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¡Volvamos a invocar el Santísimo Nombre de Jesús!



“En el año 1274 grandes males amenazaron al mundo. La Iglesia fue asaltada por furiosos enemigos desde adentro y fuera. Fue tan grande el peligro que el Papa Gregorio X, que reinaba por entonces, convocó un Concilio de obispos en Lyon para determinar la mejor manera de salvar a la sociedad de la ruina en la que estaba cayendo. Entre las muchas formas propuestas, el Papa y los obispos eligieron la que ellos consideraron más fácil y eficaz de todas, es decir, la frecuente repetición del Santo Nombre de Jesús.

El Santo Padre entonces pidió a los obispos del mundo y a sus sacerdotes que invocaran el Nombre de Jesús y urgieran a sus fieles el poner su confianza en éste poderoso Nombre, repitiéndolo constantemente con ilimitada confianza. El Papa encargó especialmente a la Orden de Santo Domingo la gloriosa tarea de predicar las Maravillas del Santo Nombre, trabajo que ellos cumplieron con ilimitado celo.

Sus hermanos Franciscanos les secundaron. San Bernardino de Siena y San Lorenzo de Puerto-Mauricio fueron ardientes apóstoles del Santo Nombre de Jesús.

Sus esfuerzos fueron coronados con el éxito. Fueron barridos los enemigos de la Iglesia y desaparecieron los peligros que amenazaban a la sociedad y la paz reinó una vez más.

Esta es la lección más importante para nosotros porque, en nuestros días, terribles sufrimientos están aplastando muchas naciones. Y aun mayores tribulaciones están amenazando a todas las demás.

Ningún gobierno o gobiernos parecen lo bastante fuertes y hábiles como para detener este tremendo torrente de males. No hay más que un remedio y es la oración.

Todo cristiano debe volver a Dios y pedirle misericordia. La oración más fácil de todas las oraciones, como hemos visto, es el Nombre de Jesús.

Todos, sin excepción, pueden invocar este Santo Nombre cientos de veces al día, no solamente por sus propias intenciones, sino también para pedir a Dios que libere al mundo de una inminente ruina.

Es asombroso lo que una persona que reza puede hacer para salvar a su país y a la sociedad. Leemos en la Sagrada Escritura cómo Moisés salvó por sus oraciones al pueblo de Israel de la destrucción y cómo una piadosa mujer, Judit de Betulia, salvó su ciudad y su gente cuando los gobernadores estaban desesperados y a punto de rendirse a sus enemigos.

De nuevo notamos, que las dos ciudades Sodoma y Gomorra, que Dios destruyó con fuego, por causa de sus pecados y crímenes, ¡les hubiera perdonado si hubieran habido solamente diez personas que rezaran por ellos!

Una y otra vez leemos de reyes, emperadores, hombres de estado y famosos comandantes militares que pusieron toda su confianza en la oración, y así obraron maravillas. Si las oraciones de un hombre pueden hacer tanto, ¿cuánto más harán las oraciones de muchos?

El Nombre de Jesús es la más corta, más fácil, y más poderosa de las oraciones. Todos pueden decirlo incluso en medio de su trabajo diario. Dios no puede rehusar de oírlo.

Invoquemos el nombre de Jesús pidiéndole que nos salve de las calamidades que nos amenazan”.

(De “Las maravillas del Santo Nombre de Jesús” de Fr. Paul O’Sullivan OP: http://www.traditio-op.org/biblioteca/Sullivan/Las_Maravillas_de_Santo_Nombre,_Fr_Paul_O_´Sullivan_OP.pdf ).

(Imagen: Niño Jesús por Émile Munier).

De la eficacia y necesidad de la Oración. San Alfonso María de Ligorio

Sermón para el domingo décimo después de Pentecostés
Deus propitius esti mihi peccatori. Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. (Luc. XVIII, 3) 
Nos dice el Evangelio de hoy, que dos hombres subieron al Templo a orar: el uno era el fariseo, y el otro publicano o alcabalero. El fariseo, en vez de humillarse y de pedir a Dios que le asistiese con su gracia, decía: ¡Oh Señor! Yo te doy gracias de que yo no soy como los demás hombres que son pecadores: Deus, gratias ago tibi, quia non sum sicut cerete homines. El publicano, al contrario, oraba con grande humildad, diciendo: Deus propitus esto mihi peccatori: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Este mismo Evangelio declara: que este publicano volvió a su casa perdonado por Dios; y que el fariseo regresó a la suya tan inicuo y soberbio como había salido de ella. Inferid de este ejemplo, oyentes míos, cúan agradable a Dios, y necesarias a nosotros son las oraciones humildes, para obtener del Señor todas las gracias que necesitamos para salvarnos. Por esto quiero exponeros en esta plática:
  • En el punto 1º: La eficacia de la oración.
  • En el punto 2º: La necesidad de la oración.
Punto 1
EFICACIA DE LA ORACIÓN
1.- Para comprender la eficacia y el valor de nuestras oraciones, basta observar las grandes promesas hechas a los que suplican y oran. En Salmo XLIX, 15, dice el Señor:Invoca me, et eruam te: Invócame, y yo te liberaré.
En el Salmo XC, 14: Clamabit ad me, et ego exaudiam eum: Clamará a mi, y le oiré benigno. Y en Jeremías (XXXIII, 3) Clama ad me, et exaudiam te: Invócame, y yo te escucharé. En San Juan dice también (XV, 7): Quodcumque volueritis, petetis, et fiel vobis: Pediréis lo que quisiereis y se os otorgará. Y hay otros mil textos que expresan lo mismo, así en el antiguo, como el nuevo testamento. Dios por su naturaleza, es la misma bondad, como escribe San León: Deus cujus natura bonitas; y por esta bondad tiene un gran deseo de comunicarnos sus bienes. Por lo cual decía Santa María Magdalena de Pazis: que cuando alguna alma  pide a Dios alguna gracia, en cierto modo, queda obligado a concedérsela, puesto que ella le abre el camino con la súplica a que sacie el deseo que tiene de dispensar a los hombres sus gracias y sus favores. Así es, que en la divina Escritura parece que no hay cosa a que más nos exhorte, ni que tanto se nos inculque por el Señor, como el pedir y el orar. Para demostrar esto nos bastan aquellas palabras que leemos  en San Mateo: Petite, et dabitur vobis quœrite, et invenietis: pulsate, et aperitur vobis: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. (VII, 7) San Agustín dice: que se obligó Dios con tale promesas a concedernos los que pidamos: Promittendo, debitoremse fecit. (De verb. Dom. serm. 2). Y en el sermón V añade, que no nos exhortaría tanto el Señor a pedir gracias, si no quisiese concedérnoslas: Non nos hortaretur, ut petecemus, nisi dare vellet. Así vemos, que los slmos de David, y los libros de Salomón y de los profetas están llenos de súplicas.
2.- Dice Teodoreto, que es tan eficaz la oración para con Dios, que una sola basta par obtener cuanto se pida. San Bernardo añade: que cuando nosotros pedimos, si el Señor  no nos concede la gracia que le rogamos, nos concederá otra todavía más útil. Y ¿quién invocó jamás a Dios en su auxilio, que haya sido despreciado? Leemos en la Santa Escritura, que entre los gentiles no hay ninguna nación que tenga dioses tan dispuestos a oír nuestras súplicas, como lo está el Dios nuestro. Los príncipes de la tierra, dice San Juan Crisóstomo, dan audiencia a pocos; pero Dios la concede a cuantos se la piden. Y David dice, que esta bondad del Señor en oírnos siempre que lo solicitamos, nos dá a conocer, que Él es nuestro verdadero Dios, que nos ama más que a ninguno. Por esto le dice David:In quacumque dic invocavero te, ecce cognovi, quia Deus meus es tu: En cualuier hora que te invoco, al instante conozco que Tú eres mi Dios. (Psal. LV, 10). Él quier concedernos gracias; y lo desea con ansia, como hemos dicho ya, pero quiere también que se las pidamos. Un día dijo Jesucristo a sus discípulos: ¿hasta cuando dejaréis pedir en mi nombre? Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. (Joann XVI, 24). Como si dijera. Os lamentáis  de que no estáis enteramente contentos conmigo; pero lamentaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido cuanto necesitabais: pedídmelo de hoy en adelante, y seres oídos. Muchos, dice San Bernardo, se lamentan de que les falta el Señor; pero con mucha mayor razón se lamenta Dios de que muchos le faltan a Él, dejando de pedirle las gracias que necesitan.
3.- Los antiguos Padres, conferenciando entre sí para encontrar el ejercicio más útil para conseguir l salvación eterna, convinieron en que no había otro, que pedir sin intermisión y decir: Señor, ayudadme presto: Deus in adjutorium meum intende: Domine, ad adjuvandum me festina. Y por lo mismo, la santa Iglesia hace repetir tantas veces en las horas canónicas estas dos oraciones o suplicas a todo el clero y a todos los religiosos, los cuales piden, no solamente para sí, sino para todo el orbe cristiano. Dice San Juan Clímaco, que nuestras oraciones hacen una piadosa violencia a Dios para que nos oiga. Cuando se le suplica, al momento que oye la voz de nuestro clamor, responde dispensándonos las gracias que le pedimos. Por lo cual dice San Ambrosio, que el que pide a Dios, recibe mientras le está pidiendo. Y no solamente concede presto, sino abundantemente, dándonos más de lo que pedimos. San Pablo dice: que Dios es rico para con todos aquellos que le invocan. Y Santiago dijo: que si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría , pídesela a Dios, que a todos da copiosamente. Con efecto, Dios a todos da copiosamente, y no zahiere a nadie; ni siquiera nos echa en cara las ofensas que le hemos hecho, sino que se complace enriqueciéndonos con sus gracias.
Punto 2
DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN
4.- Dios quiere que todos los hombres se salven, como dice San Pablo: Omnes homines vult salvos fieri, et ad agnitionem veritatis venire. (I Tim. II, 4). Y no quiere que ninguno se pierda. Espera con mucha paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia. Y San León dice, que así como quiere Dios que observemos sus preceptos, así nos previene con su ayuda para que obedezcamos. Y Santo Tomás escribió acerca de las palabras del Apóstol: Y por esto a nadie le falta la gracia, sino que la comunica a todos en cuanto de Él depende. Toca a la Divina Providencia suministrar a cada cual las cosas necesarias para su salvación, con tal que el hombre no ponga obstáculos. Pero este auxilio de la gracia no le concede el Señor sino lo que se le pide, como asegura Ganadio: ninguno merece el auxilio sino aquel que lo pide. Y San Agustín afirma, que exceptuados los primeros llamamientos a la fe o a la penitencia los demás no se conceden sino al que los pide, especialmente la gracia de la perseverancia. Consta dicen, que unas gracias concede Dios aún a los que no le piden, como el principio de la fe; y que otras no las otorga sino a los que las piden, como la perseverancia final. Y añade: Dios quiere dar, pero no da sino a los que le piden.

5.- Es sentencia común entre los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Clemente, Alejandrino y otros, que la oración es necesaria a los adultosnecessitate medii; es decir, que no pueden salvarse sin pedir a Dios los medios necesarios para conseguir la salvación. Y esto significan y manifiestan los textos de la Sagrada Escritura: Conviene orar perseverantemente (Luc. XVIII, 1). Pedid y recibiréis (Joann. XVI, 24). Estas palabras, oportet, conviene; petite, pedid; orate, orad; según enseñan los doctores con Santo Tomás (3, part. qu. 39, art. 5), contienen precepto grave, que obliga especialmente en tres casos: 1º Cuando está el hombre en pecado. 2º Cuando está en grave peligro de pecar. 3º Cuando está en peligro de muerte. Y fuera de estos casos quieren los doctores, que el que no ora en un mes, o en dos, cuando más, no queda excusado de pecado mortal. Y la razón de esto es, porque sin la oración no podemos obtener los auxilios necesarios para observar la ley divina. San Juan Crisóstomo dice, que tan necesaria como es el agua para que no se sequen los árboles, lo es la oración para que no perezcamos nosotros los pecadores.
6.- Muy injustamente, pues dijo Jansenio, que nos es imposible observar algunos preceptos, aun con el auxilio de la gracia; pues el Concilio de Trento (sess. 6, cap. 11) dice: Que aunque el hombre no puede observar todos los preceptos con sólo el auxilio de la gracia ordinaria, obtiene, sin embargo, por medio de la oración, los auxilios mayores que necesita para observarlos. Dios no manda cosas imposibles, sino que, mandando, nos amonesta a hacer lo que podamos, y nos ayuda para que podamos. A lo cual debe de unirse aquella otra célebre sentencia de San Agustín: “Por lo mismo que creemos firmemente, que Dios no pudo mandarnos cosas imposibles, se nos amonesta, ya lo que debemos hacer en las fáciles, ya lo debemos pedir en las difíciles”.
7.- Pero preguntará alguno, ¿Porqué Dios, que conoce nuestra debilidad, permite que nos asalten los enemigos  los cuales no podemos resistir? Lo permite con el fin de que imploremos su ayuda, porque ve el gran bien que nos resulta de la necesidad de orar. Y así, el que queda vencido no tiene excusa de no haber podido resistir, porque lo hubiera podido si hubiese implorado el auxilio divino; y por esta negligencia le castigará Dios por no haberle implorado. Dice San Buenaventura, que si el comandante de una plaza, la perdiese por no haber pedido con tiempo socorro a su rey, éste le trataría como un traidor. Pues del mismo modo es tenido como traidor por Dios, aquel que viéndose asaltado por la tentación , no implora su auxilio. Escribe Santa Teresa: El Señor nos dice que quien pide, obtiene, luego concluye la Santa: el que no pide, no obtiene, según lo que ya había dicho Santiago: nada alcanzáis porque no pedís. San Juan Crisóstomo dice también que la oración es una arma eficaz para defenderse contra todos los enemigos. Cuyas palabras confirma San Efrén, diciendo que “el que se fortifica con la oración, impide al pecado la entrada a su alma”. Y antes que todos dijo lo mismo David por estas palabras: Invocaré al Señor y me veré libre de mis enemigos (Psal. XVII, 4).
8.-Si queremos, pues, vivir bien y salvarnos, debemos saber orar. Así se expresa San Agustín: “Sabe vivir bien el que sabe orar”. Es menester, por tanto, para obtener del Señor las gracias que le pedimos por medio de la oración, 1º: Detestar el pecado, porque Dios no escucha a los que se obstinan en él. Por ejemplo: si uno conservase odio a cualquier persona, de modo que quisiere vengarse de ella, y orase hallándose en éste estado, Dios no le escucharía, según Isaías: “Cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre (I, 15) El Crisóstomo afirma, que el que tiene mala voluntad y ora, no pide, sino se burla de Dios. Si le pidiese que borrase el odio de su corazón entonces le oiría el Señor. 2º: Es necesario rogar a Dios con atención. Algunos creen orar porque repiten muchas veces la oración dominical; pero distraídos y sin fijar la atención en lo que dicen. Estos tales pronuncian palabras, más no oran: y de ellos dice Dios por Isaías: Me honran sólo con los labios; su corazón empero está lejos de mí. Conviene en tercer lugar, quitar las ocasiones que nos impidan orar. Dice Jeremías, que quien se ocupa en mil negocios y cosas inútiles al alma, opone a su plegaria una niebla que la impide llegar a Dios.
No quiero pasar en silencio aquellas palabras con que nos exhorta San Bernardo, a que pidamos gracias a Dios por medición de su divina Madre. Pidamos gracia, nos dice, y pidámosla por mediación de María, porque es su Madre, y nada le puede negar. Y San Anselmo añade: “Muchas cosas se piden a Dios que no se consiguen; pero las que pedimos a María, las obtenemos; no porque ésta pueda más, sino porque Dios determinó honrarla así, para que sepan los hombres, que no hay cosa que no se consiga de Dios por medio de Ella.
San Alfonso María de Ligorio

!Descubre la Lectio Divina, una lectura orante de la Biblia!

Descubre la Lectio Divina, una lectura orante de la Biblia!

Prepárate a la fiesta de santo Domingo, el 24 de mayo, siguiendo cada día la lectio divina, una manera de orar a partir de los textos bíblicos muy presente en nuestra tradición dominicana. 

Inscribete desde ahora para recibir cada mañana, desde el 17 de mayo, una invitación para orar y un enlace a la meditación del día. Haz clic aquí para recibir la invitación cotidiana por email. 

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 Descubre la lectio divina diaria en nuestro sitio web Oficial – www.op.org. 

Grados de oración.


 Resumimos muy brevemente esta materia, que pertenece más bien a la teología ascética y mística. (...) 

Los principales grados de oración que distinguen los autores, de acuerdo con los principios teológicos y las descripciones de los místicos experimentales, son los siguientes :

1o. ORACIÓN VOCAL. Está al alcance de todos. No se requiere una fórmula determinada, si bien la ofrece insuperable el Padrenuestro. Para que sea verdadera oración es preciso que se haga con atención (toda distracción voluntaria es un pecado venial de irreverencia) y con profunda piedad.

2o. MEDITACIÓN. Consiste en la aplicación razonada de la mente a una verdad sobrenatural para convencernos de ella y movernos a amarla y practicarla con ayuda de la gracia. Es esencialmente discursiva, aunque debe terminar siempre en los afectos del corazón y en una resolución práctica y concreta. Sin un ratito de meditación diaria es prácticamente imposible llevar una vida seriamente cristiana.

3.° ORACIÓN AFECTIVA. Es aquella en la que predominan los afectos de la voluntad sobre el discurso del entendimiento. Representa un avance sobre la meditación en orden a las oraciones contemplativas.

4o. ORACIÓN DE SENCILLEZ. Es una oración afectiva cada vez más simplificada. Consiste en una simple visión, mirada o atención amorosa hacia Dios o las cosas divinas, que enciende en el alma el fuego del amor. Representa la transición progresiva y gradual de la ascética o la mística, de la oración discursiva a la contemplativa.

5o. RECOGIMIENTO INFUSO. Es el primer grado de la escala contemplativa, y consiste en un replegamiento profundo del entendimiento hacia el interior del alma, donde encuentra la paz y el sosiego en Dios. El alma comprende sin esfuerzo las palabras del Evangelio: El reino de Dios estd dentro de vosotros mismos (Lc. 17,21).

6o. QUIETUD. Consiste en un sentimiento íntimo de la presencia de Dios, que cautiva la voluntad y llena al alma y al cuerpo de una suavidad y deleite verdaderamente inefables. El alma arde suavemente en el amor de Dios y ya no le parece hay más que desear) (Santa Teresa).

7o. UNIÓN SIMPLE. Es un grado muy intenso de oración contemplativa en el que todas las potencias del alma están cautivadas y absortas en Dios. El deleite y la gloria del alma son mucho más intensos que en el grado anterior. Lo mismo que el amor con que el alma se abrasa, que alcanza una intensidad increíble.

8o. UNIÓN EXTÁTICA. Es una oración de unión tan fuerte e intensa, que determina la suspensión de los sentidos internos y externos. El alma no ve nada ni oye nada de cuanto ocurre al exterior, encontrándose toda perdida y engolfada en Dios en medio de ardores y deleites inefables. 

9o. UNIÓN TRANSFORMATIVA. Constituye la séptima morada descrita por Santa Teresa en su Castillo interior, y consiste, según San Juan de la Cruz, en «una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vidas (Cántico espiritual 22,3).

Todo cristiano debería recorrer esta escala de oración hasta la cumbre. La santidad está al alcance de toda alma que sea verdaderamente fiel a la gracia y generosa en el servicio de Dios. A nadie se le cierra el camino de las más altas cumbres de la unión mística con Dios. La mística no es un estado extraordinario reservado para unos pocos aristócratas del espíritu; entra, por el contrario, en el desarrollo progresivo y normal de la gracia santificante en toda alma fiel y generosa. La unión con Dios transformativa debería ser el preludio normal de la visión beatífica, alcanzado en este mundo por todos los fieles bautizados. Tal es la enseñanza clarísima de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, plenamente de acuerdo con los principios más firmes de la teología católica.

Teología Moral Para Seglares
Moral fundamental y especial.
Por el Rvdo. P. ANTONIO ROYO MARÍN, O.P. 

La importancia de la Oración


“Pues todas éstas [personas] hallan por experiencia cuotidiana que al paso que anda la oración, a ése mismo anda la vida; y de la manera que andan los ejercicios espirituales, así anda la vida espiritual que de ellos procede. De manera que, así como dicen que la mar sigue el movimiento de la luna y que depende tanto de la virtud de este planeta, que cuando él crece, crece ella, y cuando él mengua, mengua ella, y en todo, finalmente, sigue el movimiento de ella, como el caballo de las riendas que lo gobiernan, así han visto que la perfección de la vida cristiana depende tanto de la virtud de la oración, que cuando ella anda concertada, la vida anda concertada, y cuando ella se desconcierta, todo lo demás se desconcierta; y, finalmente, conforme á ella, crece y mengua el espíritu y concierto de nuestra vida”

 (Fray Luis de Granada, Libro de la oración y meditación, I/615-616).

(Imagen: “The Prayer”, William-Adolphe Bouguereau).

El poder de la oración.


El poder orar es el más excelso de los dones que el hombre ha recibido; su palabra, cuando invoca al Señor debidamente, lleva en sí al Verbo divino. Porque el hombre fue contemplado en el Plan Creador y hecho a imagen y semejanza de Dios para cumplir un objeto que engloba a todos los demás, que es dar gloria al Señor.

En el final de los tiempos veremos a los secuaces del Anticristo hacer prodigios y señales. Mucha parece la fuerza del Demonio, pero, sin embargo, poca es comparada con la que Dios dio como arma hasta a los más humildes y pequeños de sus fieles. Esta arma es la oración.

Casi la totalidad de los cristianos menospreciamos el poder del rezo. Creemos que el efecto de la oración reside en nuestros méritos, que Dios nos oirá solamente si le pedimos lo posible y lo razonable, únicamente si esperamos de El beneficios espirituales y nos abstenemos de hacer pedidos materiales. Creemos también que si podemos pedirle gracias especiales, no podemos esperar que Dios nos atienda a plazo cierto.

Nada de ello es verdad, todos y cada uno de nosotros tenemos el poder de hacer milagros y de efectuarlos en el momento que deseemos.

En efecto, a Dios agradó la oración del publicano, que supo rezar con humildad, aun siendo un pecador.

Si pidiéramos con fe que un monte se levantara en los aires y se tirara al mar, en contra de todas las leyes de la naturaleza también sería concedido (cf. Mt. 21, 21 y 22).

En cuanto al poder exigir de Dios que una gracia nos llegue en un momento determinado, no olvidemos el "dánosle hoy" del Padre Nuestro. El centurión pidió cuándo y cómo habría de curar su siervo. En premio a su fe, díjole Jesús: "Ve, hágase contigo según has creído". Y en aquella hora quedó curado el siervo (Mt. 8, 13).

Vemos que sólo la fe pide el Señor para que nuestra oración obtenga lo que pide. De su amor a nosotros brota ese don, hacedor de milagros. Y por nuestro amor a El, lo recibimos.

Si a la oración de uno solo dio el Creador ese poder, aún hizo más, porque su generosidad no tiene límite. Entregó a los hombres un arma todavía más eficaz, la oración en común, "que si vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los Cielos" (Mt. 18, 19). Óiganlo los matrimonios que padezcan tribulaciones y estrecheces. "Porque donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt. 18, 20). Óiganlo los pastores descorazonados por la indiferencia de los demás.

El poder orar es el más excelso de los dones que el hombre ha recibido; su palabra, cuando invoca al Señor debidamente, lleva en sí al Verbo divino. Porque el hombre fue contemplado en el Plan Creador y hecho a imagen y semejanza de Dios para cumplir un objeto que engloba a todos los demás, que es dar gloria al Señor.

El Diablo conoce muy bien el poder de las invocaciones. Fórmulas rígidas utiliza en los encantamientos de sus brujos y en los ritos satánicos. En cambio trata de abolir el culto divino, suprimir su liturgia, desposeer a la Iglesia de lo que algunos llaman formalismos y formulismos, y recién cuando no lo consigue, se conforma con enfriarlos y vaciarlos de su contenido.

A Dios le agrada la forma en la oración y en la liturgia, pues en ella consiste el decoro de su casa, pero también le agrada la oración espontánea, que sale de lo íntimo del corazón y nunca es viciada por la frialdad y el hábito. Hay un modo de conciliar las dos, completando así la eficacia de la invocación, que es el usar las fórmulas tradicionales de la Iglesia y al mismo tiempo meditarlas en el modo más espontáneo, sincero y adaptado a las presentes circunstancias y necesidades. Comprobaremos con asombro que cada oración formal encierra todo un tesoro de enseñanzas espirituales y materiales, que se refiere al presente, al pasado y al futuro, y que es en sí un compendio del conocimiento de Dios.

 Federico Bracht (Revista "Roma)

Fuente: Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina/santa-maria-reina.blogspot.mx

Una especie de luz. San Agustín


¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios?

No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne.

Nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar.

Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.



A LA BÚSQUEDA DE DIOS POR LA BELLEZA DEL MUNDO

¿Y qué es esto?. Pregunté a la tierra, y me respondió: "No soy yo". Idéntica confesión me hicieron todas las cosas que se hallan en ella. Pregunté al mar, a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: "Nosotros no somos tu Dios. Búscalo por encima de nosotros". Pregunté a la brisa, y me respondió la totalidad del aire con todos sus habitantes: "Yo no soy tu Dios". Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. "Tampoco nosotros somos el Dios que buscas", respondieron.

Entonces me dirigí a todas las cosas que rodean las puertas de mi carne: "Habladme de mi Dios, ya que vosotras no lo sois. Decidme algo de él". Y me gritaron con voz poderosa: "El es quien nos hizo".

Mi pregunta era mi mirada; su respuesta era su belleza.

Acto seguido, me dirigí a mí mismo y me pregunté:" ¿Y tú quién eres?". Yo contesté: "Un hombre". Aquí me tienes equipado de un cuerpo y de un alma, el uno exterior, la otra interior. ¿A cuál de los dos preguntarle sobre mi Dios?(...) Indudablemente, el elemento interior es el más selecto. A él es a quien todos los mensajeros del cuerpo referían, en su calidad de dirigente y árbitro, las respuestas del cielo, de la tierra y de todo cuanto hay en ellos.

El hombre interior aprendió todo esto con auxilio del hombre exterior. Yo, el interior, he aprendido esto. Yo, yo, el espíritu, por medio de los sentidos de mi cuerpo.(...)

Estas realidades creadas no contestan a quienes preguntan, si éstos no saben juzgar. Se aparecen a todos bajo un mismo aspecto. Lo que pasa es que para unos son mudas y a otros les dirigen la palabra. Mejor dicho, dirigen la palabra a todos, pero sólo la comprenden aquellos que confrontan la voz que les llega del exterior con la verdad que está en su interior. La verdad me está diciendo: "Tu Dios no es el cielo, ni la tierra, ni ningún cuerpo"(...)

Tú eres mejor, alma mía, te lo digo yo. Tú das vida a la masa de tu cuerpo, y le das una vida que ningún cuerpo puede dar a otro cuerpo. Pero tu Dios es para ti incluso la vida de tu vida.



TRASCENDER LO VITAL Y LO SENSITIVO

En resumidas cuentas, ¿qué es lo que amo cuando amo a mi Dios? ¿Quién es aquel que está sobre lo más alto de mi alma? Subiré a él sirviéndome de mi misma alma.

Trascenderé mi fuerza, la que me liga al cuerpo y llena de vida mi organismo. Con esta fuerza no hallo a mi Dios, pues de lo contrario también lo hallarían el caballo y el mulo, privados de inteligencia, pero equipados de esta misma fuerza, por la que tienen vida también sus cuerpos.

Existe otra fuerza: aquella con la que no sólo doy vida a mi carne, sino que también la hago sensitiva. Me la ha fabricado el Señor mandando al ojo que no oiga y al oído que no vea, pero mandando al primero que sea instrumento de mi visión y al segundo medio de mi audición. Lo propio ha hecho con cada uno de los sentidos específicos, según el puesto que ocupan y el oficio que desempeñan. De este modo, yo, un único espíritu, realizo por medio de ellos acciones diversas.

Trascenderé igualmente esta fuerza mía, porque también gozan de ella el caballo y el mulo, pues ellos asimismo disfrutan de sensaciones que les vienen por conducto de sus cuerpos.



LOS AMPLIOS SALONES DE LA MEMORIA

Recalo en los solares y en los amplios salones de la memoria, donde están los tesoros de las incontables imágenes de toda clase de cosas que se han ido almacenando a través de las percepciones de los sentidos (...)

Grande es esta potencia de la memoria, muy grande, Dios mío. Es un santuario vasto y sin fronteras. ¿Quién ha tocado fondo en él? Y siendo ésta una potencia de mi espíritu y una parte integrante de mi naturaleza, de hacho me veo personalmente incapaz de abarcar la totalidad de lo que soy. En este supuesto, ¿es el espíritu tan angosto como para abarcarse a si mismo? En caso afirmativo, ¿dónde puede estar aquello que de sí mismo es incapaz de abarcar? ¿Estar  fuera de él? ¿No estará en él? ¿Y cómo es que no lo abarca? Esto me deja profundamente admirado y lleno de estupor.

Se desplaza la gente para admirar los picachos de las montañas, las gigantescas olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, el perímetro del océano y las órbitas de los astros, mientras se olvidan de sí mismos, y no se maravillan de que yo, al nombrar todas estas cosas, no las veo con mis ojos. Y, sin embargo, sería incapaz de hablar de ellas si interiormente no viese en mi memoria las montañas, el oleaje, los ríos y los astros que personalmente he tenido ocasión de contemplar, ni el océano del que he oído hablar, con dimensiones tan grandes como si los viese fuera.



Y ENCIMA DE LA MEMORIA, DIOS

La facultad de la memoria es algo grandioso. Es algo que me inspira pavor, Dios mío. Algo de una complejidad profunda e infinita. Y esto es el espíritu, esto soy yo mismo. ¿Que soy yo, pues, Dios mío? ¿Cuál es mi naturaleza? Es una vida cambiante, multiforme e inmensa hasta no más. Mira, yo recorro los campos abiertos, las grutas e innumerables cavernas de mi memoria, incalculablemente pobladas de innumerables objetos de toda especie, algunos presentes en ella en imagen, como es el caso de los cuerpos; otros, presentes por sí mismos, como es el caso de las artes; otros, presentes bajo la forma de no se que nociones o improntas mentales, como es el caso de los sentimientos del espíritu, que la memoria retiene aunque el espíritu no los experimente, porque todo lo que está en la memoria está en el espíritu. Por todos estos parajes hago mis excursiones, unas veces mariposeando de acá para allá otras adentrándome en ellos cuanto me es posible. Pero no logro tocar fondo. ¡Tan extraordinaria es la facultad de la memoria!

¿Y qué es lo que tengo que hacer, Dios mío, mi vida verdadera? Rebasaré esta facultad mía que recibe el nombre de memoria. La rebasaré para encaminarme hacia ti, mi dulce luz. Mira, al subir por mi espíritu a ti, que estás por encima de mí, voy a rebasar también esta facultad mía que se llama memoria; quiero unirme a ti íntimamente y en la medida en que esto me sea posible. De hecho, también las bestias y las aves tienen memoria, porque si así no fuera, no sería capaces de volver a sus madrigueras ni a sus nidos, ni harían otras muchas cosas que tienen costumbre de hacer, si no fuera por la memoria.

Rebasaré, pues, también mi memoria para llegar a aquel que me distinguió separándome de los cuadrúpedos y me hizo más sabio que las aves del cielo. Rebasaré también la memoria, pero ¿para hallarte dónde, mi bien verdadero y mi suavidad garantizada? ¿Para hallarte dónde? Porque si te encuentro fuera de mi memoria, es seguro que no me acuerdo de ti. Y si no me acuerdo de ti, ¿cómo voy a encontrarte?



BÚSQUEDA DE DIOS, BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

¿Cómo te busco, pues, Señor? Porque al buscarte, Dios mío, busco la felicidad. Te buscaré, Señor, para que viva mi alma. Mi cuerpo vive de mi alma, y mi alma vive de ti. ¿Cómo busco, pues la felicidad? Porque de hecho no la tengo hasta que digo: "¡Basta! ¡Allí está!" (...)

¿No es precisamente la felicidad eso que todo el mundo busca, y que no hay absolutamente nadie que no la quiera? ¿Donde la vieron para enamorarse de ella? Seguro que la poseemos, aunque no sé cómo. Existe la modalidad de quien la posee y se siente feliz. Y hay quienes son felices en esperanza. Estos últimos la poseen en grado inferior a los primeros, que son felices al poseer la felicidad real, pero están en mucho mejor situación que aquellos que no son felices ni por la realidad ni por la esperanza. Ni siquiera éstos desearían ser felices si no poseyeran la felicidad en cierto grado. Lo que es certísimo es que la desean. No sé cómo, pero han tenido conocimiento de ella; por eso tienen no sé qué noción de ella.



NO TODO GOZO DA LA FELICIDAD

¡Lejos, Señor, lejos del corazón de tu siervo que te confiesa a ti, lejos de mí la idea de considerarme feliz con cualquiera de los goces de que disfruto! (...) La felicidad consiste en el gozo que viene de ti, que va a ti y que se motiva en ti. Esta es la felicidad, ni más ni menos. Y todos los que piensan que la felicidad es otra, es claro que el tipo de gozo que andan buscando es otro, no el gozo auténtico. De todos modos, su voluntad no se aparta de una cierta imagen de gozo.



DIOS EN LA MEMORIA

Mira qué gran excursión he realizado por mi memoria, yendo en busca tuya, Señor. Fuera de ella no te he encontrado. Desde el día en que te conocí, no encuentro nada de ti que no sea un recuerdo personal mío. Desde el día en que te conocí, no te he olvidado. Donde he encontrado la verdad, allí he encontrado a mi Dios, que es la mismísima Verdad. De esta Verdad no me he olvidado desde el día en que la conocí. Por eso, desde que te conocí, resides en mi memoria. En ella te encuentro cuando me acuerdo de ti y me deleito en ti. Estos son mis goces santos con que me ha obsequiado tu misericordia al poner sus ojos en mi pobreza.

Cuando te recordaba, no te hallaba entre las imágenes de las cosas corpóreas. Entonces rebasé las zonas de mi memoria que le son comunes con las bestias. Y llegué a aquellas otras zonas suyas donde tengo depositados los sentimientos de mi espíritu. Pero tampoco te encontré allí. Y entonces penetré en la sede de mi mismo espíritu, en la sede que tiene en mi memoria, ya que el espíritu también se acuerda de sí mismo. Tampoco estabas allí, porque como no eres imagen corpórea, ni sentimiento de ser vivo como es el sentimiento de alegría, de tristeza, de deseo, de temor, de recuerdo, de olvido o de algo que se les parezca, así tampoco eres el mismo espíritu. Tú eres el Señor Dios del espíritu, y siendo mudables las cosas, tú te mantienes inmutable sobre todas ellas y te has dignado habitar en mi memoria desde que te conocí.



¿DONDE TE ENCONTRÉ PARA CONOCERTE?

Entonces, ¿dónde te encontré para conocerte? Porque resulta que antes de conocerte no estabas aún en mi memoria. ¿Dónde, pues, te encontré para conocerte sino en ti sobre mí? Aquí no existen ni emplazamientos ni lugares. Nos apartamos y nos acercamos, pero aquí no hay ni asomo de lugar o espacio. Tú, que eres la Verdad, ocupas un puesto de preferencia en todas partes para responder a los que te consultan. Respondes simultáneamente a todos, aunque te consulten sobre los asuntos más heterogéneos. Tus respuestas son claras, pero no todos las oyen con claridad. Todo el mundo te consulta sobre lo que quiere, pero no todos oyen siempre lo que quieren. Tu mejor servidor es aquel que no tiene sus miras puestas en oír de tus labios lo que él quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha oído de tu boca.

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera.

Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas.

Tu estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que, si no existieran en ti, serían algo inexistente.

Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera.

Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera.

Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti.

Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.

Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz.

Los 7 hábitos diarios de oración para las personas que quieren ser santas. R.P John McCloskey

Los 7 hábitos diarios de oración para las personas que quieren ser santas

[El padre John McCloskey ayudó a acercarse a la fe católica al antiguo doctor abortista Bernard Nathanson y al popular gobernador norteamericano Sam Brownback, entre otros muchos conversos relevantes. Fue director del Catholic Information Center de la Archidiócesis de Washington y trabajó en Wall Street (Citibank y Merrill Lynch) algunos años antes de convertirse en sacerdote del Opus Dei. Estos son sus consejos para ampliar y mejorar la oración diaria].

Nadie nace santo. Se consigue la santidad con mucho esfuerzo, pero también con la ayuda y la gracia de Dios. Todos, sin exclusión, están llamados a reproducir en sí mismos la vida y el ejemplo de Jesucristo, caminar detrás de sus huellas.

Estás leyendo esto porque estás interesado en tomar tu vida espiritual más seriamente de ahora en adelante. 

Aceptar de corazón uno de los puntos clave del Concilio Vaticano II: la importancia de la doctrina de la llamada universal a la santidad. También conoces que Jesús es el único camino a la santidad “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

El secreto de la santidad es la oración constante la cual puede ser definida como el continuo contacto con la Santísima Trinidad: “reza siempre y sin desfallecer” (Lc. 18,1). 

Hay varios caminos para llegar a conocer a Jesús. Nosotros vamos a hablar brevemente sobre algunos de ellos en este artículo. 

Si quieres llegar a conocer, amar y servir a Jesús de la misma forma que aprendes a amar y enamorarte de otras personas: tu esposa, miembros de tu familia y amigos íntimos, por ejemplo, pasando un tiempo considerable con él en forma regular y, en este caso básicamente todos los días. 

El retorno, si lo haces, es la única verdadera felicidad en esta vida y la visión de Dios en la próxima. No hay sustituto a esto.

La santificación es un trabajo de toda la vida y requiere nuestro determinado esfuerzo para cooperar con la gracia santificante de Dios que viene por medio de los Sacramentos.

Los siete hábitos diarios que propongo consisten en el ofrecimiento de la mañana, la lectura espiritual (Nuevo Testamento y un libro espiritual sugerido por tu director espiritual), el Santo Rosario, la Santa Misa y Comunión, al menos quince minutos de oración mental, la recitación del Ángelus al mediodía y un breve examen de conciencia por la noche. 

Estos son los principales medios para alcanzar la santidad. Si eres una persona que quiere llevar a Cristo a otros a través de la amistad, estos son instrumentos con los cuales almacenarás la energía espiritual que te permitirá hacerlo. La acción apostólica sin los sacramentos, volverá ineficaz una sólida y profunda vida interior. Puedes estar seguro que los santos incorporaron por uno u otro camino todos estos hábitos en su rutina diaria. Tu objetivo es ser como ellos, contemplativos en el medio del mundo.

3 puntos importantes para prepararnos a cumplir los hábitos: Quiero remarcar varios puntos antes de examinar los hábitos

1. Recuerda que el crecimiento en estos hábitos diarios son como una dieta o un programa de ejercicio físico, es un trabajo de proceso gradual. No esperes incorporar los siete o aún dos o tres de ellos en tu agenda diaria inmediatamente. No puedes correr una carrera de cinco kilómetros si antes no te has entrenado. Tampoco puedes tocar a Liszt a la tercera clase de piano. Esta prisa te invita al fracaso, y Dios quiera que tengas éxito tanto en tu ritmo como en el Suyo.

Debes trabajar cercanamente con tu director espiritual y gradualmente incorporar los hábitos a tu vida en el período de tiempo que corresponda a tu particular situación. 

Puede ser el caso que por las circunstancias de tu vida se requiera la modificación de los siete hábitos.

2. Al mismo tiempo tu debes hacer el firme propósito, con la ayuda del Espíritu Santo y tus especiales intercesores, para hacer de ellos la prioridad de tu vida – más importante que comer, dormir, trabajar y descansar-. 

Quiero aclararte que estos hábitos no se pueden adquirir a las corridas. Ese no es el modo como nosotros queremos tratar a los que amamos. Deben hacerse cuando estemos más atentos durante el día en un lugar en silencio y sin distracciones; donde sea fácil ponerse en presencia de Dios y estar con Él.

Después de todo, ¿no es más importante nuestra vida eterna que nuestra vida temporal? Todo esto redundará al momento de nuestro juicio como una cuenta de amor a Dios en nuestro corazón.

3. Quiero dejar en claro que vivir los hábitos no es pérdida de tiempo. No estás perdiendo el tiempo, en realidad lo ganas. Nunca conocerás una persona que viva todos ellos diariamente que sea menos productiva como trabajador o peor esposo o que tenga menos tiempo para sus amigos o no pueda cultivar su vida intelectual. Todo lo contrario, Dios siempre recompensa a los que lo ponen a El primero.

Nuestro Señor multiplicará asombrosamente tu tiempo como multiplicó los panes y los peces y dio de comer a la multitud hasta saciarse. Puedes estar seguro de que el papa Juan Pablo II, la Madre Teresa o San Maximiliano Kolbe rezaban mucho más que la hora y media que se sugiere en estos hábitos repartidos a lo largo del día.

Los 7 hábitos de oración para quienes quieren ser santos

Primer Hábito: Ofrecimiento del día por la mañana

El primer hábito es el ofrecimiento del día por la mañana; cuando te arrodillas y, utilizando tus propias palabras o una fórmula, ofreces todo tu día a la gloria de Dios. Lo que no es simple es lo que sucederá antes del ofrecimiento. “Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a la hora fija, sin conceder ni un minuto a la pereza.” Si con la ayuda de Dios te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada. ¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza! (San Josemaría- Camino, 191)

En mi experiencia pastoral, quien puede vivir el “minuto heroico” en la mañana y a la noche va a la cama en el tiempo previsto, tiene la energía física y espiritual a lo largo del día para parar lo que este haciendo para cumplir los otros hábitos.

Segundo Hábito: Quince minutos de oración en silencio

El segundo hábito es por lo menos quince minutos de oración en silencio. Puedes agregar otros quince minutos extras en otro momento del día. Después de todo, ¿quién no desea pasar más tiempo con tan excelente compañía? La oración es una conversación uno a uno, directa con Jesucristo, preferentemente frente al Santísimo Sacramento en el Sagrario. Esta es tu hora de la verdad o tu momento superior. Si lo deseas puedes abrirte y hablar acerca de lo que está en tu mente y en tu corazón.

Al mismo tiempo adquirirás el hábito de escuchar cuidadosamente y meditar como otra María (Lc. 10.38-42) para ver qué es lo que Jesús te está pidiendo y qué te quiere dar. Es aquí que nosotros comprendemos su dicho “Sin Mí, nada pueden hacer.”

Tercer Hábito: Quince minutos de lectura espiritual

El tercer hábito son quince minutos de lectura espiritual que usualmente consistirá en unos pocos minutos de sistemática lectura del Nuevo Testamento, para identificarnos con la Palabra y acciones de nuestro Salvador. El resto del tiempo en un libro clásico de espiritualidad católica recomendado por tu director espiritual.

En cierto sentido, es el más práctico de nuestros hábitos porque a través de los años leeremos varias veces la vida de Cristo y adquiriremos la sabiduría de los santos y de la Iglesia junto con la lectura de docenas de libros, los cuales enriquecerán nuestro intelecto. También podremos poner las ideas allí expresadas en acción.

Cuarto Hábito: Participar en la Santa Misa y Recibir la Santa Comunión en estado de gracia

El cuarto hábito es participar en la Santa Misa y recibir la Santa Comunión en estado de gracia. Este es el hábito más importante de todos los siete (cfr. Jn. 6, 22-65). Ella debe estar muy en el centro de nuestra vida interior y consecuentemente de nuestro día.

Este es el acto más íntimo, posible del hombre. Encontramos a Cristo vivo, participamos en la renovación de Su sacrificio por nosotros y nos unimos a su cuerpo y alma resucitado. Como el papa Juan Pablo II dijo en su Exhortación Apostólica Ecclesia in America “La Eucaristía es el centro viviente y eterno centro alrededor del cual la comunidad entera de la Iglesia se congrega” (n°35).

Quinto Hábito: Rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli

El quinto hábito es rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli, invocando a Nuestra Santísima Madre de acuerdo al tiempo litúrgico. Esta es una costumbre católica que se remonta a muchos siglos. Este es un hermoso modo de honrar a Nuestra Señora por un momento. Como niños recordamos a Nuestra Madre durante el día y meditamos sobre la Encarnación y Resurrección de Nuestro Señor, el cual da sentido a toda nuestra existencia.

Sexto Hábito: El rezo del Santo Rosario cada día

El sexto hábito también es Mariano. El rezo del Santo Rosario cada día y la meditación de los misterios, los cuales versan sobre la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Es un hábito que, una vez adquirido es difícil abandonar. Junto con la repetición de las palabras de amor a María y el ofrecimiento de cada decena por nuestras intenciones, nosotros tomamos un atajo hacia Jesús el cual pasa a través del corazón de María. El no puede rechazar nada de Ella.

Séptimo Hábito: Breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama

El séptimo hábito es un breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama. Te sientas, pides luces al Espíritu Santo y por varios minutos revisas tu día en presencia de Dios preguntándote si te has comportado como un hijo de Dios en el hogar, en el trabajo, con tus amigos. También miras una particular área, la cual tu tienes identificada con ayuda de tu director espiritual, quien conoce tus necesidades para mejorar y llegar a la santidad. También puedes hacer una rápida mirada para ver si has sido fiel en los hábitos diarios que hemos discutidos en este artículo. Luego haces un acto de gratitud por todo lo bueno que has hecho y recibido, y un acto de contricción por aquellos aspectos en los que voluntariamente has fallado.

Si una persona honestamente mirase su día, no importa cuán ocupado esté, (y nunca me pareció encontrarme con gente que no esté muy ocupada a no ser que esté permanentemente retirada), puede frecuentemente encontrar que usualmente mal gasta un poco de tiempo cada día.

Piensa, ¿qué necesidad hay de una taza de café extra cuando puedes usar ese tiempo para visitar el Santísimo Sacramento, quince minutos antes de comenzar el trabajo? 

O la media hora o mucho más, gastada mirando programas de televisión o videos. También es común, gastar tiempo durmiendo en el tren o escuchando la radio en el auto cuando puede ser usado para rezar el Rosario. 

Como también, ¿el diario no lo puedes leer en diez minutos en lugar de veinte dejando espacio para la lectura espiritual?

¿Y esa comida no podría hacerse en media hora dejando espacio para la Misa? 

No olvides que esta media hora es tiempo mal gastado cuando al final del día podrías haberla usado para una buena lectura espiritual, examinar tu conciencia e ir a la cama a tiempo para recuperar energías para las batallas del día siguiente. La lista continúa. Puedes hacer la tuya.

Sé honesto contigo y con Dios. Estos hábitos, vividos bien, nos capacitan para obedecer la segunda parte del gran mandamiento amar a los otros como a nosotros mismos. Estamos en la tierra como estuvo el Señor “para servir y no para ser servido.” Esto sólo puede ser alcanzado junto a nuestra gradual transformación en otro Cristo a través de la oración y los sacramentos.

Viviendo estos siete hábitos llegaremos a ser personas santas y apostólicas, gracias a Dios. Ten por seguro que, cuando caigamos en algo grande o pequeño, siempre tendremos un Padre que nos ama y espera en el Sacramento de la Penitencia y la devota ayuda de nuestro consejero espiritual para que volvamos a nuestro curso correcto.

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