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Cuentos con moraleja: Por sus obras les conoceréis

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Sofía Berdanska era una jovencita polaca de 18 años que acababa de perder a su padre. Pronto comprendió que debía trabajar para ayudar a mantener a su madre, bastante delicada de salud, y a su hermano pequeño.

A pesar de su corta edad, decidió colocarse como institutriz en alguna casa de gente pudiente. Buscó una carta de recomendación y fue a visitar a varias familias católicas; pero en ninguna le aceptaron, no tanto porque no la necesitaran sino más bien porque, debido a la crisis económica, todos trataban de reducir gastos.

A Sofía se le encogía el corazón cuando pensaba que su madre y su hermano estaban muertos de hambre y de frío en casa. Ella no cesaba de pedir a Dios y, al final, su oración fue escuchada.

Un buen día le hablaron de la familia Herstein; una familia muy bien acomodada con cuatro niños y que acababan de quedarse sin señorita de compañía. Allí se presentó Sofía y preguntó por Javiva Herstein, la señora de la casa. Después de los primeros saludos la señora le preguntó:

– Usted es, ¿usted no es judía?

Sofía fijó sus ojos en los de la señora y pronto advirtió, por aquellas facciones y aquel modo de hablar, que se encontraba ante una judía. Y entonces respondió con sinceridad:

– No, señora. Soy polaca y católica.

La señora quedó por unos instantes en silencio; momento que aprovechó para leer la carta de recomendación que traía Sofía en sus manos. Cuando terminó de leerla le hizo un segundo repaso de arriba abajo a la joven. Javiva, la señora de la casa, advirtió que Sofía, debido a su situación familiar de extrema necesidad se conformaría con un módico sueldo (algo muy importante para un judío); por otro lado, tenía buena presencia y un modo de hablar sumamente agradable. Además –y esto no se lo dijo a la joven- por su casa habían desfilado ya bastantes institutrices y todas se habían marchado bruscamente, quedando la señora con el problema de encontrar una nueva institutriz que tuviera más paciencia.

Así pues, pensó en aceptarla, no sin antes darle algunos importantes avisos:

– Este cargo es algo difícil. Yo tengo que pasarme todo el día en el comercio y no me puedo ocupar de los cuatro pequeños. Mi madre, que me ayuda en el gobierno de la casa, los tiene un poco mal acostumbrados…. Los niños son algo caprichosos y tienen el genio fuerte.

A lo que Sofía respondió:

– Lo que usted me indica no tiene realmente mucha importancia; son cosas de niños. No se preocupe. Ya verá cómo hago todo lo posible por educarlos y atenderlos bien.

En vista de que la futura institutriz se presentaba con tan buenas disposiciones, la señora Herstein expuso todas sus exigencias en lo que se refería a horarios, trabajo diario, sueldo…. Y terminó diciendo:

-Si hago el sacrificio de tomar a una católica para la educación de mis niños, es con una condición: Usted tiene que prometerme, bajo palabra de honor, que nunca hablará de su religión a mis hijos. Más aún, que ni siquiera dejará que ellos conozcan a qué religión pertenece usted.

Sofía volvió a pensar en su hogar. Pensó también que hay muchas maneras de predicar a Cristo y luego, respondió con serenidad:

-Se lo prometo, señora. Palabra de honor – haciéndose, sin darse cuenta, la señal de la cruz sobre el pecho.

Sofía pronto conquistó el corazón de la señora por su total disposición y el buen hacer, y siempre fuel fiel a su promesa. Con los niños la labor fue más difícil pues eran egoístas, soberbios, maleducados, intransigentes… Pasaron varias semanas, y como compensación, y a escondidas del intransigente esposo, permitió a la institutriz ir cada domingo a la primera Misa, con tal de que nadie se enterara.

Sofía solía ir a la Iglesia cuando los faroles, cubiertos todavía de la escarcha de la noche, proyectaban un misterioso resplandor sobre la nieve recién caída. Aquella jovencita polaca sentía necesidad de su comunión semanal para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa en medio de esta familia, en la que cuatro pequeños la tiranizaban continuamente. Nunca se había imaginado que pudieran existir cuatro niños tan indisciplinados, perezosos y revoltosos como estos.

De vez en cuando, Sofía, iba a visitar a su madre para entregarle la paga y pasar algún ratito con ella. En su primera visita, su madre, sacó un medallón que tenía guardado en un viejo cofre que antaño había pertenecido a su abuela. Era uno de aquellos medallones en los que se solían llevar pequeños recuerdos de las personas queridas. Sofía, tomó un papelito, escribió en él una palabra y lo ocultó dentro del medallón. Desde ese momento siempre lo llevó al cuello. En numerosas ocasiones los niños le habían preguntado qué tenía dentro del medallón, pero ella nunca se lo dejaba abrir. Un día, tanto le insistieron que les respondió:

-Ese es mi secreto, niños.

Poco a poco, una transformación silenciosa había ido cambiando el hogar de la familia Herstein. Los niños se hicieron obedientes y respetuosos, y los padres se miraban más que sorprendidos del profundo cambio que habían sufrido sus hijos gracias a la paciencia, el cariño y el buen hacer de Sofía.

Ocasionalmente, la madre reunía a los niños para preguntarles de qué les hablaba la institutriz, intentando indagar si les estaba enseñando ideas cristianas; pero Sofía siempre fue fiel a su palabra. Los niños no sabían a qué religión pertenecía ni tenían la más mínima sospecha.

Un día, la desgracia se cernió sobre la familia, el pequeño Samuel, penúltimo de los cuatro, cayó enfermo de un mal terrible: granos supurantes le cubrían el rostro y le hacían sufrir atrozmente. El médico nunca se atrevió a pronunciar el nombre de la enfermedad que, por otra parte, estaba en la mente de todos; sólo se limitaba a decir que era una enfermedad muy grave y contagiosa que precisaba total aislamiento. Según luego el mismo médico comunicó, había muchos casos similares en el pueblo y el único hospital que había estaba a rebosar por lo que no quedaba más remedio que cuidarlo en casa.

– ¿Adónde llevar al niño? ¿Cuidarle en casa? Sí, pero ¿quién le velaría? Yo no puedo, pues tengo que atender el comercio. –pensó la madre.

En eso que sus ojos se encontraron con los de Sofía, quien comprendía la preocupación de la madre y le respondió sin titubear un segundo:

-Yo, señora, cuidaré de Samuel.

Como no se habían tomado bastantes precauciones, otros dos niños de la familia cayeron enfermos. Sofía, se pasaba todo el día yendo de una cama a la otra sin tener ni un minuto de descanso.

La joven polaca, velaba, llevaba las medicinas, hacía la limpieza de casa, lavaba a los niños…, tanto hacía y tan bien que, después de varias semanas, los tres niños enfermos estaban fuera de peligro.

Cuando todo parecía que el grave problema se iba a superar, fue la misma Sofía quien contrajo el mal. La señora Herstein, muy preocupada por Sofía, la llevó al hospital de Varsovia, donde después de una semana luchando contra la fiebre y el dolor, falleció.

Al día siguiente, en medio del dolor de los esposos Herstein y del llanto de los niños, fue llevada a la casa de su madre y enterrada en el panteón familiar junto a su padre.

Pasó un año, y cuando se cumplía el aniversario de su fallecimiento, toda la familia Herstein asistió a la Misa de aniversario y comulgó en la Iglesia de San Alejandro. Todos se habían convertido al catolicismo. ¿Quién había hecho este milagro? Sin duda, Sofía Berdanska, la joven polaca que trabajaba por mantener a su madre y a su hermanito. Nunca había hablado de Jesucristo ni del Evangelio; pero el ejemplo de su vida fue suficiente para convertir a todos.

Padre Lucas Prados
Fuente: Adelante la Fe

De la Muerte y de la Resurrección

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Nuestra existencia humana puede ser comparada con un libro: la mayoría de la gente considera su vida aquí abajo como un texto real, como la historia principal y ve la vida futura – por supuesto cree en su realidad --- como un simple apéndice. La actitud cristiana autentica es exactamente la inversa: nuestra vida presente en realidad no es mas que el prefacio, la introducción del libro. La vida futura constituye por el contrario la historia principal. El momento de la muerte no es la conclusión del libro sino el comienzo del primer capitulo.

Sobre ese punto final, que es en realidad un comienzo, conviene recordar dos cosas, tan evidente que se las olvida con facilidad: primero, la muerte es un hecho inevitable y real; segundo la muerte es un misterio. Entonces debemos considerarla con sentimientos opuestos, con sobriedad y realismo por un lado y con temor y admiración por otro.

En esta vida hay una sola cosa de la que podemos estar seguros: todos vamos a morir, a menos que la segunda venida del Cristo suceda antes. La muerte es el único acontecimiento determinado, inevitable, al cual el hombre se debe enfrentar; si intenta olvidarlo o esconder su carácter ineluctable, no puedo ser mas que un perdedor. El verdadero humanismo es inseparable de la conciencia de la muerte, solo afrontando y aceptando la realidad de mi muerte por venir es que puedo estar auténticamente vivo. Como ha observado D. H. Lawrence: "Sin el canto de la muerte, el canto de la vida es insípido y ridículo." Al ignorar la dimensión de la muerte privamos la vida de su verdadera grandeza. El metropolitano Antonio de Sourog lo dijo con énfasis: "la muerte es la piedra angular de nuestra actitud hacia la vida. Aquellos que temen a la muerte temen a la vida. Es imposible no tener miedo de la vida, con toda su complejidad y todos sus peligros, si tenemos miedo de la muerte. (...) Si tememos a la muerte nunca estaremos listos para aprender el riesgo; pasaremos nuestra vida de manera cobarde, prudente y tímida. Al mirar a la muerte de frente, al darle un sentido, al determinar el lugar que le toca y nuestro lugar respecto de ella es como seremos capaces de vivir sin temor y hasta el límite de nuestras posibilidades"1.

Sin embargo nuestro realismo y nuestra determinación al darle un sentido a la muerte no deberían llevarnos a reducir la segunda verdad: el carácter misterioso de la muerte. A pesar de todo lo que puedan decirnos las diferentes tradiciones religiosas, no comprendemos casi nada de "ese país desconocido del cual ningún viajero retorna...." Es verdad, como lo hace notar Hamlet, el temor a la muerte "estorba la voluntad." No debemos darle poca importancia a la muerte, es un hecho ineluctable y real pero también es el gran desconocido. (...)

Sobre el lugar que la muerte ocupa en nuestra vida y nuestra posición frente a ella, conviene tener bien en cuenta tres cosas: primero, la muerte está mas cerca de nosotros de lo que nos imaginamos; segundo, es profundamente innatural, contraria al plan Divino y es, sin embargo, al mismo tiempo, un don de Dios; por último, es una separación que no es una separación.

La muerte no es simplemente un acontecimiento lejano que vendrá a concluir nuestra existencia terrestre; es una realidad bien presente que prosigue sin cesar alrededor de nosotros y en nosotros. "Cada día muero," dice S. Pablo (1 Co 15:31); "El tiempo de la muerte es a cada instante," pondera T. S. Eliot. Todo aquello que vive es una forma de la muerte; morimos todo el tiempo pero en esta experiencia cotidiana de la muerte, cada muerte está seguida de un nuevo nacimiento: toda muerte es también una forma de vida. La vida y la muerte no son contrarias; no se excluyen mutuamente sino que se entrelazan. Toda nuestra existencia humana es una mezcla de muerte y de resurrección. "Como moribundos, mas he aqui vivimos" (2 Co 6:9). Nuestro viaje por esta tierra es una Pascua incesante, una travesía continua desde la muerte hacia una nueva vida. Entre nuestro nacimiento inicial y nuestra muerte final, todo el curso de nuestra existencia esta constituido de una serie de "pequeñas" muertes y nacimientos.

Cuando llega la noche, cada vez que nos dormimos, es una anticipación de la muerte; cuando llega la mañana, cada vez que nos despertamos, es como si resucitáramos de entre los muertos. Una bendición judía dice: "bendito seas Tú, oh Señor, nuestro Dios, Rey del Universo, que recreas tu mundo cada mañana." Lo mismo sucede con nosotros cada mañana: cuando nos despertamos estamos como recreados. Puede ser que nuestra ultima muerte sea de la misma manera, una "recreación," un adormecerse seguido de un despertar. No tenemos miedo de dormirnos cada noche porque sabemos que nos vamos a despertar una vez mas a la mañana siguiente. ¿No podemos darle la misma confianza a nuestro ultimo adormecimiento en la muerte? ¿No podríamos esperar despertarnos recreados en la eternidad?

Este modelo de vida-muerte aparece también de manera un poco diferente en el proceso de nuestro crecimiento. En cada etapa, cada cosa en nosotros debe morir para que podamos pasar a la etapa siguiente de la vida. El pasaje de un niño de pecho al niño, del niño al adolescente, del adolescente al adulto maduro, implica cada vez una muerte interior para permitir el nacimiento de algo nuevo. Y estas transiciones, en particular la de la infancia a la adolescencia, pueden ser fuentes de crisis a veces muy dolorosas, pero si en un punto o en otro nosotros rechazamos esta necesidad de morir entonces no podemos desarrollarnos y volvernos verdaderas personas. Como escribió George Mac Donald en su novela Lilita, "vosotros estaréis muertos tanto como rechacéis morir." Justamente es la muerte de lo viejo lo que posibilita la emergencia de lo nuevo en nosotros, sin la muerte no habría vida nueva.

Si volverse adulto es una forma de muerte, lo mismo sucede en el comienzo con la separación de un lugar o de una persona que hemos amado. Estas separaciones son necesarias en nuestro crecimiento continuo hacia la madurez. A menos que tengamos algún día el coraje de salir de nuestro ambiente familiar, de separarnos de nuestros amigos actuales y de forjar nuevos lazos, no realizaremos jamas todo lo que hay en nosotros, nuestro verdadero potencial. Al atarnos por mucho tiempo a lo viejo rechazamos la invitación a descubrir lo nuevo. (...)

Para muchos creyentes la muerte de la fe – la pérdida de nuestras certezas (al menos aparentes) más profundas sobre Dios y sobre el sentido de la existencia --- es casi tan traumatizante como la perdida de un amigo o de la pareja, pero eso también es una experiencia de muerte-vida por la que debemos pasar para que nuestra fe madure. La fe auténtica es un diálogo permanente con la duda. Dios sobrepasa infinitamente todo lo que podemos decir de Él, nuestros conceptos mentirosos son ídolos que deben ser quebrados. Para estar plenamente vivo nuestra fe debe morir continuamente.
En todos estos casos la muerte no tiene un carácter destructivo sino creativo: es de la muerte que viene la resurrección. Una cosa que muere es algo que nace a la vida. La muerte que llega al final de nuestra vida terrestre ¿no es del mismo orden? ¿No es ella la mas ultima y la mas formidable muerte-resurreccion entre todas aquellas que conocimos desde nuestro nacimiento? Lejos de estar totalmente cortada, la muerte es la expresión mas vasta y mas completa de todo lo que hemos vivido en el curso de nuestra vida. Si las pequeñas muertes por las cuales hemos debido pasar nos han conducido cada vez mas allá hacia una resurrección, ¿por que no seria eso también verdadero del gran momento de la muerte cuando nos llegue el tiempo de dejar este mundo?

Pero eso no es todo: para los cristianos este modelo de muerte-resurrección repetido al infinito en nuestra vida, toma su sentido más profundo en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Salvador Jesús, Cristo. Nuestra propia historia debe ser comprendida a la luz de Su historia que celebramos cada año durante la Semana Santa y también cada domingo en la Liturgia eucarística. Nuestras pequeñas muertes y restricciones están unidas a través de la historia a Su muerte y resurrección definitivas, nuestras pequeñas pascuas están elevadas y reafirmadas en la Gran Pascua. La muerte de Cristo, según la liturgia de San Basilio, es una "muerte creadora de vida." Seguros de su ejemplo nosotros creemos que nuestra propia muerte también puede ser "creadora de vida." El Cristo es nuestro precursor y nuestras primicias. La Iglesia Ortodoxa afirma la noche de Pascua en la homilía atribuida a San Juan Crisóstomo (siglo 4): "que nadie tema a la muerte porque la muerte del Salvador nos ha librado de ella; Él la ha hecho desaparecer después de haberla sufrido. (...) Cristo resucitó y entonces reina la Vida. El Cristo resucitó y no hay más muertos en la tumba."2

Entonces la muerte es nuestra compañera a lo largo de nuestra vida como una experiencia cotidiana permanente que se repite hasta el infinito. Sin embargo, por muy familiar que sea, sigue siendo profundamente innatural. La muerte no pertenece al designio preeterno de Dios para su creación, Dios nos creó no para que muriéramos, sino para que viviéramos. Aún más, nos creo como una unidad indivisible. Desde el punto de vista judío y cristiano la persona humana debe ser vista completamente en términos holísticos: no somos un alma prisionera temporal de un cuerpo que aspira escaparse de él, sino una totalidad integrada que comprende el cuerpo y el alma. Carl Gustav Jung tenía razón al insistir en lo que él llama "verdad misteriosa": "el espíritu es el cuerpo vivo, visto desde el interior y el cuerpo es la manifestación exterior del espíritu vivo – los dos son verdaderamente uno." Como separación del cuerpo y del alma la muerte es en consecuencia un duro golpe para la unidad de nuestra naturaleza humana.

Si la muerte es algo que nos llega a todos también es profundamente anormal, es monstruosa y trágica. Ante la muerte de nuestro prójimo y nuestra propia muerte cualquiera sea nuestro realismo, nuestros sentimientos de desolación, de horror y también de indignación, están justificados: "no entren dulcemente en aquella buena noche. Rabien, vociferen contra la agonía de la luz," dice el poeta Dylan Thomas. Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11:35); y en el jardín de Getsemani El estaba lleno de angustia ante la perspectiva inminente de su propia muerte (Mateo 26:38). San Pablo considera la muerte como un "enemigo que sera destruido" (1 Co 15:26) y la liga estrechamente al pecado: "el aguijón de la muerte es el pecado" (1 Co 15:56). Como vivimos todos en un mundo caído, distorsionado, desunido, loco, destruido, vamos a morir.

Sin embargo si la muerte es trágica también es al mismo tiempo una bendición. Aunque no forme parte del plan Divino, también es un don de Dios, una expresión de su misericordia y de su compasión. Para nosotros humanos vivir sin fin en este mundo caído, cautivo para siempre del circulo vicioso del aburrimiento y del pecado, hubiera sido un destino insoportable. Es por eso que Dios nos ha ofrecido una escapatoria, El deshace la unión del alma y del cuerpo para poder enseguida recrearlos, reunirlos en el momento de la resurrección de los cuerpos en el ultimo día y llevarlos así a la plenitud de la vida. Es como el alfarero que observaba el profeta Jeremías: "descendí a casa del alfarero y he aqui, que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacia se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, segun le pareció mejor hacerla" (Jr 18:3-4). El alfarero Divino pone su mano sobre la vasija de nuestra humanidad abismada por el pecado y lo quiebra para poder hacerla de nuevo a su vez y devolverle su gloria inicial. La muerte en este sentido es un instrumento de nuestra restauración. Como lo canta la Iglesia Ortodoxa en su servicio fúnebre: "Antes, Tú me sacaste de la nada para formarme a la imagen de Dios. Pero yo transgredí tu ley y Tú me has hecho retornar al barro del cual me habías creado; hazme volver ahora hacia tu semejanza y restaura mi primera belleza."(...)

Entonces hay una dialéctica en nuestra actitud hacia la muerte en la que los dos extremos se acercan finalmente, y no son contradictorios. Nosotros vemos la muerte como innatural, anormal, contraria al plan original del Creador y nos revelamos contra ella con dolor y desesperación, pero la consideramos también como una parte de la voluntad Divina, una bendición y no un castigo. Es también una salida de nuestro estancamiento, un medio de gracia, la puerta hacia nuestra recreación, es nuestra vía de retorno. Para citar nuevamente el servicio fúnebre ortodoxo: "Yo soy la oveja perdida: llámame, oh mi Salvador y sálvame." Nosotros nos acercamos a la muerte con apuro y esperanza, diciendo con San Francisco de Asís: "Que mi Señor sea alabado por nuestra hermana, la muerte corporal"; porque a través de esta muerte corporal el Señor llama hacia Él al niño de Dios. Más allá de su separación en la muerte, el alma y el cuerpo serán reintegrados cuando llegue la resurrección final.

Esta dialéctica aparece claramente en el desarrollo de los funerales ortodoxos. Nada se hace para intentar ocultar la difícil y chocante realidad de la muerte. El ataúd permanece abierto y es un momento punzante cuando las familias y los amigos se acercan unos después de otros para darle el ultimo beso al difunto. Sin embargo al mismo tiempo y en muchos lugares es de uso común llevar no vestimentas negras sino blancas, las mismas que se llevan para el oficio de la Resurrección en la noche Pascual: porque Cristo, resucitado de entre los muertos, llama a los cristianos difuntos a compartir su propia Resurrección. No está prohibido llorar en un entierro; es más bien sabio ya que las lágrimas pueden actuar como un bálsamo y la herida es más profunda cuando la pena es rechazada. Pero no debemos desconsolarnos "como los otros, que no tienen esperanza" (1 Ts 4:13). Nuestra aflicción por muy desgarradora que sea no es desesperada porque como lo confesamos en el Credo nosotros esperamos "la resurrección de entre los muertos y la vida del siglo venidero."

Finalmente la muerte es una separación que no es separación. La tradición ortodoxa le otorga la mayor importancia a este aspecto. Los vivos y los difuntos pertenecen a una sola familia. El abismo de la muerte no es infranqueable ya que podemos encontrarnos todos alrededor del altar de Dios. El escribano ruso Iulia de Beausobre (1893-1977) decía: "la Iglesia (...) es el punto de encuentro de los muertos, los vivos y de aquellos que todavía no nacieron, que amándose los unos a los otros, se reúnen alrededor de la roca del altar para proclamar su amor por Dios.4" Así otro autor ruso, el presbítero misionero Makario Gloukhard (1792-1847) dice en una carta a un fiel que se encuentra de duelo: "en Cristo vivimos, nos movemos y existimos. Vivos y muertos, todos estamos en Él. Sería mas justo decir que estamos todos vivos en Él y que no hay muerte. Nuestro Dios no es un Dios de muertos, es el Dios de los vivos. Es vuestro Dios, es el Dios de la difunta. No hay más que un Dios y ustedes están unidos en el Único. Solo que no podrán verse durante algún tiempo para que el encuentro futuro sea más gozoso. Entonces nadie podrá quitarles vuestro gozo. Pero aún ahora, ustedes viven juntos, solo que ella se fue a otra habitación y cerró la puerta... El amor espiritual ignora la separación visible."5(...)

Queda el tema de la resurrección de los cuerpos, a menudo planteado e imposible de resolver en el estado de nuestro conocimiento. Hemos dicho que la persona humana fue creada en el origen por Dios como una unidad indivisible del cuerpo y del alma y que esperábamos más allá de su separación por la muerte física su reunificación última en el último día. Una antropología holística nos lleva a creer no simplemente en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección del cuerpo. Ya que el cuerpo es una parte integrante de la persona humana total, toda inmortalidad plenamente personal debe implicar tanto el cuerpo como el alma. ¿Cuál es en este caso la relación entre nuestro cuerpo actual y el cuerpo de nuestra resurrección en el siglo venidero? En el momento de la resurrección ¿tendremos el mismo cuerpo que ahora o un cuerpo nuevo?

La mejor respuesta es tal vez la siguiente: el cuerpo será simultáneamente el mismo y otro. Los cristianos comprenden tal vez la resurrección de los cuerpos de una manera simplista y estrecha, se imaginan que los elementos materiales constitutivos del cuerpo que han sido disueltos y dispersados por la muerte, de alguna manera serán vueltos a juntar en el día del Juicio Ultimo, de manera que el cuerpo reconstituido contenga exactamente los mismos fragmentos minúsculos de materia que antes.

Pero aquellos que afirman una continuidad entre nuestro cuerpo actual y nuestro cuerpo en el Ultimo día no tienen necesariamente una visión tan literal de las cosas. San Gregorio de Nisa, por ejemplo, en La Creación del hombre y Del alma y de la Resurrección, propone un acercamiento mas objetivo e imaginativo. El alma para él confiere al cuerpo una forma distinta (eidos); ella marca al cuerpo de una impresión particular impuesta no desde el exterior sino desde el interior. Es por esta impresión que el cuerpo expresa la característica o el estado espiritual interior de la persona. En el curso de nuestra vida aquí, los constituyentes físicos de nuestro cuerpo cambian varias veces pero en la medida en que la forma impresa por el alma posee una continuidad que no esta afectada por las alteraciones físicas, se puede decir realmente que nuestro cuerpo sigue siendo el mismo. Hay una autentica continuidad corporal ya que hay una continuidad en la forma dada al alma.(...)

En el momento de la resurrección final, prosigue San Gregorio, el alma va a marcar nuestro cuerpo resucitado con el mismo sello que tenía durante esta vida. No es necesario que los mismos fragmentos sean juntados; el mismo sello alcanza para que el cuerpo sea el mismo. Entre nuestro cuerpo presente y nuestro cuerpo resucitado habrá en efecto una verdadera continuidad que no hay que interpretar sin embargo de una manera demasiado inocentemente materialista.

Dicho esto, si el cuerpo permanece en ese sentido el mismo en la resurrección, será igualmente diferente. Como lo dice San Pablo: "se siembra cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual" (1 Co 15:44) "Espiritual" aquí no debe ser tomado en el sentido de "no material." El cuerpo resucitado será siempre un cuerpo material, pero al mismo tiempo será transformado por el poder y la gloria del Espíritu y así liberado de todas las limitaciones de la materialidad tal como las conocemos actualmente. Por el momento, no conocemos el mundo material y nuestros propios cuerpos materiales mas que en su estado de caída; concebir las características que poseerá la materia en un mundo no caído esta mucho mas allá de los poderes de nuestra imaginación.

No podemos mas que tenuemente adivinar la transparencia y la vitalidad, la liviandad y la sensibilidad de las que nuestro cuerpo resucitado, al mismo tiempo material y espiritual, será revestido en el siglo venidero. Como lo escribe San Efren el Sirio (+373): "mira a este individuo en el cual había hecho su morada una legión de diablos: ignorábamos que ellos se encontraban allí porque sus almas estaban mejor mantenidas y eran más sutiles que el alma. Y todo entero en un solo cuerpo, este ejército pudo residir. Ahora bien, están cien veces mejor mantenidos y son cien veces más sutiles los cuerpos de los justos que se levantan el día de la resurrección y están hechos a semejanza de un espíritu que sería capaz de crecer y agrandarse a su voluntad, de apretarse y de encogerse. Encogido está en un lugar y agrandado está en todas partes. (...) ¿alcanzará entonces el Paraíso (¡que sea bendecido!) para todos estos espíritus cuya sustancia es tan sutil que aún los pensamientos no pueden lograr percibirlos?"Tal vez sea esta la mejor descripción que podamos esperar de la gloria de la resurrección. Dejemos el resto al silencio. "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser" (1 Juan 3:2).

Monseñor Kallistos Ware
Extraído del Libro: "El Reino interior," Le sel de la Terre, 1993.

Tener cultura Religiosa para darla

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A una señora se le planteó tomar un curso sobre Novísimos. Preguntó: 

- ¿Para qué…, si ya tengo esposo? 

- Los novísimos no tratan del novio sino de lo que viene después de la muerte: 

juicio, cielo, infierno, purgatorio.

Ella entonces aclaró: 

- ¡Ah! Es que tengo una formación cristiana muy básica. 

El Profeta Oseas decía lo que podemos decir hoy: “Se muere mi pueblo por falta de doctrina”. Lo nuestro es sembrar con pasión y sin cansancio. Cada generación￳ sostiene la historia en sus propias manos. Esta generación tiene toda la generación futura en sus manos. El mundo está lleno de tecnología y hay poca fe. 

San Juan Dice:

Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe(1 Jn 5,4). 

Estamos entrando a una época de oscuridad sin precedentes. Siempre hay que preguntarnos: ¿Qué tiene que ver esto con la Historia de la salvación? 

Hemos de dar una catequesis profunda pues quien conoce las verdades de la fe en profundidad tiene más facilidad para hacer oración. Ayer, hoy y siempre, la ignorancia religiosa es el mayor enemigo de Dios. Entre más conocemos a Dios más lo podemos amar y mientras más lo amamos más deseos tenemos de conocerlo y hacerlo conocer. 

En una conferencia a catequistas, el Cardenal Ratzinger, sintetizando, decía: 

Evangelizar es enseñar el arte de vivir(...) La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia..., todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. 

Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero este arte no es objeto de la ciencia: sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona (10 de diciembre de 2000). 

La gran catequesis comienza por nosotros mismos. Mistagogiaes la “revelaci￳ón de misterios”. ¿Qué misterios? Los sacramentos. La definici￳ón técnica de mistagogia es “instrucción ￳postbautismal”, y se asumía que duraba de Pascua a Pentecostés. La mistagogia venía después de haber recibido los sacramentos de iniciación, porque solamente un cuerpo y una mente purificados podían contener los misterios. La tierra y el cielo se encuentran en los Sacramentos. Esto no es una metáfora, es algo profundamente real y verdadero.

Los sacramentos representan misterios divinos y verdades espirituales, que nuestros sentidos no pueden captar en su más profunda realidad. La mistagogia es algo que todos necesitamos y que siempre necesitamos, porque los misterios de Dios son inagotables. La mistagogía es oración contemplativa de los signos que nos conducen a los misterios. Entrar a la mistagogía es nada menos que permitir que Dios continúe enseñándonos (Cfr. Scott Hahn, Mike Aquilina,Living the Misteries. A Guide to Unfinished Christians). 

Es difícil pues estamos tratando de enseñar realidades que no se ven, pero se transparentan en los hombres y mujeres de fe. Dios nos da sobreabundantemente. 

La falta de doctrina tiene una gran repercusión. Influye en el modo de tratarse uno mismo y de tratar a los demás, en el trabajo profesional, en el modo de elaborar leyes, en el noviazgo y en la vida matrimonial, en lo que se elige para entretenerse y en el modo de divertirse. Hoy, la gente joven no se sabe divertir. No tienen inventiva, sólo se les ocurre acudir al alcohol, a la droga o practicar deportes extremos. Entonces, hay que ir más lejos en la formación de la inteligencia y en la formación cultural para poder razonar con más conocimiento de causa. Pero para eso hace falta que el alma quiera formarse. 

Hace poco le leía a una persona mayor el Éxodo. Íbamos en que Dios le reveló su nombre a Moisés y le dijo: “Yo soy el que soy”. La persona a la que le leía me dijo: 

“No le quiso decir su nombre”. Le expliqué que su nombre era “el ser en plenitud, el ser subsistente por sí mismo, el Ipsum esse subsistens”. Él es el que es –el Gran Yo Soy-, y yo soy la que no soy. 

Conocer la Biblia es importante. Benedicto XVI dijo en un Angelus: 

“Si llevamos en la mente y en el corazón la Palabra de Dios, si entra en nuestra vida, si tenemos confianza en Dios, podemos rechazar todo tipo de enga￱os del Tentador”. 

Jesús dedicó mucho tiempo a enseñar a los apóstoles porque su seguimiento requería el conocimiento de su doctrina. ¿Y en dónde encuentro la Doctrina? Entre otros lugares en la versión oficial del Catecismo de la Iglesia Católica. 

Existe una constante histórica según la cual un sistema político en crisis multiplica la producción legislativa y enmaraña las leyes, dice Vittorio Messori. Se multiplican las palabras y las frases elaboradas, para no afrontar los problemas de fondo. 

San Juan Pablo II nos dejó escrito: Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselos “ver” (Novo Milenio Ineunte, n.16). Hay que reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia. 

Cada uno es responsable de cómo alimenta su inteligencia. Hay que tratar de ser un catecismo vivo, es decir, un resumen claro, y asequible, de la doctrina cristiana, pues no basta saber cosas, hay vivir lo que se enseña. Los grandes catequizadores han sido los santos. ¿Cómo? Enseñando lo que viven. La oración ante el Sagrario es un modo de adelantar los tiempos. Vamos a poder comunicar el Amor en la medida en que nuestro corazón se mueva dentro del Corazón de Jesucristo, por la vida de oración y de penitencia. Con doctrina y con Amor, ¡qué buena luz  ofreceremos!, escribía don Álvaro del Portillo en una Carta.

Las cuatro principales puertas del infierno (La impureza) ¿Cuál es tu puerta?

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La cuarta puerta del Infierno es el pecado de impureza; ésta es la puerta por la cual entra mayor número de pecadores.

   Los impúdicos consideran que Dios tendrá piedad de este pecado, porque sabe que somos de carne. ¡Y qué! ¿Dios tiene compasión de este pecado?Más se lee en la Escritura que por este pecado envió Dios sobre la Tierra las más espantosas catástrofes. Observa San Jerónimo que leemos haberse Dios arrepentido de haber criado al hombre, en especial por el pecado de la carne. (Gen., 6.). Dios no ha castigado pecado alguno, ni aun sobre la Tierra, con tanto rigor como el de la impureza, dice Eusebio. (Ep. Ad Dam.) En castigo de este pecado hizo caer fuego del cielo sobre cinco ciudades, y permitió que pereciesen en las llamas todos sus habitantes. Por causa de este pecado, principalmente, el diluvio universal destruyó todo el género humano, a excepción de la familia de Noé. Este es un vicio que ya castiga Dios a menudo en este mundo de una manera terrible.

   Ya que tú has querido olvidarme, dice el Señor, y me has abandonado por un miserable placer, quiero que aun en esta vida sufras la pena de tus crímenes.

   Dios ¿tiene compasión de este pecado?

   Atended que este delito es el que arrastra mayor número de almas al Infierno.

   Asegura San Remigio que la mayor parte de los condenados lo son por causa de este pecado. Del mismo sentir es el P. Señeri, siguiendo a San Bernardo (T. 4, Serm. 21), y San Isidoro (L. 2, sent., c. 39). Santo Tomásdice que este pecado es muy agradable al demonio, porque, el que cae en este muladar del Infierno, queda pegado en él y no puede casi levantarse.

   Este vicio quita hasta la luz, y el pecador queda tan ciego, que casi llega a olvidarse de Dios, dice San Lorenzo Justiniano. (De lib. vit., Os., v, 4.)

   Desconoce a Dios, no obedece ya ni a Dios ni a la razón; sólo obedece a la voz de los sentidos, que le arrastra a obrar como un bruto.

   Casi siempre los hábitos criminales se conservan hasta la muerte. Hállanse hombres de edad madura, viejos decrépitos, que tienen los mismos pensamientos y cometen los mismos pecados que cometían en su juventud. Así es cómo sus faltas se multiplican, y vienen a ser innumerables. Preguntad a este desdichado cuántas veces ha consentido en los malos pensamientos, y os contestará: ¿quién puede acordarse de ellos? Más si vos no sabéis el número de vuestros pecados, ya los sabe Dios, y no ignoráis vosotros que un solo pecado de mal pensamiento basta para precipitaros en el Infierno. ¿Qué será, pues, por tantas torpezas en las que se están revolcando estos desgraciados, como animales inmundos? ¡Oh espantoso pecado, cuántas almas precipitas en los Infiernos!

   Mas, Padre mío, ¿cómo hacerlo para resistir a tantas tentaciones? ¡Ah,yo soy muy débil! —Si sois débil, ¿por qué no os encomendáis a Dios y a la Santísima Virgen, que es la Madre de la pureza? ¿Para qué exponeros a las tentaciones?

   ¿Por qué no mortificáis vuestros ojos? ¿Por qué miráis objetos que excitan las tentaciones? ¿Por qué os abandonáis sin reserva al mal y a todas sus consecuencias, pues que la impureza conduce con frecuencia a otros pecados, como son los odios, los robos, y, sobre todo, las confesiones y las comuniones sacrílegas, o por efecto de reticencias o por defecto de contrición?

   Si sois culpable de este pecado, no quiero arrancaros toda esperanza: salid, empero luego, de este estado infernal, ahora que Dios os ilumina y os tiende la mano para ayudaros. Huid desde este momento de las ocasiones: sin esto, todo está perdido; los juramentos, las lágrimas, los propósitos, no sirven de nada. Quitad las ocasiones; encomendaos en seguida a Dios y a María, que es la Madre de la pureza. Cuando seáis tentados, no os entretengáis con la tentación: nombrad, invocad al instante a Jesús y a María. Sus Nombres sagrados ahuyentan el demonio, y apagan estos ardores infernales. Si el demonio no cesa de tentaros, continuad invocando a Jesús y a María, y a buen seguro que no sucumbiréis. Para arrancar de raíz este hábito. Haced alguna práctica especial de piedad dirigida a María, rogadle con confianza. Por la mañana, al levantaros, rezad con fervor la oración angélica en honor de su pureza; haced lo propio al acostaros, y, sobre todo, penetraos bien de esta verdad: que si rehusáis actualmente la gracia de Dios y os obstináis en vuestro pecado, tal vez ¡ay! no os corregiréis de él jamás.
(Acto de dolor) 



San Alfonso María de Ligorio


Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx



El primer mártir del terrorismo islamico en Europa. Roberto de Mattei

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El primer mártir a causa del terrorismo Islámico en tierra europea tiene nombre: se trata del padre Jacques Hamel, asesinado mientras celebraba la Santa Misa el pasado 26 de julio en la parroquia de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Normandía. Dos musulmanes irrumpieron en la iglesia exaltando al islam y, tras haber tomado rehenes a los pocos fieles presentes, degollaron al celebrante e hirieron de gravedad a uno de los feligreses. No hay dudas en cuanto a la identidad de los agresores y al odio anticristiano que los impulsaba. A través de la agencia noticiosa Amaq, el Estado Islámico ha llamó a ambos asaltantes «nuestros soldados».El nombre de Jacques Hamel se añade al de millares de cristianos que todos los días son quemados, crucificados y decapitados por odio a su fe. Pero la matanza del 26 de julio supone un punto de inflexión, porque es la primera vez que sucede en Europa, y proyecta una sombra de temor y alarma sobre los cristianos de nuestro continente. Desde luego es imposible vigilar los 50.000 edificios religiosos de Francia y un número análogo de iglesias, parroquias y santuarios en Italia y otros países. Todo sacerdote es blanco de posibles atentados, destinados a repetirse con el efecto multiplicdor que desencadena esta clase de delitos. «¿Cuántos muertos serán necesarios, cuántas cabezas decapitadas, para que los mandatarios europeos comprendan la situación que vive Occidente?», se ha preguntado el cardenal Robert Sarah.
¿Y qué tiene que suceder, añadimos nosotros, para que los compañeros del cardenal Sarah en el colegio cardenalicio, empezando por su jefe supremo, que es el Papa, se den cuenta de la espeluznante situación en que se encuentra hoy en día, no sólo Occidente, sino la Iglesia universal? Lo que hace más terrible esta situación es la política de buenismo y de falsa misericordia para con el islam y con todos los enemigos de la Iglesia. Es verdad que los católicos debemos rezar por nuestros enemigos, pero también debemos ser conscientes de que los tenemos, y no debemos limitarnos a rezar por ello sino que tenemos también el deber de combatirlos. Nos lo enseña el propio catecismo de la Iglesia Católica en el nº 2265, donde dice que la legítima defensa puede ser un deber grave para el que es responsable de la vida de otros. «La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar perjuicio».
El papa Francisco ha dicho estar «particularmente impresionado por este acto de violencia que ha tenido lugar en una iglesia, durante una Misa, acción litúrgica que implora de Dios su paz para el mundo», evitando una vez más llamar a los asesinos por su nombre.
El silencio de Bergoglio es paralelo al de los musulmanes de todo el mundo, que no denuncia con voz clamorosa, unisona y colectiva los delitos cometidos por sus correligionarios en nombre de Alá. Y eso que hasta el presidente de la República Francesa, François Hollande, en su discurso a la nación del martes por la tarde, habló de una guerra abierta de Francia contra el Estado Islámico. Durante su pontificado, el Papa ha beatificado con una celeridad inusitada a algunos personajes del siglo XX como Óscar Arnulfo Romero y el P. Pino Puglisi*, que no fueron exactamente asesinados por odio a la fe católica.
Ahora bien, el 12 de mayo de 2013 también canonizó en la plaza de San Pedro a los ochocientos mártires de Otranto, masacrados el 11 de agosto de 1480 por los turcos por negarse a renegar de su fe. Si el papa Francisco anunciase el inicio de un proceso de beatificación del padre Hamel, daría al mundo una señal pacífica pero resonante y elocuente de la voluntad de la Iglesia de defender su propia identidad. Si por el contrario sigue engañándose con la posibilidad de un acuerdo ecuménico con el Islam, repetirá los errores de aquella desdichada política que sacrificó las víctimas de la persecución comunista en los altares de la Ostpolitik. Pero el altar de la política es diferente de la sagrada mesa sobre la que celebra el sacrificio incruento de Cristo, y a este sacrificio, el 26 de julio pasado el padre Jacques Hamel tuvo la gracia para unirse, ofreciendo su propia sangre.
Roberto de Mattei
[Traducido por J.E.F]

* Asesinado por la Mafia en Palermo en 1993

La gracia de Dios está en la cortesía

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Nuestra Señora fue objeto de la sublime cortesía de Dios durante la trascendental conversación con el ángel en la Anunciación que cambió toda la historia de la humanidad, al fin y al cabo los ángeles son los cortesanos de Dios y están alrededor del trono divino. El ángel, con gran reverencia y cortesía la saludó con las palabras que le había encomendado la Santísima Trinidad: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo.
También fue objeto de la cortesía de santa Isabel, más aún, como en todo lo cristiano, la Virgen es nuestro supremo modelo de cortesía:
Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego:
«Ella lo trata, con un cariño extraordinario, casi como se hace con un niño. Vemos, de un lado, la predilección que Nuestra Señora tiene no sólo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos sino, por otro lado, cómo Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud, el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud, cómo Ella habla a esas almas con una ternura completamente particular.
Aquí ustedes tienen un principio que deseo resaltar: donde existe la verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, las maneras nobles. Por el contrario, donde la virtud muere, las maneras nobles, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo…
Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe tener delicadeza de maneras, y sabe tratar a Nuestra Señora con respeto, con una verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviese delicadeza de alma, él podría ser un hidalgo, pero no trataría a Nuestra Señora con verdadera hidalguía».1
Cuando San Pablo escribió en su Primera Carta a los Corintos el amor no es descortés, sin lugar a dudas tenía en mente el caos de las asambleas cristianas por la descortesía entre unos y otros,2 había quienes eran desconsiderados y vociferantes en las asambleas, violaban las buenas maneras, ignoraban los deseos y sentimientos de otros miembros sólo para obtener sus propios fines. En una reunión, el derecho parlamentario es cortesía hacia otros, pero en Corinto prevalecía la ilegalidad parlamentaria.
El verdadero cristiano es agradable, educado, cortés, no porque tenga que serlo, no porque busque progresar, esa es el arma despreciable del servil, del parásito y del adulador.
Ser agradables, generosos, corteses, educados, de buen carácter, como se quiera llamar, es una virtud que se cultiva. La cortesía no es estrictamente distinta de las otras virtudes, es una cualidad que se encuentra en todas ellas.
El humorista estadounidense Art Buchwald dijo que la descortesía era un buen indicador económico: cuando los empleados de servicios turísticos, la gente de las oficinas de reservación de los hoteles y los meseros son más corteses, agradables y educados, la economía anda mal. En la misma medida en que los empleados de hoteles son más amables, el país se encuentra en mayores problemas. Sin embargo, cuando la gente del ramo turístico se vuelve brusca, y a los empleados de las tiendas les importan un bledo sus clientes, y el jefe de meseros se comporta con aires de grandeza, es cuando la economía va cuesta arriba.3
La cortesía es, ante todo, respeto por el prójimo, y el fundamento último de todo respeto es reconocer a Cristo en nuestro prójimo.
“San Francisco veía sólo la imagen de Dios multiplicada, pero nunca monótona. Para él un hombre era siempre un hombre, y, aun cuando estuviera mezclado en una densa multitud, le miraba como si estuviera a solas con él en un desierto. Honraba a todos los hombres; es decir, no solamente los amaba, los respetaba. El secreto de su extraordinario poder de captación era éste: desde el Papa hasta el pordiosero, desde el sultán de Siria en su pabellón hasta los andrajosos ladrones que salían a gatas de los bosques, jamás hubo un hombre que mirara aquellos ojos negros y encendidos que no sintiera con certeza que Francisco Bernardone tenía un interés sincerísimo en él, en su vida ínfima individual, desde la cuna hasta el sepulcro y que a él personalmente le apreciaba y le tomaba en serio”.4
El cristiano cortés reconoce la dignidad de toda persona humana, él mira a cada persona con un destino eterno, por tanto respeta a cada persona, la toma en serio por lo que es.
San Juan Bautista de La Salle hizo de la cortesía el eje de su proyecto educativo sustentándola en la eminente dignidad de la persona humana:
Es cosa llamativa que la mayoría de los cristianos solo consideran la urbanidad y la cortesía como una cualidad puramente humana y mundana y no piensan en elevar el espíritu más arriba. No la consideran como virtud que guarda relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Eso manifiesta claramente el poco sentido cristiano que hay en el mundo y cuán pocas personas son las que viven en él y se guían según el Espíritu de Jesucristo. … La cortesía cristiana es, pues, un proceder prudente y regulado que se manifiesta en las palabras y en las acciones exteriores, por sentimiento de modestia, de respeto, o de unión y caridad para con el prójimo, y toma en consideración el tiempo, los lugares y las personas con quienes trata. Y esta cortesía, que se refiere al prójimo, es lo que propiamente llamamos urbanidad”. 5
El ensayista y moralista francés Joseph Joubert sintetizó la virtud de la cortesía diciendo que ésta es la flor de la humanidad y el que no es suficientemente cortés, no es suficientemente humano.
La cortesía está ligada estrechamente a la humildad.
«Entre vosotros no debe ser así; al contrario, quien, entre vosotros, desea hacerse grande, hágase sirviente de los demás; y quien desea ser el primero, ha de ser esclavo de todos. Porque también el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».6
El hombre orgulloso o centrado en sí mismo puede ser educado, pero él nunca puede ser amable, porque se niega a servir. Con el grito desafiante del príncipe de la muerte y la descortesía, comenzó la batalla entre la soberbia y la humildad: ¡Non serviam! – no serviré.
El gran Chesterton definió a la cortesía como la unión de la humildad y la dignidad. Ciertamente, la cortesía está profundamente ligada a la virtud de la humildad.
La gentileza es una expresión de la bondad. La bondad nos hace que no deseemos dirigir la ira hacia nadie. Si la ira se dirige a sí misma, el alma devuelve gentileza. El mundo lo hace de otra forma, ha regresado al ojo por ojo y diente por diente del Antiguo Testamento, nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a poner la otra mejilla.
«El Señor nos indicó el camino cuando dijo: Tomad sobre vosotros el yugo mío, y dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón; y encontrareis reposo para vuestras vidas. Porque mi yugo es excelente; y mi carga es liviana».7
Dijo el Poverello de Asís: La cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y fomenta el amor.
«Todo el mundo afirmaba que la cortesía brotaba de él desde un principio, como una de las fuentes públicas en aquel soleado mercado italiano. Hubiera podido escribir, entre sus versos, como lema propio, esta estrofa de Mr. Belloc:
La cortesía es mucho menos
que el valor o la santidad.
pero, bien meditado yo diría
que la gracia de Dios está en la cortesía.
Nadie puso nunca en duda que Francisco Bernardone fuera valeroso, aun en un sentido puramente viril y militar; y debía llegar un tiempo en que no se tendría tampoco duda respecto de la santidad y la gracia divina que lo adornaron. Si existía algo de que el hombre tan humilde se sintiese orgullo, eran sus correctos modales».8
«La vida del alma está destinada a manifestarse sensiblemente a través de la del cuerpo, la caridad a manifestarse en actos externos de cortesía. La cortesía es un rito social alimentado por la caridad cristiana, también ordenada a la gloria de Dios. “La cortesía es para la caridad lo que la liturgia es para la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna y la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad fraterna”.»9
Parecería que la cortesía hoy en día está en vías de extinción. Con la era digital, también conocida como era informática, la forma de relacionarse con las personas carece de buenos modales, “la cortesía y la bondad son superados por la grosería y la impaciencia”, el computador es “para muchos es camino para abandonar las inhibiciones y las buenas maneras”. Las generaciones de niños en la actualidad, han perdido, por ejemplo, el comportamiento básico en la mesa, ahí vemos que los crecientes hábitos de consumir comida chatarra en el vehículo o frente al televisor hacen sus efectos.
En la Edad Media, los bárbaros invadieron Europa llevando consigo la descortesía, pero los monjes forjaron y salvaron la civilización cristiana de la Europa medieval. Ahí surgió la caballerosidad con su galantería y cortesía, su consideración y cuidado de los otros, especialmente los débiles y desvalidos.
También se ha producido un desbalance del trato eclesiástico en las últimas décadas, con la alteración de las costumbres, la trivialización de las rúbriucas y la desacralización de la música.
«Así, ustedes comprenden bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Y, por el contrario, las maneras triviales, bajas, igualitarias, brutas son – precisamente – el fruto de la Revolución y del demonio».10
Germán Mazuelo-Leytón/adelantelafe.com
1  Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU
2  Cf.: 1 COR 14, 26-40.
3  SHAMON, P. ALBERT, Nuestra Señora dice: amen a la gente.
4  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
5  LA SALLE, San JUAN BAUTISTA DE, Reglas de cortesía y urbanidad cristiana,0.1 y 0.9.
6  SAN MARCOS 10, 43-45.
7  SAN MATEO, 11, 29.
8  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
9  DE MATTHEI, ROBERTO, Plinio Corrêa de Oliveira: El cruzado del siglo XX.
10  CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU