TV DOMINICA

dominicostv on livestream.com. Broadcast Live Free
Watch live streaming video from dominicostv at livestream.com
Mostrando entradas con la etiqueta MEXICO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MEXICO. Mostrar todas las entradas

Visita al Centro de Readaptación Social (CERESO #) de Cd. Juarez Chihuahua.Mx. S.S Francisco

Enlaces a esta entrada

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO 
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

VISITA AL CENTRO DE READAPTACIÓN SOCIAL (CERESO 3) DE CIUDAD JUÁREZ

Miércoles 17 de febrero de 2016

[Multimedia]



Palabras improvisadas en la capilla de la cárcel

¡Buenos días!

Les agradezco su presencia aquí, les agradezco todo el bien que hacen aquí. Mil maneras de hacer bien que no se ve.

Y ustedes se van a encontrar con mucha fragilidad. Por eso quise traer esta imagen de lo más frágil. El cristal es lo más frágil, se rompe enseguida. Y Cristo en la Cruz es la fragilidad más grande de la humanidad, y sin embargo con esa fragilidad nos salva, nos ayuda, nos hace andar adelante, nos abre las puertas de la esperanza.

Deseo que cada uno de ustedes, con la bendición de la Virgen  y contemplando la fragilidad en Cristo que se hizo pecado, se hizo muerte para salvarnos, sepan sembrar semillas de esperanza y de resurrección.

(Rezo del Ave María y Bendición Apostólica)

Nuestra Señora de Guadalupe (R: Ruega por nosotros)

San Maximiliano Kolbe (R: Ruega por nosotros)

Y no se olviden de rezar por mí

*************

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy concluyendo mi visita a México no quería irme sin venir a saludarlos, sin celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes.

Agradezco de corazón las palabras de saludo que me han dirigido, en las que manifiestan tantas esperanzas y aspiraciones, como también tantos dolores, temores e interrogantes.

En el viaje a África, en la ciudad de Bangui, pude abrir la primera puerta de la misericordia para el mundo entero - de este Jubileo, porque la primera puerta de la Misericordia la abrió nuestro Padre Dios con su Hijo Jesús. Hoy, junto a ustedes y con ustedes, quiero reafirmar una vez más la confianza a la que Jesús nos impulsa: la misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra. No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni persona a la que no pueda tocar.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es recordar el camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que esas medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas; sus vidas, las de sus familias, la de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia.

La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma de cómo estamos en sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que poco a poco  ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en estas paredes; sino que comienza antes, comienza «afuera», en las calles de la ciudad. La reinserción o rehabilitación, comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a una persona a determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afectan a todo el entramado social.

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt 25,34-40) era para expresar las entrañas de la misericordia del Padre, que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que tenga una sociedad de incluir a sus pobres, sus enfermos o sus presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes. Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es invitarlos a levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad anhelado. Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza: “Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: No te preguntés porqué estás aquí sino para qué”, y que este “para qué” nos lleve adelante, que este “para qué” nos haga ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y el orden solamente se logra encarcelando.

Sabemos que no se puede volver atrás, sabemos que lo realizado, realizado está; pero he querido celebrar con ustedes el Jubileo de la misericordia, para que quede claro que eso no quiere decir que no haya posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia  hacia delante: “para qué”. Ustedes sufren el dolor de la caída - y ojalá que todos nosotros suframos el dolor de las caídas escondidas y tapadas -, sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad. Han conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les puede tocar la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión. Hablen con los suyos, cuenten su experiencia, ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir «experimentó el infierno», puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas.

Y al decirles estas cosas, recuerdo aquellas palabras de Jesús: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”, y yo me tendría que ir. Al decirles estas cosas no lo hago como quien da cátedra, con el dedo en alto, lo hago desde la experiencia de mis propias heridas, de errores y pecados que el Señor quiso perdonar y reeducar. Lo hago desde la conciencia de que sin su gracia y mi vigilancia podría volver a repetirlos. Hermanos, siempre me pregunto al entrar a una cárcel: Por qué ellos y no yo? Y es un misterio de la misericordia divina; pero esa misericordia divina hoy la estamos celebrando todos mirando hacia delante en esperanza.

Quisiera también alentar al personal que trabaja en este Centro u otros similares: a los dirigentes, a los agentes de la Policía penitenciaria, a todos los que realizan cualquier tipo de asistencia en este Centro. Y agradezco el esfuerzo de los capellanes, las personas consagradas, los laicos que se dedican a mantener viva la esperanza del Evangelio de la Misericordia en el reclusorio, los pastores, todos aquellos que se acercan a darles la Palabra de Dios. Todos ustedes, no se olviden, pueden ser signos de la entrañas del Padre. Nos necesitamos uno a otro, nos decía nuestra hermana recién recordando la carta a los Hebreos: Siéntase encarcelados con ellos.

Antes de darles la bendición me gustaría que oráramos en silencio, todos juntos; cada uno sabe lo que le va a decir al Señor, cada uno sabe de qué pedir perdón. Pero también le pido a ustedes que en esta oración de silencio agrandemos el corazón para poder perdonar a la sociedad que no supo ayudarnos y que tantas veces nos empujó a los errores. Que cada uno pida a Dios, desde la intimidad del corazón, que nos ayude a creer en su misericordia. Oramos en silencio.

Y abrimos nuestro corazón para recibir la bendición del Señor.

Que el Señor los bendiga y los proteja, haga brillar su rostro sobre ustedes y les muestre su gracia, les descubra su rostro y les conceda la Paz. Amén.

Y les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

Homilía con las Comunidades Indígenas en Chiapas. S.S Francisco. San Cristóbal de Las Casas

Enlaces a esta entrada

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO 
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

SANTA MISA CON LAS COMUNIDADES INDÍGENAS DE CHIAPAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Centro deportivo municipal, San Cristóbal de Las Casas
Lunes 15 de febrero de 2016




Li smantal Kajvaltike toj lek – la ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma, así comenzaba el salmo que hemos escuchado. La ley del Señor es perfecta; y el salmista se encarga de enumerar todo lo que esa ley genera al que la escucha y la sigue: reconforta el alma, hace sabio al sencillo, alegra el corazón, es luz para alumbrar el camino.

Esa es la ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados. Ley que quería ser luz para sus pasos y acompañar el peregrinar de su Pueblo. Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más! He visto la aflicción, he oído el clamor, he conocido su angustia (cf. Ex 3,9). Y ahí se manifiesta el rostro de nuestro Dios, el rostro del Padre que sufre ante el dolor, el maltrato, la inequidad en la vida de sus hijos; y su Palabra, su ley, se volvía símbolo de libertad, símbolo de alegría, de sabiduría y de luz. Experiencia, realidad que encuentra eco en esa expresión que nace de la sabiduría acunada en estas tierras desde tiempos lejanos, y que reza en el Popol Vuh de la siguiente manera: El alba sobrevino sobre todas las tribus juntas. La faz de la tierra fue enseguida saneada por el sol (33). El alba sobrevino para los pueblos que una y otra vez han caminado en las distintas tinieblas de la historia.

En esta expresión, hay un anhelo de vivir en libertad, hay un anhelo que tiene sabor a tierra prometida donde la opresión, el maltrato y la degradación no sean moneda corriente. En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz.

Nuestro Padre no sólo comparte ese anhelo, Él mismo lo ha estimulado y lo estimula al regalarnos a su hijo Jesucristo. En Él encontramos la solidaridad del Padre caminando a nuestro lado. En Él vemos cómo esa ley perfecta toma carne, toma rostro, toma la historia para acompañar y sostener a su Pueblo; se hace Camino, se hace Verdad, se hace Vida, para que las tinieblas no tengan la última palabra y el alba no deje de venir sobre la vida de sus hijos.

De muchas maneras y de muchas formas se ha querido silenciar y callar este anhelo, de muchas maneras han intentado anestesiarnos el alma, de muchas formas han pretendido aletargar y adormecer la vida de nuestros niños y jóvenes con la insinuación de que nada puede cambiar o de que son sueños imposibles. Frente a estas formas, la creación también sabe levantar su voz; «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22)» (Laudato si’ 2).

El desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos impactan a todos (cf. Laudato si’,14) y nos interpelan. Ya no podemos hacernos los sordos frente a una de las mayores crisis ambientales de la historia.

En esto ustedes tienen mucho que enseñarnos, que enseñar a la humanidad. Sus pueblos, como han reconocido los obispos de América Latina, saben relacionarse armónicamente con la naturaleza, a la que respetan como «fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano» (Aparecida, 472).

Sin embargo, muchas veces, de modo sistemático y estructural, sus pueblos han sido incomprendidos y excluidos de la sociedad. Algunos han considerado inferiores sus valores, sus culturas y sus tradiciones. Otros, mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado, los han despojado de sus tierras o han realizado acciones que las contaminaban. ¡Qué tristeza! Qué bien nos haría a todos hacer un examen de conciencia y aprender a decir: ¡Perdón!, ¡perdón, hermanos! El mundo de hoy, despojado por la cultura del descarte, los necesita.

Los jóvenes de hoy, expuestos a una cultura que intenta suprimir todas las riquezas y características culturales en pos de un mundo homogéneo, necesitan, estos jóvenes, que no se pierda la sabiduría de sus ancianos.

El mundo de hoy, preso del pragmatismo, necesita reaprender el valor de la gratuidad.

Estamos celebrando la certeza de que «el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, (que) no se arrepiente de habernos creado» (Laudato si’, 13). Celebramos que Jesucristo sigue muriendo y resucitando en cada gesto que tengamos con el más pequeño de nuestros hermanos. Animémonos a seguir siendo testigos de su Pasión, de su Resurrección haciendo carne Li smantal Kajvaltike toj lek – la ley del Señor que es perfecta del todo y reconforta el alma.

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana


El Papa en Tuxtla Gutiérrez: “que la Familia, no se pierda por la precariedad y la soledad”

Enlaces a esta entrada

Queridos Hermanos y Hermanas

Quiero dar gracias por estar en esta tierra chiapaneca. Es bueno estar en este suelo, es bueno estar en esta tierra, es bueno estar en este lugar que con ustedes tiene sabor a familia, a hogar. Gracias le doy a Dios por sus rostros y presencia, gracias doy a Dios por el palpitar de su presencia en sus familias. Gracias también a ustedes, familias y amigos, que nos han regalado sus testimonios, que nos han abierto las puertas de sus casas, de sus vidas; nos han permitido estar en sus «mesas» compartiendo el pan que los alimenta y el sudor frente a las dificultades cotidianas. El pan de las alegrías, de la esperanza, de los sueños y el sudor frente a las amarguras, la desilusión y las caídas. Gracias por permitirnos entrar en sus familias, en su mesa, en su hogar.

Manuel, gracias por tu testimonio y especialmente por tu ejemplo. Me gustó esa expresión que usaste:

 «Echarle ganas», como la actitud que tomaste después de hablar con tus padres. Comenzaste a echarle ganas a la vida, echarle ganas a tu familia, echar ganas entre tus amigos; y nos has echado ganas a nosotros aquí reunidos. Creo que es lo que el Espíritu Santo siempre quiere hacer en medio nuestro: echarnos ganas, regalarnos motivos para seguir apostando, soñando y construyendo una vida que tenga sabor a hogar, a familia.

Y es lo que el Padre Dios siempre ha soñado y por lo que desde tiempos lejanos ha peleado. Cuando parecía todo perdido esa tarde en el jardín del Edén, el Padre Dios le echó ganas a esa joven pareja y le dijo que no todo estaba perdido. Cuando el Pueblo de Israel sentía que no daba más en el camino por el desierto, el Padre Dios le echó ganas con el maná. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Padre Dios le echó ganas a la humanidad para siempre dándonos a su Hijo.

De la misma manera, todos los que estamos acá hemos hecho experiencia de eso, en muchos momentos y de diferentes formas: el Padre Dios le ha echado ganas a nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿Por qué?

Porque no sabe hacer otra cosa. Él sabe echarnos ganas, ¿por qué? Porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que se la jugó hasta el extremo para volver hacer posible el Reino de Dios. Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida. En Jesús y con Jesús ese reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos muchas veces aguados en vino de fiesta. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre nuevas todas las cosas.

Me pediste, Manuel, que rezara por muchos adolescentes que están desanimados y en malos pasos. Muchos adolescentes sin ánimo, sin fuerza, sin ganas. Y, como bien dijiste, muchas veces esa actitud nace porque se sienten solos, porque no tienen con quien hablar. Y eso me recordó el testimonio que nos regaló Beatriz. Si mal no recuerdo, Beatriz, vos dijiste: «La lucha siempre ha sido difícil por la precariedad y la soledad». La precariedad, la escasez, el no tener muchas veces lo mínimo nos puede desesperar, nos puede hacer sentir una angustia fuerte ya que no sabemos cómo hacer para salir adelante y más cuando tenemos hijos a cargo. La precariedad no sólo amenaza el estómago (y eso es ya decir mucho), sino que puede amenazar el alma, nos puede desmotivar, sacar fuerza y tentar con caminos o alternativas de aparente solución, pero que al final no solucionan nada. Existe una precariedad que puede ser muy peligrosa, que se nos puede ir colando sin darnos cuenta, es la precariedad que nace de la soledad y el aislamiento. Y el aislamiento siempre es un mal consejero.
Ambos usaron sin darse cuenta la misma expresión, ambos nos muestran cómo muchas veces la mayor tentación a la que nos enfrentamos es «cortarnos solos» y lejos de «echarle ganas»; esa actitud es como una polilla que nos va secando el alma.

La forma de combatir esta precariedad y aislamiento, que nos deja vulnerables a tantas aparentes soluciones, se tiene que dar a distintos niveles. Una es por medio de legislaciones que protejan y garanticen los mínimos necesarios para que cada hogar y para que cada persona pueda desarrollarse por medio del estudio y un trabajo digno. Por otro lado, como bien lo resaltaba el testimonio de Humberto y Claudia cuando nos decían que buscaban la manera de transmitir el amor de Dios que habían experimentado en el servicio y en la entrega a los demás. Leyes y compromiso personal son un buen binomio para romper la espiral de la precariedad.

Hoy en día vemos y vivimos por distintos frentes cómo la familia está siendo debilitada, cuestionada. Cómo se cree que es un modelo que ya pasó y que no tiene espacio en nuestras sociedades que, bajo la pretensión de modernidad, propician cada vez más un modelo basado en el aislamiento.

Es cierto, vivir en familia no siempre es fácil, muchas veces es doloroso y fatigoso, pero creo que se puede aplicar a la familia lo que más de una vez he referido a la Iglesia: prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una sociedad enferma por el encierro y la comodidad del miedo a amar. Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar a una sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort. Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión.

Me han pedido que rezara por ustedes y quiero empezar a hacerlo ahora mismo, con ustedes. Ustedes queridos mexicanos tienen un plus, corren con ventaja. Tienen a la madre: la Guadalupana quiso visitar estas tierras y eso nos da la certeza de tener su intercesión para que este sueño llamado familia no se pierda por la precariedad y la soledad. Ella está siempre dispuesta a defender nuestras familias, nuestro futuro; está siempre dispuesta a «echarle ganas» dándonos a su Hijo. Por eso, los invito a tomarnos las manos y decir juntos: Dios te salve María….

Fuente: Radio Vaticana

Encuentro con los obispos de México en la Catedral. S.S Francisco

Enlaces a esta entrada

Encuentro con los obispos de México en la Catedral
Sábado 13 de febrero de 2016
Papa Francisco

Estoy contento de poder encontrarlos al día siguiente de mi llegada a este amado País al cual, siguiendo los pasos de mis Predecesores, también yo he venido a visitar.

No podía dejar de venir ¿Podría el Sucesor de Pedro, llamado del lejano sur latinoamericano, privarse de poder posar la propia mirada sobre la «Virgen Morenita»?.

Les agradezco que me reciban en esta Catedral, «casita» prolongada pero siempre «sagrada», que pidió la Virgen de Guadalupe, y por las amables palabras de acogida que me han dirigido.

Porque sé que aquí se halla el corazón secreto de cada mexicano, entro con pasos suaves como corresponde entrar en la casa y en el alma de este pueblo y estoy profundamente agradecido por abrirme la puerta. Sé que mirando los ojos de la Virgen alcanzo la mirada de su gente que, en Ella, ha aprendido a manifestarse. Sé que ninguna otra voz puede hablar así tan profundamente del corazón mexicano como me puede hablar la Virgen; Ella custodia sus más altos deseos y sus más recónditas esperanzas; Ella recoge sus alegrías y sus lágrimas; Ella comprende sus numerosos idiomas y les responde con ternura de Madre porque son sus propios hijos.

Estoy contento de estar con ustedes aquí, en las cercanías del «Cerro del Tepeyac», como en los albores de la evangelización de este Continente y, por favor, les pido me consientan que todo cuanto les diga pueda hacerlo partiendo de la Guadalupana. Cuánto quisiera que fuese Ella misma quien les lleve, hasta lo profundo de sus almas de Pastores y, por medio de ustedes, a cada una de sus Iglesias particulares presentes en este vasto México, todo lo que fluye intensamente del corazón del Papa.

Como hizo San Juan Diego, y lo hicieron las sucesivas generaciones de los hijos de la Guadalupana, también el Papa cultivaba desde hace tiempo el deseo de mirarla. Más aún, quería yo mismo ser alcanzado por su mirada materna. He reflexionado mucho sobre el misterio de esta mirada y les ruego acojan cuanto brota de mi corazón de Pastor en este momento.

Una mirada de ternura

Ante todo, la «Virgen Morenita» nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia.

Un inquieto y notable literato de esta tierra dijo que en Guadalupe ya no se pide la abundancia de las cosechas o la fertilidad de la tierra, sino que se busca un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar.

Transcurridos siglos del evento fundante de este País y de la evangelización del Continente, ¿acaso se ha diluido, se ha olvidado, la necesidad de regazo que anhela el corazón del pueblo que se les ha confiado a ustedes?

Conozco la larga y dolorosa historia que han atravesado, no sin derramar tanta sangre, no sin impetuosas y desgarradoras convulsiones, no sin violencia e incomprensiones. Con razón mi venerado y santo Predecesor, que en México estaba como en su casa, ha querido recordar que: «Como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad» (Juan Pablo II, Discurso en la ceremonia de bienvenida en México, 22 enero 1999).

Y en esta historia, el regazo materno que continuamente ha generado a México, aunque a veces pareciera una «red que recogía ciento cincuenta y tres peces» (Jn 21,11), no se demostró jamás infecundo, y las amenazantes fracturas se recompusieron siempre.

Por eso, les invito a partir nuevamente de esta necesidad de regazo que promana del alma de vuestro pueblo. El regazo de la fe cristiana es capaz de reconciliar el pasado, frecuentemente marcado por la soledad, el aislamiento y la marginación, con el futuro continuamente relegado a un mañana que se escabulle. Sólo en aquel regazo se puede, sin renunciar a la propia identidad, «descubrir la profunda verdad de la nueva humanidad, en la cual todos están llamados a ser hijos de Dios» (Id., Homilía en la Canonización de san Juan Diego).

Reclínense pues, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro. El presente, frecuentemente disuelto en dispersión y fiesta, ¿no es propedéutico a Dios que es sólo y pleno presente? ¿La familiaridad con el dolor y la muerte no son formas de coraje y caminos hacia la esperanza? La percepción de que el mundo sea siempre y solamente para redimir, ¿no es antídoto a la autosuficiencia prepotente de cuantos creen poder prescindir de Dios?

Naturalmente, por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la «columna de fuego» que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor (cf. Ex 14,24-25).

El mundo en el cual el Señor nos llama a desarrollar nuestra misión se ha vuelto muy complejo. Y aunque la prepotente idea del «cogito», que no negaba que hubiese al menos una roca sobre la arena del ser, hoy está dominada por una concepción de la vida, considerada por muchos, más que nunca, vacilante, errabunda y anómica, porque carece de sustrato sólido. Las fronteras, tan intensamente invocadas y sostenidas, se han vuelto permeables a la novedad de un mundo en el cual la fuerza de algunos ya no puede sobrevivir sin la vulnerabilidad de otros. La irreversible hibridación de la tecnología hace cercano lo que está lejano pero, lamentablemente, hace distante lo que debería estar cerca.

Y, precisamente en este mundo, Dios les pide tener una mirada capaz de interceptar la pregunta que grita en el corazón de vuestra gente, la única que posee en el propio calendario una «fiesta del grito». A ese grito es necesario responder que Dios existe y está cerca a través de Jesús. Que sólo Dios es la realidad sobre la cual se puede construir, porque «Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano» (Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del CELAM, 13 mayo 2007).

En las miradas de ustedes, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial. No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. Introduzcan a sus sacerdotes en esta comprensión del sagrado ministerio. A nosotros, ministros de Dios, basta la gracia de «beber el cáliz del Señor», el don de custodiar la parte de su heredad que se nos ha confiado, aunque seamos inexpertos administradores. Dejemos al Padre asignarnos el puesto que nos tiene preparado (cf. Mt 20,20-28). ¿Acaso podemos estar de verdad ocupados en otras cosas si no es en las del Padre? Fuera de las «cosas del Padre» (Lc 2,48-49) perdemos nuestra identidad y, culpablemente, hacemos vana su gracia.

Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías. Quizás expresen la nostalgia de aquellos que no pueden olvidar al Señor, pero de todos modos son sólo el balbucear de huérfanos junto al sepulcro. Palabras finalmente incapaces de impedir que el mundo quede abandonado y reducido a la propia potencia desesperada.

Pienso en la necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan, con aquella fuerza con la que muchos como ellos han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar (cf. Mc 1,17-18), han abandonado bancos de extorsiones con tal de seguir al Señor de la verdadera riqueza (cf. Mt 9,9).

Me preocupan particularmente tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que, al final, «la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban» (Mt 6,20). Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para le entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia.

La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza. Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada.

Una mirada capaz de tejer

En el manto del alma mexicana Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la «Morenita». Dios no necesita de colores apagados para diseñar su rostro. Los diseños de Dios no están condicionados por los colores y por los hilos, sino que están determinados por la irreversibilidad de su amor que quiere persistentemente imprimirse en nosotros.

Sean, por tanto, Obispos capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo.

Redescubran pues la sabia y humilde constancia con que los Padres de la fe de esta Patria han sabido introducir a las generaciones sucesivas en la semántica del misterio divino. Primero aprendiendo y, luego, enseñando la gramática necesaria para dialogar con aquel Dios, escondido en los siglos de su búsqueda y hecho cercano en la persona de su Hijo Jesús, que hoy tantos reconocen en la imagen ensangrentada y humillada, como figura del propio destino. Imiten su condescendencia y capacidad de reclinarse. No comprenderemos jamás bastante el hecho de que con los hilos mestizos de nuestra gente Dios entretejió el rostro con el cual se da a conocer. Nunca seremos suficientemente agradecidos.

Una mirada de singular delicadeza les pido para los pueblos indígenas y sus fascinantes, y no pocas veces masacradas culturas. México tiene necesidad de sus raíces amerindias para no quedarse en un enigma irresuelto. Los indígenas de México aún esperan que se les reconozca efectivamente la riqueza de su contribución y la fecundidad de su presencia, para heredar aquella identidad que les convierte en una Nación única y no solamente una entre otras.

Se ha hablado muchas veces del presunto destino incumplido de esta Nación, del «laberinto de la soledad» en el cual estaría aprisionada, de la geografía como destino que la entrampa. Para algunos, todo esto sería obstáculo para el diseño de un rostro unitario, de una identidad adulta, de una posición singular en el concierto de las naciones y de una misión compartida.

Para otros, también la Iglesia en México estaría condenada a escoger entre sufrir la inferioridad en la cual fue relegada en algunos períodos de su historia, como cuando su voz fue silenciada y se buscó amputar su presencia, o aventurarse en los fundamentalismos para volver a tener certezas provisorias, olvidándose de tener anidada en su corazón la sed del Absoluto y ser llamada en Cristo a reunir a todos y no sólo una parte (cf. Lumen gentium, 1, 1).

No se cansen en cambio de recordarle a su Pueblo cuánto son potentes las raíces antiguas, que han permitido la viva síntesis cristiana de comunión humana, cultural y espiritual que se forjó aquí. Recuerden que las alas de su Pueblo ya se han desplegado varias veces por encima de no pocas vicisitudes. Custodien la memoria del largo camino hasta ahora recorrido y sepan suscitar la esperanza de nuevas metas, porque el mañana será una tierra «rica de frutos» aunque nos plantee desafíos no indiferentes (cf. Nm 13,27-28).

Que las miradas de ustedes, reposadas siempre y solamente en Cristo, sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades; de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo.

Una mirada atenta y cercana, no adormecida

Les ruego non caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Vuestro pasado es un pozo de riquezas donde excavar, que puede inspirar el presente e iluminar el futuro. ¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles! Es necesario no desperdiciar la herencia recibida, custodiándola con un trabajo constante. Están asentados sobre espaldas de gigantes: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, fieles «hasta el final», que han ofrecido la vida para que la Iglesia pudiese cumplir la propia misión. Desde lo alto de ese podio están llamados a lanzar una mirada amplia sobre el campo del Señor para planificar la siembra y esperar la cosecha.

Los invito a cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar y de profundizar la fe mediante una catequesis mistagógica que sepa atesorar la religiosidad popular de su gente. Nuestro tiempo requiere atención pastoral a las personas y a los grupos, que esperan poder salir al encuentro del Cristo vivo. Solamente una valerosa conversión pastoral de nuestras comunidades puede buscar, generar y nutrir a los actuales discípulos de Jesús (cf. Documento de Aparecida, 226, 368, 370).

Por tanto, es necesario para nosotros, pastores, superar la tentación de la distancia y del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autoreferencialidad. Guadalupe nos enseña que Dios es familiar en su rostro, que la proximidad y la condescendencia pueden más que la fuerza.

Como enseña la bella tradición guadalupana, la «Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos.

Sólo una Iglesia que sepa resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, este encuentro se realiza en nuestro corazón de Pastores.

El primer rostro que les suplico custodien en su corazón es el de sus sacerdotes. No los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón. Estén atentos y aprendan a leer sus miradas para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto «han hecho y enseñado» (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque «han negado al Señor» (cf. Lc 22,61-62), y también para sostener, en comunión con Cristo, cuando alguno, abatido, saldrá con Judas «en la noche» (Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, Obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas.

La necesidad de familiaridad habita en el corazón de Dios. Nuestra Señora de Guadalupe pide, pues, únicamente una «casita sagrada». Nuestros pueblos latinoamericanos entienden bien el lenguaje diminutivo y de muy buen grado lo usan. Quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos. Se adaptaron a sentirse disminuidos y se acostumbraron a vivir en la modestia.

La Iglesia, cuando se congrega en una majestuosa Catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una «casita» en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios sólo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante.

«Casita» familiar y al mismo tiempo «sagrada», porque la proximidad se llena de la grandeza omnipotente. Somos guardianes de este misterio. Tal vez hemos perdido este sentido de la humilde medida divina y nos cansamos de ofrecer a los nuestros la «casita» en la cual se sienten íntimos con Dios. Puede darse también que, habiendo descuidado un poco el sentido de su grandeza, se haya perdido parte del temor reverente hacia un tal amor. Donde Dios habita, el hombre no puede acceder sin ser admitido y entra solamente «quitándose las sandalias» (cf. Ex 3, 5) para confesar la propia insuficiencia.

Este habernos olvidado de este «quitarse las sandalias» para entrar, ¿no está posiblemente en la raíz de la pérdida del sentido de la sacralidad de la vida humana, de la persona, de los valores esenciales, de la sabiduría acumulada a lo largo de los siglos, del respeto a la naturaleza? Sin rescatar, en la conciencia de los hombres y de la sociedad, estas raíces profundas, incluso al trabajo generoso en favor de los legítimos derechos humanos le faltará la savia vital que puede provenir sólo de un manantial que la humanidad no podrá darse jamás a sí misma.

Una mirada de conjunto y de unidad

Sólo mirando a la «Morenita», México se comprende por completo. Por tanto, les invito a comprender que la misión que la Iglesia les confía requiere esta mirada que abarque la totalidad. Y esto no puede realizarse aisladamente, sino sólo en comunión.

La Guadalupana está ceñida de una cinta que anuncia su fecundidad. Es la Virgen que lleva ya en el vientre el Hijo esperado por los hombres. Es la Madre que ya gesta la humanidad del nuevo mundo naciente. Es la Esposa que prefigura la maternidad fecunda de la Iglesia de Cristo. Ustedes tienen la misión de ceñir toda la Nación mexicana con la fecundidad de Dios. Ningún pedazo de esta cinta puede ser despreciado.

El episcopado mexicano ha cumplido notables pasos en estos años conciliares; ha aumentado sus miembros; se ha promovido una permanente formación, continua y cualificada; el ambiente fraterno no faltó; el espíritu de colegialidad ha crecido; las intervenciones pastorales han influido sobre sus Iglesias y sobre la conciencia nacional; los trabajos pastorales compartidos han sido fructuosos en los campos esenciales de la misión eclesial como la familia, las vocaciones, la presencia social.

Mientras nos alegramos por el camino de estos años, les pido que no se dejen desanimar por las dificultades y de no ahorrar todo esfuerzo posible por promover, entre ustedes y en sus diócesis, el celo misionero, sobre todo hacia las partes más necesitadas del único cuerpo de la Iglesia mexicana. Redescubrir que la Iglesia es misión es fundamental para su futuro, porque sólo el «entusiasmo, el estupor convencido» de los evangelizadores tiene la fuerza de arrastre. Les ruego, por tanto, cuidar especialmente la formación y la preparación de los laicos, superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia, sobre todo en el hacer presente, con el testimonio de la propia vida, el evangelio de Cristo en el mundo.

A este Pueblo mexicano, le ayudaría mucho un testimonio unificador de la síntesis cristiana y una visión compartida de la identidad y del destino de su gente. En este sentido, sería muy importante que la Pontificia Universidad de México esté cada vez más en el corazón de los esfuerzos eclesiales para asegurar aquella mirada de universalidad sin la cual la razón, resignada a módulos parciales, renuncia a su más alta aspiración de búsqueda de la verdad.

La misión es vasta y llevarla adelante requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes. La comunión es la forma vital de la Iglesia y la unidad de sus Pastores da prueba de su veracidad. México, y su vasta y multiforme Iglesia, tienen necesidad de Obispos servidores y custodios de la unidad edificada sobre la Palabra del Señor, alimentada con su Cuerpo y guiada por su Espíritu, que es el aliento vital de la Iglesia.

No se necesitan «príncipes», sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial. En Cristo glorificado, que la gente de este pueblo ama honrar como Rey, enciendan juntos la luz, cólmense de su presencia que no se extingue; respiren a pleno pulmón el aire bueno de su Espíritu. Toca a ustedes sembrar a Cristo sobre el territorio, tener encendida su luz humilde que clarifica sin ofuscar, asegurar que en sus aguas se colme la sed de su gente; extender las velas para que sea el soplo del Espíritu quien las despliegue y no encalle la barca de la Iglesia en México.

Recuerden que la Esposa sabe bien que el Pastor amado (cf. Ct 1,7) será encontrado sólo donde los pastos son herbosos y los riachuelos cristalinos. La Esposa desconfía de los compañeros del Esposo que, alguna vez por desidia o incapacidad, conducen la grey por lugares áridos y llenos de peñascos. ¡Ay de nosotros pastores, compañeros del Supremo Pastor, si dejamos vagar a su Esposa porque en la tienda que nos hicimos el Esposo no se encuentra!

Permítanme una última palabra para expresar el aprecio del Papa por todo cuanto están haciendo para afrontar el desafío de nuestra época representada en las migraciones. Son millones los hijos de la Iglesia que hoy viven en la diáspora o en tránsito, peregrinando hacia el norte en búsqueda de nuevas oportunidades. Muchos de ellos dejan atrás las propias raíces para aventurarse, aun en la clandestinidad que implica todo tipo de riesgos, en búsqueda de la «luz verde» que juzgan como su esperanza. Tantas familias se dividen; y no siempre la integración en la presunta «tierra prometida» es tan fácil como se piensa.

Hermanos, que sus corazones sean capaces de seguirlos y alcanzarlos más allá de las fronteras. Refuercen la comunión con sus hermanos del episcopado estadounidense, para que la presencia materna de la Iglesia mantenga viva las raíces de su fe, las razones de sus esperanzas y la fuerza de su caridad. No suceda que, colgando sus cítaras, se enmudezcan sus alegrías, olvidándose de Jerusalén y convirtiéndose en «exilados de sí mismos» (Sal 136). Testimonien juntos que la Iglesia es custodia de una visión unitaria del hombre y no puede compartir que sea reducido a mero «recurso» humano.

No será vana la premura de sus diócesis en el echar el poco bálsamo que tienen en los pies heridos de quien atraviesa sus territorios y de gastar por ellos el dinero duramente colectado; el Samaritano divino, al final, enriquecerá a quien no pasó indiferente ante Él cuando estaba caído sobre el camino (cf. Lc 10,25-37).

Queridos hermanos, el Papa está seguro de que México y su Iglesia llegarán a tiempo a la cita consigo mismos, con la historia, con Dios. Tal vez alguna piedra en el camino retrasa la marcha, y la fatiga del trayecto exigirá alguna parada, pero no será jamás bastante para hacer perder la meta. Porque, ¿puede llegar tarde quien tiene una Madre que lo espera? ¿Quien continuamente puede sentir resonar en el propio corazón «no estoy aquí, Yo, que soy tu Madre»?

[00231-ES.01] [Texto original: Español]

[Tomado de la Oficina de Prensa del Vaticano]

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana

La vida consagrada, don del Espíritu para la Iglesia y el mundo. Fr José Alberto Nava Aguirre, OP

Enlaces a esta entrada

Señor Jesús:
¡Tú eres luz que alumbra a las naciones,
y gloria de tu pueblo, Israel! (Lc 2,32)

Año con año celebramos en esta fecha, 2 de febrero, la Jornada de oración por la vida consagrada. En este año 2016, además, se declara clausurado este año especial de reflexión y valoración de tal vida consagrada dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, por medio de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica nos entregó durante esta ocasión festiva una serie de documentos, para contemplar juntos el pasado, el presente y el futuro de la vida consagrada. Vale la pena retomar brevemente algunos de esos puntos luminosos que guiaron nuestros pasos.

Siendo ideal de todo bautizado la configuración con Cristo Jesús, corresponde a la vida consagrada la opción radical de tal seguimiento continuo de Cristo Jesús. ¿Y qué es esa vida consagrada? Son mujeres y hombres llamados por Dios, mediante la profesión en comunidad de pobreza, castidad y obediencia, a seguir a Jesucristo, en alegría constante por esa llamada. La alegría es lo que debe caracterizar siempre a los consagrados: alegría que se contagia a todo el pueblo de Dios; júbilo por su misericordia y su fidelidad.

Ante los tiempos actuales, de cambio y crisis, la vida consagrada está llamada a mantenerse en éxodo obediente, siguiendo al Espíritu en libertad como Jesús nuestro Salvador. El icono de esta obediencia es la manera en la que el pueblo de Israel se ponía en marcha o se detenía cuando la misteriosa nube se levantaba sobre el campamento o se detenía en algún paraje (cf. Ex 40,36-38). Esa disponibilidad requiere sin duda perseverancia y atención.

Otro icono que se nos propuso para nuestra reflexión es la figura del profeta Elías, el profeta de fuego: grande por los signos que logró de parte de Dios, para mostrar quién es Dios y cómo actúa a favor de su pueblo. Pensemos por ejemplo en el caso de su enfrentamiento con los profetas de Baal (cf. 1Re 18,20-40). Pero sobre todo, se nos pide poner atención en los pequeños detalles de la vida de Elías, por medio de los cuales se va expresando la conversión, el aprendizaje del propio profeta y de los personajes que entran en contacto con él respecto a quién es Dios. En este sentido, está el simbolismo de la confianza del profeta de recibir alimento por parte de los cuervos el tiempo en que estuvo oculto en el torrente Carit (1Re 17,2-6), o el pan rústico, aún caliente, y el jarro de agua, que en dos ocasiones es ofrecido al profeta, para que emprenda su huída-peregrinación hacia el Horeb (1Re 19,5-8). En Sarepta, tenemos la relación que establece con la viuda, quien creyendo en la palabra del profeta le ofrece lo poco que tiene, para calmar su hambre (1Re 17,12-13), y que después será testigo de la impotencia de Elías y de su mediación para lograr de Dios la reanimación de su hijo, fallecido súbitamente (1Re 17,19-21.24). Finalmente, la intermediación pidiendo la lluvia, y el esfuerzo del profeta y de su criado de estar atentos a la aparición de las nubes, logrando finalmente atisbar una nubecilla como una mano (ver 1Re 18,42-44): el Señor Dios así es el dueño del mundo, responsable de la lluvia y de la vida. Y qué decir de ese pasaje en el Horeb, cuando Elías aprende a dejar sus seguridades y a confiar en Dios, que también (y sobre todo) se manifiesta en lo sencillo: el Señor no estaba… ni en el huracán, ni en el terremoto, sino en una voz de silencio tenue (1Re 19,9a.11-13a).

De esta manera, en atenta vigilia, como el profeta Elías, que supo conjuntar la vida contemplativa con una preocupación por los pobres y por el pueblo, extenuado por la aridez y la sequía (cf. 1Re 19), la vida consagrada tiene la tarea urgente y alegre de renovarse en la fidelidad al Evangelio de Jesucristo. También deberá mantenerse vigilante, para discernir y anunciar al pueblo de Dios los nuevos tiempos; y se adiestrará en cultivar la fraternidad para constituirse en servidora y mediadora de encuentros significativos en nuestros ambientes. Y todo esto, desde lo pequeño, lo simple, lo menos vistoso a los ojos del mundo.

Que así como en la fiesta de hoy Simeón, guiado por el Espíritu Santo, supo reconocer en ese niño al Salvador del mundo, que todos, por medio de la luz que arroje la vida consagrada en medio de la Iglesia, puedan también contemplar a ese Salvador, que renueva nuestras vidas, dándoles un nuevo horizonte de sentido.

Dominicos en la Nueva España

Enlaces a esta entrada

En la ciudad de Toulouse, Francia, en el año de 1215, Santo Domingo de Guzmán fundó la Orden de Predicadores (conocidos como Dominicos) bajo el carisma del estudio y la predicación, lo cual en esa época constituyó una novedad pues la predicación era oficio del clero secular y no de las órdenes monásticas; en el lema de los dominicos “contemplar y dar a otros lo contemplado” quedó sintetizado el carácter a la vez monástico y apostólico de la Orden de Predicadores que fue confirmada por el Papa Honorio III el 22 de diciembre de 1216. La Orden dominicana destacó pronto en el estudio con figuras intelectuales tan importantes como Santo Tomás de Aquino (1224-1274) y San Alberto Magno (1193-1280).

Poco después del Descubrimiento de América los Dominicos se aprestaron a participar en la evangelización de las nuevas tierras y ya en el Capítulo General de la Orden celebrado en 1501 se señaló: “Que los frailes viajeros al Nuevo Mundo sean idóneos para la predicación, ejemplares y doctos, a la vez que temerosos de Dios, capaces de anunciar la palabra de Dios y de confirmarla con su ejemplo.” (Actas IX). Sin embargo no fue sino hasta septiembre de 1510 cuando los primeros misioneros dominicos arribaron a la isla de La Española, asumiendo de inmediato una posición enérgica de defensa de los indígenas ante los abusos que contra ellos cometían muchos encomenderos. En este sentido es célebre la homilía del cuarto domingo de Adviento pronunciada en Santo Domingo por fray Antonio de Montesinos. 

Primeras acciones de los dominicos en Nueva España; funciones de sus conventos

Después de la Conquista de México (1521) y del arribo de los doce primeros misioneros franciscanos (1524), el 23 de junio de 1526 desembarcaron en Veracruz los primeros misioneros dominicos también en número de doce, siendo ellos Tomás Ortiz, quien presidía al grupo, Vicente de Santa Ana, Diego de Sotomayor, Pedro de Santa María, Justo de Santo Domingo, Pedro Zambrano, Gonzalo Lucero, Bartolomé de Calzadilla, Domingo de Betanzos, Diego Ramírez, Alonso de las Vírgenes y Vicente de las Casas. Sin embargo, las enfermedades hicieron presa de la mayoría y dos años después el grupo quedó reducido a sólo tres frailes. En 1528 arribó a la Nueva España un segundo grupo de religiosos dominicos en número de veinticuatro, y su acción consolidó la benéfica labor de la Orden con la creación de cuatro provincias novohispanas: “Santiago de México (1532); San Vicente Ferrer de Chiapas y Guatemala (1551); San Hipólito Mártir de Oaxaca (1592), y San Miguel y los Santos Ángeles de Puebla (1656)[1] .”

Conforme al carisma de la Orden, los dominicos erigieron «conventos de estudio» y «conventos de misión». Los conventos «de estudio» estuvieron en las ciudades de México, Oaxaca y Puebla donde se formaban las vocaciones que surgían en el Nuevo Mundo. “Los primeros maestros del Estudio General Dominicano de México (1535) fueron, en primer lugar, el propio fundador de la Provincia, Fray Domingo de Betanzos, licenciado en derecho por la Universidad salmantina. Desde el año 1535 lo fueron Fray Domingo de la Cruz, doctor y maestro en teología por París, donde fue discípulo de Vitoria, juntamente con su amigo entrañable Domingo de Soto (1517-1520) y por Alcalá donde era rector cuando ingresó en la Orden.”[2] En estos «conventos de estudio» también se estudiaban las numerosas lenguas indígenas que se hablaban en los lugares de misión, pues los «capítulos provinciales» mandaban “que ningún religioso predique, ni confiese a los indios si no es perito en la lengua”[3] .

Los conventos «de misión» fueron mucho más numerosos y se edificaron siguiendo una política bien definida: el convento en medio del pueblo; es decir, establecer el convento donde hubiera población indígena para convivir con el pueblo, conocer sus costumbres y su lengua, enseñar oficios y, sobre todo, ser ejemplos vivos de vida cristiana. La distancia entre uno y otro convento debía ser de una jornada de camino (35 kilómetros aproximadamente) a fin de servir de hospedaje para quienes transitaran entre ellos. En las Actas de los Capítulos Provinciales se indicó que los religiosos encargados de la edificación de un convento debían pagar lo debido a los indígenas que participaran en los trabajos de construcción, que no podían ser más de doscientos y que debía enseñárseles un oficio relacionado con la construcción.

Los conventos dominicos se extienden principalmente hacia el sur; los primeros serán el de Oaxtepec y el de Izucar y luego hacia la Mixteca: Yanhuitlán, Noschitlan, Teposculula; en la zona Zapoteca entre los años 1532-1540 el de Etla, Coutlán, y Villa Alta. En menos de cincuenta años cubren todo el actual territorio del Estado de Oaxaca; en los inicios del siglo XVII comienzan a extenderse hacia el norte de México. “Las Actas del capítulo provincial de 1608 denuncian que el Maestro de la Orden ha aceptado la fundación del convento-colegio de la Santa Vera Cruz de Zacatecas, como convento formal de la provincia; y ha instituido por su primer prior al P. Fernando de Cubas. El Provincial de Santiago de México, Fr. Felipe Galindo conseguirá para la provincia la fundación del convento más norteño de la misma; Santa Rosa de Sombrerete, situado al norte del actual Estado de Zacatecas. Este convento-colegio fue, durante más de un siglo y medio, semillero fecundo de excelentes sacerdotes diocesanos, y propagador infatigable de cultura en los estados del noroeste de la nación. De igual manera lo eran, en el centro los dos conventos del Rosario de Guadalajara y de la Santa Vera Cruz de Zacatecas.”[4] Hacia finales del siglo XVII se fundarán los conventos de Querétaro y San Juan del Río, y ocho puestos misionales en la Sierra Gorda, cada uno con su propio sacerdote.

Fieles a su vocación intelectual, los frailes dominicos tuvieron destacada participación en la Real y Pontificia Universidad de México.“Durante el primer medio siglo desempeñaron la cátedra de prima de teología casi ininterrumpidamente. El primero en obtenerlo, en oposición con fray Alonso de la Veracruz, fray Pedro de la Peña; más tarde provincial de Santiago de México y obispo de Quito[5] .” 

Participación en el Episcopado novohispano y defensa de los indígenas

Aún más relevante fue la participación de la Orden de Predicadores en la conformación del Episcopado de la Nueva España y su decidida y firme defensa de los indígenas. Esa labor tuvo su inicio con quien fue el primer obispo de Nueva España, el fraile dominico Fray Julián Garcés (1452-1542) nombrado obispo por S.S. León X cuando erigió la diócesis «Carolense» en 1519, dos años antes de la Conquista de México cuando aún se ignoraba la realidad de los naturales existente en el interior del país, e incluso eran desconocidas sus dimensiones territoriales. Al consumarse la Conquista, la diócesis Carolense se concretó como «diócesis de Tlaxcala», ratificándose a Fray Julián Garcés como su titular.

En Tlaxcala Fray Julián se enfrentó a la situación de injusticia contra los indígenas generada por el gobierno de la primera Audiencia presidida por Nuño Beltrán de Guzmán quien, junto con sus oidores, afirmaba tajantemente la irracionalidad de los indios y manifestaba públicamente su oposición a que fueran evangelizados. Comprendiendo la trascendencia del asunto, Fray Julián Garcés escribió al Papa Paulo III una larga y exquisita carta en defensa de los indígenas y para informarle detalladamente el problema, y temiendo que la carta fuera interceptada por las autoridades de la Audiencia, la envió a Roma por conducto del también dominico Fray Bernardino de Minaya quien la entregó en propia mano al Pontífice.“En ella no sólo defiende la racionalidad de los indios, su aptitud para ser evangelizados y por tanto su libertad, sino también alaba sus grandes capacidades para las ciencias y las artes, así como sus hermosas virtudes sociales[6] .”

La respuesta de S.S. Paulo III fue la Bula «Sublimis Deus» (1537) en la que el Pontífice resuelve: “….Determinamos y declaramos (no obstante lo dicho ni cualquiera otra cosa que en contrario sea) Que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí en adelante vinieren a noticia de los cristianos, aunque más estén fuera de la fe en Jesucristo, que en ninguna manera han de ser privados de su libertad, y del dominio de sus bienes y que libre y lícitamente pueden y deben usar, y gozar de la dicha su libertad y dominio de sus bienes, y en ningún modo se deben hacer esclavos; y si lo contrario sucediere, sea de ningún valor ni fuerza. Determinamos y declaramos también, por la misma autoridad apostólica que los dichos indios y otras gentes sus semejantes han de ser llamados a la fe de Jesucristo con la predicación de la palabra de Dios y con el ejemplo de la buena y santa vida[7] .”

Otro obispo dominico destacado fue Fray Bartolomé de las Casas O.P. (1474-1566), nombrado obispo de Chiapas en 1543 y aunque permaneció en su diócesis sólo un año (1545) mereció el título de “apóstol de los indios” por la promoción y defensa de la dignidad de los indígenas que había realizado en la Corte Española, especialmente en la “Controversia de Valladolid” que dio origen a las “Leyes Nuevas” promulgadas por Carlos V el 20 de noviembre de 1542 “que en gran parte daban satisfacción a las demandas de Las Casas. Representaban una victoria de la conciencia cristiana. En las mismas se establecía «Ordenamos y mandamos que de aquí en adelante por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión ni por rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno; y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son»”[8] . El Obispo Las Casas es también conocido por su obra “Brevísima relación de la destrucción de las indias” escrita en Valencia, obra que dio verisimilitud a la «leyenda negra».

“En los tres siglos del virreinato la Orden de Predicadores proporcionó a la nación mexicana veinte obispos. Pero en los primeros ochenta años, es decir los correspondientes al siglo XVI, siglo verdaderamente creador de nuestra iglesia y nuestra nación, de los treinta obispos que figura en la historia de la Iglesia de México del P. Gutiérrez Casillas, S.J., doce pertenecen a la orden dominicana.”[9] Entre esos doce están: Fray Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de México y que convocó y presidió los Concilios Mexicanos primero (1555) y segundo (1565); Fray Tomás de Casillas, obispo de Chiapas y Fray Bernardo de Alburquerque, obispo de Oaxaca. 

Declinación y restauración de la Orden Dominica en México

Al igual que todas las órdenes religiosas en México, la Orden de Predicadores dejó de existir legalmente en 1859 con la promulgación de las “ Leyes de Reforma”, aunque de hecho “siempre quedó un resto” dirigido por Fray Nicolás Arias como Vicario Provincial. La “Ley de nacionalización de bienes eclesiásticos” del 12 de julio de 1859, en su artículo quinto decía a la letra: “Se suprimen en toda la República las órdenes de los religiosos regulares que existen, cualquiera que sea la denominación o advocación con que se hayan erigido, así como también todas las archicofradías, congregaciones o hermandades anexas a las comunidades religiosas, a las catedrales, parroquias o cualesquiera otras iglesias.”Esta bárbara ley destruyó, además de la existencia de las Órdenes religiosas en México. el gran acervo cultural que guardaban los conventos, seminarios, escuelas, hospitales, asilos, hospicios y demás edificios construidos para albergar las obras sociales de la Iglesia. Los mismos edificios fueron convertidos en cuarteles, cárceles, cantinas, etc., o simplemente fueron demolidos.

No fue sino hasta 1895 cuando el gobierno de Porfirio Díaz (1876-1911) permitió la restauración de la Orden de Predicadores; Fray José Domingo Martínez, Vicario General y Visitador Apostólico trajo a varios religiosos dominicos españoles para restaurar las Provincias desoladas, constituyendo la «Congregación de los Dominicos de México» integrada por las cuatro antiguas Provincias mexicanas. En 1904, el Capítulo General de la Orden estableció en México dos «Congregaciones»: la de México y la de Puebla. Pero diez años después la Revolución carrancista volvió a destruirlas, por lo que en 1919 un decreto del Maestro de la Orden Luis Theissling, redujo ambas Congregaciones a “misiones”.[10] La posterior y más radical persecución religiosa desatada por el gobierno de Plutarco Elías Calles en 1926-1929, disminuyó aún más la actividad y presencia de la Orden dominicana en México.

Los “arreglos” de 1929 que pusieron fin a la Cristiada y las repercusiones de la Guerra en Europa, obligaron al gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940)a moderar la política anticlerical y la Iglesia empezó a tener una precaria libertad de acción. En 1938 los dominicos regresaron a Oaxaca teniendo como vicario a Fray Vicente Escalante. En 1948 los dominicos realizaron una misión en todo el territorio de la Arquidiócesis de Puebla de los Ángeles; misión que culminó con la coronación pontificia de la imagen de Nuestra Señora del Rosario que se encuentra en la Capilla del mismo nombre, y que por su arquitectura y decorado barroco es llamada por muchos “la octava maravilla del mundo”. En 1961 se restauraron las provincias de Santiago de México y de San Hipólito Mártir de Oaxaca. Hoy en día, la Orden de Predicadores cuenta en México con más de veinte conventos y atienden innumerables parroquias y centros misionales, además de contar con diversas publicaciones y un centro de investigación histórica con sede en la ciudad de Querétaro. 

Notas:

1. Rodríguez, Santiago, O.P. Los Dominicos en Querétaro. Anuario Dominicano. Tomo I, 2005. Instituto Dominicano de Investigaciones Históricas. P. 29
    2. Rodríguez, Santiago O.P. Los Dominicos en la Evangelización de las Auténticas Expresiones Culturales Amerindias. Dominicos en Mesoamérica 500 años. Provincia Santiago de México. 1992.p. 23
    3.  Ibídem p.17
    4.  Rodríguez López, Los Dominicos en Querétaro, p. 30
    5.  Rodríguez López, Los Dominicos en la Evangelización… p.24
    6. Beuchot, Mauricio O.P. El Humanismo de Fray Julián Garcés, Dominicos en Mesoamérica. Provincia Santiago de México. 1992. P. 41
    7. Versión de Fray Antonio de Remesal, O.P, en: Juan Pablo II. Encuentro con los intelectuales mexicanos. México, 1991, pp. 76-77
    8.  Höffner, pp. 253-254
    9 Rodríguez, Santiago, Los Dominicos en la Evangelización… p.29
   10.Cf. Rodríguez. Santiago. Cronología de la Provincia de Santiago de México. Anuario Dominicano Tomo I. 2005.

    

Los dominicos en México. José Omar Tinajero Morales

Enlaces a esta entrada

Los dominicos llegaron a México en 1526 encabezados por fray Tomás de Ortiz, sin embargo debido a la muerte de la mayoría de los religiosos éste tuvo que regresar a Europa. Se quedó al frente fray Domingo de Betanzos quien es considerado el fundador de los dominicos mexicano y que logró que se erigiera la Provincia de Santiago de México, en 1532, de la cual fue el primer provincial en 1535.

Regiones evangelizadas por la Orden de Predicadores

La Orden de Predicadores fundó el convento de Santo Domingo de México, que jugó el papel de dirigir la evangelización de los diferentes territorios a su cargo. La primera vicaría y doctrina en tierra de naturales fue la de Tepetlaoxtoc fundada por fray Domingo de Betanzos en 1527 y que fue elevada a casa de recolección en 1535.

Los dominicos evangelizaron originalmente tres naciones: la mexicana, la mixteca y zapoteca. Sus conventos y casas se establecieron estratégicamente formando rutas, que les permitiera recorren las diferentes regiones a su cargo. En el Valle de México tuvieron presencia en las antiguas comarcas del Mexicapan, Tepanohuayan, Acolhuacan, Amecameca, Tlalnahuac, Mixtecapan y Zapotecapan.

Desde el siglo XVII los dominicos fundaron el convento de recolección de La Piedad y el colegio de Portacoeli. Además tuvieron presencia en el norte de la Nueva España teniendo fundaciones en importantes ciudades mineras o comerciales y atendiendo misiones entre los pames de Querétaro. En el siglo XVIII después de la expulsión de los jesuitas, establecieron misiones en Baja California.

Contribuciones culturales de los dominicos

Los dominicos dejaron importantes muestras arquitectónicas en México, Oaxaca, Veracruz, Querétaro, Zacatecas, Puebla, Guadalajara, San Juan del Río Azcapotzalco entre otros lugares.

La Orden de Predicadores contribuyó de manera notables en la cultura, ya que instancias de fray Domingo de Betanzos, fray Juan de la Magdalena realizó en Tepetlaoxtoc la traducción del primer libro que se hizo con imprenta en América: La Santa Escala de san Juan Clímaco, que fue impreso aproximadamente entre 1536 o 1537 en la ciudad de México. Los dominicos publicaron muchos libros en toda la etapa novohispana, muchos de ellos en lenguas indígenas.

También destacaron historiadores como fray Diego Durán y cronistas como fray Agustín Dávila Padilla, fray Hernando Ojea, fray Alonso Franco, fray Juan Bautista Méndez y fray Juan José de la Cruz y Moya.

Entre sus personalidades destacaron fray Julián Garcés, primer obispo de Tlaxcala; fray Bartolomé de Ledesma, especialista en teología moral; fray Tomás de Mercado, creador de la ética comercial y fray Antonio Monroy e Yjar que fue el primer maestro general de la orden de Predicadores, de origen americano.

Atte.
Mtro. José Omar Tinajero Morales

Fuente: acciontepe.blogspot.mx


Para el norte de México y Chihuahua. Retiro vocacional 2015 Año de la vida consagrada

Enlaces a esta entrada

¿Quieres conocer más el carisma de la Orden de Predicadores, los dominicos?

Ven con nosotros a un fin de semana de oración, estudio y comunidad
Para jóvenes varones entre 18 y 27 años

“Domingo, luz de la Iglesia”

Del viernes 23 al domingo 25 de octubre

¿Qué llevar?
• Biblia
• Cuaderno, plumas, plumones
• Tijeras
• Ropa cómoda
• Artículos de aseo personal
• Chamarra
• Paliacate
• Bolsa de dormir/cobijas almohada/cojín

Donativo sugerido: 300 pesos

Para más informes e inscripción:

Fray José Alberto Nava Aguirre op
Oficina: 410-3057

Correo: creaturanuevaencristo@gmail.com
FB: José Alberto Nava Aguirre

Los 10 sacerdotes defensores de los derechos humanos

Enlaces a esta entrada

Foto: Ibero Responsabilidad Social

MARIANO CHÁVEZ | En Vida Nueva nos hemos dado a la tarea de presentar los diferentes rostros de la Iglesia en México, uno de ellos es la promoción y defensa de los Derechos Humanos en los cuales ha tenido mucho qué ver. Aquí te presentamos nuestro top ten de los sacerdotes defensores y promotores de esta causa.

1.- Javier Ávila Aguirre. Mejor conocido como “El Pato”, el sacerdote Javier Ávila quien ha fungido como presidente de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, AC, y con más de 30 años de trabajo en la Sierra Tarahumara, se ha distinguido por ser un hombre comprometido hasta la médula con la defensa de los derechos humanos de los indígenas, y recientemente, a partir del recrudecimiento de la violencia en la zona, se ha empeñado en el acompañamiento a las víctimas de la violencia, así como a las víctimas de la masacre de Creel. Ha recibido distintos premios internacionales por su incansable labor. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le ha otorgado medidas cautelares debido a las diferente amenazas que ha recibido.

2.- José Raúl Vera López. El nombre y labor del obispo de Saltillo son más que conocidos en el país. Un incansable promotor de las causas justas, así como defensor de los grupos más vulnerables de la sociedad, entre los que se cuentan los migrantes, los obreros, los mineros, las amas de casa, los indígenas y los homosexuales. Ingeniero químico de profesión por la UNAM, ha recibido un sinfín de distinciones y premios como el Premio Nacional de Derechos Humanos “Don Sergio Méndez Arceo” (2000) y Galardón Corazón de León que otorga la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), de la Universidad de Guadalajara. Asimismo, fue candidato, en 2012, al Premio Nobel de la Paz.


3.- Alejandro Solalinde Guerra. Fundador y director del Albergue “Hermanos en el camino”, creado a iniciativa suya el 27 de febrero de 2007 en Ciudad Ixtepexc, Oaxaca. También ha coordinado la Pastoral de Movilidad Humana Pacífico Sur del Episcopado Mexicano. Incansable  defensor de los derechos humanos de los migrantes, ha recibido diferentes premios y distinciones, entre ellos el Premio Nacional de Derechos Humanos, de manos del Presidente de México Enrique Peña Nieto, el día 10 de diciembre de 2012, en el marco del Día Internacional de los Derechos Humanos. Asimismo, ha tenido participación en el ámbito cinematográfico con la cinta “La Jaula de Oro”, dirigida por Diego Quemada-Diez, la cual ha cosechado más de 45 premios nacionales e internacionales.



4.- Miguel Concha Malo. Director del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria. Ha sido un gran acompañante de las diferentes luchas sociales y, por ende, de las graves violaciones a los derechos humanos. Asimismo, es miembro del Consejo de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos y miembro del consejo ciudadano de la UNICEF en México. Su labor le ha valido un sinnúmero de distinciones como la Medalla y el testimonio “Roque Dalton”, otorgado por el Consejo de Cooperación con la Cultura y la Ciencia en El Salvador, A.C. en  2002.


5.- Marcelo Pérez Pérez. Sacerdote tzotzil originario de San Andrés Larráinzar, Chiapas, se ha caracterizado por estar muy de cerca con Las Abejas, organización a la cual pertenecían los 45 indígenas asesinados en Acteal, en el año de 1997. Ha recibido amenazas de muerte, e incluso, ha sobrevivido a algunos intentos de homicidios, los cuales fueron denunciados por el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, en agosto de 2011 cuando fue reubicado de parroquia, de Chenalhó a Simojovel. En 2014 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos solicitó al gobierno de México emitir medidas cautelares para proteger su vida debido a amenazas de autoridades municipales, estatales y personas militantes del Partido Revolucionario Institucional.


6.- Rubén Pérez Ortiz. Su trabajo ha tenido un gran impacto social con acciones a favor de los migrantes que pasan por México en su camino a Estados Unidos. De acuerdo con la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis Potosí, su acción meritoria ha sido la intervención oportuna y decidida para atender la necesidad de refugio de hombres y mujeres en condición de vulnerabilidad por su situación migratoria, logrando dignificar la atención integral que se brinda a las personas dentro del refugio “La Casa del Migrante”. Esto le valió para que dicha comisión le otorgara el Premio Estatal de Derechos Humanos 2014.


7.- Fray Blas Alvarado Jiménez. Coordinador regional de la LIMEDDH (Liga Mexicana de los Derecho Humanos), fundador del albergue de migrantes conocido como la 72 en Tenosique, Tabasco, y organizador de repetidas marchas en defensa de los derechos de dichos migrantes. Ha padecido en carne propia, junto al Sr. Braulio Gómez Gómez, el hostigamiento y amenazas por parte de las autoridades y otras personas de la Zona Norte del Estado de Chiapas, específicamente, en el municipio de Pueblo Nuevo Solistahuacán. Esto último fue denunciado y documentado por El Observatorio para la Protección de los Defensores de Derechos Humanos, programa conjunto de la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT) y de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), el cual solicita su intervención URGENTE ante la siguiente situación en México.


8.- Tomás González Castillo. Responsable de la Casa del Migrante en Tenosique, Tabasco, y reconocido por su trabajo evangélico a favor de los migrantes, recientemente fue denunciado penalmente por el delegado regional del Instituto Nacional de Migración, Luis Alberto Molina, por el supuesto delito de obstrucción de la aplicación de la ley, cuando migrantes centroamericanos pretendían resguardarse en la Casa del Migrante, hecho acaecido en diciembre del año pasado. En 2013 le fue otorgado el Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos "Gilberto Bosques" en su primera edición; así como también el Premio Estatal de Derechos Humanos.


9.- José Aviles Arriola. Con más de 25 años como misionero en Chiapas, es ahora vicario de Justicia y Paz por parte de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, así como director de la misión de Bachajón en la zona norte del estado. Trabajó intensamente al lado del obispo Samuel Ruiz y es fundador del Centro de Derechos de los Indígenas.


10.-  David Fernández Dávalos. El ahora rector de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y calificado por el periodista José Cárdenas como “rector grillo”, fue fundador y director del Movimiento de Apoyo a Niños Trabajadores y de la Calle (Matraca) AC, en Xalapa, Veracruz. Asimismo, dirigió el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, de 1994 a 1998. Su defensa y promoción de los derechos humanos le valió en 1996 el premio Human Rights Watch, así como el ser miembro del Internacional Council on Human Rights Policy, con sede en Ginebra, Suiza.


Esta es nuestra lista, ¿coincides con ella? ¿Hay algún otro religioso que crees debió aparecer entre los defensores de derechos humanos? Cuéntanos su historia.

vnmexico@gmail.com
@VN_Mexico