TV DOMINICA

dominicostv on livestream.com. Broadcast Live Free
Watch live streaming video from dominicostv at livestream.com
Mostrando entradas con la etiqueta SANTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SANTOS. Mostrar todas las entradas

RELOJ DE LA PASIÓN – POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO ( Cap. I y II )

Enlaces a esta entrada

RELOJ DE LA PASIÓN

O sea reflexiones afectuosas sobre los padecimientos

 de nuestro Señor Jesucristo, por el bienaventurado obispo

SAN ALFONSO DE LIGORIO

***

CAPÍTULO PRIMERO.

10984093_10205923036052264_3242117348081548424_n
Del amor que Jesucristo nos ha manifestado, queriendo satisfacer el mismo a la Justicia divina por nuestros pecados.
  1. La historia refiere un rasgo de amor tan prodigioso que será la admiración de todos los siglos. Un rey, señor de muchos reinos, tenía un hijo único tan bello, tan santo y tan amable, que su padre hallaba en él todas sus delicias y le amaba como a sí mismo. Pero este joven príncipe tenia a uno de sus esclavos un amor tan grande, que habiendo cometido este un delito, por el que fue condenado a muerte, el príncipe se ofreció a morir en su lugar; y el padre, celoso de los derechos de la justicia, consintió en condenar a muerte a su hijo muy amado, a fin de que el esclavo se librase del suplicio que había merecido. La sentencia fue ejecutada: el hijo murió en un cadalso, y el esclavo quedó libre.
  2. Pues este rasgo de amor que jamás ha tenido ni tendrá semejante en el mundo, está consignado en el Evangelio. En él se lee que el Hijo de Dios, el Señor del universo, viendo al hombre condenado por su pecado a la muerte eterna, ha querido tomar la naturaleza humana y pagar, sufriendo la muerte, las penas debidas por el hombre [Oblatus est quia ipse voluit. Isai. LIII, 7.] . Y el Padre eterno le ha condenado a morir en una cruz para salvarnos a nosotros miserables pecadores. «Él no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por todos nosotros.» [Proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit illum. Rom. VIII, 32.] ¿Qué te parece, alma devota, de este amor del Hijo y del Padre?
  3. Así, ¡mi amable Redentor, vuestra muerte ha sido el sacrificio que habéis querido ofrecer para alcanzarme el perdón! ¿Y qué os daré yo en reconocimiento? Vos me habéis obligado con demasiados títulos a amaros, y yo sería demasiado ingrato si no os amara con toda la efusión de mi corazón. Vos habéis dado por mí vuestra vida divina, yo, aunque miserable pecador, os doy la mía. Sí, al menos todo lo que me resta de vida quiero emplearlo únicamente en amaros, en serviros y agradaros.
  4. ¡Oh hombres! ¡Oh hombres! amemos a este Redentor, que siendo Dios no se ha desdeñado de cargarse con nuestros pecados, a fin de librarnos por sus padecimientos del castigo que habíamos merecido [Vere languores nostros ipse tulit, et dolores nostros ipse portavit. Isai. LIII, 4.] San Agustín dice que en la creación nos ha formado Dios por la virtud de su poder; pero que en la redención nos ha salvado de la muerte por medio de sus dolores [Condidit nos fortitudine sua, quaesivit nos infirmitate sua. S. Aug.] ¡Cuánto os debo oh Jesús Salvador mío! Aunque yo diera mil veces toda mi sangre por Vos, aunque os sacrificara mil vidas, todo sería poco. ¡Oh! quién siempre pensara en el amor que nos habéis mostrado en vuestra pasión, ¿cómo pudiera arriar otra cosa que a Vos? ¡Ah! por este mismo amor con que me habéis amado en la cruz, concededme la gracia de amaros con todo el corazón. Yo os amo, bondad infinita, yo os amo sobre todo otro bien, y no os pido más que vuestro santo amor.
  5. Mas ¿cómo se explica esto? prosigue el mismo san Agustín, ¿cómo vuestro amor, oh Salvador del mundo, ha podido llegar hasta el punto de que yo haya cometido la culpa y que Vos hayáis pagado la pena? [Quo tuus attigit amor? Ego inique egi, tu poena muletaris. S. Aug.] ¿Y qué os importaba, añade san Bernardo, que nosotros nos perdiéramos, que fuéramos castigados como lo habíamos merecido? ¿Por qué habéis querido cargar sobre vuestra inocente carne la pena de nuestros pecados? ¿Y para librarnos de la muerte, Señor, habéis querido morir? [O bone Iesu! Quod tibi est mori? Nos debuimos, et tu solvis! Nos peccamibus, et tu Luis! Opus sine exemplo ¿gratia sine merito, caritas sine comprehensione! Quodi, 5.] ¡Oh milagro que ni ha tenido ni tendrá jamás ejemplo! ¡Oh gracia que nosotros no pudimos nunca merecer! ¡Oh amor que jamás podremos nosotros comprender!
  1. Isaías había predicho que nuestro Redentor seria condenado a muerte, y «conducido al matadero como un manso cordero» [Sicut ovis ad occisionem ducetur. Isai. LIII, 7] ¡Qué objeto de admiración debió ser para los Ángeles el ver a su inocente Señor conducido como una víctima para ser sacrificado sobre el altar de la cruz por el amor del hombre!
    Y ¡qué terror debió imprimir al cielo y al infierno la vista de un Dios ajusticiado como un malhechor sobre un infame madero por los pecados de sus criaturas!
  1. «Cristo nos ha redimido de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros objeto de maldición, porque escrito está: Maldito todo el que está suspendido en el madero, a fin de que la bendición de Abrahan se extendiera a las naciones por el Cristo Salvador»[Christus nos redemit de maledicto Legis, factus pro nobis maledictum, (quia scriptum est: Maledictus omnis qui pendet in ligno), ut in gentibus benedictio Abrahae fleret in Christo Jesu. Galat. III, 13, 14.] Sobre lo cual dice san Ambrosio: Él ha querido ser maldito sobre la cruz, para que nosotros fuéramos benditos en el reino de Dios. [ille maledictum in cruce factus, ut tu benedictus esses in regno, S. Ambr. Ep. 47.] Así ¡oh mi dulce Salvador! para alcanzarme la bendición divina, habéis consentido en someteros a la ignominia de parecer en la cruz a la vista del mundo como un objeto de maldición, y abandonado en los tormentos hasta de vuestro eterno Padre, nuevo tormento que os obligó a lanzar este grande grito: « ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?» [Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? Matth. XXVII.] Con efecto, según el comentario de Simón Casio, Jesús fue abandonado en medio de los tormentos, para que nosotros no quedáramos abandonados en nuestros pecados. [Ideo Christus derelictus est in poenis, ne nos derelinquamur in culpis. Sim. de Cass.] ¡Oh prodigio de misericordia! ¡Oh exceso del amor de un Dios para con los hombres! Y ¿cómo, oh Jesús mío, puede hallarse una sola alma que crea esto, y que no os ame?
  2. Él «nos amó, y nos lavó de nuestros pecados en su sangre.»[Dilexit nos: et lavit nos á peccatis nostris in sanguine suo. Apoc. I, 5.] Ved aquí, pues, oh hombres ingratos, hasta dónde ha llegado el amor de Jesús para con nosotros, a fin de limpiarnos de las suciedades de nuestros pecados: Él ha querido disponer para nosotros un baño de salud en su propia sangre. Él ha ofrecido una sangre que clama mejor aún que la de Abel: la de Abel pedía justicia, la de Jesús pide misericordia. Mas aquí exclama san Buenaventura: « ¡Oh buen Jesús! ¿Qué habéis hecho? ¿A dónde os ha llevado el amor? ¿Qué habéis visto en mí que haya podido inspiraros tanto amor? ¿Por qué habéis querido sufrir tanto por mí? ¿Quién soy yo para que hayáis querido comprar a tan grande precio mi amor?»[ O bone Jesu! quid fecisti? quid me tantum amasti? quare, Domine, quare? quid sum ego?] ¡Ah! ¡Ya lo veo, todo ha sido efecto de vuestro infinito amor! Por siempre seáis alabado y bendecido.
  3. « ¡Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor como mi dolor!» [O vos omnes qui transitis per viam, attendite et videte si est dolor sicut dolor meus. Thren. I, 12.] El seráfico Doctor considerando estas palabras de Jeremías, como dichas por el Salvador cuando estaba en la cruz muriendo por nuestro amor, exclama: «Ah! ¡Señor! antes bien yo consideraré y veré si hay un amor como vuestro amor.» [Imó, Domine, attendam et videbo si est amor sicut amor tuus. Doct. Seraph.] Como si dijera; ya veo y comprendo, ¡oh mi amabilísimo Maestro! cuánto habéis sufrido en ese infame madero; pero lo que me estrecha más a amaros, es el ver la ternura que me habéis mostrado con tantos padecimientos sufridos para obtener mi amor.
  1. Lo que más abrasaba a san Pablo en el amor de Jesús era el pensamiento de que no solamente había querido morir por todos los hombres en general, sino también por él en particular. «Él me ha amado, decía, y se «ha entregado a sí mismo por mí.» [Dilexit me, et tradidit semetipsum pro me. Galat. II, 20.] Cada uno de nosotros puede decir otro tanto, porque asegura san Crisóstomo que Dios ama tanto a cada hombre en particular como amó a todo el mundo. [Adeo singulum quemque hominem parí caritatis modo diligit, quo diligit universum orbem. S. Chrysost.] Así que, no está menos obligado cada uno de nosotros a Jesucristo por haber padecido por todos, que si solo por él hubiera padecido. Pues bien, hermano mío, si Jesús muriera por ti solamente dejando a todos los demás en su perdición original, ¿qué obligación no le tuvieras? Con todo, debes saber que todavía le debes estar más obligado por haber muerto por todos. Si solo hubiera muerto por ti, ¿qué pena seria la tuya al pensar que tus más allegados, tu padre y tu madre, tus hermanos y amigos perecerían eternamente, y que después de esta vida estarías para siempre separado de ellos? Si tú y toda tu familia hubierais caído en esclavitud, y alguno llegara a rescatarte a ti solo, ¿cuánto le suplicarías que rescatase también contigo a tus padres y hermanos? ¿Y cuánto se lo agradecerías si lo hiciera así por complacerte? Decid pues todos a Jesús: ¡Ah, mi dulce Salvador! Vos habéis hecho esto por mí sin habéroslo yo rogado; y no solo me habéis rescatado a mí de la muerte a precio de vuestra sangre, sino también á mis parientes y amigos, de manera que yo puedo esperar que reunidos todos juntos nos gozaremos con Vos para siempre en el cielo. Señor, yo os lo agradezco, yo os amo, y espero agradecéroslo y amaros eternamente en aquella bienaventurada patria.
  1. ¿Quién, pues, pregunta san Lorenzo Justiniano, podrá explicar el amor que el Verbo divino tiene a cada uno de nosotros? porque este amor excede al de un hijo para con su madre, y al de una madre para con su hijo. [Praecellit omnem maternum ac filialem affectum Verbi Dei intensa caritas: neque humano, valet explicari eloquio, quo circa unumquemque moveatur amore. S. Laur. Justin.] Es tan grande, que como el Salvador reveló a santa Gertrudis, estaba dispuesto a morir tantas veces cuantas son las almas condenadas, si todavía fueran capaces de redención. [Toties morerer, quot sunt animae in Inferno.] ¡Oh Jesús! ¡Oh bien más amable que todo otro bien! ¿Por qué os aman tan poco los hombres? ¡Ah! hacedles conocer lo que  Vos habéis padecido por cada uno de ellos, el amor que les profesáis, el deseo que tenéis de ser amado de ellos, los hermosos títulos que tenéis á su amor. Daos a conocer, ¡Oh Jesús mío! haceos amar.
  1. «Yo soy el buen Pastor, dice Jesús; «el buen Pastor da su vida por sus ovejas.» [Ego sum pastor bonus; bonus pastor animae suam dat pro ovibus suis. Joann. X, 11.] Pero, Señor, ¿dónde se hallarán en el mundo pastores semejantes a Vos? Los demás pastores dan la muerte a sus ovejas por conservar ellos su vida: más Vos, Pastor amantísimo, habéis querido dar vuestra vida divina por la de vuestras amadas ovejas. ¡Oh dicha inefable! yo soy, sí, yo soy por mi suerte ¡Oh amabilísimo Pastor! una de estas ovejas. ¿Cuánta es, pues, mi obligación de amaros, y de emplear toda mi vida en serviros, pues que Vos habéis muerto por amor mío en particular? ¿Y qué confianza no debo yo tener en vuestra sangre preciosa, sabiendo que ha sido derramada para pagar mis deudas? «Y tú dirás en un día: Yo te alabaré, Señor: he aquí mi Dios, mi Salvador; obraré con confianza y nada temeré.» [Et dices in illa die: Confitebor tibi, Domine, ecce Deus salvator meus, fiducialiter agam, et non timebo. Isai. XII. 1,2.] ¿Y cómo pudiera yo en adelante desconfiar de vuestra misericordia, oh Redentor mío, mirando vuestras llagas? Apresurémonos, pues, pecadores, y recurramos a Jesús, que sobre la cruz, como sobre un trono de misericordia, ha aplacado la justicia divina irritada contra nosotros. Si habemos ofendido a Dios, él ha hecho penitencia por nosotros: basta que nos arrepintamos de ello.
  2. ¡Ah! mi buen Salvador, ¡a qué no os han reducido la compasión y el amor que me tenéis! ¡El esclavo peca, y Vos, Señor, pagáis la pena! Si pienso en mis pecados, debo temer el castigo que merezco; mas pensando en vuestra muerte, tengo más motivo para esperar, que para temer. ¡Ah! ¡Sangre de Jesús, tú eres toda mi esperanza!
  3. Mas esta sangre al darnos una total confianza, nos obliga también a ser enteramente de nuestro Salvador. « ¿No sabéis, decía el Apóstol, que no sois vuestros, porque «comprados fuisteis por grande precio?» [An nescitis quoniam… non estis vestri? empti enim estis pretio magno. I Cor. VI, 20.] No, yo no puedo ¡Oh mi Jesús! sin injusticia disponer ya de mí ni de lo que me pertenece: yo he venido a ser propiedad vuestra, porque Vos me habéis comprado con vuestra muerte. Mi cuerpo, mi alma, mi vida no es ya mía, es toda vuestra, y solo para Vos. Solo en Vos quiero yo esperar, solo a Vos quiero yo amar, ¡oh Dios mío, crucificado y muerto por mí! Ninguna otra cosa tengo que ofreceros, sino esta alma rescatada con vuestra sangre: yo os la ofrezco: permitidme que os ame, porque yo nada quiero ya sino a Vos, mi Salvador, mi Dios, mi amor y mi todo. Hasta aquí he sido agradecido a los hombres, solo he sido ingrato para con Vos; al presente yo os amo, y nada me aflige más que el haberos ofendido. ¡Oh mi Jesús! dadme confianza en vuestra pasión, y apartad de mí toda afección que no sea por Vos. Yo no quiero amar sino a Vos que merecéis todo mi amor, y que con tantos títulos me habéis obligado a amaros.
  4. ¿Y quién podrá en adelante excusarse de amaros, viéndoos a Vos, Hijo predilecto del Padre eterno, terminar voluntariamente por nosotros vuestra vida con una muerte tan amarga y tan cruel? ¡Oh María! ¡Oh madre del amor hermoso! ¡Ah! por los méritos de vuestro corazón abrasado todo de amor alcanzadme la gracia de no vivir sino para amar a vuestro Hijo, que siendo por sí mismo digno de un amor infinito, ha querido comprar a tanto precio el amor de un miserable pecador como yo. ¡Oh amor de las almas! ¡Oh Jesús mío! yo os amo, yo os amo, yo os amo; pero todavía, os amo demasiado poco: concededme Vos mismo un amor más grande y de unas llamas tan encendidas, que me hagan vivir abrasado siempre en vuestro amor: yo en verdad no lo merezco, más Vos lo merecéis, bondad infinita. Amen. Así lo espero. Así sea.
***

CAPÍTULO II.

flagelacion
Jesús ha querido sufrir mucho por nosotros, para hacernos comprender la grandeza del amor que nos tiene.
  1. Dos cosas, dice Ciceron, hacen conocer al que ama: hacer bien al amado, y padecer tormentos por él: y esta última es la mayor señal de un verdadero amor. [ Duo sunt quae amantem produnt: amato benefacere, et pro amato cruciatus ferre; et hoc est majus.] Ya había hecho Dios resplandecer su amor al hombre con tantos beneficios de que le había colmado; más creyó, dice san Pedro Crisólogo, que el ser solamente bienhechor del hombre era demasiado poco para su amor, sino hallaba todavía el medio de mostrarle cuanto le amaba, sufriendo también los mayores tormentos y muriendo por él, como lo ha hecho tomando la naturaleza humana. [Sed parum esse credidit, si affectum suum non etiam adversa sustinendo monstraret.] ¿Y qué otro medio más propio podía Dios escoger para manifestar el amor inmenso que nos tiene, que el de hacerse hombre y padecer por nosotros? «No había ningún otro.» [Non aliter Dei amor erga nos declarari poterat.] Dice a este propósito san Gregorio Nacianzeno. ¡Oh mi amabilísimo Jesús! Vos habéis hecho demasiado para mostrarme vuestra ternura e inflamarme de amor en vuestra bondad. Muy grande seria la injuria que yo os hiciera si os amara poco, oh si amara jamás otra cosa que a Vos.
  2. ¡Ah! mostrándosenos Dios cubierto de llagas, crucificado y espirando por nosotros, nos ha dado, dice Cornelio Alápide (in I Cor.), la más grande prueba que podía de su amor.[Summum Deus in cruce ostendit amorem.] Y antes había dicho san Bernardo, que Jesús en su pasión nos ha hecho conocer, que su amor a los hombres no podía ser mayor. [In passionis rubore maxima et incomparabilis ostenditur caritas. De Pass. c. 41, 2.] El Apóstol escribe que después que Jesús quiso morir por nuestra salud, se manifestó hasta donde llegaba el amor de Dios hacia nosotros sus miserables criaturas. [Apparuit benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei. Tit. III, 4.] ¡Ah! mi amantísimo Maestro, ya lo comprendo, todas vuestras llagas me descubren vuestro amor. Y después de tantas pruebas de vuestra caridad ¿quién pudiera dispensarse ya de amaros? Con mucha razón decía santa Teresa: « ¡Oh amabilísimo Jesús! el que no os ama demuestra bien que no os conoce.»
  3. Bien podía Jesucristo salvarnos sin padecer nada, pasando en la tierra una vida tranquila y dichosa; mas no fue así, porque como dice san Pablo [Proposito sibi gaudio sustinuit crucem. Ad Hebr. XII, 2.] : Menospreció las riquezas, los placeres, los honores de la tierra, y escogió por nosotros una vida pobre y una muerte llena de dolores y de oprobios. ¿Y por qué? Pues qué, ¿no bastaba el que pidiese al Padre eterno que perdonara al hombre, con una simple oración que, siendo de un valor infinito, era suficiente para salvar al mundo y a una infinidad de mundos? ¿Por qué, pues, ha preferido tantas penas y una muerte tan cruel, que con razón dice un autor, que solo el dolor que sintió separó de su cuerpo el alma de Jesús? [Inter agones punís dolor animam é corpore sejunxit. Contens. Theolog. tom. 2, lib. 10, diss. 4.] ¿A qué fin tantos gastos para salvar el hombre? San Juan Crisóstomo responde que aunque una sola oración de Jesús era a la verdad bastante para salvarnos, mas no bastaba para mostrar el amor que Dios nos tiene. [Quod sufficiebat redemptioni non sufficiebat amori. Serm. 128.]   Lo que confirma santo Tomás diciendo: Padeciendo Jesucristo por nuestro amor ha pagado a Dios más de lo que exigía la reparación de la ofensa del género humano. [Christus ex caritate patiendo, magis Deo exhibuit quam exigeret recompensatio offensae humani generis. 2 part. quaest. 548, art. 2.]  Por cuanto Jesús nos amaba mucho, quería también ser amado mucho de nosotros, y por eso ha hecho todo lo que ha podido, hasta padecer la muerte para conciliarse nuestro amor, y para hacernos comprender que ya nada más podía hacer para obtenerlo. Quiso padecer mucho, dice san Bernardo, a fin de imponer al hombre una obligación grande de amarle. [Miltum fatigationis assumpsit, quo multae dilectionis hominem teneret.]
  4. ¿Y qué mayor prueba de amor, dice nuestro mismo Salvador, puede dar un amigo que la de dar su vida por el amigo? [Majorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis suis. Joann. XV. 13.] Pero Vos, amable Salvador, dice San Bernardo, habéis hecho todavía más, puesto que habéis querido dar vuestra vida por nosotros, que no éramos amigos vuestros, sino enemigos, sino rebeldes [Tu majorem habuisti, Domine, caritatem, ponens animam pro inimicis.]. Y esto mismo quiso recordar el Apóstol, cuando dijo: Dios ha hecho resaltar su amor hacia nosotros, pues que cuando aún éramos pecadores, Cristo ha muerto según el tiempo por nosotros. [Commendat autem caritatem suam Deus in nobis: quoniam cum ad huc peccatores essemus, secundum tempus Christus mortuus est. Roman. 5, 8.] Así, oh mi Jesús, Vos habéis querido morir por mí, siendo yo vuestro enemigo; ¿y podré ya resistir a tanto amor? Heme aquí, y puesto que deseáis tan ardientemente que os ame y que os ame sobre todas las cosas, yo repudio lejos de mí todo otro amor, y no quiero amar sino a Vos solo.
  5. San Juan Crisóstomo dice que el fin principal de Jesús en su pasión fue el de revelarnos cuán grande era su amor, y atraer de este modo hacia sí nuestros corazones con la memoria de los trabajos sufridos por nosotros. [Haec causa prima fuít Dominicae passionis, quia sciri voluít quantum amaret hominem Deus, qui plus amari voluit quam timeri.] Santo Tomás añade que por la pasión de Jesús conocemos mejor el gran amor que tiene al hombre. [Per hoc enim homo cognoscit quantum Deus hominem diligat.] Y san Juan había dicho ya antes: ¡Ah, Jesús mío! ¡Cordero inmaculado, inmolado por mí sobre la cruz! lo que me hace conocer la caridad de Dios es, que él ha dado su vida por nosotros. [In hoc cognovimus caritatem Dei, quoniam ille animam suam pro nobis posuit. I Joann. III, 16.] ¡No sean, pues, perdidos para mí tantos padecimientos sufridos por mí![Tantus labor non sit cassus.] Dignaos aplicarme el fruto de tantas penas. Aprisionadme fuertemente con las dulces cadenas de vuestro amor, a fin de que ya no os deje más y no me separe más de Vos. [Deus dulcissime, ne permitas me separari a te.]
  6. San Lucas refiere que estando Moisés y Elías hablando con Jesucristo en el monte Tabor acerca de su pasión, la llamaron exceso. [Dicebant excessum ejus quem completurus erat in Jerusalem. Luc. IX, 31.] «Sí, dice san Buenaventura, con razón es llamada un exceso la pasión de Jesucristo, puesto que ella fue un exceso de dolor y un exceso de amor.»[Excessus doloris, excessus amoris.] Y un piadoso autor añade: ¿Qué más ha podido padecer que no haya padecido? El exceso de su amor ha llegado hasta sus últimos límites. [Quid ultra pati potuit ct non pertulit? ad summum pervenit amoris excessus. Contens. lib. 1.]   ¿Y cómo no? La ley de Dios no manda a los hombres amar a su prójimo sino como a sí mismos; pero Jesús ha amado a los hombres más que a sí mismo, dice san Cirilo. [Magis hos quam seipsum amavit.]  Así que, oh mi amantísimo Redentor, os diré con san Agustín: Vos habéis llegado hasta amarme más que a Vos mismo, pues por salvarme a mí habéis querido dar vuestra vida divina; vida infinitamente más preciosa que la vida de todos los hombres y de todos los Ángeles juntos. [Dilexisti me plus quam te, quoniam mori voluisti pro me.]
  7. « ¡Oh Dios infinito! exclama el abad Guerrico, Vos habéis llegado a ser por el amor del hombre, si así puede decirse, un pródigo de Vos mismo. [Deum, si fas est dici, prodigum sui prae desiderio nominis.] ¿Y por qué no, añade, pues habéis querido dar no solo vuestros bienes, sino a Vos mismo por rescatar al hombre perdido? [An non prodigun sui, qui non solum sua, sed seipsum impendit ut hominem recuperaret?] ¡Oh prodigio, oh exceso de amor, digno solamente de una bondad infinita! ¿Y quién Señor, dice santo Tomas de Villanueva, podrá jamás formar una idea aunque confusa de la inmensidad de vuestro amor por nosotros? ¡Tanto habéis amado a unos pobres gusanillos que habéis querido morir por ellos y morir en una cruz! [Quis amoris tui cognoscere veí suspicari posset a longe caritatis ardorem, quod sic amares ut te ipsum cruci et morti exponeres pro vermiculis?] ¡Ah! semejante amor, concluye el Santo, excede toda medida y toda inteligencia. [Excedit haec caritas omnem modum, omnem sensum.]
  8. Es cosa muy dulce ser amado de algún alto personaje, especialmente si puede elevarnos a una gran fortuna. Pues bien: ¿cuánto más dulce debe ser y más precioso el ser amado de Dios, que nos puede elevar a una fortuna eterna? En la ley antigua podía el hombre dudar si Dios le amaba con ternura; más después de haberle visto clavado a un madero derramar toda su sangre y morir, ¿cómo pudiéramos dudar si nos ama con toda la ternura de su amor? ¡Ah! alma mía, mira a tu amante Jesús que pende de la cruz todo cubierto de llagas: hele aquí como por sus heridas te demuestra el amor de su corazón abrasándose todo por ti. [Patet arca cordis per foramina corporis. S. Bern.] Sí, dulce Jesús mío, yo me aflijo de veros espirar a violencia de tantos dolores sobre ese infame madero, pero al leer en vuestras llagas el amor que Vos me tenéis, esto me consuela y me enamora. Serafines del cielo, ¿qué pensáis del amor de mi Dios que me ha amado tanto y que se ha entregado a la muerte por mí? [Qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me. Gal. II, 5.]
  9. San Pablo dice que los gentiles, al predicarles a Jesús crucificado por el amor de los hombres, miraban esto como una increíble necedad. [Nos autem praedicamus Christum crucifixum, Judaeis quidem scaudalum, gentibuis autem stullitiam. I Cor. I, 23.] ¿Y cómo, decían ellos, será posible creer que un Dios omnipotente, que de nadie tiene necesidad para ser lo que es, infinitamente feliz, para salvar a los hombres ha querido hacerse hombre y morir sobre una cruz? Esto sería, decían, lo mismo que creer en un Dios que se ha hecho loco por amor de los hombres. [Gentibus autem stultitiam.] Por eso rehusaban creerle. Mas esta grande obra de la Redención, que los gentiles creían y llamaban locura, sabemos por la fe que Jesús la ha acometido y cumplido. Nosotros hemos visto, dice san Lorenzo Justiniano, la Sabiduría eterna, el Hijo único de Dios, hecho, por decirlo así, loco por el excesivo amor que tiene a los hombres. [Agnovimus sapientem nimietate amoris infatuatum.] Sí, porque no parece sino una locura de amor, añade el cardenal Hugo, el que un Dios haya querido morir por el hombre. [Stultitia videtur quod mortuus fuerit Deus pro salute hominum.]
  10. El B. Diacopone, este hombre que tanto se ha distinguido en el mundo por su saber, haciéndose franciscano, parecía haberse vuelto loco por el amor que tenía a Jesucristo. Un día se le apareció Jesús, y le dijo: Diacopone, ¿por qué haces esas locuras? — ¿Por qué las hago? respondió: porque Vos me las habéis enseñado. Si yo soy loco, Vos lo sois todavía más, en haber querido morir por mí. [Stultus sum, quia me stultier fuisti.] Del mismo modo santa Magdalena de Pazzi, arrebatada en éxtasis, exclama: ¡Oh Dios de amor! ¡Oh Dios de amor! Es demasiado grande, Jesús mío, el amor que tenéis a los hombres. (In vita cap. 11) Y un día, transportada fuera de sí misma, tomó un crucifijo, y comenzó a correr por el convento gritando: ¡Oh amor! ¡Oh amor! Jamás dejaré, Dios mío, de llamaros amor. En seguida, acercándose a sus religiosas, les dijo: ¿No sabéis mis amadas hermanas, que mi Jesús no es sino mi amor, y todavía más, un loco de amor?Sí, loco de amor digo que sois Vos ¡oh, Jesús mío! Y siempre lo diré. Añadía la misma santa que al llamar a Jesús amor, quisiera ser oída de todo el mundo, a fin de que el amor de Jesús fuera conocido y amado de todos los hombres; y a las veces se ponía a tocar una campana para que todas las naciones vinieran, si fuera posible, como ella lo deseaba,  a amar a Jesús.
  1. Sí, dulce Redentor mío, permitidme decíroslo; aquella vuestra tierna esposa tenía mucha razón en llamaros loco de amor; ¿y no parece una locura el que Vos hayáis querido morir por mí, por un gusano de la tierra tan ingrato como yo, y cuyos pecados y perfidias conocíais ya de antemano? Pero si Vos, Dios mío, habéis llegado a ser como loco de amor por mí, ¿cómo no llegaré yo a ser loco de amor por un Dios? Después de haberos visto morir por mí ¿cómo puedo yo pensar en otra cosa, ni cómo puedo yo amar otra cosa que a Vos? Sí, ¡oh mi Señor, mi bien soberano y soberanamente amable! yo os amo más que a mí mismo. Yo os prometo no amar en adelante sino a Vos, y pensar siempre en el amor que me habéis mostrado muriendo por mí entre tormentos.
  2. ¡Oh azotes! ¡Oh espinas! ¡Oh clavos! ¡Oh cruz! ¡Oh llagas! ¡Oh dolores! ¡Oh muerte de mi Jesús! vosotros me estrecháis demasiado, vosotros me forzáis demasiado a amar a aquel que me ha amado tanto. ¡Oh Verbo encarnado! ¡Oh Dios amante! mi alma está inflamada de amor por Vos. Yo quisiera amaros hasta el punto de no hallar otro placer que el de complaceros, ¡Oh mi amabilísimo Maestro! y pues que Vos deseáis tan ardientemente mi amor, yo protesto que solo quiero vivir para Vos. Sí, yo quiero hacer todo lo que quisiereis de mí. ¡Ah Jesús mío! ayudadme, haced que yo os agrade enteramente y por siempre, en el tiempo y en la eternidad. María madre mía, interceded a Jesús por mí, a fin de que me conceda su amor; porque yo no deseo en esta vida ni en la otra sino amar a Jesús. Amen.

RELOJ DE LA PASIÓN – POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO ( Cap III y IV)

Enlaces a esta entrada

RELOJ DE LA PASIÓN

O sea reflexiones afectuosas sobre los padecimientos

 de nuestro Señor Jesucristo, por el bienaventurado obispo

SAN ALFONSO DE LIGORIO

CAPÍTULO III.

10393909_10205753638417429_4947091394513533444_n
***
Jesús por nuestro amor ha querido sufrir desde el principio de su vida los dolores de la pasión
  1. El Verbo eterno para hacerse amar del hombre vino al mundo y tomó la naturaleza humana. Por eso vino con tan grande sed de padecer por nuestro amor, que no quiso existir un momento sin sufrir al menos con la aprensión. Apenas fue concebido en el seno de su madre, ya se representó todos los tormentos de su pasión, y para alcanzarnos el perdón y la gracia divina se ofreció al Padre eterno, a fin de satisfacer con sus sufrimientos por todos los castigos debidos a nuestros pecados; y desde entonces comenzó a padecer todo lo que más tarde sufrió en su dolorosa muerte. ¡Ah! ¡Mi amable Redentor! ¿Y qué he hecho yo hasta aquí? ¿Qué he sufrido por Vos? Si por mil años sufriera yo por Vos los tormentos que han pasado todos los mártires, aun sería poco todo esto en comparación de aquel solo primer momento en que os ofrecisteis y comenzasteis a padecer por mí.
  2. Es verdad que los mártires sufrieron grandes dolores y grandes ignominias; pero no los sufrieron sino en el tiempo de su martirio. Mas Jesús padeció siempre, desde el primer instante de su vida, todas las penas de su pasión; porque tuvo siempre delante de sus ojos aquella escena horrible, en que debía sufrir de parte de los hombres tantos tormentos y tantas afrentas. Así dice él por boca del Profeta: Mi dolor está siempre presente a mis ojos [Dolor meus in conspectu meo semper. Ps. XXXVII 18.4*] ¡Ah Jesús mío! Vos sois por mi amor tan ávido de sufrimientos que los habéis querido padecer antes de tiempo; ¡y yo tan ávido de los placeres de la tierra! ¡Cuántos desagrados os he causado yo por contentar mi cuerpo! Señor, por los méritos de vuestros sufrimientos arrancad de mi corazón toda afición a los placeres de la tierra. Por vuestro amor tomo ya la resolución de abstenerme de esta satisfacción (Nombradla).
  1. Usando Dios de compasión con nosotros, no nos ha dado a conocer las penas que nos aguardan antes del tiempo destinado a sufrirlas. Si un reo que espira en un cadalso hubiera conocido por revelación, desde su infancia, el suplicio que le esperaba, ¿hubiera podido jamás experimentar ningún gozo? Si desde el principio de su reinado hubiese tenido presente Saúl la espada que debía atravesarle; si Judas hubiera visto de antemano el cordel que había de ahorcarle, ¡cuán amargas fueran sus vidas! Pues nuestro amable Redentor, desde el primer instante de la suya, tuvo siempre presentes los azotes, las bofetadas , las espinas, la cruz, los ultrajes de su pasión, la muerte dolorosa que le esperaba. Cuando veía las víctimas ofrecidas en el templo, se le representaban como otras tantas figuras del sacrificio que él mismo, Cordero sin mancilla, debía consumar en el altar de la cruz: cuando veía la ciudad de Jerusalén, sabía bien que allí era donde debía perder la vida en un mar de dolores y de oprobios: cuando fijaba la vista sobre su tierna madre, se imaginaba verla ya agonizando de dolor al pie de la cruz en que él mismo había de espirar. Así, ¡oh Jesús mío! la vista horrible de tantos males os tuvo en un tormento y en una aflicción continua mucho tiempo antes del momento de vuestra muerte, ¡y Vos habéis aceptado y sufrido todo esto por mi amor!
  2. La sola vista ¡oh Jesus paciente! De todos los pecados del mundo, especialmente de aquellos con que preveíais que os había yo de ofender, hizo vuestra vida la más afligida y más olorosa de rodas las existencias pasadas y futuras mas, ¡oh Dios! ¿En qué ley la más bárbara se halla escrito que un Dios ame a una de sus creaturas hasta este punto; y que después de esto viva esta sin amar a su Dios? ¿Qué digo, le contriste y aun le ultraje? ¡Ah! Señor, hacedme conocer la grandeza de vuestro amor para que deje ya de ser ingrato- ¡ah sí os amara, Jesús mío! Si yo os amara verdaderamente, ¡que dulce me seria sufrir por Vos!
  3. Se apareció un día Jesús crucificado a sor Magdalena Orsini, que desde mucho tiempo se hallaba atribulada, y le exhortaba a sufrir con resignación. La sierva de Dios respondió: Señor, Vos no habéis estado sino tres horas en la cruz, cuando hace muchos años padezco yo esta pena. Jesús reprendiéndola le dijo; ¡Ah ignorante! ¿Qué dices? Desde el primer momento que estuve en el seno de mi Madre, ya sufría en mi corazón lo que más tarde he padecido sobre la cruz. Y yo, amantísimo Redentor, en vista de todo lo que habéis sufrido por mi amor durante vuestra vida, ¿cómo puedo quejarme de estas cruces que Vos no me enviáis sino para mi bien? Yo os doy gracias por haberme redimido a precio de tanto amor y de tanto dolor. Para animarme a sufrir con paciencia las penas de esta vida, habéis querido cargaros con todos nuestros males. ¡Ah Señor! recordadme frecuentemente vuestros dolores, a fin de que yo acepte y desee siempre sufrir por vuestro amor.
  4. Vuestro dolor es grande como el mar [Magna est velut mare contritio tua. Thren, II, 13].Así como las aguas de este son todas saladas y amargas, así la vida de Jesús fue toda llena de amarguras y privada de todo consuelo, como se lo dijo él mismo a santa Margarita de Cortona. Además, como en el mar se reúnen todas las aguas de la tierra, así en Jesucristo se reunieron todos los dolores de los hombres. Por esto dice por boca del Salmista:[Salvum me fac, Deus: quoniam intraverunt atquae usque ad animam meam,…. veni in altitudinem maris, et tempestas demerseit me. Psalm. LXVIII, 2] Salvadme, ¡oh mi Dios! porque las tribulaciones han entrado hasta lo íntimo de mi alma, y he quedado sumergido por una tempestad de oprobios y dolores interiores y exteriores. ¡Ah! mi tierno Jesús, mi amor, mi vida, mi todo, si miro vuestro sagrado cuerpo, yo no veo sino llagas: si entro después en vuestro corazón desolado, yo no hallo en él sino amarguras y tristezas que os hacen sufrir las agonías de la muerte. ¡Ah mi divino Maestro! ¿Quién sino Vos, que sois una bondad infinita, podía llegar a sufrir hasta este punto, y morir por vuestra criatura? Más porque Vos sois Dios, amáis como Dios, con un amor que ningún otro puede igualar.
  5. San Bernardo dice: Para redimir al esclavo, el Padre no ha perdonado al Hijo, y el Hijo no se ha perdonado a sí mismo [ut servum redimeret, nec Pater Filio, nec Filius sibi ipsi pepercit. Ser. Fer. 4.] ¡Oh caridad infinita de Dios! por una parte el Padre eterno manda satisfacer a Jesucristo por todos los pecados de los hombres [Posuit in eo iniquitatem omnium nostrum. Isai. LIII, 6]; y por otra, Jesús para salvar a los hombres, del modo más amoroso que podía, quiso tomar sobre sí y pagar con todo rigor a la Justicia divina las satisfacciones que le eran debidas; satisfacciones que le eran debidas; de donde infiere santo Tomás que se cargó con todos los dolores y todos los ultrajes en el más alto grado[Assumsit dolorem in summo, vituperationem in summo] Por eso le llama Isaías el hombre de dolores y el más menospreciado de los hombres [Despectum et novissimum virorum, virum dolorum. Isai LIII, 3]; y con mucha razón, porque mientras Jesús era atormentado en todos sus miembros y en todos sus sentidos, experimentaba unos dolores mayores aun en todas las potencias de su alma, excediendo inmensamente sus penas interiores a sus dolores exteriores. Vedle, pues, desgarrado, desangrado, medio muerto , tratado de seductor, de hechicero, de loco, abandonado aun de sus mismos amigos, y perseguido en fin de todos, hasta terminar su vida sobre un infame madero.
  6. ¿Sabéis lo que he hecho por vosotros? [Scitis. quid fecerim vobis? Joann. XIII. 12.] Sí, yo sé muy bien, Señor, todo lo que habéis hecho y sufrido por mi amor; más Vos sabéis también que hasta aquí no he hecho yo nada por Vos. Jesús mío, ayudadme a sufrir alguna cosa por vuestro amor antes que llegue la muerte. Yo me avergüenzo de parecer delante de Vos, pero no quiero ser ya, como lo he sido por tanto tiempo, ingrato para con Vos. Vos os habéis privado de todo placer por mí: yo renuncio por vuestro amor a todos los placeres de los sentidos. Vos habéis padecido tan grandes dolores por mí; yo quiero padecer por Vos todas las penalidades de mi vida y de mi muerte, según más os agradare. Vos habéis sido abandonado, yo consiento en que todos me abandonen, con tal que no lo sea yo de Vos, mi único y mi soberano bien. Vos habéis sido perseguido, yo acepto toda especie de persecuciones. En fin, Vos habéis muerto por mí, yo quiero morir por Vos. ¡Ah! Jesús mío, mi tesoro, mi amor, mi todo, yo os amo, concededme más y más amor. Amen.


CAPÍTULO IV.
9928719
***
Del gran deseo que tuvo Jesús de padecer y morir por nuestro amor.
  1. ¡Cuánta ternura y amor! ¡Cuántos títulos a nuestra caridad hay envueltos en aquella revelación que hizo nuestro divino Redentor de los motivos de su venida sobre la tierra, cuando dijo que había venido para traer a las almas el fuego del divino amor, y que no tenía otro deseo que el de ver encenderse esta santa llama en todos los corazones de los hombres! [Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? Luc. XII, 49.] En seguida añadió, que deseaba ser bautizado en el bautismo de su propia sangre; no para lavar sus propios pecados, pues era impecable, sino los nuestros que había venido a expiar con sus padecimientos. La pasión de Jesucristo, dice san Buenaventura, es llamada bautismo, porque nosotros somos purificados en su sangre. [Passio Christi dicitur baptisma, quia in ejus sanguine purificamur. S Bonav.] Y después de esto, nuestro amable Jesús para hacernos comprender todo el ardor del deseo que tenia de morir por nosotros, dice con las expresiones más dulces del amor, que experimentaba vivas angustias porque se dilataba el tiempo en que debía cumplirse su pasión: ¡tan grande era su deseo de padecer por nuestro amor! Ved aquí sus amorosas palabras: « Hay un bautismo en el que debo yo ser bautizado, ¡y cuánta es mi angustia hasta que se perfeccione!» [Baptismo habeo baptizari, et quomodo coaretor usquedum perficiatur. Luc. XII, 50.] 
  2. ¡Ah! ¡Dios abrasándose de amor por los hombres! ¿Qué más podíais Vos decir y hacer para ponerme en la necesidad de amaros? ¿Y qué bien tan grande debía, Señor, procuraros mi amor, para que por obtenerle, hayáis querido morir y deseado tanto la muerte? Si uno de mis criados hubiera solo deseado morir por mí, se adquiriría seguramente mi amor: ¡y podré yo vivir sin amaros con todo el amor de mi corazón, a Vos mi Rey y mi Dios, que habéis muerto por mí, y con un tan gran deseo de morir por conseguir mi amor!
  3. Sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo a su Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. [Sciens Jesusquia venit hora ejus, ut transeat ex hoc mundo ad Patrem, cum dilexisset suos… in finem dilexit eos. Joann. XIII, 1] San Juan dice que Jesús llamó hora suya la hora de su pasión, porque como escribe un piadoso comentador, este fue el momento de la vida más ardientemente deseado por nuestro divino Redentor, el momento en que, sufriendo y muriendo por el hombre, quería hacerle comprender el inmenso amor que le tenía. Para el que ama es muy dulce la hora en que padece por el objeto amado [Amantis illa hora est qua pro amico patitur. Barr. Apud Spon.] Porque el padecer por el amigo es el medio más propio para manifestar el amor del que ama, y para cautivar el amor del objeto amado. ¡Ah! mi tierno Jesús, es pues para mostrarme la grandeza de vuestro amor el que no hayáis querido confiar a ningún otro sino a Vos la obra de mi redención. ¿Tanto os interesaba mi amor, que habéis querido sufrir hasta este punto para obtenerle? ¿Y qué más hubierais podido hacer si tuvierais que ganar el amor de vuestro divino Padre? ¿Qué más hubiera podido padecer un criado para captarse el afecto de su señor, que lo que Vos habéis sufrido para ser amado de mí, esclavo vil e ingrato?
  4. Pero, ved aquí a nuestro amable Jesús en la víspera de ser sacrificado sobre el altar de la cruz por nuestra salud. En esta noche venturosa que precedió a su pasión, oigamos lo que dijo a sus discípulos en la última cena que tuvo con ellos. Yo he deseado con un deseo ardiente comer esta Pascua con vosotros. [Desiderio desideravi hoc pascha manducare vobiscum. Luc. XII, 15]
Examinando San Lorenzo Justiniano estas palabras, asegura que todas ellas fueron expresiones de amor. [Desiderio desideravi: caritatis est vox haec.] Como si nuestro amable Redentor hubiera dicho: ¡Oh hombres!, sabed que esta noche en la que comenzará mi pasión, es el tiempo más deseado de mi vida y por el que más he suspirado, porque este es puntualmente el tiempo en que por mis padecimientos y por mi cruel muerte os haré conocer cuánto os amo; y por esto os obligaré a amarme con el mayor amor que sea posible. Dice un autor que en la pasión de Jesús la omnipotencia divina se unió con el amor. El amor quiso amar al hombre con toda la extensión de la omnipotencia, y la omnipotencia quiso ayudar al amor con toda la extensión de su deseo.
¡Oh Dios infinito! Vos mismo os habéis entregado todo a mí, ¿y cómo después de esto puedo yo no amaros con todas las potencias de mi ser? Yo creo, sí, yo creo que Vos habéis muerto por mí: ¿y cómo os amo yo tan poco que me olvide tan frecuentemente de Vos, y de todo lo que habéis padecido por mí? ¡Ah! ¿Por qué, Señor, contemplando vuestra pasión no me veo inflamado del todo en vuestro amor? ¿Por qué no soy ya todo de Vos como tantas almas santas, que considerando vuestras penas han llegado a ser la dichosa conquista de vuestro amor, y se han entregado del todo a Vos?
  1. La esposa de los Cantares decía que todas las veces que su esposo la introducía en la bodega de la pasión, se sentía tan acometida del amor divino, que lánguida toda de amor se veía precisada a buscar algún alivio a su corazón herido. [lntroduxit me in cellam vinariam: ordinavit in me caritatem: fulcite me floribus, stipate me malis: quia amor langueo. Cant. II, 4.] ¿Y cómo es posible que considerando la pasión de Jesucristo no quede el alma herida, como de unas flechas de amor, por aquellos dolores , por aquellas angustias que tan cruelmente hicieron padecer al alma y al cuerpo de su muy amado, y no se vea forzada con una dulce violencia a amar a quien tanto la ha amado?
¡Oh cordero sin mancha! yo os miro sobre esa cruz descarnado, ensangrentado y desfigurado; mas ¡cuán bello y cuán amable me parecéis! Sí, porque todas esas llagas que veo en Vos, son para mí otras tantas señales y pruebas ciertas del grande amor que me tenéis. ¡Ah! si todos los hombres os contemplasen frecuentemente en aquel estado en que un día fuisteis presentado en espectáculo a toda Jerusalén, ¿quién podría dejar de enamorarse de vuestro amor? Amable Maestro mío, aceptad mi amor: yo os consagro todos mis sentidos y toda mi voluntad. ¿Y cómo puedo yo negaros ninguna cosa, puesto que Vos no me habéis negado ni vuestra sangre, ni vuestra vida, ni todo lo que sois?
  1. El deseo que tenía Jesús de padecer por nosotros era tan grande, que en la noche que precedió a su muerte, no sólo fue voluntariamente al huerto donde ya sabía que los judíos debían ir aprenderle, sino sabiendo también que el traidor de Judas se acercaba con su tropa de soldados, les dice a sus discípulos: Levantaos, vamos; he aquí se acerca el que me da de entregar. [Surgite, eamus: ecce qui me tradet prope est. Matth. XXVI, 46.]Quiso además salir él mismo a su encuentro, como si ellos hubieran venido, no para arrastrarle al suplicio de la cruz, sino para hacerle subir al trono de un grande imperio. ¡Oh mi dulce Salvador! ¿Por qué camináis delante de la muerte con tan gran deseo de morir por nosotros? Para mostraros, dice, el amor que os tengo. ¿Y yo no tendré deseo de morir por Vos, oh Dios mío, para demostraros también el amor que os tengo? Sí, Jesús mío, muerto por mí, yo también deseo morir por Vos. He aquí mi sangre, mi vida, todo os lo ofrezco. Vedme aquí dispuesto a morir por Vos cuándo y cómo os agrade. Aceptad este pequeño sacrificio que os hace un miserable pecador,  que hasta este momento os ha ofendido, pero que ahora os ama más que a sí mismo.
  2. San Lorenzo Justiniano considera aquel sitio que pronunció Jesús al morir sobre la cruz, y dice que esta sed no provenía de necesidad, sino del amor encendido que Jesús nos tenía. [Sitis haec de ardore nascitur caritatis.] Así que, con aquella palabra no tanto quiso manifestarnos la sed de su cuerpo, como el deseo que tenia de morir por nosotros, demostrándonos con tantos padecimientos no solo su amor, sino el deseo que tenia de ser amado de nosotros. Santo Tomás dice también: Por esta palabra tengo sed, se manifiesta el ardiente deseo de la salud del género humano. [Per hoc sitio ostenditur ardens desiderium de salute generis humiani. In cap. 19. Lect. 3.] ¡Ah Dios de amor! ¡Es posible que un tal exceso de bondad quede sin correspondencia por nuestra parte! Dícese vulgarmente que el amor se paga con amor: pero vuestro amor, ¿con qué otro amor será jamás pagado? Para compensar el amor que os llevó hasta morir por nosotros, sería necesario que otro Dios muriera por Vos. Pues bien, Señor, ¿cómo habéis podido decir que vuestras delicias eran el estar con los hombres, cuando no recibís de ellos sino injurias y malos tratamientos? El amor, pues, ha trocado para Vos en delicias y dolores y los ultrajes que habéis sufrido por nosotros.
  3. ¡Oh mi amabilísimo Redentor! Yo no quiero resistir más a vuestras finezas, yo os doy todo mi amor. Entre todas las cosas Vos sois y habéis de ser siempre el único objeto querido de mi alma. Os habéis hecho hombre, a fin de tener una vida que dar por mí: yo quisiera tener mil vidas que sacrificar por Vos.
Yo os amo, bondad infinita, y quiero amaros con todas mis fuerzas. Yo quiero hacer todo cuanto pueda por agradaros; Vos, inocente, habéis sufrido tanto por mí: yo, pecador, que he merecido el infierno, quiero sufrir por Vos cuanto os agradare. Ayudad, Jesús mío, por vuestros merecimientos, este deseo que Vos mismo me habéis dado. ¡Oh Dios infinito! Yo creo en Vos,  yo espero en Vos, yo os amo a Vos. María, madre mía, interceded por mí.
Así sea.