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Benedicto XVI: Alberto Magno, el científico y el santo

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Queridos hermanos y hermanas,

uno de los más grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno. El título de “grande” (magnus), con el que ha pasado a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro de nuestra época".

Nació en Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas “artes liberales”: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales se unió después con la profesión de los votos religiosos. Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios, el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato Jordán de Sajonia.

Tras la ordenación sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido durante toda la vida.

Le fueron asignadas tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania, donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en su ciudad de adopción. De París llevó consigo a Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás, para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos dos teólogos se estableció una relación de estima y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia Teutoniae – teutónica – de los Padres dominicos, que comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y al ejemplo de santo Domingo.

Sus dotes no se le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni – donde los papas residían con frecuencia – en la misma Roma y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar un nuevo impulso a las actividades caritativas.

En los años 1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.

Murió en la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización, en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho, echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente por la vastedad de sus intereses y de su saber.

Ciertamente, los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método consistía simplemente en la observación, en la descripción y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero así abrió la puerta a trabajos futuros.

Él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia nos habla de la creación como del primer lenguaje a través del cual Dios – que es suma inteligencia, que es Logos – nos revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación (cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso! El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza. Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico Medi, el cual escribió: “Oh, vosotras, misteriosas galaxias ..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella, tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.

Su extraordinaria apertura de mente se revela también en una operación cultural que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón, explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad, su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción elaborada después de modo definitivo por santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos, pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas árabes, había sido interpretada de modo que aparecía, al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana. Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen entre ellas o no?

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto como “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la verdad.

San Alberto Magno fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para su gloria.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Una Nueva Santa hija de Santo Domingo

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Su memoria en la Orden se celebra el 19 de noviembre.

Ayer, 17 de mayo de 2015 el Santo Padre Francisco ha canonizado a la Hermana María Alfonsina Danil Ghattas, fundadora de la Congregación del Santo Rosario.

Sor María Alfonsina Danil Ghattas nació en Jerusalem el 4 de octubre de 1843 en una familia que le aseguró una buena formación cristiana. Fue bautizada el 19 de noviembre siguiente y en la pila bautismal, le fue dado el nombre de Soultaneh María. En septiembre de 1848, comenzó a asistir a la escuela de las Hermanas de San José de la Aparición, que habían venido a Jerusalén unos meses antes.

Recibió el sacramento de la Confirmación 18 de julio de 1852. Madurada la vocación a la vida consagrada, en 1858 ingresó como postulante en el Instituto de las Hermanas de San José de la Aparición. El 30 de junio de 1860, tomó el hábito y el nombre religioso de Hermana María Alfonsina; en 1863 realizó su profesión. Se encargó de enseñar el catecismo en la escuela popular de Jerusalén, donde se distinguió por el fervor y el ahínco con el que desempeñó dicho oficio. También promovió la Cofradía de la Inmaculada Concepción (que tomaría el nombre de Hijas de María) y, más tarde, la Cofradía de las Madres Cristianas.

En 1865 se trasladó a Belén para continuar su ministerio de enseñanza. El 6 de enero 1874 se le apareció, por primera vez, la Virgen María; después de un año exacto tuvo lugar una segunda aparición y la Virgen la invitó a formar una nueva familia religiosa que tomaría el nombre de la Congregación del Santo Rosario. La Beata se dirigió al Patriarca de Jerusalén, Monseñor Vincenzo Bracco, y le contó sus experiencias místicas; El obispo le animó y la confió a la dirección espiritual de Don Antonio Belloni.

En mayo de 1876, ante la partida del Padre Belloni, se acogió a la dirección espiritual del Padre Matteo Lesciki. Después de algunas dificultades iniciales, este último también aprendió a entenderla y valorarla. Mientras tanto, algunas miembros que pertenecían a las Hijas de María comenzaron a madurar el proyecto de consagrarse a Dios en la vida religiosa y expresaron dicho propósito a su confesor, el Padre José Tannous. También la hermana Maria Alfonsina decidió entonces recurrir a este sacerdote, quien le ordenó escribir sus propias experiencias místicas, incluso en relación a la Congregación que la Virgen María le había pedido fundar.

En julio de 1880, las jóvenes Hijas de María, bajo la dirección de Don Tannous, comenzaron la vida en común. El 15 de diciembre de 1881, el Patriarca de Jerusalén dio el hábito al primer grupo de monjas de la nueva comunidad, que, de acuerdo con la inspiración por Nuestra Señora, tomó el nombre de Instituto de Hermanas del Santo Rosario.

El 12 de septiembre 1880, la Hermana Marie Alphonsine obtuvo del Santo Padre la dispensa del voto de obediencia emitido en la Congregación de las Hermanas de San José. Tres años más tarde, el 7 de octubre de 1883, llegó a ser parte de la Congregación de las Hermanas del Santo Rosario. El 8 de diciembre del mismo año tomó el hábito (manteniendo el nombre religioso de Sor María Alfonsina) y el 1 de marzo de 1884 comenzó su noviciado. Profesó el 7 de marzo 1885 y el 25 de julio fue enviada a Jaffa para desarrollar la actividad de profesora.

El 1 de noviembre de 1886, junto con la hermana Hanneh, abrió una misión a Beit-Sahour y el año siguiente partió con otras hermanas para establecer una casa también en Salt, Jordania. El 2 de noviembre, 1887 fue aprobada la Constitución de las Hermanas del Santo Rosario, que, dos años más tarde, obtuvieron la aprobación diocesana. En 1889, la Hermana Marie Alphonsine fue enviada a Naplus. Allí permaneció sólo unos pocos meses, ya que, golpeada por la fiebre amarilla, tuvo que regresar a la casa madre en Jerusalén para recibir tratamiento. Ya siendo religiosa, el 4 de octubre de 1890, la víspera de la festividad de Santa María del Rosario, fue admitida en la Tercera Orden de Predicadores en el Convento Dominicano en Jerusalén. A principios de 1892 fue trasladada a la misión de Zababdeh. Entre los años 1893 y 1908 desempeñó el encargo de superiora de la casa de Belén. Del 1909 al 1917 se encuentra nuevamente en la casa madre de Jerusalén; a continuación, se le pidió establecer un orfanato en Ain Karem.

En marzo de 1927 su estado de salud se deterioró repentinamente, esto la llevaría a la muerte poco tiempo después. El 25 de marzo de 1927, regresó a la casa del Padre. Al día siguiente se llevó a cabo su funeral.

Algunas dificultades internas en el Instituto de las Hermanas del Santo Rosario y la difícil situación política en el Medio Oriente impidieron el inicio de su causa de beatificación y canonización, esto a pesar de su reputación persistente de santidad. Superadas estas dificultades, en 1986 se inició, en Jerusalén, el proceso diocesano que culminaría en mayo de 1987. Después de haber completado el procedimiento prescrito, el 15 de diciembre 1994 fue proclamado el decreto sobre sus virtudes heróicas. En 2004, se instruyó la investigación diocesana sobre un presunto milagro que se concluyó en el 2005. Una vez completado el procedimiento prescrito, el 3 de julio de 2009 se proclamó el decreto sobre el milagro. El 22 de Noviembre, 2009 se celebró el rito de beatificación en la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

Las Hermanas de la Congregación del Santo Rosario están presentes actualmente en Palestina (Franja de Gaza), Israel, Jordania, Líbano, Egipto, Siria, Kuwait, en algunos emiratos del Golfo Pérsico (Abu Dhabi, Shariqah) y en Roma.

“El Señor conceda por su intercesión un nuevo impulso misionero a los respectivos países de orígen”, fue el deseo del Papa Francisco el domingo al mediodía antes del rezo del Regina Coeli al saludar especialmente a los presentes de Palestina, Francia, Italia, Israel y Jordania, asistentes a la ceremonia de canonización de las cuatro nuevas Santas. “Inspirándose en su ejemplo de misericordia, de caridad y de reconciliación, los cristianos de estas tierras miren al futuro con esperanza, continuando por el camino de la solidaridad y de la convivencia fraterna”, auspició el Vicario de Cristo.

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

El Santo Padre nombró a Fray Timothy Radcliffe como consultor del pontificio consejo de justicia y paz

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El Santo Padre nombró a Fray Timothy Radcliffe como consultor del pontificio consejo de justicia y paz. Fray Timothy es hijo de la provincia de Inglaterra y fue Maestro de la Orden entre 1992 y 2001. 

Fray Timothy, ordenado sacerdote en 1971, es un reconocido predicador, conferencista y autor de varios libros. Ha sido miembro asesor y director del Instituto Las Casas. Ha recibido varios grados honorificos de diferentes universidades.

 Fray Timothy esta asignado actualmente al convento dominicano de Oxford, conocido también como Blackfriars, en Inglaterra.  

Apologética: Sobre el Papado.

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“5. El Romano Pontífice

209. 1. Existencia del Primado del Papa. Es de fe que el Romano Pontífice tuvo y tendrá siempre el Primado sobre la Iglesia universal:

«Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el Primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos; y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones» (concilio de Florencia, 694).

210. 2. Extensión del Primado. —El Romano Pontífice tiene potestad sobre los mismos Concilios, con pleno derecho para convocarlos, trasladarlos y disolverlos (concilio V de Letrán, 740). Por lo mismo, es «escándalo execrable» apelar a un Concilio contra el Papa (Pío II, 717).

El Papa tiene jurisdicción sobre todos los obispos (Vaticano I, 1831), por lo cual, es superior ordinario e inmediato de todas las diócesis y de todas las iglesias del mundo (Vaticano I, ibid.), sin perjudicar por ello la jurisdicción de los obispos, antes al contrario, confirmándola (Vaticano I, 1828). Todos los cristianos han de obedecerle «no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe» (Vaticano I, 1831).
211. 3. Funciones y ejercicios del Primado. —En virtud de su Primado:

a) El Romano Pontífice apacienta, rige y gobierna a toda la Iglesia universal (Vaticano I, 1826) y a la iglesia de Roma como iglesia particular (concilio de Constanza, 636).

b) Convoca, traslada y disuelve los Concilios (concilio V de Letrán, 740), instituye a los obispos (Trento, 968) y los traslada, juzga y castiga (Clemente VI, 570h).

c) Tiene potestad absoluta sobre las cosas espirituales (Alejandro VIII, 1323) y dispone del tesoro espiritual de la Iglesia para conceder toda clase de indulgencias (Clemente VI, 551).

d) Es el supremo legislador de la Iglesia, estableciendo cánones (Clemente VI, 57ok), promulgando decretales (concilio de Constanza, 618), dispensando de las leyes de la Iglesia (Sixto IV, 731), etcétera.

e) Es el juez supremo en la tierra (Vaticano I, 1830) y él no puede ser juzgado por nadie en este mundo (Concilio Romano, 330). Por lo mismo, no cabe apelación contra su sentencia (Clemente VI, 57og).

f) No está sujeto a los poderes civiles (Clemente VI, 570Í). Tiene plena libertad en toda la Iglesia (Pío IX, 1734). Por lo cual, aun contra la voluntad del poder civil, puede comunicarse con los obispos y con todos los fieles (Vaticano I, 1829) y a él pueden recurrir siempre todos éstos (ibid., 1830).

g) Es necesario para la salvación estar sujeto al Papa (Bonifacio VIII, 469; Clemente VI, 570b y 1). Hay que obedecerle no sólo cuando habla ex cathedra, sino también cuando ejerce su Magisterio ordinario y universal (Vaticano II, Lumen gentium n.25).

212. 4. La infalibilidad del Papa. —El Papa es el supremo maestro de todos los cristianos (concilio de Florencia, 694), cuyo principal oficio es definir y defender las verdades de la fe (C. II de Lyón, 466). Es infalible cuando habla ex cathedra en materia de fe o de costumbres. He aquí la definición promulgada por el concilio Vaticano I:

«Con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que el Romano Pontífice cuando habla ex cathedra —esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema» (Pío IX, concilio Vaticano I, 1839-40).

Cuando el Papa define una doctrina como dogma de fe, no inventa un nuevo dogma, sino que garantiza infaliblemente que aquella doctrina ha sido revelada por Dios a través de la Sagrada Escritura o de la Tradición oral: «pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe» (Pío IX, ibid., 1836).

El concilio Vaticano II ha ratificado solemnemente la doctrina del Primado del Papa y de su Magisterio infalible en la constitución dogmática Lumen gentium. He aquí sus propias palabras:
«Este santo Sínodo, siguiendo las huellas del concilio Vaticano I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre (cf. Jn 20,21), y quiso que los sucesores de aquéllos, los obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero para que el mismo episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro Primado del Romano Pontífice y de su Magisterio infalible, el santo concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles» (Lumen gentium n.18; cf. n.25).

213. 5. La sumisión y obediencia al Papa. Es necesario para la -salvación estar sometido al Romano Pontífice:

«Someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda humana criatura» (Bonifacio VIII, 469; cf. Clemente VI, 570b).

Hay que prestar asentimiento y obediencia a sus enseñanzas, aun cuando no hable ex cathedra, sino a través de su Magisterio universal y ordinario (v.gr., por medio de las encíclicas):
«Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento ha de ser prestado de modo particular al Magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable «ex cathedra»; de tal manera que se reconozca con reverencia su Magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo» (Vaticano II, Lumen gentium n.25)”.

(“La fe de la Iglesia”, Fray Antonio Royo Marin OP).

Francisco: "Hoy la Iglesia, es Iglesia de Mártires".

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«Hoy la Iglesia es Iglesia de mártires». Y entre ellos están «nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por ser cristianos; los etíopes, asesinados por ser cristianos». Haciendo referencia a la historia del protomártir san Esteban, el Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 21 de abril en la capilla de la Casa Santa Marta, recordó a los numerosos mártires de hoy: también aquellos de quienes no conocemos los nombres, que sufren en las cárceles o que son calumniados y perseguidos «por los numerosos sanedrines modernos» o, también, los que viven cada día «la fidelidad en su familia».

El Pontífice inició la homilía indicando precisamente lo que une a los numerosos mártires: son los que, explicó, «en la historia de la Iglesia dieron testimonio de Jesús» sin tener «necesidad de otros panes: para ellos era suficiente sólo Jesús, porque tenían fe en Jesús». Y «hoy —destacó— la Iglesia nos hace reflexionar y nos propone, en la liturgia de la Palabra, al primer mártir cristiano», san Esteban, de quien hablan los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1).

«Este hombre no tenía hambre, no tenía necesidad de hacer negociaciones, componendas con otros panes, para sobrevivir», afirmó el Papa. Y con este estilo «dio testimonio de Jesús» hasta el martirio. Ya «ayer —recordó refiriéndose a la liturgia de la Palabra del día anterior— la Iglesia comenzó a hablar de él: algunos de la sinagoga, los “libertos”, se pusieron de pie para discutir con Esteban pero no lograban resistir a la sabiduría y al espíritu con el que él hablaba». En efecto, explicó, «Esteban estaba lleno del Espíritu Santo y hablaba con la sabiduría del Espíritu: era fuerte». Y así estas personas «instigaron a algunos para que dijesen que lo habían escuchado pronunciar palabras contra Moisés y contra Dios, y dar un falso testimonio». Con estas acusaciones «levantaron al pueblo, a los ancianos, a los escribas: se abalanzaron sobre él, lo capturaron y lo llevaron ante el sanedrín».

«Es curioso» —destacó el Papa— cómo «la historia de Esteban» sigue «los mismos pasos de la historia de Jesús», es decir, el esquema de los «falsos testimonios» para «levantar al pueblo y llevarlo a juicio. Y hoy hemos escuchado cómo termina esta historia, porque Esteban en el sanedrín explica la doctrina de Jesús, hace una larga explicación». En realidad, sus acusadores «no querían escuchar, tenían el corazón cerrado». Así, «al final Esteban, con la fuerza del Espíritu, les dijo la verdad: “Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos”, es decir paganos, “no tenéis el corazón y los oídos de la fe en Dios”». Con ese «sois paganos, incircuncisos» Esteban precisamente «quiere decir eso». Y añadió: «Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo».

«Una de las características de la terquedad ante la Palabra de Dios» es, precisamente, la «resistencia al Espíritu Santo», explicó el Papa, repitiendo las palabras de Esteban: vosotros sois «como vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?». Esteban «recuerda a muchos profetas que fueron perseguidos y asesinados por haber sido fieles a la Palabra de Dios». Luego, «cuando él confiesa su visión de Jesús, lo que Dios le hace ver en ese momento, estando él lleno del Espíritu Santo, ellos se escandalizaron y a gran voz dieron un grito estentóreo, se taparon los oídos». Y esto es un «buen signo», comentó el Papa, porque «no querían escuchar». Y así «se abalanzaron todos juntos sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo».

Y esta es siempre «la historia de los mártires», también «los del Antiguo Testamento, de los que hablaba Esteban en el sanedrín». La cuestión es que la «Palabra de Dios no siempre cae bien a algunos corazones; la Palabra de Dios molesta cuando tú tienes el corazón duro, cuando tu corazón es pagano, porque la Palabra de Dios te interpela a seguir adelante, buscando y dándote de comer con ese pan del cual hablaba Jesús».

«En la historia de la revelación» afirmó el Papa Francisco, hay «muchos mártires que fueron asesinados por ser fieles a la Palabra de Dios, a la verdad de Dios». Así, «el martirio de Esteban se asemeja mucho al sacrificio de Jesús». Y mientras lo lapidaban Esteban oraba diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Cómo no recordar lo que Jesús había dicho en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». E, incluso, los Hechos de los Apóstoles nos relatan que Esteban «cayó de rodillas y gritó a gran voz: “Señor, no le tengas en cuenta este pecado”». De nuevo, Jesús había dicho: «Perdónales Señor, Padre: no saben lo que hacen». Aquí está toda «la magnanimidad cristiana del perdón, de la oración por los enemigos».

Pero «estos que perseguían a los profetas, estos que persiguieron y mataron a Esteban y a muchos mártires, estos –Jesús lo había dicho– creían que daban gloria a Dios, creían que» haciendo así, «eran fieles a la doctrina de Dios». Y, afirmó el Papa, «hoy quisiera recordar que la historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires: los mártires perseguidos» y muchos también «asesinados por los que creían dar gloria a Dios, por los que creían poseer la verdad: corazón corrupto, pero la verdad».

También «en estos días ¡cuántos “Esteban” existen en el mundo!» exclamó el Papa. Y recordó historias recientes de persecuciones: «Pensemos en nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; pensemos en el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; pensemos en los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por los demás porque eran cristianos; pensemos –anteayer– en los etíopes, asesinados por ser cristianos». Y también, añadió, «en muchos otros que no conocemos, que sufren en las cárceles por ser cristianos».

Hoy, afirmó el Papa Francisco, «la Iglesia es Iglesia de mártires: ellos sufren, ellos dan la vida y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio». Y «están también los mártires ocultos, los hombres y las mujeres fieles a la fuerza del Espíritu Santo, a la voz del Espíritu, que abren camino, que buscan caminos nuevos para ayudar a los hermanos y amar mejor a Dios». Y por esta razón «son vistos con sospecha, calumniados, perseguidos por muchos sanedrines modernos que se creen dueños de la verdad». Hoy, dijo el Pontífice, hay «muchos mártires ocultos» y entre ellos existen muchos «que por ser fieles en su familia sufren mucho por fidelidad».

«Nuestra Iglesia es Iglesia de mártires» reafirmó el Papa Francisco antes de proseguir con la celebración, durante la cual, dijo, «vendrá a nosotros “el primer mártir”, el primero que dio testimonio y, más aún, salvación para todos nosotros». Así, pues, exhortó el Papa, «unámonos a Jesús en la Eucaristía, y unámonos a los numerosos hermanos y hermanas que sufren el martirio de la persecución, de la calumnia y del asesinato por ser fieles al único pan que sacia, es decir, a Jesús».

Fuente: news.va

Sínodo. Una carta casi del fin del mundo

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Esta vez de Australia y de Papua Nueva Guinea: “Santo Padre, no se limite a escuchar, sino diga también lo que usted piensa, en el aula sinodal y afuera. Y luego decida”
por Sandro Magister


ROMA, 24 de abril de 2015 – Los procedimientos y su control son factores claves para orientar un sínodo. Se lo vio en la primera de las dos sesiones del sínodo sobre la familia, el pasado mes de octubre:
Por ejemplo, distinto a como se hizo en los sínodos anteriores, en la asamblea del pasado mes de octubre no se dieron a conocer públicamente las intervenciones de los padres en el aula sinodal. Cada día la sala de prensa vaticana entrega solamente el listado de las intervenciones y un resumen de los temas tratados, pero sin decir jamás quien había dicho algo.
Muchos padres sinodales protestaron contra lo que consideraron una censura. Pero fue inútil. El papa Francisco en persona lo había decidido así.
Y mantuvo firme esa decisión también para la próxima y conclusiva sesión del sínodo, explicando los motivos en la entrevista publicada el pasado 13 de marzo por la vaticanista Valentina Alazraki, para la red mexicana Televisa:
“Un sínodo, sin libertad, no es sínodo. Es una conferencia, en cambio el sínodo es un espacio protegido, en el cual pueda trabajar el Espíritu Santo. Y para eso las personas tienen que ser libres. Por eso yo me opongo a que sean publicadas las cosas que dice cada uno con nombre y apellido. No. Que no se sepa que lo dijo él. Que se sepa lo que se dijo, no tengo problema. Pero no quién lo dijo. De manera que se sienta libre para decir lo que quiere”.
Esto no quiere decir que la maquinaria del sínodo sea intocable y que desde aquí a octubre puede ser modificada. El mismo Francisco deseó una mejor funcionalidad, a la luz del principio de la colegialidad episcopal “cum Petro e sub Petro”.
Es lo que sugiere el teólogo australiano Paul A. McGavin, en viaje a Papúa Nueva Guinea, en la carta abierta que le dirigió al Papa, publicada a continuación.
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PENSAMIENTOS PARA EL PRÓXIMO SÍNODO ORDINARIO
Una carta abierta al papa Francisco
de Paul A. McGavin
Estimado Santo Padre,
He estado preocupado por el modo y por la mentalidad de la resistencia que usted ha enfrentado en su deseo de dialogar sobre el itinerario de la Iglesia en nuestra época actual. Cualesquiera sean las reservas que se puedan tener sobre aspectos de su manera de gobernar, puedo ver por qué por voluntad de la Divina Providencia usted es el Papa en esta coyuntura de la historia sagrada de la que Dios es el autor. Esto me lleva a escribirle con franqueza respecto al próximo sínodo ordinario.
Reacciones psicológicas
En mi opinión, un problema crucial de las reacciones contra el sínodo extraordinario ha sido la psicología de las personas que no aceptan o no pueden leer o escuchar pacíficamente lo que realmente se ha dicho o escrito. Cuando veo sentimientos de venganza en la blogosfera y la estridencia en ciertas declaraciones de algunas Conferencias [episcopales], me doy cuenta que estamos tratando con formas de reacción psicológica que hacen temer. El solo hecho de hablar de “comunión para los divorciados que se han vuelto a casar” se convierte en el abrir las puertas a las uniones homosexuales, en el abrir las puertas a las ordenaciones femeninas, en el abrir las puertas a toda clase de confusión y relativismos que impregnan nuestra época. Con demasiada frecuencia se advierte una incapacidad psicológica para involucrarse en una discusión serena sobre esas cuestiones difíciles, incapacidad que se expresa en expresiones tales como “hay que sacarlo de la mesa de discusión”.
En el despliegue de las cuestiones controvertidas, en el transcurso de los dos últimos años, la tendencia suya ha sido la de declarar más que explicar, y mucho menos dialogar. Este problema se expresó en una forma diferente en el sínodo extraordinario. Se utilizaron las consignas de diálogo y colegialidad, pero usted, Santo Padre, ha escuchado más que dialogado, y al concluir [el sínodo] usted hizo una declaración final.
Respecto a la intrincada cuestión del divorcio, del nuevo matrimonio y de la comunión sacramental, para mí es sensato decir que “no es suficiente considerar el problema sólo desde el punto de vista y de la perspectiva de la Iglesia como institución sacramental”. Tal como lo veo, necesitamos un pensamiento y un razonamiento globales, dentro de la herencia completa y de la autoridad de la Iglesia. Evidentemente, otros no piensan así y quieren cerrar toda discusión. Hay muchos – entre ellos muchos obispos – que no entienden el sentido de su declaración conclusiva: “Ninguna intervención [sinodal] ha puesto en discusión las verdades fundamentales del sacramento del matrimonio”.
Quizás usted, en una forma jesuítica y de manera magisterial, piensa que principalmente debe escuchar y luego decidir en una forma moderada lo que otros podrían ver como “compromiso”. Pero así se perdería lo que usted, y quizás usted solo, tiene para dar como contribución. Lo exhorto, entonces, a dialogar y a razonar con sus interlocutores, que usted intente explicar cómo la Iglesia puede permanecer fiel a la institución fundamental del matrimonio y a la vez mantenerse fiel al ministerio de la reconciliación, ministerio recibido de Cristo.
Cambio en el proceso sinodal
Para lograr esto es necesario razonar y conversar, lo cual requiere un cambio radical en los procesos sinodales. En síntesis, hablar con los responsables de la organización del próximo sínodo ordinario sobre el modo en que se puede cambiar sustancialmente el proceso a los fines de llevar a cabo un proceso de diálogo y de aprendizaje.
Sugiero que un cambio crucial sería eliminar las “intervenciones de 10 minutos” que llevan a hacer declaraciones exasperantes y combativas. En lugar de eso, los obispos deberían reunirse primero en grupos, pero no en grupos nacionales o lingüísticos. Se deben incorporar facilitadores honestos y capaces, de tal modo que los obispos puedan sentarse en distintas salas del Palacio Apostólico y dialogar, donde en realidad se escuchen mutuamente e intenten encontrar puntos de encuentro entre las diferentes percepciones y los distintos modos de fidelidad a lo que la Iglesia ha recibido y a los desafíos del mundo al que y en el que la Iglesia anuncia el Evangelio y administra el amor y la misericordia de Dios. Luego cada grupo debe elegir un obispo que asuma el compromiso de representar correctamente frente a una sesión plenaria el consenso o la falta de consenso en el interior de su grupo, con quizás una media hora de tiempo para hablar.
En el interior de este proceso, usted debería deambular sin aviso previo entre los distintos grupos, no sólo escuchando sino también contribuyendo al diálogo. Y en la sesión plenaria, en los momentos de diálogo, usted debería hablar mencionando a las que usted piensa son respuestas razonadas a las posiciones expresadas – incluso con oportunidades para dialogar directamente con lo que usted considera que debe decir. Por supuesto, esto tiene sus riesgos, entre los cuales se cuentan las “filtraciones” interesadas a la prensa.
Si bien no como un parlamento, esto puede sonar peligrosamente como una “junta de gobierno”, más que una autoridad magisterial. Pero lo que puede “parecer” y lo que “es” son dos cosas distintas. Me disgusta “el voto de la mayoría” en materia de doctrina. Creo que en la Iglesia debería valer el “pareció bueno al Espíritu Santo y a nosotros” (Hch 15, 28), y que en el guiar y en el confirmar a los hermanos el Papa debería introducir estos discursos en su exhortación post-sinodal.
Esto no garantiza que todos estarán de acuerdo con esa exhortación, pero hace crecer sustancialmente la probabilidad que lo que escribirá el Papa encontrará resonancia en más obispos y fieles, y proporcionará un instrumento con el que la Iglesia en su conjunto podrá permanecer fiel a lo que el Señor le ha confiando y podrá comunicar mejor su misión a un mundo desesperado y confuso. No creo que esto suceda mientras los obispos hablan en “extractos de 10 minutos” y deciden numéricamente con el voto. A mí esto no me parece eclesial.
Conversaciones teológicas
Me parece que su influenciar hacia un modelo más eclesial podría ser facilitado por conversaciones – preferiblemente en el Palacio Apostólico, y lejos de los ojos de la Casa Santa Marta –, donde usted podría sentarse y también almorzar con grupos de teólogos provenientes de ambientes maduros y diferentes.
Entiendo con esto que esas conversaciones deberían tener una modalidad diferente respecto a las que tiene con el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Su Santidad ha dado suficiente lugar a un discurso “compacto”, pero usted podría beneficiarse también al recurrir a refinamientos y recortes, esforzándose en elaborar un discurso teológico más específicamente intelectual.
Al decir esto, no estoy proponiendo una “teología de escritorio”, porque estoy plenamente de acuerdo con su instinto para una bien fundamentada teología práctica. Lo que estoy proponiendo es que esas conversaciones afinen lo que usted dice en forma más simple y precisa, dentro de una más amplia comunicación como Papa y en sus intervenciones con los padres sinodales.
Conversaciones psicológicas
Tengo una propuesta de conversación todavía más sorprendente para ayudar a su participación en las conversaciones sinodales. Pienso que usted también podría invitar a un grupo de psicólogos de ambientes maduros y diferentes, para participar en conversaciones confidenciales y en almuerzos en el Palacio Apostólico.
¿Por qué? Porque como veo que hay resistencia al diálogo que usted propone, advierto que las posiciones primero son psicológicas y/o epistemológicas antes que teológicas. Advierto esto último en el modo de responder que procede de una epistemología restringida, que comprende solamente las lecturas lineales y en sentido único de las palabras dominicales y de su recepción en la Iglesia. Las convicciones que se articulan con frecuencia dicen más sobre las preferencias psicológicas que lo que nos dice sobre lo que la Iglesia ha recibido del Señor.
No hay duda que esas perspectivas psicológicas y humanísticas serían ofensivas para algunos. Y también hay una tendencia humana constante a hacer efectivamente que la religión sirva a nuestras necesidades. Sobre la base de las observaciones que usted hace periódicamente, pienso que usted entiende que la religión de los fariseos, tal como está representada en el Nuevo Testamento, no procede ante todo de su patrimonio religioso. Los fariseos son la expresión de una tipología que se registra en todas las religiones, y esta tipología define a la religión por su desempeño, delimita estrictamente ese desempeño y lo legitima como “justicia”.
Es difícil encontrar la religión farisaica en la presentación que los evangelios hacen de Nuestro Señor. Al contrario, Jesús se encuentra en conflicto y en contradicción con este tipo de desempeño religioso. Y de las Sagradas Escrituras surge claramente que la Iglesia primitiva, en medio de dificultades y en conflicto, luchó a brazo partido contra esta tendencia humana. Las profundizaciones psicológicas en un contexto sinodal pueden ayudar a hablar en un modo que permita ser “escuchados” abiertamente y a mantener conversaciones que de otro modo se cerrarían.
Búsqueda de un consenso teológico compartido
Al escribir de este modo simplifico notablemente, porque las configuraciones psicológicas y teológicas en la presente discordia son complejas. Para decirlo sin términos medios, las personalidades intuitivas como la suya tienen dificultad para comprender las personalidades no intuitivas, y viceversa. Mirar los problemas en términos de “¿cómo piensa esta persona o cómo piensan estas personas?” ayuda a comprender las epistemologías que se eligen para sostener las preferencias personales. Estas diferentes preferencias en el modo de entender (epistemologías) llevan también a diferentes modos de hacer teología (teologías).
Usted, Santo Padre, no logrará atraer a los neo-neo-escolásticos a su modo de pensar. Ni tampoco logrará atraer a los modernistas relativistas aguerridos al modo de pensar que usted tiene. Pero conocer mejor los diferentes modos de pensar le permite a usted explicar su modo de pensar, tal como se expresa en sus discursos teológicos y en sus participaciones sinodales. En pocas palabras, la observación psicológica profunda puede contribuir a generar un diálogo que lleve a un consenso teológico compartido durante el proceso sinodal.
He dicho “que lleve”, no dije “llevará”. Nuestro Señor era psicológicamente muy agudo, pero los Evangelios no indican siempre resultados no-conflictivos. Los Evangelios muestran también que Jesús no podía entender a fondo por qué sus interlocutores no podían comprender: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Jn 3, 10); “Felipe, he estado contigo todo este tiempo, ¿y no me has conocido?” (Jn 14, 9).
Pero yo creo que Su Santidad adquiriría nuevos conocimientos de amplio alcance con los encuentros periódicos, coloquiales y confidenciales, tanto con un grupo heterogéneo de teólogos como con un grupo heterogéneo de psicólogos, para explorar sus puntos de vista respecto a las configuraciones teológicas y psicológicas ya encontradas en el proceso sinodal.
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Atención: Las notas que acompañan la carta pueden ser leídas en la versión inglesa de la misma.
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Paul A. McGavin es sacerdote de la arquidiócesis australiana de Camberra y Goulburn, ex director de la Escuela de Negocios de la Universidad de Nueva Gales del Sur y presidente del Consejo Académico de la Facultad, luego sacerdote y párroco, y hoy capellán de la Universidad de Camberra, autor de apreciados ensayos.
La foto lo muestra en Papúa Nueva Guinea, donde está de viaje.
En una anterior carta abierta dirigida al papa Francisco, el padre McGavin había sugerido cómo reformar la Congregación para los Obispos, en el marco de la reforma general de la curia vaticana:

> Cinco nuevas ideas sobre cómo seleccionar a los obispos (9 de febrero de 2015)
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Traducción en español de José Arturo Quarracino, Temperley, Buenos Aires, Argentina.

Carta abierta al papa Francisco: Un grito desde el corazón de un converso

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Carta abierta al papa Francisco: Un grito desde el corazón de un converso
Dr. Maike Hickson
10 de diciembre de 2014
“Querido director, querido Ricardo, ¿porqué te escribo todo esto? Porque la pasada noche no pude dormir. Y porque quiero entender, y quiero preguntar algo al lector de Bussola: ¿Qué más ha de suceder en la Iglesia para que los católicos se levanten, de una vez por todas, a gritar su indignación? Atención, estoy dirigiéndome a católicos individuales, no a asociaciones, ni a reuniones secretas, movimientos, o sectas que durante años han estado manejando los cerebros de los creyentes en beneficio de terceras partes, dictando lo que sus seguidores han de hacer… no, no: estoy apelando a conciencias individuales, a sus corazones, su fe y su virilidad. Antes de que sea demasiado tarde” (Mario Palmaro, Carta a Riccardo Casciolo, director de La Nuova Bussola Quotidana, 8 de enero de 2014).
Querido Santo Padre:
Le escribo esta carta abierta e informal con gran agonía en mi corazón. Y le diré cosas que, en condiciones normales, nunca haría públicas. Lo hago, al menos éste es mi propósito, por el bien de la Iglesia, a mayor Gloria de Dios y por la salvación de los hombres. Usted juzgará.
Esta noche no pude dormir. Estoy preocupada por nuestra Santa Madre Iglesia. A lo largo de todo el año 2014, especialmente tras haber alabado públicamente la propuesta del cardenal Walter Kasper de permitir a los divorciados vueltos a casar recibir la Sagrada Comunión, usted ha abierto la puerta a la confusión en los asuntos de la  enseñanza moral de la Iglesia Católica y a conductas imprudentes por parte de algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia. Varias afirmaciones realizadas en el Sínodo de la Familia en octubre de 2014 han incrementado más aún la confusión. Y en diciembre de 2014 usted mismo dio una entrevista a La Nación en la que usted sugiere que la Iglesia tenga una actitud más laxa hacia aquellos que están casados fuera de la Iglesia después de un divorcio previo, diciendo: “La comunión sólo no es la solución. La solución es la integración.” Al parecer, usted quiere que ellos no sólo reciban la Sagrada Comunión sino que participen plenamente en la vida de la Iglesia, como lectores en la Misa y como padrinos de adolescentes y menores.
Esto significaría obviar el pecado, compensarlo, incluso justificarlo. Empañaría la distinción entre aquel que vive en estado de gracia justificante, agradando a Dios al seguir sus mandamientos, y aquel que objetivamente vive en pecado, desagradando a Dios al no respetar sus mandamientos. Seguir este camino causaría anarquía y destruiría la moral fundacional de la Iglesia Católica. Traería consigo la ética del “todo vale”.
Si las parejas “vueltas a casar” pueden recibir la Sagrada Comunión, ¿porqué cualquier otro pecador debería hacer algo que le desagrada para arrepentirse y enmendarse? Un alcohólico habitual, alguien que golpee habitualmente a su mujer, un criminal, o una mujer que haya matado a su bebé en su vientre, ¿no deben todos ellos arrepentirse? ¿Porqué un católico debe escuchar y seguir las leyes de la Iglesia cuando aquellos que no lo hacen no reciben sanciones morales?
¿Y qué pasa con las palabras del mismo Jesús? ¿Ya no importan? Si uno cambiase la ley católica sobre el adulterio, desafiaría al mismo Cristo.
Siguiendo la invitación de Mario Palmaro, yo también me opongo públicamente a la dirección en la que usted parece dirigir la Iglesia.
Déjeme explicar por qué.
Soy conversa desde hace diez años, nacida en 1972, crecida en Alemania y viviendo ahora en los Estados Unidos. Salí de un mundo que está subvirtiendo e invadiendo cada vez más, si no permeabilizando, la vida de la Iglesia Católica, un mundo al cual parece que usted mima y ante el cual usted parece estar inclinándose. Crecí sin ninguna fe, en una familia rota, en un mundo de cohabitación, aborto, divorcio y egoísmo. Ni siquiera conocía por completo los diez mandamientos. Evidentemente, no los vivía. No  tuve una familia plena que me diera una identidad fuerte, un refugio seguro o una guía moral. Esta forma de vida me llevó a un callejón sin salida y a una depresión. Cuando entonces encontré a mi futuro marido, la luz de Cristo anidó en mi corazón, despacio pero firme.
Dos aspectos muy importantes en la vida de la Iglesia actuaron sobre mí como canalizadores de la gracia y me atraían fuertemente hacia ella – esto fue antes de tener una verdadera fe sobrenatural. En primer lugar, la bella liturgia tradicional, la Misa y el canto del Oficio Divino con sus cantos gregorianos; en segundo lugar, la enseñanza moral de la Iglesia, con su pleno entendimiento de la naturaleza humana.
Tras haber vivido una vida completamente descontrolada, sin importarme el pecado ni atarme a lealtades duraderas, me di cuenta que este camino solo conducía a la desesperación y a un descreimiento sobre cualquier amor duradero o forma de vida estable y enraizada. Sin embargo, cuando descubrí la enseñanza moral de la Iglesia sobre la castidad y la importancia de ella antes del matrimonio, y también la indisolubilidad de aquel voto sacramental, me di cuenta de la verdad e importancia de todo ello.
La enseñanza moral de la Iglesia Católica es un bálsamo de curación para todas aquellas almas que andan perdidas en su orgullo, sensualidad, deslealtad e indiferencia por el bienestar de sus hijos. Este egoísmo hace que uno abandone la persona amada y la desplace por otra persona cuando surge algo imprevisto, ignorando la necesidad y anhelo de los niños por el vínculo de su propio hogar; daña estas almas quien comete y sostiene estos actos egoístas. Cuando pecan de esta manera, son menos libres. El pecado no es bueno para el hombre. Esta es mi conclusión. He llegado a comprender que sólo cuando uno se mantiene casto antes del matrimonio y, por tanto, permanece firme ante cualquier unión física prematura con el ser amado, y sólo cuando uno tiene el pleno  convencimiento y pretensión de hacer una unión de por vida al casarse con otra persona, solo entonces, con la gracia, el vínculo [matrimonial] estará preparado para durar. Uno debe estar preparado para saber que cualquiera que sea el problema que pueda ocurrir en un matrimonio, siempre habrá un camino para recorrerlo juntos. “Para lo bueno y para lo malo”.
También comprendí, tras haber sido una ardiente estudiante de la Ilustración neo-pelagiana del siglo XVIII, que los seres humanos necesitamos no sólo ideas abstractas sino instrucciones muy claras de cómo llevar una buena vida, e incluso una mejor vida. No es suficiente hablar sobre la bondad de la naturaleza humana, de la fraternidad, del amor y de todo eso; uno tiene que saber cómo lograr a estos objetivos. La Iglesia está aquí para enseñarnos y para levantarnos sobre nuestra frágil naturaleza humana, propensa al pecado y con una fuerte inclinación al egoísmo y la desesperanza.
Mi propia vida personal es testigo de ello. La Iglesia, con sus preceptos y consejos, me sacó del lodo del pecado y del egoísmo. Y ahora, Santo Padre, usted parece empujar a la Iglesia al lodo. Usted dice al pecador que, después de todo, lo está haciendo bien. Usted no nos eleva a los altos estándares de Cristo, como la Iglesia, maestra de naciones, ha hecho siempre de forma leal; usted nos deja sentados donde estamos, confortándonos y  tranquilizándonos en nuestro pecado. Esto es la crueldad de un sentimentalismo, ¡no una verdadera misericordia!
Una actitud laxa ante los mandamientos y consejos de Dios solo conduce al pecado. Esto es lo que hemos experimentado nosotros, los hijos de la revolución cultural del 68 en Alemania. Se nos permitió, de una manera indiferente, que jugáramos con el lodo, a actuar de acuerdo con nuestra complacencia. La consecuencia fue una situación inhumana. Muchos padres y profesores de aquel tiempo no querían castigar a sus hijos nunca más, ni tomar acciones punitivas contra ellos cuando se portaban mal; en consecuencia, florecieron los comportamientos inmorales e inhumanos. Yo misma fui testigo de las consecuencias de tal permisividad en la escuela cuando una chica de mi clase fue acosada a su tierna edad por sus compañeros por el simple hecho de que quería ser una buena y responsable estudiante. El profesor, en su dejadez, no se enfrentó al mal, de forma que la chica tuvo que abandonar la escuela.
Pero aquí hemos de hablar de las almas y su salvación. ¿Ayudará usted, como cabeza de la Iglesia, a las almas a ir al cielo si usted les conforta en su pecado? ¿Era esto lo que San Ignacio de Loyola enseñaba a sus jesuitas? ¿Es de alguna ayuda que usted haga las cosas de forma ambigua, vaga, poco clara y equivocadamente confusas? ¿Cuántas parejas que han estado luchando por su matrimonio durante tanto tiempo y que permanecen unidas por su sujeción leal a las enseñanzas de Cristo ahora, después de sus recientes palabras, así como por algunas otras afirmaciones realizadas en el Sínodo de los Obispos, se relajarán y dejarán sus matrimonios, pensando que ahora, después de todo,  hay una “segunda oportunidad” para ellos? ¿Qué pasa si usted saca temporalmente a alguien fuera de la desesperanza, pero sin embargo le conduce después  a la arrogancia, que es, junto con la desesperación, uno de los dos principales pecados contra la virtud de la Esperanza? Usted tendrá que dar cuentas de estas almas algún día ante Dios, y le pido que medite sobre lo que estoy tratando de decir. Puedo decirle que su forma de hacer las cosas no funciona. Sólo la llamada a la conversión y la instrucción clara de qué hacer y cómo esforzarse para mantenerse en el camino recto, recordando al gran San Juan Bautista, guiará a las almas al cielo. Por favor, no se incline ante los pecadores; antes bien, ¡levántelos y sáquelos del pecado! Esto es lo que un sacerdote católico hizo conmigo, y yo le estaré eternamente agradecida por lo que hizo.
Le pido, Santo Padre, que se enfrente a este mundo de pecado, empapado de una enorme inhumanidad, porque de lo contrario no tendrá ninguna madre que le recuerde las reglas de Dios. ¡Las leyes de Dios son buenas para nosotros! Enseñe al mundo pecador cómo ser mejor. Enseñe a las personas que viven en concubinato y que se divorcian como ser leales. Leales a sus esposas y, sobre todo, a Dios, leales a sus hijos pequeños. No nos deje abrir más aún la brecha rota sino, por el contrario, ayúdenos a cerrarla y a curarla.
Llame a los padres a refrenar su egoísmo y a mirar primero por sus hijos y su bienestar. El divorcio es la muerte para el alma de un vulnerable niño pequeño, de sus esperanzas, de sus seguridades y su amor. Hablo por experiencia propia. Y también hablo como madre. ¿Cómo quiere usted que mi marido y yo enseñemos a nuestros hijos los diez mandamientos y sobre el deber de contrición de los pecados a la hora de la confesión, cuando al mismo tiempo la Iglesia podría muy pronto permitir que aquellos que han desobedecido la ley de Dios puedan acercarse abiertamente a recibir la Sagrada Comunión?
Levántenos, a todos nosotros, pecadores. Llámenos a la esperanza, que se basa en el profundo amor de Cristo y su Santa Madre, e imparta una clara enseñanza sobre cómo ser buenos y mejores. Resumiendo, cito otra vez a Mario Palmaro, cuya invitación a una franca y sincera resistencia estoy siguiendo en este momento, y cuyo clamor tras su muerte destrozó mi corazón y los corazones de muchos otros:
“El hecho de que un para sea “querido” por la gente es completamente irrelevante ante los dos mil años de [existencia] la Iglesia: el papa es el Vicario de Cristo en la tierra y él ha de agradar a Nuestro Señor. Esto significa que el ejercicio de su poder no es absoluto, sino que está subordinado a la enseñanza de Cristo, en la que se basa la Iglesia Católica, en Su Tradición y alimentada por la vida de la Gracia a través de los Sacramentos”.
Continuaré rezando por usted, Santo Padre, cada día. Y mientras tanto, en este valle de lágrimas, confiaré también en las fieles palabras de Mario Palmero:
“Independientemente de lo que haga la iglesia, habrá siempre un sacerdote que celebre la Misa de manera sagrada; en un pequeño apartamento una anciana solitaria rezará el rosario con una fe imperturbable; en un escondido rincón de la Casa de la Divina Providencia una hermana cuidará de un bebé que alguien   consideró no merecedor de ser tenido. Incluso cuando todo parezca perdido, la Iglesia, la Ciudad de Dios, continua irradiando su luz sobre la Ciudad de los Hombres.”
Le pido, Santo Padre, que irradie la luz de la Fe y del Amor de Dios sobre el mundo hablando de la verdad al mundo, a esa parte de la Creación que se ha revuelto contra Dios, enseñando al mundo dónde va mal, y que lo haga incluso a expensas de perder su actual popularidad y su aparente buena sintonía con el mundo. El mundo necesita el pleno testimonio de la Iglesia Católica, ahora más que nunca. Sin compromisos, y con la completa verdad. Sólo entonces usted será merecedor de la mayor confianza, un reconocimiento de su autoridad como maestro y un auténtico respeto.
[Traducción Alberto Torres. Artículo original]

Fuente: www.adelantelafe.com

El Papa Francisco entrega la Bula «Misericordiæ Vultus» ante la Puerta Santa

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El día 11 de abril, en las I Vísperas del II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, el Papa Francisco entrega a los Arciprestes de la Basílicas papales, a algunos representantes de la Iglesia en el mundo y a los Protonotarios Apostólicos la Bula con la cual es convocado el Jubileo extraordinario de la Misericordia.

Antes de la celebración de las I Vísperas, el Santo Padre se dirige al atrio de la Basílica Vaticana y, una vez allí, inicia con el signo de la cruz y el saludo litúrgico, tras lo cual pronuncia estas palabras:

«Dios omnipotente y misericordioso
que nos ha reunido en el nombre de su Hijo,
para darnos gracia y misericordia.

Hoy, en la vigilia del II Domingo de Pascua,
ante la Puerta Santa de la Basílica de san Pedro,
entrego a los Arciprestes de las Basílicas papales,
a algunos representantes de la Iglesia extendida por el mundo
y a los Protonotarios Apostólicos
la bula “Misericordiæ Vultus”
de inicio del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

El Espíritu Santo, don del Resucitado,
renueve toda nuestra vida
y la Santísima Virgen María, Madre de Misericordia,
sostengan nuestros santos propósitos».

A continuación, uno de los Protonotarios Apostólicos, ante la Puerta Santa, da lectura a algunas de las partes más significativas de esta Bula, seguidamente tiene lugar la procesión con la que se entra en la Basílica del apóstol Pedro para el rezo de Vísperas.

Como ya sabemos, este Jubileo Extraordinario fue anunciado por el Papa Francisco el pasado día 13 de marzo: «... he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre» (cf. Lc 6, 36)... Este Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre».


Salvador Aguilera López/lexorandies.blogspot.mx

Carta de Fray Tomás de Aquino al Papa Francisco

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Santísimo y Reverendísimo Padre Francisco, por la Divina Providencia Papa, fray Tomás de Aquino, de la Orden de Frailes Predicadores, con devota reverencia.
He leído la Carta que Vuestra Santidad dirigiera, con fecha 3 de marzo A D 2015, al Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Poli, Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Santa María de los Buenos Aires, en ocasión del primer centenario de la Facultad de Teología de esa celebérrima Universidad. No ha dejado de llamar mi atención las palabras de Vuestra Santidad a los teólogos bonaerenses toda vez que allí recomendáis, Beatísimo Padre, que aquellos realicen su labor “desde las fronteras” y en las calles de las ciudades de América Latina. Son vuestras mismas palabras: “La teología que desarrollan ha de estar basada en la Revelación, en la Tradición, pero también debe acompañar los procesos culturales y sociales, especialmente las transiciones difíciles. En este tiempo, la teología también debe hacerse cargo de los conflictos: no sólo de los que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo y que se viven por las calles de Latinoamérica. No se conformen con una teología de despacho. Que el lugar de sus reflexiones sean las fronteras”.
En mis tiempos, Santidad, os aseguro, las calles y las plazas de París eran escenario de vivos conflictos. No menos sucedía en el interior de los claustros. Me tocó vivir, como no ignoráis, un tiempo de transiciones difíciles. Si habéis tenido la benevolencia de leer algunos de mis escritos recordaréis cómo tuve que enfrentarme a Guillermo de San Amour y a quienes con él negaban a los religiosos mendicantes el derecho a enseñar en la Universidad, cómo hube de vérmelas con los averroístas latinos, cuánto hube de oponerme a tantos en defensa de la verdad, los innúmeros conflictos en los que me vi envuelto por mi “aristotelismo” (incluso alguna condena episcopal) y de los que salí airoso gracias a la Divina Bondad y al apoyo de vuestros Predecesores. Por todo esto, Santidad, nada me resulta menos ajeno y lejano que los conflictos.
Pero, si Vuestra Santidad me lo permite, quisiera deciros al respecto dos cosas. La primera, que aquellos conflictos de mi tiempo tenían que ver, por encima de todo, con la verdad de la Fe. Por eso, tomando como guías a San Agustín y a San Anselmo tuve en cuenta aquello que se lee en Isaías 7, 9si no creéis, no entenderéis; y busqué el intellectus fidei procurando entender lo que Dios ha revelado para nuestra salvación eterna. Me apliqué, pues, a estudiar a los maestros de la sabiduría humana y divina extrayendo de cada uno cuanto pudiera ser útil a esta inteligencia de la fe, inteligencia que no es “teología de despacho”, ni mirar al mundo “desde un castillo de cristal” sino buscar a Dios con las alas de la razón y de la fe. No se trataba, por tanto, de conflictos sociales (que los había ciertamente) ni de las peleas del Emperador con mi familia (que las hubo y no me dejaron indiferente), ni de los menesterosos de París (cuyo socorro estaba a cargo de gente piadosa urgida por la caridad). De eso se ocupaban los buenos y santos reyes que, por entonces, solían temer a Dios, y de los Papas que procuraban que los Reyes impregnaran con el Evangelio la vida social. Los teólogos, como tales, teníamos otra misión: elintellectus fidei, no por vanidad ni por vanagloria (aunque algunos sucumbieron a ambas) sino por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Ese era nuestro servicio, el propio de nuestro estado de vida y de nuestro oficio.
Lo segundo que deseo deciros, Santidad, es que en mi tiempo no hacíamos teología desde las fronteras ni desde las calles sino desde el Sagrario. Era allí, en la oración y en la contemplación donde se alimentaba nuestra teología. El olor de las calles no era un clima propicio para contemplar. Pero, ay de nosotros si, además de contemplar, no éramos capaces de inclinarnos, movidos por la misericordia, ante las llagas de los hombres. La misericordia es dolerse de la miseria ajena; y la mayor miseria, la mayor indigencia, en mi tiempo y en el vuestro, Santidad, es la ausencia de Dios. De ella derivan las demás indigencias. La tarea de los teólogos es procurar que los hombres conozcan a Dios y lo busquen. Lo otro, viene por añadidura.
Lo conmovedor de vuestra carta es cuando afirmáis que teología y santidad van juntas. Quiera Dios que la entiendan los destinatarios de vuestra misiva porque en mi tiempo, en el vuestro y en todo tiempo lo más escaso es la santidad.
Recibid Padre Santo con estas líneas el obsequio de mi filial afecto y servicio.
Fray Tomás de Aquino

Fuente: http://www.adelantelafe.com/