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La idea del matrimonio homosexual; es producto del razonamiento torpe: Thomas Sowell



*Thomas Sowell (1930) es un pensador y economista liberal estadounidense. Tras el fallecimiento de Jean-François Revel, ha quedado como uno de los máximos representantes de la oposición al modelo de pensamiento de lo "políticamente correcto". Su aplicación de la lógica de la economía a distintos ámbitos sociales es la que le ha conducido a un modelo de pensamiento liberal. Thomas Sowell es norteamericano de origen y afroamericano. Este último punto es importante porque, a pesar de ello, Sowell ha combatido ferozmente las leyes de discriminación positiva. Se doctoró en Economía en la Universidad de Chicago en 1968 y, desde 1980, se encuentra vinculado a la Universidad de Stanford a través de The Hoover Institution.

El asunto del matrimonio homosexual es uno de los muchos signos de la torpeza del razonamiento de nuestros días. Siglos de leyes, políticas y tradiciones han crecido alrededor del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. Ahora se demanda que todas esas leyes, políticas y tradiciones simplemente se transfieran automáticamente y en masa a una unión completamente distinta que ha decidido escoger la misma palabra para definirse.

Los homosexuales pisaban tierra firme cuando argumentaban que lo que sucedía entre adultos libres de elegir no es asunto de nadie más. Ahora quieren convertirlo en asunto de todo el resto del mundo requiriendo a otros la aprobación de sus uniones y un tratamiento similar al que dispensan a cualquier otra unión, tanto legalmente como en la práctica social.

En primer lugar, ¿por qué es el matrimonio una preocupación del gobierno? Existen al menos tres razones:

La primera de todas es que el matrimonio entre hombre y mujer tiene el potencial de producir más gente, que no son ni adultos ni libres de elegir. El bienestar de los niños es importante tanto por su propio bien como por el bien de la sociedad en su conjunto, cuyo futuro está representado por dichos niños. Esta consideración obviamente no se aplica a uniones homosexuales.

Segundo, hombres y mujeres se sitúan en muy diferentes situaciones dentro de un matrimonio. El hecho ineludible de que sólo las mujeres se quedan embarazadas significa que la situación de hombre y mujer nunca va a ser la misma, sin importar cuanto lenguaje "neutral" empleemos o cuanto hablemos, según la última moda, de como "vamos" a tener un hijo. Las leyes deben hacer a ambos igualmente responsables del niño que ella, en solitario, va a tener. De igual modo, esta consideración no se aplica a las uniones homosexuales.

Tercero, el tiempo tiene distintos efectos en hombres y mujeres. Cuando los años transcurren y las mujeres pierden su atractivo físico, los hombres suelen estar ascendiendo en ingresos y estatus profesional. Es frecuentemente más fácil para un hombre de mediana edad abandonar a su esposa y casarse por segunda vez con una "mujer trofeo" más joven, que para una mujer volver a casarse tan ventajosamente. Puesto que la mujer a menudo ha invertido años de su vida en crear un hogar y una familia, el contrato matrimonial es una manera de intentar asegurarle que su inversión no será en vano.

No se pueden aplicar éstas y otras diferencias entre sexos cuando los miembros de una unión familiar son del mismo sexo. Cuando son sencillamente "adultos libres", pueden ponerse de acuerdo en los términos que deseen aplicarse entre ellos. No es asunto de nadie más y no debería ser asunto de la ley.

El decidir considerarse a sí mismos como una pareja casada es algo completamente distinto de decir que todo un elaborado cuerpo de leyes, políticas y tradiciones - que evolucionaron a partir de las experiencias de innumerables generaciones de uniones entre hombres y mujeres - debe automáticamente aplicarse a sus muy distintas circunstacias. Puedes decidir llamarte como desees, por ejemplo "Reina de Saba", pero eso no te da derecho a obligar a los demás a llamarte Reina de Saba.

Después de tantos años de educacion disminuida, puede ser inevitable que tengamos ahora un buen número de personas entre nuestra población que no sean capaces de ver detrás de las palabras para observar las realidades que dichas palabras se supone que significan. Es difícil imaginar ninguna generación previa de americanos que se hubiesen tomado seriamente la idea de aplicar las leyes matrimoniales a uniones familiares que carecen de las características que provocaron el nacimiento de dichas leyes.

El tema del matrimonio homosexual es uno de tantos ejemplos de la táctica victimista, esa que proclama: "Soy una víctima. Por tanto, si no me das todo lo que te pido y me permites pisarte como un felpudo, se demuestra que eres una persona malvada y llena de odio." A pesar de su falta de lógica, es indudable que se trata de una táctica de gran éxito político.

La única recompensa que tiene ceder a demandas irrazonables son más demandas irrazonables. Habiendo gastado mucho más dinero en el SIDA del que se ha gastado en otras enfermedades mortales que afectan a más gente, los activistas homosexuales se dedican ahora a exigir que el gobierno federal investigue el tipo de drogas empleadas en los clubs nocturnos por los homosexuales, para hacerlas más seguras. ¡Imagine si los alcohólicos pidieran que el gobierno se gastara el dinero en hacer las borracheras más seguras!

Los homosexuales no son el único grupo que ha jugado este juego y ganado. Nuestra vulnerabilidad a tales tácticas es mucho más peligrosa que un uso particular de las mismas o su aprovechamiento por un grupo específico, porque significa que nos estamos convirtiendo en el blanco de cualquier demagogo hábil que decidar venir y llevarse cualquier cosa que poseemos, incluyendo nuestra libertad y todo aquello que nos convierte en América.


Por Thomas Sowell*
Traducido por Daniel Rodríguez Herrera

La gracia de Dios está en la cortesía

Nuestra Señora fue objeto de la sublime cortesía de Dios durante la trascendental conversación con el ángel en la Anunciación que cambió toda la historia de la humanidad, al fin y al cabo los ángeles son los cortesanos de Dios y están alrededor del trono divino. El ángel, con gran reverencia y cortesía la saludó con las palabras que le había encomendado la Santísima Trinidad: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo.
También fue objeto de la cortesía de santa Isabel, más aún, como en todo lo cristiano, la Virgen es nuestro supremo modelo de cortesía:
Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego:
«Ella lo trata, con un cariño extraordinario, casi como se hace con un niño. Vemos, de un lado, la predilección que Nuestra Señora tiene no sólo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos sino, por otro lado, cómo Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud, el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud, cómo Ella habla a esas almas con una ternura completamente particular.
Aquí ustedes tienen un principio que deseo resaltar: donde existe la verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, las maneras nobles. Por el contrario, donde la virtud muere, las maneras nobles, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo…
Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe tener delicadeza de maneras, y sabe tratar a Nuestra Señora con respeto, con una verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviese delicadeza de alma, él podría ser un hidalgo, pero no trataría a Nuestra Señora con verdadera hidalguía».1
Cuando San Pablo escribió en su Primera Carta a los Corintos el amor no es descortés, sin lugar a dudas tenía en mente el caos de las asambleas cristianas por la descortesía entre unos y otros,2 había quienes eran desconsiderados y vociferantes en las asambleas, violaban las buenas maneras, ignoraban los deseos y sentimientos de otros miembros sólo para obtener sus propios fines. En una reunión, el derecho parlamentario es cortesía hacia otros, pero en Corinto prevalecía la ilegalidad parlamentaria.
El verdadero cristiano es agradable, educado, cortés, no porque tenga que serlo, no porque busque progresar, esa es el arma despreciable del servil, del parásito y del adulador.
Ser agradables, generosos, corteses, educados, de buen carácter, como se quiera llamar, es una virtud que se cultiva. La cortesía no es estrictamente distinta de las otras virtudes, es una cualidad que se encuentra en todas ellas.
El humorista estadounidense Art Buchwald dijo que la descortesía era un buen indicador económico: cuando los empleados de servicios turísticos, la gente de las oficinas de reservación de los hoteles y los meseros son más corteses, agradables y educados, la economía anda mal. En la misma medida en que los empleados de hoteles son más amables, el país se encuentra en mayores problemas. Sin embargo, cuando la gente del ramo turístico se vuelve brusca, y a los empleados de las tiendas les importan un bledo sus clientes, y el jefe de meseros se comporta con aires de grandeza, es cuando la economía va cuesta arriba.3
La cortesía es, ante todo, respeto por el prójimo, y el fundamento último de todo respeto es reconocer a Cristo en nuestro prójimo.
“San Francisco veía sólo la imagen de Dios multiplicada, pero nunca monótona. Para él un hombre era siempre un hombre, y, aun cuando estuviera mezclado en una densa multitud, le miraba como si estuviera a solas con él en un desierto. Honraba a todos los hombres; es decir, no solamente los amaba, los respetaba. El secreto de su extraordinario poder de captación era éste: desde el Papa hasta el pordiosero, desde el sultán de Siria en su pabellón hasta los andrajosos ladrones que salían a gatas de los bosques, jamás hubo un hombre que mirara aquellos ojos negros y encendidos que no sintiera con certeza que Francisco Bernardone tenía un interés sincerísimo en él, en su vida ínfima individual, desde la cuna hasta el sepulcro y que a él personalmente le apreciaba y le tomaba en serio”.4
El cristiano cortés reconoce la dignidad de toda persona humana, él mira a cada persona con un destino eterno, por tanto respeta a cada persona, la toma en serio por lo que es.
San Juan Bautista de La Salle hizo de la cortesía el eje de su proyecto educativo sustentándola en la eminente dignidad de la persona humana:
Es cosa llamativa que la mayoría de los cristianos solo consideran la urbanidad y la cortesía como una cualidad puramente humana y mundana y no piensan en elevar el espíritu más arriba. No la consideran como virtud que guarda relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Eso manifiesta claramente el poco sentido cristiano que hay en el mundo y cuán pocas personas son las que viven en él y se guían según el Espíritu de Jesucristo. … La cortesía cristiana es, pues, un proceder prudente y regulado que se manifiesta en las palabras y en las acciones exteriores, por sentimiento de modestia, de respeto, o de unión y caridad para con el prójimo, y toma en consideración el tiempo, los lugares y las personas con quienes trata. Y esta cortesía, que se refiere al prójimo, es lo que propiamente llamamos urbanidad”. 5
El ensayista y moralista francés Joseph Joubert sintetizó la virtud de la cortesía diciendo que ésta es la flor de la humanidad y el que no es suficientemente cortés, no es suficientemente humano.
La cortesía está ligada estrechamente a la humildad.
«Entre vosotros no debe ser así; al contrario, quien, entre vosotros, desea hacerse grande, hágase sirviente de los demás; y quien desea ser el primero, ha de ser esclavo de todos. Porque también el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».6
El hombre orgulloso o centrado en sí mismo puede ser educado, pero él nunca puede ser amable, porque se niega a servir. Con el grito desafiante del príncipe de la muerte y la descortesía, comenzó la batalla entre la soberbia y la humildad: ¡Non serviam! – no serviré.
El gran Chesterton definió a la cortesía como la unión de la humildad y la dignidad. Ciertamente, la cortesía está profundamente ligada a la virtud de la humildad.
La gentileza es una expresión de la bondad. La bondad nos hace que no deseemos dirigir la ira hacia nadie. Si la ira se dirige a sí misma, el alma devuelve gentileza. El mundo lo hace de otra forma, ha regresado al ojo por ojo y diente por diente del Antiguo Testamento, nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a poner la otra mejilla.
«El Señor nos indicó el camino cuando dijo: Tomad sobre vosotros el yugo mío, y dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón; y encontrareis reposo para vuestras vidas. Porque mi yugo es excelente; y mi carga es liviana».7
Dijo el Poverello de Asís: La cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y fomenta el amor.
«Todo el mundo afirmaba que la cortesía brotaba de él desde un principio, como una de las fuentes públicas en aquel soleado mercado italiano. Hubiera podido escribir, entre sus versos, como lema propio, esta estrofa de Mr. Belloc:
La cortesía es mucho menos
que el valor o la santidad.
pero, bien meditado yo diría
que la gracia de Dios está en la cortesía.
Nadie puso nunca en duda que Francisco Bernardone fuera valeroso, aun en un sentido puramente viril y militar; y debía llegar un tiempo en que no se tendría tampoco duda respecto de la santidad y la gracia divina que lo adornaron. Si existía algo de que el hombre tan humilde se sintiese orgullo, eran sus correctos modales».8
«La vida del alma está destinada a manifestarse sensiblemente a través de la del cuerpo, la caridad a manifestarse en actos externos de cortesía. La cortesía es un rito social alimentado por la caridad cristiana, también ordenada a la gloria de Dios. “La cortesía es para la caridad lo que la liturgia es para la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna y la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad fraterna”.»9
Parecería que la cortesía hoy en día está en vías de extinción. Con la era digital, también conocida como era informática, la forma de relacionarse con las personas carece de buenos modales, “la cortesía y la bondad son superados por la grosería y la impaciencia”, el computador es “para muchos es camino para abandonar las inhibiciones y las buenas maneras”. Las generaciones de niños en la actualidad, han perdido, por ejemplo, el comportamiento básico en la mesa, ahí vemos que los crecientes hábitos de consumir comida chatarra en el vehículo o frente al televisor hacen sus efectos.
En la Edad Media, los bárbaros invadieron Europa llevando consigo la descortesía, pero los monjes forjaron y salvaron la civilización cristiana de la Europa medieval. Ahí surgió la caballerosidad con su galantería y cortesía, su consideración y cuidado de los otros, especialmente los débiles y desvalidos.
También se ha producido un desbalance del trato eclesiástico en las últimas décadas, con la alteración de las costumbres, la trivialización de las rúbriucas y la desacralización de la música.
«Así, ustedes comprenden bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Y, por el contrario, las maneras triviales, bajas, igualitarias, brutas son – precisamente – el fruto de la Revolución y del demonio».10
Germán Mazuelo-Leytón/adelantelafe.com
1  Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU
2  Cf.: 1 COR 14, 26-40.
3  SHAMON, P. ALBERT, Nuestra Señora dice: amen a la gente.
4  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
5  LA SALLE, San JUAN BAUTISTA DE, Reglas de cortesía y urbanidad cristiana,0.1 y 0.9.
6  SAN MARCOS 10, 43-45.
7  SAN MATEO, 11, 29.
8  CHESTERTON, GK, San Francisco de Asís.
9  DE MATTHEI, ROBERTO, Plinio Corrêa de Oliveira: El cruzado del siglo XX.
10  CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego,http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_661212_Nuestra_Senora_de_Guadalupe.htm#.V4mPVvnhDIU

Fecisti nos ad Te


Escrito por Padre Custodio Ballester
Nos creaste, Señor, imprimiendo en nosotros el movimiento hacia Ti, por eso nuestro corazón no tiene descanso, si no lo tiene en Ti. (San Agustín. Las Confesiones)
“Al hacernos, nos proyectaste hacia ti”. No recuerdo dónde di con ella, pero ésta es la traducción de la supercelebérrima frase de san Agustín que más me ha impactado. San Agustín no dijo “Nos hiciste para ti, y nuestro corazón no descansa hasta que descanse en ti”. Lo que dijo es mucho más fuerte. Dios no nos hizo para Él, sino que al hacernos, imprimió en nuestro ser la necesidad irrefrenable de ir hacia Él, de manera que forma parte de nuestra naturaleza el tender hacia Dios. Es decir que nosotros no somos un fin de Dios (para Dios), sino que Dios es un fin nuestro: Dios es la finalidad y el objetivo de nuestro movimiento, de nuestro ad (de nuestro “hacia”). Fecisti nos ad te, et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in te.
Es una imagen potentísima, a la altura de la increíble genialidad de san Agustín. No está hecho el hombre para estarse quieto. El hombre está hecho para proyectarse, y además con enorme fuerza: bien que lo vemos. ¿Hacia el “progreso”? ¿Hacia la riqueza? ¿Hacia el bienestar? ¿Hacia su apoderamiento y transformación de todo el mundo? ¿Hacia la felicidad? Pues no, no es esa la proyección real del hombre: no se aquietará su corazón por lejos que llegue por esos caminos. El hombre está proyectado (proyecto y proyectil) hacia Dios. Su proyecto es fundirse en Dios: por eso es un proyectil lanzado hacia Dios. Forma parte de la naturaleza del hombre ir hacia Dios.
Que este movimiento nuestro hacia Dios forme parte de nuestra naturaleza, es como que el movimiento vertiginoso de los electrones en torno al núcleo, forme parte del átomo. Sin ese movimiento, ¡no habría átomo! Y sin movimiento hacia Dios, dice san Agustín en esta bellísima frase, no habría hombre.
Toda la biología está plagada de ejemplos de este tipo: el movimiento forma parte de la naturaleza de la propia vida, y de infinidad de elementos que hacen funcionar la vida. Es quizá más entendible esta idea si nos fijamos en la Tierra, en nuestro planeta. No es sólo su masa lo que define a la Tierra, como tampoco nos define a nosotros nuestra masa. Si la Tierra no orbitase en torno al Sol ni girase en torno a sí misma, no es que no sería la Tierra: es que ni tan siquiera sería un planeta, ni menos del sistema solar, que es lo que la hace Tierra. Sería un meteoro a la deriva, un pedrusco (grandote, pero pedrusco) pendiente de chocar con otros meteoros mayores o menores también a la deriva, para ir desmenuzándose hasta convertirse en meteorito, con fragmentos atrapados para ser cola de cualquier cometa, y con otros fragmentos engullidos por cualquier agujero negro. La Tierra es “La Tierra” porque se mueve en el sistema solar, en la órbita en que se mueve y de la forma en que se mueve. El movimiento forma parte de su ser tanto como su masa y la naturaleza de ésta. Si no fuesen éstas sus características precisas, no sería un planeta vivo, ni tendría un papel tan preponderante la vida en la configuración y funcionamiento del planeta.
¿Y el hombre? Jamás hubiese llegado a ser lo que es, si no hubiese sido creado hacia Dios, si no estuviese en la órbita de Dios. Es preciso por tanto que perfilemos nuestra visión del hombre analizando su trayectoria, su recorrido a quo (de dónde venimos) ad quem (adónde vamos): ambos términos perfectamente definidos en nuestra antropología (que la teología, al fin y al cabo, se entronca en la antropología).
Como ocurre con la Tierra y como ocurre con los electrones, el hombre no se define por su masa, por su mero valor material y materialista como hoy se pretende. Forma parte inseparable de la esencia del hombre, su movimiento. Es muchísimo más importante hacia dónde va el hombre (hacia Dios, dice san Agustín), que qué es el hombre: una brizna de hierba que arrastra el viento, dice Job. Igual que es infinitamente más potente el movimiento del electrón que su masa.
Y vemos con claridad meridiana que cuando el hombre se ha dirigido hacia Dios y se ha dejado atraer por Él, ha ganado en valor y dignidad; mientras que cuando ha cambiado el rumbo alejándose de Dios o yendo directamente contra Él, la humanidad ha decaído, perdiendo lo más noble de su esencia. Mientras Dios tira del hombre hacia arriba, crece el hombre: porque la bondad es su horizonte. Pero cuando la humanidad se deja llevar por su propio peso, por su pura materialidad, se dispara como planeta sin rumbo hacia la nada, hacia su propia destrucción. El bombardeo mediático del lobby LTGB –trans y homosexual- dinamitero no ya de la familia, sino del mismo concepto de ser humano: hombre y mujer. Las violaciones sistemáticas de la libertad religiosa no sólo en Corea del Norte y en China, sino en Barcelona y Hospitalet de Llobregat, por parte de unas autoridades investidas por un derecho quasi divino a gestionar las manifestaciones religiosas de sus pueblos. El reconocimiento como derecho de las mayores perversidades -léase aborto, eutanasia y la adopción por parejas homosexuales- y la actitud silente y acomplejada por miedosa de aquellos que por su ministerio deberían defender del lobo a sus ovejas, nos lleva a una situación de postración moral que se acentúa cada vez más.
Es ahí donde nos encontramos, en nuestro proceso de destrucción. El Occidente cristiano acometió su propia demolición empezando por la cabeza: su primer empeño es destruir a Dios, arrancarlo de su vida. A partir de ahí, la destrucción total del hombre en que tan empeñados están los grandes poderes de este mundo, viene rodada. Y una vez destruido el hombre, la única referencia de bien y mal es el Estado. Y no queda ya ningún obstáculo para que el poder se incaute no sólo de tu dinero, sino también de aquello que sólo a Dios pertenece: el alma, el espíritu de un hombre que ha dejado de serlo para convertirse en combustible incinerado en las calderas de un Sistema tiránico e inmoral, por muy democrático que quiera presentarse.
Custodio Ballester Bielsa, pbro.
www.sacerdotesporlavida.es

¿Para que sirve la moral?


He de confesar que cada día me impacta más enfrentarme a la “amoralización” de la sociedad. Desde siempre y por siempre han existido y existirán los inmorales es decir, aquellas personas cuya conducta va contra los principios morales -aquellos que se portan mal- pero, al fin y al cabo, dándose cuenta de ello. Sin embargo, basta escuchar un rato la radio a cualquier hora, para oír comentarios donde se mencionan ejemplos de desordenes morales a los cuales se les ha ido otorgando carta de nacionalidad. Tal parece que actualmente los únicos que tienen la capacidad de realizar actos inmorales son los asaltantes, los secuestradores, los narcotraficantes y los políticos. 

Vivir en adulterio; decir malas palabras o desnudarse ante las cámaras de televisión o en un estadio; tener relaciones prematrimoniales; abortar; ganar dinero a través de publicidad pornográfica; publicar todo, de todos, sin respetar la intimidad; revelarse en contra de los padres de familia o faltar al respeto a los mayores; llevar una relación homosexual o lesbiánica; drogarse; burlarse de la religiosidad de la gente; hacer bromas pesadas a través de llamadas telefónicas que se trasmiten por radio, sin previo aviso de tales circunstancias a los interesados; y otros extravíos “ya no son pecados”. Es más, el mismo concepto de pecado se encuentra arrumbado en el rincón de las cosas inservibles esperando que llegue el día para venderlo, a uno de esos comerciantes que compran de todo por kilo, para rematarlo en los barrios pobres. (No sé por qué, pero me da la impresión de, quienes piensan así, son esas personas que se hablan de tú con las mayúsculas). 

Quizás sea éste un buen momento para plantearnos si la moral sigue sirviendo, o también ha llegado el momento de deshacernos de ella, para poder vivir tranquilos sin fantasmas o inquietudes que nos espanten el sueño. 

Uno de los errores más generalizados consiste en pensar que la moral es un asunto inventado y comercializado por la religión, y para ser más concretos, por los ministros de los diversos cultos, estableciendo, con ello, un sistema de control sobre sus fieles, en un régimen amenazador de castigos y escarmientos temporales y eternos. ¡Uy, qué susto se llevó el miedo! La verdad es que todo lo anterior no debería extrañarme, pues no podría ser de otra manera dado que tenemos un poco más de dos siglos de influencia liberal.

Conviene dejar claro que “liberal” y “libertad” no son lo mismo; pues la corriente liberal afirma que la esencia del hombre es la libertad, y si bien es cierto que, por naturaleza, el hombre es un ser libre, no deja de ser hombre cuando su libertad está restringida. La libertad es una característica fundamental de la perfección humana, pero en la cárcel, o en un campo de concentración, el ser humano sigue siendo hombre. Además la libertad absoluta e ilimitada es imposible. El universo con sus leyes me limitan, es más, mi misma naturaleza no me permite hacer todo lo que los demás seres hacen: como por ejemplo volar imitando a las aves, pues carezco de alas. 

Ya sé que puedo usar aparatos para volar, pero entonces estaré limitado por el uso de algún combustible... pero también lo puedo comprar. Sí, pero necesariamente llegará el momento en que lo consuma y tendré que comprar más, además estaré sujeto a las leyes internacionales de aeronáutica, y a las condiciones del clima... en definitiva...: no soy pájaro, y si lo fuera, no podría hacer lo que como hombre hago.

Sin moral el comercio sería siempre un medio de explotación; la política sería mucho más peligrosa; la autoridad siempre terminaría en dictadura; la medicina en simple comercio; la familia dejaría de ser eso; la educación no pasaría de instrucción; la verdad y la mentira tendrían el mismo valor. Sin moral todo orden legal se vendría abajo; dejaría de existir la decencia y, por lo mismo, la gente decente. Sin moral la mujer pasaría de persona a objeto de placer; la sexualidad pedería su dignidad; la paternidad y la maternidad se reducirían a un conjunto de obligaciones molestas. Sin moral no habría diferencia entre noviazgo y promiscuidad. Sin moral, ninguna guerra sería injusta, y si lo fuera, no sería mala, pues la maldad y la bondad son conceptos morales, no jurídicos.

A los detractores de la moral les recomendaría considerar que la moral pueda ser el mismo fundamento de la civilización y acabar con ella traería consecuencias nefastas, como lo estamos constatando. La moral está siendo condenada a muerte... ¿Habrá, acaso, algún abogado que esté dispuesto a defenderla?

Autor: Padre Alejandro Cortés González-Báez  

Publicado por SSA