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Simples como palomas. S. Alberto Magno O.P.



El ojo es la lámpara del cuerpo.

 Si tu ojo fuera simple, todo tu cuerpo estará luminoso 

(Mt. 6, 22)


Después de habernos hablado de las obras de la justicia, para las cuales se exige la intención recta, respecto de la cual nos enseñó cómo se debe tender y trabajar para llegar al cielo, Nuestro Señor Jesucristo nos enseña en este párrafo la simplicidad de la intención, no sea que una parte del corazón tienda hacia el cielo y la otra hacia el mundo. Por eso el Señor ascendió al cielo, para que allí donde esté El siempre tienda la intención de nuestra mente, y llegue por su modo de vida (conversatione) a donde se dirige por la fe.

Aquí nombra tres cosas: primero la utilidad propia de la intención; segundo las distintas clases de intención, según sea del mal o del bien, agregando la consecuencia propia de cada una: si tu ojo fuera simple; tercero, de allí deduce una conclusión comparativa: Pero si la luz que hay en ti es tiniebla... Respecto a la primera trata de tres cosas: la naturaleza de la intención, la utilidad y a qué se refiere su uso.

La naturaleza está significada por el ojo cuando dice tu ojo. Dice ojo en cuanto a la naturaleza, tuyo en cuanto al dominio, pues entre aquellas cosas que están en nuestra potestad, la intención es una de las que más lo está.

Respecto a la naturaleza dice Platón que el ojo, al ver, dirige las acciones de todos los miembros del cuerpo y hace conocer; se compone de un fuego brillante y de membranas transparentes rodeándolo, a través de las cuales sale el rayo de luz interior y llega hasta las cosas vistas. Este fuego brillante conserva su naturaleza por el calor de modo que no se hiele y se vuelva inmóvil; y permanece no mezclado por su pureza, de modo que no se cubra de sombras; multiplica la luz con suavidad y muestra bien el objeto sobre el cual cae; para que pueda hacer esto es custodiado interiormente.

Según estas características de la naturaleza del ojo se explican las propiedades de la intención, enseñadas por diversos santos. San Juan

Crisóstomo dice que la intención es el ojo derecho, o sea espiritual, y ésta es la razón determinando el fin. La luz, que está en ella como un fuego brillante y puro, es la fe actuando por el amor: por la luz de la fe tiene la iluminación y por el calor de la caridad tiene la movilidad y el obrar. Porque así como los órganos de los sentidos cuando son privados del calor natural se hielan y quedan inmóviles, y literalmente se obscurecen los ojos por la contracción de las membranas, así también al enfriarse la caridad se congela el corazón y se vuelve tenebroso (Salmo 147, 17): ¿quién podrá soportar ante su frío?; (Eccli 43, 22): Sopla el viento del norte y congela las aguas". La luz de la fe ilumina la intención, para que vea hacia dónde tender y cuál debe ser el fin (Salmo 12, 4): Ilumina mis ojos; (Ef. 4): iluminados los ojos de vuestro corazón. Pues antes que estuviera la fe en el corazón, el hombre estaba como si no viera lo que es la materia del pecado (Hech. 9, 8): Con los ojos abiertos nada veía; pero cuando fue enseñado Pablo por la fe, escuchó de Ananías: El Señor Jesucristo me envió, El que se te apareció en el camino para que veas y seas lleno del Espíritu Santo.

Algunos santos agregan a esto la luz de la contemplación con la cual el ojo es iluminado aún más. Respecto de lo cual se dice en II Cor. 4, 6: Dios, que dijo que brillara la luz del seno de las tinieblas, hizo brillar la luz en nuestros corazones para iluminarnos en el conocimiento del Evangelio de Cristo. Así pues, iluminada y purificada la razón por medio de la fe, como dice en Hech. 15, 9: Purificando por la fe sus corazones, sabe qué se debe realizar, y establece el verdadero fin de nuestras obras. Sin embargo, San Agustín dice en otro lugar que "la intención es la voluntad con un fin". Pero para entender esto debemos saber que hay una intención que establece el fin y hay una intención que tiende con su mismo obrar hacia el fin. Como si a alguno que busca el camino que lo lleva hacia el fin, al cual pretende llegar caminando, se le muestra el camino de dos maneras: el que no va por ese camino se lo señala con el dedo, pero el que va por ese mismo camino se lo muestra caminando por el camino. El primer modo, en que la razón señala e indica el camino se llama intención, y el segundo modo es la voluntad como caminando por el afecto hacia el fin. A esto se refieren los santos cuando hablan de la intención.

La utilidad de la intención es como la de la lámpara, que dirige los pasos y muestra por dónde se ha de avanzar (Prov 31, 18): no se extinguirá en la noche su lámpara; (Luc. 12, 35): las lámparas ardiendo en vuestras manos. La lámpara emite su luz a través de algo transparente, como un vidrio u otro elemento translúcido. Así también la intención transmite la luz del concepto de la fe, de la ciencia, de la contemplación o del raciocinio natural a través de la transparencia de los sentidos y de los miembros del cuerpo, pues por medio de ellos se obra respecto de aquello que debe ser realizado. Así dice en Juan 5, 35: que Juan era una lámpara que arde e ilumina.

Este uso es en relación con el cuerpo; por eso dice de tu cuerpo. Y respecto a esto hay muchas explicaciones de los santos; y todos coinciden en distinguir dos sentidos del término cuerpo. De un modo decimos que el cuerpo es carnal en un sentido físico; no es en este sentido que lo tomamos aquí. De otro modo decimos que el cuerpo es órgano o instrumento de las potencias del alma por medio del cual actúa el alma; y así el cuerpo tiene una ley en sus miembros, que es el "fomes" o concupiscencia, por la cual se ofusca y necesita una iluminación que lo dirija; en este sentido se toma aquí el cuerpo. A este cuerpo se reducen todas nuestras obras, que se realizan con el corazón corpóreo, con los labios o con otros miembros, pensando, imaginando, hablando u obrando exteriormente. Así dice S. Juan Crisóstomo, que el cuerpo es un acto corpóreo. Y otros santos dicen que el conjunto de las acciones se llama cuerpo. En efecto, a causa de las tinieblas del fomes no conocemos cómo influya nuestro obrar en aquellos con que nos relacionamos, y qué resultados tenga, y por eso son llamados tiniebla los actos del cuerpo: Al varón a quien le está escondido el camino, Dios lo rodeará de tinieblas (San Agustín).

Si tu ojo. Los resultados del uso del ojo se ven en lo bueno y en lo malo. La bondad del ojo es la simplicidad, y su malicia es la duplicidad. Respecto de la simplicidad dice dos cosas: que es causa, y cuál sea su efecto. Respecto a lo primero dice: si tu ojo fuera simple, sin pliegues de doblez (o astucia engañosa) ni de error (Mat. 10, 16): Sed prudentes como serpientes y simples como palomas; (Cantar 3): Tus ojos son de paloma; (Cant. 4, 9): Heriste mi corazón en una de tus miradas, es decir, en la unidad y en la simplicidad, y tal es el ojo que mira lo eterno por medio de una intención recta.

Todo tu cuerpo será lúcido. Esto queda ya explicado por lo anterior (Luc. 11, 36): Si todo tu cuerpo fuera lúcido, no teniendo ninguna parte en tinieblas, todo él resplandecerá y te iluminará como el fulgor de una lámpara; (Prov. 4, 18) La senda del justo es como luz que brilla y crece hasta el día perfecto; (Sal. 4, 7): Señor, la luz de tu rostro ha sido puesta como un sello sobre nosotros; me diste la alegría del corazón; (Sab. 18, 1): Para tus santos hubo una luz máxima.

Pero si tu ojo estuviera enfermo (nequam). La maldad (nequam) del ojo consiste en el apartarse del camino recto, por ser bizco (desviado) (Eccli. 31, 14-15): Recuerda que el ojo enfermo es malo ¿Qué hay peor que el ojo codicioso? Todo mal o perversidad que afecta a todo el cuerpo y al obrar, el ojo lo muestra anunciando, conduce a él apartando del camino recto y nos une gozando del pecado. Por eso en el Génesis 3, 6 se pone el ojo como principio del pecado: Vio la mujer el árbol que era hermoso a la vista...

Dice enfermo (nequam) porque no puede hacer (nequit) más mal: porque el ojo malo hace todo el mal que puede hacer. Lo mismo dice en Lc. 11, 34: Todo tu cuerpo será tenebroso; (Tob. 5, 12): ¿Qué alegría puede haber para mí, que me siento en las tinieblas y no veo la luz del cielo?; (Job 3, 6): que las tinieblas posean esa noche y no se ilumine con la luz. (Sab. 17,5): Ninguna fuerza de fuego ni las límpidas llamas de los astros podrían iluminar aquella noche horrenda. (Prov. 4, 19): El camino de los impíos es tenebroso; no saben a dónde corren.

Pues si la luz que hay en ti es tinieblas. Este es el tercer punto donde pone como conclusión una comparación entre la intención espiritual y los actos corporales. Dice dos cosas, donde lo primero es causa de lo segundo. Primero: Si la luz de la intención espiritual, que es una luz natural, porque en ella está la luz del obrar bien ordenada en la razón; que hay en ti en el espíritu y como una potestad encomendada a ti, para que uses de ella para dirigir tus obras; es tinieblas: porque se ocultan o cubren los ojos; y así hace la intención (el deseo) de las cosas terrenas o carnales, que cubre los ojos para que no vean la luz; (Sal. 34, 6): que su camino se haga tinieblas y se vuelva resbaladizo, y que los persiga el ángel del Señor; (Eccli 21, 11): El camino de los pecadores está sembrado de piedras; y su fin es el infierno y las tinieblas y las penas.

¿Cuántas no serán las mismas tinieblas?

Esto es lo segundo y significa que si la intención que hay en ti y que tú bien conoces está oscurecida, los actos del cuerpo (que en sí mismo es tinieblas) careciendo de la luz de la intención por encima de ellos, serán densas tinieblas (Éxodo 10, 21): Fueron tan densas las tinieblas sobre los egipcios, que se podían palpar; (Sab. 17, 17): Todos estarán ligados con una sola cadena de tinieblas. Aunque el cuerpo sea en sí mismo tenebroso sin embargo es iluminado cuando la intención es luminosa, como hemos visto: (Miq. 7, 8) Cuando me siento en tinieblas, el Señor es mi luz; (Sal. 138, 12): La noche se iluminará como el día, y la noche será mi luz en mis delicias; (Is. 58, 10): En las tinieblas nacerá tu luz, y tus tinieblas serán como el mediodía.



* * *



Dos cosas son necesarias para los que son enviados como ovejas en medio de lobos: la sabiduría de la serpiente y la simplicidad de la paloma.

Vemos que, así como la naturaleza a veces hace a un animal como compuesto de dos, teniendo de uno la insidia y de otro la mansedumbre; y así lo insidioso se modera con la mansedumbre, como vemos en el (gugulus), que se compone del gavilán (sparverius) y la paloma; el gavilán caza las aves pequeñas y las devora, lo cual se da en menor escala en el gugulus, que no caza las aves, sino que busca los huevos y los come, poniendo en su lugar los suyos, y así en la época de nidificación, las aves pequeñas luchan contra él. Así hace el Señor: con elementos diversos construye algo, de modo que toma lo bueno de uno y de otro y los modela uniéndolos en uno solo, y así, para que la prudencia de la serpiente no se vuelva astucia, sino que se mantenga en la provisión del bien, lo une a la simplicidad de la paloma. Por esto la prudencia de la serpiente permanece siendo prudencia, y no se convierte en astucia, que se refiere al mal. La prudencia de la serpiente es tal, que sagazmente conoce y elige aquellas cosas con las cuales humildemente o más bien arrastrándose (serpendo) se dirige a tomar el antídoto contra el veneno de la antigua serpiente.

Según esto se ven tres cosas en la prudencia de la serpiente: la prudencia en cuidarse de los engaños y en elegir los bienes, la prudencia en despojarse de lo antiguo, la prudencia en el cuidado de su secreción venenosa.

Respecto a lo primero: (Prov. 1, 4) Para dar a los niños astucia y al adolescente ciencia e inteligencia, astucia para cuidarse de los engaños, ciencia para el modo de vida honesta, inteligencia para conocer las cosas divinas e interiores. Esta es la áspid sorda que a veces cierra sus oídos, para no oír la voz de los encantadores y del hechicero venenoso (cfr. Sal. 57, 5).

Los que vuelven su oído hacia Cristo, que es la piedra, pasan de largo con oído sordo por entre los engaños de promesas de los que los acechan con lisonjas o con amenazas, meditando la firmeza de esa piedra en todo momento. Esta prudencia le viene a la serpiente-paloma, como dice Aristóteles, de un humor sutil, por el cual también puede estirarse. Este humor significa la piedad y la extensión de la esperanza, porque por la piedad son benévolos con todos y por la esperanza de los bienes eternos no son conmovidos ni por los males ni por los bienes presentes (I Tim. 4, 8): La piedad es útil para todo y tiene promesas para la vida presente y la futura. Sobre la esperanza dice en Hebr. 6, 18-20: Tenemos la esperanza como áncora segura y firme de nuestra alma, que penetra hasta el interior del velo, donde entró Jesús el precursor.

Se despoja de su piel, porque es dura y áspera y se vuelve intolerable, como también en las aves se da el cambio de plumaje. Como la serpiente es larga, la saca por un agujero proporcionado, quitándola en primer lugar de la cabeza. Esta es la vida antigua, que se endurece por la costumbre, se vuelve áspera por la grosería de los pecados, y es inútil y nociva por la antigüedad de la concupiscencia, y se la abandona por el agujero de la penitencia (Ef. 4, 22): Dejad de lado el hombre viejo que se corrompe por los deseos del error; (Cant. 5, 3): Ya me despojé de mi túnica, ¿cómo me vestiré con ella?

Esta serpiente-paloma infunde la medicina del veneno por la altura del deseo de las cosas eternas, por la conformación con la cruz, por la belleza de la fe. Primero es la caridad, segundo la mortificación de la carne, tercero la devoción de la fe que obra por la caridad: (Num. 21, 8) Haz una serpiente de bronce y elévala sobre un palo; el que la mire vivirá; (Jn. 3, 14): Como exaltó Moisés la serpiente en el desierto, así debe ser exaltado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga la vida eterna.

Así como se debe tener prudencia, apartándose del engaño de los encantadores, quitando los impedimentos de las virtudes, curando las mordidas venenosas, así también se debe tener mucho de paloma; es necesaria la simplicidad en la serpiente, porque la paloma, que no tiene nada de serpiente, es fácilmente seducida (Oseas 7, 11): Efraim es como una paloma seducida que no tiene juicio.

La simplicidad-prudencia (serpentina), o sea la paloma-serpiente, tiene el beso de sus labios en la dulzura de sus palabras, carece de la amargura de la hiel en el hígado de sus apetitos, tiene el gemido de la devoción en vez del canto de la vanidad, la belleza y la gracia de su modo de vida (conversatio) en vez de la pompa del fasto mundano, la simplicidad de la intención en vez de la doblez de los engaños del mundo y la hipocresía de los mentirosos, la cautela de cuidarse contra los raptores y ladrones de la virtud.

La palabra dulce es como el beso de la paloma para todos, (Eccli. 6, 5) La palabra dulce multiplica los amigos y disminuye los enemigos. Con esta palabra esta paloma-serpiente hizo cesar los vanos prodigios (Eccli 45, 2).

No tiene la hiel del apetito de venganza por las injurias recibidas (Hech. 7, 60): No les consideres este pecado porque no saben lo que hacen. Estas son las palomas de las cuales se dice (Cant. 2, 14): Mi paloma está en los huecos de la piedra y en las grietas de la muralla, porque así habitan, por imitación, en las llagas de Cristo, que es piedra por la constancia, que no pudo ser doblegado sino quebrado. Grieta de la muralla es la herida del costado, que fue hecha en el cuerpo desangrado y exánime, cuando el cuerpo fue en todos sus miembros como un muro enjuto y macerado, (murus macer), lo cual se dice muralla (maceria).

El gemido de la devoción está en la armonía de la oración (Is. 38, 14): Gimo como una paloma (Is. 59, 11) Gemimos como palomas al meditar, como la paloma canta en el interior del cuello, por eso su canto se llama meditación -y esto es propio de ella tan sólo- porque el canto de la devoción está más en el corazón que en los labios (S. Agustín): Cuando oréis a Dios con salmos e himnos, que esté en el corazón lo que se pronuncia con los labios.

La belleza y la gracia de su tierno modo de vida (conversatio) lo tiene porque no pretende nada pomposo (Cant. 2, 10): Amiga mía, hermosa mía, paloma mía. A ella la viste el Espíritu Santo que apareció como paloma sobre el Señor mostrando la nueva vestimenta de los renacidos (por el Bautismo).

Tiene la simplicidad de la intención, no la doblez hipócrita ni el engaño mundano, por eso dice el Cantar 4, 1: Tus ojos son de paloma; (Mt. 6, 22): Si tu ojo fuera simple, todo tu cuerpo será luminoso. Por esta prudencia de serpiente tiene la cautela para cuidarse de las aves rapaces para no ser arrebatada por el diablo. Por eso decimos que se asienta sobre las aguas, para que se refleje su sombra en el agua, es decir sobre el estudio de las Escrituras, que se significan por las aguas (Cant. 5, 12): Tus ojos como palomas que residen sobre los ríos de las aguas.

Esta paloma tiene buenas alas para volar y siempre vuelve al nido, y esto es propio de ella, de tal modo que si es llevada a tierras lejanas ella vuelve; y es muy fértil. Por lo primero se significa el volar en círculos por la predicación y la vuelta al nido de la sabiduría en la contemplación (Is. 60, 8): ¿Quiénes son que vuelan como nubes y como palomas hacia nuestras ventanas? Por lo segundo se significa la multitud de partos de la paloma en la conversión de las almas. Y este es el sacrificio ofrecido por el Señor (Lc. 2, 24): Ofrecieron por él dos tórtolas o dos pichones de paloma. Y este sacrificio redimió muchos sacrificios; pues no se pudo encontrar la ofrenda de los pobres para Cristo (Lev. 14, 21): Si hubiera un pobre que no puede encontrar un cordero para ofrenda... ofrecerá dos tórtolas o dos pichones de paloma.

Benedicto XVI: Alberto Magno, el científico y el santo


Queridos hermanos y hermanas,

uno de los más grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno. El título de “grande” (magnus), con el que ha pasado a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro de nuestra época".

Nació en Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas “artes liberales”: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales se unió después con la profesión de los votos religiosos. Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios, el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato Jordán de Sajonia.

Tras la ordenación sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido durante toda la vida.

Le fueron asignadas tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania, donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en su ciudad de adopción. De París llevó consigo a Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás, para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos dos teólogos se estableció una relación de estima y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia Teutoniae – teutónica – de los Padres dominicos, que comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y al ejemplo de santo Domingo.

Sus dotes no se le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni – donde los papas residían con frecuencia – en la misma Roma y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar un nuevo impulso a las actividades caritativas.

En los años 1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.

Murió en la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización, en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho, echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente por la vastedad de sus intereses y de su saber.

Ciertamente, los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método consistía simplemente en la observación, en la descripción y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero así abrió la puerta a trabajos futuros.

Él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia nos habla de la creación como del primer lenguaje a través del cual Dios – que es suma inteligencia, que es Logos – nos revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación (cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso! El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza. Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico Medi, el cual escribió: “Oh, vosotras, misteriosas galaxias ..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella, tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.

Su extraordinaria apertura de mente se revela también en una operación cultural que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón, explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad, su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción elaborada después de modo definitivo por santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos, pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas árabes, había sido interpretada de modo que aparecía, al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana. Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen entre ellas o no?

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto como “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la verdad.

San Alberto Magno fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para su gloria.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]