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Cuentos con moraleja: Por sus obras les conoceréis

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Sofía Berdanska era una jovencita polaca de 18 años que acababa de perder a su padre. Pronto comprendió que debía trabajar para ayudar a mantener a su madre, bastante delicada de salud, y a su hermano pequeño.

A pesar de su corta edad, decidió colocarse como institutriz en alguna casa de gente pudiente. Buscó una carta de recomendación y fue a visitar a varias familias católicas; pero en ninguna le aceptaron, no tanto porque no la necesitaran sino más bien porque, debido a la crisis económica, todos trataban de reducir gastos.

A Sofía se le encogía el corazón cuando pensaba que su madre y su hermano estaban muertos de hambre y de frío en casa. Ella no cesaba de pedir a Dios y, al final, su oración fue escuchada.

Un buen día le hablaron de la familia Herstein; una familia muy bien acomodada con cuatro niños y que acababan de quedarse sin señorita de compañía. Allí se presentó Sofía y preguntó por Javiva Herstein, la señora de la casa. Después de los primeros saludos la señora le preguntó:

– Usted es, ¿usted no es judía?

Sofía fijó sus ojos en los de la señora y pronto advirtió, por aquellas facciones y aquel modo de hablar, que se encontraba ante una judía. Y entonces respondió con sinceridad:

– No, señora. Soy polaca y católica.

La señora quedó por unos instantes en silencio; momento que aprovechó para leer la carta de recomendación que traía Sofía en sus manos. Cuando terminó de leerla le hizo un segundo repaso de arriba abajo a la joven. Javiva, la señora de la casa, advirtió que Sofía, debido a su situación familiar de extrema necesidad se conformaría con un módico sueldo (algo muy importante para un judío); por otro lado, tenía buena presencia y un modo de hablar sumamente agradable. Además –y esto no se lo dijo a la joven- por su casa habían desfilado ya bastantes institutrices y todas se habían marchado bruscamente, quedando la señora con el problema de encontrar una nueva institutriz que tuviera más paciencia.

Así pues, pensó en aceptarla, no sin antes darle algunos importantes avisos:

– Este cargo es algo difícil. Yo tengo que pasarme todo el día en el comercio y no me puedo ocupar de los cuatro pequeños. Mi madre, que me ayuda en el gobierno de la casa, los tiene un poco mal acostumbrados…. Los niños son algo caprichosos y tienen el genio fuerte.

A lo que Sofía respondió:

– Lo que usted me indica no tiene realmente mucha importancia; son cosas de niños. No se preocupe. Ya verá cómo hago todo lo posible por educarlos y atenderlos bien.

En vista de que la futura institutriz se presentaba con tan buenas disposiciones, la señora Herstein expuso todas sus exigencias en lo que se refería a horarios, trabajo diario, sueldo…. Y terminó diciendo:

-Si hago el sacrificio de tomar a una católica para la educación de mis niños, es con una condición: Usted tiene que prometerme, bajo palabra de honor, que nunca hablará de su religión a mis hijos. Más aún, que ni siquiera dejará que ellos conozcan a qué religión pertenece usted.

Sofía volvió a pensar en su hogar. Pensó también que hay muchas maneras de predicar a Cristo y luego, respondió con serenidad:

-Se lo prometo, señora. Palabra de honor – haciéndose, sin darse cuenta, la señal de la cruz sobre el pecho.

Sofía pronto conquistó el corazón de la señora por su total disposición y el buen hacer, y siempre fuel fiel a su promesa. Con los niños la labor fue más difícil pues eran egoístas, soberbios, maleducados, intransigentes… Pasaron varias semanas, y como compensación, y a escondidas del intransigente esposo, permitió a la institutriz ir cada domingo a la primera Misa, con tal de que nadie se enterara.

Sofía solía ir a la Iglesia cuando los faroles, cubiertos todavía de la escarcha de la noche, proyectaban un misterioso resplandor sobre la nieve recién caída. Aquella jovencita polaca sentía necesidad de su comunión semanal para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa en medio de esta familia, en la que cuatro pequeños la tiranizaban continuamente. Nunca se había imaginado que pudieran existir cuatro niños tan indisciplinados, perezosos y revoltosos como estos.

De vez en cuando, Sofía, iba a visitar a su madre para entregarle la paga y pasar algún ratito con ella. En su primera visita, su madre, sacó un medallón que tenía guardado en un viejo cofre que antaño había pertenecido a su abuela. Era uno de aquellos medallones en los que se solían llevar pequeños recuerdos de las personas queridas. Sofía, tomó un papelito, escribió en él una palabra y lo ocultó dentro del medallón. Desde ese momento siempre lo llevó al cuello. En numerosas ocasiones los niños le habían preguntado qué tenía dentro del medallón, pero ella nunca se lo dejaba abrir. Un día, tanto le insistieron que les respondió:

-Ese es mi secreto, niños.

Poco a poco, una transformación silenciosa había ido cambiando el hogar de la familia Herstein. Los niños se hicieron obedientes y respetuosos, y los padres se miraban más que sorprendidos del profundo cambio que habían sufrido sus hijos gracias a la paciencia, el cariño y el buen hacer de Sofía.

Ocasionalmente, la madre reunía a los niños para preguntarles de qué les hablaba la institutriz, intentando indagar si les estaba enseñando ideas cristianas; pero Sofía siempre fue fiel a su palabra. Los niños no sabían a qué religión pertenecía ni tenían la más mínima sospecha.

Un día, la desgracia se cernió sobre la familia, el pequeño Samuel, penúltimo de los cuatro, cayó enfermo de un mal terrible: granos supurantes le cubrían el rostro y le hacían sufrir atrozmente. El médico nunca se atrevió a pronunciar el nombre de la enfermedad que, por otra parte, estaba en la mente de todos; sólo se limitaba a decir que era una enfermedad muy grave y contagiosa que precisaba total aislamiento. Según luego el mismo médico comunicó, había muchos casos similares en el pueblo y el único hospital que había estaba a rebosar por lo que no quedaba más remedio que cuidarlo en casa.

– ¿Adónde llevar al niño? ¿Cuidarle en casa? Sí, pero ¿quién le velaría? Yo no puedo, pues tengo que atender el comercio. –pensó la madre.

En eso que sus ojos se encontraron con los de Sofía, quien comprendía la preocupación de la madre y le respondió sin titubear un segundo:

-Yo, señora, cuidaré de Samuel.

Como no se habían tomado bastantes precauciones, otros dos niños de la familia cayeron enfermos. Sofía, se pasaba todo el día yendo de una cama a la otra sin tener ni un minuto de descanso.

La joven polaca, velaba, llevaba las medicinas, hacía la limpieza de casa, lavaba a los niños…, tanto hacía y tan bien que, después de varias semanas, los tres niños enfermos estaban fuera de peligro.

Cuando todo parecía que el grave problema se iba a superar, fue la misma Sofía quien contrajo el mal. La señora Herstein, muy preocupada por Sofía, la llevó al hospital de Varsovia, donde después de una semana luchando contra la fiebre y el dolor, falleció.

Al día siguiente, en medio del dolor de los esposos Herstein y del llanto de los niños, fue llevada a la casa de su madre y enterrada en el panteón familiar junto a su padre.

Pasó un año, y cuando se cumplía el aniversario de su fallecimiento, toda la familia Herstein asistió a la Misa de aniversario y comulgó en la Iglesia de San Alejandro. Todos se habían convertido al catolicismo. ¿Quién había hecho este milagro? Sin duda, Sofía Berdanska, la joven polaca que trabajaba por mantener a su madre y a su hermanito. Nunca había hablado de Jesucristo ni del Evangelio; pero el ejemplo de su vida fue suficiente para convertir a todos.

Padre Lucas Prados
Fuente: Adelante la Fe

De la Muerte y de la Resurrección

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Nuestra existencia humana puede ser comparada con un libro: la mayoría de la gente considera su vida aquí abajo como un texto real, como la historia principal y ve la vida futura – por supuesto cree en su realidad --- como un simple apéndice. La actitud cristiana autentica es exactamente la inversa: nuestra vida presente en realidad no es mas que el prefacio, la introducción del libro. La vida futura constituye por el contrario la historia principal. El momento de la muerte no es la conclusión del libro sino el comienzo del primer capitulo.

Sobre ese punto final, que es en realidad un comienzo, conviene recordar dos cosas, tan evidente que se las olvida con facilidad: primero, la muerte es un hecho inevitable y real; segundo la muerte es un misterio. Entonces debemos considerarla con sentimientos opuestos, con sobriedad y realismo por un lado y con temor y admiración por otro.

En esta vida hay una sola cosa de la que podemos estar seguros: todos vamos a morir, a menos que la segunda venida del Cristo suceda antes. La muerte es el único acontecimiento determinado, inevitable, al cual el hombre se debe enfrentar; si intenta olvidarlo o esconder su carácter ineluctable, no puedo ser mas que un perdedor. El verdadero humanismo es inseparable de la conciencia de la muerte, solo afrontando y aceptando la realidad de mi muerte por venir es que puedo estar auténticamente vivo. Como ha observado D. H. Lawrence: "Sin el canto de la muerte, el canto de la vida es insípido y ridículo." Al ignorar la dimensión de la muerte privamos la vida de su verdadera grandeza. El metropolitano Antonio de Sourog lo dijo con énfasis: "la muerte es la piedra angular de nuestra actitud hacia la vida. Aquellos que temen a la muerte temen a la vida. Es imposible no tener miedo de la vida, con toda su complejidad y todos sus peligros, si tenemos miedo de la muerte. (...) Si tememos a la muerte nunca estaremos listos para aprender el riesgo; pasaremos nuestra vida de manera cobarde, prudente y tímida. Al mirar a la muerte de frente, al darle un sentido, al determinar el lugar que le toca y nuestro lugar respecto de ella es como seremos capaces de vivir sin temor y hasta el límite de nuestras posibilidades"1.

Sin embargo nuestro realismo y nuestra determinación al darle un sentido a la muerte no deberían llevarnos a reducir la segunda verdad: el carácter misterioso de la muerte. A pesar de todo lo que puedan decirnos las diferentes tradiciones religiosas, no comprendemos casi nada de "ese país desconocido del cual ningún viajero retorna...." Es verdad, como lo hace notar Hamlet, el temor a la muerte "estorba la voluntad." No debemos darle poca importancia a la muerte, es un hecho ineluctable y real pero también es el gran desconocido. (...)

Sobre el lugar que la muerte ocupa en nuestra vida y nuestra posición frente a ella, conviene tener bien en cuenta tres cosas: primero, la muerte está mas cerca de nosotros de lo que nos imaginamos; segundo, es profundamente innatural, contraria al plan Divino y es, sin embargo, al mismo tiempo, un don de Dios; por último, es una separación que no es una separación.

La muerte no es simplemente un acontecimiento lejano que vendrá a concluir nuestra existencia terrestre; es una realidad bien presente que prosigue sin cesar alrededor de nosotros y en nosotros. "Cada día muero," dice S. Pablo (1 Co 15:31); "El tiempo de la muerte es a cada instante," pondera T. S. Eliot. Todo aquello que vive es una forma de la muerte; morimos todo el tiempo pero en esta experiencia cotidiana de la muerte, cada muerte está seguida de un nuevo nacimiento: toda muerte es también una forma de vida. La vida y la muerte no son contrarias; no se excluyen mutuamente sino que se entrelazan. Toda nuestra existencia humana es una mezcla de muerte y de resurrección. "Como moribundos, mas he aqui vivimos" (2 Co 6:9). Nuestro viaje por esta tierra es una Pascua incesante, una travesía continua desde la muerte hacia una nueva vida. Entre nuestro nacimiento inicial y nuestra muerte final, todo el curso de nuestra existencia esta constituido de una serie de "pequeñas" muertes y nacimientos.

Cuando llega la noche, cada vez que nos dormimos, es una anticipación de la muerte; cuando llega la mañana, cada vez que nos despertamos, es como si resucitáramos de entre los muertos. Una bendición judía dice: "bendito seas Tú, oh Señor, nuestro Dios, Rey del Universo, que recreas tu mundo cada mañana." Lo mismo sucede con nosotros cada mañana: cuando nos despertamos estamos como recreados. Puede ser que nuestra ultima muerte sea de la misma manera, una "recreación," un adormecerse seguido de un despertar. No tenemos miedo de dormirnos cada noche porque sabemos que nos vamos a despertar una vez mas a la mañana siguiente. ¿No podemos darle la misma confianza a nuestro ultimo adormecimiento en la muerte? ¿No podríamos esperar despertarnos recreados en la eternidad?

Este modelo de vida-muerte aparece también de manera un poco diferente en el proceso de nuestro crecimiento. En cada etapa, cada cosa en nosotros debe morir para que podamos pasar a la etapa siguiente de la vida. El pasaje de un niño de pecho al niño, del niño al adolescente, del adolescente al adulto maduro, implica cada vez una muerte interior para permitir el nacimiento de algo nuevo. Y estas transiciones, en particular la de la infancia a la adolescencia, pueden ser fuentes de crisis a veces muy dolorosas, pero si en un punto o en otro nosotros rechazamos esta necesidad de morir entonces no podemos desarrollarnos y volvernos verdaderas personas. Como escribió George Mac Donald en su novela Lilita, "vosotros estaréis muertos tanto como rechacéis morir." Justamente es la muerte de lo viejo lo que posibilita la emergencia de lo nuevo en nosotros, sin la muerte no habría vida nueva.

Si volverse adulto es una forma de muerte, lo mismo sucede en el comienzo con la separación de un lugar o de una persona que hemos amado. Estas separaciones son necesarias en nuestro crecimiento continuo hacia la madurez. A menos que tengamos algún día el coraje de salir de nuestro ambiente familiar, de separarnos de nuestros amigos actuales y de forjar nuevos lazos, no realizaremos jamas todo lo que hay en nosotros, nuestro verdadero potencial. Al atarnos por mucho tiempo a lo viejo rechazamos la invitación a descubrir lo nuevo. (...)

Para muchos creyentes la muerte de la fe – la pérdida de nuestras certezas (al menos aparentes) más profundas sobre Dios y sobre el sentido de la existencia --- es casi tan traumatizante como la perdida de un amigo o de la pareja, pero eso también es una experiencia de muerte-vida por la que debemos pasar para que nuestra fe madure. La fe auténtica es un diálogo permanente con la duda. Dios sobrepasa infinitamente todo lo que podemos decir de Él, nuestros conceptos mentirosos son ídolos que deben ser quebrados. Para estar plenamente vivo nuestra fe debe morir continuamente.
En todos estos casos la muerte no tiene un carácter destructivo sino creativo: es de la muerte que viene la resurrección. Una cosa que muere es algo que nace a la vida. La muerte que llega al final de nuestra vida terrestre ¿no es del mismo orden? ¿No es ella la mas ultima y la mas formidable muerte-resurreccion entre todas aquellas que conocimos desde nuestro nacimiento? Lejos de estar totalmente cortada, la muerte es la expresión mas vasta y mas completa de todo lo que hemos vivido en el curso de nuestra vida. Si las pequeñas muertes por las cuales hemos debido pasar nos han conducido cada vez mas allá hacia una resurrección, ¿por que no seria eso también verdadero del gran momento de la muerte cuando nos llegue el tiempo de dejar este mundo?

Pero eso no es todo: para los cristianos este modelo de muerte-resurrección repetido al infinito en nuestra vida, toma su sentido más profundo en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Salvador Jesús, Cristo. Nuestra propia historia debe ser comprendida a la luz de Su historia que celebramos cada año durante la Semana Santa y también cada domingo en la Liturgia eucarística. Nuestras pequeñas muertes y restricciones están unidas a través de la historia a Su muerte y resurrección definitivas, nuestras pequeñas pascuas están elevadas y reafirmadas en la Gran Pascua. La muerte de Cristo, según la liturgia de San Basilio, es una "muerte creadora de vida." Seguros de su ejemplo nosotros creemos que nuestra propia muerte también puede ser "creadora de vida." El Cristo es nuestro precursor y nuestras primicias. La Iglesia Ortodoxa afirma la noche de Pascua en la homilía atribuida a San Juan Crisóstomo (siglo 4): "que nadie tema a la muerte porque la muerte del Salvador nos ha librado de ella; Él la ha hecho desaparecer después de haberla sufrido. (...) Cristo resucitó y entonces reina la Vida. El Cristo resucitó y no hay más muertos en la tumba."2

Entonces la muerte es nuestra compañera a lo largo de nuestra vida como una experiencia cotidiana permanente que se repite hasta el infinito. Sin embargo, por muy familiar que sea, sigue siendo profundamente innatural. La muerte no pertenece al designio preeterno de Dios para su creación, Dios nos creó no para que muriéramos, sino para que viviéramos. Aún más, nos creo como una unidad indivisible. Desde el punto de vista judío y cristiano la persona humana debe ser vista completamente en términos holísticos: no somos un alma prisionera temporal de un cuerpo que aspira escaparse de él, sino una totalidad integrada que comprende el cuerpo y el alma. Carl Gustav Jung tenía razón al insistir en lo que él llama "verdad misteriosa": "el espíritu es el cuerpo vivo, visto desde el interior y el cuerpo es la manifestación exterior del espíritu vivo – los dos son verdaderamente uno." Como separación del cuerpo y del alma la muerte es en consecuencia un duro golpe para la unidad de nuestra naturaleza humana.

Si la muerte es algo que nos llega a todos también es profundamente anormal, es monstruosa y trágica. Ante la muerte de nuestro prójimo y nuestra propia muerte cualquiera sea nuestro realismo, nuestros sentimientos de desolación, de horror y también de indignación, están justificados: "no entren dulcemente en aquella buena noche. Rabien, vociferen contra la agonía de la luz," dice el poeta Dylan Thomas. Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11:35); y en el jardín de Getsemani El estaba lleno de angustia ante la perspectiva inminente de su propia muerte (Mateo 26:38). San Pablo considera la muerte como un "enemigo que sera destruido" (1 Co 15:26) y la liga estrechamente al pecado: "el aguijón de la muerte es el pecado" (1 Co 15:56). Como vivimos todos en un mundo caído, distorsionado, desunido, loco, destruido, vamos a morir.

Sin embargo si la muerte es trágica también es al mismo tiempo una bendición. Aunque no forme parte del plan Divino, también es un don de Dios, una expresión de su misericordia y de su compasión. Para nosotros humanos vivir sin fin en este mundo caído, cautivo para siempre del circulo vicioso del aburrimiento y del pecado, hubiera sido un destino insoportable. Es por eso que Dios nos ha ofrecido una escapatoria, El deshace la unión del alma y del cuerpo para poder enseguida recrearlos, reunirlos en el momento de la resurrección de los cuerpos en el ultimo día y llevarlos así a la plenitud de la vida. Es como el alfarero que observaba el profeta Jeremías: "descendí a casa del alfarero y he aqui, que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacia se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, segun le pareció mejor hacerla" (Jr 18:3-4). El alfarero Divino pone su mano sobre la vasija de nuestra humanidad abismada por el pecado y lo quiebra para poder hacerla de nuevo a su vez y devolverle su gloria inicial. La muerte en este sentido es un instrumento de nuestra restauración. Como lo canta la Iglesia Ortodoxa en su servicio fúnebre: "Antes, Tú me sacaste de la nada para formarme a la imagen de Dios. Pero yo transgredí tu ley y Tú me has hecho retornar al barro del cual me habías creado; hazme volver ahora hacia tu semejanza y restaura mi primera belleza."(...)

Entonces hay una dialéctica en nuestra actitud hacia la muerte en la que los dos extremos se acercan finalmente, y no son contradictorios. Nosotros vemos la muerte como innatural, anormal, contraria al plan original del Creador y nos revelamos contra ella con dolor y desesperación, pero la consideramos también como una parte de la voluntad Divina, una bendición y no un castigo. Es también una salida de nuestro estancamiento, un medio de gracia, la puerta hacia nuestra recreación, es nuestra vía de retorno. Para citar nuevamente el servicio fúnebre ortodoxo: "Yo soy la oveja perdida: llámame, oh mi Salvador y sálvame." Nosotros nos acercamos a la muerte con apuro y esperanza, diciendo con San Francisco de Asís: "Que mi Señor sea alabado por nuestra hermana, la muerte corporal"; porque a través de esta muerte corporal el Señor llama hacia Él al niño de Dios. Más allá de su separación en la muerte, el alma y el cuerpo serán reintegrados cuando llegue la resurrección final.

Esta dialéctica aparece claramente en el desarrollo de los funerales ortodoxos. Nada se hace para intentar ocultar la difícil y chocante realidad de la muerte. El ataúd permanece abierto y es un momento punzante cuando las familias y los amigos se acercan unos después de otros para darle el ultimo beso al difunto. Sin embargo al mismo tiempo y en muchos lugares es de uso común llevar no vestimentas negras sino blancas, las mismas que se llevan para el oficio de la Resurrección en la noche Pascual: porque Cristo, resucitado de entre los muertos, llama a los cristianos difuntos a compartir su propia Resurrección. No está prohibido llorar en un entierro; es más bien sabio ya que las lágrimas pueden actuar como un bálsamo y la herida es más profunda cuando la pena es rechazada. Pero no debemos desconsolarnos "como los otros, que no tienen esperanza" (1 Ts 4:13). Nuestra aflicción por muy desgarradora que sea no es desesperada porque como lo confesamos en el Credo nosotros esperamos "la resurrección de entre los muertos y la vida del siglo venidero."

Finalmente la muerte es una separación que no es separación. La tradición ortodoxa le otorga la mayor importancia a este aspecto. Los vivos y los difuntos pertenecen a una sola familia. El abismo de la muerte no es infranqueable ya que podemos encontrarnos todos alrededor del altar de Dios. El escribano ruso Iulia de Beausobre (1893-1977) decía: "la Iglesia (...) es el punto de encuentro de los muertos, los vivos y de aquellos que todavía no nacieron, que amándose los unos a los otros, se reúnen alrededor de la roca del altar para proclamar su amor por Dios.4" Así otro autor ruso, el presbítero misionero Makario Gloukhard (1792-1847) dice en una carta a un fiel que se encuentra de duelo: "en Cristo vivimos, nos movemos y existimos. Vivos y muertos, todos estamos en Él. Sería mas justo decir que estamos todos vivos en Él y que no hay muerte. Nuestro Dios no es un Dios de muertos, es el Dios de los vivos. Es vuestro Dios, es el Dios de la difunta. No hay más que un Dios y ustedes están unidos en el Único. Solo que no podrán verse durante algún tiempo para que el encuentro futuro sea más gozoso. Entonces nadie podrá quitarles vuestro gozo. Pero aún ahora, ustedes viven juntos, solo que ella se fue a otra habitación y cerró la puerta... El amor espiritual ignora la separación visible."5(...)

Queda el tema de la resurrección de los cuerpos, a menudo planteado e imposible de resolver en el estado de nuestro conocimiento. Hemos dicho que la persona humana fue creada en el origen por Dios como una unidad indivisible del cuerpo y del alma y que esperábamos más allá de su separación por la muerte física su reunificación última en el último día. Una antropología holística nos lleva a creer no simplemente en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección del cuerpo. Ya que el cuerpo es una parte integrante de la persona humana total, toda inmortalidad plenamente personal debe implicar tanto el cuerpo como el alma. ¿Cuál es en este caso la relación entre nuestro cuerpo actual y el cuerpo de nuestra resurrección en el siglo venidero? En el momento de la resurrección ¿tendremos el mismo cuerpo que ahora o un cuerpo nuevo?

La mejor respuesta es tal vez la siguiente: el cuerpo será simultáneamente el mismo y otro. Los cristianos comprenden tal vez la resurrección de los cuerpos de una manera simplista y estrecha, se imaginan que los elementos materiales constitutivos del cuerpo que han sido disueltos y dispersados por la muerte, de alguna manera serán vueltos a juntar en el día del Juicio Ultimo, de manera que el cuerpo reconstituido contenga exactamente los mismos fragmentos minúsculos de materia que antes.

Pero aquellos que afirman una continuidad entre nuestro cuerpo actual y nuestro cuerpo en el Ultimo día no tienen necesariamente una visión tan literal de las cosas. San Gregorio de Nisa, por ejemplo, en La Creación del hombre y Del alma y de la Resurrección, propone un acercamiento mas objetivo e imaginativo. El alma para él confiere al cuerpo una forma distinta (eidos); ella marca al cuerpo de una impresión particular impuesta no desde el exterior sino desde el interior. Es por esta impresión que el cuerpo expresa la característica o el estado espiritual interior de la persona. En el curso de nuestra vida aquí, los constituyentes físicos de nuestro cuerpo cambian varias veces pero en la medida en que la forma impresa por el alma posee una continuidad que no esta afectada por las alteraciones físicas, se puede decir realmente que nuestro cuerpo sigue siendo el mismo. Hay una autentica continuidad corporal ya que hay una continuidad en la forma dada al alma.(...)

En el momento de la resurrección final, prosigue San Gregorio, el alma va a marcar nuestro cuerpo resucitado con el mismo sello que tenía durante esta vida. No es necesario que los mismos fragmentos sean juntados; el mismo sello alcanza para que el cuerpo sea el mismo. Entre nuestro cuerpo presente y nuestro cuerpo resucitado habrá en efecto una verdadera continuidad que no hay que interpretar sin embargo de una manera demasiado inocentemente materialista.

Dicho esto, si el cuerpo permanece en ese sentido el mismo en la resurrección, será igualmente diferente. Como lo dice San Pablo: "se siembra cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual" (1 Co 15:44) "Espiritual" aquí no debe ser tomado en el sentido de "no material." El cuerpo resucitado será siempre un cuerpo material, pero al mismo tiempo será transformado por el poder y la gloria del Espíritu y así liberado de todas las limitaciones de la materialidad tal como las conocemos actualmente. Por el momento, no conocemos el mundo material y nuestros propios cuerpos materiales mas que en su estado de caída; concebir las características que poseerá la materia en un mundo no caído esta mucho mas allá de los poderes de nuestra imaginación.

No podemos mas que tenuemente adivinar la transparencia y la vitalidad, la liviandad y la sensibilidad de las que nuestro cuerpo resucitado, al mismo tiempo material y espiritual, será revestido en el siglo venidero. Como lo escribe San Efren el Sirio (+373): "mira a este individuo en el cual había hecho su morada una legión de diablos: ignorábamos que ellos se encontraban allí porque sus almas estaban mejor mantenidas y eran más sutiles que el alma. Y todo entero en un solo cuerpo, este ejército pudo residir. Ahora bien, están cien veces mejor mantenidos y son cien veces más sutiles los cuerpos de los justos que se levantan el día de la resurrección y están hechos a semejanza de un espíritu que sería capaz de crecer y agrandarse a su voluntad, de apretarse y de encogerse. Encogido está en un lugar y agrandado está en todas partes. (...) ¿alcanzará entonces el Paraíso (¡que sea bendecido!) para todos estos espíritus cuya sustancia es tan sutil que aún los pensamientos no pueden lograr percibirlos?"Tal vez sea esta la mejor descripción que podamos esperar de la gloria de la resurrección. Dejemos el resto al silencio. "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser" (1 Juan 3:2).

Monseñor Kallistos Ware
Extraído del Libro: "El Reino interior," Le sel de la Terre, 1993.

De la eficacia y necesidad de la Oración. San Alfonso María de Ligorio

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Sermón para el domingo décimo después de Pentecostés
Deus propitius esti mihi peccatori. Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. (Luc. XVIII, 3) 
Nos dice el Evangelio de hoy, que dos hombres subieron al Templo a orar: el uno era el fariseo, y el otro publicano o alcabalero. El fariseo, en vez de humillarse y de pedir a Dios que le asistiese con su gracia, decía: ¡Oh Señor! Yo te doy gracias de que yo no soy como los demás hombres que son pecadores: Deus, gratias ago tibi, quia non sum sicut cerete homines. El publicano, al contrario, oraba con grande humildad, diciendo: Deus propitus esto mihi peccatori: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Este mismo Evangelio declara: que este publicano volvió a su casa perdonado por Dios; y que el fariseo regresó a la suya tan inicuo y soberbio como había salido de ella. Inferid de este ejemplo, oyentes míos, cúan agradable a Dios, y necesarias a nosotros son las oraciones humildes, para obtener del Señor todas las gracias que necesitamos para salvarnos. Por esto quiero exponeros en esta plática:
  • En el punto 1º: La eficacia de la oración.
  • En el punto 2º: La necesidad de la oración.
Punto 1
EFICACIA DE LA ORACIÓN
1.- Para comprender la eficacia y el valor de nuestras oraciones, basta observar las grandes promesas hechas a los que suplican y oran. En Salmo XLIX, 15, dice el Señor:Invoca me, et eruam te: Invócame, y yo te liberaré.
En el Salmo XC, 14: Clamabit ad me, et ego exaudiam eum: Clamará a mi, y le oiré benigno. Y en Jeremías (XXXIII, 3Clama ad me, et exaudiam te: Invócame, y yo te escucharé. En San Juan dice también (XV, 7): Quodcumque volueritis, petetis, et fiel vobis: Pediréis lo que quisiereis y se os otorgará. Y hay otros mil textos que expresan lo mismo, así en el antiguo, como el nuevo testamento. Dios por su naturaleza, es la misma bondad, como escribe San León: Deus cujus natura bonitas; y por esta bondad tiene un gran deseo de comunicarnos sus bienes. Por lo cual decía Santa María Magdalena de Pazis: que cuando alguna alma  pide a Dios alguna gracia, en cierto modo, queda obligado a concedérsela, puesto que ella le abre el camino con la súplica a que sacie el deseo que tiene de dispensar a los hombres sus gracias y sus favores. Así es, que en la divina Escritura parece que no hay cosa a que más nos exhorte, ni que tanto se nos inculque por el Señor, como el pedir y el orar. Para demostrar esto nos bastan aquellas palabras que leemos  en San Mateo: Petite, et dabitur vobis quœrite, et invenietis: pulsate, et aperitur vobis: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. (VII, 7) San Agustín dice: que se obligó Dios con tale promesas a concedernos los que pidamos: Promittendo, debitoremse fecit. (De verb. Dom. serm. 2). Y en el sermón V añade, que no nos exhortaría tanto el Señor a pedir gracias, si no quisiese concedérnoslas: Non nos hortaretur, ut petecemus, nisi dare vellet. Así vemos, que los slmos de David, y los libros de Salomón y de los profetas están llenos de súplicas.
2.- Dice Teodoreto, que es tan eficaz la oración para con Dios, que una sola basta par obtener cuanto se pida. San Bernardo añade: que cuando nosotros pedimos, si el Señor  no nos concede la gracia que le rogamos, nos concederá otra todavía más útil. Y ¿quién invocó jamás a Dios en su auxilio, que haya sido despreciado? Leemos en la Santa Escritura, que entre los gentiles no hay ninguna nación que tenga dioses tan dispuestos a oír nuestras súplicas, como lo está el Dios nuestro. Los príncipes de la tierra, dice San Juan Crisóstomo, dan audiencia a pocos; pero Dios la concede a cuantos se la piden. Y David dice, que esta bondad del Señor en oírnos siempre que lo solicitamos, nos dá a conocer, que Él es nuestro verdadero Dios, que nos ama más que a ninguno. Por esto le dice David:In quacumque dic invocavero te, ecce cognovi, quia Deus meus es tu: En cualuier hora que te invoco, al instante conozco que Tú eres mi Dios. (Psal. LV, 10). Él quier concedernos gracias; y lo desea con ansia, como hemos dicho ya, pero quiere también que se las pidamos. Un día dijo Jesucristo a sus discípulos: ¿hasta cuando dejaréis pedir en mi nombre? Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. (Joann XVI, 24). Como si dijera. Os lamentáis  de que no estáis enteramente contentos conmigo; pero lamentaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido cuanto necesitabais: pedídmelo de hoy en adelante, y seres oídos. Muchos, dice San Bernardo, se lamentan de que les falta el Señor; pero con mucha mayor razón se lamenta Dios de que muchos le faltan a Él, dejando de pedirle las gracias que necesitan.
3.- Los antiguos Padres, conferenciando entre sí para encontrar el ejercicio más útil para conseguir l salvación eterna, convinieron en que no había otro, que pedir sin intermisión y decir: Señor, ayudadme presto: Deus in adjutorium meum intende: Domine, ad adjuvandum me festina. Y por lo mismo, la santa Iglesia hace repetir tantas veces en las horas canónicas estas dos oraciones o suplicas a todo el clero y a todos los religiosos, los cuales piden, no solamente para sí, sino para todo el orbe cristiano. Dice San Juan Clímaco, que nuestras oraciones hacen una piadosa violencia a Dios para que nos oiga. Cuando se le suplica, al momento que oye la voz de nuestro clamor, responde dispensándonos las gracias que le pedimos. Por lo cual dice San Ambrosio, que el que pide a Dios, recibe mientras le está pidiendo. Y no solamente concede presto, sino abundantemente, dándonos más de lo que pedimos. San Pablo dice: que Dios es rico para con todos aquellos que le invocan. Y Santiago dijo: que si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría , pídesela a Dios, que a todos da copiosamente. Con efecto, Dios a todos da copiosamente, y no zahiere a nadie; ni siquiera nos echa en cara las ofensas que le hemos hecho, sino que se complace enriqueciéndonos con sus gracias.
Punto 2
DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN
4.- Dios quiere que todos los hombres se salven, como dice San Pablo: Omnes homines vult salvos fieri, et ad agnitionem veritatis venire. (I Tim. II, 4). Y no quiere que ninguno se pierda. Espera con mucha paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia. Y San León dice, que así como quiere Dios que observemos sus preceptos, así nos previene con su ayuda para que obedezcamos. Y Santo Tomás escribió acerca de las palabras del Apóstol: Y por esto a nadie le falta la gracia, sino que la comunica a todos en cuanto de Él depende. Toca a la Divina Providencia suministrar a cada cual las cosas necesarias para su salvación, con tal que el hombre no ponga obstáculos. Pero este auxilio de la gracia no le concede el Señor sino lo que se le pide, como asegura Ganadio: ninguno merece el auxilio sino aquel que lo pide. Y San Agustín afirma, que exceptuados los primeros llamamientos a la fe o a la penitencia los demás no se conceden sino al que los pide, especialmente la gracia de la perseverancia. Consta dicen, que unas gracias concede Dios aún a los que no le piden, como el principio de la fe; y que otras no las otorga sino a los que las piden, como la perseverancia final. Y añade: Dios quiere dar, pero no da sino a los que le piden.

5.- Es sentencia común entre los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Clemente, Alejandrino y otros, que la oración es necesaria a los adultosnecessitate medii; es decir, que no pueden salvarse sin pedir a Dios los medios necesarios para conseguir la salvación. Y esto significan y manifiestan los textos de la Sagrada Escritura: Conviene orar perseverantemente (Luc. XVIII, 1). Pedid y recibiréis (Joann. XVI, 24). Estas palabras, oportet, conviene; petite, pedid; orate, orad; según enseñan los doctores con Santo Tomás (3, part. qu. 39, art. 5), contienen precepto grave, que obliga especialmente en tres casos: 1º Cuando está el hombre en pecado. 2º Cuando está en grave peligro de pecar. 3º Cuando está en peligro de muerte. Y fuera de estos casos quieren los doctores, que el que no ora en un mes, o en dos, cuando más, no queda excusado de pecado mortal. Y la razón de esto es, porque sin la oración no podemos obtener los auxilios necesarios para observar la ley divina. San Juan Crisóstomo dice, que tan necesaria como es el agua para que no se sequen los árboles, lo es la oración para que no perezcamos nosotros los pecadores.
6.- Muy injustamente, pues dijo Jansenio, que nos es imposible observar algunos preceptos, aun con el auxilio de la gracia; pues el Concilio de Trento (sess. 6, cap. 11) dice: Que aunque el hombre no puede observar todos los preceptos con sólo el auxilio de la gracia ordinaria, obtiene, sin embargo, por medio de la oración, los auxilios mayores que necesita para observarlos. Dios no manda cosas imposibles, sino que, mandando, nos amonesta a hacer lo que podamos, y nos ayuda para que podamos. A lo cual debe de unirse aquella otra célebre sentencia de San Agustín: “Por lo mismo que creemos firmemente, que Dios no pudo mandarnos cosas imposibles, se nos amonesta, ya lo que debemos hacer en las fáciles, ya lo debemos pedir en las difíciles”.
7.- Pero preguntará alguno, ¿Porqué Dios, que conoce nuestra debilidad, permite que nos asalten los enemigos  los cuales no podemos resistir? Lo permite con el fin de que imploremos su ayuda, porque ve el gran bien que nos resulta de la necesidad de orar. Y así, el que queda vencido no tiene excusa de no haber podido resistir, porque lo hubiera podido si hubiese implorado el auxilio divino; y por esta negligencia le castigará Dios por no haberle implorado. Dice San Buenaventura, que si el comandante de una plaza, la perdiese por no haber pedido con tiempo socorro a su rey, éste le trataría como un traidor. Pues del mismo modo es tenido como traidor por Dios, aquel que viéndose asaltado por la tentación , no implora su auxilio. Escribe Santa Teresa: El Señor nos dice que quien pide, obtiene, luego concluye la Santa: el que no pide, no obtiene, según lo que ya había dicho Santiago: nada alcanzáis porque no pedís. San Juan Crisóstomo dice también que la oración es una arma eficaz para defenderse contra todos los enemigos. Cuyas palabras confirma San Efrén, diciendo que “el que se fortifica con la oración, impide al pecado la entrada a su alma”. Y antes que todos dijo lo mismo David por estas palabras: Invocaré al Señor y me veré libre de mis enemigos (Psal. XVII, 4).
8.-Si queremos, pues, vivir bien y salvarnos, debemos saber orar. Así se expresa San Agustín: “Sabe vivir bien el que sabe orar”. Es menester, por tanto, para obtener del Señor las gracias que le pedimos por medio de la oración, 1º: Detestar el pecado, porque Dios no escucha a los que se obstinan en él. Por ejemplo: si uno conservase odio a cualquier persona, de modo que quisiere vengarse de ella, y orase hallándose en éste estado, Dios no le escucharía, según Isaías: “Cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre (I, 15) El Crisóstomo afirma, que el que tiene mala voluntad y ora, no pide, sino se burla de Dios. Si le pidiese que borrase el odio de su corazón entonces le oiría el Señor. 2º: Es necesario rogar a Dios con atención. Algunos creen orar porque repiten muchas veces la oración dominical; pero distraídos y sin fijar la atención en lo que dicen. Estos tales pronuncian palabras, más no oran: y de ellos dice Dios por Isaías: Me honran sólo con los labios; su corazón empero está lejos de mí. Conviene en tercer lugar, quitar las ocasiones que nos impidan orar. Dice Jeremías, que quien se ocupa en mil negocios y cosas inútiles al alma, opone a su plegaria una niebla que la impide llegar a Dios.
No quiero pasar en silencio aquellas palabras con que nos exhorta San Bernardo, a que pidamos gracias a Dios por medición de su divina Madre. Pidamos gracia, nos dice, y pidámosla por mediación de María, porque es su Madre, y nada le puede negar. Y San Anselmo añade: “Muchas cosas se piden a Dios que no se consiguen; pero las que pedimos a María, las obtenemos; no porque ésta pueda más, sino porque Dios determinó honrarla así, para que sepan los hombres, que no hay cosa que no se consiga de Dios por medio de Ella.
San Alfonso María de Ligorio

El poder de lo pequeño

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El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes que son los que marcan la diferencia

Los arrebatos no conducen a nada; la constancia es la que lleva a todas partes
Un avión parte de Moscú con destino a Madrid, pero sufre una avería inadvertida en su sistema de navegación que crea una mínima desviación del rumbo de menos de un grado. El avión acaba aterrizando en Mallorca. ¿Cómo se desvió tanto? Un grado es muy poco, sin embargo, ese pequeño desajuste durante cinco horas de vuelo crea una enorme diferencia en el resultado. Cuando hablamos de comportamientos humanos durante… ¡toda una vida!, las desviaciones son aún mayores. En realidad, lo que determina lo que conseguimos no son las grandes decisiones, sino las menores y los actos cotidianos. En este artículo trataremos sobre cómo las personas pueden alejarse de sus deseos y objetivos si no disponen de un plan de vuelo y un sistema de navegación perfectamente ajustados.
Dos hermanos comparten la misma familia, genética, posibilidades y educación, entorno…, y, sin embargo, con el paso de los años, sus vidas se hacen cada vez más diferentes. Básicamente hay tres factores que influyen en esa divergencia: sus elecciones, sus acciones y sus relaciones.
Lo cierto es que no podemos “no elegir”. No tomar una decisión es, en realidad, tomar una: demorarla. De modo que estamos decidiendo o dejando de hacerlo, cada día. Y lo que acaba ocurriendo es que la vida es el resumen de todas ellas, sean menores o mayores. Cualquier cosa que acaba entrando en nuestras vidas es la consecuencia de una cadena de actos y caminos que elegimos o no.
Las decisiones mayores son aquellas que se toman conscientemente y suelen requerir a veces ayuda de terceros en forma de consejo, pero siempre tiempo de reflexión. Las menores son las que se deciden casi sin pensarlo y acaban creando un efecto compuesto. De las dos, son las pequeñas elecciones las que se acumulan día tras día y marcan una gran diferencia.
Tomar decisiones sabias es más sencillo cuando se tienen claros cuáles son los valores prioritarios y adónde se va. Para no equivocarse conviene hacerse esta sencilla pregunta: ¿la dirección que voy a tomar concuerda con lo que me importa prioritariamente en la vida?
Para conseguir grandes resultados no es preciso llevar a cabo grandes acciones, sino pequeñas repetidamente a lo largo del tiempo. El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes. Y el truco está en insistir en un comportamiento positivo el tiempo suficiente como para que marque una distinción significativa a medio plazo. Es el poder de las pequeñeces acumuladas.
Ganar es el resultado de una suma de costumbres; perder, también. Es algo que saben muy bien los deportistas. Por ejemplo, Michael Phelps es un brillante modelo del poder multiplicativo del hábito. Sus rutinas de entrenamiento son muy estrictas, previsibles, sistemáticas. Es obvio que su anatomía estaba diseñada para ganar, pero su enorme éxito es fruto de su persistencia.
A menudo, para implementar una rutina, las personas recurren a la fuerza de voluntad. Es un error. Están luchando consigo mismas, y, a la larga, abandonarán, porque la lucha desgasta. ¿Cuál es la alternativa? La motivación. Establecer un hábito nuevo solo tiene futuro cuando concuerda con los valores principales de la persona. El poder de algo que nos estimula disuelve las luchas internas y proporciona combustible mental para pasar a la acción.
Sin tener en cuenta en cualquier elección esos valores básicos, las personas caen víctimas de sus contradicciones internas y dejan de perseguir sus deseos y sus sueños.
Por suerte, todo lo que se aprende en la vida puede reaprenderse. Los hábitos no son una excepción a esta regla y se pueden cambiar. El mejor modo de terminar con uno negativo es empezar uno nuevo y positivo que lo sustituya, y que esté propulsado por la fuerza imbatible de la motivación.
No hay una mejor estrategia para conseguir lo que se desea en la vida que crear hábitos positivos que conduzcan a lograrlo, y después, delegar el trabajo en el poder de la costumbre, seguir el flujo del tiempo, y dejar de esforzarse una vez puesto en marcha el impulso de la inercia.
Las personas que nos rodean: familia, amistades, compañeros de trabajo… crean una gran influencia en cada uno de nosotros. En psicología se conoce este efecto como la influencia del “grupo de referencia”. Es una información silenciosa, inconsciente y que se acumula con el paso del tiempo. Y se traduce en una imitación inconsciente de lo que el “grupo” dice, piensa, hace, siente, come, viste, se comporta…
Se podría decir que una persona es la suma de las influencias personales que ha recibido a lo largo de su vida, que, como es de imaginar, pueden ser positivas o negativas, y acabará pareciéndose mucho a la gente con la que tiene más trato. La pregunta que nos deberíamos formular es: ¿quién o quienes ejercen ese poder sobre mí?
¿Es importante filtrar las influencias que recibimos? Por supuesto que sí, ignorar su efecto puede salir caro. Y si no, que se lo pregunten a cualquier padre o madre que vigila escrupulosamente con quién anda su hijo o hija. Tan importante es el efecto de las compañías en un adolescente como en un adulto. A fin de cuentas, como afirma el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres” o “Dios los cría y ellos se juntan”.
Casi siempre que se toma una decisión, las personas empiezan con mucha energía y empeño, pero, a la larga, acaban abandonando. Ese exceso inicial es en realidad contraproducente porque semejante nivel de energía no se puede mantener por mucho tiempo. Querer hacerlo todo cuanto antes es provocar el abandono. Es mejor iniciar la tarea o el plan con menos fuerza, pero mantenerlo en el tiempo hasta conseguir el objetivo. El éxito es resultado de dosificar las fuerzas, de mantener el ritmo, de la regularidad. Es así como se ganan carreras y como los equipos consiguen torneos.
La disciplina es esa regularidad, constancia, cadencia o ritmo. No hace falta hacer mucho de golpe, pero sí algo cada día. Por ejemplo, al empezar una dieta es mejor aplicarse a unas normas razonables y no saltárselas ni un día, antes que matarse de hambre los tres primeros días. Los atletas saben muy bien que las medallas se consiguen dosificando el ritmo. Una vez más, es el poder de los pequeños pasos, que proporcionan resultados extraordinarios.
De nada sirve tener una arrancada de caballo y después una parada de burro. Eso significa ser víctima de un gran entusiasmo inicial, no dosificado, para pasar a abandonar y volver al estadio inicial al poco tiempo. Los arrebatos no conducen a nada; pero los planes sostenidos y la constancia conducen a todas partes.
Todas las personas tienen sueños, pero no todas los consiguen. ¿Es cuestión de mérito, genes, inteligencia o suerte? No, más bien se debe a trabajar para conseguirlos con método; es decir, mediante una rutina diaria. Repetir una acción cada día, semana o mes. Un acto que está implícito en la agenda y ni siquiera hay que apuntarlo, se da por hecho. Es como cepillarse los dientes, se hace automáticamente después de cada comida, sin que haga falta recordarlo.
Cuando se pone en marcha un objetivo, lo primero que conviene hacer es preguntarse qué rutinas conducirán a él. Seguramente, un buen coach preguntaría a su cliente: “¿Qué tres acciones sencillas te acercarían a tus grandes objetivos?”. Sí, pasos simples hacia resultados extraordinarios. Y si esa persona es sistemática, y se aplica a dar tres pasos diarios, su éxito está asegurado. No importa lo lejos que vaya, tres pasos al día, tarde o temprano, le llevarán a donde sea que se dirija.
RAIMÓN SAMSÓ

Extracto del capitulo VII de “Seguir al Cordero, retiro sobre el Ev. De San Juan”, Fr. Marie-Dominique Philipe OP

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“…Hoy en día se opone el griego y el semita; ello forma parte de esos eslóganes modernos que se lanzan para suprimir la teología, pues hay actualmente un odio contra la teología tradicional -incluso entre teólogos-. Hacen fracasar la teología para hacer fracasar la Tradición, la gran Tradición de la Iglesia. Quieren un retorno aparentemente puro al semita; ahora bien, el Espíritu Santo -más inteligente que los teólogos- los venció en su propio terreno; siempre hace eso, por lo demás. Recordemos las palabras de Jesús a Natanael: «Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi». El Espíritu Santo dice siempre eso a los teólogos: «Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi». Los teólogos de hoy en día quieren oponer el semita y el griego. Es una oposición antigua, pues Hegel ya la había hecho. Nuestros teólogos retoman esta oposición y continúan explotándola. El semita es el hombre de la fe; el griego es el hombre de la visión. El semita es el creyente; el griego es el filósofo. Y oponen los dos como si, de hecho, hubiera una oposición. En realidad, se trata simplemente de dos planos diferentes, sin oposición. La fe es divina; el logos filosófico es humano, perfectamente humano, y no se opone en nada a la fe, pues ambos tienen la misma fuente. Antes que los teólogos, que quieren oponer el semita y el griego, el Espíritu Santo quiso hacer una unión entre el genio semita y el genio griego a través de todos los libros sapienciales (los Proverbios, el Libro de la Sabiduría, el Eclesiástico, etc.), que son libros extraordinarios que implican toda una reflexión, mucho más que los libros de los profetas. Estos revelan, más bien, el gran lirismo del Espíritu Santo, mientras que en la literatura sapiencial hay una reflexión de sabiduría; son, de alguna manera, los primeros libros teológicos que hay en la Revelación.
Es importante ver que Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, emplea el término logos y no «Hijo», ni sofía, «Sabiduría». ¿Por qué? ¿Qué significa exactamente el término logos? Es muy difícil de traducir. En la Universidad de la Sorbona traducen con frecuencia logos por «discurso». Desde luego, es una traducción, pero una traducción muy exterior. En realidad, logos significa mucho más el «fruto» del pensamiento; ahora bien, el discurso es la expresión del pensamiento, no es el fruto. Expresión y fruto son dos cosas diferentes y los griegos eran muy sensibles a ello. Es cierto que el término logos puede concernir el discurso, pero puede concernir también el fruto del pensamiento. Una cosa es pensar, otra cosa es expresar mi pensamiento. La expresión es el arte; el pensamiento es anterior. Para algunos, expresarse ayuda a pensar; otros, en cambio, piensan tanto que les cuesta expresarse. Hay dos tipos de personas, y eso depende de la edad, de la cultura, etc.; no hay duda, sin embargo, que hay diferencia entre pensar y hablar, pensar y decir. Por lo tanto, no hay que traducir «Verbo» -Logos- por «Palabra». Ahora, debido a la influencia protestante, lo traducen con frecuencia por «Palabra»; pero es un error desde el punto de vista teológico. Hay que traducir Logos por «Verbo». Es la traducción de San Jerónimo quien, no lo olvidemos, estaba en contacto directo con los rabinos. Él estaba, por lo tanto, mucho más cerca de toda una tradición de lo que lo estamos ahora en que, la mayor parte del tiempo, tenemos perspectivas bastante alejadas de la tradición joánica. Así pues, no traduzcamos el logos del Prólogo por «Palabra», sino por Verbum, «Verbo»…”

LA MUERTE. (Es mejor prepararse. No dejes esta lectura)

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muerte

Preciso se hace, sobre todo, que nos unamos a la voluntad de Dios por lo que toca a nuestra muerte, sea en razón del tiempo o del modo que Dios se sirva determinarla.

Santa Gertrudis, al subir un día una escarpada cuesta, resbaló y cayó rodando hasta el valle. Sus compañeras preguntáronle si había tenido miedo de morir sin sacramentos. La Santa contestó: “Mucho deseo no verme en mi última hora privada de los sacramentos; pero estimo más lo que Dios quiere; porque estoy persuadida de que la mejor disposición que puede guardarse para morir bien es someterse a la voluntad de Dios. Así, pues, yo deseo el género de muerte que el Señor se sirva enviarme”.

Léese en los Diálogos de San Gregorio, que, habiendo los vándalos condenados a muerte a un sacerdote apellidado Sanctulus, dejáronle la facultad de designar el género de suplicio que prefería sufrir; pero este hombre renunció a pronunciarse sobre el particular diciendo: “Entre las manos de Dios me encuentro, y recibiré la muerte que El permita que me impongáis; ninguna otra que ésta quiero yo”. Un acto tal de conformidad fué al Señor tan agradable, que, habiendo el bárbaro resuelto decapitar al condenado, detuvo el brazo del verdugo. En vista de este milagro, decidiéronse á respetar la vida del virtuoso sacerdote.

De este mismo modo, en cuanto a la manera de morir, debemos creer que la mejor para nosotros es la que Dios tenga determinada. Cada vez que en la muerte pensemos, digamos siempre: Señor, puesto que Vos nos salváis, dadnos la muerte que os plazca.

Mostrémonos igualmente resignados por lo que toca al tiempo de nuestra muerte. ¿Qué más es esta Tierra que una cárcel en la cual debemos sufrir y estamos en continuo peligro de perder a Dios? Esto es lo que obligaba aDavid a exclamar: Señor, dignaos librar a mi alma de esta triste prisión.

Del mismo temor penetrado Santa Teresa de Jesús, suspiraba sin cesar, y, al oír dar el reloj una hora, se regocijaba pensando que había pasado una hora más de su vida, una hora de peligro de perder a Dios.

Según San Juan de Ávila, quienquiera que se encuentre en medianas disposiciones debe desear la muerte, a causa del peligro que corre de perder la gracia de Dios. ¿Qué existe, en efecto, más precioso y deseable para nosotros que adquirir, por medio de una buena muerte, la seguridad de no perder ya más la amistad de nuestro Dios?

Pero yo, podréis decir, nada he hecho, nada he adquirido para mi alma. Y si quisiese Dios que terminara vuestra vida instantáneamente, ¿qué haríais prolongándola contra su voluntad? ¿Quién sabe si más tarde tendríais la buena muerte que ahora podéis esperar? ¿Quién sabe si, cambiando de voluntad, incurriríais en otros pecados que os llevasen a la condenación?Después de todo, no podríais vivir sin cometer nuevas faltas, a lo menos ligeras, como, gimiendo, lo acreditaba San Bernardo: Y es cierto, pues, que un solo pecado venial disgusta más a Dios de lo que podrían agradarle todas las buenas obras de que somos capaces.

Debo decir, además, que, quien no desea la posesión del Paraíso, muestra con ello su poco amor a Dios. Cuando uno ama, desea, ante todo, la presencia del objeto amado; no podemos nosotros, por consiguiente, ver a Dios sin dejar la Tierra; también todos los santos han suspirado por la muerte, y esto para ir a gozar de la presencia de su adorado Bien y Señor. Tales eran los sentimientos de San Agustín de David y tantos santos.

Tales fueron siempre los suspiros de las almas inflamadas en el divino amor.

Léese en un autor que, hallándose un gentilhombre cazando en un bosque, oyó la voz de un hombre cantando con sorprendente dulzura. Aproximóse el cazador, y encontróse frente a frente de un pobre leproso, medio consumido ya por la enfermedad. Preguntóle si era él quien cantaba. — Sí, hermano mío, contestó el enfermo; yo soy. —Pero ¿cómo podéis conservar la alegría en medio de esos sufrimientos que amenazan arrebataros la vida? — ¡Ah! exclamó: es que entre Dios y yo no existe otra separación que esa muralla de cieno, ese miserable cuerpo que aquí me retiene; cuando de él me encuentre libre, iré a gozar de mi Dios. Actualmente, de día en día, lo contemplo más próximo a la ruina, y esto es lo que me tiene alegre y me mueve a cantar mi alegría.

San Alfonso María de Ligorio

Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx