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Oración del predicador

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Señor Jesucristo, haz que con deseo ardiente me precipite a escuchar la Palabra de Dios, 
y haz que no rechaze a los que ya se han acercado; 
haz que sepa estar junto a las aguas, no dentro de las aguas de la vanagloria; 
que suba a la navecilla de la obediencia y que baje a tierra por la humildad; 
que lave las redes del deseo de la predicación 
y de las buenas obras de toda avaricia, vanagloria y adulación; 
que sepa repararlas mediante la armonía de las sentencias; 
que las seque con la claridad; 
que las recoja por cautela y no por pereza; 
que no las rasgue por las divisiones; 
que aleje de la tierra la nave de la religión y permanezca descansando en ella.

Haz que enseñe a los demás con el ejemplo; 
que sepa alternar la contemplación y la acción; 
que sepa conducir a los demás a la profundidad de la contemplación 
mediante la predicación de la religión.

Que lance las redes en tu palabra 
y no en la tiniebla del pecado y de la ignorancia 
de tal forma que pueda capturar obras vivas;
que en las aguas de las tribulaciones 
pueda llenar mis redes de la abundancia de tu presencia y de tus consuelos 
de modo que el alma reviente de admiración y busque ayudar al prójimo, 
especialmente a los más necesitados.

Que llene las naves de obediencia y de paciencia 
y que por la humildad me prosterne ante las rodillas de Jesús 
y que, una vez arribado de este mundo a la tierra de los vivientes, 
pueda yo recibir los premios eternos. amén.

San Alberto Magno. Liturgia de las Horas. Propio O.P., pp. 1814-1815.

Orar ¡por los condenados en el infierno! Martín Gelabert Ballester, OP

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En ocasiones los predicadores exhortan a sus oyentes a orar por los pecadores. Quizás sería bueno preguntarse qué hay detrás de este tipo de recomendaciones. Porque todos somos pecadores. Pero, normalmente, cuando se pide que oremos por los pecadores se suele pensar en aquellas personas alejadas de la Iglesia que supuestamente viven, piensan y actúan de forma reprobable y muy distinta a cómo lo hacemos nosotros. Cada uno sabrá cuales son sus presupuestos no explicitados. En todo caso, no sería conveniente que nuestra plegaria por los pecadores estuviera cargada de un rechazo hacia ellos. ¿Quizás san Pablo atisbaba este peligro cuando recomendaba a Timoteo que la oración “por todos los seres humanos” fuera “sin ira ni malas intenciones” (1 Tim 2,8)? Pecadores, insisto, somos todos. En este sentido, todos necesitamos orar por nosotros mismos y los unos por los otros. Para que nuestra vida sea una continúa conversión a Dios.

Ahora bien, si una personalidad cristiana, respetable y prestigiosa, nos invitase a orar por los condenados en el infierno, probablemente la sorpresa sería mayúscula. Los pecadores aún tienen una posibilidad de convertirse. Los condenados ya han llegado al final de su carrera y su rechazo de Dios se diría que es definitivo. No hay vuelta atrás para ellos. Ni por parte suya, ni por parte de Dios. ¿Qué podría significar orar por los condenados? ¿Un deseo de cambiar la voluntad irrevocable de Dios? Orar por los condenados, ¿no sería esto un acto de rebeldía contra Dios, un acto que necesariamente debería desagradar a Dios y, por tanto, un poner en peligro la propia salvación?

¿Y si eso de orar por los condenados fuese una expresión límite que uniese al orante con un Dios cuya misericordia no excluye a nadie? Si Dios tiene esa misericordia hasta el extremo, ¿no debemos tenerla también nosotros? La Iglesia ha canonizado a muchas personas. No ha condenado a ninguna. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a todos y cada uno hacia sí. Una esperanza así manifestaría la oración por los condenados. Por los que, según los criterios humanos podrían estar condenados. Pero los criterios de Dios no siempre coinciden con los de los humanos.

De un santo de prestigio, que vivió con intensidad la misericordia, un hombre que lloraba cada vez que pensaba que alguien podía vivir alejado de Dios, un hombre que oraba por todos sin excepción, de este santo dice uno de los testigos de su canonización que oraba por los condenados en el infierno. ¿Y a pesar de eso le canonizaron? ¿No hubiera sido mejor que lo condenasen por hereje? ¿O al menos por ingenuo, o por perder el tiempo importunando a Dios con cosas imposibles? Claro que, como le dijo el ángel a María, nada hay imposible para Dios. Pues lo canonizaron. Su nombre: Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.

Fuente: nihilobstat.dominicos.org

Predicar en la modernidad

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Actualmente vivimos en un mundo y en una sociedad muy acostumbrada a lo digital, a lo visual, difícil de sorprender, con demasiadas cosas, con demasiados recursos. Una sociedad que echa su vista atrás en el tiempo para encontrar motivos de ilusión, viendo en elementos del pasado anhelos del futuro y ocasiones del presente. Es una sociedad que no estudia demasiado pero sí es tremendamente estudiada. Se encuentra como vigilada, expuesta, poco reservada. Y ante esto nos encontramos a los jóvenes con ganas de cambio, de vivir otra cosa, de experimentar desde lo auténtico, con capacidad de búsqueda pero sin sentido en la búsqueda. Y, en este mundo que nos ha tocado vivir, los predicadores hemos sido elegidos para predicar, para llevar a otros y a otras el mensaje de la Buena Noticia. Un mensaje antiguo, sencillo, comentado y explicado de muchas maneras, vivido y sobrevivido a muchas épocas pero de una actualidad radiante y verdadera.
¿Cómo predicar hoy? Esa es la gran pregunta que nos hacemos muchos. Nuestra intención es, en este escrito, encontrar o esbozar de manera resumida una posible respuesta que estará, como siempre que escribimos, sujeta a la opinión del autor.
Lo primero es vivir aquello que se predica. Uno no puede dar lo que no tiene y lo que no es o no hace suyo. Uno ha de ofrecer aquello que hace mejor a los demás, que los contagia de felicidad sabiendo que él mismo está contagiado, envuelto de dicha felicidad.
Lo segundo es analizar, estudiar y pensar hacia quién va dirigido el mensaje. La Predicación cambiará dependiendo de las personas con las que estemos. Esa adecuación es necesaria e imprescindible si pretendemos entrar en el corazón.
Lo tercero es el con qué. Los recursos actuales están al servicio de la predicación, no se entendería que sigamos utilizando métodos anticuados, que no llegan al otro. Hay que ser creativo e imaginativo y llegar a las periferias, a las fronteras. Y para llegar a esos lugares uno ha de inventar otras formas.
Y por último, nos tenemos que responder por qué, ¿por qué predicamos el Evangelio? ¿Por qué transmitimos la Buena Nueva? Este, quizás, es el paso más sencillo, la respuesta es y resulta muy fácil: Para hacer felices a los demás como felices nos ha hecho la Palabra a nosotros.
Solo déjenme indicarles lo que a mí, con acierto, me advertía un hermano dominico: Para predicar además de lo comentado aquí has de confiar en el Espíritu Santo, Él te dará fuerza, te llenará el corazón, la mente y la imaginación para poder llevar la Palabra a todos los rincones del mundo.
Por último, tenemos que ser valientes, atrevernos a hacer cosas nuevas que cambien el mundo. Tenemos que mirarnos en aquellos que dieron su vida por los demás y llevar nuestra Predicación, al estilo dominicano, sin complejos, sabiendo que está avalada por casi 800 años de historia. Atrevámonos los dominicos, los jóvenes dominicos a dar un vuelco a nuestro mundo a través de nuestro carisma pensando siempre en los más pobres y excluidos.
<b>Dioni Yáñez</b>
Dioni YáñezDalit/mjd.dominicos.org

Predicación Dominicana

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La Orden de Predicadores “se sabe que fue especialmente instituida desde el principio para la predicación y la salvación de las almas” (Constituciones Primitivas). La Constitución Fundamental de la Orden de Predicadores subraya la prioridad de este apostolado. Los cinco elementos distintivos que forman el modo de vida genuinamente dominicano “conjuntamente nos preparan y nos impulsan a predicar; dan a nuestra predicación su personalidad.” Por su profesión religiosa, los dominicos se hacen “completamente consagrados a predicar la Palabra de Dios en su totalidad” de forma que viven “una vida apostólica en sentido pleno, en la cual la predicación y la enseñanza deben emanar de la abundancia de la contemplación.


Hay tanta gente que vive la angustia del centurión del Evangelio que ruega a Jesucristo: “Di solo una palabra, y mi siervo quedará curado” (Mt 8:8). Los dominicos predican para dar esa Palabra de curación al mundo. En una carta a Santo Domingo y sus hermanos, el Papa Honorio III escribió, “Aquél que incesantemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, … os inspiró el santo deseo de… consagraros a la predicación de la palabra de Dios”. Los dominicos predicamos porque ardemos en este deseo. El propósito de la predicación dominicana es dar vida a otros: “El objeto de nuestra predicación es, bien provocar el nacimiento de la fe, bien permitir que esta penetre más profundamente en todas las dimensiones de la vida de las personas.” (Constituciones Fundamentales). Más que un mensaje, los dominicos predican la persona y el acontecimiento de Jesucristo: el Hijo Encarnado de Dios cuya voz podemos oír todavía, cuyo rostro podemos ver todavía, cuya Pasión nos está salvando todavía, y cuyo corazón nos llama a un encuentro transformador. El gran predicador dominico San Vicente Ferrer (+1419) exhortó a los predicadores, “Que la gente encuentre en vosotros a un padre lleno de compasión por sus hijos.”

Los dominicos predican la Palabra de Dios de todas las maneras posibles, incluyendo predicación litúrgica, misiones parroquiales, predicación de retiros, conferencias ocasionales, discursos en congresos religiosos, predicación en la calle, enseñanza, escritura (especialmente libros), a través del arte (especialmente cine, televisión, y teatro), y aprovechando las ventajas ofrecidas por Internet y otros avances de la era digital, sin sacrificar nunca el papel indispensable de presencia personal por el que la comunicación se convierte en verdadera comunión. El dominico Humberto de Romans resume esto en su famoso Tratado sobre predicación del siglo XIII: “Cuán necesario es el oficio de la predicación, sin el cual el corazón humano no se elevaría a la esperanza del cielo.”

Vita Christi

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Le ofrecemos la obra Vita Christi de fr. Luis de Granada en la versión que ha sido publicada, en fragmentos, en la revista Vida Sobrenatural.

Fray Luis de Granada

Se ha tomado como fuente el texto de Fray Luis de Granada, Obras, Tomo XI (Cuervo, J., ed.), Fuentenebro, Madrid, 1906, 353-362, y se ha adaptado un poco el texto para facilitar su comprensión.

Ofreceremos la obra en distintos fragmentos, cada de uno de ellos sugerido como meditación para alguno de los tiempos fuertes de la liturgia cristiana: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua...

Preámbulo

El tratado precedente , cristiano lector, sirve para el uso de la oración vocal, la cual con palabras humildes y devotas habla y negocia con Dios. Esta manera de orar, entre otros muchos provechos que tiene, uno y muy principal es, ser un grande estímulo e incentivo de devoción, cuando más derramado y frío está nuestro corazón. Porque como él sea tan malo de recoger en este tiempo –por el distraimiento de los pensamientos–, no tenemos entonces otro más fácil remedio que apegarlo a las palabras de Dios –que son como unas brasas y saetas encendidas– para que con ellas se encienda y despierte la devoción.

Mas el tratado presente servirá al uso de la oración mental, que se hace con lo íntimo del corazón, en la cual interviene la meditación de las cosas celestiales, que es la principal causa de la devoción, como dice el santo Doctor Tomás de Aquino . De manera que así como los niños unas veces andan en pies ajenos, y otras –cuando ya son mayores– en los suyos propios, así el siervo de Dios debe tratar en la oración con Él, unas veces con palabras ajenas –pronunciándolas con toda devoción– y otras con las suyas propias, que es con las que su devoción o su necesidad le enseñare. En esta cuenta entra el ejercicio de la meditación de las cosas divinas, que es el propio pasto y mantenimiento de nuestra ánima.

Y entre otras muchas cosas que hay que considerar, una de las más principales es la Vida y Pasión de Cristo, que es universalmente provechosa para todo género de personas así principiantes como perfectas. Porque este es el Árbol de la Vida que está en medio del paraíso de la Iglesia, donde hay ramas altas y bajas, las altas para los grandes –que por aquí suben a la contemplación de la bondad, caridad, sabiduría, justicia y misericordia de Dios– y las bajas para los pequeños, que por aquí contemplan la grandeza de los dolores de Cristo y la fealdad de sus pecados, para moverse a dolor y compasión...

Meditación sugerida para Adviento:

Preámbulo para antes de la Vida de Cristo, en el cual se trata del misterio inefable de su encarnación

Cerca del inefable misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, la primera y principal cosa que hay que presuponer y considerar, es la grandeza de la bondad y sabiduría de Dios, que resplandece en la conveniencia de este medio que escogió para nuestra salud.



App dominicano ahora en francés y español.

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El pasado mes de diciembre 2012 anunciamos el lanzamiento de un App dominicano llamado   “Dominican Portal”. Este App para iPhone y iPad, que ofrece acceso inmediato a toda la información y los artículos publicados en el Portal oficial de la Orden (www.op.org), ha tenido una buena acogida ya que se puede descargar gratuitamente desde Apple iTunes Store.

El App dominicano fue diseñado y desarrollado por Fray Luuk Jansen de la Provincia de Irlanda quien tiene experiencia en el mundo del diseño de software y ha creado otros apps como el “iDoms Portal”  o el que su utilizó durante el pasado Congreso Eucarístico de Dublin. 

Ahora tenemos el gusto de anunciar el lanzamiento del Dominican Portal App Version 1.1 que ofrece no sólo artículos e información en inglés sino también en los otros idiomas oficiales de la Orden: francés y español. Esta nueva versión permite una mayor cobertura para la Familia Dominicana en otras regiones de la Orden. Así como la versión inglesa ha tenido buena acogida, esperamos que esta nueva versión llegue a un número mucho mayor de usuarios.

Por eso queremos invitarlos a descargar esta nueva versión de nuestro App de modo gratuito en el Apple iTunes Store y a pasar la voz entre frailes, hermanas, laicos, miembros de todas nuestras entidades e instituciones, familiares y amigos. Esta herramienta, que podemos llevar con nosotros, es una ayuda en nuestra misión de alabar, bendecir y predicar la Palabra de Dios donde quiera que vayamos.


Los jóvenes, nuestros socios en la predicación

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Durante el Día Mundial de la Juventud, el Papa Francisco llamó a la gente joven del mundo a llevar la Iglesia a las calles y a "hacer lío". Simultáneamente, el Capítulo General de la orden de Predicadores encara la cuestión de cómo apoyar, aún más, la juventud laica por todo el mundo, en la predicación del Evangelio.

Toda la semana pasada los medios estuvieron llenos de la visita del Papa a Brasil y su participación en los eventos del Día Mundial de la Juventud. El Papa Francisco obviamente considera que la juventud católica es la fuerza que mueve la Iglesia, tanto hoy como en el futuro. Esto puede ser fácilmente entendido por sus insistentes declaraciones que los jóvenes católicos necesitan "hacer lío", sacudir lo acomodaticio y la autocomplacencia de una Iglesia cerrada sobre sí misma. Ahora, ¿qué tiene todo eso que ver con el Capítulo General de la Orden de Predicadores reunido en Trogir, en el otro lado del mundo?

Sólo una semana antes del comienzo del Día Mundial de la Juventud en Brasil, el Movimiento Juvenil Dominicano Internacional tuvo su propia asamblea en Bogotá, en la vecina Colombia. Jóvenes Dominicos de todo el mundo se congregaron para pensar y discutir su rol en la misión de la Predicación de la Orden, y el mejor modo de contribuir al movimiento de la Nueva Evangelización, y la misión de la Iglesia. Así, parece que la juventud de la Familia Dominicana está muy claramente en sincronía con el mensaje del Papa a la juventud Católica del mundo.

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Muchos mostraron claramente eso viajando de Bogotá a Río de Janeiro para saludar al Papa. Como dice Fr. Wojciech Delik, miembro de IDYM, "El encuentro de Bogotá concluyó que los jóvenes no deben ser meros receptores de nuestros sermones y conferencias, un sujeto de nuestro cuidado pastoral. Pueden, y frecuentemente quieren ser nuestro socios en la predicación".

Y lejos de ser un grupo de viejos hablando de tediosos temas legislativos, el Capítulo General está en realidad muy interesado en el Movimiento Juvenil Dominicano Internacional y en sus actividades. El movimiento fue creado no porque los Dominicos necesitamos nuevas vocaciones o porque no hay más religiosos jóvenes. El Día Mundial de la Juventud en Brasil mostró que la situación es más bien la opuesta. El Movimiento Juvenil Dominicano Internacional fue fundado con la idea de conectar con la gente joven de todo el mundo y hacerlos socios en la misión de la Evangelización.

El Evangelio debe ser predicado y los Dominicos necesitan invitar a su misión a todos los jóvenes de fe que pueden predicar a sus pares. Así que al apoyar de todo corazón al Movimiento Juvenil Dominicano Internacional, el Capítulo General está siguiendo la guía del Papa para llegar a la gente joven del mundo.

Fr. Mirko Vlk OP 

La predicación de la Orden de Predicadores

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Nuestra predicación tiene que estar encarnada en nuestra realidad y partir de la escucha de nuestro mundo, de sus riquezas y pobrezas, de sus capacidades y limitaciones, de sus alegrías y sufrimientos.

Hablar de predicación en la Orden de Predicadores es hablar de su esencia, es hablar de aquello para lo que fuimos fundados, es hablar de nuestra misión y es hablar de nuestra vocación. Como dice nuestra constitución fundamental: “Aquel que incesantemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso deseo de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la Palabra de Dios, propagando por el mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”

Cuando me pongo a escribir esta pequeña reflexión acabo de ver un imagen del Obispo Raúl Vera, dominico, en la que aparece éste con la boca tapada con un pañuelo y la pregunta “¿dónde están?” acompañada del siguiente texto: "Les agradecemos la fortaleza con la que están enfrentando el Estado Mexicano, la firmeza con la que exigen que localicen vivos a sus seres queridos y que juzgue a los criminales. Mientras las autoridades no encuentren a nuestros familiares desparecidos y juzguen a quienes perpetraron estos crímenes, no creeremos en sus promesas de justicia."


Y es que predicar es anunciar la Buena Noticia del Evangelio. Como dice el relato de pentecostés es “hablar las maravillas de Dios” (Hch 2,11) y es luchar porque esa buena noticia se haga realidad en todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Por este motivo hemos de predicar con la palabra y hemos de predicar con la vida, con el testimonio. Estas dos dimensiones han de estar íntimamente unidas. Si nuestra palabra no se ve refrendada por nuestra vida en vez de testimonio podemos ser antitestimonio en medio de nuestra sociedad.

Siempre cuando hablo de predicación me viene a la cabeza el siguiente texto de Lucas: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviada para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19) Este texto, fundamental en mi vocación y en mi predicación, me habla de cómo ha de ser nuestra predicación.

La predicación ha de ser liberadora, sanadora. No puede basarse en un Dios que castiga, sino en el Dios de Jesús que pasó por la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, que dio vida a todas las personas que se acercaron a él; tiene que basarse en el Dios de Jesús que se entregó y murió por denunciar todo lo que iba contra el ser humano, contra el hombre y la mujer, fuera el poder político, económico o religioso; en el Dios de Jesús que ofreció caminos de humanización a todos los que caminaban por él.

Por este motivo, ha de ser una predicación que nazca de la escucha de la Palabra y de la escucha a los hombres y mujeres de hoy. Nuestra predicación tiene que estar encarnada en nuestra realidad y partir de la escucha de nuestro mundo, de sus riquezas y pobrezas, de sus capacidades y limitaciones, de sus alegrías y sufrimientos. Sólo desde esta escucha podremos poner una palabra, la Palabra en medio de nuestra realidad. Sólo desde esta escucha podremos ir a las necesidades de todos los seres humanos y dar una respuesta.

Y por último, otro aspecto importante de nuestra predicación es la comunidad. Nuestra predicación no es individual es comunitaria. Es la comunidad la que nos envía a la predicación, a la misión de anunciar la Buena Noticia: nosotros participamos de la misión de la comunidad. Pero no sólo es eso, la misma comunidad ha de ser predicadora. Es la comunidad, la que con su misma vida, ha de ser testigo y dar testimonio del evangelio en medio de nuestro mundo. Para ello tenemos el modelo de las primeras comunidades cristianas: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían diariamente al templo con perseverancia y un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo.” (Hch 2, 42.44-47)


  Fr. Luis Javier Aguilera Fierro 
 Convento de Santo Domingo, Oviedo

Trasladémonos también nosotros

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Desde "Con Acento" 


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Aprovechamos los dominicos esta semana en torno a la Fiesta de la Traslación de Santo Domingo, para recordar lo que somos y lo que queremos ser, contar de nosotros a quienes no nos conocen demasiado o a quienes viviendo cerca les queda algo lejana nuestra identidad. Son unos días extraordinarios para hablar de nuestra historia, de Domingo, de lo que él quiso para los dominicos y de lo que hacemos hoy en día en su estela, en su misión, en el camino de la predicación.

Pero es también un buen momento para cuestionarnos, preguntarnos y reflexionar si estamos haciendo las cosas bien, si estamos respondiendo a los retos de la predicación en nuestro mundo, tan complejo y tan cambiante... o si, como la fiesta que recordamos, también nosotros tendríamos que vencer miedos, atrevernos a abrir nuestra situación y trasladarnos de lugar para ser portadores de más vida.

Los retos que para la Nueva Evangelización plantea este mundo nuestro, no pueden ser vistos con miedo. Si así lo hubiéramos hecho antes en nuestra historia, no hubiéramos podido hacer todo lo que hicimos como Familia de Predicadores. Si los retos de América, de Asia, de las transformaciones culturales durante ocho siglos a las que hemos intentado responder -la última con el Concilio Vaticano II-, los hubiéramos visto con recelo, con rechazo, la Orden de Predicadores no hubiera estado a la altura de la misión que nos fue encomendada por el Espíritu Santo y por santo Domingo de Guzmán.

Es pues este un momento complejo pero apasionante que exige volcarnos aún más en la misión de la predicación, desde lo que somos y desde lo que queremos ser. Abordar la predicación fortaleciendo nuestra vida de comunidad, nuestro estudio y sobre todo nuestra contemplación que nos vincule a la fuente de la que mana toda vida, que nos una más al Dios de Jesús de Nazaret.

Este mundo complejo y apasionante nos ofrece caminos para intentar responder a ese reto y llevar la salvación y la vida que trae el Evangelio de Jesús a los hombres y mujeres de hoy... sólo hay que atreverse a tomarlas y verlas como oportunidad, no como frenos. Algo tan dominicano como mirar desde la Gracia, no desde la condena.

Nuestro mundo, es cierto, cada vez se aleja más del discurso religioso, parece hiper-crítico con lo eclesial y duda -muchas veces con razón- de todo lo que suene a institución religiosa pues recuerda a poder, dominio y freno de la libertad y la autonomía humana... pero a la vez muestra inequívocas señales de sed de trascendencia, de esperanza, de posibilidad de creer en testimonios coherentes y veraces, humanos, que alcen la voz con autoridad para decir que con Dios la vida se vuelve una vida mejor, que Dios no frena la libertad humana, sino que la potencia.

También este mundo en crisis parece que se hunde entre el egoísmo, la corrupción y la injusticia, un mundo donde tres cuartas partes del planeta viven en la pobreza, y donde las élites políticas y económicas agrandan las diferencias económicas... pero es ese mismo mundo en el que cada vez se alzan más voces que reclaman una recuperación de la ética como única salida a la situación que vivimos, que piden transparencia, justicia, participación, control, mesura, que piden transformar las estructuras para que haya algo más de justicia y humanidad.

Vivimos un mundo en el que lo científico parece enfrentarse con la racionalidad religiosa, en el que el espacio para el diálogo se reduce, en el que los lugares tradicionalmente religiosos se vacían, y en el que nuestra voz se caricaturiza pareciendo que sólo sabemos hablar de cuestiones sexuales... pero que ofrece a su vez vías para abordar con creatividad esas cuestiones: ampliar nuestro diálogo buscando la verdad, profundizar en nuestro estudio de manera abierta y respetuosa, receptiva con las voces que nos cuestionan, apelar a la conciencia y a la identidad profunda del ser humano, salir de nuestros lugares seguros y cálidos y exponernos a buscar nuevos lugares, nuevas presencias, nuevos retos, ayudar a sentir las experiencias profundas de Dios sin tanto aparato ni herencia ni usos alejados del hoy, aprovechar las nuevas tecnologías, las redes sociales, como espacio de encuentro y evangelización.

Así pues quizás con esta fiesta de la Traslación podríamos pensar si no hemos de trasladarnos también nosotros de nuestra situación concreta y abrirnos a nuevas opciones, a nuevos retos, dar pasos, dejar que el viento del Espíritu -que recién hemos recibido en Pentecostés- nos guíe y nos lleve para actualizar hoy en día la misión de la Predicación que santo Domingo de Guzmán recibió del Espíritu Santo, y encomendó a sus hijos e hijas predicadores.

Fr. Vicente Niño O.P.


El Con Acento es una colección de reflexiones que a modo de editorial se colocan en el el Portal del servidor dominicano en español.  Click Aqui...


¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

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¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

José Luis Martín Descalzo

1. La antorcha de Pascua

Hace ya muchos años, tuve la ocasión y la suerte de presenciar en Jerusalén la celebración de la pascua de los ortodoxos. Como ustedes saben, la Iglesia ortodoxa y toda la oriental han conservado con más apasionamiento que nosotros el gozo de la celebración de la Resurrección del Señor que es el centro de su fe y de su liturgia. Y ésta tiene muy especial relieve en Jerusalén, en la basílica que conserva precisamente el lugar de la tumba de Jesús y, por tanto, el de su resurrección.
Durante la noche anterior, e incluso antes del atardecer, ya está abarrotada la basílica de creyentes que esperan ansiosos la hora de esa resurrección. Allí oran unos, duermen otros, esperan todos. Y poco después del alba, el patriarca ortodoxo de Jerusalén penetra en el pequeño edículo que encierra el sepulcro de Jesús. Se cierran sus puertas y allí permanece largo rato en oración, mientras crece la ansiedad y la espera de los fieles. Al fin, hacia las seis de la mañana, se abre uno de los ventanucos de la capillita del sepulcro y por él aparece el brazo del patriarca con una antorcha encendida. En esta antorcha encienden los diáconos las suyas y van distribuyendo el fuego entre los fieles que, pasándoselo de unos a otros, van encendiendo todas las antorchas. Sale entonces el patriarca del sepulcro y grita: ¡Cristo ha resucitado! Y toda la comunidad responde: ¡Aleluya!
Y en ese momento se produce la gran desbandada: los fieles se lanzan hacia las puertas, hacia las calles de la ciudad con sus antorchas encendidas y las atraviesan gritando: ¡Cristo ha resucitado, aleluya! Y quienes no pudieron ir a la ceremonia encienden a su vez sus antorchas y como un río de fuego se pierden por toda la ciudad.
Me impresionó la ceremonia por su belleza. Pero aún más por su simbolismo. Eso deberíamos hacer los cristianos todos los días de pascua y todos los días del año, porque en el corazón del creyente siempre es Pascua: dejar arder las antorchas de nuestras almas y salir por el mundo gritando el más gozoso de todos los anuncios: que Cristo ha resucitado y que, como Él, todos nosotros resucitaremos.

2. iResucitó! !Aleluya, alegría!

¡Aleluya, aleluya!, éste es el grito que, desde hace veinte siglos, dicen hoy los cristianos, un grito que traspasa los siglos y cruza continentes y fronteras. Alegría, porque Él resucitó. Alegría para los niños que acaban de asomarse a la vida y para los ancianos que se preguntan a dónde van sus años; alegría para los que rezan en la paz de las iglesias y para los que cantan en las discotecas; alegría para los solitarios que consumen su vida en el silencio y para los que gritan su gozo en la ciudad.
Como el sol se levanta sobre el mar victorioso, así Cristo se alza encima de la muerte. Como se abren las flores aunque nadie las vea, así revive Cristo dentro de los que le aman. Y su resurrección es un anuncio de mil resurrecciones: la del recién nacido que ahora recibe las aguas del bautismo, la de los dos muchachos que sueñan el amor, la del joven que suda recolectando el trigo, la de ese matrimonio que comienza estos días la estupenda aventura de querer y quererse, y la de esa pareja que se ha querido tanto que ya no necesita palabras ni promesas. Sí, resucitarán todos, incluso los que viven hundidos en el llanto, los que ya nada esperan porque lo han visto todo, los que viven envueltos en violencia y odio y los que de la muerte hicieron un oficio sonriente y normal.
No lloréis a los muertos como los que no creen. Quienes viven en Cristo arderán como un fuego que no se extingue nunca. Tomad vuestras guitarras y cantad y alegraos. Acercaos al pan que en el altar anuncia el banquete infinito, a este pan que es promesa de una vida más larga, a este pan que os anuncia una vida más honda. El que resucitó volverá a recogeros, nos llevará en sus hombros como un padre querido como una madre tierna que no deja a los suyos. Recordad, recordadlo: no os han dejado solos en un mundo sin rumbo. Hay un sol en el cielo y hay un sol en las almas. Aleluya, aleluya.

3. Resucitó, resucitaremos

Hay en el mundo de la fe algo que resulta verdaderamente desconcertante: la mayoría de los cristianos creen sinceramente en la Resurrección de Jesús. Pero asombrosamente esta fe no sirve para iluminar sus vidas. Creen en el triunfo de Jesús sobre la muerte, pero viven como si no creyeran. ¿Será tal vez porque no hemos comprendido en toda su profundidad lo que fue esa resurrección?
Recuerdo que hace ya bastante tiempo trataba una de mis hermanas de explicar a uno de mis sobrinillos —que tenía entonces seis años— lo que Jesús nos había querido en su pasión, y le explicaba que había muerto por salvarnos. Y queriendo que el pequeño sacara una lección de esta generosidad de Cristo le preguntó: «¿Y tú qué serías capaz de hacer por Jesús, serías capaz de morir por Él?» Mi sobrinillo se quedó pensativo y, al cabo de unos segundos, respondió: «Hombre, si sé que voy a resucitar al tercer día, sí». Recuerdo que, al oírlo, en casa nos reímos todos, pero yo me di cuenta de que mi sobrino pensaba de la resurrección y de la muerte de Jesús como solemos pensar todos: que en el fondo Cristo no murió del todo, que fue como una suspensión de la vida durante tres días y que, después de ellos, regresó a la vida de siempre.
Pero el concepto de resurrección es, en realidad, mucho más ancho. Lo comprenderán ustedes si comparan la de Cristo con la de Lázaro. Muchos creen que se trató de dos resurrecciones gemelas y, de hecho, las llamamos a las dos con la misma palabra. Pero fíjense en que Lázaro cuando fue resucitado por Cristo siguió siendo mortal. Vivió en la tierra unos años más y luego volvió a morir por segunda y definitiva vez. Jesús, en cambio, al resucitar regresó inmortal, vencida ya para siempre la muerte. Lázaro volvió a la vida con la misma forma y género de vida que había tenido antes de su primera muerte. Mientras que Cristo regresó con la vida definitiva, triunfante, completa.

¿Qué se deduce de todo esto? Que Jesús con su resurrección no trae solamente una pequeña prolongación de algunos años más en esta vida que ahora tenemos. Lo que consigue y trae es la victoria total sobre la muerte, la vida plena y verdadera, la que Él tiene reservada para todos los hijos de Dios. No se trata sólo de vivir en santidad unos años más. Se trata de un cambio en calidad, de conseguir en Jesús la plenitud humana lejos ya de toda amenaza de muerte. ¿Cómo no sentirse felices al saber que Él nos anuncia con su resurrección que participaremos en una vida tan alta como la suya?

4. ¡No tengáis miedo!
Amigos míos, no temáis, no lloréis como los que no tienen esperanza. Jesús no dejará a los suyos en la estacada de la muerte. Su resurrección fue la primera de todas. Él es el capitán que va delante de nosotros. Y no a la guerra y a la muerte, sino a la resurrección y la vida. No tengáis miedo. No temáis.

No sé si se habrán fijado ustedes en que ésta es la idea que más se repite en las lecturas que se hacen en las iglesias en tiempo pascual. Cuando Jesús se aparece a los suyos, lo primero que hace es tranquilizarles, curarles su angustia. Y les repite constantemente ese consejo: ¡No tengáis miedo, no temáis, soy yo! Y es que los apóstoles no terminaban de digerir aquello de que Jesús hubiera resucitado. Eran como nosotros, tan pesimistas que no podían ni siquiera concebir que aquella historia terminase bien. Cuando el Viernes Santo condujeron a Jesús a la cruz, esto sí lo entendían. Y se decían los unos a los otros: ¡Ya lo había dicho yo! ¡Esto no podía acabar bien! ¡Jesús se estaba comprometiendo demasiado! Y casi se alegraban un poco de haber acertado en sus profecías catastróficas. Pero lo de la resurrección, esto no entraba en sus cálculos. Lo lógico, pensaban, es que en este mundo las cosas terminen mal. Y, por eso, cuando Jesús se les aparecía, en lugar de estallar de alegría, seguían dominados por el miedo y se ponían a pensar que se trataba de un fantasma.
A los cristianos de hoy nos pasa lo mismo, o parecido. No hay quien nos convenza de que Dios es buena persona, de que nos ama, de que nos tiene preparada una gran felicidad interminable. Nos encanta vivir en las dudas, temer, no estar seguros. No nos cabe en la cabeza que Dios sea mejor y más fuerte que nosotros. Y seguimos viviendo en el miedo. Un miedo que sentimos a todas horas. Miedo a que la fe se vaya avenir abajo un día de éstos; miedo a que Dios abandone a su Iglesia; miedo al fin del mundo que nos va a pillar cuando menos lo esperemos. Miedo, miedo.

Lo malo del miedo es que inmoviliza a quien lo tiene. El que está poseído por el miedo está derrotado antes de que comience la batalla. Los que tienen miedo pierden la ocasión de vivir. Por eso el primer mensaje que Cristo trae en Pascua es éste que tanto gusta repetir al Papa Juan Pablo II: «No temáis, salid de las madrigueras del miedo en las que vivís encerrados, atreveos a vivir, a crecer, a amar. Si alguien os dice que Dios es el coco no le creáis. El Dios de la Biblia, el Dios que conocimos en Jesucristo, el Dios de la vida y la alegría. Y empezó por gritarnos con toda su existencia: No temáis, no tengáis miedo».

5. La resurrección de Cristo, esperanza de la humanidad

Hay un texto de Bonhoeffer que siempre me ha impresionado muy especialmente. Dice el teólogo alemán: «Para los hombres de hoy hay una gran preocupación: saber morir, morir bien, morir serenamente. Pero saber morir no significa vencer a la muerte. Saber morir es algo que pertenece al campo de las posibilidades humanas, mientras que la victoria sobre la muerte tiene un nombre: resurrección. Sí, no será el arte de hacer el amor, sino la resurrección de Cristo, lo que dará un nuevo viento que purifíque el mundo actual. Aquí es donde se halla la respuesta al "dame un punto de apoyo y levantaré el mundo".»

Efectivamente, los hombres de todos los tiempos andan buscando cuál es el punto de apoyo para construir sus vidas, para levantar el mundo. Si hoy yo salgo a la calle y pregunto a la gente: ¿Cuál es el eje de vuestras vidas? ¿En qué se apoyan vuestras esperanzas? ¿Dónde está la clave de vuestras razones para vivir? Muchos me contestarán: «Mi vida se apoya en mis deseos de triunfar, quiero ser esto o aquello, quiero realizarme, quiero poder un día estar orgulloso de mí mismo». O tal vez otros me dirán: «Yo no creo mucho en el futuro. Creo en pasármelo lo mejor posible, en disfrutar de mi cuerpo o de mi dinero, o de mi cultura». O tal vez me dirán: «Ésos son problemas de intelectuales. Yo me limito a vivir, a soportar la vida, a pasarla lo mejor posible».

Pero allá en el fondo, en el fondo, todos los humanos tienen clavada esa pregunta: ¿Cuál es la última razón de mi vida? ¿Qué es lo que justifica mi existencia? Todos, todos, de algún modo se plantean estas cuestiones. También ustedes, que me van a permitir que hoy se lo pregunte: ¿Cuál es el punto de apoyo en el que reposan vuestras vidas?

Para los cristianos la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la seguridad de que son eternas». Y el punto de apoyo de esa seguridad es la resurrección de Jesús. Si Él venció a la muerte, también a mí me ayudará a vencerla. ¡Ah!, si creyéramos verdaderamente en esto. ¡Cuántas cosas cambiarían en el mundo, si todos los cristianos se atrevieran a vivir a partir de la resurrección, si vivieran sabiéndose resucitados! Tendríamos entonces un mundo sin amarguras, sin derrotistas, con gente que viviría iluminada constantemente por la esperanza. Cómo trabajarían sabiendo que su trabajo colabora a la resurrección del mundo. Cómo amarían sabiendo que amar es una forma inicial de resucitar. Qué bien nos sentiríamos en el mundo, si todos supieran que el dolor es vencible y vivieran en consecuencia en la alegría.

Sí, la resurrección de Cristo y la fe de todos en la resurrección es lo que podría cambiar y vivificar el mundo contemporáneo. Y es formidable pensar y saber que cada uno de nosotros, con su esperanza, puede añadirle al mundo un trocito más de esperanza, un trocito más de resurrección.

6. Testigos de la resurrección, mensajeros del gozo

Muchas veces he pensado yo que la gran pregunta que Cristo va a hacernos el día del juicio final es una que nadie se espera. «Cristianos —nos dirá—: «¿Qué habéis hecho de vuestro gozo?». Porque Jesús nos dejó su paz y su gozo como la mejor de las herencias: «Os doy mi gozo. Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo», dice en el Evangelio de San Juan. «No temáis. Yo volveré a vosotros y vuestra tristeza se convertirá en gozo», dijo poco antes de su pasión. Y también: «Si me amáis, tendréis que alegraros». «Volveré a vosotros y vuestro corazón se regocijará y el gozo que entonces experimentéis nadie os lo podrá arrebatar». «Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo».

¿Y qué hemos hecho nosotros de ese gozo del que Jesús nos hizo depositarios? Es curioso: la mayor parte de los cristianos ni siquiera se ha enterado de él. Son muchos los creyentes que parecen más dispuestos a acompañar a Jesús en sus dolores que en sus alegrías, en su dolor que en su resurrección. Pensad por ejemplo: durante las semanas de Cuaresma se celebran actos religiosos especiales, con penitencias, con oraciones. Pero, tras la resurrección, la Iglesia ha colocado una segunda cuaresma, los días que van desde la resurrección hasta la ascensión. ¿Y quién los celebra? ¿Quién al menos los recuerda?

Impresiona pensar que en el Calvario tuvo Cristo al menos unos cuantos discípulos y mujeres que le acompañaban. Pero no había nadie cuando resucitó. Da la impresión de que la vida de Cristo hubiera concluido con la muerte, que no creyéramos en serio en la resurrección. Muchos cristianos parecen pensar —como dice Evely— que tras la cuaresma y la semana santa los cristianos ya nos hemos ganado unas buenas vacaciones espirituales. Y si nos dicen: «Cristo ha resucitado»; pensamos: qué bien. Ya descansa en los cielos. Lo hemos jubilado con una pensión por los servicios prestados. Ya no tenemos nada que hacer con Él. Necesitó que le acompañásemos en sus dolores. ¿Para qué vamos a acompañarle en sus alegrías?

Y, sin embargo, lo esencial de los cristianos es ser testigos de la resurrección. ¿Lo somos? ¿O la gente nos ve como seres tristes y aburridos? ¿O piensa que los curas somos espantapájaros pregoneros de la muerte, del pecado y del infierno únicamente? Tendríamos que recordar que los cristianos somos ante todo eso: testigos de la resurrección, mensajeros del gozo.

Días grandes de Jesús
EDIBESA

"Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis"

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San Luis Bertrán

San Luis Bertran. Sermones.San Luis Bertrán (Valencia, 1526 - 1581) no se propuso nunca publicar los sermones y temas predicables que él redactaba para uso personal. Pero en el momento de la muerte se hallaron en su habitación numerosos apuntes —escritos de su mano, o de la de algún fraile que se los escribía al dictado de él—, que el Santo utilizaba a la hora de predicar. A raíz de la Canonización, el 12 de mayo de 1671, y, sobre todo, gracias al interés y al impulso del gran Arzobispo de Valencia y ex-Maestro General de la Orden Dominicana, fr. Tomás de Rocabertí, para que esos escritos no se perdieran para siempre, en los años 1688-1690 se editaron en dos tomos los que aún pudieron recuperarse. Le ofrecemos los sermones transcritos por fr. Roberto Ortuño O.P. de la edición de 1688-1690. Si quiere ver los originales, diríjase a nuestra Biblioteca Virtual.
  • Jueves Santo. Sermón 1

    "La víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" Juan 13,1
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  • Jueves Santo. Sermón 2

    “Porque yo os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho con vosotros” Juan 13,15
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  • Jueves Santo. Sermón 3.

    "Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo" Juan 13,8
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Oración para el año jubilar 2014

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Oh Dios, Padre nuestro,
te damos gracias muy sinceramente por tu amor y tu bondad
por bendecirnos con la fundación de nuestra Orden de Predicadores.
Te alabamos por las incontables vidas
que han sido tocadas en los últimos 800 años de existencia de la Orden.
Estamos muy agradecidos por el servicio
y el ejemplo de nuestros antepasados
​​que sacrificaron todo lo que estaba a su alcance
para difundir la buena nueva de la salvación
y predicar el evangelio.


Al celebrar el 800 aniversario,
te pedimos Padre amoroso que nos llenes de entusiasmo,
para mantener ardiendo en nosotros
el espíritu de servicio y amor de nuestros fundadores.
Sana a aquellos de entre nosotros que han sido heridos,
da consuelo a los afligidos,
coraje a los mayores,
misericordia a los que sufren;
da sabiduría al Maestro de la Orden,
a los Provinciales,
a quienes ejercen un oficio en las diversas fraternidades
y todas las comunidades dominicanas.
Ayuda a tus hijos e hijas a ser una voz profética,
permite a los jóvenes y mayores,
soñar y tener visiones de tu gloria.


Que tu amor siga uniendo nuestros corazones.
Ayúdanos a dar continuamente testimonio
del Señor resucitado en todo lo que hacemos, pensamos o decimos.
Que nuestras vidas y todo en lo que nos involucramos
den gloria a tu Santo Nombre.
Todo esto te lo pedimos por nuestro señor Jesucristo
tu hijo que vive y reina contigo,
en unidad con el Espíritu Santo y es Dios,
por los siglos de los siglos.
Amén.


María, madre de los predicadores, ruega por nosotros.
Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena, ruega por nosotros.
Santos y beatos de la Orden de Predicadores, rueguen por nosotros.


Oración hecha por los miembros del Consejo Internacional de las Fraternidades Laicas Dominicanas (ICLDF) para el año jubilar 2014 de la Novena de los años del Jubileo: « El laicado Dominicano y la Predicación »

IMDOSOC informa.

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Una nueva manera de ver la vida


“No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”.

Jesús da pleno cumplimiento a todos los preceptos del Antiguo Testamento, con la Ley del amor. El que ama de verdad a Dios y al prójimo, ha cumplido toda la Ley. Para Jesús, el cumplimiento de la Ley (la plenitud del amor) es lafelicidad verdadera, es el cumplimiento de las aspiraciones más profundas de la persona y de la humanidad.

Hoy el pueblo egipcio y otros muchos pueblos, quieren que se elaboren unas leyes que respondan a sus aspiraciones y necesidades, y que esas leyes se cumplan de verdad.

“Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielo”.

La justicia de los escribas y fariseos era teórica, aparente, de fachada. No nacía del corazón. La nuestra ha de nacer del corazón y comprometer toda nuestra vida.

El mundo pide a los cristianos y a la Iglesia que vivamos el Evangelio que predicamos, que no nos quedemos en saber, en hablar y en aparentar, sino que vivamos lo que decimos. Porque, a veces, mientras decimos que creemos en el Evangelio y lo predicamos, vivimos muy bien y dejamos que se mueran de hambre miles de millones de personas.

“Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal”.

La maldad y la bondad nacen del corazón y están en el corazón de la persona. Si tenemos malos sentimientos contra una persona, ya la hemos matado en nuestro corazón.

Actualmente hay malos tratos psicológicos que son tan graves y más que malos tratos físicos. Y el mal trato físico, ha nacido de un sentimiento de odio y desprecio a la otra persona.

“Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda”.

No podemos estar en comunión con Dios si no estamos en comunión con las personas, o si no trabajamos por construir nuestra comunión, y la de todos, con todas las personas.

Los pobres de la tierra, los que se están muriendo de hambre ¿tienen algo en contra nuestra, aunque no digan nada? ¿Tenemos alguna deuda pendiente con ellos? Hoy precisamente celebramos la Campaña Contra el Hambre.

A veces los sacerdotes celebramos la Eucaristía y no pensamos en las quejas que la Comunidad Cristiana, (la parroquia) y la sociedad tienen contra nosotros, lo que hacemos sufrir a la gente con nuestra manera de actuar, la falta de escucha y acogida que damos a los miembros de nuestra comunidad, sobre todo a los más pobres y marginados.

“Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel”.

Jesús opta por el diálogo y el buen entendimiento entre las personas, sin necesidad de recurrir a los jueces y a los abogados. “Cuando uno no quiere, dos no se pelean”.

Las instituciones jurídicas revelan muchas de las limitaciones del ser humano, su falta de madurez y de capacidad para solucionar problemas. En los conflictos matrimoniales, de todo tipo, muchas veces, más que al diálogo y al buen entendimiento, se recurre al abogado y al juez. Y entre las naciones, cuando hay conflictos, en ocasiones, se escoge el terrorismo y la guerra. Jesús nos propone otro camino.

Todo el que mira a una mujer (o a un hombre) deseándola/o, ya cometió adulterio con ella/él en su corazón”.

Otra vez Jesús nos hace ver que el pecado y la maldad nacen del corazón. Es muy importante la educación del corazón y de las actitudes. Cuando la gente no está bien formada y madura, de poco sirven las leyes. No se trata sólo de instruir, hace falta educar.

Pensemos lo que hacemos en nuestras catequesis y en nuestras celebraciones litúrgicas y en la educación que damos en nuestras familias. A veces las licenciaturas y doctorados no nos educan.

“Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti”.

Está claro que Jesús habla aquí de sentimientos, deseos, y actitudes; vivencias humanas que pueden destruir la vida de las personas. Antes de dejarnos destruir,hemos de renunciar a lo que nos destruye.

Si la droga, el alcohol o el tabaco, destruyen tu salud y tu vida, déjalos. Si la tele, el internet, el deporte, o tus hobis, te esclavizan, te impiden ser persona, dedicarte a tu familia y a los demás… trata de utilizarlos de otra manera. Si el trabajo se ha convertido en tu obsesión, trabajas demasiadas horas y estás lleno de estrés, pon un poco de orden en tu vida para poder vivir como una persona, no como una máquina. Si el dinero, o el coche, o el chalet se ha convertido en algo sagrado para ti, plantéate que sagrado sólo es Dios y las personas que tratas todos los días. Las demás cosas son muy relativas, sólo son medios.

“Yo os digo: Todo el que repudia a su mujer (o a su marido), excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera”.

Jesús nos habla del Plan de Dios, no de lo que está ocurriendo en el mundo, ni de lo que hacemos las personas. Nos quiere decir que el amor, o es para siempre, o le falta algo. Si el amor que Dios nos tiene no se rompe ni se acaba nunca, así dice Jesús queha de ser el amor humano.Todas las relaciones humanas son muy importantes. También el matrimonio es importante, por las consecuencias que tiene para la formación de las personas y para la humanidad.

“Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el ‘Cielo’, porque es ‘el trono de Dios, ni por ‘la Tierra,’ porque es ‘el escabel de sus pies”.

Jurar es poner a Dios por testigo, es, algo así como apoyarnos en Dios para que nos crean, o para dar valor a lo que decimos. Jesús nos dice que, al dar nuestra palabra, comprometamos toda nuestra vida, que seamos “personas de palabra”, que demos mucho valor a nuestras palabras, que no sean para quedar bien o para conseguir nuestros intereses.

No hemos de pensar que en este texto evangélico, Jesús nos propone “una ética”, unas “reglas de comportamiento”. Más bien nos llama a una nueva manera de ver la vida, a embarcarnos en un cambio de nuestra vida desde lo más profundo de nuestro ser.

Jesús da un nuevo sentido al Antiguo Testamento, y también interpela a nuestra sociedad actual que se queda tranquila sólo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que es muy positiva, y un buen referente), buenas constituciones y buenas leyes…

Jesús va más allá del “legalismo”, de la apariencia y de las bonitas teorías. Nos invita a vivir la vida humana con la profundidad más grande, aunque las expresiones que utiliza (adaptadas a aquella cultura) nos parezcan un poco duras. Pero la vida se va encargando de demostrarnos que no hay otro camino.

Pepe Lozano