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La vida de los animales

He estado releyendo El fin de la historia y el último hombre (1992), de Francis Fukuyama, uno de los libros más influyentes y perversos de las últimas décadas, recibido en su día como una suerte de evangelio negro por las élites del mundialismo. La tesis central del libro es sobradamente conocida: derrotadas las ideologías que en otro tiempo se atrevieron a disputarle la supremacía, la democracia liberal está llamada irreversiblemente a convertirse en la única forma de gobierno posible.  A juicio de Fukuyama, el capitalismo liberal ha demostrado ser más eficiente y dinámico que cualquier otro sistema político y económico; y, sobre todo, ha demostrado que la actividad económica puede convertirse en la actividad primordial del hombre, en volandas del desarrollo técnico y científico, que para Fukuyama es una «base moral» capaz de sustituir a la religión. La ausencia de conflictos bélicos o ideológicos nos conducirá, en fin, a una globalización inevitable que convertirá a los Estados en reminiscencias de otra época, tal vez subsistentes en un plano nominal, pero amalgamados en cualquier caso en un Nuevo Orden Mundial.

Hasta aquí la tesis política propuesta por Fukuyama. Pero detrás de toda tesis política subyace una concepción antropológica; y la de Fukuyama es, en verdad, aberrante. Imagina a un hombre amputado de necesidades espirituales, un hombre sin metafísica, satisfecho con los logros técnicos y científicos y sólo preocupado por saciar sus deseos; un hombre que, habiendo abandonado las grandes causas que en otras épocas provocaron guerras y revoluciones, ya no tendrá motivo alguno por el que arriesgar su vida. Un hombre, en fin, muy semejante al que avizorase Tocqueville en su magna obra La democracia en América, obsesionado con «procurarse placeres ruines y vulgares» y sobre el cual se yergue un poder tutelar que lo pastorea paternalmente, como miembro de un «rebaño de animales». Fukuyama no tiene la altura de pensamiento de Tocqueville y mucho menos su sana concepción antropológica; pero no se recata de describir, en un alarde de sinceridad, a los hombres del final de la historia: «En otras palabras, volverán a ser animales, como lo eran antes del combate sangriento con que comenzó la historia. Un perro se siente satisfecho con dormir todo el día al sol con tal de que lo alimenten, porque no está insatisfecho con lo que es. No le preocupa que otros perros lo pasen mejor que él o que su carrera como perro se haya estancado, o de que en distintos lugares del mundo se oprima a los perros. Si el hombre alcanza una sociedad en la cual se haya conseguido abolir la injusticia, su vida llegará a parecerse a la del perro».

Esta vida animal que Fukuyama avizora como destino final del hombre está expuesta, sin embargo, a peligros: «Cabe sospechar -continúa- que algunos [hombres] no se sentirán satisfechos hasta que se pongan a prueba a sí mismos con el mismo acto que afirmó su humanidad al principio de la historia: desearán arriesgar la vida en un combate violento y con ello demostrar que son libres. Buscarán deliberadamente la incomodidad y el sacrificio, porque el dolor será el único modo que tendrán para demostrar definitivamente que pueden pensar bien de sí mismos, que siguen siendo seres humanos». Fukuyama no entiende que detrás de esa búsqueda deliberada de «la incomodidad y el sacrificio» puede haber necesidades espirituales mucho más necesarias para vivir que las satisfacciones materiales que su divinizada democracia liberal ofrece para animalizar a los hombres; pero de algún brumoso y enmarañado modo intuye que la vida de perros satisfechos y despreocupados que nos augura no acabe de gustarnos del todo.  

Cabe preguntarse, sin embargo, si esa vida animalesca que Fukuyama avizora no es ya nuestra propia vida. ¿No somos acaso nosotros mismos animales satisfechos en los que la propaganda ha inculcado una serie de reflejos condicionados? ¿No somos acaso nosotros mismos un rebaño plenamente sumiso a todo tipo de manipulaciones, incapaz de reflexiones profundas que nos permitan taladrar el velo de los pensamientos condicionados? ¿No somos acaso nosotros mismos loritos que, creyendo expresar su opinión, no hacen sino repetir las opiniones prefabricadas por los medios de adoctrinamiento de masas? ¿No somos nosotros mismos perros satisfechos que ya no se plantean preguntas metafísicas, que ya ni siquiera las conciben, que miran con escándalo y aversión al que se atreve a concebirlas y plantearlas? ¿No somos nosotros mismos, en fin, la humanidad animalizada y dúctil soñada por el mundialismo?


Juan Manuel de Prada.



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