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El poder de lo pequeño

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El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes que son los que marcan la diferencia

Los arrebatos no conducen a nada; la constancia es la que lleva a todas partes
Un avión parte de Moscú con destino a Madrid, pero sufre una avería inadvertida en su sistema de navegación que crea una mínima desviación del rumbo de menos de un grado. El avión acaba aterrizando en Mallorca. ¿Cómo se desvió tanto? Un grado es muy poco, sin embargo, ese pequeño desajuste durante cinco horas de vuelo crea una enorme diferencia en el resultado. Cuando hablamos de comportamientos humanos durante… ¡toda una vida!, las desviaciones son aún mayores. En realidad, lo que determina lo que conseguimos no son las grandes decisiones, sino las menores y los actos cotidianos. En este artículo trataremos sobre cómo las personas pueden alejarse de sus deseos y objetivos si no disponen de un plan de vuelo y un sistema de navegación perfectamente ajustados.
Dos hermanos comparten la misma familia, genética, posibilidades y educación, entorno…, y, sin embargo, con el paso de los años, sus vidas se hacen cada vez más diferentes. Básicamente hay tres factores que influyen en esa divergencia: sus elecciones, sus acciones y sus relaciones.
Lo cierto es que no podemos “no elegir”. No tomar una decisión es, en realidad, tomar una: demorarla. De modo que estamos decidiendo o dejando de hacerlo, cada día. Y lo que acaba ocurriendo es que la vida es el resumen de todas ellas, sean menores o mayores. Cualquier cosa que acaba entrando en nuestras vidas es la consecuencia de una cadena de actos y caminos que elegimos o no.
Las decisiones mayores son aquellas que se toman conscientemente y suelen requerir a veces ayuda de terceros en forma de consejo, pero siempre tiempo de reflexión. Las menores son las que se deciden casi sin pensarlo y acaban creando un efecto compuesto. De las dos, son las pequeñas elecciones las que se acumulan día tras día y marcan una gran diferencia.
Tomar decisiones sabias es más sencillo cuando se tienen claros cuáles son los valores prioritarios y adónde se va. Para no equivocarse conviene hacerse esta sencilla pregunta: ¿la dirección que voy a tomar concuerda con lo que me importa prioritariamente en la vida?
Para conseguir grandes resultados no es preciso llevar a cabo grandes acciones, sino pequeñas repetidamente a lo largo del tiempo. El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes. Y el truco está en insistir en un comportamiento positivo el tiempo suficiente como para que marque una distinción significativa a medio plazo. Es el poder de las pequeñeces acumuladas.
Ganar es el resultado de una suma de costumbres; perder, también. Es algo que saben muy bien los deportistas. Por ejemplo, Michael Phelps es un brillante modelo del poder multiplicativo del hábito. Sus rutinas de entrenamiento son muy estrictas, previsibles, sistemáticas. Es obvio que su anatomía estaba diseñada para ganar, pero su enorme éxito es fruto de su persistencia.
A menudo, para implementar una rutina, las personas recurren a la fuerza de voluntad. Es un error. Están luchando consigo mismas, y, a la larga, abandonarán, porque la lucha desgasta. ¿Cuál es la alternativa? La motivación. Establecer un hábito nuevo solo tiene futuro cuando concuerda con los valores principales de la persona. El poder de algo que nos estimula disuelve las luchas internas y proporciona combustible mental para pasar a la acción.
Sin tener en cuenta en cualquier elección esos valores básicos, las personas caen víctimas de sus contradicciones internas y dejan de perseguir sus deseos y sus sueños.
Por suerte, todo lo que se aprende en la vida puede reaprenderse. Los hábitos no son una excepción a esta regla y se pueden cambiar. El mejor modo de terminar con uno negativo es empezar uno nuevo y positivo que lo sustituya, y que esté propulsado por la fuerza imbatible de la motivación.
No hay una mejor estrategia para conseguir lo que se desea en la vida que crear hábitos positivos que conduzcan a lograrlo, y después, delegar el trabajo en el poder de la costumbre, seguir el flujo del tiempo, y dejar de esforzarse una vez puesto en marcha el impulso de la inercia.
Las personas que nos rodean: familia, amistades, compañeros de trabajo… crean una gran influencia en cada uno de nosotros. En psicología se conoce este efecto como la influencia del “grupo de referencia”. Es una información silenciosa, inconsciente y que se acumula con el paso del tiempo. Y se traduce en una imitación inconsciente de lo que el “grupo” dice, piensa, hace, siente, come, viste, se comporta…
Se podría decir que una persona es la suma de las influencias personales que ha recibido a lo largo de su vida, que, como es de imaginar, pueden ser positivas o negativas, y acabará pareciéndose mucho a la gente con la que tiene más trato. La pregunta que nos deberíamos formular es: ¿quién o quienes ejercen ese poder sobre mí?
¿Es importante filtrar las influencias que recibimos? Por supuesto que sí, ignorar su efecto puede salir caro. Y si no, que se lo pregunten a cualquier padre o madre que vigila escrupulosamente con quién anda su hijo o hija. Tan importante es el efecto de las compañías en un adolescente como en un adulto. A fin de cuentas, como afirma el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres” o “Dios los cría y ellos se juntan”.
Casi siempre que se toma una decisión, las personas empiezan con mucha energía y empeño, pero, a la larga, acaban abandonando. Ese exceso inicial es en realidad contraproducente porque semejante nivel de energía no se puede mantener por mucho tiempo. Querer hacerlo todo cuanto antes es provocar el abandono. Es mejor iniciar la tarea o el plan con menos fuerza, pero mantenerlo en el tiempo hasta conseguir el objetivo. El éxito es resultado de dosificar las fuerzas, de mantener el ritmo, de la regularidad. Es así como se ganan carreras y como los equipos consiguen torneos.
La disciplina es esa regularidad, constancia, cadencia o ritmo. No hace falta hacer mucho de golpe, pero sí algo cada día. Por ejemplo, al empezar una dieta es mejor aplicarse a unas normas razonables y no saltárselas ni un día, antes que matarse de hambre los tres primeros días. Los atletas saben muy bien que las medallas se consiguen dosificando el ritmo. Una vez más, es el poder de los pequeños pasos, que proporcionan resultados extraordinarios.
De nada sirve tener una arrancada de caballo y después una parada de burro. Eso significa ser víctima de un gran entusiasmo inicial, no dosificado, para pasar a abandonar y volver al estadio inicial al poco tiempo. Los arrebatos no conducen a nada; pero los planes sostenidos y la constancia conducen a todas partes.
Todas las personas tienen sueños, pero no todas los consiguen. ¿Es cuestión de mérito, genes, inteligencia o suerte? No, más bien se debe a trabajar para conseguirlos con método; es decir, mediante una rutina diaria. Repetir una acción cada día, semana o mes. Un acto que está implícito en la agenda y ni siquiera hay que apuntarlo, se da por hecho. Es como cepillarse los dientes, se hace automáticamente después de cada comida, sin que haga falta recordarlo.
Cuando se pone en marcha un objetivo, lo primero que conviene hacer es preguntarse qué rutinas conducirán a él. Seguramente, un buen coach preguntaría a su cliente: “¿Qué tres acciones sencillas te acercarían a tus grandes objetivos?”. Sí, pasos simples hacia resultados extraordinarios. Y si esa persona es sistemática, y se aplica a dar tres pasos diarios, su éxito está asegurado. No importa lo lejos que vaya, tres pasos al día, tarde o temprano, le llevarán a donde sea que se dirija.
RAIMÓN SAMSÓ

LA MUERTE. (Es mejor prepararse. No dejes esta lectura)

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muerte

Preciso se hace, sobre todo, que nos unamos a la voluntad de Dios por lo que toca a nuestra muerte, sea en razón del tiempo o del modo que Dios se sirva determinarla.

Santa Gertrudis, al subir un día una escarpada cuesta, resbaló y cayó rodando hasta el valle. Sus compañeras preguntáronle si había tenido miedo de morir sin sacramentos. La Santa contestó: “Mucho deseo no verme en mi última hora privada de los sacramentos; pero estimo más lo que Dios quiere; porque estoy persuadida de que la mejor disposición que puede guardarse para morir bien es someterse a la voluntad de Dios. Así, pues, yo deseo el género de muerte que el Señor se sirva enviarme”.

Léese en los Diálogos de San Gregorio, que, habiendo los vándalos condenados a muerte a un sacerdote apellidado Sanctulus, dejáronle la facultad de designar el género de suplicio que prefería sufrir; pero este hombre renunció a pronunciarse sobre el particular diciendo: “Entre las manos de Dios me encuentro, y recibiré la muerte que El permita que me impongáis; ninguna otra que ésta quiero yo”. Un acto tal de conformidad fué al Señor tan agradable, que, habiendo el bárbaro resuelto decapitar al condenado, detuvo el brazo del verdugo. En vista de este milagro, decidiéronse á respetar la vida del virtuoso sacerdote.

De este mismo modo, en cuanto a la manera de morir, debemos creer que la mejor para nosotros es la que Dios tenga determinada. Cada vez que en la muerte pensemos, digamos siempre: Señor, puesto que Vos nos salváis, dadnos la muerte que os plazca.

Mostrémonos igualmente resignados por lo que toca al tiempo de nuestra muerte. ¿Qué más es esta Tierra que una cárcel en la cual debemos sufrir y estamos en continuo peligro de perder a Dios? Esto es lo que obligaba aDavid a exclamar: Señor, dignaos librar a mi alma de esta triste prisión.

Del mismo temor penetrado Santa Teresa de Jesús, suspiraba sin cesar, y, al oír dar el reloj una hora, se regocijaba pensando que había pasado una hora más de su vida, una hora de peligro de perder a Dios.

Según San Juan de Ávila, quienquiera que se encuentre en medianas disposiciones debe desear la muerte, a causa del peligro que corre de perder la gracia de Dios. ¿Qué existe, en efecto, más precioso y deseable para nosotros que adquirir, por medio de una buena muerte, la seguridad de no perder ya más la amistad de nuestro Dios?

Pero yo, podréis decir, nada he hecho, nada he adquirido para mi alma. Y si quisiese Dios que terminara vuestra vida instantáneamente, ¿qué haríais prolongándola contra su voluntad? ¿Quién sabe si más tarde tendríais la buena muerte que ahora podéis esperar? ¿Quién sabe si, cambiando de voluntad, incurriríais en otros pecados que os llevasen a la condenación?Después de todo, no podríais vivir sin cometer nuevas faltas, a lo menos ligeras, como, gimiendo, lo acreditaba San Bernardo: Y es cierto, pues, que un solo pecado venial disgusta más a Dios de lo que podrían agradarle todas las buenas obras de que somos capaces.

Debo decir, además, que, quien no desea la posesión del Paraíso, muestra con ello su poco amor a Dios. Cuando uno ama, desea, ante todo, la presencia del objeto amado; no podemos nosotros, por consiguiente, ver a Dios sin dejar la Tierra; también todos los santos han suspirado por la muerte, y esto para ir a gozar de la presencia de su adorado Bien y Señor. Tales eran los sentimientos de San Agustín de David y tantos santos.

Tales fueron siempre los suspiros de las almas inflamadas en el divino amor.

Léese en un autor que, hallándose un gentilhombre cazando en un bosque, oyó la voz de un hombre cantando con sorprendente dulzura. Aproximóse el cazador, y encontróse frente a frente de un pobre leproso, medio consumido ya por la enfermedad. Preguntóle si era él quien cantaba. — Sí, hermano mío, contestó el enfermo; yo soy. —Pero ¿cómo podéis conservar la alegría en medio de esos sufrimientos que amenazan arrebataros la vida? — ¡Ah! exclamó: es que entre Dios y yo no existe otra separación que esa muralla de cieno, ese miserable cuerpo que aquí me retiene; cuando de él me encuentre libre, iré a gozar de mi Dios. Actualmente, de día en día, lo contemplo más próximo a la ruina, y esto es lo que me tiene alegre y me mueve a cantar mi alegría.

San Alfonso María de Ligorio

Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx

Diversos impulsos de la Naturaleza y de la Gracia (Para los que quieren adelantar en la vida espiritual)

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Cristo. Hijo mío, observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia; pues, aunque diametralmente opuestos, son a veces tan fáciles de confundir, que apenas hombres iluminados interiormente y espirituales los distinguen.
Todos quieren el bien, y tanto en lo que dicen como en lo que hacen algún bien intentan. Por eso, la apariencia del bien a muchos engaña. La naturaleza es astuta; a muchos atrae, seduce, cautiva; ella es siempre su propio fin.
La gracia es sencilla; huye aun de las apariencias del mal; no intenta seducir; como único fin de todos sus actos se propone a Dios, en quien descansa como en su fin.
La naturaleza no quiere mortificarse, ni reprimirse, ni vencerse, ni obedecer, ni someterse voluntariamente.
La gracia se esfuerza por mortificarse, resiste a las inclinaciones sensuales, quiere sujetarse, desea vencerse y no quiere hacer uso de su libertad; le gusta vivir sujeta a la obediencia, y no quiere mandar a nadie, sino vivir, estar y permanecer siempre sujeta a Dios, y por Él está dispuesta a inclinarse humildemente ante todos los hombres.
La naturaleza trabaja por su propio interés, y calcula siempre la ganancia que de otros puede obtener; la gracia atiende al provecho común antes que a la propia utilidad y ventaja.
A la naturaleza le gusta que la honren y reverencien; la gracia atribuye fielmente a Dios toda honra y toda gloria.
La naturaleza teme las humillaciones y los desprecios; la gracia goza de“sufrir afrentas por el nombre de Jesús” (Act 5 - 41)
A la naturaleza le gusta la ociosidad y el descanso corporal; la gracia no puede estar ociosa, y con gusto se dedica al trabajo.
La naturaleza procura tener cosas bonitas y curiosas, y detesta lo tosco y ordinario; la gracia se complace en lo humilde y sencillo, no desdeña la ropa burda, ni aún se niega a vestirse de harapos.
La naturaleza a lo temporal atiende, se regocija del lucro material; si pierde, se entristece; de una palabrita descortés se irrita.
La gracia atiende a lo eterno, a lo temporal no se apega, no pierde la tranquilidad cuando pierde, ni la exaspera el lenguaje duro, porque allá arriba, donde nada se pierde, allá en el cielo, ha puesto su tesoro y su alegría.
La naturaleza es codiciosa, más le gusta recibir que dar, quiere tener cosas personales y propias.
La gracia es compasiva y generosa, huye de singularidades, con poco se contenta, “más placer encuentra en dar que en recibir” (Act 20 - 35).
La naturaleza inclina a las criaturas a la carne, a las vanidades, a andar de acá para allá; la gracia atrae hacia Dios y la virtud; renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos carnales, sale poco, de aparecer en público se ruboriza.
A la naturaleza le gusta tener consolaciones externas que le causen deleite sensible; la gracia sólo en Dios busca su consuelo y, sobre todo lo sensible, pone sus delicias en el sumo Bien.
La naturaleza todo lo hace por su propio interés y comodidad; nada puede hacer de balde; a cambio de sus beneficios espera recibir igual es o mayores, o al menos alabanza y favor; y quiere que se ponderen mucho sus dádivas y servicios; la gracia no busca ninguna cosa temporal, ni pide por lo que hace otra recompensa sino a Dios solo, y de las cosas temporales necesarias quiere solamente las que puedan servirle para adquirir las eternas.
La naturaleza se goza de tener muchos parientes, muchos amigos; se ufana de su linaje y nobleza; a los poderosos sonríe, a los ricos adula, aplaude a los que son del mismo modo; la gracia ama a sus mismos enemigos, no se envanece del gran número de sus amigos, ninguna importancia concede al linaje, ni al lugar del nacimiento, si no hubo allí mayor virtud; más favorece al pobre que al rico, más se compadece del inocente que del prepotente, congenia con el sincero, no con el embustero; anima siempre a los buenos a aspirar a gracias más sublimes y a conformarse, por sus virtudes, al Hijo de Dios.
La naturaleza pronto se queja de molestias y privaciones; la gracia sufre la pobreza con resignación.
La naturaleza se mira como el centro de todas las cosas, lucha y litiga en su propia defensa; la gracia reduce todas las cosas a Dios, de quien como fuente manan; no se atribuye ningún bien, ni es arrogante o presuntuosa; no porfía ni prefiere su opinión a otras, sino que somete humildemente todas sus opiniones y juicios al juicio de Dios y a la eterna sabiduría.
La naturaleza desea saber secretos y oír noticias; le gusta manifestarse al exterior y ver, observar y experimentar muchas cosas con sus sentidos; desea ser conocida y hacer cosas que la gente admira y aplaude; la gracia no se interesa por saber noticias o ver curiosidades; porque tal deseo viene de la original corrupción de la naturaleza, ya que no existe sobre la tierra nada nuevo ni permanente.
Así enseña a guardar los sentidos, a huir de la vana complacencia y ostentación, a esconder bajo la capa de la humildad lo que de veras es admirable y laudable, y a procurar que de todas las cosas y de todos los conocimientos resulte la gloria y honra de Dios, y el provecho propio y del prójimo.
Y no quiere que se hagan elogios suyos o de lo suyo; antes desea que a Dios se bendiga por todos sus dones, pues nos lo da todo por pura bondad.
Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, el sello que distingue a los elegidos; es prenda de salvación eterna, que de la tierra levanta al hombre para que ame al cielo, y de carnal lo transforma en espiritual.
Así, cuanto más se reprime a la naturaleza y se la vence, tanta mayor gracia se le infunde, y a cada nueva visita de la gracia, el hombre interior se reforma diariamente para hacerse más y más semejante a Dios.

“LA IMITACIÓN DE CRISTO”
Beato Tomás de Kempis
Fuente: sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.mx

Fecisti nos ad Te

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Escrito por Padre Custodio Ballester
Nos creaste, Señor, imprimiendo en nosotros el movimiento hacia Ti, por eso nuestro corazón no tiene descanso, si no lo tiene en Ti. (San Agustín. Las Confesiones)
“Al hacernos, nos proyectaste hacia ti”. No recuerdo dónde di con ella, pero ésta es la traducción de la supercelebérrima frase de san Agustín que más me ha impactado. San Agustín no dijo “Nos hiciste para ti, y nuestro corazón no descansa hasta que descanse en ti”. Lo que dijo es mucho más fuerte. Dios no nos hizo para Él, sino que al hacernos, imprimió en nuestro ser la necesidad irrefrenable de ir hacia Él, de manera que forma parte de nuestra naturaleza el tender hacia Dios. Es decir que nosotros no somos un fin de Dios (para Dios), sino que Dios es un fin nuestro: Dios es la finalidad y el objetivo de nuestro movimiento, de nuestro ad (de nuestro “hacia”). Fecisti nos ad te, et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in te.
Es una imagen potentísima, a la altura de la increíble genialidad de san Agustín. No está hecho el hombre para estarse quieto. El hombre está hecho para proyectarse, y además con enorme fuerza: bien que lo vemos. ¿Hacia el “progreso”? ¿Hacia la riqueza? ¿Hacia el bienestar? ¿Hacia su apoderamiento y transformación de todo el mundo? ¿Hacia la felicidad? Pues no, no es esa la proyección real del hombre: no se aquietará su corazón por lejos que llegue por esos caminos. El hombre está proyectado (proyecto y proyectil) hacia Dios. Su proyecto es fundirse en Dios: por eso es un proyectil lanzado hacia Dios. Forma parte de la naturaleza del hombre ir hacia Dios.
Que este movimiento nuestro hacia Dios forme parte de nuestra naturaleza, es como que el movimiento vertiginoso de los electrones en torno al núcleo, forme parte del átomo. Sin ese movimiento, ¡no habría átomo! Y sin movimiento hacia Dios, dice san Agustín en esta bellísima frase, no habría hombre.
Toda la biología está plagada de ejemplos de este tipo: el movimiento forma parte de la naturaleza de la propia vida, y de infinidad de elementos que hacen funcionar la vida. Es quizá más entendible esta idea si nos fijamos en la Tierra, en nuestro planeta. No es sólo su masa lo que define a la Tierra, como tampoco nos define a nosotros nuestra masa. Si la Tierra no orbitase en torno al Sol ni girase en torno a sí misma, no es que no sería la Tierra: es que ni tan siquiera sería un planeta, ni menos del sistema solar, que es lo que la hace Tierra. Sería un meteoro a la deriva, un pedrusco (grandote, pero pedrusco) pendiente de chocar con otros meteoros mayores o menores también a la deriva, para ir desmenuzándose hasta convertirse en meteorito, con fragmentos atrapados para ser cola de cualquier cometa, y con otros fragmentos engullidos por cualquier agujero negro. La Tierra es “La Tierra” porque se mueve en el sistema solar, en la órbita en que se mueve y de la forma en que se mueve. El movimiento forma parte de su ser tanto como su masa y la naturaleza de ésta. Si no fuesen éstas sus características precisas, no sería un planeta vivo, ni tendría un papel tan preponderante la vida en la configuración y funcionamiento del planeta.
¿Y el hombre? Jamás hubiese llegado a ser lo que es, si no hubiese sido creado hacia Dios, si no estuviese en la órbita de Dios. Es preciso por tanto que perfilemos nuestra visión del hombre analizando su trayectoria, su recorrido a quo (de dónde venimos) ad quem (adónde vamos): ambos términos perfectamente definidos en nuestra antropología (que la teología, al fin y al cabo, se entronca en la antropología).
Como ocurre con la Tierra y como ocurre con los electrones, el hombre no se define por su masa, por su mero valor material y materialista como hoy se pretende. Forma parte inseparable de la esencia del hombre, su movimiento. Es muchísimo más importante hacia dónde va el hombre (hacia Dios, dice san Agustín), que qué es el hombre: una brizna de hierba que arrastra el viento, dice Job. Igual que es infinitamente más potente el movimiento del electrón que su masa.
Y vemos con claridad meridiana que cuando el hombre se ha dirigido hacia Dios y se ha dejado atraer por Él, ha ganado en valor y dignidad; mientras que cuando ha cambiado el rumbo alejándose de Dios o yendo directamente contra Él, la humanidad ha decaído, perdiendo lo más noble de su esencia. Mientras Dios tira del hombre hacia arriba, crece el hombre: porque la bondad es su horizonte. Pero cuando la humanidad se deja llevar por su propio peso, por su pura materialidad, se dispara como planeta sin rumbo hacia la nada, hacia su propia destrucción. El bombardeo mediático del lobby LTGB –trans y homosexual- dinamitero no ya de la familia, sino del mismo concepto de ser humano: hombre y mujer. Las violaciones sistemáticas de la libertad religiosa no sólo en Corea del Norte y en China, sino en Barcelona y Hospitalet de Llobregat, por parte de unas autoridades investidas por un derecho quasi divino a gestionar las manifestaciones religiosas de sus pueblos. El reconocimiento como derecho de las mayores perversidades -léase aborto, eutanasia y la adopción por parejas homosexuales- y la actitud silente y acomplejada por miedosa de aquellos que por su ministerio deberían defender del lobo a sus ovejas, nos lleva a una situación de postración moral que se acentúa cada vez más.
Es ahí donde nos encontramos, en nuestro proceso de destrucción. El Occidente cristiano acometió su propia demolición empezando por la cabeza: su primer empeño es destruir a Dios, arrancarlo de su vida. A partir de ahí, la destrucción total del hombre en que tan empeñados están los grandes poderes de este mundo, viene rodada. Y una vez destruido el hombre, la única referencia de bien y mal es el Estado. Y no queda ya ningún obstáculo para que el poder se incaute no sólo de tu dinero, sino también de aquello que sólo a Dios pertenece: el alma, el espíritu de un hombre que ha dejado de serlo para convertirse en combustible incinerado en las calderas de un Sistema tiránico e inmoral, por muy democrático que quiera presentarse.
Custodio Ballester Bielsa, pbro.
www.sacerdotesporlavida.es

Sobre la Vocación al estado Religioso

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Ya que en esta Conferencia se ha de tratar de la Vocación al estado Religioso, a instancia mía; y por condescendencia nuestra, permitidme, Padre nuestro, proponer las dudas que me ocurren sobre el asunto, ocasionadas de lo que ha pasado por mí antes de tomar el Santo Hábito.
M. Creo que nada os aproveche ahora el salir de semejantes dudas: pero al fin no quiero dejaros descontento y preguntad pues, lo que quisiereis.
¿Qué cosa es lo que se llama Vocación?
M. Es un exterior, ó interior llamamiento, y tal vez ambos juntos, que se sirve Dios hacer a algún sujeto, inclinándole, ó manifestándole, que tome algún estado, para asegurar mejor su salvación ; ó para los fines que su Majestad sabe. A los Apóstoles les llamó expresamente el Salvador; á .la Magdalena, y otros solo interiormente les llamó ; y así lo hace en todos tiempos según su voluntad.
D. ¿Pero por qué no se dice , que unos tengan vocación de casarse , otros de ser soldados , ni de tomar otros modos de vivir ; y solo de los que quieren entrar en Religión, se dice , si tienen , ó no tienen verdadera vocación?
Algunas veces sí lo he oído de los que quieren ser Sacerdotes, pero pocas.
M. Verdad es, que asi se dice , y pasa; pero no porque
Dios nos llama á otros estados , sino porque como no son estados destinados a adquirir la perfección de la virtud, ó a asegurar mejor la salvación , no se presume vocación de Dios para ellos , como para ser Religioso , ó Sacerdote. Siendo, pues, bueno el estado en sí mismo , no hay duda , que puede haber para él verdadera vocación de Dios. Al hijo del Santo viejo Tobías expresamente le mandó el Arcángel San Rafael , que pidiese a Sara por muger, y le dixo : Oportet te eam ampere conjugem. Saúl fue también llamado de Dios por medio del Profeta Samuel á ser Rey; y David lo fue por el mismo Profeta. Y habéis dé saber, que la vocación de Dios no siempre asegura la salvación; porque ésta depende del constante cumplimiento de las obligaciones del estado á que Dios llama: y así Saúl fue reprobado; y Judas, elegido por el Salvador, para ser Apóstol, se precipitó por su malicia, y por sus sacrílegas manos se ahorcó. Sucede en estas vocaciones lo mismo, que en la vocación á la conversión del pecado, y la gracia; el que está en pecado mortal no puede salir de él sin vocación de Dios; y con todo eso, después de haber salido, vuelve á él por su malicia, ó negligencia.
D. Si la vocación de Dios puede ser, y es para otros estados, ¿cómo se pone solamente cuidado en averiguar, si hay vocación de Dios para ser Religioso, y apenas, sin apenas se atiende, á si hay vocación de Dios para otros estados embarazosos, y aun peligrosos para conseguir la salvación?
M. Así sucede: pero el mundo cuando interviene el interés de una prebenda, ó beneficio, de un matrimonio ventajoso, ó de algún empleo honroso, solo atiende á la utilidad temporal, y no á si conviene para la salvación. En tales casos no se repara en peligros, y á nadie -se envía al Confesor, pida á Dios, para que consulten su vocación, como se envía á los que quieren entrar en Religión. Pero ya se conoce bien que ésta es una máxima , ó modo de proceder de los muchos que inspira la carne , y sangre , el interés , la codicia , y ambición; y de ningún modo la fe , la razón , ni la Ley de Dios; y así , mucho desatinará quien se gobierne por las leyes del mundo, como dixo Dios á Santa Teresa.

D. Según lo dicho me parece, que el examinar tanta al que quiere entrar en Religión , el aconsejarle ;que lo consulte mucho , y hacerle otras advertencias con los que le intimidan , son clamores mal fundados , y que no hay tanta necesidad de consejos , como dicen.
M. Siempre es justo tomar consejo en las cosas de entidad pero quando el llamamiento interior es repetido , y constante hacia cosa santa , y buena , como es entrar en Religión , hay poco que dudar , sí no se mezcla algún motivo bastardo , ó temporal, según la doctrina de la Santa-Madre Teresa. Os resumo para mayor satisfacción vuestra , lo que dice el Angélico Doctor Santo Tomás y que propone-, y resuelve determinadamente esta cuestión; es á saber : es laudable que alguno entre en Religión , sin consejo de muchos , y sin prolija deliberación. Responde el Santo: que la mucha deliberación y consejo de muchos se requiere en las dudas grandes; no en las cosas ciertas.
Que para entraren Religión se pueden considerar tres cosas : la primera es la- Religión, por lo que es en sí misma y por esta parte es sin duda , que es mejor ser Religioso : la segunda es , si tendrá el sujeto bastante animo, y espíritu para cumplir con las obligaciones del estado y en esto tampoco se debe dudar , dice el Santo, porque nadie debe fiarse de si, sino de Dios , en quien debe poner su confianza, según lo que dice el Profeta : “Qui sperant In Domino mutabunt fortitudinem”. Pero si la dificultad está , en que el sujeto se halla con alguna enfermedad , ó gravado con deudas , ó con otras obligaciones, en tales casos debe tomar consejo, de quienes puedan aprovecharle , y no impedirle, sin pararse en prolijas deliberaciones , como decía San Jerónimo á Paulino ; que no se detuviese á desatar dificultades, sino que las cortase; Festina queso te haeretici in Salo navícula funen magis praescinde , quam solve. La tercera cosa que se ha de considerar es, quál Religión le será más conveniente; y sobre esto puede aconsejarse, con quienes no le impidan su proposito. Esto dice el Angélico Maestro á la question propuesta , poco conforme á los temores , y argumentos, que se hacen en el siglo , fundados en pasages de la Sagrada Escritura mal entendidos, á los que responde el Santo con su acostumbrada solidez. Y es mucho de notar la repetida advertencia suya , de que se tome consejo de quienes aprovechen, y no impidan ; que es lo mismo que decir , de quienes reflexionen sobre ello con Juicio , y discreción ; y no con quienes le aparten de su intento por poco afectos á la Religión, ó por miras temporales.
D. Supuesto lo dicho, hallo, que se yerra mucho en esto; y también infiero, que no será lícito disuadir á alguno, de que sea Religioso , sin graves , y justificadas causas. Pero ignoro, y dudo, si será también ilícito persuadir, a quienno tiene inclinación , que tome el hábito.
M. Aunque se yerra mucho en poner tantos temores , á los que intentan entrar en Religión , sin distinción de personas, y sin examinar sus fines; necesitan las Religiones no poco cuidado en averiguarlos , para no admitir los que no tienen vocación alguna ; y mucho mas , quando se puede presumir, que los pretendientes se mueven por algún fin temporal de mejores , y más seguras conveniencias ; ó por la inclinación que tienen á un hermano, tío, pariente , ó amigo Religioso, porque estas vocaciones de sangre , ó heredades nunca servirán de provecho á las Religiones. En quanto á la ilación que hacéis, de que no será lícito disuadir la entrada Religión , respondo , que ni el disuadir , ni el persuadir es lícito , si se hace algún genero de violencia. Y así el Santo Concilio de Trento excomulga á los que obligaren alguna muger , no solo á tomar el hábito, sino á entrar i vivir precisamente en un monasterio y también excomulga a los que hicieron lo mismo con los varones , porque deben tener mayor resolución , bien se dexa conocer , que sea ilícito hacerles fuerza; pero no habiendo esta , ó algún engaño , será laudable el persuadir, que se entre en Religión , como dice Santo Tomas.
Instrucciones por un monje profeso del Monasterio de San Salvador de Celanova (1785).
Fr, Benito Uría osb.
Fuente: benedictinostradicionales.blogspot.mx

Buena Doctrina

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Un texto de Rafael Gambra sobre la acción y la contemplación
“El predominio de la acción sobre la contemplación ha llevado a la modernidad a poseer un concepto -y una imagen- muy distinta del saber que la poseída por edades anteriores. Cabe reflexionar sobre el contraste que media entre la simbolización plástica del sabio -o del pensar humano- en el hoy y en el ayer.
Podríamos tomar como representación típica de la actividad intelectual en la modernidad a la conocida estatua de Rodin “El Pensador”. Un hombre desnudo-desnudo de todo símbolo y pre-concepto- “problematiza” con gesto concentrado, mirando hacia la tierra, torturándose y aun retorciéndose sobre sí mismo como si su eterno análisis multiplicara sin límite la profundidad y extensión de los problemas. La civilización cristiana nos legó en cambio, la imagen típica del “santo doctor”, a cuyo esquema se han ajustado tanto cuadros e imágenes de San Agustín, de San Isidoro, de Santo Tomás, etc. El sabio aparece en ellos rodeado de libros o manuscritos, tal vez con la pluma en la mano pero su mirada se dirige a lo alto y, como coronación de su esfuerzo, un rayo de luz desciende sobre su mente, o las tinieblas se descorren ante una visión celestial, o su rostro aparece iluminado con la fruición serena y bienaventurada de quien ha alcanzado un atisbo de la verdad suprema.
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La contemplación no se encamina por sí misma a la acción ni es función de ésta, sino que, por el contrario, es la acción-la vida activa-la que sirve y se encamina (objetivamente) a la contemplación.
El racionalismo moderno-y la civilización que ha inspirado- ha transformado esencialmente esa jerarquía natural que lleva de la acción a la contemplación, de lo temporal a lo intemporal, de la contemplación natural a la disponibilidad de la sobrenatural. La ruptura se inició en el ya lejano nominalismo pre- renacentista que declaró inasequible para la razón el orden metafísico y el religioso, reservando éste exclusivamente a la fe. El saber tendrá así como único objeto, en boca de Francisco Bacon, la previsión de fenómenos y el dominio de la naturaleza. El protestantismo relegará la religión a la intimidad de la conciencia en una libre vivencia de la fe, y, más tarde, el modernismo hará de la fe un mero un sentimiento matizado por las cambiantes necesidades espirituales y materiales del hombre. Hegel y Marx, en fin, proclamarán el primado de la acción y la evolución intrínseca del pensamiento y de la verdad.
Pero esta gran subversión espiritual que sitúa al saber al servicio de la acción y niega el sentido de la contemplación no hubiera sido posible sin una paralela subversión del ámbito humano en que el espíritu fructifica y del templo que acoge e inspira la contemplación de las cosas sagradas. Ese ámbito, que era la Cristiandad o sociedad cristiana, ha sido minuciosamente desmontado por la Revolución que triunfó en Europa entre 1789 y 1833. Su esquema ideal era el de una sociedad exenta de inspiración religiosa-laica- y libre de cuerpos o instituciones vinculadores- individualista-. Las creencias, los imperativos morales, las costumbres, fueron combatidos como “prejuicios” (hoy, “alienaciones”), al paso que una sociedad extrínseca, funcionalizada hacia el bienestar terreno y la democracia, era glorificada como la meta del progreso humano.
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A nuestra época estaba reservada, sin embargo, la consumación de este proceso al llegar en ella la subversión hasta la cumbre del Templo que aún coronaba incólume la Ciudad resquebrajada y estéril. En este tiempo nuestro hemos visto a los sacerdotes y guardianes del Templo santo incorporarse a la turba de los incendiarios de la ciudad y emplearse sin freno en la demolición del patrimonio sagrado que ellos recibieron como depósito y como función. Y así los vemos hoy afanarse en la “desmitificación” de la fe, en la “desacralización” del culto y otras empresas contradictorias, como al mismo tiempo que definen la religión y la Iglesia como “un servicio a la Humanidad”.
(“Sentido cristiano de la acción”, Verbo, año 1973, Serie XII, Núm.119-120)

En todos los que no están unidos a Cristo hay latente algo de diabólico

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Palabras dirigidas por San Juan María Vianney a Ernest Hello y a Jorge Seigneur, que pedían consejos sobre la fundación de un diario católico. (1859)
“El comienzo de una gran obra debe ser pequeño. No es la cuestión financiera la que os debe afligir. Todo lo que Dios quiere se arregla, no se sabe cómo. Tendréis el auxilio necesario y, aún faltando éste, debéis comenzar.
“Vivimos en un mundo miserable. Debéis exponer esta miseria y decir la verdad sin acepción de personas. Hay una masa de mentiras y de errores que debéis disipar, sin mirar a las personas que los difunden.Debéis combatir el error, aun entre los católicos,pues éstos tienen menos derecho ‒si puedo hablar de derecho‒ de que los otros a predicar ideas erróneas. Amad a vuestros adversarios. Rezad por ellos, pero no debéis saludarlos. Es tiempo perdido.No procuréis agradar a todos, ni a todos podéis agradar. Procurad agradar a Dios, a sus ángeles y a sus Santos. ¡Ése es vuestro público!
“Pues bien, hijos míos, ¡manos a la obra! Los que se apartan de vosotros, los que os censuran por falta de amor, íntimamente os darán razón: tal vez os defiendan públicamente. Si los hombres pudiesen ver cómo trato a “Grappin” (mote despreciativo regional con el que el Santo designaba al demonio), dirían que no lo amo. Le meto miedo, le causo espanto, lo lanzo a tierra y le digo: “Grappin, tú me atacas muy bien, yo también me defiendo”.
“Pero vosotros, hijos míos, me diréis que los hombres no son demonios. Sin duda, muchos no son demonios. Pero en todos los que no están unidos íntimamente a Cristo hay latente algo de diabólico; contra eso debéis levantaros como ejecutores de justicia. El error es un obstáculo para la unión. ¡Mi Dios, cuán inescrutable es la verdad, cuán inaccesible, cuán repleta de vida! Una vez más, no dejéis de combatir el error. Y para esto gastad la mayor parte de vuestro tiempo. Comenzad, pues, y ¡perseverad! No os dejéis intimidar por la contradicción. Contradicción no vale nada. Haréis bien, y mucho bien”.
San Juan María Vianney, cura de Ars.

Fuente: adelantelafe.com

¡Descálzate!

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La iglesia a la que estás ingresando podrá parecerse un poco más o un poco menos al resto de las construcciones de la cuadra. De algún modo, este edificio, como Jesús en Nazaret, pasa por uno de tantos. 

Pero nuestra Fe nos avisa que no. Y nos previene, una vez más, del terrible daltonismo en que podemos incurrir si no ajustamos las meras apariencias a las certezas invisibles.

Un poco como nos ocurre con la Eucaristía que parece pan cuando en verdad no lo es.

Por eso, los constructores de iglesia inventaron los “atrios”. Son una suerte de transición, de presurización, que nos obliga a detenernos, y a caer en la cuenta de dónde estoy por entrar. Porque no se trata de un cambio de baldosa sino un cambio de dimensión.

La iglesia a la que estás por ingresar no es un espacio de este mundo. No pertenece a este mundo. Es una parcela –un lote municipal– literalmente expropiado por el Creador. No es simplemente un espacio dedicado a asuntos religiosos. No señor. Acá hay un Misterio mucho más grande, abisal, vertiginoso: una iglesia consagrada es un agujero en el cosmos; un fragmento creatural que, casi como con un sacabocados, Dios lo extrae, lo quita y se lo queda para Sí, lo hace Suyo. Suyo no sólo como propietario sino como parte Suya. 

Un espacio sagrado no es sólo “de Dios” como pertenencia sino como consistencia. Es una realidad divina. Está ahí, lindando con la parrilla o el dormitorio del vecino, pero es absolutamente discontinuo con esa realidad extensa del continuo barrial. 

Es el Cielo en la Tierra. 
Es la Eternidad incrustada en el Tiempo. 

Es lo divino, acampado entre nosotros. 
Como Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Persona Divina. Así esta iglesia –que es su Cuerpo– está hecha de ladrillos y hierros de este mundo, pero no es de este mundo.

Una analogía posible es el caso de las embajadas de los países: no son una mera “representación” de un país en otro. Traspasado el umbral de la vereda, uno ingresa a la embajada de la Argentina en cualquier rincón del planeta, y está en la Argentina. No “simbólicamente” sino con todo el realismo legal y emocional que implica. 

Por eso, al traspasar este umbral, Usted ya no estará ni aquí ni ahora: estará en el Cielo. Estará entre ángeles y santos, ante la Madre de Dios y la Santísima Trinidad misma. 

Esta es la Casa de Dios, Quien recibe en Su propia casa a nosotros, su Pueblo. No es la Casa del Pueblo de Dios que recibe a Dios, sino al revés. 

Cuando leo el Evangelio en mi cuarto, recibo a Dios en mi casa. Pero cuando vengo a la iglesia, Dios me recibe a mí en Su Casa. A veces se juega de local, y otras, de visitante…

Por eso todo es diferente aquí: ni el espacio se organiza como en el resto del orbe, ni el tiempo siquiera corre con normalidad. Es el peculiar Mundo de Dios. Aquí nadie ha de hablar, más que con el Dueño de Casa. Es un ámbito de profundo silencio y recogimiento. Ni siquiera es apto para asuntos “relacionados” con Dios: no señor. Es exclusivo y excluyente del trato con el Señor y sus vivos Misterios. No es una extensión del salón parroquial. Es una extensión del eterno Diálogo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 

Por eso, no ingresamos a él linealmente, sin siquiera cambiar el paso. Otras religiones directamente se descalzan y dejan todos los zapatos en el atrio. Como Moisés ante la Zarza ardiente recibe esa escueta y filosa consigna: ¡Descálzate! ¡El lugar que estás pisando es Sagrado!

Nuestro modo cristiano de concretar este gesto consiste en hacer una exhaustiva genuflexión (tocando una rodilla o ambas en tierra) y haciéndonos una nítida y ceremoniosa señal de la Cruz. ¡Estamos en el Cielo! Con vértigo y estupor, sin permitirnos el acostumbramiento, una vez más debemos caer en la cuenta (sí, caer) en las honduras de tan desproporcionado Misterio.

Por último, parte de esta conciencia de dónde estamos, hemos de poder expresarla (a nosotros mismos, a Dios mismo y a los otros) con la forma de vestirnos. 

La vestimenta es un lenguaje. 
Tenemos que poder conjugar el verbo “adorar” en este idioma. 

Entrar bien vestidos no es una cuestión de castidad y pudor (eso rige para todo momento y todo lugar, avisemos de paso). Aquí hay algo más: se trata de estar acorde al lugar; se trata de estar “a la altura de los acontecimientos”. Nunca más oportuna la expresión coloquial: se trata de ser “ubicado”. 
Los más humildes de entre nuestros hermanos, como en otras tantas cosas, suelen darnos el ejemplo en esto: les resulta casi impensable ir a Misa vestidos de entre-casa o con la misma ropa de trabajo que usan en la semana. Son expertos en el lenguaje indumentario. Como –lamentable y paradojalmente– sectores más instruidos de la sociedad a veces pueden llegar a ser casi analfabetos en este idioma…

Si nos resulta muy relativo o subjetivo o arbitrario definir qué vestimenta es “acorde” y cuál no, valga una regla de tres bastante simple: un casamiento, una fiesta de quince, una colación de grado, una asunción de autoridades, visitar a un Papa o a un monarca, ¿es más o es menos que visitar a Dios? Y si Aquí hay Alguien que es más… ¿cómo he de expresar ese “más”, esa plusvalía? 
Entrar a la iglesia de ojotas, de bermudas, en camiseta o con soleras de playa no es que esté moralmente “mal”. No es un onceavo mandamiento. Siguiendo con la analogía del lenguaje, digamos: es una falta de ortografía. Es una mala gramática para expresarle al Señor que nada ni nadie vale para mí lo que significa Él en mi vida. Y que por eso lo quiero honrar y adorar no sólo en espíritu y verdad, no sólo con mi conducta y con mis plegarias sino con el esmerado y amoroso gesto de estar bien vestido. 

Ningún matrimonio se construye con el regalo de una rosa. Pero ningún matrimonio subsiste sin esas rosas…

Para quien objetara: “A Dios le importa mucho más que la mera vestimenta”, valga una antiquísima respuesta: ¡Exacto! A Dios le importa más; no menos. 

Lo más supone lo menos. Empecemos por lo menos. O, por lo menos, empecemos por ir a Misa bien vestidos. 

Cayendo en la cuenta de estar entrando al Cielo. Al Cielo en la Tierra.