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Orar ¡por los condenados en el infierno! Martín Gelabert Ballester, OP

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En ocasiones los predicadores exhortan a sus oyentes a orar por los pecadores. Quizás sería bueno preguntarse qué hay detrás de este tipo de recomendaciones. Porque todos somos pecadores. Pero, normalmente, cuando se pide que oremos por los pecadores se suele pensar en aquellas personas alejadas de la Iglesia que supuestamente viven, piensan y actúan de forma reprobable y muy distinta a cómo lo hacemos nosotros. Cada uno sabrá cuales son sus presupuestos no explicitados. En todo caso, no sería conveniente que nuestra plegaria por los pecadores estuviera cargada de un rechazo hacia ellos. ¿Quizás san Pablo atisbaba este peligro cuando recomendaba a Timoteo que la oración “por todos los seres humanos” fuera “sin ira ni malas intenciones” (1 Tim 2,8)? Pecadores, insisto, somos todos. En este sentido, todos necesitamos orar por nosotros mismos y los unos por los otros. Para que nuestra vida sea una continúa conversión a Dios.

Ahora bien, si una personalidad cristiana, respetable y prestigiosa, nos invitase a orar por los condenados en el infierno, probablemente la sorpresa sería mayúscula. Los pecadores aún tienen una posibilidad de convertirse. Los condenados ya han llegado al final de su carrera y su rechazo de Dios se diría que es definitivo. No hay vuelta atrás para ellos. Ni por parte suya, ni por parte de Dios. ¿Qué podría significar orar por los condenados? ¿Un deseo de cambiar la voluntad irrevocable de Dios? Orar por los condenados, ¿no sería esto un acto de rebeldía contra Dios, un acto que necesariamente debería desagradar a Dios y, por tanto, un poner en peligro la propia salvación?

¿Y si eso de orar por los condenados fuese una expresión límite que uniese al orante con un Dios cuya misericordia no excluye a nadie? Si Dios tiene esa misericordia hasta el extremo, ¿no debemos tenerla también nosotros? La Iglesia ha canonizado a muchas personas. No ha condenado a ninguna. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a todos y cada uno hacia sí. Una esperanza así manifestaría la oración por los condenados. Por los que, según los criterios humanos podrían estar condenados. Pero los criterios de Dios no siempre coinciden con los de los humanos.

De un santo de prestigio, que vivió con intensidad la misericordia, un hombre que lloraba cada vez que pensaba que alguien podía vivir alejado de Dios, un hombre que oraba por todos sin excepción, de este santo dice uno de los testigos de su canonización que oraba por los condenados en el infierno. ¿Y a pesar de eso le canonizaron? ¿No hubiera sido mejor que lo condenasen por hereje? ¿O al menos por ingenuo, o por perder el tiempo importunando a Dios con cosas imposibles? Claro que, como le dijo el ángel a María, nada hay imposible para Dios. Pues lo canonizaron. Su nombre: Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.

Fuente: nihilobstat.dominicos.org

Película completa: Domingo, Luz de la Iglesia (subtitulada en español)

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En el marco de los 800 años de haber sido fundada la Orden de Predicadores, la Provincia de Filipinas produjo la primera película acerca de su fundador: Santo Domingo de Guzmán. Siendo un canónigo regular en la Diócesis de Osma, Domingo profundizó en una vida de oración, estudio y comunidad, pero la estabilidad que tenía en esa época cambiaría por completo una vez saliera junto a su Obispo a realizar un encargo. 


En este viaje, Domingo descubrió los grandes estragos que provocaban la herejías, y su gran piedad lo llevó a darle un cambio completo a su vida: de ahora en adelante se dedicaría por completo a la Predicación, para recuperar almas para Dios. 

El Señor iría impulsando esta misión particular que le había encomendado, y llegado el momento hizo posible, por medio de su gracia, que este hombre lleno de fe fundara una Orden dedicada a perpetuar ese ministerio que Dios había puesto en sus manos. Así nació la Orden de Predicadores que hoy, como una gran familia, reúne a frailes y monjas, laicos y hermanas, al servicio de la predicación. Este hombre santo, profundo amigo de El Señor, tal vez sea poco conocido, pero los muchos dones que recibió de Dios siguen siendo dignos de imitar para los hombres de todas las épocas.


Santo Rosario: Promesas.

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LAS QUINCE PROMESAS
DE LA VIRGEN MARÍA
A QUIENES RECEN EL ROSARIO [1]


1.- El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.

2.- Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.

3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.

4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!.

5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.

6.- El que con devoción rezare mi Rosario, considerando misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracias, si es justo, y en todo caso será admitido a la vida eterna.

7.- Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.

8.- Quiero que todos los devotos de mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia, y sean partícipes de los méritos de los bienaventurados.

9.- Libraré pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.

10.- Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo una gloria singular.

11.- Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.

12.- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.

13.- Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los bienaventurados del cielo.

14.- Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.

15.- La devoción al santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la gloria.



1. La tradición atribuye al beato Alan de la Roche (1428 aprox. - 1475) de la orden de los dominicos el origen de estas promesas hechas por la virgen María. Es mérito suyo el haber restablecido la devoción al santo rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes y olvidada tras su muerte. 

ANTÍFONA A NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO

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Oh, Luz de la Iglesia, Doctor de la Verdad, 
Rosa de Paciencia, Marfil de Castidad, 
Tu nos diste gratuitamente el agua de la Sabiduría. 

Predicador de la Gracia, únenos a los Santos.

(O lumen Ecclesiae, Doctor veritatis,
Rosa patientiae, Ebur castitatis.
Aquam sapientiae propinasti gratis. 
Praedicator gratiae, nos iunge beatis).

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

798 años de la confirmación de la orden de predicadores

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La Orden de Predicadores celebrará un año jubilar con el tema «Enviados a predicar el Evangelio». Este Jubileo conmemora la publicación de las Bulas promulgadas por el Papa Honorio III hace ocho siglos confirmando la fundación de la Orden en 1216 y 1217.

El año jubilar se celebrará del 7 de noviembre de 2015 al 21 de enero de 2017. La celebración del Jubileo significa para la Orden entrar en un proceso dinámico de renovación que culmine en el envío de los frailes a predicar, al igual que Domingo envió a los primeros hermanos.

Se nos invita a volver a los orígenes de la Orden para recordar el momento fundacional en el que Santo Domingo envió a nuestros primeros hermanos fuera de su casa, de su familia, de su nación, para que descubrieran el gozo y la libertad de la itinerancia.

Ofrecemos la traducción del texto de la Bula "Religiosam Vitam" del Papa Honorio III, fechada en Roma el día 22 de diciembre de 1216 por la que se confirmó la Orden de Predicadores.

Honorio, obispo, siervo de los siervos de Dios, a los amados hijos Domingo, prior de San Román de Toulouse, y a sus frailes tanto presentes como venideros, profesos en la vida regular, a perpetuidad.

Conviene que a los que han elegido la vida religiosa se les dé la protección y amparo apostólico, no sea que la incursión temeraria de algunos o los aparte de su propósito regular de portarse como religiosos o debilite, Dios no lo quiera, la ener­gía o vigor de la sagrada religión.

Atendiendo a esto, amados hijos en el Señor, Nos asen­timos con clemencia a vuestras justas súplicas y recibimos bajo la protección de san Pedro y nuestra la iglesia de San Román, en la que estáis entregados totalmente al servicio divino y lo corroboramos con el privilegio del presente escrito.
Y en primer lugar ciertamente establecemos que la Orden Canonical, que está allí instituida según Dios y según la Re­gla de San Agustín, se mantenga y guarde en el mismo lugar en todos los tiempos de manera inviolable.

Mandarnos, además, que se conserven firmes y en su inte­gridad en favor vuestro y de vuestros sucesores, todas las po­sesiones o cualquiera de los bienes que dicha iglesia posee en la actualidad justa y canónicamente, y del mismo modo los que en el futuro podáis recibir bien sea a través de conce­siones pontificias, bien sea de donaciones de los reyes o de los príncipes, o de las oblaciones de los fieles o de cualquier otro justo modo. Y entre ellos, Nos queremos hacer mención ex­presa: del lugar donde está asentada la susodicha iglesia con todas sus pertenencias, de la iglesia de Prulla con sus perte­nencias, de la villa de Casseneuil con todas sus pertenencias y de la iglesia de Santa María de Lescure, con todas su perte­nencias, del hospital llamado Arnaud‑Bernard, con sus perte­nencias, de la iglesia de la Santísima Trinidad de Loubens, con sus pertenencias, y los diezmos concedidos a vosotros piadosa y providamente, por el venerable hermano nuestro Fulco, obispo de Toulouse, con el consentimiento de su capítulo, conforme se contiene en sus letras de una manera plena.

Nadie presuma exigir de vosotros o quitar a la fuerza diezmos de los frutos nuevos de vuestros huertos, cultivados con vuestras propias manos y a vuestra costa, ni de los pastos de vuestros animales.

Os está permitido ciertamente recibir clérigos y laicos li­bres y sin obligación que, huyendo del mundo, desean ingre­sar en la vida religiosa y también retenerlos entre vosotros sin ninguna contradicción.

Prohibimos, además, que ninguno de vuestros frailes, hecha la profesión en vuestra iglesia, se atreva a dejar vuestro grupo sin licencia de su prior, a no ser que se trate de ingre­sar en una religión más austera. Nadie, sin embargo, se atreva a retener al que se separa de vosotros sin la previsión de vuestras letras dimisorias.

En las iglesias parroquiales que tenéis os está permitido elegir sacerdotes y presentarlos al obispo diocesano, y si son considerados idóneos el obispo les encomendará el cuidado de las almas, para que éstas respondan ante él de las cosas espirituales y ante vosotros de las temporales.

Establecemos además que nadie pueda imponer nuevas e injustas exacciones o contribuciones a vuestra iglesia o pro­mulgar sobre vosotros o la mencionada iglesia sentencias de excomunión o entredicho, a no ser que se dé una causa razonable y manifiesta. Cuando se diere un entredicho general, se os permite celebrar los divinos oficios a puerta cerrada, sin tocar las campanas y en voz baja, pero están excluidos los exco­mulgados y los sujetos al entredicho.

Pero el crisma, el óleo sagrado, la consagración de los al­tares o de las basílicas, las ordenaciones de los clérigos promovidos a las órdenes sagradas, los recibiréis del obispo dio­cesano, si éste fuere ciertamente católico y tuviere la comu­nión y gracia de la Sede Romana, y si quisiere ofrecérosla sin malicia alguna. De lo contrario, tenéis licencia para acudir cuando quisiereis a cualquier obispo católico que tenga la gracia y comunión de la Sede Apostólica y éste os dará lo que se le pide contando ya con nuestra autoridad.

            Determinamos también que sea libre la sepultura en dicho lugar, a fin de que nadie ponga obstáculos a quienes hayan resuelto ser allí enterrados, movidos por devoción o lo haya expresado en su última voluntad. No se podrán enterrar allí los excomulgados o sujetos a entredicho.
A tu muerte ahora prior de dicho lugar o a la muerte de tus sucesores, nadie sea nombrado superior antepuesta cual­quier clase de astucia o violencia a no ser que sea la persona que los frailes, de común acuerdo o al menos con el consenti­miento de la mayoría o de la parte más sana, hayan elegido según Dios y según la Regla de san Agustín.

Confirmamos también las libertades e inmunidades antiguas y las costumbres razonables concedidas a vuestra iglesia y observadas hasta hoy; las tenemos como buenas y sancio­namos que deben observarse en su integridad en todos los tiempos.

Decretamos que nadie, sea la persona que fuere, se per­mita perturbar la susodicha iglesia de modo temerario o se atreva a usurpar sus posesiones o retener lo usurpado, a me­noscabarlas o a fatigarlas con cualquier clase de gravámenes o vejaciones. Se conservarán todas estas cosas en su integridad entre aquellos a quienes fueron concedidas para su gobierno o sustento y dadas para su uso, pero se tendrán en cuenta la autoridad apostólica o la justicia según el derecho canónico del obispo.

Si, pues, en lo venidero alguna persona, eclesiástica o se­glar teniendo conocimiento de esta página de nuestra consti­tución, atentara temerariamente contra la misma, amonestada segunda y tercera vez, a no ser que corrigiere su delito de manera satisfactoria, incurrirá en la pérdida de su potestad y de su honor, se reconocerá reo del juicio divino y se hace digno de ser privado del sacratísimo cuerpo y sangre de Dios y de nuestro Señor y Redentor Jesucristo y está sujeta al castigo en el último juicio.
La paz de nuestro Señor Jesucristo sea, pues, para todos los que guarden los derechos del susodicho lugar, y perciban ya en la tierra el fruto de la buena acción y ante el juez supremo hallen los premios de la paz eterna. Amén. Amén. Amén.

Adiós.

Mantened, Señor, mis pasos en tus caminos [Salmo 16,5]. San Pedro, San Pablo. Honorio Papa III.

◦Yo Honorio, obispo de la Iglesia católica, lo subscribo.
◦Yo Nicolás, obispo Tusculanense, lo subscribo.
◦Yo Guido, obispo Prenestino, lo subscribo.
◦Yo Hugolino, obispo de Ostia y Velletri, lo subscribo.
◦Yo Pelagio, obispo de Albano, lo subscribo.
◦Yo Cintio, del título de San Lorenzo en Lucina, presbítero cardenal, lo subscribo.
◦Yo León, del título de la Santa Cruz en Jerusalén, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Roberto, del título de San Esteban en Monte Celio, presbítero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Esteban de la Basílica de los Doce Apóstoles, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Gregorio, del título de Santa Anastasia, presbítero car­denal, lo subscribo.
◦Yo Pedro, del título de San Lorenzo en Dámaso, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Tomás, del título de Santa Sabina, presbítero carde­nal, lo subscribo.
◦Yo Guido de San Nicolás en la cárcel Tuiliana, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Octavio de los santos Sergio y Baco, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Juan de los santos Cosme y Damián, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Gregorio de Santo Teodoro, diácono cardenal, lo subs­cribo.
◦Yo Rainiero de Santa María en Cósmedin, diácono carde­nal, lo subscribo.
◦Yo Román de Santángelo, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Esteban de San Adrián, diácono cardenal, lo subs­cribo.

Dado en Roma por mano de Rainiero, prior de San Fri­diano de Lucca, vicecanciller de la Santa Iglesia Romana, el día 22 de diciembre, en la indicción V, en el año de la Encar­nación del Señor 1216, año primero del pontificado del Señor Honorio Papa III.


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Breve vida y obra de Nuestro Padre Domingo de Guzmán

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Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los condes-fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.

Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España.

Al concluir la Teología en 1194, se ordenó sacerdote y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al Obispo de Osma, Diego, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al obispo Diego a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Langüedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.

En septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores.

Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia.

Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.

En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias.

Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.

Noveno Modo de Orar

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Santo Domingo sale al camino con el fin de predicar desde la verdad que es posible un mundo de amor y justicia, de paz y felicidad

Noveno Modo de Orar

En el noveno modo de orar Santo Domingo se pone en camino. Sale y se enfrenta al día a día de la vida cotidiana; lo hace desde la autenticidad, en la verdad y la creatividad, todo ello marcado por un silencio interior profundo. Podemos interpretar a nuestro padre como un guía en el camino en una sociedad, donde las personas corrían el riesgo de perder su propia identidad y quedar aturdidas ante múltiples voces y reclamos. Por medio de la predicación quiere enseñar a vivir; quiere ayudar a que las personas descubran día a día cual es la manera más humana de existir.

Santo Domingo tuvo la osadía de unir la vida comunitaria y la misión, algo que era insólito a la par que impensable en su época. Al igual que Jesús hiciera con los Apóstoles, envió en misión a sus frailes de dos en dos. Así lo recogieron las Constituciones primitivas de los frailes: “Cuando los hermanos tengan que salir para predicar, recibirán del Prior un compañero según el prior estime conveniente según sus costumbres o su instrucción. Entonces, una vez recibida la bendición, saldrán y se comportarán en todas partes como hombres que desean obtener su salvación y la salvación de los prójimos. Se comportarán con toda honestidad y espíritu religioso, como hombres evangélicos, siguiendo las trazas de su Salvador, hablando sólo con Dios o de Dios”.



Este modo de orar significa que nuestra forma de vivir tiene que ser testimonio profético, porque denuncia como lo hacen todos los profetas. Significa que es comprometerse a manifestar desde la cotidianidad de la vida que otro mundo es posible porque sí que hay una alternativa. Santo Domingo sale al camino con el fin de predicar desde la verdad que es posible un mundo de amor y justicia, de paz y felicidad; donde impere la bondad, la libertad para hacer el bien, el amor a los últimos y el perdón que hacen visible y creíble al Creador. Nuestro padre sabe que el camino es para andar y llegar a una meta, gustando y disfrutando una vida que nos lleve a la felicidad. Siempre que nos atrevemos a vivir algo de la bondad, la libertad, la compasión, la alegría que Santo Domingo introdujo en la Orden de Predicadores, estamos haciendo más creíble a un Dios Comunidad de Amor que es el fundamento de nuestra esperanza.

Dibujos de Fr. Félix Hernández OP/Texto: Fr. Ángel Luis Fariña Pérez 
 Real Convento de Predicadores, Valencia/ ser.dominicos.org/


Octavo Modo de Orar

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Santo Domingo durante este tiempo vivía en los libros, aprendía de ellos todo lo que le parecía digno de ser aprendido; pero sobre todo, los amaba.


Octavo Modo de Orar

En el octavo modo de orar Santo Domingo se sienta y penetra, con actitud de permanencia y sin prisa, en la lectura. En este modo de orar la lectura es oración. Siempre es bueno destacar el hecho de cómo Santo Domingo insertó en la Orden el estudio. En los dominicos la lectura se prolonga en el estudio y eso es lo que hace Santo Domingo en este modo de orar: estudia.

Se pone en evidencia en este gesto que el estudio se trata de una actividad que se dirige al desarrollo de aptitudes y habilidades que, mediante el uso de medios y métodos apropiados en cada caso, nos permiten la incorporación de nuevos conocimientos. Santo Tomás de Aquino nos dirá que “el estudio requiere, en primer lugar, conocimiento y, posteriormente, todo lo demás que necesitamos para obrar bajo la dirección del conocimiento”. De esta forma se ejercita el entendimiento y se amplía el campo de nuestra comprensión de la realidad. Santo Domingo durante este tiempo vivía en los libros, aprendía de ellos todo lo que le parecía digno de ser aprendido; pero sobre todo, los amaba. Este amor sabía que le sería mil veces recompensado.


Santo Domingo sabe que el estudio es fundamental porque con él se intenta comprender la realidad y a las otras personas; es siempre una búsqueda de Dios, un camino para intentar ahondar en la intimidad divina. El estudio es capaz de profundizar en el Misterio pero no porque la razón se rinda ante los dogmáticos o ante quienes nos dicen que doblemos la cerviz; se rinde ante el propio Misterio. Lo inexplicable lo es de suyo, y la razón nos muestra que efectivamente así es. Para el creyente con capacidad de pensar, suspender esta capacidad ante la cuestión de Dios, ante el misterio de los demás, por más que sean incomprensibles, no es una virtud, ni es buena piedad, sencillamente es negligencia. Ya lo decía Chesterton: “cuando entro a la Iglesia me quito el sombrero, no la cabeza”.

Santo Domingo está convencido de que su amor por el estudio irá a través de la trama de su devenir como uno de los más importantes hilos conductores de sus experiencias, y esto quiere que se viva y se sienta en la Orden fundada por él.

Dibujos de Fr. Félix Hernández OP/Fr. Ángel Luis Fariña Pérez / Real Convento de Predicadores, Valencia/ ser.dominicos.org/

Séptimo Modo de Orar

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Santo Domingo ora de esta forma porque sabe que de Dios no se puede hablar con propiedad, pero también sabe que necesitamos hablar de Él con más necesidad que de ningún otro asunto.

Séptimo Modo de Orar

En el séptimo modo de orar Santo Domingo sigue de pie pero sus brazos se unen y apuntan hacia el cielo. Esta postura nos indica la sintonía con Dios que le llama, que le impulsa; muestra su disposición para que lo arranque de lo normal y le encomiende una misión que va más allá de lo de siempre. Con este gesto responde a la llamada a la predicación, a la palabra que debe ser como espada de doble filo (Heb 4,12) como flecha, y de ahí la postura de sus brazos, que apunta muy lejos. Porque la palabra no tiene límites ya que es como el viento, como el Espíritu.

Esta forma de orar traduce la apertura del hombre a su Creador y su llamada hacia Él. Santo Domingo sabe que de Él emana todo ya que es la fuente de la que todo surge. Pero también sabe que es la meta y el origen de todo. Sabe que es lo más incognoscible, pero que a la vez es lo que más le concierne; lo más oculto y lo que más desea conocer. Santo Domingo ora de esta forma porque sabe que de Dios no se puede hablar con propiedad, pero también sabe que necesitamos hablar de Él con más necesidad que de ningún otro asunto. Lo menos conocido para nosotros es lo que más necesitamos; es aquello, en palabras de San Agustín, de que “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.


¿Dónde pudo cimentar Santo Domingo esta práctica? Desde mi punto de vista en Dios mismo, porque nuestro padre sabe que ha tenido a bien dársenos a conocer. Dios al revelarse, en Cristo, hace patente la profunda dimensión religiosa del hombre mismo, ya que en Cristo se revela el fundamento absoluto del ser humano: Dios. Esta forma de orar es la respuesta de Santo Domingo a la llamada a ser hijo de adopción, y por tanto heredero de la vida bienaventurada.

   Dibujos de Fr. Félix Hernández OP/Fr. Ángel Luis Fariña Pérez.Real Convento de Predicadores, Valencia/ser.dominicos.org/  


Santa Cueva de Sto. Domingo

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Santo Domingo de Guzmán, nace en Caleruega, Burgos, España, el año 1170. Funda su Orden en el sur de Francia, confirmada por el Papa Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Establecida firmemente su institución religiosa, emprende viaje de Italia a España a mediados de diciembre de 1218. Una de las ciudades privilegiadas de su visita fue Segovia. Lo revela el hecho de haber erigido en ella el primer convento de frailes predicadores de España. Sencillo en sus comienzos, y ya bajo el nombre y advocación de Santa Cruz, llegará a ser de de gran importancia en la Orden.

La permanencia de santo Domingo en Segovia se prolonga hasta febrero del año 1219, entregado a la predicación del evangelio y a la oración y vigilias de penitencia por las noches. Para estas expresiones de su espiritualidad elige una gruta o cueva natural, fuera de la ciudad y próxima al río Eresma. De noche vive su encuentro con Cristo crucificado, a cuyos pies aprende a ser compasivo y misericordioso con los pecadores. Ahí comparte con Cristo el misterio de su Pasión dejando huellas de esa vivencia ascética y contemplativa. Pronto, ese escenario rupestre se convierte en lugar sagrado: la Cueva de Santo Domingo.

LA SANTA CUEVA


Historia

El milagro con el que confirmó su predicación amplió el halo de admiración que su vida y obra habían ya dibujado en los habitantes de Segovia. Pronto surge la veneración a Domingo en ese lugar, que evoca su presencia penitencial y de oración. El santo tiene que partir de Segovia, y la santa Cueva se convierte en lugar de recuerdo, encuentro y seguimiento suyo para muchos cristianos.

Los frailes de la primera comunidad edifican el convento al pie de la santa Cueva. En el siglo XVI, los Reyes Católico ofrecen a los frailes la edificación, en el centro de la ciudad, de otro más amplio y saludable. Pero ellos, agradeciendo a los monarcas tan generosa oferta, dicen que sólo la aceptarán si se construye en aquel mismo lugar, al pie de la santa Cueva. Los reyes acceden gustosos. Y aquí se mantiene, aunque en circunstancias diferentes, el magnífico convento de Santa Cruz, gloria de la Orden de Predicadores. Los Reyes, como gesto de respeto y devoción a la santa Cueva de santo Domingo, edifican una nueva y esbelta capilla, adosada a la primitiva.

La obra de los Reyes Católicos marca una época de esplendor en la vida de la comunidad dominicana, de la santa Cueva y del arte del noble convento de Santa Cruz. La exclaustración y la desamortización asestaron un golpe irreparable a ambas instituciones. Sin embargo, la titularidad, el cuidado y la atención a la Cueva seguirá en manos de los dominicos.

Acceso a la Cueva

Está enclavada en la finca del que fuera convento de Santa Cruz, propiedad ahora de la Excma. Diputación Provincial de Segovia y, en la actualidad, cedida a la Universidad SEK.

La entrada a la santa Cueva tiene su primer paso en la puerta número 12 de la calle Cardenal Zúñiga. Una calzada empedrada conduce a la escalera de granito que desciende hasta otra puerta que da acceso a un amplio jardín. Sobre el arco de este primer pórtico destaca un escudo de los Reyes Católicos.

BREVE HISTORIA DE LA CUEVA

En diciembre de 1218, justo a los dos años de haber sido aprobada la O. P. por Honorio III, Fray Domingo vuelve a España con el propósito de fundar conventos en su patria. Llega a Burgos, donde estaba el rey Fernando y le presenta las bulas de aprobación de la orden al tiempo que le pide licencia para fundar conventos en sus reinos. Una vez conseguido el propósito, viaja a Segovia en el mismo mes de diciembre. “En un principio- escribe Diego de Colmenares en su ”Historia de Segovia” ( 1637)- se hospeda en una casa particular, hallando, a propósito para la aspereza que profesaba, una cueva entre unos peñascos cubiertos de boscaje, entre lo profundo del río y la altura de la ciudad, y expuesto al frío del norte, renovó allí su vida penitencial.” En ese valle habitaba gran parte de la población pobre de la ciudad.

El primitivo convento parece fue fundación del rey San Fernando: aún hoy se pueden apreciar en él restos románicos. Fray Domingo Chico, el Español, compañero de santo Domingo, fue uno de los primeros moradores del convento que, desde un principio se denominó de “Santa Cruz”; el tal Fray Domingo fue el segundo prior de dicho convento. Entre las tradiciones de Segovia se cuenta que en este convento fue enterrado el gran comunero Juan Bravo.

Hacia el 1480 los Reyes Católicos levantaron la suntuosa iglesia actual y rehicieron el convento. Alcanzaron las obras a la Santa Cueva en la misma proporción que la iglesia. Los monarcas tuvieron gran empeño en que se hiciese el nuevo convento dentro de las murallas de Segovia, en el magnífico sitio de San Juan de los Caballeros, comprometiéndose a construir un pasadizo cubierto, a través de los muros de la ciudad hasta comunicar con el edificio de la Santa Cueva. La idea era plausible, el sitio más indicado y mucho más sano. Los frailes se mantuvieron firmes en su propósito de mantenerse al lado de la Cueva de Santo Domingo. Porfiaron los reyes, pero los frailes no cedieron. Los monarcas les dijeron: “No seáis bobos, que no ha de haber otros reyes que os quieran tanto.”

El estilo de la iglesia es gótico isabelino, bajo la dirección de Juan Guas, el magnate de los arquitectos de la época, con la colaboración del imaginero Sebastián Almoacid. Juan Guas trabajaba simultáneamente en la Catedral, tuvo que ver en las obras del Parral. La traza de Santa Cruz no fue más suntuosa por los escrúpulos de los dominicos. En los siglos XVI y XVII se hicieron obras de modificación y ampliación.
La Santa Cueva se construyó cuando la iglesia y es del mismo estilo gótico isabelino. Sobre el arco de entrada se encuentra una escultura del santo patriarca, con una cruz y pisando a dos raposas, que simulan la herejía, a las que sujetan dos perros que simbolizan la fidelidad y defensa de la doctrina católica. La primera Capilla –llamada de los Reyes Católicos- tiene bóveda de crucería en forma estrellada. En las ménsulas nuevos escudos de los reyes que sustenta la nervadura.

La segunda Capilla -propiamente “La Cueva Santa”- se halla cubierta por un artesonado barroco. La imagen de Santo Domingo, de Sebastián Almoacid, está en una hornacina que sería la entrada a la auténtica gruta. A esta imagen se refería santa Teresa. En el “camarín”, artificial dentro del retablo se halla otra imagen del santo, en la que aparece disciplinándose.

La Santa Cueva se comunicaba con el convento mediante una escalera reacceso que se halla tapiada en la actualidad.

Tomás de Torquemada fue prior del convento de Santa Cruz durante 22 años, sin querer otros honores.; él fue quien motivó la restauración de los edificios, más en particular la bella Capilla de la Cueva y el suntuoso templo. La comunidad de frailes estimó siempre la Santa Cueva como un tesoro divino. Se enterraba a los frailes en la Sala Capitular adjunta y todas las noches, después de Completas, en procesión, acudía la comunidad a visitar este lugar sagrado, santificado por la oración y penitencia del santo fundador.


La Guerra de la Independencia supuso para la comunidad y el convento una suma de calamidades: en 1808 se vieron obligados a admitir en sus claustros a mil soldados franceses, en noviembre tuvo lugar el saqueo, en 1809 se convierte en estancia para los prisioneros españoles que eran expatriados a Francia, expulsión de los frailes e incendio que no se permitió sofocar al vecindario. Salvo la Santa Cueva y la enfermería todo quedó arrasado. Acabada la guerra y devueltos los bienes eclesiásticos, los frailes dominicos se encontraron con tan deplorable realidad: el convento reducido a escombros. La pequeña comunidad emprendió la ardua empresa de habilitar el monasterio: comenzaron por la restauración de la Santa Cueva y siguieron por el resto del convento. En dos años lo hicieron habitable. En 1855 la Junta de Beneficencia de la ciudad lo habilita para Hospicio Provincial. 1875 fallece el último benemérito exclaustrado, hijo del convento de santa Cruz. El deterioro de la Cueva se iba haciendo sentir. Las dominicas interesan al capellán y al diocesano y devotos de la ciudad hacen una cuestación que, en 1892, ascendió a tres mil pesetas, importante cifra para aquella época; con lo que se remedió de alguna manera el mal estado material de la Santa Cueva. En 1902 el capellán dominico quedó al frente de la Santa Cueva e inició unas clases para niños en la Vicaría de las monjas.

En 1953 se propuso sustituir a las Hermanas de la Caridad, al frente del hospicio provincial por religiosas dominicas misioneras del Rosario; pero no se llevó a efecto. En 1959 el P. Provincial Aniceto Fernández insistió al presidente de la Diputación que anuló cualquier intento en ese sentido quien, incluso, inscribió el templo y el convento en el Registro de la propiedad. Los vicarios dominicos Juan Cabal, Ignacio Martínez Iruiñ realizaron obras que eran urgentes. La última batalla legal la libró la Provincia de España frente al presidente de la Diputación, con el P. Aniano Gutiérrez como paladín de la defensa de la propiedad de la Cueva para la Orden, logrando la titularidad de la Santa Cueva, al tiempo que iglesia y convento de Santa Cruz fue entregado ad usum a la Universidad SEK.

DEPENDENCIAS DE LA SANTA CUEVA

El Jardín

Traspasada una pequeña puerta aparece un amplio espacio ajardinado. Ocupa una planta cuadrada, entre uno de los muros del antiguo convento, que hace ángulo con la fachada de la Cueva, y de otros dos laterales: uno, un muro revestido de follaje y el otro, cercado por un banco de piedra, que hace las veces de mirador sobre el río Eresma.

En el centro del jardín se yergue una cruz de granito y, en su entorno, canteros de césped y árboles que evocan escenario y ambiente conventuales.

Portada del Santuario

Desde el jardín, las miradas se dirigen directamente a la hermosa portada que señala la entrada a la Santa Cueva. Un pórtico esbelto cobija la artística portada, de estilo isabelino, formada por dos arcos superpuestos. El inferior, de paso al templo, es rebajado; el superior es cornopial, en el que se muestra en relieve una simbología dominicana tradicional: el personaje central, santo Domingo, lleva la cruz. A ambos lados, los escudos de los Reyes Católicos de donde salen unas manos que apoyan también la cruz. La figura de santo Domingo pisa a dos raposas, símbolo de la herejía, aprisionadas por dos perros que, a su vez, representan la fidelidad a la fe. Una banda circular de inscripción gótica enmarca toda la composición artística.

Capilla de los Reyes Católicos

Es la primera dependencia del santuario. Sobre una base cuadrada se elevan esbeltos muros de piedra desnuda que rematan en la bóveda en forma de estrella. En los ángulos superiores, pequeñas bóvedas se articulan en gracioso conjunto. En las ménsulas que sostienen los nervios se intercambian los escudos reales y de la Orden dominicana. Un retablo barroco sirve de marco a un Calvario de buena traza. Una original lámpara de hierro forjado, de 2,40 m de diámetro y 200 kilos de peso reparte la luz al tiempo que ornamenta el recinto sagrado.

La Cueva

El nombre de “Cueva de Santo Domingo” se reserva propiamente a la capilla interior, precisamente por su relación inmediata con el espacio que santo Domingo localizó como escenario de sus noches de oración y penitencia reviviendo místicamente la Pasión de Cristo.

La Capilla es de trazo rectangular, con bóveda de medio cañón, revestida de un artesonado barroco y en consonancia con la decoración del retablo que preside la Capilla. El eje de atención se fija en la hornacina o camarín abierto en el centro del retablo y que simula una gruta en la que aparecen las imágenes de Cristo crucificado y de Domingo en actitud penitencial. No es la calidad artística de las tallas lo que puede impresionar, pero sí la plasticidad dramática y la expresividad de la escena. En lo alto del retablo, una pequeña imagen de la Virgen del Rosario acompaña a Domingo en el misterio del Calvario.
Como contraste y complementariedad, en un camarín lateral de la capilla, aparece una imagen de santo Domingo, de Sebastián de Almonacid (1460-1526). Un Domingo contemplativo, de mirada que refleja su interioridad e invita a una devoción contemplativa. Ésta es la imagen que tanto impresionó a santa Teresa de Jesús en su visita a la santa Cueva.

Ocho apliques de hierro forjado, sobre los muros, adornan, a la vez que iluminan y evocan las estaciones del Vía crucis.

La Sacristía

Es una pequeña dependencia que presta su servicio al culto religioso y como salita de reuniones de grupos.

VISITANTES ILUSTRES

A lo largo de los siglos muchos han sido los vecinos de Segovia y peregrinos de todo el mundo que han visitado y orado en la santa Cueva de Santo Domingo. A modo de ejemplo, y por su significación, se señalan a santos como Santa Teresa de Jesús y san Vicente Ferrer; monarcas como los Reyes Católicos, Felipe II, Isabel II, Juan Carlos I y Doña Sofía de Grecia.

INFORMACIÓN Y VISITAS
MM. Dominicas. C/ Capuchinos Alta, 2. Segovia. Tel. 921 460 080
Patronato de Turismo. Plaza Mayor, 6. Segovia. Tel. 921 466 070

Sexto Modo de Orar

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 Domingo abre sus brazos como Cristo en la cruz, porque fue desde allí donde le prometió el paraíso al buen ladrón.   

En este modo de orar Santo Domingo, con los brazos en cruz, contempla al crucificado. Esto nos puede remitir al momento de oración de Cristo en la cruz reflejado en lo que denominamos las siete palabras. 

En ellas encontramos que se nos habla de perdón, que debe ser siempre lo primero. Tal vez no seríamos capaces de soportar el relato de la pasión de Cristo, de no comenzar escuchando el perdón. Antes siquiera de haber pecado, se nos perdona. No tenemos que ganárnoslo. Ni siquiera tenemos que decir “lo siento”. El perdón está ahí, esperándonos. Experimentar el perdón no nos puede dejar como estábamos, porque penetrar en él significa cambio y transformación. Domingo abre sus brazos como Cristo en la cruz, porque fue desde allí donde le prometió el paraíso al buen ladrón; no es extraño que Santo Tomás de Aquino dijera que “el buen ladrón en cuanto a recompensa, puede decir que ya está en el paraíso, porque ya ha empezado a disfrutar de la divinidad de Cristo”.


 Este modo de orar es un gesto de ofrenda absoluta, donación de sí, apertura extrema por otro o por otros y el don de todo su ser. Es sentirnos discípulos amados al pie de la cruz, a los cuales se les entrega una Madre que recibió como hijos de su alma a los que le arrebataron a su primogénito. Santo Domingo contempla al que nos rescató de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición; porque está escrito: Maldito el hombre que pende del madero (Gal 3,13). Lo contempla en su grito de sentirse abandonado, que no es tal, sino oración.

Cristo en la cruz tuvo sed de hacer amistad con nosotros. Aquél que nos lo da todo nos invita a la amistad pidiéndonos un don a cambio, algo que podamos tener para darle. Por encima de todo nos quiere a nosotros. Santo Domingo oraba de esta forma, cuando sabía que su plegaria iba a ser escuchada. Cuando todo está cumplido, el amor perfecto es posible y lo vemos en la cruz. Si comenzamos a amar, en ese caso el amor perfecto de Dios puede habitar en nuestros amores frágiles y limitados, que es lo que implora Santo Domingo, que con este modo de orar se deja coger todo él por Cristo; porque sabe que orar de esta forma le hará penetrar en un diálogo único. 


(Dibujos de Fr. Félix Hernández OP)/ Fr. Ángel Luis Fariña Pérez 
 Real Convento de Predicadores, Valencia/ser.dominicos.org


Quinto Modo de Orar

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Santo Domingo muestra que no hay que acostumbrarse a pensar que la resurrección es solo una cosa que nos espera al otro lado de la muerte



Quinto Modo de Orar


En el quinto modo de orar Santo Domingo se levanta y se mantiene en pie ante el crucifijo. Sus manos son las que se mueven: las abre sobre su pecho como un libro, las recoge sobre su pecho y las pone a la altura de los hombros. Santo Domingo ora de esta manera, de pie, porque es todo un signo de resurrección.

Santo Domingo muestra que no hay que acostumbrarse a pensar que la resurrección es solo una cosa que nos espera al otro lado de la muerte. Santo Domingo sabe que la resurrección es entrar más en la vida, porque es algo que Dios da a todo el que la pide, siempre que, después de pedirla, sigan luchando por resucitar cada día y permaneciendo en pie diciendo: no está aquí, ha resucitado ( Lc 24,6) o lo que es lo mismo, se ha levantado.


Quienes viven la resurrección tienen un “plus” de vida que les sale porque sus ojos brillan y que se convierte en algo contagioso; eso quiere nuestro padre Domingo: contagiar que todo ser humano sobrepasa al ser humano que es y prueba que la vida es más fuerte que la muerte. Santo Tomás de Aquino lo expresa en su Suma de Teología cuando nos dice que "los hombres habían de resucitar, por el poder divino, no solo de los sepulcros, sino también de cualquier muerte".

Nuestra fe en el resucitado no nace de forma espontánea. Necesitamos nuestro propio recorrido amando y buscando con nuestras fuerzas al que vive; pero no en el mundo de los muertos, sino donde hay vida. Santo Domingo al ponerse en pie es porque se ha zambullido en el océano de sus propias esperanzas para salir de él chorreando amor a los demás. De esta forma de orar podemos intuir que Santo Domingo nos trasmite su deseo de construir comunidades que estén en pie con una sola alma y un solo corazón, que ponen en el centro al Resucitado.




(Dibujos de Fr. Félix Hernández OP)
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez. Real Convento de Predicadores, Valencia

Solemnidad de Santo Domingo de Guzmán en Chihuahua. Chih.

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Nuestra celebración se realizo en el Templo de San Francisco de Asís en Chihuahua. Casa de la Orden de Predicadores, en donde tanto los Frailes, como los Dominicos Seglares y algunas de nuestras hermanas OP (Religiosas) estuvimos de fiesta. 

Agradecemos la compañía de nuestros hermanos Terciarios Franciscanos, así como a los Frailes Franciscanos, cuyo Superior (Guardián y Párroco) en este Ciudad (Templo de San Antonio de Padua) presidió la celebración Eucarística.











Solemnidad del Nuestro Padre Santo Domingo

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Solemnidad del Nuestro Padre Santo Domingo



Solemnidad del Nuestro Padre Santo Domingo.

Santo Domingo, ruega por nosotros.



Felices Fiestas!



Responsorio a Santo Domingo

Monición de comienzo

Nuestra vida dominicana debe ser un fiel reflejo de cómo era N.P.Santo Domingo de Guzmán:

La Beata Cecilia lo describía físicamente así:

"He aquí el retrato de Santo Domingo: de estatura media, cuerpo delgado, semblante hermoso y tirando a rubio, cabellos y barba un poco rubios, ojos bellos. De su frente y entrecejas irradiaba un cierto resplandor, que atraía a todos a la reverencia y amor. Permanecía siempre sonriente y alegre, a no ser que se conmoviera por la compasión hacia cualquier sufrimiento del prójimo. Tenía unas manos largas y hermosas; su voz era potente, bonita y sonora. No fue nunca calvo, sino que tenía íntegra toda la corona del cerquillo, con pocas canas diseminadas..."

(Santo Domingo de Guzmán, BAC nº 490, pág. 683)

Y Fray Constantino de Orvieto hace esta semblanza espiritual de Santo Domingo:

"El venerable Padre y hombre de Dios era de tanta honestidad de costumbres, y tan fervoroso en todo lo que hacía, que nadie que observara detenidamente su vida podía poner en duda que era un vaso de honor y de gracia... En todo demostraba una valiente ecuanimidad, excepto cuando era más fuerte la compasión y la misericordia. Y puesto que un corazón alegre se resalta en el rostro, en su bondad externa, así proyectaba su belleza interior. Y a pesar de que su rostro estaba siempre alumbrado por la claridad de su sonrisa demostrando una conciencia limpia, la luz de su semblante nunca quedaba baldía. Esta cualidad seducía a todos de tal manera que, sin ninguna dificultad, los conquistaba y nada más mirarlo le querían. A la hora de las resoluciones estaba tan atento creyendo siempre que era Dios quien decidía, que apenas una sola vez o nunca rectificó una palabra pronunciada con justa deliberación.

Donde quiera que se encontrase, bien de camino con sus compañeros, bien en la posada... bien con gente importante..., de sus labios brotaban siempre palabras edificantes acompañadas de muchos ejemplos con los que persuadía, a quien le escuchaba, para amar a Cristo y despreciar lo mundano.

El día lo consagraba al prójimo, y la noche a Dios, pues sabía que el Señor desea el día para la misericordia y la noche para la alabanza...

Su corazón no excluía a nadie; y por amar era amado. Hacía suyo el reír con los alegres y el llorar con los tristes. Lo que le hacía verdaderamente encantador era que, actuando siempre con sencillez, sus palabras y gestos nunca eran fingidos, nunca tenían doble intención..."

(Santo Domingo de Guzmán, BAC nº 490, pág. 273-274)

Que estas descripciones nos animen a dar gloria a Aquel que adorna a sus elegidos con virtudes llenas de mérito y, cuando quiere y como quiere, a todos los que le siguen.

Y que nuestra oración con estos textos antiguos, que sobre Santo Domingo nos han llegado, nos ayuden a imitar esas virtudes.


Responsorio a Santo Domingo

(según textos antiguos)

-Varón evangélico, amigo de Cristo y de lo hombres, Domingo.

-Intercede por nosotros.

1. Tú te muestras en todas partes, en hechos y palabras, verdadero testigo de Cristo y de su Evangelio.

2. Desde el primer contacto te ganabas el amor de todos, y porque amabas a todos, todos te amaban.

1. De tu corazón manaba tanta alegría y serenidad, que tu rostro estaba iluminado, y nada te turbaba jamás sino la miseria del prójimo.

2. En tiempos de hambre vendiste tus libros, anotados por ti, porque no querías estudiar en pieles muertas, mientras los hombres morían de hambre.

1. Venerabas, con gran amor, al Señor crucificado, él te enseñó a desear la salvación de todo el mundo.

2. Has bebido tu enseñanza en el libro de la caridad, su fuego ha dilatado tu corazón, y lo ha hecho vibrar por todos los hombres.

1. Tú pedías frecuentemente a Dios una verdadera caridad por la salvación de los hombres, querías conformar toda tu vida a la de Jesús nuestro Salvador.

2. Durante el día alegrabas a tus compañeros de camino, pero en la noche velabas en la iglesia intercediendo por los pecadores.

1. Dios te había dado la gracia de rezar por los pecadores, oprimidos y afligidos, tú llevabas todas tus penas en el santuario íntimo de tu compasión.

2. Los frailes oían gritar en tu oración: " ¡ Señor ten piedad de tu pueblo! ¡ Misericordia! ¿Qué será de los pobres pecadores?"

1. Siempre alegre en la tribulación, caminabas cantando las alabanzas del Señor, y te confiabas a la Santa Madre de Dios, invocando sin cesar al Espíritu Santo.

2. Tú has unido en la Orden de Predicadores hermanos y hermanas de todos los países, para que ellos proclamen la Verdad del Evangelio con su palabra y con su vida.

1. Sólo hablabas con Dios o de Dios, invitando a los frailes a pensar en el Salvador, y los exhortabas a estudiar sin descanso el Antiguo y el Nuevo Testamento .

2. Admirable esperanza la que diste en la hora de tu muerte a los que lloraban, que serías más útil desde el cielo que en la tierra, Padre, Cumple tu promesa, ayudándonos con tus plegarias!, acuérdete de nosotros!

1 . Gloria al Padre, que ha suscitado en su Iglesia al bienaventurado Padre Domingo, para anunciar el Evangelio de Cristo, con la fuerza del Espíritu .

-Varón evangélico, amigo de Cristo y de lo hombres, Domingo.

-Intercede por nosotros.

(Fr. Luc Devillers, O.P. - IDI, junio 1993)



Monición final de la oración

El que fue Maestro de la Orden, P. Vicente de Couesnongle, cuenta que hablando con un laico le preguntó quién era para él Santo Domingo. La respuesta, un poco embarazosa, fue: "no sabría,... no lo he encontrado jamás". Ante la insistencia le prometió que pensaría en la pregunta y que le respondería por escrito.

Efectivamente algunos meses después en una carta le decía: "No sé qué decir... La única cosa que sé es, que a Santo Domingo, lo he encontrado en tal dominico (y en tal dominica)".

Se trata de una respuesta muy interesante para cada uno de nosotros. Debemos "encarnar" a Santo Domingo hoy, darle un rostro, como el famoso Santo Domingo de Matisse que tiene el rostro en blanco, y nosotros, con nuestra vida de cada día, debemos darle nuestro rostro.


Oración final

Domingo de Guzmán:

Gran sermón fue tu palabra y aún mayor lo fue tu vida.

Tú que eres antorcha viva del Evangelio y señal clara de oración,
haz que tus hijos continuemos en esa Misión
afrontando las injusticias
y siendo predicadores de salvación.

Que con las rosas del Rosario, gloria y fruto de la Pasión
suscitemos vida, misericordia y compasión.

Tú que eres Pregonero de la Verdad,
mantén viva nuestra esperanza
y envíanos como testigos de justicia y redención.
Amén.

(Pedro Casaldáliga)




Santo Domingo de Guzmán: compasivo y libre

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Santo Domingo comprendió que el Evangelio nos dice que para ser felices no hay que evitar la realidad que nos rodea, sino partir de ella; no obviarla, sino hacerla presente.



SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Mis hermanos más jóvenes me han pedido la enorme responsabilidad de hablar un poquito sobre nuestro Padre Santo Domingo. Tengo que reconocer que cada vez que me piden que hable o escriba sobre Domingo me estremezco, ya que significa e implica hablar o escribir sobre el por qué decidí ser dominico y sobre algo que es más comprometedor aún: por qué sigo siéndolo.

De Santo Domingo y su carisma me enamoré hace ya bastantes años; me cautivaron muchas cosas como por ejemplo la sencillez de nuestro padre. Santo Domingo rechazó todo sentimiento de superioridad porque sabía que rechazarla significaba estar más cerca de la verdad; estar más cerca de Dios. La alegría de Domingo tampoco me pasó desapercibida. Descubrir esta alegría es percatarse de que en nuestra vida se pueden dar encuentros verdaderamente auténticos, es decir, sin máscaras; encuentros que muestran delicadeza y amabilidad porque es posible desatar nudos haciendo posible una verdadera convivencia. Otro aspecto considerable fue la búsqueda incesante de la verdad que forjó el carácter de Santo Domingo; por eso quiso que en su vida y en la de sus frailes estuviera siempre presente la necesidad de diálogo y comprensión. Santo Domingo nos dejó como herencia el que seamos deseosos de aprender, para que trasmitamos lo aprendido y de esta forma calmar el hambre de justicia que hay en este mundo nuestro tan convulso. Pero yo quisiera destacar una faceta, o mejor dicho, una virtud que poseía Santo Domingo: la compasión. Como dominico creo que no puedo saltarme esta realidad fundamental, con la que me siento cada vez más identificado y la cual hace que me cuestione cada día mi vocación, es decir, mi ser fraile dominico.


Analizando la vida de Santo Domingo entiendo la compasión como sentir con…estremecerme ante… no pasar de largo… que no me sea indiferente… Nuestro padre oteó la realidad que se imponía en su tiempo y vio cómo la gente estaba desatendida y sin rumbo. Ante esta situación decidió entregar y gastar su vida entera para predicar en aquella sociedad dónde estaba la Verdad. Ante este hecho de la vida de Santo Domingo me surge una cuestión: ¿Qué puede significar sufrir con los otros y por los otros? Creo que es evidente que hablo del sufrimiento, del mal en la sociedad, en el mundo; de el por qué la gente no es del todo feliz. Santo Domingo creía, y por eso lo predicaba, que la felicidad está en el Evangelio. Sabía que en el mensaje de Jesús está la felicidad de todo ser humano; de toda la humanidad. Y es que Santo Domingo comprendió que el Evangelio nos dice que para ser felices no hay que evitar la realidad que nos rodea, sino partir de ella; no obviarla, sino hacerla presente.

Santo Domingo entendía la compasión como la respuesta al sufrimiento ajeno, por eso, la compasión tiene que ser nuestra respuesta ante la falta, en el otro, de lo necesario; ya sea material o espiritual. Tiene que ser nuestra respuesta inmediata, movernos inmediatamente y sin pensarlo, reaccionando ante el sufrimiento de quien me necesita. Esto forma parte de lo que significa ser humano; esto es lo que se nos pide en el Evangelio y que nuestro padre Santo Domingo hizo fielmente.

Cuando contemplo y rezo ante una pequeña imagen de Santo Domingo que hay en el oratorio de mi convento, pienso que nuestro padre alguna vez sintió, bien adentro, que se encontraba soportando el peso del mundo, el peso de la humanidad. Que sentía una inquietud sin tregua porque quería abrazar a todo el mundo, salvarlo... y en ese momento de oración me pregunto: “Jesús ¿Has sentido alguna vez, que ser persona es abrazar compasivamente, maternalmente, al otro que me descoloca y me altera, como lo hizo tu padre Domingo?”.

Es cierto que la compasión no resuelve el problema de esta sociedad en que vivimos llena de tantos sinsentidos; pero sí creo que desde la compasión se afronta e incluso se lucha contra dicho problema con una actitud muy concreta: la del amor. Por tanto, seremos felices de verdad y será la hora de la felicidad para quienes, a través del mundo actual, creyentes o no, han elegido desde el fondo de su libertad el camino de la compasión y lo siguen día a día, de manera discreta, secreta, real, con hechos, como lo hizo Santo Domingo de Guzmán.


 Fr. Jesús Mendoza González 
  Real Convento de Nuestra Señora de Candelaria, Tenerife




Tercer Modo de Orar

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 Santo Domingo con este modo de orar quiere aprender que el amor es fundamental en la vida cristiana, porque sin amor la vida se vacía de sentido.



Tercer Modo de Orar

En este tercer modo de orar, podemos ver a Santo Domingo utilizando la disciplina, es decir, un látigo de cuerda o de metal para las penitencias que se hacían en la vida religiosa. Se puede interpretar como el querer ser discípulo (que es otra acepción de la palabra disciplina) es decir, responder en conducta a comprensiones e ideales más altos. Lo que queremos decir con esto es que no se trata tanto de castigo, sino más bien de aprender.

Santo Domingo con este modo de orar quiere aprender que el amor es fundamental en la vida cristiana, porque sin amor la vida se vacía de sentido. Hemos oído muchas veces, “que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn15, 9-17). En la medida en que acertamos a vivir amando la vida, amándonos a nosotros mismos y amando a las personas, nuestra vida crece, se despliega y se libera del egoísmo, de la indiferencia y de tantas servidumbres que la ahogan. Con este modo de orar, podemos aprender lo que nos indica Joseph Moingt cuando dice que “la gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los hombres otra vía de acceso a Dios distinta de la de lo sagrado, la vía profana de la relación con el prójimo, la relación vivida como servicio al prójimo”. Santo Domingo lo que quiere aprender es cómo le ha amado Dios a él, para poder llevar a cabo su mandamiento: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.


 Aprender a ser discípulos es pensar en nuestra vida, pensar sobre qué me pide Dios; qué es lo que espera de mí. Se trata de aprender a amar. No sabemos en qué circunstancias nos podremos encontrar y qué decisiones tendremos que tomar; pero Dios solo espera que amemos a las personas y busquemos su bien. Que nos amemos a nosotros mismos, que amemos la vida y nos esforcemos por hacerla digna y humana para todos. Este severo y riguroso aprendizaje tiene que pasar por la disciplina, es decir, plantearme y decidir qué necesito, aunque sea duro y “doloroso” para salir de cualquier circunstancia. Santo Domingo acude a este modo de orar confiando en Dios; con su ayuda con su gracia y con su ejemplo, porque él no se echó atrás.

(Dibujos de Fr. Félix Hernández OP) / Fr. Ángel Luis Fariña Pérez 
 Real Convento de Predicadores, Valencia

Segundo Modo de Orar

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 Santo Domingo con esta forma de orar manifiesta que se siente y se reconoce pecador; a la vez que se identifica y solidariza con los pecadores.  

SEGUNDO MODO DE ORAR


En este modo de oración podemos interpretar la postura de Santo Domingo postrado en el suelo, como la reacción del hijo menor en la parábola del del hijo pródigo. El reconocerse culpable, egoísta y pedir perdón lleva a ser acogido; nos muestra una maravillosa historia de amor de padre frente a egoísmos y rencores de hijos. Santo Domingo se postra con la cara en el suelo, porque desea mantenerse en la honradez e integridad; porque no quiere imitar la conducta de los corruptos. En definitiva, Santo Domingo con esta forma de orar manifiesta que se siente y se reconoce pecador; a la vez que se identifica y solidariza con los pecadores.


Pero esto puede hacer surgir una cuestión: ¿Por qué se siente tan pecador? En las biografías escritas sobre nuestro padre podemos encontrar que en confesión, ya al final de su vida, manifestó que había conservado el candor de la infancia. Santo Domingo se siente así porque son los santos los que más experimentan sus faltas, aunque sean insignificantes, ya que se dan cuenta del amor inconmensurable de Dios por la humanidad. Sentirse culpable no es algo inventado por los creyentes; se trata de una experiencia universal que vive todo ser humano, como nos recuerda la filosofía moderna (Kant, Heiddegger, Ricoeur). Todos nos sentimos llamados a hacer el bien, pero una y otra vez, hacemos lo contrario. Es una experiencia de pasividad, y el efecto más visible es que el hombre se siente víctima precisamente por ser culpable.

Me resulta un tanto criticable que a día de hoy bastantes cristianos no acojan con gozo al Dios del perdón y de la gracia. Me da la impresión de que a veces estos cristianos no terminan de aceptar, o no quieren comprender que el único interés de Dios es evitar el mal a la humanidad, pues el pecado es un mal para el ser humano, no para Dios. Ya Santo Tomás de Aquino explicaba esto en la Suma Contra Gentiles: “Dios es ofendido por nosotros solo porque obramos contra nuestro propio bien”.

Santo Domingo con este modo de orar, quiere trasmitir que en ese Dios ante el que se postra no hay egoísmo ni resentimiento; que solo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser cada vez más humanos. Porque saber y compartir los errores de cada uno y los del mundo, es implorar a Dios. 

(Dibujos de Fr. Félix Hernández OP)
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
 Real Convento de Predicadores, Valencia
http://ser.dominicos.org/




Primer Modo de Orar

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Practicar la humildad como lo hizo Santo Domingo es reconocer nuestros propios límites, renunciar a aspiraciones desmedidas y no perseguir cosas grandiosas.  

PRIMER MODO DE ORAR

En el primer modo de orar contemplamos a Santo Domingo inclinado hacia el crucifijo. Podemos interpretarlo como un gesto de gratitud y de amor hacia Cristo, a la vez que un querer imitarlo haciendo por los demás lo que Jesús ha hecho por él: abajarse. Es un acto de humildad que implica el amor agradecido y lleva al seguimiento.

Ser humilde consiste en no despegarse de nuestra realidad y nuestra verdad; no presumir con el orgullo o la jactancia, ni ser acomplejados con sentimientos de inferioridad. Sin humildad no habrá servicialidad, porque solo sabe servir quien descubre los derechos de los otros y lo importantes que son los demás. Santo Tomás de Aquino recogió en su Suma de Teología que “mediante la humildad, debemos someternos al prójimo por Dios”.

Santo Domingo en este primer modo de orar inclinado ante el crucifijo pide la humildad, porque sabe que sólo puede venir de Dios. Sólo a los que el Padre revela que son sus hijos gracias a Jesús pueden ser conscientes de que ésa es su grandeza y no necesitan aparentar, ser alabados o tenidos en cuenta. Al contrario, se percatan, y se alegran por ello, de los valores y virtudes de los demás tomándolos por maestros en lo que poseen de bueno.


Practicar la humildad como lo hizo Santo Domingo es reconocer nuestros propios límites, renunciar a aspiraciones desmedidas y no perseguir cosas grandiosas. Esta actitud, o dicho de otra forma, actuar así, es razonable y de sabiduría humana; manifiesta higiene mental y una simpática modestia. De esta forma actúa Dios con cada uno de nosotros, tanto en los momentos alegres como en los no tanto; en los momentos de consuelo o cuando aparece la aflicción. Cuando somos niños nos encontramos seguros, felices, cuidados y llenos de amor. Así tenemos que estar nosotros en esta vida; porque Dios, como acertadamente dijo el papa Juan Pablo I, es padre y madre por tener todas las virtudes de los padres y de las madres.

Al ser imagen y semejanza de este Dios padre-madre, esta humildad que vemos reflejada en Santo Domingo nos tiene que llevar a la compasión y a la misericordia en favor de los demás. Porque Santo Domingo quiso que sus hijos e hijas, que en la vida de toda la Familia Dominicana imperase la humildad. Por eso no es extraño que nos la dejara en su testamento: “Practicar la humildad, tener caridad, guardad la pobreza 
voluntaria”. 

 (Dibujos de Fr. Félix Hernández OP/ TextoFray Ángel L. Fariña)
Fuente y ver mas en: http://ser.dominicos.org


Los Modos de Orar de Santo Domingo

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 “cada movimiento era una lengua que hablaba de lo que rebosa el corazón”. 

El pasado verano dedicamos las entradas de nuestra página a la historia de la Orden. Este verano os ofreceremos un aspecto muy concreto de la espiritualidad de nuestra Orden y puede que algo desconocido fuera de la vida dominicana; se trata de lo que conocemos en la Orden como los “Modos de Orar de Santo Domingo”. Cada semana expondremos uno de los nueve Modos de Orar; con textos de Fr. Ángel Fariña y las ilustraciones de Fr. Félix Hernández.

La actividad con gestos que usaba Santo Domingo, recogida en los citados Modos de Orar, no supone una novedad con respecto a lo habitual en su época. El testimonio de los Modos de Orar se encuentra corroborado por los testigos del proceso de canonización de Santo Domingo, y por la mayoría de las narraciones primitivas sobre su vida. El fraile dominico Francisco de Posadas hablaba de ellos diciendo en la biografía que escribió sobre Santo Domingo que “cada movimiento era una lengua que hablaba de lo que rebosa el corazón”. Pero hay que tener algo en cuenta, a saber: a Santo Domingo le resultaba fácil seducir a las personas con las que se encontraba, pues, como confiesa Fr. Jordán de Sajonia, sucesor de Santo Domingo, y él mismo lo había experimentado; “se atraía con facilidad el amor de todos. Apenas le veían, se introducían sin dificultad en su corazón”. 


En el caso de Santo Domingo, además, se da una curiosa paradoja. Parece como si tuviese una doble vida, explicamos estos para que no se malinterprete. Por un lado, Santo Domingo realiza la enorme labor de organizar una estructura tan compleja y admirada por los juristas como la de la Orden de Predicadores, la profunda dedicación a la predicación, los viajes, y un largo etcétera. Por otro lado, la intensa vida de oración que caracterizaba a nuestro padre.

Es la división entre lo diurno y lo nocturno (este aspecto último por supuesto también es tiempo de salvación), entre la actividad y la contemplación, que ya aparece en la primera biografía de Santo Domingo escrita por Jordán de Sajonia. Con semejante imagen se intenta mostrar una especial cualidad de presencia, una capacidad sorprendente de estar íntegramente donde y en lo que se está. Pasando sin rupturas de la oración a la acción y viceversa. Como dicen varias veces los Modos de Orar, se ve de qué modo había Santo Domingo integrado satisfactoriamente lo psicológico y lo espiritual. 

A pesar de que la cercanía de trato con Dios es resaltada en todas las hagiografías, algo debió seducir poderosamente a quienes vieron orar a Santo Domingo. Un texto como el de los Modos de Orar, nace de esa experiencia, es decir, alguien que lo ha visto escribe sobre Santo Domingo sin sacarlo de su experiencia cotidiana, reduciendo al mínimo los acontecimientos extraordinarios, manteniendo continuamente una actitud narrativa descriptiva y por consiguiente, de gran eficacia. 

Aprender a orar; y orar con los Modos de Orar de Santo Domingo en nuestros días puede ser una invitación a recuperar la posibilidad de dar cauce a la expresión corporal, gestual y verbal con la suficiente espontaneidad, creatividad y naturalidad. Esta invitación puede venir, además, a satisfacer la demanda de tal recuperación que existe en la actualidad en diversas sensibilidades de orientación cultural y religiosa muy diversa.