y fechas distintas. Además de la denominación establecida por el concilio de Colonia y la que se fijaba en la misa de Sixto IV, era llamada también: “De transfixione seu martyrio cordis Beatae Mariae”, “De compassione Beatae Mariae Virginis”, “De lamentatione Mariae”, “De planctu Beatae Mariae”, “De spasmo atque dolorigus Mariae”, “De septem doloribus Beatae Mariae Virginis”, etc.

Mientras tanto, el 9 de junio de 1668 se les concedián a los Siervos de María la facultad de celebrar el tercer domingo de septiembre la “Missa de septem doloribus B.M.V.” con un formulario que se deduce que es muy parecido al de 1482. Esta misma es la que, con algunas ligeras modificaciones, se recoge en el Misal de Pío V el viernes de pasión. En realidad, la fiesta del viernes de pasión, concedida el 18 de agosto de 1714 a la Orden de los Siervos, se extendió, por petición de la misma orden, a toda la iglesia latina bajo el pontificado de Benedicto XIII (22 de abril de 1727). Además, Pío VII, el 18 de septiembre de 1814 extendió al tercer domingo de septiembre la fiesta de los Siete dolores con los formularios para el oficio divino y para la misa que ya estaban en uso entre los Siervos de María. Finalmente, con la reforma de Pío X, ante el deseo de realzar el valor de los domingos, esta fiesta quedó fijada el 15 de septiembre, fecha que estaba ya en uso en el rito ambrosiano, que por no tener la octava de la Natividad de la Virgen, celebró siempre ese día los dolores de María.

La fiesta del viernes de pasión quedó reducida por la reforma de las rúbricas de 1960 a una simple conmemoración. El nuevo calendario promulgado en 1969 suprimió la conmemoración del tiempo de pasión y redujo a la categoría de “memoria” la fiesta de los siete Dolores de septiembre bajo el nuevo título de “Nuestra Señora la Virgen de los Dolores”.

IV. Conclusión.

La historia de esta devoción, como ya se ha observado y como se deduce igualmente de estas notas, parece trazar una línea curva que alcanza su apogeo en los períodos de codificación litúrgica. La ósmosis entre lo popular y lo oficial, aun en medio de los reflujos pietistas que es posible constatar, conduce a una intensidad difusa del sentimiento de devoción hacia la mater dolorosa. Precisamente cuando la ósmosis es mayor es cuando la intensidad aparece más profunda. Pero es preciso subrayar que el progresivo replanteamiento litúrgico a lo largo del s. XX, ayudado en este punto por la reflexión bíblico-patrística, coincide con la “cualidad” de la meditación sobre el misterio del dolor de santa María, insertándolo en un contexto más amplio de historia de la salvación; no se contempla ni se venera a la mater dolorosa solamente para participar conscientemente, en cuanto personas particulares, en la pasión de Cristo a fin de vivir su resurrección, sino que además se hace esto para que María, como imagen de la iglesia, inspire a los creyentes el deseo de estar al lado de las infinitas cruces de los hombres para poner allí aliento, presencia liberadora y cooperación redentora. Además, la Dolorosa puede recordad a los hombres de nuestro tiempo, inquietos y preocupados por la esencialidad de las cosas, que la confrontación con la palabra de la verdad y su manifestación pasa ciertamente por la experiencia de la espada (Lc 2,35; 14, 17; 33,36; Sab 18,15; Ef 6,17; Heb 4,12; Ap 1,16), que traspasa el alma, pero que abre también a una nueva conciencia y a una misión renovada (Jn 19, 25-27), que va más allá de la carne y de la sangre y de la voluntad del hombre, puesto que brota de Dios (Jn 1, 13).

Fuente: Nuevo Diccionario de Mariología. Ediciones Paulinas.