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Benedicto XVI: Alberto Magno, el científico y el santo

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Queridos hermanos y hermanas,

uno de los más grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno. El título de “grande” (magnus), con el que ha pasado a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro de nuestra época".

Nació en Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas “artes liberales”: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales se unió después con la profesión de los votos religiosos. Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios, el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato Jordán de Sajonia.

Tras la ordenación sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido durante toda la vida.

Le fueron asignadas tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania, donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en su ciudad de adopción. De París llevó consigo a Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás, para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos dos teólogos se estableció una relación de estima y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia Teutoniae – teutónica – de los Padres dominicos, que comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y al ejemplo de santo Domingo.

Sus dotes no se le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni – donde los papas residían con frecuencia – en la misma Roma y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar un nuevo impulso a las actividades caritativas.

En los años 1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.

Murió en la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización, en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho, echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente por la vastedad de sus intereses y de su saber.

Ciertamente, los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método consistía simplemente en la observación, en la descripción y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero así abrió la puerta a trabajos futuros.

Él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia nos habla de la creación como del primer lenguaje a través del cual Dios – que es suma inteligencia, que es Logos – nos revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación (cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso! El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza. Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico Medi, el cual escribió: “Oh, vosotras, misteriosas galaxias ..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella, tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.

Su extraordinaria apertura de mente se revela también en una operación cultural que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón, explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad, su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción elaborada después de modo definitivo por santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos, pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas árabes, había sido interpretada de modo que aparecía, al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana. Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen entre ellas o no?

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto como “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la verdad.

San Alberto Magno fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para su gloria.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

El Maestro de la Orden, fray Bruno Cadoré OP, ha sido confirmado como miembro del próximo Sínodo de los Obispos

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Su Santidad el Papa Francisco ha confirmado más miembros para la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en Roma del 4 al 25 de octubre de 2015, bajo el lema "La vocación y misión de la familia en el mundo contemporáneo". 

Entre los que han sido designados con la aprobación de la organización y ratificación del Santo Padre se cuentan:          

   - Fray Bruno Cadoré OP, Maestro de la Orden de Predicadores (Dominicos) en el grupo que representa a la Unión de Superiores Generales.           

  - El obispo Jean-Paul Vesco OP de la diócesis de Orán (Argelia), representando a la Conferencia Episcopal del Norte de África (C.E.R.N.A.). 

Les deseamos la unción del Espíritu Santo en los preparativos y en las discusiones que se entablarán en el Sínodo. 

Apologética: Sobre el Papado.

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“5. El Romano Pontífice

209. 1. Existencia del Primado del Papa. Es de fe que el Romano Pontífice tuvo y tendrá siempre el Primado sobre la Iglesia universal:

«Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el Primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos; y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones» (concilio de Florencia, 694).

210. 2. Extensión del Primado. —El Romano Pontífice tiene potestad sobre los mismos Concilios, con pleno derecho para convocarlos, trasladarlos y disolverlos (concilio V de Letrán, 740). Por lo mismo, es «escándalo execrable» apelar a un Concilio contra el Papa (Pío II, 717).

El Papa tiene jurisdicción sobre todos los obispos (Vaticano I, 1831), por lo cual, es superior ordinario e inmediato de todas las diócesis y de todas las iglesias del mundo (Vaticano I, ibid.), sin perjudicar por ello la jurisdicción de los obispos, antes al contrario, confirmándola (Vaticano I, 1828). Todos los cristianos han de obedecerle «no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe» (Vaticano I, 1831).
211. 3. Funciones y ejercicios del Primado. —En virtud de su Primado:

a) El Romano Pontífice apacienta, rige y gobierna a toda la Iglesia universal (Vaticano I, 1826) y a la iglesia de Roma como iglesia particular (concilio de Constanza, 636).

b) Convoca, traslada y disuelve los Concilios (concilio V de Letrán, 740), instituye a los obispos (Trento, 968) y los traslada, juzga y castiga (Clemente VI, 570h).

c) Tiene potestad absoluta sobre las cosas espirituales (Alejandro VIII, 1323) y dispone del tesoro espiritual de la Iglesia para conceder toda clase de indulgencias (Clemente VI, 551).

d) Es el supremo legislador de la Iglesia, estableciendo cánones (Clemente VI, 57ok), promulgando decretales (concilio de Constanza, 618), dispensando de las leyes de la Iglesia (Sixto IV, 731), etcétera.

e) Es el juez supremo en la tierra (Vaticano I, 1830) y él no puede ser juzgado por nadie en este mundo (Concilio Romano, 330). Por lo mismo, no cabe apelación contra su sentencia (Clemente VI, 57og).

f) No está sujeto a los poderes civiles (Clemente VI, 570Í). Tiene plena libertad en toda la Iglesia (Pío IX, 1734). Por lo cual, aun contra la voluntad del poder civil, puede comunicarse con los obispos y con todos los fieles (Vaticano I, 1829) y a él pueden recurrir siempre todos éstos (ibid., 1830).

g) Es necesario para la salvación estar sujeto al Papa (Bonifacio VIII, 469; Clemente VI, 570b y 1). Hay que obedecerle no sólo cuando habla ex cathedra, sino también cuando ejerce su Magisterio ordinario y universal (Vaticano II, Lumen gentium n.25).

212. 4. La infalibilidad del Papa. —El Papa es el supremo maestro de todos los cristianos (concilio de Florencia, 694), cuyo principal oficio es definir y defender las verdades de la fe (C. II de Lyón, 466). Es infalible cuando habla ex cathedra en materia de fe o de costumbres. He aquí la definición promulgada por el concilio Vaticano I:

«Con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que el Romano Pontífice cuando habla ex cathedra —esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema» (Pío IX, concilio Vaticano I, 1839-40).

Cuando el Papa define una doctrina como dogma de fe, no inventa un nuevo dogma, sino que garantiza infaliblemente que aquella doctrina ha sido revelada por Dios a través de la Sagrada Escritura o de la Tradición oral: «pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe» (Pío IX, ibid., 1836).

El concilio Vaticano II ha ratificado solemnemente la doctrina del Primado del Papa y de su Magisterio infalible en la constitución dogmática Lumen gentium. He aquí sus propias palabras:
«Este santo Sínodo, siguiendo las huellas del concilio Vaticano I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre (cf. Jn 20,21), y quiso que los sucesores de aquéllos, los obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero para que el mismo episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro Primado del Romano Pontífice y de su Magisterio infalible, el santo concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles» (Lumen gentium n.18; cf. n.25).

213. 5. La sumisión y obediencia al Papa. Es necesario para la -salvación estar sometido al Romano Pontífice:

«Someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda humana criatura» (Bonifacio VIII, 469; cf. Clemente VI, 570b).

Hay que prestar asentimiento y obediencia a sus enseñanzas, aun cuando no hable ex cathedra, sino a través de su Magisterio universal y ordinario (v.gr., por medio de las encíclicas):
«Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento ha de ser prestado de modo particular al Magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable «ex cathedra»; de tal manera que se reconozca con reverencia su Magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo» (Vaticano II, Lumen gentium n.25)”.

(“La fe de la Iglesia”, Fray Antonio Royo Marin OP).

Carta abierta al papa Francisco: Un grito desde el corazón de un converso

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Carta abierta al papa Francisco: Un grito desde el corazón de un converso
Dr. Maike Hickson
10 de diciembre de 2014
“Querido director, querido Ricardo, ¿porqué te escribo todo esto? Porque la pasada noche no pude dormir. Y porque quiero entender, y quiero preguntar algo al lector de Bussola: ¿Qué más ha de suceder en la Iglesia para que los católicos se levanten, de una vez por todas, a gritar su indignación? Atención, estoy dirigiéndome a católicos individuales, no a asociaciones, ni a reuniones secretas, movimientos, o sectas que durante años han estado manejando los cerebros de los creyentes en beneficio de terceras partes, dictando lo que sus seguidores han de hacer… no, no: estoy apelando a conciencias individuales, a sus corazones, su fe y su virilidad. Antes de que sea demasiado tarde” (Mario Palmaro, Carta a Riccardo Casciolo, director de La Nuova Bussola Quotidana, 8 de enero de 2014).
Querido Santo Padre:
Le escribo esta carta abierta e informal con gran agonía en mi corazón. Y le diré cosas que, en condiciones normales, nunca haría públicas. Lo hago, al menos éste es mi propósito, por el bien de la Iglesia, a mayor Gloria de Dios y por la salvación de los hombres. Usted juzgará.
Esta noche no pude dormir. Estoy preocupada por nuestra Santa Madre Iglesia. A lo largo de todo el año 2014, especialmente tras haber alabado públicamente la propuesta del cardenal Walter Kasper de permitir a los divorciados vueltos a casar recibir la Sagrada Comunión, usted ha abierto la puerta a la confusión en los asuntos de la  enseñanza moral de la Iglesia Católica y a conductas imprudentes por parte de algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia. Varias afirmaciones realizadas en el Sínodo de la Familia en octubre de 2014 han incrementado más aún la confusión. Y en diciembre de 2014 usted mismo dio una entrevista a La Nación en la que usted sugiere que la Iglesia tenga una actitud más laxa hacia aquellos que están casados fuera de la Iglesia después de un divorcio previo, diciendo: “La comunión sólo no es la solución. La solución es la integración.” Al parecer, usted quiere que ellos no sólo reciban la Sagrada Comunión sino que participen plenamente en la vida de la Iglesia, como lectores en la Misa y como padrinos de adolescentes y menores.
Esto significaría obviar el pecado, compensarlo, incluso justificarlo. Empañaría la distinción entre aquel que vive en estado de gracia justificante, agradando a Dios al seguir sus mandamientos, y aquel que objetivamente vive en pecado, desagradando a Dios al no respetar sus mandamientos. Seguir este camino causaría anarquía y destruiría la moral fundacional de la Iglesia Católica. Traería consigo la ética del “todo vale”.
Si las parejas “vueltas a casar” pueden recibir la Sagrada Comunión, ¿porqué cualquier otro pecador debería hacer algo que le desagrada para arrepentirse y enmendarse? Un alcohólico habitual, alguien que golpee habitualmente a su mujer, un criminal, o una mujer que haya matado a su bebé en su vientre, ¿no deben todos ellos arrepentirse? ¿Porqué un católico debe escuchar y seguir las leyes de la Iglesia cuando aquellos que no lo hacen no reciben sanciones morales?
¿Y qué pasa con las palabras del mismo Jesús? ¿Ya no importan? Si uno cambiase la ley católica sobre el adulterio, desafiaría al mismo Cristo.
Siguiendo la invitación de Mario Palmaro, yo también me opongo públicamente a la dirección en la que usted parece dirigir la Iglesia.
Déjeme explicar por qué.
Soy conversa desde hace diez años, nacida en 1972, crecida en Alemania y viviendo ahora en los Estados Unidos. Salí de un mundo que está subvirtiendo e invadiendo cada vez más, si no permeabilizando, la vida de la Iglesia Católica, un mundo al cual parece que usted mima y ante el cual usted parece estar inclinándose. Crecí sin ninguna fe, en una familia rota, en un mundo de cohabitación, aborto, divorcio y egoísmo. Ni siquiera conocía por completo los diez mandamientos. Evidentemente, no los vivía. No  tuve una familia plena que me diera una identidad fuerte, un refugio seguro o una guía moral. Esta forma de vida me llevó a un callejón sin salida y a una depresión. Cuando entonces encontré a mi futuro marido, la luz de Cristo anidó en mi corazón, despacio pero firme.
Dos aspectos muy importantes en la vida de la Iglesia actuaron sobre mí como canalizadores de la gracia y me atraían fuertemente hacia ella – esto fue antes de tener una verdadera fe sobrenatural. En primer lugar, la bella liturgia tradicional, la Misa y el canto del Oficio Divino con sus cantos gregorianos; en segundo lugar, la enseñanza moral de la Iglesia, con su pleno entendimiento de la naturaleza humana.
Tras haber vivido una vida completamente descontrolada, sin importarme el pecado ni atarme a lealtades duraderas, me di cuenta que este camino solo conducía a la desesperación y a un descreimiento sobre cualquier amor duradero o forma de vida estable y enraizada. Sin embargo, cuando descubrí la enseñanza moral de la Iglesia sobre la castidad y la importancia de ella antes del matrimonio, y también la indisolubilidad de aquel voto sacramental, me di cuenta de la verdad e importancia de todo ello.
La enseñanza moral de la Iglesia Católica es un bálsamo de curación para todas aquellas almas que andan perdidas en su orgullo, sensualidad, deslealtad e indiferencia por el bienestar de sus hijos. Este egoísmo hace que uno abandone la persona amada y la desplace por otra persona cuando surge algo imprevisto, ignorando la necesidad y anhelo de los niños por el vínculo de su propio hogar; daña estas almas quien comete y sostiene estos actos egoístas. Cuando pecan de esta manera, son menos libres. El pecado no es bueno para el hombre. Esta es mi conclusión. He llegado a comprender que sólo cuando uno se mantiene casto antes del matrimonio y, por tanto, permanece firme ante cualquier unión física prematura con el ser amado, y sólo cuando uno tiene el pleno  convencimiento y pretensión de hacer una unión de por vida al casarse con otra persona, solo entonces, con la gracia, el vínculo [matrimonial] estará preparado para durar. Uno debe estar preparado para saber que cualquiera que sea el problema que pueda ocurrir en un matrimonio, siempre habrá un camino para recorrerlo juntos. “Para lo bueno y para lo malo”.
También comprendí, tras haber sido una ardiente estudiante de la Ilustración neo-pelagiana del siglo XVIII, que los seres humanos necesitamos no sólo ideas abstractas sino instrucciones muy claras de cómo llevar una buena vida, e incluso una mejor vida. No es suficiente hablar sobre la bondad de la naturaleza humana, de la fraternidad, del amor y de todo eso; uno tiene que saber cómo lograr a estos objetivos. La Iglesia está aquí para enseñarnos y para levantarnos sobre nuestra frágil naturaleza humana, propensa al pecado y con una fuerte inclinación al egoísmo y la desesperanza.
Mi propia vida personal es testigo de ello. La Iglesia, con sus preceptos y consejos, me sacó del lodo del pecado y del egoísmo. Y ahora, Santo Padre, usted parece empujar a la Iglesia al lodo. Usted dice al pecador que, después de todo, lo está haciendo bien. Usted no nos eleva a los altos estándares de Cristo, como la Iglesia, maestra de naciones, ha hecho siempre de forma leal; usted nos deja sentados donde estamos, confortándonos y  tranquilizándonos en nuestro pecado. Esto es la crueldad de un sentimentalismo, ¡no una verdadera misericordia!
Una actitud laxa ante los mandamientos y consejos de Dios solo conduce al pecado. Esto es lo que hemos experimentado nosotros, los hijos de la revolución cultural del 68 en Alemania. Se nos permitió, de una manera indiferente, que jugáramos con el lodo, a actuar de acuerdo con nuestra complacencia. La consecuencia fue una situación inhumana. Muchos padres y profesores de aquel tiempo no querían castigar a sus hijos nunca más, ni tomar acciones punitivas contra ellos cuando se portaban mal; en consecuencia, florecieron los comportamientos inmorales e inhumanos. Yo misma fui testigo de las consecuencias de tal permisividad en la escuela cuando una chica de mi clase fue acosada a su tierna edad por sus compañeros por el simple hecho de que quería ser una buena y responsable estudiante. El profesor, en su dejadez, no se enfrentó al mal, de forma que la chica tuvo que abandonar la escuela.
Pero aquí hemos de hablar de las almas y su salvación. ¿Ayudará usted, como cabeza de la Iglesia, a las almas a ir al cielo si usted les conforta en su pecado? ¿Era esto lo que San Ignacio de Loyola enseñaba a sus jesuitas? ¿Es de alguna ayuda que usted haga las cosas de forma ambigua, vaga, poco clara y equivocadamente confusas? ¿Cuántas parejas que han estado luchando por su matrimonio durante tanto tiempo y que permanecen unidas por su sujeción leal a las enseñanzas de Cristo ahora, después de sus recientes palabras, así como por algunas otras afirmaciones realizadas en el Sínodo de los Obispos, se relajarán y dejarán sus matrimonios, pensando que ahora, después de todo,  hay una “segunda oportunidad” para ellos? ¿Qué pasa si usted saca temporalmente a alguien fuera de la desesperanza, pero sin embargo le conduce después  a la arrogancia, que es, junto con la desesperación, uno de los dos principales pecados contra la virtud de la Esperanza? Usted tendrá que dar cuentas de estas almas algún día ante Dios, y le pido que medite sobre lo que estoy tratando de decir. Puedo decirle que su forma de hacer las cosas no funciona. Sólo la llamada a la conversión y la instrucción clara de qué hacer y cómo esforzarse para mantenerse en el camino recto, recordando al gran San Juan Bautista, guiará a las almas al cielo. Por favor, no se incline ante los pecadores; antes bien, ¡levántelos y sáquelos del pecado! Esto es lo que un sacerdote católico hizo conmigo, y yo le estaré eternamente agradecida por lo que hizo.
Le pido, Santo Padre, que se enfrente a este mundo de pecado, empapado de una enorme inhumanidad, porque de lo contrario no tendrá ninguna madre que le recuerde las reglas de Dios. ¡Las leyes de Dios son buenas para nosotros! Enseñe al mundo pecador cómo ser mejor. Enseñe a las personas que viven en concubinato y que se divorcian como ser leales. Leales a sus esposas y, sobre todo, a Dios, leales a sus hijos pequeños. No nos deje abrir más aún la brecha rota sino, por el contrario, ayúdenos a cerrarla y a curarla.
Llame a los padres a refrenar su egoísmo y a mirar primero por sus hijos y su bienestar. El divorcio es la muerte para el alma de un vulnerable niño pequeño, de sus esperanzas, de sus seguridades y su amor. Hablo por experiencia propia. Y también hablo como madre. ¿Cómo quiere usted que mi marido y yo enseñemos a nuestros hijos los diez mandamientos y sobre el deber de contrición de los pecados a la hora de la confesión, cuando al mismo tiempo la Iglesia podría muy pronto permitir que aquellos que han desobedecido la ley de Dios puedan acercarse abiertamente a recibir la Sagrada Comunión?
Levántenos, a todos nosotros, pecadores. Llámenos a la esperanza, que se basa en el profundo amor de Cristo y su Santa Madre, e imparta una clara enseñanza sobre cómo ser buenos y mejores. Resumiendo, cito otra vez a Mario Palmaro, cuya invitación a una franca y sincera resistencia estoy siguiendo en este momento, y cuyo clamor tras su muerte destrozó mi corazón y los corazones de muchos otros:
“El hecho de que un para sea “querido” por la gente es completamente irrelevante ante los dos mil años de [existencia] la Iglesia: el papa es el Vicario de Cristo en la tierra y él ha de agradar a Nuestro Señor. Esto significa que el ejercicio de su poder no es absoluto, sino que está subordinado a la enseñanza de Cristo, en la que se basa la Iglesia Católica, en Su Tradición y alimentada por la vida de la Gracia a través de los Sacramentos”.
Continuaré rezando por usted, Santo Padre, cada día. Y mientras tanto, en este valle de lágrimas, confiaré también en las fieles palabras de Mario Palmero:
“Independientemente de lo que haga la iglesia, habrá siempre un sacerdote que celebre la Misa de manera sagrada; en un pequeño apartamento una anciana solitaria rezará el rosario con una fe imperturbable; en un escondido rincón de la Casa de la Divina Providencia una hermana cuidará de un bebé que alguien   consideró no merecedor de ser tenido. Incluso cuando todo parezca perdido, la Iglesia, la Ciudad de Dios, continua irradiando su luz sobre la Ciudad de los Hombres.”
Le pido, Santo Padre, que irradie la luz de la Fe y del Amor de Dios sobre el mundo hablando de la verdad al mundo, a esa parte de la Creación que se ha revuelto contra Dios, enseñando al mundo dónde va mal, y que lo haga incluso a expensas de perder su actual popularidad y su aparente buena sintonía con el mundo. El mundo necesita el pleno testimonio de la Iglesia Católica, ahora más que nunca. Sin compromisos, y con la completa verdad. Sólo entonces usted será merecedor de la mayor confianza, un reconocimiento de su autoridad como maestro y un auténtico respeto.
[Traducción Alberto Torres. Artículo original]

Fuente: www.adelantelafe.com

El Papa Francisco entrega la Bula «Misericordiæ Vultus» ante la Puerta Santa

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El día 11 de abril, en las I Vísperas del II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, el Papa Francisco entrega a los Arciprestes de la Basílicas papales, a algunos representantes de la Iglesia en el mundo y a los Protonotarios Apostólicos la Bula con la cual es convocado el Jubileo extraordinario de la Misericordia.

Antes de la celebración de las I Vísperas, el Santo Padre se dirige al atrio de la Basílica Vaticana y, una vez allí, inicia con el signo de la cruz y el saludo litúrgico, tras lo cual pronuncia estas palabras:

«Dios omnipotente y misericordioso
que nos ha reunido en el nombre de su Hijo,
para darnos gracia y misericordia.

Hoy, en la vigilia del II Domingo de Pascua,
ante la Puerta Santa de la Basílica de san Pedro,
entrego a los Arciprestes de las Basílicas papales,
a algunos representantes de la Iglesia extendida por el mundo
y a los Protonotarios Apostólicos
la bula “Misericordiæ Vultus”
de inicio del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

El Espíritu Santo, don del Resucitado,
renueve toda nuestra vida
y la Santísima Virgen María, Madre de Misericordia,
sostengan nuestros santos propósitos».

A continuación, uno de los Protonotarios Apostólicos, ante la Puerta Santa, da lectura a algunas de las partes más significativas de esta Bula, seguidamente tiene lugar la procesión con la que se entra en la Basílica del apóstol Pedro para el rezo de Vísperas.

Como ya sabemos, este Jubileo Extraordinario fue anunciado por el Papa Francisco el pasado día 13 de marzo: «... he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre» (cf. Lc 6, 36)... Este Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre».


Salvador Aguilera López/lexorandies.blogspot.mx

Eucaristía y Oración.

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"El alma no puede vivir sin respirar ni alimentarse; la respiración del alma es la oración, su alimento es la Eucaristía" (Pio XII, Alocución del día de Pascua de 1952).

"La oración es la respiración del alma. Sin oración frecuente y fervorosa el alma queda anémica, la Fe se debilita; la Esperanza languidece y en el puesto de la Caridad se asienta el egoísmo, como plomo de los corazones" (Pio XII, Alocución del día 22 V 1952).

(Imagen: Pio XII, Terciario de la Orden de Predicadores, ofreciendo el Santo Sacrificio del Altar en San Pedro de Roma).

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

Advertencias contra un falso cristianismo humanitarista

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«Nos queremos llamar vuestra atención, venerables hermanos, sobre esta deformación del Evangelio y del carácter sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre, practicada en “Le Sillon" y en otras partes. Cuando se aborda la cuestión social, está de moda en algunos medios eliminar, primeramente la divinidad de Jesucristo y luego no hablar más que de su soberana mansedumbre, de su compasión por todas las miserias humanas, de sus apremiantes exhortaciones al amor del prójimo y a la fraternidad».

 «Ciertamente, Jesús nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor, animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres vivan en la paz y en la felicidad. Pero a la realización de esta felicidad temporal y eterna ha puesto, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores. Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, los, a los que padecen y sufren,no ha sido para predicarles el celo por una del igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas. Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo».

 «Finalmente, no ha anunciado para la sociedad futura el reino de una felicidad ideal, del cual el sufrimiento quedara desterrado, sino que con sus lecciones y con sus ejemplos ha trazado el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad perfecta en el cielo: el camino de la cruz. Estas son enseñanzas que se intentaría equivocadamente aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos demuestran en Nuestro Señor Jesucristo algo muy distinto de un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad».

San Pío X, Notre charge apostolique 38.

El Espíritu Santo no es elector

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En el universo mental del (neo) conservadurismo eclesial es ya un lugar común decir que a los papas los elige el Espíritu Santo. Algunos hablan de un "soplo certero". Seguramente los menos rústicos no llegan al extremo de sostener que el Paráclito elige directamente al Pontífice sino que asiste a los miembros del cónclave, pero ponen tal énfasis en esta intervención que uno se pregunta si para ellos el auxilio sobrenatural es objeto de una correspondencia automática de parte de los electores, propia de máquinas y no de seres humanos libres y defectibles. No queremos dejar de reproducir el siguiente artículo del ABC aunque más no sea para dejarlo en el archivo de  nuestra bitácora.

Ratzinger: «Hay muchos Papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido»En 1997, el entonces prefecto de la Doctrina de la Fe aseguraba que el Espíritu Santo actúa como un «buen maestro», pero no «dicta» el candidatoDentro ya de la Capilla Sixtina, el momento en que los cardenales se estremecen es el canto del «Veni, Creátor Spíritus». Significa que ha llegado la hora de la verdad, de dejarse dominar por una Presencia mayor, por lo divino.Pero no es automático. Según explicó el cardenal Joseph Ratzinger en 1997 a la televisión de Baviera, «yo no diría que el Espíritu Santo elige al Papa, pues no es que tome el control de la situación sino que actúa como un buen maestro, que deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos».El entonces prefecto de la Doctrina de la Fe, recordó con toda sencillez que, mirando a lo sucedido a lo largo de la historia de los 264 sucesores de Pedro, «hay muchos Papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido».En su opinión, «el papel del Espíritu Santo hay que entenderlo de un modo más flexible. No es que dicte el candidato por el que hay que votar. Probablemente, la única garantía que ofrece es que nosotros no arruinemos totalmente las cosas». Era una visión de fe, que integraba perfectamente dos grandes milagros en la vida sobrenatural: el de la gracia y el de la libertad.

Desde: Infocaotica.

Fuentes:

Carta de Fray Tomás de Aquino al Papa Francisco

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Santísimo y Reverendísimo Padre Francisco, por la Divina Providencia Papa, fray Tomás de Aquino, de la Orden de Frailes Predicadores, con devota reverencia.
He leído la Carta que Vuestra Santidad dirigiera, con fecha 3 de marzo A D 2015, al Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Poli, Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Santa María de los Buenos Aires, en ocasión del primer centenario de la Facultad de Teología de esa celebérrima Universidad. No ha dejado de llamar mi atención las palabras de Vuestra Santidad a los teólogos bonaerenses toda vez que allí recomendáis, Beatísimo Padre, que aquellos realicen su labor “desde las fronteras” y en las calles de las ciudades de América Latina. Son vuestras mismas palabras: “La teología que desarrollan ha de estar basada en la Revelación, en la Tradición, pero también debe acompañar los procesos culturales y sociales, especialmente las transiciones difíciles. En este tiempo, la teología también debe hacerse cargo de los conflictos: no sólo de los que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo y que se viven por las calles de Latinoamérica. No se conformen con una teología de despacho. Que el lugar de sus reflexiones sean las fronteras”.
En mis tiempos, Santidad, os aseguro, las calles y las plazas de París eran escenario de vivos conflictos. No menos sucedía en el interior de los claustros. Me tocó vivir, como no ignoráis, un tiempo de transiciones difíciles. Si habéis tenido la benevolencia de leer algunos de mis escritos recordaréis cómo tuve que enfrentarme a Guillermo de San Amour y a quienes con él negaban a los religiosos mendicantes el derecho a enseñar en la Universidad, cómo hube de vérmelas con los averroístas latinos, cuánto hube de oponerme a tantos en defensa de la verdad, los innúmeros conflictos en los que me vi envuelto por mi “aristotelismo” (incluso alguna condena episcopal) y de los que salí airoso gracias a la Divina Bondad y al apoyo de vuestros Predecesores. Por todo esto, Santidad, nada me resulta menos ajeno y lejano que los conflictos.
Pero, si Vuestra Santidad me lo permite, quisiera deciros al respecto dos cosas. La primera, que aquellos conflictos de mi tiempo tenían que ver, por encima de todo, con la verdad de la Fe. Por eso, tomando como guías a San Agustín y a San Anselmo tuve en cuenta aquello que se lee en Isaías 7, 9si no creéis, no entenderéis; y busqué el intellectus fidei procurando entender lo que Dios ha revelado para nuestra salvación eterna. Me apliqué, pues, a estudiar a los maestros de la sabiduría humana y divina extrayendo de cada uno cuanto pudiera ser útil a esta inteligencia de la fe, inteligencia que no es “teología de despacho”, ni mirar al mundo “desde un castillo de cristal” sino buscar a Dios con las alas de la razón y de la fe. No se trataba, por tanto, de conflictos sociales (que los había ciertamente) ni de las peleas del Emperador con mi familia (que las hubo y no me dejaron indiferente), ni de los menesterosos de París (cuyo socorro estaba a cargo de gente piadosa urgida por la caridad). De eso se ocupaban los buenos y santos reyes que, por entonces, solían temer a Dios, y de los Papas que procuraban que los Reyes impregnaran con el Evangelio la vida social. Los teólogos, como tales, teníamos otra misión: elintellectus fidei, no por vanidad ni por vanagloria (aunque algunos sucumbieron a ambas) sino por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Ese era nuestro servicio, el propio de nuestro estado de vida y de nuestro oficio.
Lo segundo que deseo deciros, Santidad, es que en mi tiempo no hacíamos teología desde las fronteras ni desde las calles sino desde el Sagrario. Era allí, en la oración y en la contemplación donde se alimentaba nuestra teología. El olor de las calles no era un clima propicio para contemplar. Pero, ay de nosotros si, además de contemplar, no éramos capaces de inclinarnos, movidos por la misericordia, ante las llagas de los hombres. La misericordia es dolerse de la miseria ajena; y la mayor miseria, la mayor indigencia, en mi tiempo y en el vuestro, Santidad, es la ausencia de Dios. De ella derivan las demás indigencias. La tarea de los teólogos es procurar que los hombres conozcan a Dios y lo busquen. Lo otro, viene por añadidura.
Lo conmovedor de vuestra carta es cuando afirmáis que teología y santidad van juntas. Quiera Dios que la entiendan los destinatarios de vuestra misiva porque en mi tiempo, en el vuestro y en todo tiempo lo más escaso es la santidad.
Recibid Padre Santo con estas líneas el obsequio de mi filial afecto y servicio.
Fray Tomás de Aquino

Fuente: http://www.adelantelafe.com/

798 años de la confirmación de la orden de predicadores

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La Orden de Predicadores celebrará un año jubilar con el tema «Enviados a predicar el Evangelio». Este Jubileo conmemora la publicación de las Bulas promulgadas por el Papa Honorio III hace ocho siglos confirmando la fundación de la Orden en 1216 y 1217.

El año jubilar se celebrará del 7 de noviembre de 2015 al 21 de enero de 2017. La celebración del Jubileo significa para la Orden entrar en un proceso dinámico de renovación que culmine en el envío de los frailes a predicar, al igual que Domingo envió a los primeros hermanos.

Se nos invita a volver a los orígenes de la Orden para recordar el momento fundacional en el que Santo Domingo envió a nuestros primeros hermanos fuera de su casa, de su familia, de su nación, para que descubrieran el gozo y la libertad de la itinerancia.

Ofrecemos la traducción del texto de la Bula "Religiosam Vitam" del Papa Honorio III, fechada en Roma el día 22 de diciembre de 1216 por la que se confirmó la Orden de Predicadores.

Honorio, obispo, siervo de los siervos de Dios, a los amados hijos Domingo, prior de San Román de Toulouse, y a sus frailes tanto presentes como venideros, profesos en la vida regular, a perpetuidad.

Conviene que a los que han elegido la vida religiosa se les dé la protección y amparo apostólico, no sea que la incursión temeraria de algunos o los aparte de su propósito regular de portarse como religiosos o debilite, Dios no lo quiera, la ener­gía o vigor de la sagrada religión.

Atendiendo a esto, amados hijos en el Señor, Nos asen­timos con clemencia a vuestras justas súplicas y recibimos bajo la protección de san Pedro y nuestra la iglesia de San Román, en la que estáis entregados totalmente al servicio divino y lo corroboramos con el privilegio del presente escrito.
Y en primer lugar ciertamente establecemos que la Orden Canonical, que está allí instituida según Dios y según la Re­gla de San Agustín, se mantenga y guarde en el mismo lugar en todos los tiempos de manera inviolable.

Mandarnos, además, que se conserven firmes y en su inte­gridad en favor vuestro y de vuestros sucesores, todas las po­sesiones o cualquiera de los bienes que dicha iglesia posee en la actualidad justa y canónicamente, y del mismo modo los que en el futuro podáis recibir bien sea a través de conce­siones pontificias, bien sea de donaciones de los reyes o de los príncipes, o de las oblaciones de los fieles o de cualquier otro justo modo. Y entre ellos, Nos queremos hacer mención ex­presa: del lugar donde está asentada la susodicha iglesia con todas sus pertenencias, de la iglesia de Prulla con sus perte­nencias, de la villa de Casseneuil con todas sus pertenencias y de la iglesia de Santa María de Lescure, con todas su perte­nencias, del hospital llamado Arnaud‑Bernard, con sus perte­nencias, de la iglesia de la Santísima Trinidad de Loubens, con sus pertenencias, y los diezmos concedidos a vosotros piadosa y providamente, por el venerable hermano nuestro Fulco, obispo de Toulouse, con el consentimiento de su capítulo, conforme se contiene en sus letras de una manera plena.

Nadie presuma exigir de vosotros o quitar a la fuerza diezmos de los frutos nuevos de vuestros huertos, cultivados con vuestras propias manos y a vuestra costa, ni de los pastos de vuestros animales.

Os está permitido ciertamente recibir clérigos y laicos li­bres y sin obligación que, huyendo del mundo, desean ingre­sar en la vida religiosa y también retenerlos entre vosotros sin ninguna contradicción.

Prohibimos, además, que ninguno de vuestros frailes, hecha la profesión en vuestra iglesia, se atreva a dejar vuestro grupo sin licencia de su prior, a no ser que se trate de ingre­sar en una religión más austera. Nadie, sin embargo, se atreva a retener al que se separa de vosotros sin la previsión de vuestras letras dimisorias.

En las iglesias parroquiales que tenéis os está permitido elegir sacerdotes y presentarlos al obispo diocesano, y si son considerados idóneos el obispo les encomendará el cuidado de las almas, para que éstas respondan ante él de las cosas espirituales y ante vosotros de las temporales.

Establecemos además que nadie pueda imponer nuevas e injustas exacciones o contribuciones a vuestra iglesia o pro­mulgar sobre vosotros o la mencionada iglesia sentencias de excomunión o entredicho, a no ser que se dé una causa razonable y manifiesta. Cuando se diere un entredicho general, se os permite celebrar los divinos oficios a puerta cerrada, sin tocar las campanas y en voz baja, pero están excluidos los exco­mulgados y los sujetos al entredicho.

Pero el crisma, el óleo sagrado, la consagración de los al­tares o de las basílicas, las ordenaciones de los clérigos promovidos a las órdenes sagradas, los recibiréis del obispo dio­cesano, si éste fuere ciertamente católico y tuviere la comu­nión y gracia de la Sede Romana, y si quisiere ofrecérosla sin malicia alguna. De lo contrario, tenéis licencia para acudir cuando quisiereis a cualquier obispo católico que tenga la gracia y comunión de la Sede Apostólica y éste os dará lo que se le pide contando ya con nuestra autoridad.

            Determinamos también que sea libre la sepultura en dicho lugar, a fin de que nadie ponga obstáculos a quienes hayan resuelto ser allí enterrados, movidos por devoción o lo haya expresado en su última voluntad. No se podrán enterrar allí los excomulgados o sujetos a entredicho.
A tu muerte ahora prior de dicho lugar o a la muerte de tus sucesores, nadie sea nombrado superior antepuesta cual­quier clase de astucia o violencia a no ser que sea la persona que los frailes, de común acuerdo o al menos con el consenti­miento de la mayoría o de la parte más sana, hayan elegido según Dios y según la Regla de san Agustín.

Confirmamos también las libertades e inmunidades antiguas y las costumbres razonables concedidas a vuestra iglesia y observadas hasta hoy; las tenemos como buenas y sancio­namos que deben observarse en su integridad en todos los tiempos.

Decretamos que nadie, sea la persona que fuere, se per­mita perturbar la susodicha iglesia de modo temerario o se atreva a usurpar sus posesiones o retener lo usurpado, a me­noscabarlas o a fatigarlas con cualquier clase de gravámenes o vejaciones. Se conservarán todas estas cosas en su integridad entre aquellos a quienes fueron concedidas para su gobierno o sustento y dadas para su uso, pero se tendrán en cuenta la autoridad apostólica o la justicia según el derecho canónico del obispo.

Si, pues, en lo venidero alguna persona, eclesiástica o se­glar teniendo conocimiento de esta página de nuestra consti­tución, atentara temerariamente contra la misma, amonestada segunda y tercera vez, a no ser que corrigiere su delito de manera satisfactoria, incurrirá en la pérdida de su potestad y de su honor, se reconocerá reo del juicio divino y se hace digno de ser privado del sacratísimo cuerpo y sangre de Dios y de nuestro Señor y Redentor Jesucristo y está sujeta al castigo en el último juicio.
La paz de nuestro Señor Jesucristo sea, pues, para todos los que guarden los derechos del susodicho lugar, y perciban ya en la tierra el fruto de la buena acción y ante el juez supremo hallen los premios de la paz eterna. Amén. Amén. Amén.

Adiós.

Mantened, Señor, mis pasos en tus caminos [Salmo 16,5]. San Pedro, San Pablo. Honorio Papa III.

◦Yo Honorio, obispo de la Iglesia católica, lo subscribo.
◦Yo Nicolás, obispo Tusculanense, lo subscribo.
◦Yo Guido, obispo Prenestino, lo subscribo.
◦Yo Hugolino, obispo de Ostia y Velletri, lo subscribo.
◦Yo Pelagio, obispo de Albano, lo subscribo.
◦Yo Cintio, del título de San Lorenzo en Lucina, presbítero cardenal, lo subscribo.
◦Yo León, del título de la Santa Cruz en Jerusalén, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Roberto, del título de San Esteban en Monte Celio, presbítero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Esteban de la Basílica de los Doce Apóstoles, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Gregorio, del título de Santa Anastasia, presbítero car­denal, lo subscribo.
◦Yo Pedro, del título de San Lorenzo en Dámaso, presbí­tero cardenal, lo subscribo.
◦Yo Tomás, del título de Santa Sabina, presbítero carde­nal, lo subscribo.
◦Yo Guido de San Nicolás en la cárcel Tuiliana, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Octavio de los santos Sergio y Baco, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Juan de los santos Cosme y Damián, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Gregorio de Santo Teodoro, diácono cardenal, lo subs­cribo.
◦Yo Rainiero de Santa María en Cósmedin, diácono carde­nal, lo subscribo.
◦Yo Román de Santángelo, diácono cardenal, lo subscribo.
◦Yo Esteban de San Adrián, diácono cardenal, lo subs­cribo.

Dado en Roma por mano de Rainiero, prior de San Fri­diano de Lucca, vicecanciller de la Santa Iglesia Romana, el día 22 de diciembre, en la indicción V, en el año de la Encar­nación del Señor 1216, año primero del pontificado del Señor Honorio Papa III.


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Sierva de Dios - Práxedes Fernández García, OP

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El Santo Padre recibió ayer tarde al cardenal Angelo Amato S.D.B., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y autorizó a la Congregación a promulgar el decreto relativo VIRTUDES HEROICAS - Sierva de Dios Práxedes Fernández García, española, laica y madre de familia, de la Tercera Orden de Santo Domingo. 

Práxedes Fernández García nació el 21 de julio de 1886 en Puente la Luisa, en la población de Sueros de Seana, concejo de Mieres. Una placa en la parroquia de Seana recuerda la fecha de su bautismo. Era hija, hermana y madre de mineros, y, antes de casarse, quiso ingresar en la vida religiosa, meta que no alcanzó por la enfermedad de su padre. No obstante, fue catequista, directiva de las Hijas de María terciaria dominica (rama laica de los Dominicos). En 1914 se casó con Gabriel Fernández, electricista de Valdecuna. Tuvieron cuatro hijos y el último de ellos nació poco antes de que su padre falleciese en un accidente ferroviario. Práxedes Fernández comienza entonces a trabajar como empleada del hogar para varias familias. 


Años más tarde, un tren arroyó la furgoneta que conducía su segundo hijo, que también falleció. Sin embargo, su hijo Enrique ingresó en la Orden de Predicadores y durante su formación como dominico recibió 47 cartas de su madre, unos documentos que han sido determinantes en el proceso de santidad. Tras la Revolución de 1934 se establece en Oviedo y es parroquiana de Santa María la Real de la Corte. Iniciada la guerra civil y el "cerco" de Oviedo, Práxedes Fernández sufre un ataque de apendicitis del que no pudo ser operada. A las seis y media de la tarde del 6 de octubre de 1936 murió. 

Su fama de santidad se extendió rápidamente, incluso fuera de Asturias y de España. El número de publicaciones sobre su vida fue inmenso en aquellos años. Había sido lectora de Santa Teresa, había tenido experiencias místicas y se había sacrificado por las necesidades de cuantos acudían a ella. En 1953, Teodoro Labrador, arzobispo dominico de Foochow (China), celebró en la parroquia de San Juan Bautista de Mieres una misa en su memoria a la que asistieron dos millares de fieles. En 1957 se inició su causa de beatificación, que acaba de dar un paso crucial. 

EL PAPA ANUNCIA QUE 2015 ESTARÁ DEDICADO A LA VIDA CONSAGRADA

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The Union of Superiors General

La Unión de Superiores Generales ha celebrado su LXXXII asamblea en el Salesianum de Roma, del 27 al 29 de noviembre. Las reflexiones, basadas en tres experiencias personales, se han centrado en el papel de los Superiores a la luz del magisterio y del ejemplo del Papa Francisco. Y el pontífice en persona, ha decidido encontrar a los superiores durante tres horas y no solamente en una breve audiencia como habían solicitado. No ha habido ningún discurso preparado con antelación: se ha tratado de un largo coloquio fraternal y cordial, con preguntas y respuestas.

Según informa un comunicado de la Unión de Superiores Generales, la primera tanda de preguntas ha estado dedicado a la identidad y la misión de la vida consagrada. Todos los cristianos deben ser coherentes con su fe, ha dicho el Papa, pero los religiosos están llamados a seguir al Señor de una manera especial : "Son hombres y mujeres que pueden despertar al mundo. La vida consagrada es profecía . Dios nos pide que dejemos el nido que nos arropa y que salgamos a los confines del mundo evitando la tentación de someterlos. Esta es la forma más eficaz de imitar al Señor”.

Preguntado por la situación de las vocaciones, el Papa ha señalado que hay Iglesias jóvenes que están dando nuevos frutos. Por supuesto, esto nos obliga a replantear la inculturación del carisma. La Iglesia, como en el caso de Matteo Ricci, debe pedir perdón y considerar, con vergüenza, los fracasos apostólicos a causa de malentendidos en este campo. El diálogo intercultural debe impulsar la entrada en el gobierno de los institutos religiosos de personas de diferentes culturas que expresan diferentes formas de vivir el carisma.

Francisco ha insistido en la formación que, en su opinión,se basa en cuatro pilares fundamentales: espiritual, intelectual , comunitario y apostólico. Es imprescindible evitar cualquier forma de hipocresía y de clericalismo a través de un diálogo franco y abierto sobre todos los aspectos de la vida, " la formación es una tarea artesanal, no una labor de policía", ha subrayado, y su objetivo es “formar religiosos que tengan un corazón tierno y no ácido como el vinagre. Todos somos pecadores , pero no corruptos. Hay que aceptar a los pecadores , no a los corruptos ".

Para el Papa la fraternidad tiene una enorme fuerza de atracción. Presupone la aceptación de las diferencias y los conflictos. A veces es difícil de vivir, pero si no se vive no se es fecundo. En cualquier caso, "nunca debemos actuar como gestores ante el conflicto de un hermano hay que acariciar ese conflicto".

Se han planteado también algunas cuestiones sobre las relaciones entre los religiosos y las Iglesias particulares en las que están insertados. El Papa ha afirmado que sabía por experiencia los problemas que se plantean. "Nosotros, los obispos, tenemos que entender que las personas consagradas no representan sólo una ayuda material, sino que son dones que enriquecen las diócesis. "

Las últimas preguntas han tenido como objeto las fronteras de la misión de los consagrados . "Hay que buscarlas sobre la base de los carismas”, ha respondido el Papa. Las realidades donde impera la exclusión sigue siendo la prioridad más importante. Además de estos retos, el pontífice ha citado el cultural y educativo en las escuelas y universidades. Para el Papa los pilares de la educación son : " transmitir conocimientos , transmitir formas de hacer, transmitir valores. A través de ellos se transmite la fe. El educador debe estar a la altura de las personas que educa y debe interrogarse sobre como anunciar a Jesucristo a una generación que cambia" .

Antes de saludar a los 120 Superiores Generales presentes, el Santo Padre ha anunciado que el 2015 será un año dedicado a la vida consagrada. Saliendo del aula ha dicho: "Gracias, por lo que hacéis y por vuestro espíritu de fe y de servicio. Gracias por vuestro testimonio y también por las humillaciones por las que tenéis que pasar”.