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Cuentos con moraleja: Por sus obras les conoceréis



Sofía Berdanska era una jovencita polaca de 18 años que acababa de perder a su padre. Pronto comprendió que debía trabajar para ayudar a mantener a su madre, bastante delicada de salud, y a su hermano pequeño.

A pesar de su corta edad, decidió colocarse como institutriz en alguna casa de gente pudiente. Buscó una carta de recomendación y fue a visitar a varias familias católicas; pero en ninguna le aceptaron, no tanto porque no la necesitaran sino más bien porque, debido a la crisis económica, todos trataban de reducir gastos.

A Sofía se le encogía el corazón cuando pensaba que su madre y su hermano estaban muertos de hambre y de frío en casa. Ella no cesaba de pedir a Dios y, al final, su oración fue escuchada.

Un buen día le hablaron de la familia Herstein; una familia muy bien acomodada con cuatro niños y que acababan de quedarse sin señorita de compañía. Allí se presentó Sofía y preguntó por Javiva Herstein, la señora de la casa. Después de los primeros saludos la señora le preguntó:

– Usted es, ¿usted no es judía?

Sofía fijó sus ojos en los de la señora y pronto advirtió, por aquellas facciones y aquel modo de hablar, que se encontraba ante una judía. Y entonces respondió con sinceridad:

– No, señora. Soy polaca y católica.

La señora quedó por unos instantes en silencio; momento que aprovechó para leer la carta de recomendación que traía Sofía en sus manos. Cuando terminó de leerla le hizo un segundo repaso de arriba abajo a la joven. Javiva, la señora de la casa, advirtió que Sofía, debido a su situación familiar de extrema necesidad se conformaría con un módico sueldo (algo muy importante para un judío); por otro lado, tenía buena presencia y un modo de hablar sumamente agradable. Además –y esto no se lo dijo a la joven- por su casa habían desfilado ya bastantes institutrices y todas se habían marchado bruscamente, quedando la señora con el problema de encontrar una nueva institutriz que tuviera más paciencia.

Así pues, pensó en aceptarla, no sin antes darle algunos importantes avisos:

– Este cargo es algo difícil. Yo tengo que pasarme todo el día en el comercio y no me puedo ocupar de los cuatro pequeños. Mi madre, que me ayuda en el gobierno de la casa, los tiene un poco mal acostumbrados…. Los niños son algo caprichosos y tienen el genio fuerte.

A lo que Sofía respondió:

– Lo que usted me indica no tiene realmente mucha importancia; son cosas de niños. No se preocupe. Ya verá cómo hago todo lo posible por educarlos y atenderlos bien.

En vista de que la futura institutriz se presentaba con tan buenas disposiciones, la señora Herstein expuso todas sus exigencias en lo que se refería a horarios, trabajo diario, sueldo…. Y terminó diciendo:

-Si hago el sacrificio de tomar a una católica para la educación de mis niños, es con una condición: Usted tiene que prometerme, bajo palabra de honor, que nunca hablará de su religión a mis hijos. Más aún, que ni siquiera dejará que ellos conozcan a qué religión pertenece usted.

Sofía volvió a pensar en su hogar. Pensó también que hay muchas maneras de predicar a Cristo y luego, respondió con serenidad:

-Se lo prometo, señora. Palabra de honor – haciéndose, sin darse cuenta, la señal de la cruz sobre el pecho.

Sofía pronto conquistó el corazón de la señora por su total disposición y el buen hacer, y siempre fuel fiel a su promesa. Con los niños la labor fue más difícil pues eran egoístas, soberbios, maleducados, intransigentes… Pasaron varias semanas, y como compensación, y a escondidas del intransigente esposo, permitió a la institutriz ir cada domingo a la primera Misa, con tal de que nadie se enterara.

Sofía solía ir a la Iglesia cuando los faroles, cubiertos todavía de la escarcha de la noche, proyectaban un misterioso resplandor sobre la nieve recién caída. Aquella jovencita polaca sentía necesidad de su comunión semanal para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa en medio de esta familia, en la que cuatro pequeños la tiranizaban continuamente. Nunca se había imaginado que pudieran existir cuatro niños tan indisciplinados, perezosos y revoltosos como estos.

De vez en cuando, Sofía, iba a visitar a su madre para entregarle la paga y pasar algún ratito con ella. En su primera visita, su madre, sacó un medallón que tenía guardado en un viejo cofre que antaño había pertenecido a su abuela. Era uno de aquellos medallones en los que se solían llevar pequeños recuerdos de las personas queridas. Sofía, tomó un papelito, escribió en él una palabra y lo ocultó dentro del medallón. Desde ese momento siempre lo llevó al cuello. En numerosas ocasiones los niños le habían preguntado qué tenía dentro del medallón, pero ella nunca se lo dejaba abrir. Un día, tanto le insistieron que les respondió:

-Ese es mi secreto, niños.

Poco a poco, una transformación silenciosa había ido cambiando el hogar de la familia Herstein. Los niños se hicieron obedientes y respetuosos, y los padres se miraban más que sorprendidos del profundo cambio que habían sufrido sus hijos gracias a la paciencia, el cariño y el buen hacer de Sofía.

Ocasionalmente, la madre reunía a los niños para preguntarles de qué les hablaba la institutriz, intentando indagar si les estaba enseñando ideas cristianas; pero Sofía siempre fue fiel a su palabra. Los niños no sabían a qué religión pertenecía ni tenían la más mínima sospecha.

Un día, la desgracia se cernió sobre la familia, el pequeño Samuel, penúltimo de los cuatro, cayó enfermo de un mal terrible: granos supurantes le cubrían el rostro y le hacían sufrir atrozmente. El médico nunca se atrevió a pronunciar el nombre de la enfermedad que, por otra parte, estaba en la mente de todos; sólo se limitaba a decir que era una enfermedad muy grave y contagiosa que precisaba total aislamiento. Según luego el mismo médico comunicó, había muchos casos similares en el pueblo y el único hospital que había estaba a rebosar por lo que no quedaba más remedio que cuidarlo en casa.

– ¿Adónde llevar al niño? ¿Cuidarle en casa? Sí, pero ¿quién le velaría? Yo no puedo, pues tengo que atender el comercio. –pensó la madre.

En eso que sus ojos se encontraron con los de Sofía, quien comprendía la preocupación de la madre y le respondió sin titubear un segundo:

-Yo, señora, cuidaré de Samuel.

Como no se habían tomado bastantes precauciones, otros dos niños de la familia cayeron enfermos. Sofía, se pasaba todo el día yendo de una cama a la otra sin tener ni un minuto de descanso.

La joven polaca, velaba, llevaba las medicinas, hacía la limpieza de casa, lavaba a los niños…, tanto hacía y tan bien que, después de varias semanas, los tres niños enfermos estaban fuera de peligro.

Cuando todo parecía que el grave problema se iba a superar, fue la misma Sofía quien contrajo el mal. La señora Herstein, muy preocupada por Sofía, la llevó al hospital de Varsovia, donde después de una semana luchando contra la fiebre y el dolor, falleció.

Al día siguiente, en medio del dolor de los esposos Herstein y del llanto de los niños, fue llevada a la casa de su madre y enterrada en el panteón familiar junto a su padre.

Pasó un año, y cuando se cumplía el aniversario de su fallecimiento, toda la familia Herstein asistió a la Misa de aniversario y comulgó en la Iglesia de San Alejandro. Todos se habían convertido al catolicismo. ¿Quién había hecho este milagro? Sin duda, Sofía Berdanska, la joven polaca que trabajaba por mantener a su madre y a su hermanito. Nunca había hablado de Jesucristo ni del Evangelio; pero el ejemplo de su vida fue suficiente para convertir a todos.

Padre Lucas Prados
Fuente: Adelante la Fe

San Lorenzo, Diácono y Mártir

10 de agosto

SAN LORENZO, DIÁCONO y MÁRTIR

Vidas de los Santos de A. Butler


Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo, 1550, Courtauld Institute of Art Gallery

Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo, 1550, Courtauld Institute of Art Gallery

Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo,

1550, Courtauld Institute of Art Gallery


(258 P. C.) - Pocos mártires hay en la Iglesia tan famosos como San Lornezo. Los más ilustres padres latinos celebraron sus alabanzas y, como dice San Máximo toda la Iglesia se une para cantar al unísono, con gran gozo y devoción, el triunfo del mártir. Era Lorenzo uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, cargo de gran responsabilidad, ya que consistía en el cuidado de los bienes de la Iglesia y en la distribución de limosnas a los pobres. El año 257, el emperador Valeriano publicó el edicto de persecución contra los cristianos y, al año siguiente, fue arrestado y decapitado el Papa San Sixto II. San Lorenzo le siguió en el martirio cuatro días después. Esto es todo lo que sabemos de cierto sobre la vida y muerte del santo; pero la piedad cristiana ha aceptado y consagrado los detalles que nos proporcionan San Ambrosio, el poeta Prudencio y otros autores. Sin embargo, hemos de confesar que desgraciadamente existen razones de peso para dudar de la verdad histórica de hechos tan conmovedores como la forma de muerte que sufrió el santo y el reparto de los bienes de la Iglesia.


Según dichas tradiciones, cuando el Papa San Sixto se dirigía al sitio de la ejecución, San Lorenzo iba junto a él y lloraba. "¿A dónde vas sin tu diácono, padre mío?", le preguntaba. El Pontífice respondió: "No pienses que te abandono, hijo mío, pues dentro de tres días me seguirás." Lorenzo se regocijó mucho al saber que Dios le llamaría pronto a Sí. Inmediatamente fue en busca de todos los pobres, viudas y huérfanos y les repartió todo el dinero que tenía; también vendió los vasos sagrados y les regaló el producto de la venta. Cuando el prefecto de Roma lo supo, se imaginó que los cristianos escondían grandes tesoros y decidió descubrirlos, pues adoraba la plata y el oro tanto como a Júpiter y a Marte. Inmediatamente mandó llamar a San Lorenzo y le dijo: "Vosotros, los cristianos, os quejáis con frecuencia de que ostratamos con crueldad. Pero hoy no se trata de suplicios; simplemente quiero hacerte unas preguntas. Me han dicho que vuestros sacerdotes emplean patenas de oro, que beben la Sangre sagrada en cálices de plata y que los cirios de los sacrificios nocturnos están en candelabros de oro. Tráeme esos tesoros, pues el emperador los necesita para mantener sus ejércitos y tu doctrina te manda dar al César lo que es del César. No creo que tu Dios mande acuñar monedas de oro, pues lo único que trajo al venir al mundo fueron palabras. Así pues, entréganos el dinero y quédate con las palabras." San Lorenzo replicó sin inmutarse: "La Iglesia es, en verdad, muy rica y todos los tesoros del emperador no igualan lo que ella posee. Te voy a mostrar los tesoros más valiosos; pero para ello necesito que me des un poco de tiempo, a fin de poner las cosas en orden y hacer el inventario." El prefecto no comprendió a qué tesoros se refería Lorenzo y, al pensar que ya tenía en sus manos las riquezas escondidas, quedó satisfecho con la respuesta del diácono y le concedió tres días de plazo.


En el intervalo, Lorenzo recorrió toda la ciudad en busca de los pobres a los que la Iglesia sostenía. Al tercer día, reunidos ya en gran números, los separó en distintas filas: los decrépitos, los ciegos, los baldados, los mutilados, los leprosos, los huérfanos, las viudas y las doncellas. En seguida, fue en busca del prefecto para invitarle a ver los tesoros de la Iglesia. El prefecto, atónito ante aquella multitud de pacientes y miserables, se volvió furioso hacia Lorenzo y le preguntó qué significaba aquello y dónde estaban los tesoros. Lorenzo respondió: "¿Por qué te enojas? Estos son los tesoros de la Iglesia." El prefecto se enfureció todavía más y exclamó: "¿Te estás burlando de mí? Sábete que nadie se burla impunemente de las insignias del poder romano. Yo sé muy bien que lo que buscas es que te condene a muerte, pues eres loco y vanidoso; pero no vas a morir tan pronto como quisieras, sino que vas a morir pedazo a pedazo." Inmediatamente mandó disponer una gran parrilla sobre el fuego para que el santo se asara lentamente. Los verdugos desnudaron a Lorenzo y le ataron sobre la parrilla, donde empezó a quemarse a fuego lento. Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un resplandor hermosísimo y respiraron el fragante perfume que despedía su cuerpo; pero los perseguidores no vieron el resplandor ni percibieron el aroma. San Agustín dice que el gran deseo que tenía San Lorenzo de unirse con Cristo le hizo olvidar los rigores de la tortura, y San Ambrosio comenta que las llamas del amor divino eran mucho más ardientes que las del fuego material, de suerte que el santo no experimentaba dolor alguno. Después de un buen rato de estar sobre las brasas, Lorenzo se volvió hacia el juez y le dijo sonriendo: "Manda que me vuelvan del otro lado, pues éste ya está bien asado." El verdugo le dio entonces la vuelta. Lorenzo dijo al fin: "La carne está a punto; ya podéis comer." En seguida oró por la ciudad de Roma, por la difusión de la fe en todo el mundo y exhaló el último suspiro.


Prudencio atribuye a la oración del santo la conversión de Roma y dice que Dios la escuchó en aquel mismo momento, porque a la vista de la heroica constancia y piedad de Lorenzo se convirtieron varios senadores. Esos distinguidos personajes transportaron sobre sus hombros el cuerpo del mártir y le dieron honrosa sepultura en la Vía Tiburtina. La muerte de San Lorenzo, comenta Prudencio, fue la muerte de la idolatría en Roma, porque desde entonces comenzó a declinar y, actualmente (c.403 d.C.), el cuerpo senatorial venera las tumbas de los apóstoles y de los mártires. El poeta describe la devoción y el fervor con que los romanos frecuentaban la iglesia de San Lorenzo y se encomendaban a su intercesión y hace notar que la respuesta infalible que obtenían dichas oraciones prueba el poder del mártir ante Dios. San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma por la intercesión de San Lorenzo; San Gregorio de Tours, Fortunato y otros autores, hablan de los milagros del santo en otros sitios. San Lorenzo ha sido, desde el siglo IV, uno de los mártires más venerados y su nombre aparece en el canon de la misa. Es absolutamente cierto que fue sepultado en el cementerio de Ciriaca, en Agro Verano, sobre la Vía Tiburtina. Constantino erigió la primera capilla en el sitio que ocupa actualmente la iglesia de San Lorenzo extra muros, que es la quinta basílica patriarcal de Roma.


Las pretendidas actas de San Lorenzo están llenas de confusiones y contradicciones. Además de dichas actas, existen muchos otros documentos del mismo tipo. Ver BHL., n. 6884 y nn. 7801 y 4753. Nuestro artículo se basa principalmente en el relato de Prudencio, que es bastante claro; cf. Ruinart, Acta Sincera. ¿Se trata simplemente de una invención Poética, o representa una tradición genuina, ya sea oral o escrita? San Ambrosio (De Officiis, I, 41) y otros Padres antiguos sostenían que San Lorenzo había muerto quemado a fuego lento. P. Franchi de Cavalieri, Romische Quartalschrift, vol. XIV (1900), pp. 159-176, y Note agiografiche, vol. XV (1915), pp. 65-82; Delehaye, Analecta Bollandiana, vol. XIX (1900), pp. 452-453, y vol. LI (1933), pp. 49-58, y CMH, pp. 431-432. Ambos autores rechazan la tradición de la parrilla; pero todavía hay otros que la defienden. Ver, por ejemplo, Leclercq en DAC, artículo Grille (vol. VI, cc. 1827-1831), y artículo Laurent (vol. VIII, cc. 1917-1947). Un ejemplo de la gran devoción que tenían los romanos a San Lorenzo es el de la vida de Santa Melania la joven (edición Rampolla, pp. 5-6), por no mencionar las numerosas iglesias y santuarios dedicados al santo. Véase J. P. Kirsch, Die romischen Titelkirchen in Altertum, pp. 80-84; y Huelsen, Le Chiese di Roma del Medio Evo, pp. 280-297. Cf. también Duchesne, Le sanctuaire de S. Laurent, en Mélanges d´archéologie, vol. XXXIX (1921), pp. 3-24.

Santo Domingo de Guzmán, Prebitero y Fundador.


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SANTO DOMINGO DE GUZMÁN,
PRESBÍTERO y FUNDADOR
Vidas de los Santos de A. Butler


(1221 P. C.) - Santo Domingo nació a principios de 1171 en Calaroga, población de Castilla que entonces se llamaba Calaruega. No sabemos nada de cierto sobre su padre, aparte de que llevaba el nombre de Félix y que, al parecer, pertenecía a la familia de Guzmán. La madre de santo Domingo fue la beata Juana de Aza. A los catorce años, Domingo partió de la casa de su tío, que era arcipreste de Gumiel de Izán, e ingresó en la escuela de Palencia. Era todavía estudiante cuando se le nombró canónigo de la catedral de Osma y, después de su ordenación, se consagró al cumplimiento de sus deberes de canónigo. El capítulo vivía en comunidad, bajo la regla de san Agustín y su regularidad y observancia fueron un magnífico ejemplar para el joven sacerdote. A lo que parece, Domingo vivió ahí sin distinguirse en nada de los otros canónigos, ejercitándose en la virtud y preparándose para la tarea que Dios le tenía reservada. Rara vez salía de la casa de los canónigos, y pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia, «llorando los pecados ajenos y leyendo y practicando los consejos que da Casiano en sus Conferencias». Cuando Diego de Acevedo fue elegido obispo de Osma hacia el año de 1201, Domingo le sucedió en el cargo de prior del capítulo. Tenía entonces treinta y un años y había practicado la vida contemplativa a la que acabamos de referirnos durante seis o siete años. En 1204 terminó ese período y el joven hizo su aparición en el mundo en forma inesperada.

Aquel año, Alfonso IX de Castilla envió al obispo de Osma a Dinamarca a negociar el matrimonio de su hijo y el prelado llevó consigo a Domingo. De camino a Dinamarca, los viajeros atravesaron el Languedoc, donde se había difundido mucho la herejía de los albigenses. En Toulouse se alojaron en casa de un albigense. Lleno de compasión por su huésped, Domingo pasó toda la noche en discusión con él y, a la salida del sol, el hombre había recuperado la fe y abjurado de sus errores. La mayoría de los autores suponen que en ese instante Domingo comprendió lo que Dios quería de él. Al regresar de Dinamarca, el obispo y Domingo fueron a Roma a pedir a Inocencio III que los enviase a predicar el Evangelio a los cumanos en Rusia. El Pontífice, que supo apreciar el celo y la virtud de los misioneros, los exhortó para que consagraran sus esfuerzos a luchar dentro de la cristiandad por desarraigar la herejía. Domingo y el obispo pasaron después por Citeaux, a cuyos monjes había encargado el Papa especialmente que lucharan contra los albigenses. En Montpellier se reunieron con el abad de Citeaux y otros dos monjes, Pedro de Castelnau y Raúl de Fontefroide, que habían trabajado en la misión del Languedoc. Diego y Domingo cayeron entonces en la cuenta de que todos los esfuerzos hechos hasta entonces por desarraigar la herejía habían resultado inútiles.

El sistema albigense se basaba en el dualismo del bien y el mal. A este ultimo principio, opuesto al bien, pertenecía la materia y todo lo material. Por consiguiente, los albigenses negaban la realidad de la Encarnación y rechazaban los sacramentos; la perfección exigía que el hombre renunciase a la procreación, comiese y bebiese lo menos posible y el suicidio era cosa laudable. Naturalmente, la mayoría de los albigenses no practicaban estrictamente su doctrina, pero el reducido círculo de los «perfectos» vivía en una pureza heroica y su proceder ascético contrastaba con la vida fácil de los monjes cistercienses. En aquellas circunstancias resultaba inútil tratar de convertir a los herejes mediante el empleo razonable de las cosas materiales, ya que el pueblo seguía instintivamente a quienes llevaban una vida heroica, que no eran ciertamente los predicadores cistercienses. Viendo esto, santo Domingo y el obispo de Osma exhortaron a los cistercienses a imitar el ejemplo de los herejes, a no viajar a caballo, a no alojarse en las mejores hosterías y a despedir a los criados que tenían a su servicio. Una vez que consiguiesen hacerse oír del pueblo, a causa de su vida de penitencia, deberían emplear las armas de la persuasión y la discusión en vez de las amenazas. La tarea era tanto más difícil, cuanto que el albigenismo constituía una religión nueva más bien que una herejía originada en el cristianismo y su forma más avanzada amenazaba la existencia misma de la sociedad humana. Santo Domingo estaba persuadido de que era posible oponer un dique al albigenismo, y Dios quiso valerse de su predicación como instrumento para hacer penetrar su gracia en el corazón de numerosos herejes.

Santo Domingo no se contentó con pedir a otros el ejemplo, sino que lo dio él mismo. Así pues, organizó una serie de conversaciones con los herejes, que hicieron algún efecto en el pueblo, pero no entre los jefes de la herejía. El obispo de Osma volvió poco después a su diócesis, en tanto que su compañero se quedaba en Francia, pero antes de que partiese el prelado, santo Domingo había dado ya el primer paso para fundar la orden que estaba destinada a marcar el alto al albigenismo. Había observado que las mujeres desempeñaban un papel muy importante en la difusión de la herejía y que las jóvenes, después de recibir en su casa los principios de la mala doctrina, iban a proseguir su educación en conventos albigenses. En 1206, el día de la fiesta de santa María Magdalena, santo Domingo recibió una señal del cielo y, en menos de seis meses, fundó en Prouille un convento con nueve monjas a las que había convertido de la herejía y, cerca de ahí, alojó a los hombres que le ayudaban en el apostolado. En esa forma, empezó a preparar predicadores virtuosos, a ofrecer refugio a las mujeres convertidas, a ver por la educación de las jóvenes y a organizar una casa religiosa en la que se oraba constantemente.

El asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau, a manos de un criado del conde de Toulouse, desencadenó una «cruzada» contra los albigenses, en la que se practicaron todos los horrores y crueldades de una guerra civil. El caudillo de los albigenses era Raimundo VI, conde de Toulouse; el de los católicos era Simón IV de Montfort, conde de Leicester. Santo Domingo no creía en la eficacia ni en la legitimidad de una empresa que tratase de imponer la ortodoxia por la fuerza, y es falso que haya tenido algo que ver en el establecimiento de la Inquisición, ya que el tribunal empezó a funcionar en el sur de Francia desde fines del siglo XII (Posteriormentela Orden de Santo Domingo se hizo cargo de la Inquisición. Desde un principio se mostró reacia a desmpañar esa taresa y en 1243 pidió al Papa que la relevara del cargo, pero Inocencio IV rehusó el pedido. Sólo dos de los inquisidores generales de España fueron dominicos, Torquemada fue uno de ellos). El santo no se mezcló jamás en ninguna de las crueles ejecuciones que llevó a cabo la Inquisición. Los historiadores de la época mencionan únicamente, como armas de santo Domingo, la instrucción, la paciencia, la penitencia, el ayuno, las lágrimas y la oración. En cierta ocasión en que el obispo de Toulouse fue a visitar su diócesis con una comitiva de soldados y criados, el santo le reprendió con estas palabras: «En vano intentaréis convertir de esa manera a los enemigos de la fe. La oración es más eficaz que la espada y la humildad más útil que los vestidos finos». Domingo estuvo a punto de ser elegido obispo en tres ocasiones; pero se opuso firmemente, pues sabía que Dios le destinaba a otra tarea.

Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc, y a su alrededor se había reunido un grupo de predicadores. Hasta entonces, había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero deseaba ardientemente reavivar el espíritu apostólico de los ministros del altar, puesto que su ausencia era la causa principal del escándalo del pueblo y del florecimiento del vicio y la herejía. Para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales, especialmente de la predicación. El objetivo principal del santo era el de multiplicar en la Iglesia los predicadores celosos, cuyo espíritu y ejemplo facilitasen la difusión de la luz de la fe y el calor de la caridad, capaces de ayudar eficazmente a los obispos a curar las heridas que habían infligido a la Iglesia la falsa doctrina y la vida disipada. Para facilitar la tarea de Santo Domingo, el obispo Fulk, de Toulouse, le concedió, en 1214, una renta, y, al año siguiente, aprobó la fundación embrionaria de la nueva orden. Pocos meses más tarde, santo Domingo acompañó al obispo al cuarto Concilio de Letrán.

Inocencio III acogió muy amablemente al santo y aprobó el convento de religiosas de Prouille. Además, introdujo en el décimo canon del Concilio una cláusula que ponía de relieve la obligación de predicar y la necesidad de elegir pastores poderosos en obras y palabras, capaces de instruir y edificar a los fieles con el ejemplo y la predicación. Aunque en dicho canon el Pontífice subrayaba la necesidad de formar predicadores aptos, la aprobación de la nueva orden no era tarea fácil, porque el mismo Concilio había legislado contra la multiplicación de las órdenes religiosas. Se dice que Inocencio III había resuelto negarse a la petición, pero que aquella misma noche soñó que la iglesia de San Juan de Letrán estaba a punto de derrumbarse y que santo Domingo la sostenía. Como quiera que fuese, lo cierto es que el Papa aprobó verbalmente la nueva fundación y ordenó al santo que consultase con sus hermanos cuál de las reglas religiosas ya aprobadas querían seguir. En agosto de 1216, se reunieron en Prouille, Domingo y sus dieciséis compañeros, de los cuales ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Tras de discutir los pros y los contras, decidieron adoptar la regla de San Agustín, que era la más antigua y menos detallada de cuantas existían, que había sido escrita para sacerdotes por un sacerdote y predicador eminente. Santo Domingo añadió algunas cláusulas, tomadas en parte de las reglas de los premonstratenses. Inocencio III murió el 18 de julio de 1216 y Honorio III fue elegido para sustituirle. Ello retardó un poco el viaje de santo Domingo a Roma, pero entretanto, terminó el primer convento de Toulouse, al que el obispo regaló la iglesia de San Román. Ahí empezaron los primeros dominicos a llevar vida comunitaria con votos religiosos.

Santo Domingo llegó a Roma en octubre de 1216. Honorio III aprobó ese mismo año la nueva comunidad y sus constituciones, «en consideración a que los religiosos de vuestra orden serán paladines de la fe y luz del mundo, Nos confirmamos vuestra orden». Santo Domingo continuó sus prédicas en Roma con gran éxito, hasta después de la Pascua. Fue entonces cuando se hizo amigo del cardenal Ugolino (más tarde Gregorio IX) y de san Francisco de Asís. Según cuenta la leyenda, santo Domingo soñó que la ira divina estaba a punto de descargarse sobre el mundo pecador, pero lo salvó la intercesión de Nuesta Señora ante su hijo al señalarle a dos personajes: el uno era el propio santo Domingo, el otro era un desconocido. Al día siguiente, se hallaba el santo en oración en la iglesia, cuando entró en ella un mendigo cubierto de harapos. El santo reconoció inmediatamente en él al hombre de su sueño; así pues, se le acercó, le abrazó y le dijo: «Vos sois mi compañero y tenéis que estar a mi lado, pues si permanecemos unidos no habrá poder humano capaz de resistirnos». El encuentro de los dos hombres de Dios, Domingo y Francisco se celebra dos veces al año, en sus respectivas fiestas; en efecto, en esos días los miembros de cada orden cantan la misa en las iglesia de los de la otra y se reúnen «para comer el pan que no ha faltado en siete siglos». Algunos autores han comparado a santo Domingo con san Francisco; pero la comparación es poco inteligente, ya que ambos santos se completan y corrigen el uno al otro, y los únicos puntos que tienen en común, son la fe, cl celo y la caridad.

El 13 de agosto de 1217, los frailes predicadores se reunieron con el fundador en Prouille. Santo Domingo les dio instrucciones sobre la manera de predicar y enseñar y los exhortó a estudiar sin descanso; sobre todo, les recordó que su principal obligación era la santificación propia y que estaban llamados a proseguir la obra de los Apóstoles para establecer en el mundo el reino de Cristo. También les habló de la humildad, de la desconfianza en sí mismos y de la confianza en Dios; en esa forma serían capaces de superar todas las aflicciones y persecuciones, y de pelear la gran batalla contra el mundo y los poderes del infierno. Con gran sorpresa de todos, pues la herejía había ganado terreno en el sitio en que se encontraban, santo Domingo dispersó a sus hermanos el día de la Asunción en todas direcciones, diciéndoles: «Tened confianza en mí. Yo sé lo que hago. Nuestra obligación no es almacenar la semilla, sino sembrarla». Cuatro de los frailes partieron a España, siete a París, dos volvieron a Toulouse, dos permanecieron en Prouille y el fundador se dirigió a Roma en el mes de diciembre. Santo Domingo tenía la intención de renunciar a su papel en la naciente orden e ir a predicar el Evangelio a los tártaros, pero Dios iba a disponer las cosas de otro modo.

Cuando santo Domingo llegó a Roma, el Papa le confió la Iglesia de San Sixto. Al mismo tiempo que fundaba allí un convento, enseñaba teología; su predicación en San Pedro llamó la atención de la multitud. En aquella época, la mayoría de las religiosas de Roma no observaban la clausura y vivían sin reglas, unas en pequeños conventos y otras en casa de sus padres o amigos. Inocencio III había intentado varias veces reunir a todas las religiosas dispersas en un convento de clausura, pero no lo había logrado. Así pues, encargó a santo Domingo de llevar a cabo esa reforma y así lo hizo éste. Cedió a las religiosas su propio monasterio de San Sixto, que acababa de construir; el Papa le dio, en cambio para sus frailes una casa en el Aventino y la iglesia de Santa Sabina. Se cuenta que el Miércoles de Ceniza de 1218, la abadesa y las religiosas que iban a transladarse al convento de San Sixto, se hallaban en la casa capitular con santo Domingo y tres cardenales, cuando un mensajero les llevó la noticia de que un joven, Napoleón, sobrino del cardenal Stephen, acababa de matarse al caer del caballo. Santo Domingo ordenó que transportasen el cadáver a la casa capitular y pidió al hermano Tancredo que prepararse el altar para la misa. Los cardenales y sus comitivas, la abadesa y sus monjas, los frailes y una gran multitud que se había reunido, se dirigieron a la iglesia. Al terminar la celebración del santo sacrificio, santo Domingo enderezó un tanto los maltrechos miembros del cadáver, se arrodilló a orar e hizo la señal de la cruz sobre el muerto. En seguida, levantó las manos al cielo y exclamó: «Napoleón, en el nombre de Nuestro Señor Jesucrito te mando que te levantes». El joven resucitó al punto, sin una sola herida, en presencia de la multitud.

Como fray Mateo de Francia había tenido éxito en la fundación de una casa de la orden en la Universidad de París, santo Domingo envió a algunos de sus hermanos a la Universidad de Bolonia, donde el beato Reginaldo de Orléans llevó a cabo la fundación de uno de los más famosos conventos de la orden. Entre 1218 y 1219, el fundador viajó por España, Francia e Italia, fundando conventos. En el verano de 1219, llegó a Bolonia, donde estableció su residencia habitual hasta el fin de su vida. En 1220, Honorio III confirmó al santo en el cargo de superior general. En Pentecostés de ese mismo año, se reunió el primer capítulo general de la orden, en Bolonia; en él se redactaron las constituciones definitivas, que hicieron de la Orden de Predicadores «la más perfecta de las organizaciones monásticas que produjo la Edad Media» (Hauck): una orden religiosa en el sentido moderno de la palabra, donde la unidad es la orden y no el convento, cuyos miembros dependen de un superior general y cuyas reglas llevan la marca inconfundible del fundador, particularmente por lo que se refiere a la capacidad de adaptación y a la supresión de la propiedad.

Santo Domingo predicaba en todos los sitios por donde pasaba y oraba constantemente por la conversión de los infieles y de los pecadores. Si tal hubiese sido la voluntad de Dios, el santo habría querido verter su sangre por Cristo e ir a predicar a los bárbaros la buena nueva del Evangelio. Por ello, hizo del ministerio de la palabra el fin principal de su institución. Quería que todos sus religiosos se entregasen a la predicación, cada uno según su capacidad, y que los que tenían especial talento de predicadores sólo interrumpiesen el ministerio para retirarse, de cuando en cuando, a predicarse a sí mismos en la soledad y el silencio. La vocación dominicana consiste en «compartir con los demás el fruto de la contemplación». Esa es la razón por la cual los miembros de la orden se preparan largamente, mediante la práctica de la oración, de la humildad, de la abnegación y de la obediencia. Santo Domingo repetía frecuentemente: «Quien domina sus pasiones es amo del mundo. Quien no las domina se convierte en su esclavo. Más vale ser martillo que yunque». Santo Domingo enseñó a sus misioneros a hablar directamente al corazón, mediante la práctica de la caridad. Alguien le preguntó una vez en qué libro había preparado el sermón que acababa de predicar: «En el libro del amor», respondió el fundador. La cultura, la enseñanza y el estudio de la Biblia fueron, desde el primer momento, elementos esenciales de la orden; nada tiene de extraño que los dominicos se hayan distinguido en el trabajo intelectual, ni que haya llamado al fundador «el primer Ministro de Instrucción Pública en la Europa moderna». El espíritu de oración y recogimiento es otra de las características de los dominicos, como lo fue de santo Domingo, quien pedía incesantemente a Dios que le concediese el verdadero amor del prójimo y la capacidad de ayudar a los otros. El santo exigía inflexiblemente el cumplimiento de las reglas que había impuesto. Al llegar a Bolonia, en 1220 advirtió en el convento que se edificaba, cierta elegancia que cuadraba mal con el espíritu de pobreza de la orden; sin vacilar un instante, mandó que se detuviese la construcción. Gracias a ese enérgico espíritu de disciplina, la orden se extendió rápidamente. En 1221, cuando se reunió el segundo capítulo general, había ya unos sesenta conventos, distribuidos en ocho provincias; los dominicos habían llegado ya a Polonia, Escandinavia, Palestina y el hermano Gilberto con otros doce frailes habían fundado las casa de Canterbury, Londres y Oxford. La Orden de Predicadores se halla actualmente establecida en todo el mundo.

Al terminar el segundo capítulo general, Santo Domingo fue a visitar al cardenal Ugolino en Venecia. A la vuelta de ese viaje, se sintió enfermo y fue iransladado al campo para que respirase un aire más puro, pero, ya había comprendido que se aproximaba la hora de su muerte. Habló a sus hermanos acerca de la belleza de la castidad. Como no poseía bienes temporales, redactó su testamento en estos términos: «Hijos míos muy queridos, he aquí mi herencia: conservad la caridad entre vosotros, permaneced humildes y observad voluntariamente la pobreza». Después de exhortar largamente a sus hijos a la pobreza, el santo pidió que le transladasen de nuevo a Bolonia, porque deseaba per sepultado «bajo los pies de sus hermanos». Los frailes del convento de Bolonia se reunieron a rezar las oraciones por los agonizantes en torno al fundador y, al llegar al «subvenite», santo Domingo repitió esas hermosas palabras y exhaló el último suspiro. Era el atardecer del 6 de agosto de 1221; el santo tenía cincuenta y dos años. Su muerte fue un ejemplo de la pobreza de la que había hablado poco antes a sus hermanos, puesto que expiró «en el lecho del hermano Moneta, ya que carecía de una cama propia, vestido con el hábito del hermano Moneta, porque no tenía otro para reemplazar el que había llevado durante tantos años». El beato Jordán de Sajoniahabía escrito en la vida del santo: «Lo único que podía turbar la serenidad de su alma era el sufrirniento ajeno. El rostro de un hombre revela si es feliz o no; el rostro anuble y transfigurado de gozo de Domingo revelaba la paz de su alma. Poseía tal bondad y tal deseo de ayudar al prójimo, que nadie escapaba a la fuerza de su encanto y cuantos le veían una vez le amaban para siempre». Al firmar el decreto de canonización de su amigo, en 1234, Gregorio IX (el tdrnul Ugolino) afirmó que estaba tan seguro de su santidad como de la de san Pedro y san Pablo.

La primera biografía de santo Domingo fue la que escribió el beato Jordán de Sajonia, quien le sucedió en el cargo de superior general. Existen, además, numerosos documentos biográficos relativamente antiguos. Sin entrar en detalles, baste con decir que los principales documentos se hallan reunidos en Acta Sanctorum, agosto, vol. II; en Scriptores O.P., de Quétif y Echard; y en Monumenta O.P. Historica, vols. XV y XVI. Tal vez la obra más importante sobre la vida de Santo Domingo es la de los padres Balme y Lelaidier, Cartulaire de Saint Dominique (1893-1901); se encontrarán ahí numerosos documentos eilustraciones. Desgraciadamente está obra termina con la vida del santo y no incluye los testimonios del proceso de canonización. Pero los testimonios de los frailes que habían conviviodo con él, tan eveladores del espíritu que le animaba, pueden verse en Acta Sancta Sanctorum y otras obras.

Conociendo la Espiritualidad de Nuestro Padre Domingo de Guzmán. ¿Quién fue San Juan Casiano?



El Beato Jordán de Sajonia OP relata en su escrito “Origenes de la Orden de Predicadorers” (nº 13) que Santo Domingo de Guzman leía con asiduidad las “Colaciones” de Juan Casiano (PL [Patrologia Latina] 49,477-1328) y fray Guillermo de Tocco OP cuenta que Santo Tomas de Aquino leía una Colación de Casiano cada día.

(Imagen: Santo Domingo de Fra Angelico. Museo del Hermitage de San Petersburgo).





http://www.traditio-op.org/santos/Casiano/Itinerario_y_tiempo_de_Juan_Casiano,_Mauro_Mathei,_OSB.pdf






Beato Fray Angélico

Fray Angélico

La vida de fray Angélico, nacido en torno al año 1400 cerca de Vicchio, en Mugello (Toscana italiana), se desenvuelve en dos ambientes distintos y complementarios: el conventual y el artístico. Resumimos brevemente ambos, encuadrándolos dentro de un marco histórico-biográfico.

Carecemos de documentación sobre sus primeros años y su entorno familiar, y son escasas las noticias que pueden ofrecerse de su primera formación humana, religiosa y artística. En torno a 1417 se adiestra en talleres de Florencia como miniaturista y pintor, y se incorpora como un miembro más a la «Compañía de San Nicolás» en la Iglesia del Carmen.

Atraído por la predicación del beato Juan Dominici, ingresa en 1420 —junto con su hermano Benedetto— en la Orden dominicana, en el nuevo convento de Santo Domingo, Fiésole, en la periferia de Florencia. Se somete a la vida de observancia regular en ese convento reformado por el beato Dominici, que enarbola el humanismo cristiano frente a la cultura paganizante del renacimiento florentino. Al ser recibido a la profesión religiosa, Guido cambia su nombre por el de Fra Giovanni di san Domenico, e inicia su carrera sacerdotal. Alterna la vida de observancia regular y de estudio con su innata vocación artística, y crea el taller y estudio de arte. Durante este período fiesolano (1425-1438) pinta las tablas de la «Anunciación» (Museo del Prado) y la «Coronación» (Museo de Louvre) para los altares laterales de la iglesia del convento; minia, junto con su hermano Benedetto, los Libros Corales (Museo de San Marcos); recibe ofertas para pintar tablas destinadas a organismos e iglesias florentinas y a la iglesia-convento de santo Domingo de Cortona.

Se incorpora a la nueva comunidad dominicana de San Marcos de Florencia. Su prior y maestro es San Antonino de Florencia, insigne moralista y profesor, cuya Suma de Moral le brinda el marco doctrinal (junto a la Suma de Santo Tomás) de su magisterio teológico-artístico. En este segundo período florentino (hasta 1445) sus obras se multiplican; es el más fecundo. Lleva a cabo la ejecución de los célebres frescos del «Claustro», «Sala Capitular», «Pasillos» y «Celdas» de San Marcos, alternando el oficio de pintor con el de administrador del convento.


Comienza su período artístico en Roma en 1445. El Papa Eugenio IV lo llama para que se haga cargo de la decoración muralista de la Capilla, hoy desaparecida, del Smo. Sacramento en la basílica de San Pedro. Es la fecha en que, vacante la sede de Florencia, le proponen nombrarle arzobispo, cargo que declina a favor de su prior San Antonino. Interrumpe su estancia en Roma y comienza en verano los frescos que decoran la «Capilla de San Brizio» en la catedral de Orvieto (1447). Y después vuelve a continuar los frescos del estudio del Papa Nicolás V, conocido por «Capilla Nicolina», con el tema de San Esteban y San Lorenzo, obra que finalizaría en 1449.

Con motivo de la muerte de su hermano Benedetto, regresa a Fiésole y lo eligen prior del convento en 1450. Allí no acepta ya nuevos encargos, como el de afrescar la catedral de Prato. Tres años después regresa de nuevo a Roma, al convento de Minerva, llamado por el cardenal Torquemada para decorar el claustro. En ese convento fallece el 18 de febrero de 1455. Su cuerpo fue inhumado en la nave izquierda, junto al presbiterio. Una remodelación moderna, a modo de «Capilla del Beato Angélico», acoge la austera lápida de mármol blanco en que se talló su efigie-retrato y una inscripción de caracteres góticos que reza así: Aquí yace el venerable pintor fray Juan de Florencia de la Orden de Predicadores, 1455.

Reflexiones sobre su pintura: objetivos y constantes estéticas

  • Ideal de belleza a lo divino

Contrariamente a la temática de sus colegas que estaban afanosamente ocupados en idolatrar al hom-bre, entreteniéndose en la faceta humana, en llegar a la perfección del «natural», a través de la anatomía física del cuerpo y la presentación del «desnudo» como ideal de belleza del Renacimiento, el Angélico enfoca sus conquistas estéticas desde el ángulo del hombre, desde su interioridad, buscando en él el reflejo divino, empeñándose en escudriñar sus sentimientos espirituales, dando así vida a un tipo de «hombre-modelo», que acaso rara vez se encuentra en las condiciones de la vida terrena, pero que debe proponerse a la imitación del pueblo cristiano (Pío XII).

Dos cosas faltan en el Angélico, comenta el P. Sertillanges; «el estudio de la antigüedad pagana y el estudio de la anatomía». La primera creo que no es cierta; en cambio sí la segunda, si se trata del estudio y examen del «desnudo natural». Sólo habría que suponerlo en el período de aprendizaje, no dentro del convento observante. Prefiere seguir la tradición de sus maestros toscanos de envolver castamente el cuerpo, especialmente el desnudo femenino, en amplios ropajes y telas estampadas, que dieran ocasión para jugar con la soltura y caída de los pliegues entubados, ocultando de esta manera las formas anatómicas.

Con su vida, fray Angélico se opone ya de principio a los planteamientos de su contemporáneos que halagan con la belleza anatómica de las formas humanas, con mezcla de frivolidad y a veces de atrevida sensualidad. Se comprende que «tal hombre, como puntualiza Hipólito Taine, no estudiase nada de anatomía ni el modelo contemporáneo». Escorando premeditadamente el análisis del natural anatómico, intenta por otras vías estilísticas profundizar en la vida interior del hombre, retratando el alma por dentro, más que el cuerpo humano por fuera. A pesar de todo, trata el cuerpo humano con elegancia y con dignidad, especialmente en la figura divina de Cristo Crucificado. La serenidad y majestad que sus pinceles imprimieron en su cuerpo desnudo supieron poner el toque preciso y hasta anatómico del artista santo. En la Lamentación sobre el Cristo muerto resalta la noble dignidad de un cuerpo anatómicamente muerto, donde la horizontalidad de sus formas pálidas contrasta con la verticalidad de los santos emplazados en su entorno. Una vez más el Angélico utiliza el tema no como una narración histórica sino como símbolo redentor de un Dios sacrificado en medio de los hombres para su salvación.
Fray Angélico
  • Predicación por la imagen

En su personal tratamiento de los temas y protagonistas descuella su profunda religiosidad. La pertenencia a la Orden Dominicana, iniciada y continuada en conventos de rigurosa observancia, motivaron seguramente su iconografía. Los juicios críticos sobre su obra apuntan en esta línea. Su Santidad Pío XII, en la apertura de la Exposición del Angélico, se expresó en estos términos: «Mas esto no significa que su profunda religiosidad, su ascesis, alimentada con virtudes sólidas, con plegaria y contemplaciones, no haya producido en él un influjo determinado en orden a dar a la expresión artística ese poder de lenguaje con que llega directamente a los espíritus y, como se ha dicho muchas veces, el poder de transformar en oración su arte».

Su aportación pictórica, a pesar de las connotaciones con otros maestros, se define por su personalidad religiosa, por su lirismo teológico transcendente, y por la carga espiritual que inyecta a sus protagonistas. Su lenguaje plástico contiene un proceso de maduración asequible al pueblo cristiano, pues todo lo narra con sencillez y trasparencia evangélicas. Su producción artística, en los diversos períodos de su vida, está marcada por esta dimensión didáctico-religiosa.

Fray AngélicoSus composiciones sacras (cristológicas, mariológicas, angélicas, santorales y dominicanas) destacan por una rigurosa técnica artística, no exenta de anomalías típicas de los primitivos italianos, y por el toque de gracia de la luz y luminosidad de sus figuras. Son escenas que presentan una concepción unitaria, presidida por mesurado equilibrio en que los santos que la interpretan no se exhiben sino que asisten calladamente, sin pronunciar palabra que altere la serenidad del misterio del que todos son partícipes (Coronación de la Virgen, en San Marcos, celda n. 9; Crucifixión, en la Sala Capitular). A veces los santos comentan en silencio, o se miran con serena piedad para no turbar el orden y ritmo de la escena (Coronación del Louvre, Sagrada Conversación, Retablo de la SS. Trinidad, Descendimiento de la Cruz, Retablo de Bosco al Fratt). Sus personajes no se agitan exteriormente; están quietamente dominados por su calina interna; a lo sumo gesticulan con mesura sus manos ante la tragedia que presencian. En los rostros de todos los personajes se trasluce la paz interior de sus almas; y en la compostura externa se les aprecia tranquilidad anímica, fruto espiritual de la posesión de la «gratia Christi» en unos y de la «gloria Dei» en otros.

Dentro de este lirismo poético-religioso no caben emociones dramáticas, expresiones amargas, estados emocionales perturbados, estridencias psicológicas, exaltaciones desorbitadas, excitaciones pasionales: lo que predomina es la bonanza espiritual originada por una intensa vida interior.

En las composiciones de carácter sacrificial o martirial (Crucifixiones, Martirios) impone al lenguaje plástico su método adecuado. El drama de la Crucifixión se comunica a los asistentes, que lo evidencian en una emoción contenida, y lo superan asumiendo el dolor como realidad humana, sin gesticulaciones grandilocuentes a lo Giotto, con aceptación resignada de algo que era necesario a consecuencia del pecado del hombre, y dispuesto por voluntad divina al aceptar el acto sacrificial de Cristo redentor en la Cruz. Las posturas, ademanes y gestos de los participantes exteriorizan la aceptación de ese plan divino.

(Fuente: Domingo ITURGAIZ, Beato Angélico. Patrono espiritual de los artistas, en "Retablo de Artistas", Caleruega 1987)

Más bibliografía: Domingo Iturgaiz, El Angélico. Pintor de Santo Domingo de Guzmán, Salamanca 2000.

El Padre Vayssiere OP, Eremita y provincial (1864 - 1940). Fr. M. J. Nicolás OP.


Es un foco puro de vida espiritual el que se ha apagado entre nosotros con el P. Vayssière, "el santo Provincial de Toulouse" según se lo apodaba habitualmente en la Orden de Sto. Domingo, en la que era bien conocido el carácter exclusivamente sobrenatural de su personalidad. El puñado de recuerdos que presentamos aquí quisieran contribuir a prolongar el efecto de aquella llama que habitaba en él y cuyo vívido calor no será reemplazado. En sus últimos días, sólo veía de su larga vida el encadenamiento de todo lo que la Santa Virgen había hecho por él: "Todo ha sido misericordia en mi vida -decía- y misericordia de María". Y resumía esa misericordia en tres gracias esenciales de las que habían surgido todas las otras: la gracia del sufrimiento, la gracia de la soledad, la gracia de la revelación de la Virgen a su alma. Que les sea permitido a sus hijos agregar a esta enumeración la gracia que le fue dada para ellos y que llamaría su gracia de paternidad. Sigamos ese encadenamiento que nos da la interpretación sobrenatural de su alma y de su vida.

La gracia del sufrimiento

Para apreciarla debidamente hay que comprender cuál fue el impulso de esa alma hacia la bella y rica vida dominicana. De seminarista era impulsivo, ardiente y de carácter impetuoso. Es fácilmente creíble porque siempre permaneció así.

Había en él una llama. Esta llama iba en aumento desde la época de su Seminario Mayor, y el objeto habitual de conversación con su íntimo amigo era la vida sacerdotal y el medio de volverla perfecta. Un día leyó la vida de Lacordaire, y, en una página cualquiera, oyó dentro de él un repentino: "serás dominico", que lo decidió para siempre. Quiso, por tanto, hacerse dominico "para predicar"; no había nada más claro en su espíritu, y fue Lacordaire quien lo indujo.

Con ese ardor entró al noviciado de Toulouse, y allí se aplicó al trabajo de su perfeccionamiento, y fue plenamente feliz: "Estoy demasiado contento", le decía con aprensión a su Padre Maestro, y relató con frecuencia con qué consolación repetía sin cesar las palabras del salmo, aplicándolas a su estado de huérfano: Mi padre y mi madre me han abandonado, pero el Señor me ha tomado consigo.
Comenzó brillantemente sus estudios. Pero estos hermosos inicios de un sujeto de excepción debían rematar de un modo distinto al pensado. Una fatiga cerebral profunda lo volvió de pronto impotente para todo trabajo intelectual. Nunca se curó del todo de ello, y ésa fue la cruz íntima de su vida. "Todavía me hace sufrir", me confiaba algún tiempo antes de su muerte. Debió cerrar sus libros, y se lo envió a S. Maximin, donde coronó su preparación al sacerdocio. Su Padre Maestro fue el P. Colchen, un gran religioso, extremadamente bueno pero apasionadamente austero y poco comunicativo. El, que afrontaba todas las dolencias para asistir de noche a maitines contra todo agotamiento, juzgaba imposible que un religioso tan bueno pudiera quedar privado de la gracia de practicar las santas observancias monásticas por motivos de salud. Un día le hizo comenzar una novena preparatoria a la fiesta de San José, que debía consistir en levantarse cada noche a despecho de todo. Pensaba que un tal acto de fe realizaría un milagro. El octavo día de la novena el pobre novicio no tenía siquiera fuerza para confesarse. El P. Colchen no insistió ante esta respuesta de San José. Las observancias, tanto como el estudio y la predicación, quedarían por siempre inaccesibles al P. Vayssière. De este modo, aunque amándolos con fidelidad, insistió siempre en decir que lo esencial de la vida religiosa y dominicana no estaba allí. Pero, agregaba, lo que es realmente la condición esencial es la abnegación, y en ello coincidía profundamente con el P. Colchen, por el cual conservó siempre un inmenso afecto.

Fue en ese estado de dolorosa impotencia que se ordenó sacerdote. Entonces comenzó en su vida el reinado cotidiano de la Misa. Quedaba grabado en el alma como un hermoso cuadro el rostro que presentaba durante la ofrenda del cáliz en el Ofertorio, el rostro elevado hacia la Hostia en el que se leía tamaña expresión de ofrenda y de fe. Era el momento en que había en él el máximo de dulzura, de pureza, de serenidad. En el instante de la comunión, ese rostro parecía verdaderamente abrasarse. Decía: "El sacerdote debe seguir siendo durante todo el día como era en el altar, debe vivir su Misa, ser inmolado y entregado, y entregándose entregar a Jesús".

Pero ya estoy hablando aquí de los últimos años. Ya sacerdote, después de haber colaborado algún tiempo con el P. Colchen como Submaestro, fue enviado al convento de Biarritz, donde nada pudo hacer. "Un día -contaba- me encontraba en la sala común leyendo los diarios y también conversando con tal y tal otro Padre. Acertó a pasar el Padre Provincial y me hizo un vivo reproche. Pero, ¿qué quería que hiciera? No podía ni leer, ni confesar, ni nada; me aburría".

A ese estado de impotencia física, a veces el P. Vayssière llegaba al punto de considerarlo la mayor gracia de su vida. ¿Por qué? Porque aprendió así, experimentalmente, que hay que hacerse nada para que reine Dios. Fue el no poder hacer por sí mismo nada de lo que hubiera querido, lo que lo redujo a no apoyarse sino en la acción de Dios. Sin duda esta luz se fue desprendiendo poco a poco de su prueba. Pero en el fin de su vida la virtud del abandono había florecido en él. No vivía más que en las manos de Dios y de la Santísima Virgen. Todos sabemos cómo se aplicaba a no emplear jamás ninguna palabra que hubiera parecido fundamentar en nosotros el principio de nuestro esfuerzo. No decía: amen a Dios, sino: dejáos amar. "El dejar suceder es marchar a vuelo de pájaro en la vía de la santidad".

Una actitud tal, le permitía sobreponerse a numerosos sufrimientos. Sin embargo, conservaba más sensibilidad que aptitud para evadirse de las mil cosas penosas de la vida. La cruz fue su estado habitual. La hallaba completamente natural y sobre todo necesaria: "es una misericordia de Dios", decía. Recuerdo un Viernes Santo, poco tiempo antes de su elección como Provincial. Había venido al convento de S. Maximin para reemplazar a nuestro ausente Padre Maestro, y celebrar los oficios de Semana Santa. Entré a su habitación después del oficio de la mañana. Parecía como embriagado por su comunión. Con una extraordinaria elocuencia, me enseñó que la cruz es el centro de todo aquí abajo: "La cruz es la sustancia de la vida". Lo veo todavía abriendo ampliamente los brazos y hablándome de la identificación de nuestro destino con el de Cristo. Enseñaba a las almas una fórmula para decir en las horas de sufrimiento, y que era su fórmula. "Hay que sufrir. Por tanto quiero sufrir. Quiero realmente sufrir. No quiero sufrir menos. Quiero morir para vivir. Quiero vivir para glorificar a Dios. Y sé que glorificando a Dios obtendré toda mi felicidad".

Lo que tal vez más que todo hizo de su estado de impotencia una gracia, fue la humildad que él extraía de ese estado. No es fácil hablar de la humildad de los santos. "En la historia de mi alma -dice Sta. Teresa de Lisieux- hay páginas que no se leerán sino en el cielo." Para tocar debidamente ese tema, habría que mostrar las miserias que Dios deja en ellos, esas faltas "que no apenan a Dios" pero que asombran a los hombres. Es que los hombres no conocen el lado interior y escondido de esas deformidades, no ven la humildad que engendra esa humillación. En el alma del P. Vayssière esa humildad era maravillosa. No se consideraba a sí mismo más que para admirar la gracia de Dios en las menores cosas de su vida. De modo que pienso que la experiencia y sobre todo la aceptación cotidiana de sus incapacidades, fue la gran maestra de su humildad. Cuando era Provincial decía: "Se me ha puesto ahí, acepto. Es para mí continua humillación...Pero estoy contento de cumplir la voluntad de Dios, y lo bendigo por conservarme en mi pequeñez".

Apresurémonos a decir que exageraba creyéndose tan totalmente inepto. Es bien cierto que no podía predicar sino cuando el deber de estado lo obligaba absolutamente, y que no brillaba mucho en la conversación o en los asuntos de negocios. Pero qué elocuencia a menudo admirable en sus reuniones íntimas: el gesto, el acento, la frase figurada, vigorosa, todo ello se hallaba presente. Y siempre presentaba admirables conclusiones en sus síntesis doctrinales. Poseía la intuición de lo que resultaba esencial de cada tema. Oh, ciertamente nunca me asombró que antes de su enfermedad haya podido rivalizar en teología con el futuro P. Pègues, ni que tuviera la ambición de predicar a las multitudes.

No penséis tampoco que todo fue dolor en su vida. Como las almas hechas a las renuncias, almas muy despojadas que no buscan instalarse en ninguna satisfacción, gozaba plenamente las menores alegrías, en las que veía siempre una atención de la Providencia. Sería de no acabar referirse a las pequeñas "consolaciones" del P. Vayssière, el don que tenía de "reconocer" la gracia en todas las cosas. En realidad, renunciaba constantemente a todo don y a toda alegría, y lo que sucedía en él de luz y de dulzura, lo recibía como un don de la Virgen, como un signo de amor, sí, un signo de que estaba ahí y pensaba en él.


La gracia de la soledad

La llamaba también la gracia de su vocación magdaleniana. Ciertamente, él no hubiera elegido por sí mismo esa vocación. Cuando en 1901 sus superiores, probablemente pensando que no servía sino para orar y que por otra parte se le podía pedir cualquier cosa, lo nombraron capellán de la gruta de Sta. María Magdalena en Sainte Baume, ese joven religioso de treinta y siete años se estremeció. Se hubiera estremecido aún más si hubiera sabido que allí permanecería treinta y un años. Dios le había retirado el estudio, las observancias, el apostolado de la palabra. Ahora coronaba el despojamiento quitándole la vida en común y la compañía normal de los hombres. Sainte Baume es un lugar magnífico, un verdadero sitio de contemplación. No hay un dominicano de la Provincia de Toulouse que no haya gustado allí momentos de serenidad y de plenitud inolvidables en el tan benéfico acuerdo entre la voz de las cosas y la oración del alma. No se podría describir esa vasta y pura soledad cuyo espíritu es aun más conmovedor que las formas depuradas. Pero retirarse allí para vivir es una prueba temeraria. Los días de invierno son a veces siniestros, las lluvias de otoño vuelven al bosque triste y frío hasta las lágrimas, el llano de Plan d‘Aups, cuando sopla el mistral, es un verdadero desierto ríspido y despojado. ¡Y qué aislamiento sobre la alta cresta barrida por un viento furioso! El silencio de las cosas termina por parecerse a la muerte. El problema para aquél a quien la obediencia hacía eremita, era aceptar esa soledad, desposarla, agotar su gracia. Lo hizo, y he aquí el motivo por que se volvió un contemplativo.

El nos contó a muchos de entre nosotros cómo se decidió su vocación. Estaba en camino de acostumbrarse a bajar todos los días al albergue de los peregrinos donde podía hallar un poco de compañía, de conversación, y periódicos. Una vez, frente a una bifurcación, tuvo la intuición de que no debía seguir descendiendo. Una súbita luz le mostró la nada de lo que iba a buscar: "¿Qué vas a hacer? Distraerte...Y bien, no irás!" Fue tan categórico como el "serás dominico" de su juventud. Esta vez esas palabras querían decir: "vivirás del espíritu de la gruta, serás un contemplativo." Tomó el otro camino, el de su nueva vocación. "Desde ese día -agregaba- jamás me aburrí". Hasta tuvo durante aproximadamente un mes abundantes consolaciones: la soledad lo agasajaba. Luego recayó en su estado habitual, "sequedad entrecortada de relámpagos", según su expresión. Pero permaneció fiel.

Durante largo tiempo, no entró ni un periódico en la pequeña casita contigua a la gruta, donde vivía con su fiel compañero, el Hno. Enrique, quien cultivó el atractivo de la vida en común con él. No hubo más relaciones con el entorno que las que le imponía su ministerio, en especial con las Hnas. de Betania de quienes fue el verdadero padre y constante apoyo y aun durante cierto tiempo el capellán titular. Más tarde, los peregrinos se hicieron más numerosos y no pudo ya recibirlos siquiera durante la buena estación. La casa de retiro de Nazaret que había fundado en 1931, lo absorbía. Y después del regreso del Noviciado a San Maximin en 1920, comenzó a ejercer una penetrante influencia en las jóvenes generaciones de su Provincia dominicana. Ya no era pues, totalmente eremita, sino durante los seis meses del año, cuando fue elegido Provincial en 1932. Pero todo su accionar era una irradiación de su soledad. La soledad había penetrado tan adentro en su alma que lo conformó para siempre. Fue en vano que disminuyera poco a poco alrededor de él; la gracia de esa soledad no logró abandonarlo. Allí se transformó en el hombre de oración y de contemplación continua que conocimos. Aquí cuento la historia de un hombre que sólo se hizo conocer en la plena consumación de sus frutos, pero sus raíces se encuentran en realidad en la gruta de Santa María Magdalena. Todos recuerdan la actitud que había guardado, cuando era Provincial, en los conventos que había vuelto a habitar. Recto, grave y pacífico, parecía tener siempre conciencia de ser portador de Dios. Al envejecer, se había vuelto como diáfano. El, tan alegre, cuya fisonomía era tan expresiva, tan dinámica, no entraba al coro ni aun en los lugares regulares sin el mismo rostro que tenía en el altar. Permanecía arrodillado durante toda su oración, que rezaba inmóvil y con los ojos cerrados.

Un día confió a uno de sus hijos su método de oración: "Comienzo por renunciar a todo lo que podría salir de mí. Luego me pongo todo entero en las manos de la Santísima Virgen y me quedo ahí". Parece que en los últimos años de su vida recibió una luz muy nueva sobre la oración de silencio y de quietud. Se tenía la impresión de que esa luz lo liberaba, le mostraba aquella verdadera manera de rezar a la que desde mucho tendía toda su alma. ¡A cuántas almas intentó comunicar esa luz! Un día dijo a una ellas lo siguiente: "Hay que ser contemplativos... Se necesita el silencio...pero el silencio interior, el silencio de los poderíos... hay que ir a Dios en la pura fe. Hay que retirarse antes que nada de sí para ser atraídos hacia Dios... Dios no es nada de lo que es y no está en ningún lado... Hay que ir a él... Sto ad ostium et pulso... A veces es duro... Hay que abrirse un camino a través de sí mismo y a través de las criaturas. Pero me he dado cuenta: cuanto más seca es la oración, más luz hay en la jornada. Cuanto más anonadadamiento, hay más actividad divina en la jornada... Cuando no sentís nada en vosotros, creed en esta palabra de Nuestro Señor: Mi padre y yo actuamos sin cesar... Y entonces en ese vacío, delante de Dios, ¿qué hace Dios? - Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único. Es el don supremo, el don de Dios al hombre... Hay una objeción: ¿y la Humanidad de Cristo? Pero no se la olvida: se pasa por ella. Se es tomado, se es poseído por Cristo. Esa unión con el Padre es la cima del alma de Cristo. Se es poseído, se es rodeado por Cristo... Eso supone un despojamiento. Pero una oración tal no es solamente un término. Es un crisol. Ella misma despoja al alma. Sto ad hostium et pulso. Hay que ir a esa puerta, a golpear... Y nosotros dominicanos, debemos ser contemplativos por estado, para conocer a Dios, para conocer a las almas, la nada total y el todo de Dios. Esas cosas no se saben, no se las dice. Y ahora que comienzo a saberlas... voy a morir".

Decía estas cosas con un rostro iluminado, un rostro de testigo. ¡Y qué energía!.

Esa oración de fe era la concentración forzosamente momentánea de todo su ser en lo que constituía los sentimientos habituales de sus jornadas.

"Mi justo vive de la fe -repetía sin cesar-, vive del espíritu de fe, no por arrobamientos, en ciertos instantes, sino permanentemente... Se tiene fe, pero no se la utiliza, se juzga con el juicio humano, se quiere con una voluntad natural." ¿Pero creer en qué? Creer en Dios, en Dios que es amor. "El fondo del Ser de Dios es el Amor. Sois amados por Dios. Su Amor es un Océano sin orillas... ¡es un amor eterno! Su amor nos sumerge, nos estrecha. Esa es la verdad que hay que creer... Creer en el amor de Dios en todo acontecimiento, ¡cómo lo engrandece todo!... Se está continuamente en el latido perpetuo de su corazón... Entregaos al amor, he aquí vuestra tienda. Permaneced allí en cada voluntad que pasa... ¡Ahí no hay nada que temer y todo que esperar! No es siempre fácil... Porque Dios es un fuego devorador y consumidor que devora en nosotros todo lo que no es Dios. Entregaos al Amor puro por puro amor y os santificaréis".

No quería que bastara con creer con el espíritu, quería que se adhiriera con el corazón, que se comulgara con esa Voluntad de Dios, con "ese amor que nos cerca por todos lados" y que es la última palabra de todo lo que hace gozar o sufrir. No quería que se hiciera sino eso: la desaparición total del propio yo frente al ser y la acción de Dios, dejarse llevar, sabiendo que ello significa: dejarse amar; "abrazar a Dios en todo instante haciendo su voluntad, porque la Voluntad de Dios es Dios".

"Aceptar todo, todo, absolutamente todo como viniendo de su corazón... todo lo que sucede es expresión de su amor. Es nuestra única manera de poseer a Dios. A Dios no lo vemos, lo tenemos por su voluntad. Por ella podemos comulgar con El. Dios conduce todo y Dios conduce a Dios. Por tanto, abrir en todo el alma a su amor que en todo nos atrae... Jesús nos prueba menos su amor por sus dulzuras y sus consolaciones que por las voluntades suyas que cada instante nos aporta. Las dulzuras no son más que un incidente pasajero y rápido... sus voluntades constituyen la verdadera trama de nuestra vida. Ellas son el manantial ininterrumpido de su corazón, y la manifestación inagotable, la expresión permanente de su amor por nosotros".

Una noche en Sainte Baume, nos hallábamos afuera. "La voluntad de Dios, hijo, no busques otra cosa. Es como sucedió con mi reelección. Todo parecía humanamente oponerse. Por eso, estoy bien tranquilo... Adjutorium nostri in nomine Domini..." y luego, con un gesto amplio y de una gran fuerza me mostró todo el cielo y todos los horizontes de Sainte Baume: "qui fecit coelum et terram. Nos apoyamos sobre el Todopoderoso que hizo el cielo y la tierra".

Pero para qué insistir, era su predicación constante, el espíritu mismo de su vida que nos daba diciéndonos eso: "Les digo lo mismo a todos -concluía con su inimitable simplicidad- no sé más que eso. Y vale para todo el mundo. Todo el mundo está contento". Sobre todo, él mismo lo vivía y lo había aprendido en el libro de su corazón. Esa comunión con el amor de Dios a través de todo lo que hacía o soportaba, era su contemplación perpetua, "unida a la acción -decía- como el alma lo está al cuerpo". Había llegado al estado que definía así: "En el alma religiosa, el pasado y el futuro no cuentan. Sólo cuenta el momento presente, donde está en comunión con el infinito de Dios".
La gracia de la intimidad mariana

Pero tengo premura por mostrar el lugar que tenía la Santísima Virgen en todo lo que acabamos de decir. Ella era el arbitrio universal, la misma atmósfera de su vida espiritual. Ese estado de despojamiento y de toda pura unión a Dios solo, era Ella quien lo establecía con él y que lo mantenía y que lo había querido. "Es la Sma. Virgen quien ha hecho todo. Le debo todo, todo", decía frecuentemente. Había sido la madre que exigía el sentimiento de su pequeñez, la dulzura suprema en lo más profundo de su renunciamiento, la fecundidad de su soledad, y la inspiradora de su oración. No tomaba conciencia de ninguna de las gracias de Dios sin tomar a la vez conciencia de la vía por la cual le llegaban. "Todo es gracia"; por tanto, pensaba, la Santísima Virgen está conjunta e íntimamente presente.

Esta ubicación en el Corazón de la Santísima Virgen como en el centro de su vida espiritual, no es común a todos los santos. Para lograrlo se necesita una luz, una revelación de la Virgen que supone una elección de su parte. El P. Vayssière la tuvo en grado excepcional. Es propio del alma mariana ese instinto de encontrar a Dios en María, tener incluso un goce particular en tomar conciencia de ello, en rendirle así gloria ofreciéndose no solamente a sus manos sino primero a ella, sabiendo a fondo que todo lo que es de ella es de Dios, un eclipse total y perfecto de la madre delante del Hijo. Ese sentido de la transparencia de María explica las expresiones del P. Vayssière. Todo lo que hemos dicho sobre sus expresiones y sobre su vida de fe, muestra suficientemente cuál era el fruto de una tal donación. He hallado este tan profundo pensamiento suyo: "La Santísima Virgen no posee más la fe, sino que la guarda para nosotros. Hay que ir a buscar la fe en su fuente. Jesucristo no tuvo fe. La fuente de la fe es María". "Toda la vida espiritual está ahí adentro, en esa donación al amor Infinito. Pero no olvidemos que se realiza en los brazos de María, en la gracia de su papel maternal"... "María es como un gran río que nos lleva a Cristo... Pero no hay que pensar que María, Nuestro Señor, no son más que etapas para llegar al Padre. NO, no es así: "María, Cristo, Dios, es un todo, es inseparable!".

Así sentía por instinto, pero también lo justificaba mediante una doctrina mariana que bastaría desarrollar para lograr una hermosa obra...

"La Santísima Virgen no es más que madre... no es más que madre de Jesús, es a El a quien concibe en el alma... Toda la acción de María transcurre hacia Jesús... No se podría concebir en ella ninguna partícula de su actividad que no tuviera a Jesús como objeto y como fin. Es su misión. Ella es madre. Su papel de madre es el de darnos la vida divina a cambio de lo que nos ayuda a sacrificar... Es el mismo Espíritu Santo quien ha creado y preparado el Corazón de María y quien ha cavado en él profundidades inefables. Ha hecho de él un corazón de Madre, y no de cualquier madre, sino de la madre de un Dios... y es con ese corazón hecho para un Dios, con esas ternuras reservadas para Dios, que María ama a la humanidad, que María ama a cada una de nuestras almas".

El misterio de María, para él, era el de la perpetuidad del misterio de la Encarnación Redentora con el cual cada alma humana puede comulgar totalmente. Así como Jesús ha habitado en el mundo, así viene a vivir en nosotros. "Es la ley de Dios que después de la Encarnación se renueva a través de las edades y en todas las almas que quieren permanecer fieles y realizar el mismo misterio de amor: Jesús".
De esta meditación sobre el rol vivificador de María, tomaba su doctrina del contacto a mantener siempre, de la dependencia que debe volverse cada día más estrecha y más total. "Más se es de María y de su acción, más se está en vía de unión a Dios, de vivir en sí mismo la vida de Jesús... Hay que establecerse espiritualmente en María como un niño en el seno de su madre. Más estamos unidos a Ella, más nos vitaliza. Es Ella, es María que nos forma... La vía de fidelidad filial a María, es la verdadera vida, creedlo, es revivir la vida misma de Jesús en Nazareth".

Y por si se hubiera encontrado algo demasiado metafísico en estas consideraciones, concluye muy simplemente, con una extraordinaria y límpida ternura: "La Santísima Virgen es una mamá. Nos quiere como una mamá. Hay que amarla como a una mamá". Sin embargo el P. Vayssière no había disfrutado de su madre, muerta joven. No había aprendido en su naturaleza esos sentimientos que luego es tan bello transportar al orden de la gracia y de las cosas espirituales.

No, no había tenido más madre que la Santísima Virgen, y es de ella que había aprendido todo, aun las delicadezas más humanas de su corazón. Un día iba con él en un tranvía. Cerca de nosotros estaba sentada una joven mamá que llevaba su niño en sus brazos. Tras haber mirado un momento, el Padre me tomó del brazo y me dijo: "Fíjese... Esto me hace pensar en el Buen Dios... Ahí está lo que somos en sus brazos. Es curioso, cuando era joven no prestaba ninguna atención a los niños... ¡Pero ahora, me conmuevo!".

Se comprende cómo la humildad del Padre volvía fácil una tal dependencia: "Hay que hacerse niño, hay que hacerse pequeño." Cerca de él comprendí que la verdadera devoción a la Virgen era inaccesible a los orgullosos. Todas sus palabras sobre la Virgen salían de un corazón simple y despojado.

El tenía conciencia de ello. "Más pequeño se es, decía, más se le permite ser madre. El niño pertenece más a su madre cuanto más débil y más pequeño es... La perfección de la vida de infancia en el plan divino, es la vida en María".

El Padre se nutría continuamente y de más en más, de la doctrina de Sta. Teresa de Lisieux, pero es en aquel espíritu que la interpretaba y la explicaba. El definía así la infancia espiritual: "tener a María por madre y saberlo." No le gustaba mostrar "sensible" la devoción a la Santísima Virgen: "Es en la fe que hay que ver todas las cosas y creer que nos viene de María."

Esta gracia de intimidad mariana la debía primeramente al estado de pequeñez al que había sido reducido y al cual había consentido. Pero la debía también a su Rosario. En las largas jornadas de soledad de Sainte Baume, había tomado la costumbre de rezar varios rosarios en el día, a veces hasta seis. Muchas veces los rezaba en su totalidad de rodillas. Y no se trataba de una recitación mecánica y superficial: se entregaba en alma, los degustaba, los devoraba, se sentía persuadido de encontrar allí todo lo que se puede buscar en la oración.

"Recitad cada decena -decía- menos reflexionando que comulgando en el corazón con la gracia del misterio, con el espíritu de Jesús y de María tal cual ese misterio os lo presenta... El Rosario es la comunión del anochecer (en otra parte: es la comunión todo a lo largo del día) y que traduce en luz y en resolución fecunda la comunión de la mañana. No es sólo una serie de Ave Marías piadosamente rezadas, es Jesús que revive en el alma por la acción maternal de María."

De esta manera, él vivía en ese ciclo, sin cesar activo, de su Rosario, como "rodeado" por Cristo, por María, según su expresión, comulgando con cada uno de sus estados, con cada uno de los aspectos de su gracia, penetrando y permaneciendo, por intermedio del Rosario, en los abismos del Corazón de Dios: "El Rosario es un encadenamiento de amor de María a la Trinidad." Se llega a comprender qué estado de contemplación había suscitado en él, qué camino para la pura unión con Dios, qué necesidad, parecida a la de la comunión. Y cuando se lo veía hacer correr constantemente las cuentas de su rosario, se podía pensar que cada una de ellas se había vuelto para él como un signo sensible y casi oral, un memorial de todos sus pensamientos, de toda la contemplación acumulada durante tan largos años.

La gracia de la paternidad

Retirado por mucho tiempo de la vida dominicana normal, incluso forzado durante las expulsiones a vestir sotana (pese a ello, de noche se acostaba con su hábito blanco), privado del amplio y distante fulgor propio del apostolado dominicano, oía siempre en su corazón la voz de su juventud: "serás dominico". Entonces ello explica que haya entendido el sentido de su misión de la siguiente manera: representar a la Orden de Sto. Domingo en la gruta de la penitencia y de la contemplación. Elevado por encima de todas las realizaciones exteriores de su ideal, comprendió la esencia de la vocación dominicana, comprendió sobre todo que ella era una vocación en el sentido vigoroso del término, es decir un llamado de Dios, la Voluntad esencial de Dios sobre ciertas almas, sobre la suya. Comprendió que esa Voluntad de Dios se traducía en una Regla, cuyos menores detalles se hacían sagrados, pero que tendía antes que nada a llevar a cabo una cierta forma de santidad, una cierta manera de imitar a Nuestro Señor, algo más excelso que toda teoría, que se había realizado por primera vez con Santo Domingo y que había que revivir en unión con él. Sería muy largo de contar y de describir lo que fue en él esta gracia de unión filial con Santo Domingo. Magnífica eflorescencia de la gracia de fidelidad a la vocación. Esta poseía un sentido suficientemente profundo como para señalar a todo religioso cómo debía ser su devoción con respecto al Padre de su Orden. Lo preparaba sin que se apercibiera, para ser el representante de Santo Domingo entre nosotros. Sin duda se dio en este grado en el Padre Vayssière, con la plenitud que le hemos conocido, una vez nombrado Provincial.

El mismo dijo que mientras celebraba la misa del 4 de agosto, poco tiempo antes de su elección, se había sentido fuertemente impulsado en su interior "a darse a Santo Domingo". Esta gracia dominó todo su Provincialato. No contaré aquí lo realizado durante esos ocho años tan plenos y tan pesados. Nuestro Rvmo. Padre General nos escribió que no había visto un provincialato más fecundo en realizaciones. El mismo P. Vayssière constataba, reconfortado, que "pese a todo, la Santísima Virgen había hecho mucho mientras él estaba allí." Todos admiraban las vías de la Providencia que lo sacaba de su tranquila vida de eremita a la edad en que otros ya entran en su retiro, y lo sumergía en problemas, viajes, dificultades de toda clase. Pero él se prestaba a todo con sencillez. Había encontrado en su soledad el secreto de abrazar a Dios en todo, haciendo en todo su Voluntad. Podía dejar su Gruta.

Por el contrario, su gracia no podía sino expandirse y necesitaba esa misión para alcanzar su plenitud, volviéndose una gracia de paternidad. Más que nunca, sus impedimentos serían una causa de despojamiento y de humildad: más que nunca su oración se haría pura y elevada, su fe se templaría al contacto con las contingencias, que siempre superaría. Más que nunca, sobre todo, teniendo tanto que hacer y en qué pensar, se refugiaría entre las manos de la Virgen. Su gracia mariana creció y se profundizó hasta el extremo: "La Santísima Virgen es un agente esencial de la vida espiritual, especialmente en los estados más elevados." Apenas unos días después de su primera elección, me dijo con un aire sorprendentemente decidido: "Puesto que soy Provincial, voy a aprovechar para perfeccionarme". Se reconoce perfectamente ahí su inmediata correspondencia con la intención misma de la Voluntad Divina, su don de ver lo esencial de una situación y resumirlo con una palabra. Fue fiel a su resolución. Y su papel fue más que todo ser una fuente, un hogar espiritual en la Providencia, un padre. Gracia de paternidad, comunicación a su corazón del don, que tuvo el de María, de darse a Dios dándose a sí mismo. Nos amaba a todos "con un corazón de padre y de madre". Es cierto que a veces era tímido, "salvaje", como decía, con aquellos que no veían en él más que al superior. "Con frecuencia -decía- cuando un Padre viene a hablarme, me siento crucificado por mi impotencia, mi falta de medios. No sé qué decirle. Sufro, ofrezco mi sufrimiento a Dios por aquél que está ahí". Sólo se sentía completamente en su terreno cuando podía hablar libremente de Dios, cuando podía moverse en el aspecto puramente sobrenatural, que jamás pudo abandonar aún abandonando Sainte Baume. Alguien me decía: "Ese hombre es el corazón de su Provincia. Toda la Provincia vivía en él". Nada más justo: se apasionó por ella.

La gracia de la muerte

La salud del Padre Vayssière se había resentido seriamente durante la guerra. Pero, aun siendo su estado habitual el estar enfermo con mayor o menor severidad, lo sorprendió enterarse de que su problema era grave y requería una peligrosa operación. Aceptó la situación de inmediato, decidido a llegar hasta el final. "Es mi cargo y mi vida -decía- que rematan en la cruz. Ha habido tantas deficiencias en el ejercicio de mi cargo, que era muy necesario que sufriera un poco por la Provincia, en reparación. Y ahora mi vida, mis sufrimientos, mis plegarias, son enteramente para la Provincia". No cesaba de desgranar el rosario que llevaba alrededor del cuello. Frente a él había un armario con un espejo que reflejaba la estatuilla de la Santísima Virgen emplazada sobre la pared: "Así la tengo siempre delante de mí", confiaba con gusto a sus visitantes. Se dejaba llevar como un niño. Su alma vivía en un sentimiento a menudo desbordante de acción de gracias. El 15 de agosto le solicitó a un Padre, originario como él de Rocamadour, celebrar la misa en acción de gracias por todas las gracias que había recibido de María en su vida terrestre. Cuando recibió como regalo un rosario de oro, lo envió en prenda de reconocimiento al querido santuario de su país natal. Es después de esa fiesta de la Asunción que lo vi por última vez. Me dijo: "He recibido grandes gracias en esta fiesta del 15 de agosto. He comprendido claramente que debía ofrecer mi vida por la Provincia. No sé si soy a morir, será como Dios quiera. Pero su voluntad es que ofrezca mi vida por la Provincia. Y ahora... espero... estoy tranquilo... contento... contento..." A otro, le decía: "Ahora que voy a morir, no puedo ni siquiera pensar en la muerte. Pienso que muriendo voy a cumplir la voluntad de Dios, como cuando tomaba el tren a Toulouse o partía de la gruta para ir al albergue." "Hijo, -decía aun, como una suprema confidencia de su experiencia y sabiduría- lo que le falta al religioso es la abnegación. Uno se escudriña en esto o en lo otro, y por eso no se une a Dios." Y retomaba: "Sí, incluso los que son virtuosos y meritorios, no renuncian a ellos mismos. De este modo su vida espiritual se difiere."

Entrevió el día de su muerte: "Erré el 8 de septiembre y el 15 de agosto: no erraré el 15 de septiembre." No erró, en efecto. El 14 de septiembre, hacia las tres de la tarde, tuvo una crisis súbita que se lo llevó en pocos instantes. Era la hora de primeras vísperas de Nuestra Sra. de los Dolores. Ocho años atrás, el mismo día y casi a la misma hora, firmaba su aceptación del cargo de Provincial. Llegaba exactamente a su término, la última gota del cáliz había sido bebida, todo estaba consumado. En su agenda, esa misma mañana, había escrito esta frase de Santa Teresa del Niño Jesús: "Mi gloria será un reflejo sobre mi frente de la gloria de mi madre."

Sus despojos fueron transportados al pequeño cementerio de Sainte Baume, al pie de la gruta. Había tenido la tentación, quién lo hubiera creído, de pedir otro lugar de retiro y de sepultura. Pero poco tiempo antes de su enfermedad, mientras caminaba por el amplio bosque que había sido el confidente de su aislamiento, de sus despojamientos y de sus gracias, oyó en su interior una voz de reproche: "Eres un ingrato". Que su humilde tumba permanezca en ese lugar santo, como un testimonio de su reconocimiento por todo lo que su alma recibió allí con simplicidad y con fidelidad.

(Publicado por “Cuadernos de Espiritualidad y Teología”, por Fray Armando Diaz OP).

(Imagen: Convento de la Santa Cueva de María Magdalena, Sainte Baume).