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El Canto Litúrgico. Bto. Fr. Hyacinthe Marie Cormier O.P.

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Carta a un Cantor de la Orden de Predicadores.


Reverendo y querido Padre Cantor:

Le he prometido ciertos consejos sobre la manera de cumplir a satisfacción vuestro cargo, en aquello que concierne a la dirección del coro. Aprovecho algunas horas libres para mantener mi palabra y dedicarle estas páginas. Pueden ellas, a pesar de su forma familiar, testimoniar mi buena voluntad hacia usted y, más aún, mi respeto, mi estima, mi amor por el Oficio Divino.

Usted tiene, en el Bto. Humberto de Romans, De Officio Cantoris, muchas indicaciones prácticas muy juiciosas, concernientes a la preparación de lo que debe cantarse, la dirección del canto durante el oficio mismo y el tacto a emplear en la manera de corregir las faltas. Dejo estos detalles, para encarar la sustancia y el espíritu de las cosas. Desde este punto de vista encuentro en el canto del oficio tres aspectos diferentes aunque estrechamente ligados entre sí.

Primero: es un acto del hombre racional, debe por consecuencia ser ejecutado con inteligencia; segundo: es un acto que por otro lado toca al arte y exige por tanto que se lo realice con buen gusto; tercero: es por fin una oración, oración de alabanza y de súplica, que reclama ser inspirada por la piedad.


1. Cantar con inteligencia

Toda oración, aún puramente individual o interior, posee en su base un pensamiento, un acto de razón, una intervención de la inteligencia que considera: o las perfecciones de Dios a las miserias de nuestra naturaleza, o las aspiraciones de nuestro propio corazón, etc., de donde fluyen afectos, resoluciones, actos, toda una vida santificada. Pero, en el canto del coro es necesario algo más, porque se trata de un acto cumplido en nombre de la Santa Iglesia y, por eso, el más serio, claro, noble y elevado entre todos; también nos hace falta decir, antes de comenzar, Intellectum illumina "ilumina la inteligencia". Por otra parte, siendo la Iglesia una sociedad visible y exterior, debe y quiere ofrecer a Dios un culto que tenga el mismo carácter, y es con esa finalidad que ha instituido el Oficio Divino. No basta entonces que el tributo ofrecido por ella en este Oficio sea un acto de inteligencia limitado a la persona de aquellos que intervienen ahí, es necesario que sea el acto del cuerpo moral reunido, que él circule entre las jerarquías, ilumine en cierto modo los muros del templo, se extienda también a aquellos que asisten y escuchan. Entonces para tornar inteligente e inteligible a tal punto la oración eclesiástica, es necesario que todos colectivamente y a porfía presten su atención. Primero, a la pronunciación distinta. Segundo, al movimiento justo. Tercero, a la observancia conveniente de las pausas.


a. Pronunciación

Si escuchan un órgano que hace oír una nota justa, dulce, penetrante, eso los afecta agradablemente. Pero ¿qué sugiere?; bello sonido, pero ningún pensamiento. El pájaro que canta expresa más que esto; entre las entonaciones tan diversas y las variaciones tan ricas en medio de las cuales él se alegra, ciertos matices expresan muy claramente el gozo de la primavera que se anuncia, la melancolía en otros períodos, el deseo de la alimentación en las horas habituales, o la pretensión de rivalizar con otros virtuosos del bosque; esto son sentimientos, pero no pensamientos. Al hombre, ser inteligente, le está reservado el hacer, por la pronunciación, una suerte de creación; los sonidos llegan a ser palabras, hacen brotar las ideas, componen con las ideas las frases y por las frases todo un discurso bien compaginado.

Pero esto con la condición de que se añada a las vocales sonoras los apoyos que harán de ellas una consonancia y que son llamados por esto "consonantes". Así el molde de acuñar moneda da al metal informe su relieve, su módulo, su efigie y su inscripción. Sería poca cosa el aportar a esta articulación el volumen indispensable para la recitación privada, ut ille qui dicit, nisi sit surdus (vel aliquid aliud obsted) voces propriam possit audire (para el que los pronuncie a no ser que sea sordo, o tenga otro problema, pueda oír su propia voz) (Const., nº 60). Se trata del canto y de la recitación coral, la inteligibilidad también debe ser coral, para todos aquellos que pronuncien y también para aquellos que escuchan, cuando la salmodia es alternada. Entonces ésta es verdaderamente, como dice San Pablo el fruto de los labios: fructum labiorum confitentium. El fruto de los labios de los que proclaman a Dios (Hebr. 13, 15).

Se cuenta que un religioso llegado de una provincia extranjera, donde reinaba en ese sentido cierta negligencia, dirigiéndose al coro con los Frailes, dijo los maitines enteros de otro oficio cualquiera, y sin darse cuenta. En esta serie sonora de a.e.i.o.u. él había creído de buena fe reconocer con más o menos precisión lo que tenía en su libro, adjudicando a la diferencia de pronunciación las divergencias que, sin embargo, él percibía. Por el contrario, se sabe que el P. Lacordaire, a pesar del poco volumen y sonoridad de su voz, hacía llegar sus palabras, sus pensamientos, sus sentimientos, como flechas ardientes, hasta los extremos del inmenso auditorio y, más aún, hasta el fondo de los corazones. Esto gracias a la pronunciación cuidadosa, a la acentuación bien comprendida, vivamente sentida, fuertemente expresada: fructum labiorum.

Acabo de hablar de la acentuación, y vuelvo a esto, porque ella tiene, en nuestro asunto, un lugar importante. El acento, en efecto, aporta a la recitación un relieve, un orden, una armonía, una luz que lo transforma y eleva a un grado superior, la potencia inteligible. Sin él la pronunciación de las sílabas y las palabras por más bien articuladas que ellas lo sean, se volvería monótona, deslucida, confusa, desprovista de dignidad, semejante al acto del pequeño niño que deletrea aún. Peor aún que suprimir el acento, sería ponerlo fuera de su lugar; porque entonces, no solamente se privaría al pensamiento de su relieve, sino que se lo oscurecería, lo desnaturalizaría y falsearía. De aquí el esmero que ponen los redactores de libros de Oficio, para procurar una buena acentuación y una buena puntuación; de ahí también las recomendaciones de vigilancia, relativas a la cuidadosa ejecución, muy frecuentemente hecha a los cantores y a aquellos que los secundan.

Para llegar a esta pronunciación coral exacta, viva e inteligente, las lecciones de lectura pueden servir mucho, desarrollando las buenas cualidades y corrigiendo los defectos naturales, que son tan variados. Demóstenes, Jerónimo Savonarola, Timoteo Ricci, el creador y el gran propagador del Rosario perpetuo, tenía un defecto de elocución que parecía cerrarles para siempre la tribuna o la cátedra, pero ellos se esforzaron por superarlo, y se sabe con qué resultado. Otro ejercicio muy provechoso es la lectura durante los ejercicios comunes: lectura en la mesa del refectorio, lectura correspondiente a la oración en el coro, lectura espiritual en común durante el retiro anual, etc. Aquél que de ello esté encargado tendrá cuidado de prepararla de manera que sea más inteligente para sí, además de ser más inteligible para todo el auditorio. Que él no tema, sobre todo si tiene la voz débil o sorda, o demasiado voluminosa o ruidosa, el exagerar en alguna manera la pronunciación para destacar bien y hacer resaltar las sílabas, en particular en el final de las frases, porque es ahí donde somos llevados sin percibirlo, a dejar caer la voz con gran detrimento del significado. Si con esta lectura un tanto estudiada, la armonía de la dicción no cautiva, al menos, se ha comprendido todo y esto es lo esencial. ¿Qué importa si como consecuencia de una prudente lentitud el lector tiene recorrida una o dos páginas de menos? Lo que se ha escuchado, habiendo penetrado en las almas, produce cincuenta, sesenta y también el ciento por uno. Mucho más apreciable todavía será el beneficio, si de desarrollar esas cualidades en el coro se trata, ya sea en la recitación general, en la lectura de las Lecciones o del Martirologio. "¡Qué placer, dicen todos los religiosos, se comprende todo y se lo aprovecha todo: quizá sea así también en las semanas siguientes! Entonces, juntamente con el lector cambiará el timbre de voz, pero siempre el pensamiento resaltará, instruirá, exhortará, corregirá, consolará".



b. El movimiento

El movimiento impreso al canto y a la salmodia es de una importancia mayor para facilitar a todos los frailes la audición de las palabras y la inteligencia de los pensamientos, lejos de dejarlos oscurecerse y ahogarse en una sonoridad vaga y soporífera, o de hacerlas pasar sobre los labios y en el alma con una rapidez vertiginosa, en la cual los competidores en velocidad terminarían por no estar más de acuerdo entre ellos. En cuanto al beneficio espiritual que puede resultar de todo este conjunto ni siquiera lo hablemos, sería una quimera.

Sin duda una cierta vivacidad que revele la juventud del alma, el gozo del corazón, la prontitud en cumplir un deber sagrado, convienen y son cualidades. Pero hay que recordar que vivaz y rápido no son la misma cosa. Aquel que en un día de primavera se adelanta con un paso alegre, tocando apenas con los pies la tierra, tiene una marcha vivaz; otro que se arrastra con indolencia, tropieza y vacila, cae rápidamente, esto está lejos de ser vivacidad. Así ocurre con la precipitación debida al descuido, en el movimiento de la salmodia. Gran defecto que se añade demasiado seguido a aquel de una pronunciación confusa, y la aumenta, casi como si eso le fuera exigido. El expedite (de modo expeditivo) de las constituciones tiene numerosos apologistas, el tracttim et distincte (apacible y separadamente) mucho menos. ¿Cómo con tal precipitación dar a las palabras su distinción y a los pensamientos su nitidez. En vano el cantor interviene para hacer retomar el movimiento justo, el del santuario, para que se reordenen las voces, porque hay más irreflexión que mala voluntad, pero al cabo de algún tiempo eso recomenzará porque el sentido de la alabanza coral falla. ¡Oh profundidad del espíritu de religión, que escaso eres, aún en los hombres que han emitido los tres votos y aún a la hora en que ellos están ubicados al pie de los altares!

La tendencia a la precipitación del movimiento, tan común, tan nociva a la pronunciación integral de las palabras, y muy funesta a esta luz de los pensamientos, que resulta del orden, según el lucidos ordo (orden lúcido), sabiamente cantado por Horacio, es por otra parte favorecido por ciertos frailes que, teniendo una facilidad de pronunciación más que ordinaria, imponen al coro su propio movimiento, sin probablemente querer arrogarse esta misión. El resultado de este arrastre no es menos real y fastidioso. Ellos debieran, además de cumplir con su deber de procurar el honor divino, mostrar un poco de compasión. Ya que, mientras tanto, más de un anciano se ve reducido a seguir el movimiento impreso con gran dificultad, claudo pede (tambaleando), de suerte que, venido al coro para rehacer sus fuerzas espirituales, obtiene tan solo tristeza, disgusto y tentación de ausentarse en adelante. Un poco de deferencia para estos veteranos menos expeditivos sería obra de buen corazón.

Una última causa que daña a la dignidad y a la unidad del movimiento es la falta de compostura en la entonación. Aun cuando este defecto no se produce, es bastante habitual escuchar que el movimiento, comenzado con precisión por aquel que está encargado de la entonación, se deteriora poco a poco dando lugar a la confusión. ¿Qué será si la entonación misma, en lugar de tener la compostura del Real Salmista (David), toma la de un escolar repitiendo su lección? Es verdad que a veces, en este caso, el coro bien preparado retoma poco a poco su movimiento, de suerte que, contrariamente a lo común, el final del salmo se canta mejor que el principio. Pero es una reacción de la cual no hay que fiarse.

En todo caso sería, para aquél que entona, una censura pública humillante, aunque bien merecida.


c. La observancia de las pausas

La observación de las pausas ofrece, finalmente, un concurso muy favorable a la comprensión de los pensamientos y, por ende, a la producción de los afectos que de ahí derivan. Las pausas contribuyen facilitando la buena pronunciación de las palabras que son la envoltura y el intérprete de los pensamientos. Aquellos que salmodiando iban separándose del conjunto y están por caer en la confusión, la pausa llega, previene el mal y permite a las voces su concordancia para el fragmento que sigue. Por otra parte, por más corto que sea este intervalo, da al pensamiento el tiempo de brillar mejor en la inteligencia; es apenas un relámpago, pero suficiente. No solamente se percibe este pensamiento, incluso se lo puede gustar. He aquí porqué el Bto. Humberto recomienda al cantor intervenir para asegurar la ejecución de las pausas: Debe hacer una señal con la mano para las pausas en los salmos. Debet facere signum cum manu ad pausas in psalmis). Debe vigilar más especialemente en los días de fiesta, porque "en estos días tenemos que a Deo vacare (descansar en Dios) mayormente, porque para esto tales fiestas son instituídas" (Illis diebus magis tenemur Deo vacare, quia ad Hoc tales festivitates sunt institutae) (Const. nº 63). Y, por consecuencia es entonces que "el Oficio Divino debe ser celebrado con mayores pausas" (Divinum officium cum maioribus pausis est celebrandum) (ibíd.). Aunque la marcha más grave de la recitación no esté explicitamente comprendida en sí misma en esta prescripción, ella es su acompañamiento natural; y es otro incremento de luz para la inteligencia, al mismo tiempo que, para el oficio, es un incremento de dignidad y de belleza: Pulchritudo enim officii consistit in pausis, et deturpatio ejus consistit in festinatione et confussione. "La hermosura del oficio consiste en las pausas, y su afeamiento consiste en el apresuramiento y la confusión" (Ib.).

Si, por observar todas estas recomendaciones concernientes a la pronunciación, la acentuación, el movimiento moderado, y las pausas graduadas, es necesario desconfiar de sí, sobrevigilarse, aplicarse sin descanso, se es largamente y dulcemente recompensado por el resultado que es la obra de cada uno, pero también, en definitiva, el beneficio de todos. Que estén en el coro tres o cien, es una asamblea santa, es un concierto de una admirable unidad, y el Oficio merece plenamente su nombre de Opus Dei, "Obra de Dios" (S. Benito, Regla).

Cuando escuchen ejecutar el órgano, cualquiera sea el número y la cualidad de los registros abiertos, graves o agudos, aterciopelados o brillantes, desde el momento que el organista toque una nota, después otra, después mil, esos juegos múltiples, todos juntos, hablan o se callan, como si no hubiera más que uno. He aquí nuestro modelo. Es verdad que Omnis comparatio claudicat (toda comparación falla), especialmente aquí, donde el mérito es del mecanismo más que del artista; sin embargo, siempre es una lección. He aquí por lo demás otro ejemplo un poco profano pero mejor adaptado. En ciertos conciertos clásicos, donde los instrumentos de cuerda, que deben hacer lo principal, están en primera línea, se ve, a la señal del director de orquesta, a todos esos hombres curvar el arco en un sentido o en otro, apurar el movimiento o frenarlo, presionar las cuerdas como para arrancarles las vibraciones triunfantes o rozarlas como para hacerlas hablar en el misterio: todo esto con una precisión tal y una conformidad de movimientos que un solo motor, una sola alma, un solo genio parece haberse apoderado de ellos. Con menos aparato, menos gestos y menos fatiga, la alabanza litúrgica puede, si nosotros así lo queremos, realizar un ideal más bello, gracias a este instrumento de cuerdas incomparable que es la voz del hombre, y a este órgano viviente que es un coro de religiosos bien conformado.



II. Cantar con gusto porque se trata de un arte

Bajo el nombre de arte estaban comprendidas antiguamente aún las mismas ciencias abstractas o literarias y nuestras Constituciones quieren que, para ser instituido predicador, se halla primeramente "estudiado las Artes". Nolumus aliquem predicatoris titulo insigniri nisi cursum artium perfecerit (nº 951). Pero en el lenguaje usual las artes señalan sobre todo, lo que concierne a la expresión de lo bello por medio de los colores y los sonidos, por la pintura y por la música. La música, digo, entendida no en el sentido restringido de música moderna, con orquesta, composiciones a muchas voces, mezclas de solo, de dúo, de "tutti" y con refuerzo de instrumentos de grandes efectos, aquello en fin de lo cual nuestras Constituciones dicen: Musicae in ecclesiis nostris rarissimae fiant (que en nuestras iglesias, muy raramente se ejecute música) (nº 64). Nosotros queremos hablar de la música que abarca todos los géneros y se esmera en expresar los más bellos sentimientos del alma con la ayuda de la armonía y la melodía. De este modo, el canto litúrgico y monástico tiene su lugar entre las diversas formas, entre los diversos géneros de la música, y aún tiene derecho de primer lugar; es con toda la fuerza de la palabra "un arte" cuya intervención en el culto divino no sería una intrusión ni una injuria. ¿No está acaso escrito de la Sabiduría Eterna: Quis horum quae sunt magis quam illa est artifex? (¿Quién, de todos los que existen, es más artista que ella?, Sab. 8, 6). Pero a tal arte le es necesario, como cooperador, este agente indefinible, tan difícil de corromper, por otra parte tan juicioso, tan independiente, tan simpático, tan delicado, que se llama el gusto. El matemático, por consumado que él sea en la ciencia de los números, si quiere con ellos solamente hacer armonía, llega, en desmedro de sus infalibles cálculos, a resultados que hacen reír u obligan a taparse los oídos. Si bien en todo arte musical es necesario el gusto, como el canto litúrgico, es el principal entre los otros, requiere también como auxiliar, un gusto de primera clase; ¡ay! no siempre es así, lo constata la experiencia cotidiana.

A la luz de esta experiencia, en efecto, distingo diversas categorías de hombres que desnaturalizan la ejecución del canto y lo hacen desviar de su objetivo.

1º En unos hay ausencia de gusto. ¿Será por falta de alma o por insuficiencia de educación básica, sobre todo de instrucción religiosa referida a las grandezas de Dios, a los deberes del hombre para con El, la misión de la Iglesia y la sabiduría de sus instituciones? El hecho es que ellos no ven en los signos del canto más que un semillero de notas tiradas al azar sobre un tetragrama. De ahí en ellos una ejecución vulgar, apática, digna a lo sumo del mercenario que hace su trabajo por fuerza, o por un resto de conciencia. Puede ser que ellos tengan sin embargo cierta piedad, pero que no se traduce en el canto; según ellos comenzarán a rezar cuando hayan terminado de cantar. Es verdaderamente lastimoso que los superiores se empeñen en editar tantos libros litúrgicos, y en hacer dar tantas lecciones, obligando a sus inferiores a pasar tantas horas en la Iglesia, para ofrecer a Dios, con tales hombres, un tan magro tributo.

2º La presencia de un gusto hostil es otro enemigo, que se encuentra en los religiosos apasionados por la música moderna, e imbuidos aún de las ideas y costumbres del siglo, aunque ellos estén por su voluntad, sinceramente consagrados a Dios: cantos y costumbres, todo se entrelaza. Habituados entonces a esta música mundana, que vive de disonancias, de intervalos disminuidos, de efectos estudiados, de emociones físicas producidas en la sensibilidad, ellos sólo aprecian esto. A su parecer, si el canto litúrgico quiere obtener derecho de ciudadanía en el dominio de la música, sus ocho tonos o modos, tan característicos y tan ricos, deberían resignarse a abdicar, para ser catalogados en uno de los dos modos, mayor o menor que, en el presente, son las dos secciones del reino musical moderno. Y aún con esto ellos piensan "¡qué pobre es!" Se puede juzgar: para regular las frases, nada de medida, ni a 3/4 ni a 6/8: nada de cronómetro que dirija el movimiento; nada de notas sensibles propicias a conmover y a variar las impresiones. Al contrario, intervalos chocantes por su dureza y repetidos a menudo como para desafiar los oídos delicados. ¡He aquí esto que, retrocediendo doce siglos, se llama una restauración! Estos prejucios, nacidos del gusto mundano, pueden encontrarse también en aquellos que, por otra parte, han abrazado generosamente la pobreza y la penitencia. El hombre viejo queda en un plano y el hombre nuevo ocupa el otro. Felizmente que a menudo también, bajo la doble influencia de la gracia, interiormente y desde fuera la atmósfera monástica, o el estudio de las tradiciones, de la práctica misma de los ejercicios corales, su gusto se depura y se transforma, a tal punto que ellos irían más bien hacia un exceso de admiración y de celo. Es una conversión, que sigue a aquella otra: del mundo al claustro.

3º Hay otro gusto, diferente del gusto mundano, pero erróneo también: el gusto estudiado, amanerado, ficticio. Se tiene un gran deseo de hacerlo bien, una sincera estima por el canto, una aplicación estudiosa para conocer sus menores reglas, para ejecutarlas al pie de la letra, y se muestra un cierto apuro en consultar a cada momento a los jefes de escuela que se disputan la primacía, pero todos se creen una autoridad en cuanto a interpretación. Desgraciadamente hay un gran maestro a quien se olvida de consultar, lo natural. En efecto, el arte bien entendido no busca ni suplantar la naturaleza, ni remedarla: por lo contrario, se esmera en reformar las irregularidades y colmar las lagunas, en estilizar las buenas cualidades, a fin de que sea ella, menos sus defectos. Con lo natural nada habrá ya de efectos plagiados, ni de entonaciones afectadas, ni crescendo a pedido, ni de finales que se esfuerzan en morir con cierta gracia. El religioso, después de haberse familiarizado con las leyes positivas, y de haber escuchado los consejos del arte, saca provecho sin pensar más en ello y sin que nadie lo note. Su canto sensum literae non evacuat sed foecundat - no vacía el sentido de la letra, sino que lo fecunda (S. Bernardo); el ejecutante está tan sumido en su oración, que ya no advierte que está rezando, el auditorio divino está más conmovido aún que el auditorio humano y este último éxito es el más envidiable de todos.

4º Es entonces cuando reina en el canto, sin pretensión y sin esfuerzo, el gusto puro y verdadero, que caracteriza al canto sagrado del cual tratamos: es firme y sosegado en su dicción, canto firme, es uniforme en su andar, canto llano; es categórico y cerrado en sus intervalos, lejos de toda disminución; es simple en su expresión, excluyendo todo refinamiento y afectación concerniente a un sentimentalismo piadoso de mala calidad; es, en fin, sobrio en sus adornos, no teniendo necesidad para su dignidad y su belleza de más vestimenta que él mismo.

De este conjunto resultará lo que, en una Carta a un Prior, resumí así: Nuestro canto añadirá, a la emisión destacada de las palabras y a la dignidad de la compostura exterior, las características que convienen a la contemplación. Será piadoso sin afectación, vivaz sin precipitación, simple sin negligencia, unido sin rigidez; tendrá, en fin, un no sé qué de amplio, de santo, de ágil, de límpido, de apacible, como resultado de la fusión de todas las voces y de todos los sentimientos. A este precio, cada uno obtendrá de la salmodia más gracia que lo aportado en la aplicación. Y aunque convenga, según el consejo de los santos, rezar si el salmo reza, gemir si él gime, sin embargo la alabanza dominará en los corazones, y comunicará por consiguiente al canto una suerte de animación festiva. Es en razón de este rasgo dominante de nuestra salmodia que ha sido dicho: "La característica de nuestra Orden es la de alabar, bendecir y predicar" (Cap. Gen. Roma 1697).

Para mostrar lo que vale en canto litúrgico así entendido y en toda su simplicidad, lejos de toda influencia del espíritu mundano, podría recordar a S. Agustín, no convertido aún, que lloraba sin contenerse cuando escuchaba los cánticos de la Iglesia cantados en Milán bajo la inspiración de S. Ambrosio. Pero ya que os escribo familiarmente, os citaré un ejemplo más próximo a nosotros y que cuadra mejor con nuestras costumbres. Un escritor del siglo pasado, autor de una obra teatral titulada Los pilluelos de París, tenía su campiña en los alrededores de Orleans, sobre las orillas del Loire, y aunque conocido como muy poco creyente, se lo veía dirigirse los domingos a la Iglesia parroquial a la hora de la misa mayor, con sus compañeros de estudio o de placer, y ahí, en el fondo de la nave, de pie, con los brazos cruzados, él escuchaba. Este canto llano ejecutado en el facistol (coro) por los lugareños, con el solo acompañamiento del armonio, lo arrebataba, lo transportaba a un mundo desconocido, misterioso, pero lleno de majestad y de encantos. Ocurría que, en el fondo de esta alma de poeta, desprovista de educación cristiana, perduraba el sentido y el gusto por lo divino.

5º No creáis, sin embargo, que conservando escrupulosamente el canto su carácter grave y firme, se lo reduce forzosamente a ser insípido y monótono; el buen gusto sin alterar el género, admite muchas variantes que dan al canto interés y aumenta su influencia bienhechora en las almas.

Variantes entre los Oficios de los domingos o fiestas -más largos, más frecuentados, más solemnes- y aquellos de la semana consagrada al trabajo. Es verdad que las fiestas dobles son ahora entre nosotros, más numerosas que las antiguas fiestas simples y de tres lecciones. Pero la naturaleza de las cosas no ha cambiado: la semana es la semana y en ella los trabajos aumentan en importancia; el canto será entonces algo más común, más lacónico, más austero, acercándose al simple recitativo. Es por esto que se ha bajado varios tonos en los Kyrie Gloria, Sanctus, Agnus, para mejor acercarse a los tiempos primitivos. Algunos conventos también han adoptado durante la semana el canto ferial para el Prefacio y el Pater Noster; se diría un eco de los Padres del desierto, que probablemente eran poco dados al canto, pero grandes trabajadores y maestros hechos en el arte de unir la oración al trabajo; se puede pedir este testimonio a las campiñas regadas por sus sudores, enternecidas por sus gemidos, sus súplicas, sus alabanzas, sus aspiraciones -cortas pero vivas como trazos: sus jaculatorias.

Variantes en el curso del mismo Oficio. Una cierta estabilidad en la dominante es conveniente: es verdad. El cantor debe tener el diapasón en el oído y atenerse a la dominante consagrada por el uso. Tomar un tono bajo, y apercibiéndose demasiado tarde, elevarlo en exceso para después volver a un tono más abordable, sería cosa de aturdido y desconcertaría a todo el mundo. La dominante media será más bien grave, nec nimis alte sed voce mediocri - no demasiado alta, sino con voz mediana (Const. nº 62). Este tono golpea menos el oído, y parece al principio menos vivo, pero se presta mejor al espíritu interior, y poco a poco, habituándose, se siente en él un ardor contenido, en mucho preferible a los tonos estridentes. Así un cuadro con matices modestos y bien proporcionados impacta menos al principio que otro con tonos chillones; pero a la larga aquél revela más verdad, ofrece más profundidad y causa más encanto. Un coro de monjes no es una capilla de Seminario Menor donde los jóvenes alumnos, en su exhuberancia de vida, tienen necesidad de gritar, no solamente en la recreación, sino hasta en sus cánticos sagrados.

Si el hebdomadario entonara con una voz excepcionalmente alta o baja el Gloria, la antífona de los Salmos, la del Magníficat y otros fragmentos que no son un diálogo entre el coro y él, mejor convendría modificar el tono al principio, que el sujetarse a cantar todo el trozo con una voz sepulcral o chillona. Pero el tono moderado no impide aportar, en el mismo Oficio, una justa progresión, dando más ímpetu y brillo al himno, a los Cánticos y al Benedicamus final, aunque fuera necesario para ello elevar ligeramente la dominante. Es el mérito del canto llano que, sobre su fondo calmo y unido, un matiz de nada, la elevación de un semi tono, alcanza para excitar la atención y dar al fragmento más relevancia. Qué diferencia con la música moderna donde el compositor agota sus recursos para dispensar las sorpresas, obtener efectos ficticios y dar a los finales un estrépito ensordecedor: "cuanto más nuevo es, tanto es la misma cosa", dice el auditor competente.

Variantes sugeridas por el carácter de ciertos fragmentos o ciertos pasajes. No se puede sin duda en esto, dar campo libre a lo arbitrario, esto sería Babel; pero cuanto están en vigencia, con la aprobación de los superiores, ciertas tradiciones sobrias y de buen gusto, hay ahí para el coro un atractivo más. Es así que se puede hacer ligeramente más lento y dar más majestad al Incarnatus est del Credo, más dulzura al O benigna del Inviolata o al Pie Jesu del dies irae, más resplandor y emoción al Morten autem Crucis de la Semana Santa, etc.

Variantes, en fin, según las capacidades, el timbre de voz y el genio del cantor, para los fragmentos que él ejecute solo. El tiene su propia alma, su pronunciación, el conocimiento de la extensión de su voz y de las notas que, en esta escala, se prestan mejor para interpretar el espíritu del fragmento. Con esto, permaneciendo invariables las normas, la ejecución variará sin embargo según los hombres y tomará a veces una marcha tal que, cabrá decir: esto es arrebatador. Hay ahí, para el Oficio, un nuevo grado de vida y de belleza. ¿Quién osaría emitir una censura contra estas variantes del gusto? Los antiguos cantores ¿no tenían acaso, para los días de fiesta, ciertos adornos ad libitum, yo diría hasta ciertas fantasías, llamadas flores cantus?. Nuestras Constituciones honran a los Predicatores gratiosi, entendiendo esta palabra en un sentido elevado y apostólico; los Cantores gratiosi merecen también, desde otro punto de vista, los estímulos; es el caso de decir: Omnis spiritus laudet Dominum. Que todo espíritu alabe al Señor.


III. Cantar con Piedad

En todo esto que he dicho, la piedad tenía indirectamente su parte ¿Cómo quedaría ausente de este tema aquella que es el alma y que se cierne sobre el conjunto de los santos Oficios para darles el calor, la fecundidad, la variedad en la unidad, como está dicho de los primeros elementos de la creación: Spiritus Dei ferebatur super aquas. El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas (Gen. 1, 2)? Pero es justo consagrar aquí a la piedad una página especial que sea una instrucción y un testimonio de veneración.

Me contento entonces, abreviando, con pedir en la ejecución de nuestros cantos y ceremonias litúrgicas, una piedad cristiana y una piedad dominicana.


A. Piedad Cristiana

El religioso es un cristiano que trabaja para serlo siempre más, en virtud de sus votos, y debe aportar la perfección del espíritu cristiano a todos los deberes de su profesión, en proporción a su importancia y a su santidad intrínseca. Que él se esfuerce entonces en ser, en el Oficio canonical, primeramente un cristiano penitente, después un cristiano buen servidor de Dios, por fin, un cristiano hijo de Dios por adopción.

a) Cristiano penitente. Nadie, por muy elevado que sea en virtud y en dignidad, podría olvidar esta característica y este deber, sobre todo cuando considera que, además del peso de sus propios pecados, él ha asumido sobre sí mismo los del pueblo. Debet quemadmodum pro populo ita et pro sometipso offerre (Heb. V, 3). Esto está dicho por ser San Pablo refiriéndose al sacrificio del altar, pero se puede aplicar a las hostias de alabanza ofrecidas por el Oficio en unión con Jesucristo. Per ipsum offeramus hostiam laudis semper : "Que por El mismo ofrecemos siempre una Hostia de alabanza"(Heb. XIII, 15).

David nos suministra para ello los acentos más expresivos en una multitud de pasajes de sus salmos. Sto. Domingo tenía estos sentimientos cuando gritaba durante la noche, en el silencio de la Iglesia: Domine, propitius esto mihi peccatori ... adhaesit pavimento anima mea - "Señor, ten piedad de mí, pecador.., mi alma está postrada en tierra". Esto ocurría después de maitines, como manifestación de lo que él, durante el coro, había experimentado en su alma, pero lo había reprimido, por reverencia y santo pudor. Sto. Tomás de Aquino, por lo general tan calmo, se enternecía también hasta las lágrimas cuando cantaba, en las completas de cuaresma: Media vita in morte sumus. ¿Quem querimus adjutorem nisi te Domine, qui pro peccatis nostris juste irasceris? "En la mitad de nuestra vida nos encontramos con la muerte. ¿Qué ayuda buscaremos, Señor, sino tú, que por nuestros pecados te enojas justamente?" ¿No experimentaremos nosotros nada semejante, nosotros grandes pecadores, absolutamente nada?

b) Cristiano servidor de Dios. No en vano se dice el servicio de los altares y del coro; es un noble servicio, una santa esclavitud que hemos acatado y de la cual nos gloriamos justamente: divinis officiis mancipati. "Consagrados totalmente a los oficios divinos".

Sería mucho para nosotros el ser admitidos a escuchar el Oficio desde lejos, ubicados en el fondo de la iglesia, como el publicano; tomar lugar entre aquellos que lo celebran, es demasiado. Sin embargo Dios nos dice: Amice, ascende superius. "Amigo, ven adelante" (Luc. XVI, 10); su voluntad nos servirá de dignidad, su gracia será nuestro tesoro para pagar nuestro tributo y recibir del cielo, en cambio, los más insignes beneficios. Que la prontitud en presentarse al Oficio cuando la regla llama, sea entonces cual la del militar llamado al servicio del príncipe por el clarín; que la inclinación del corazón nos lleve a participar del Oficio, en espíritu de religión, aún cuando por la regla estemos dispensados; que, por fin, el esmero en hacer bien las numerosas inclinaciones y las genuflexiones, haga que sean otros tantos homenajes al divino Maestro, de lo cual un buen servidor no sabría cansarse. Dejaría de ser verdadero y fiel servidor si buscara ahorrar esfuerzos: voci ne parcas. "No mezquines la voz", dice S. Vicente Ferrer al fraile que tan sólo acompaña al coro.

c) Cristiano hijo de adopción. Antiguamente el Religioso, como penitente, se revestía de David; ahora él se reviste de Jesucristo mismo: induimini Dominum Jesum Christum (Rom. XIII, 9) y esto no por una simple apropiación de sentimientos, sino en virtud de un título de propiedad legalmente adquirido, firmado con la sangre de Jesucristo, el título de hijo adoptivo: Misit Deus Filium summ ut adoptionem filiorum reciperemus. "Dios envió a su Hijo para que recibiéramos la adopción de hijos" (Gal. VI. 4-5). Este título y la elevación que implica, siendo muy reales, las consecuencias lo son también, en particular el derecho a la herencia: si filii, et haeredes. "Si hijos, también herederos" (Rom. VIII, 17). Siendo así, la inteligencia y el buen uso de esta gracia nos son facilitadas de una manera maravillosa en los Oficios divinos. Cualquiera sea la variedad de los misterios que se celebran sucesivamente, es un ciclo en el cual el divino Salvador es el centro y las diversas fiestas del Tiempo y de los Santos con su irradiación. Es también una cadena de oro en la que los eslabones se acercan como espontáneamente, y se aprietan fuertemente, dado que de tal modo están hechos los unos para los otros; o si lo preferimos, es una Suma litúrgica de la que se puede decir, como de la Suma de Sto. Tomás: "Tantos artículos, otros tantos milagros" y la mejor manera de comprenderlos es el estudiarlos y explicarlos por ellos mismos, como está dicho de la Suma Teológica. El religioso amigo de los Oficios del coro comprenderá esto más netamente de mes en mes, de año en año. No solamente gustará y admirará los misterios de la Redención en sus diversas fases, sino que él mismo formará parte de ellos y comulgará perpetuamente con sus virtudes: comunión soberanamente dulce y vivificante. Entonces su adopción como hijo de Dios, ya puesto en posesión del cielo por su Hermano mayor Jesús, es el objeto de sus delicias, omne delectamentum in se habentem. Tal era el Bto. Román de Livia, "Catalán de Nación", dice el cronista, "pero celestial de conversación" y apodado "el amigo de Jesús y de María". El misterio de la Encarnación llenaba su corazón y sazonaba todos sus discursos, sea al comienzo, sea al medio, sea al fin, en todo. También cuando él llegaba a este versículo del Salmo 126: Cum dederit dilectis suis somnum, ecce haereditas Domini Filii, merces fructus ventris. "Lo da a sus amigos mientras duermen, esta es la herencia de los hijos del Señor, su recompensa el fruto del vientre", experimentaba tal júbilo, que hubiera querido guardarlo siempre sobre sus labios. Cuando decía el Oficio de la Bienaventurada Virgen con otro Fraile, hacía de manera que le tocara pronunciar este versículo, y si ocurría que le correspondiese al otro, él se lo escamoteaba con toda prontitud para decirlo en su lugar, porque experimentaba un vivo consuelo al tenerlo sobre sus labios y lo disfrutaba mucho más profundamente en el corazón (Bernard Guidonis).



B. Piedad dominicana

La orden de Santo Domingo no pretende singularizarse por forma de piedad alguna. Precisamente porque se abstiene de hacerlo, su piedad se vuelve más profunda, más amplia, más saludable, más estable y al alcance de todas las edades. Pero si a pesar de todo, es necesario asignarle una característica bastará recordar la divisa de la Orden, aliis contemplata tradere per doctrinam. Por consiguiente, lo que debe ser su acción exterior en favor del prójimo, debe primeramente formar y llenar la fuente de donde esta acción emana, vale decir, su contemplación. Ahora bien, su ministerio de salvación concierne a la doctrina de la fe, por tanto, su contemplación, ya sea en la oración puramente mental, ya sea en los Oficios divinos, que son otra forma de contemplación, debe tener un carácter doctrinal, el de una fe simple, firme, luminosa, práctica. Es por esto que nuestro docto P. Malvenda retenido lejos del coro por sus trabajos históricos, pero deseoso por algunos instantes al menos, de respirar su atmósfera y de compartir los tonos, esperaba durante la Misa coral, el momento del Credo y después de haberlo cantado volvía a sus manuscritos, descansado, consolado, esclarecido y fortificado.

Volvemos a encontrar este espíritu de fe en las oraciones compuestas por nuestro Angélico Doctor Sto. Tomás. Habrá, tal vez, quienes gustarían encontrar ahí más arrebatos, más superlativos, más epítetos acumulados, más "¡oh!" y "¡ah!" esparcidos, más suspiros entrecortando los períodos. Sin embargo, ¡cuán verdadero es!, ¡cuán profundo!, ¡cuán justo!, ¡qué bueno es!, ¡qué práctico, tanto para los simples como para los sabios! Y qué libertad dejada a cada uno para injertar sobre este fondo tan rico los afectos diversos que le convienen mejor, según el estado de su alma. El resultado final es siempre el cambio profundo de vida, último objetivo de la oración.

Que, si a pesar de todo se desea algo más para los Oficios que estos temas doctrinales, por muy sólidos que ellos sean, he aquí a nuestro alcance mel de petra. En las asperezas del peñasco de la fe, nosotros encontramos el panal de miel, la devoción a María contemplada en su relación con el misterio de Jesús Redentor: segundo carácter de la piedad dominicana, que frecuentemente precede al conocimiento de la doctrina, la acompaña en la predicación y permanece después. Porque cuando en nosotros las fuerzas apostólicas declinan, la devoción a María no hace más que crecer, hacerse más filial, más tierna, más propia para facilitar el paso a las riberas eternas. De ello resulta en los veteranos del apostolado, una inclinación más marcada para unirse al Oficio Divino y agregarle también el Oficio "de María", los días donde no está legalmente prescripto; es para ellos un deber de devoción, según las palabras de las Constituciones: Et illis diebus in quibus intermittitur ex devotione in privato semper dici debet: "En aquellos días en los cuales no se reza el Oficio de la Virgen, deben decirlo siempre en privado por devoción" (Fontana, p. 334). En cuanto al Rosario, está siempre entre sus dedos y en sus labios; esta piedad a María, en efecto, cabe ejercerla en todo lugar en los Oficios divinos, sobre todo en ciertas fiestas, y se hace más expresiva, más comunicativa en la Salve Regina de todas las noches: cántico siempre atrayente, siempre consolador, siempre nuevo.

Con este motivo, permitidme evocar un viejo recuerdo. Un dignatario de la Congregación de San Sulpicio habiendo venido a Santa Sabina para venerar los recuerdos y saludar a cierto Padre, su antiguo penitente, llega sobre el fin de las Completas, de suerte que debe esperar en la Iglesia y asiste a la procesión de la Salve. El canto, en verdad, dejaba oír en esta época más de un "bemol y de un sostenido mal encontrado"; pero no importa ¡había en el conjunto algo tan verdadero, tan profundo, de tal devoción y tan emotivo, que el sacerdote hizo a continuación en voz alta esta reflexión: ¡aquí nos compenetramos verdaderamente con los hijos de Sto. Domingo! Palabras que nos honran, mas nos obligan a mostrarnos, en efecto, en la devoción a María, dignos hijos del Santo Patriarca, de Jacinto, de Tomás de Aquino, de Reginaldo, de todos nuestros Santos y todas nuestras Santas y Bienaventurados, coro magnífico por el número, la variedad, la armonía, el fervor; concierto que, después de haber llenado la tierra, hará una de las bellezas y de las delicias del cielo.

Y, termino, querido padre. Es ya demasiado, por ser una carta familiar, que no pretende transformarse en tratado didáctico. Puedan estas líneas esclareceros y animaros a cumplir bien vuestra tarea.

En una abadía con sus largos Oficios y su nutrido coro compuesto casi en totalidad por monjes agricultores, cuando se instituía un cantor para dirigir tantas voces, más fuertes que flexibles, se le dirigían estas palabras poco halagüeñas, humanamente hablando: "sabed que en vuestro oficio no se vive mucho tiempo".

Lejos de hacer respecto a usted un semejante pronóstico, espero que Dios, deseoso de favorecer vuestro celo por su gloria, sostendrá vuestras fuerzas y multiplicará vuestros años. Pueda usted por esto reunirse al fin con estos antiguos Frailes, cuya vida había sido una armonía y que, en la última hora, con voz apagada pero con un corazón lleno de confianza y de amor, se unían todavía al canto de la "Salve Regina" de los agonizantes, preludio para ellos de los Cánticos eternos.

Adiós. Os bendigo de todo corazón y os pido, para la Orden y para mí, el socorro de vuestras oraciones.

Roma, 12 de marzo de 1911, en la fiesta de San Gregorio Magno.

La virginidad del alma. Maestro Eckhart

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Intravit Iesus in quoddam castellum et mulier quaedam,
Martha nomine, excepit illum in domun suam. (Lc 10, 38)

He pronunciado primero unas palabras en latín, que están escritas en el Evangelio y que en alemán suenan así: "Nuestro Señor Jesucristo subió a una ciudadela y fue recibido por una virgen, que era mujer" (Lc 10, 38).

Ahora prestad atención a esta palabra: quien recibió a Jesús tenía que ser necesariamente virgen. Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. Mirad, ahora podríamos preguntar: ¿cómo puede, el hombre que ha nacido y alcanzado una vida intelectual, quedar vacío de toda imagen como cuando todavía no era? ¿No es cierto que sabe mucho de cuanto son las imágenes? ¿Cómo puede, sin embargo, estar vacío? Ahora atended a la distinción que os quiero comunicar. Si yo fuera en tal forma intelectual que todas las imágenes comprendidas desde siempre por todos, además de las que están en Dios mismo, estuvieran en mí, intelectualmente, y si a pesar de ello yo no sintiera apego por ninguna de ellas, ni hubiera tomado en propiedad nada de ellas, ni en el hacer, ni en el dejar de hacer, ni en el antes ni en el después; si, antes bien, estuviera en el ahora presente, libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción, entonces, verdaderamente ninguna imagen se me interpondría y yo sería, verdaderamente, virgen como lo era cuando todavía no era.

Que el hombre sea virgen, sin embargo, no le priva en absoluto de las obras que ha realizado; nada le impide ser virginal y libre, sin impedimento alguno frente a la verdad suprema, de la misma manera que Jesús está vacío y es libre y virginal en sí mismo. Como dicen los maestros, sólo lo semejante tiene motivo para la unión con lo semejante; por eso el hombre debe ser virgen y sin macha, si quiere concebir al Jesús virginal.

Ahora ¡atended y observad con aplicación! Si el hombre fuera siempre virgen, no daría ningún fruto. Para hacerse fecundo, es necesario que sea mujer. "Mujer" es la palabra más noble que puede atribuirse al alma y es mucho más noble que "virgen". Es bueno que el hombre conciba a Dios en sí mismo, y en esa concepción él es puro y sin mancha. Es mejor, sin embargo, que Dios fructifique en él, pues la fecundidad del don no es más que la gratitud del don, y así el espíritu se hace mujer en la gratitud que renace y en la cual el hombre engendra, de nuevo, a Jesús en el corazón paterno de Dios.

Muchos dones buenos son concebidos en la virginidad; pero no son engendrados, de nuevo, en Dios por la fecundidad femenina en una alabanza de gratitud. Los dones perecen y se anonadan, de suerte que, por su causa, el hombre no llega a ser nunca más bienamado ni mejor. Entonces su virginidad de nada le sirve, porque más allá de su virginidad no llega a ser una mujer plenamente fecunda. Ahí está lo malo; y por eso he dicho: "Jesús subió a una ciudadela y fue recibido por una virgen, que era mujer". Y esto debe ser así, tal como os acabo de mostrar.


Los esposos raramente dan más de un fruto al año. Pero ahora estoy pensando en otra clase de esposos: todos los que se hallan apegados a las oraciones, los ayunos, las vigilias y los diversos ejercicios y penitencias exteriores. Todo apego en la acción que te prive de la libertad de estar en ese ahora presente al servicio de Dios y de seguirlo sólo a él en la luz por la cual te guiaría en el hacer y en el dejar de hacer, libre y nuevo en cada instante, como si no tuvieras otra cosa, ni la quisieras o pudieras hacer; todo apego y toda intención en la acción, siempre que te prive de la nueva libertad, a eso llamo ahora "un año", pues por su causa tu alma no da ningún tipo de fruto, mientras no ha realizado la acción que has emprendido como algo propio; y no confías en Dios ni en ti mismo antes de haber realizado la acción que has concebido como tuya; de otra manera no hallas paz. Por eso no das fruto si no has realizado tu obra. A esto considero "un año", y, con todo, el fruto es pequeño pues no procede de la libertad, sino del apego en la acción. A esa gente es a quien llamo "esposos", porque están apegados a lo propio y dan poco fruto que, además, es pequeño, como ya he dicho.

Una virgen que es mujer es libre y está desapegada de lo propio y siempre se halla tan cerca de Dios como de sí misma. Da muchos frutos, y son grandes, ni más ni menos que Dios mismo. Ese fruto y ese nacimiento proceden de una virgen que es mujer y da frutos todos los días, cien o mil veces, incontables veces, dando a luz y siendo fecunda desde el fondo más noble; mejor dicho: llega a ser fecunda coengendrando a partir del mismo fondo del que el Padre da nacimiento a su Verbo eterno. Jesús, luz y reflejo del corazón paterno –san Pablo dice que es una gloria y un reflejo del corazón paterno que lo atraviesa violentamente con sus rayos (Heb 1, 3)-, este Jesús está unido a ella y ella a él, y ella brilla y resplandece con él como un único uno y como una luz pura y clara en el corazón paterno.

Más de una vez he dicho que en el alma hay una potencia a la que no afectan ni el tiempo ni la carne; fluye del espíritu y permanece en el espíritu y es completamente espiritual. Dios se halla en esa potencia tan reverdecido y floreciente, con toda la alegría y gloria, como es en sí mismo. Allí hay una alegría tan cordial e indescriptible que nadie sabe hablar de ella con propiedad. En esa potencia el Padre eterno engendra a su Hijo eterno, sin cesar, de manera que esta potencia coengendra al Hijo y a sí misma, como el mismo Hijo en la potencia única del Padre. Si un hombre tuviera todo un reino o todos los bienes de la tierra y Dios le diera entonces todo el sufrimiento, como nunca lo ha dado a nadie, y él lo sufriera completamente hasta su muerte, entonces, si Dios le permitiera por una sola vez contemplar cómo él (Dios) está en esa potencia, sería tan grande su alegría que todo su sufrimiento y su pobreza habrían sido todavía demasiado poco. Ah, incluso si después de todo Dios jamás le concediera el reino de los cielos, la recompensa por todo el sufrimiento habría sido muy grande; pues Dios se halla en esa potencia como en el ahora eterno. Si el espíritu estuviera siempre unido a Dios en esa potencia, el hombre no podría envejecer; pues el instante en el que Dios creó al primer hombre y el ahora en el que el último hombre desaparecerá y el ahora en el que yo hablo son iguales en Dios y no son más que un solo y mismo ahora. Ahora mirad, ese hombre habita en una sola y misma luz con Dios; por eso en él no hay sufrimiento ni paso del tiempo, sino una eternidad siempre igual. A ese hombre, verdaderamente, se le ha privado de todo asombro y todas las cosas están en él de forma esencial. Por ello no recibe nada nuevo de las cosas futuras ni de ninguna casualidad, pues habita en un presente siempre nuevo sin interrupción. Tal es la majestad divina que se halla en esa potencia.

Hay, todavía, otra potencia, igualmente incorpórea, que fluye del espíritu y permanece en él y es siempre espiritual. En esa potencia Dios luce y arde con todo su reino, con toda su dulzura y con toda su delicia. Verdaderamente en esa potencia hay una alegría y una delicia tan grandes y sin medida que nadie es capaz de explicar ni revelar. Por otro lado digo: si hubiera un hombre que con el intelecto y según la verdad mirara por un instante la delicia y alegría que hay en su interior, todo el sufrimiento que pudiera padecer y que Dios permitiera le sería bien poca cosa y una nonada; digo más: incluso le sería una alegría y un descanso.

Si quieres saber bien si tu sufrimiento es tuyo o de Dios, debes reconocer lo siguiente: si sufres por ti mismo, sea en la forma que sea este sufrimiento, te causa dolor y te cuesta soportarlo. Si, por el contrario, sufres por Dios y sólo por él, entonces no te causa dolor y no te resulta pesado, pues Dios lleva la carga. En verdad, si hubiera un hombre que quisiera sufrir por Dios y sólo por el amor de Dios y sobre él cayera todo el sufrimiento padecido por los hombres y con el que carga el mundo entero, no le causaría dolor y tampoco le resultaría una carga, porque Dios llevaría el peso. Si alguien cargara sobre mis espaldas un quintal y otro sostuviera el peso, me daría igual cargar con cien que con uno, pues no me resultaría pesado y tampoco me causaría dolor. Dicho brevemente: lo que el hombre sufre por Dios y sólo por él, Dios se lo hace liviano y dulce. Por eso he dicho al comienzo, cuando empezamos nuestro sermón: "Jesús subió a una ciudadela y fue recibido por una virgen, que era mujer". ¿Por qué? Necesariamente tenía que ser una virgen y además mujer. Ahora bien, os he dicho que Jesús fue recibido, pero no os he dicho qué es la ciudadela y esto lo quiero hacer ahora.

Algunas veces he dicho que en el espíritu hay una potencia y sólo ella es libre. A veces he dicho que es una custodia del espíritu; otras he dicho que es una luz del espíritu y otras veces que es una centella. Pero ahora digo que no es ni esto ni lo otro, y sin embargo es algo que está por encima de esto y lo otro y por encima de lo que el cielo lo está sobre la tierra. Por eso la llamo, ahora, de la manera más noble que nunca he hecho y, con todo, se burla tanto de la nobleza como del modo y queda por encima de ellos. Está libre de todo nombre y desnuda de toda forma, totalmente vacía y libre, como vacío y libre es Dios en sí mismo. Es tan completamente una y simple como uno y simple es Dios, de manera que no se puede mirar en su interior. Esa misma potencia de la que estoy hablando, en la que Dios se halla dentro, floreciendo y reverdeciendo con toda su deidad, y el espíritu (floreciendo) en Dios, en esa misma potencia el Padre engendra a su Hijo unigénito, de forma tan verdadera como en sí mismo, pues verdaderamente él vive en esta potencia; y el espíritu engendra con el Padre al mismo Hijo unigénito y a sí mismo como el mismo Hijo y es el mismo Hijo en esa luz y es la verdad. Si pudierais captar esto con el corazón, entenderíais bien lo que digo, pues es verdad y la verdad misma lo dice.

Mirad, ¡atended ahora! La ciudadela en el alma de la que hablo y en la que pienso es en tal forma una y simple, y está por encima de todo modo, que la noble potencia de que os acabo de hablar no es digna de echar jamás una mirada en su interior, aunque sea una sola vez, y tampoco la otra potencia de la que he hablado y en la que Dios brilla y arde con su reino y su delicia, tampoco se atreve a mirar nunca en el interior; tan completamente una y simple es esa ciudadela por encima de todo modo y toda potencia se halla ese único uno que nunca potencia alguna ni modo, ni siquiera el mismo Dios, pueden mirar en su interior. ¡Totalmente cierto y tan verdad como que Dios vive! Dios mismo, en tanto que es según el modo y la propiedad de sus personas, no se asoma allí ni por un solo instante, ni jamás ha mirado en su interior. Esto es fácil de observar, pues ese único uno es sin modo y sin propiedades. Por eso, si Dios quiere alguna vez asomarse en su interior, le costará necesariamente todos sus nombres divinos y sus atributos personales; si quiere echar una mirada en su interior, es necesario que lo deje absolutamente todo fuera. En la medida en que es un uno simple, sin modo ni propiedad, allí no es ni Padre, ni Hijo, ni Espíritu Santo; y, sin embargo, es un algo, que no es ni esto ni lo otro.

Mirad, en la medida en que él es uno y simple se aloja en ese uno, que llamo una ciudadela en el alma, y si no es así no puede entrar allí de ninguna manera; sólo así penetra y se halla en su interior. Ésa es la parte por la que el alma es igual a Dios y ninguna otra. Lo que os he dicho es verdad: pongo a la verdad por testigo ante vosotros y a mi alma como prenda.

Que Dios nos ayude a ser una ciudadela, a la que Jesús suba y sea recibido y permanezca eternamente en nosotros en la manera que os acabo de decir. Amén.

El estudio en la espiritualidad dominicana

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Por: Emilio García, op
Facultad de Teología de San Esteban - Salamanca

Existe una compenetración innegable entre el ministerio teológico en la Iglesia y el carisma dominicano, entre una experiencia institucional de la fe, tal como se vive en la Orden de santo Domingo, y la propensión a expresar esa fe según los recursos de la razón, ejerciendo un servicio doctrinal en la Iglesia y en el mundo. Esta compenetración entre ambos fenómenos eclesiales nació en una peculiar coyuntura histórica y ha conservado su vitalidad en la medida en que se ha mantenido el equilibrio de la estructura vital que la garantiza.

 La renovación medieval de la ‘vita apostolica’

La vida según el prototipo de la comunidad apostólica -la ‘vita apostolica’- ha sido siempre el punto de referencia de toda renovación eclesial, sea que esta proviniera de la base o que fuera impulsada desde más altas esferas. Pero ese prototipo, integrado por muy diversos elementos, inspiró muy distintas formas institucionales de vida en la comunidad cristiana a lo largo de los siglos. Simplificando mucho esa variedad, podemos considerar, como etapa anterior a las órdenes mendicantes, el largo discurrir de la vida monástica. El proyecto monástico identificaba la ‘vita apostolica’ con la vita communis, una vida fraterna austera y desprendida individualmente de unos bienes que sólo se poseían en común, para permitir la dedicación desinteresada al trabajo y a la oración. Andando el tiempo, este género de vida irá alejando progresivamente a los monjes de las realidades profanas del mundo, con el consiguientes desconocimiento de su lenguaje y un cierto recelo ante sus aspiraciones. Este proceso llegará a dificultar una verdadera evangelización.

Una nueva interpretación de la ‘vita apostolica’ va a suponer la inserción más decidida de la Iglesia en el marco de una sociedad que se distancia inexorablemente del feudalismo, al ritmo de la pujante expansión de las ciudades. Aquí es donde surgirá, entre otras, una corriente renovadora proveniente de la base eclesial. La interpretación de la ‘vita apostolica’ incluyendo el ministerio de las almas o ministerio ‘apostólico’ (hoy el apostolado se comprende precisamente como el dinamismo propio de una fe comunicativa) desencadenará un nuevo fervor colectivo. En este contexto aparecerán en la frontera de los siglos XII y XIII las Órdenes mendicantes, con un estilo de vida pobre y penitente al servicio de una predicación itinerante para evangelizar a los hombres de la nueva sociedad. Entre ellas, “los Menores, por una parte, que representan, aunque no sea más que por su condición laica primitiva, la reacción más categórica y más conquistadora; por otra parte, los Predicadores, en los cuales santo Domingo realizó esta paradoja consistente en un organismo de clérigos con un programa de evangelismo renovador”[1].


 La teología en la nueva coyuntura histórica

El evangelismo que caracteriza esta época nueva ofrece dos rasgos peculiares: la frecuentación de la palabra de Dios y la sintonía profunda con las aspiraciones de la sociedad naciente. De la confluencia de ambas derivan los nuevos modos de predicación: proclamación evangélica popular, controversia con la herejía y ejercicio teológico de la razón. La predicación popular responde a la inquietud de un laicado cristiano deseoso de encontrar estímulo para vivir su fe en unos moldes de vida nuevos. Reclama del predicador transparencia evangélica, tanto en las costumbres como en la palabra, que ha de ser comprensible para todo tipo de gentes. En el polo opuesto está la enseñanza escolar, propia de las aulas, que incorpora el rigor intelectual a la lectura de la Biblia y al fervor evangélico. Participando de una y otra, la controversia con la herejía presenta una fisonomía testimonial popular y, al mismo tiempo, una exigencia de precisión conceptual y de solidez argumentativa.

Centrándonos en el ámbito de la enseñanza, es ilustrativo destacar aquí el contraste entre la teología monástica y la teología escolástica, como dos formas de pensar la fe que, aun no siendo antagónicas, tampoco se sitúan en estricta continuidad una de otra. Simplemente coexisten, después del advenimiento de los ‘maestros’ y su nuevo estilo docente (la lectio), contrapuesto al de los ‘claustrales’ (la collatio)[2]. Estos dos estilos se injertan en dos espiritualidades también distintas. Una es la de los monjes, que viven ya una fuerte impregnación escatológica en el despliegue esplendoroso del culto. Por el contrario, los nuevos movimientos evangélicos, más enraizados en los vaivenes del mundo, sabrán descubrir en la profanidad de sus estructuras y de sus inquietudes un nuevo terreno donde se encarne la salvación. Se percibe un nuevo equilibrio entre la naturaleza y la gracia, se desarrolla una mayor sensibilidad ante la armonía intrínseca del cosmos y el puesto que en él ocupa el hombre, que es parte del mismo y a la vez lo trasciende por su libertad. Se adquiere una conciencia más clara de las exigencias de la razón y de sus posibilidades para dar cuenta de la realidad y sus causas, de la sociedad y sus estructuras, precisamente en nombre de una fe inserta en la inteligencia curiosa del ser humano. Y si es la fe del Evangelio la que mueve a discernir en la nueva coyuntura humana los caminos que recorrerá la gracia, no puede sorprender que sean ante todo hombres evangélicos quienes construyan el pensamiento teológico de esta nueva cristiandad.

Hay ciertamente diferencias perceptibles entre los maestros del siglo XII y los del XIII. Aquellos se mantuvieron en un clima religioso más espontáneo, como consecuencia de la inspiración neoplatónica de su pensamiento, recibida a través de san Agustín o del Pseudo Dionisio. Éstos, en cambio, alimentados en los escritos de Aristóteles, desarrollaron una argumentación más ‘científica’ en su elaboración racional de la fe. Pero unos y otros tratan de responder a necesidades distintas de aquellas que había satisfecho la teología monástica. “A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 22), uno y otros implicándose mutuamente de manera indisociable[3].

El carisma de santo Domingo[4]: importancia del estudio en su proyecto religioso

Domingo de Guzmán, habituado desde niño a la frecuentación de los libros, había vivido en Palencia una intensa dedicación al estudio, primero de las ‘artes liberales’ y luego de la teología. Había madurado después esas enseñanzas en el retiro contemplativo del cabildo de Osma, dentro de un ambiente clerical ilustrado y moderadamente pastoral. Y desde los primeros tiempos de su predicación en el Languedoc experimentó la necesidad de un sólido bagaje intelectual para hacer frente a la herejía.

Una vez fundada la Orden, cuando decidiera dispersar a sus frailes, en agosto de 1217, enviaría un buen grupo de ellos a París, “para que estudiaran, predicaran y fundaran allí un convento”[5]. El lugar de implantación en París, que es a la vez colegio universitario y convento regular, permitirá a los frailes una irradiación inmediata en los medios intelectuales vecinos, así en el plano del pensamiento teológico como en el de la vida religiosa. La ósmosis que se entabla entre la universidad y la Orden, y el clima peculiar que se vive en el convento, crearán las condiciones que van a hacer posible la empresa intelectual de Alberto Magno y Tomás de Aquino, pasadas unas décadas.

El estudio asiduo -y técnico- de la verdad sagrada constituye uno de los componentes fundamentales de la ‘vita apostolica’, tal como la concibió santo Domingo. Por eso, la Orden de Predicadores incluyó en su estructura institucional, desde su nacimiento, un régimen escolar característico, en el que encontró un medio esencial para conseguir su fin: el conocimiento contemplativo de la verdad revelada y la predicción apostólica que de él dimana (contemplata aliis tradere)[6]. En las primitivas Constituciones -Institutiones- el estudio aparece ya como parte integrante de la vida religiosa dominicana[7]. Por una parte, es sólo un medio para la predicación y la salvación de las almas; pero, por estar al servicio de esta finalidad, reclama una flexibilidad en la “observantia canonicae religionis”. La organización específica del estudio está también prevista en las ‘Institutiones’, ya que afecta a muchos de los frailes, de modo especial a los ‘studentes’ y a los que forman parte del cuerpo docente ( se mencionan concretamente el ‘doctor’, que no puede faltar, junto con el prior, en la fundación de todo nuevo convento, y el ‘magister studentium’). Toda esta normativa se irá desarrollando con rapidez en los años que siguen a la muerte del Maestro Domingo, y llegarán a cuajar en un régimen de estudios bien estructurado, incorporando con mayor confianza y amplitud la filosofía, en tiempos de Alberto Magno y Tomás de Aquino.

Poco a poco la armonía y la solidez de la sistematización llevada a cabo por santo Tomás se irá imponiendo por propia autoridad entre las síntesis doctrinales de esta época de esplendor de la teología, aunque no estará exenta de críticas e incluso de condenaciones eclesiásticas (como la de 1277). Al mismo tiempo, la afinidad de su pensamiento con el carisma de la Orden, por haber nacido de él, irá determinando en ésta la recepción cordial e institucional progresiva de su doctrina y de su estilo de reflexión. Nunca habrá que olvidar la simbiosis entre el Evangelio y la teología, que constituye la base de la obra de santo Tomás, tanto desde el punto de vista existencial como del didáctico. Y siempre será indispensable mantener, a ejemplo suyo, un diálogo abierto con las preocupaciones de la época, tenga o no la teología el protagonismo social de que entonces gozaba.

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La vida dominicana y la ‘misericordia veritatis’ en el presente de la Orden 

El concilio Vaticano II trató de poner al día la vida de la Iglesia según las exigencias del Evangelio, abriendo también con ello a la teología un vasto campo de reflexión desde la fe y de diálogo inteligible con el mundo. La Orden dominicana , al igual que tantas otras familias religiosas, se incorporó a este esfuerzo renovador de la Iglesia tratando de tomar conciencia de su propio carisma fundacional e histórico, revisando íntegramente sus Constituciones y redactando un texto nuevo totalmente refundido[8].

Lo primero que se debe resaltar es la primacía de la misión apostólica, que regula todo lo demás[9]. Una misión que, al realizarse en el tiempo, está necesariamente condicionada por la situación de cada momento histórico en el que se ejerce la función profética de anunciar el Evangelio de Jesucristo[10]. En esa clave adquiere sentido la “responsabilidad de la Orden en las condiciones actuales del mundo”[11], y sólo a partir de esos presupuestos se hace urgente el imperativo del estudio. Así, por una parte, “cuando entre nosotros es débil el deseo de predicar, es casi imposible promover la vida de estudio”[12]; por otra, si no hay sintonía profunda con el misterio de Dios, el resultado es el mismo, pues precisamente “de este misterio contemplado con amor brota el deseo de claridad y conocimiento, que se encuentra en el estudio”[13].  Los Capítulos Generales, sobre todo a partir de 1974[14], se han aplicado con esmero a examinar las características del mundo en que vivimos, sugiriendo modos nuevos de proclamar el Evangelio y descubriendo exigencias también peculiares para nuestra labor teológica. La inspiración que debe animar esta tarea se injerta en nuestra propia tradición: “en la audacia apostólica de nuestro padre Domingo; en la lección de Tomás, que construyó el saber cristiano dándole un estatuto de evangelización, es decir, en confrontación y coexistencia con las novedades histórico-culturales de la Europa medieval; en el testimonio de Bartolomé de Las Casas ante la causa de los oprimidos”[15].

Especialmente este último rasgo ha sido objeto de minucioso tratamiento en varios Capítulos sucesivos: a la vista del estado de opresión y marginación de tantos hombres, se hace necesario recordar que la justicia es un elemento constitutivo de la predicación del Evangelio y que nuestro carisma nos urge a preocuparnos de los más pobres, adoptando un estilo de vida que nos haga solidarios de ellos, que dé credibilidad a nuestra palabra entre ellos y que nos mueva a luchar unidos a ellos por un mundo reconciliado y fraterno[16].

Desde el momento en que esta misión ha de llevarse a cabo con estilo auténticamente dominicano, es inevitable que incluya el estudio. Y ello porque el estudio mismo es una obra de misericordia, que brotó del corazón compasivo de santo Domingo a la vista de las miserias de su tiempo. Los últimos Capítulos no sólo han hablado de una ‘política cultural’[17] de la Orden, conscientes de que la interpretación correcta de los ‘signos de los tiempos’ es camino obligado para toda genuina evangelización. Se han referido muy recientemente, de manera explícita, a la misión intelectual de la Orden como misericordia veritatis o ‘compasión intelectual’[18]: compasión que supone una comprensión desarrollada por el estudio, y comprensión que lleva a la compasión (este es uno de los sentidos del conocido lema ‘contemplata aliis tradere’). Nuestro estudio nos ayuda a percibir las crisis, necesidades, anhelos y sufrimientos ajenos como propios, y así, a entristecernos por ellos y buscar su remedio[19]. Una de las crisis más extendidas y palpables de este mundo nuestro es la falta de esperanza, la crisis de sentido . Ahora bien, “el estudio es en sí mismo un acto de esperanza, puesto que expresa nuestra confianza de que nuestra vida y los sufrimientos de la gente tienen un significado. Y este significado es como un don, como una Palabra de Esperanza que promete vida”[20].

Peculiaridad de nuestro estudio, en razón de la vida religiosa que lo sustenta, es también su dimensión comunitaria. La vida fraterna vivida en común es su contexto natural: porque ésta supone amor, y el amor está en la base de nuestra reflexión apostólica; porque sólo juntos podemos tener una visión teológica completa sobre la realidad; y porque el debate sincero entre los distintos puntos de vista de quienes compartimos una misma inquietud nos ayuda a discernir la verdad[21].

Para terminar, hemos de decir que todo este ambicioso empeño intelectual, nacido de la compasión apostólica, se ha visto favorecido en nuestros días por la creación progresiva de nuevos instrumentos institucionales que lo alientan y lo encauzan[22]. Sólo así puede cobrar realidad en cada época el hermoso proyecto evangelizador a cuyo servicio está, desde los albores de la Orden, nuestro estudio dominicano.



[1] M. D. CHENU, “Reformas de estructura en la cristiandad”, en El Evangelio en el tiempo (Barcelona 1966) 47-48, que termina con este párrafo: “Retorno al Evangelio: el Evangelio es la levadura en la masa. La levadura, a fuerza de estar mezclada, parecía que se había disuelto en la antigua masa; he aquí que vuelve a encontrar su virulencia primitiva. Periódicamente la Iglesia vuelve a encontrarse en esta condición primera; periódicamente, es decir, cuantas veces una tierra humana se abre a la gracia, ya sea una nueva tierra por conquistar, como en los países de misión, ya sea una tierra antigua en la que nace una civilización nueva. Las ‘reformas’, en estos casos, no son ya solamente purificaciones morales o bienhechoras reparaciones; son el advenimiento, por medio de un retorno al Evangelio, de una nueva cristiandad, en la unidad histórica, geográfica, espiritual, de una Iglesia una, santa y católica”. Obsérvese el paralelismo notable, en su intuición teológica, con Jon SOBRINO, Resurrección de la verdadera Iglesia. Los pobres, lugar teológico de la eclesiología (Santander 1981) 114-142.

[2] “Si tuviéramos que caracterizar la lectio del maestro, frente a la collatio del monje, podríamos decir que se trata ante todo de una exégesis, es decir, una interpretación que mira a determinar el contenido objetivo del texto, cualesquiera que sean las necesidades y las ventajas subjetivas. Así lo requiere la transmisión escolar organizada del dato revelado; de ahí que tarde o temprano acabe siendo una ciencia”. CHENU, La théologie au douziéme siécle (Paris 1966) 344.

[3] “La función científica (de la teología) le es necesaria a la arquitectura espiritual y temporal de una cristiandad -así fue como triunfó en el siglo XIII-, pero sólo puede realizarse plenamente si continúa siendo evangélica, portadora de la Palabra de Dios como mensaje, frecuentando asiduamente a los testigos antiguos, resistiéndose a objetivar el misterio en un cientificismo inconsciente, conservando la libre intimidad de la fe en medio de las explicaciones más rigurosas”. Ib., 150.

[4] “Los carismas suponen una iniciativa, una inspiración, un descubrimiento, una novedad que el legislador no había previsto. Ellos no emanan de la autoridad sino del instinto -el instinto del Espíritu Santo- que discierne las nuevas necesidades y las aspiraciones de la existencia cristiana en un mundo cambiante”. CHENU, El carisma de santo Domingo, en Los Dominicos (Bogotá 1983) 29.

[5] “Proceso de canonización de santo Domingo. II. Actas de los testigos de Bolonia. Testigo V: Fray Juan de España”, en Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para su conocimiento (Madrid 1987) 159.

[6] S. Th., II-II, 188, 6.

[7] Cfr. A. DUVAL, L’étude dans la législation religieuse de saint Dominique, en Mélanges offerts à M.-D. Chenu, maître en théologie (Paris 1967) 221-247, donde trata de mostrar cómo la estructura básica del estudio dominicano fue fijada ya bajo el influjo del fundador.

[8] Cfr. Acta Capituli Generalis River Forest, 1968, nº 84. Me referiré a los Capítulos Generales posteriores a éste, en el que se elaboró el nuevo Libro de las Constituciones y Ordenaciones (LCO), únicamente con las siglas respectivas: T = Tallaght, 1971; MA = Madonna dell’Arco, 1974; QC = Quezon City, 1977; W = Walberberg, 1980; R = Roma, 1983; A = Avila, 1986; O = Oakland, 1989; M = México, 1992; C = Caleruega, 1995; B = Bolonia, 1998; P = Providence, 2001.

[9] “La Orden de Predicadores, fundada por Santo Domingo, <>”. LCO 1, II.

[10] Cfr. LCO 1, V. “El tiempo entra en la trama de la revelación. La teología que de ahí se desprende está también en tensión entre dos polos: la verdad eterna de su objeto, la situación contingente en el tiempo. Habrá de cumplir dos exigencias fundamentales: proporcionar una expresión a la verdad del mensaje cristiano, adaptar esta expresión a cada situación. La ‘situación’ incluye la totalidad de la conciencia creadora que el hombre tiene de sí mismo en un momento determinado, la suma de las formas científicas, artísticas, económicas, políticas, sociales o morales en que la conciencia de una generación encuentra, junto con su expresión, la satisfacción de sus esperanzas”. CHENU, homilía con motivo del Congreso Teológico de Bruselas (12-17 sept. 1970). “Concilium” 60 (1970) 198-199.

[11] T 137.

[12] LCO 77.

[13] W 103, 2.

[14] Cfr. la carta de MA 253, dirigida a toda la Orden; en QC 15-35 se analizará más a fondo esa primera aproximación, proponiendo una serie de prioridades apostólicas, recogidas de nuevo en W 17 (y en M, que añade alguna otra), junto con los rasgos propios de nuestra predicación en continuidad con la de santo Domingo; R, cap. II, detallará aún más los “nuevos lugares de evangelización”; y A, cap. II, habla de las diversas ‘fronteras’ que desafían a nuestra misión.

[15] QC 15, 3.

[16] Cfr. QC 19, 1-4; W 17, A 2 y B 3; R, todo el cap. sobre Justicia y paz, especialmente nº 234, B.

[17] Ésta “se orienta a una investigación filosófica y teológica sobre las culturas, sistemas intelectuales, movimientos sociales, tradiciones religiosas que operan fuera del cristianismo histórico”. QC 15, 5.

[18] Son expresiones que aparecen, respectivamente, en P, encabezamiento del cap. III, y

 nº 106; cfr. también C 99.1; y en B 33 se dice que la misión intelectual de la Orden “proclama y enseña la inteligencia de la Palabra como una fuerza de reconciliación, perdón y alegría”.

[19] Cfr. P 108.

[20] T. RADCLIFFE, El manantial de la Esperanza (Salamanca 1998) 102. Este libro recoge, entre otros muchos documentos del Maestro de la Orden, una carta dirigida en 1995 a los frailes con este título, y cuyo subtítulo reza así: “El estudio y el anuncio de la Buena Nueva”.

[21] Cfr. O 109 f; P 114-117. Pertenecen también a esta dimensión comunitaria las iniciativas que la Orden impulsa en el ámbito formativo, cuando recomienda a las provincias y a los centros de estudios el intercambio de estudiantes, de profesores, de recursos bibliotecarios, etc. Cfr. P 144-152.

[22] Además de la normativa de estudios (Ratio studiorum), revisada periódicamente, los Capítulos han ido introduciendo o actualizando otras instituciones personales y estructurales: lector conventual, regente de estudios, promotor provincial de formación permanente, asistente general para la vida intelectual; comisión provincial de vida intelectual, comisión permanente para promover los estudios en la Orden; centros diversificados de estudios (institucionales, superiores, especiales, de formación permanente), etc.

El Santo Rosario, prenda dilecta del Inmaculado Corazón de María.

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La meditación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María constituye como el alma del Rosario, así como el rezo vocal de los Padrenuestros y Avemarías constituye como su cuerpo material. Ambas cosas son absolutamente necesarias para que exista el Rosario. Quien se limitare a rezar los Padrenuestros y Avemarías, pero sin meditar en los misterios, haría, sin duda, una excelente oración, pero no rezaría el Rosario. Y el que meditara atentamente los misterios, pero sin rezar los Padrenuestros y Avemarías, haría una excelente meditación, pero es claro que tampoco habría rezado el Rosario. Para que exista el Rosarios es preciso, imprescindiblemente, juntar las dos cosas: rezo de las oraciones y meditación de los misterios.

¿De qué modo se puede rezar eficazmente el Rosario? Para obtener del santo Rosario toda su eficacia impetratoria y santificadora, es evidente que no basta rezarlo de una manera mecánica y distraída, como podría hacerlo un disco de audio. Es preciso rezarlo digna, atenta y devotamente, como cualquier otra oración vocal.

En teoría hay que reconocer que es difícil rezar bien el Rosario, precisamente porque hay que juntar la oración vocal con la mental, so pena de invalidarlo en cuanto Rosario. Pero en la práctica es fácil encontrar algunos procedimientos que ayudan eficazmente al rezo correcto y piadoso de la gran devoción mariana.

El Rosario debe rezarse dignamente. Esta primera condición exige, como programa mínimo, que el rezo del Rosario se haga de una manera decorosa, como corresponde a la majestad de Dios, a quien principalmente dirigimos nuestra oración.

El mejor procedimiento es rezarlo de rodillas ante el Sagrario o ante una devota imagen de María, pero en general puede rezarse en cualquier otra postura digna modestamente sentado, paseando por el campo, etc. Sería indecoroso rezarlo en la cama- salvo por razón de enfermedad, o interrumpiéndolo constantemente para contestar a preguntas ajenas al rezo, o en un lugar público y concurrido que hiciera poco menos que imposible la atención.

El Rosario debe rezarse atentamente. La atención es necesaria para evitar la irreverencia que supondría si fuera plenamente voluntaria. ¿Cómo queremos que Dios nos escuche, si empezamos por no escucharnos a nosotros mismos?

Sin embargo, no toda distracción es culpable. No tenemos el control despótico sobre nuestra imaginación, sino únicamente político, y no podemos evitar que se nos escape sin permiso, como un siervo desobediente e indómito, que tal es “la loca de la casa” (la imaginación). Las distracciones involuntarias no invalidan el efecto meritorio e impetratorio de la oración, con tal que se haga lo posible por contenerlas y evitarlas. Escuchemos a Santo Tomás explicando admirable-mente este punto interesantísimo al preguntarse “si la oración debe ser atenta”: “Esta cuestión afecta principalmente a la oración vocal. Y para resolverla con acierto hay que distinguir, en primer lugar, lo que es mejor y lo que es absolutamente necesario. Es evidente que para obtener el fin de la oración es mejor que sea atenta. Sin embargo, si nos fijamos en lo que es absolutamente necesario, hay que distinguir en la oración un triple efecto: meritorio, impetratorio y cierto espiritual deleite que produce en el alma del que ora.”

“Para los efectos meritorio e impetratorio, no es necesario que la oración sea atenta de una manera constantemente actual (o sea, en todos y cada uno de los momentos) sino que basta y es suficiente la atención virtual, que es aquella que se puso al principio de la oración y perdura a todo lo largo de ella aunque se produzcan distracciones involuntarias.” Desde luego, si faltara la primera intención, la oración no sería meritoria ni impetratoria. En cambio, la atención actual es absolutamente necesaria para obtener aquel espiritual deleite que lleva consigo la oración fervorosa, que es incompatible con la distracción, aunque sea involuntaria.

“Téngase en cuenta, además, que en la oración vocal puede ponerse una triple atención. La primera y más imperfecta se refiere a la correcta pronunciación de las palabras de que consta. La segunda se fija en el sentido de esas palabras. La tercera, finalmente, pone todo su empeño en el fin de la oración, o sea, en Dios y en la cosa por la que se ora.”
Esta última es la más importante y necesaria y pueden tenerla incluso las personas de cortos alcances o que no entienden el sentido de las palabras que pronuncian (por ejemplo, por rezar en latín). Esta última atención puede ser tan intensa que arrebate la mente a Dios, hasta “el punto de hacernos perder de vista todas las demás cosas”.

Teniendo en cuenta estos principios del Doctor Angélico y con el fin de facilitar la atención en el rezo del santo Rosario y extraer de él su máxima eficacia santificadora, puede seguirse el siguiente método, que ha sido ensayado con éxito por muchas personas que sufrían distracciones en el rezo del mismo:

1°. Durante el rezo del Padrenuestro, fijarse únicamente en el sentido maravilloso de cada una de las palabras, sin pensar para nada en el misterio correspondiente del Rosario, ya que es psicológicamente imposible atender eficazmente a dos cosas a la vez.

2°. Durante el rezo de las tres primeras Avemarías, fijarse exclusivamente en el sentido de esas Avemarías, saludando a la Virgen con ellas y sin tener para nada en cuenta el misterio a que pertenecen, por la razón ya indicada.

3°. Durante el rezo de las tres siguientes Avemarías, pensar solamente en el misterio correspondiente que se está rezando, sin pensar para nada en las Avemarías que se recitan.

4°. Durante las tres o cuatro Avemarías finales, pensar sólo en las consecuencias prácticas que se desprenden del misterio correspondiente (ej.: humildad de María, su amor a la cruz, etc.)

5°. Durante el Gloria, pensar únicamente en glorificar con él a la Santísima Trinidad.

En segundo término, el Rosario ha de rezarse devotamente. La devoción consiste en una prontitud del ánimo para las cosas tocantes al servicio de Dios. Es imposible que el alma no se sienta llena de devoción si reza tan perfectamente como le es posible el Rosario.
Una cosa importantísima hemos de advertir aquí. El fin principal de toda oración vocal o mental es unir el alma con Dios de la manera más íntima realizable. Todo lo demás, incluso la impetración de las gracias que pedimos, es secundario en relación a esta finalidad suprema. De donde hay que concluir que, si durante el rezo del Rosario o de cualquier otra oración vocal no obligatoria se sintiera el alma llena de un amor de Dios tan intenso que el rezo le resultara muy penoso o poco menos que imposible, habría que suspender inmediatamente el rezo sin escrúpulo alguno, para “dejarse abrasar en silencio” por aquella llama de amor viva “que sabe a vida eterna y paga toda deuda” como dice San Juan de la Cruz.

El rezo del Rosario en las condiciones que acabamos de indicar constituye una de las más grandes y claras señales de predestinación que podemos alcanzar en este mundo, al reunir la eficacia infalible de la oración impetratoria de la perseverancia final y la poderosísima intercesión de María como mediadora universal de todas las gracias.
Quiera Dios conceder a cada uno de los lectores el deseo ardiente de un gran devoto de la Virgen en su doble advocación del Carmen y del Rosario:


Cuando con blanco sudario
cubran los despojos míos,
¡Sálveme tu escapulario
y tengan mis dedos fríos
las cuentas de tu Rosario!

El Rosario peregrino del Jubileo

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¡Todos juntos!

Muchos están preparando la celebración de los 800 años de la fundación de la Orden de Predicadores.

En varias reuniones en la Curia General de Roma, Fr. Bruno Cadoré destacó la importancia de lanzar iniciativas concretas que puedan movilizar a todos los miembros de la familia dominicana.

He aquí pues un proyecto de "Rosario peregrino" para el Jubileo. A lo largo del octavo centenario de la Orden, viajará por todos los monasterios de monjas dominicas.

¿Por qué elegir a nuestras monjas? ¡Para hacer lo que hizo Nuestro Padre Santo Domingo que comenzó con ellas! Toda la familia dominicana se apoyará en su oración ¡y podrá participar, por supuesto!

En concreto... ¿cómo va a suceder todo esto?

Se va a elaborar un programa para toda la duración del Jubileo. Dos días serán "dados" a cada monasterio que se convertirá entonces, por así decirlo, en el centro del mundo del Rosario.

Durante estos dos días, las monjas, si así lo desean y lo pueden, tendrán toda la libertad de organizar un encuentro, un tiempo de oración vinculado con el Rosario. Y podrán invitar a los hermanos y a las hermanas apostólicas o también a los laicos que vivan cerca de su monasterio.

¿Qué fechas?

¡Por supuesto, todos estos elementos estarán publicados en la página web Rosarium!

- 30 de junio 2015: el calendario del Jubileo será establecido para el Rosario. Encontraremos allí los dos días dedicados a un monasterio y, para cada mes, un día dedicado a una intención particular que vincule liturgia y apostolados.

- 1º de septiembre 2015: fecha límite para el envío de rosarios. Cada monasterio, en la medida de sus posibilidades, es invitado a hacer 1 o 2 Rosario(s) con 15 misterios.

Hay que mandar este rosario a Santa Sabina, al Promotor de las Monjas. Gracias de pensar en poner una etiqueta con el nombre de la comunidad para que el monasterio que lo reciba pueda conocer su procedencia.

- 8 de septiembre: pondremos en línea una celebración del Rosario. Presentará los 20 misterios con meditaciones dominicanas.

Será fácil de usar, ya sea tomando una serie de 5 misterios -de una misma serie o no-, ya sea tomando los 15 o los 20 misterios. Cada uno lo podrá adaptar según las necesidades o las circunstancias.

- 15 de septiembre: una carta será enviada a todos los monasterios de monjas.

- Del 16 al 20 de septiembre: una carta será enviada a las hermanas apostólicas, a los provinciales, a los promotores provinciales del Rosario y a los santuarios de los que se encargan los hermanos.

- 7 de noviembre: apertura del Jubileo.

Al final de la celebración, el Maestro de la Orden bendecirá los rosarios antes de que los mandemos a cada uno de los monasterios.

- Durante el Jubileo: los monasterios que lo deseen pueden enviar un artículo sobre las actividades propuestas en el marco de este Rosario peregrino.

Es muy fácil: basta con escribir un breve artículo con una o dos fotografías. Estaremos encantados de ponerlo en línea... ¡y esto permitirá dar visibilidad a su monasterio!

Si es posible dar este artículo en la lengua del país del monasterio y en un idioma oficial de la Orden (¡o incluso en los tres!), ¡los que visitan el sitio quedaran muy agradecidos!

Y luego habrá otras... ¡sorpresas!
¡Pero hoy no lo vamos a revelar todo!
El año jubilar será un año del Rosario... ¡todos juntos!

Fr. Louis-Marie Ariño-Durand, OP
Promotor General del Rosario