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San Lorenzo, Diácono y Mártir

10 de agosto

SAN LORENZO, DIÁCONO y MÁRTIR

Vidas de los Santos de A. Butler


Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo, 1550, Courtauld Institute of Art Gallery

Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo, 1550, Courtauld Institute of Art Gallery

Antonio van Dyck, Martirio de San Lorenzo,

1550, Courtauld Institute of Art Gallery


(258 P. C.) - Pocos mártires hay en la Iglesia tan famosos como San Lornezo. Los más ilustres padres latinos celebraron sus alabanzas y, como dice San Máximo toda la Iglesia se une para cantar al unísono, con gran gozo y devoción, el triunfo del mártir. Era Lorenzo uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, cargo de gran responsabilidad, ya que consistía en el cuidado de los bienes de la Iglesia y en la distribución de limosnas a los pobres. El año 257, el emperador Valeriano publicó el edicto de persecución contra los cristianos y, al año siguiente, fue arrestado y decapitado el Papa San Sixto II. San Lorenzo le siguió en el martirio cuatro días después. Esto es todo lo que sabemos de cierto sobre la vida y muerte del santo; pero la piedad cristiana ha aceptado y consagrado los detalles que nos proporcionan San Ambrosio, el poeta Prudencio y otros autores. Sin embargo, hemos de confesar que desgraciadamente existen razones de peso para dudar de la verdad histórica de hechos tan conmovedores como la forma de muerte que sufrió el santo y el reparto de los bienes de la Iglesia.


Según dichas tradiciones, cuando el Papa San Sixto se dirigía al sitio de la ejecución, San Lorenzo iba junto a él y lloraba. "¿A dónde vas sin tu diácono, padre mío?", le preguntaba. El Pontífice respondió: "No pienses que te abandono, hijo mío, pues dentro de tres días me seguirás." Lorenzo se regocijó mucho al saber que Dios le llamaría pronto a Sí. Inmediatamente fue en busca de todos los pobres, viudas y huérfanos y les repartió todo el dinero que tenía; también vendió los vasos sagrados y les regaló el producto de la venta. Cuando el prefecto de Roma lo supo, se imaginó que los cristianos escondían grandes tesoros y decidió descubrirlos, pues adoraba la plata y el oro tanto como a Júpiter y a Marte. Inmediatamente mandó llamar a San Lorenzo y le dijo: "Vosotros, los cristianos, os quejáis con frecuencia de que ostratamos con crueldad. Pero hoy no se trata de suplicios; simplemente quiero hacerte unas preguntas. Me han dicho que vuestros sacerdotes emplean patenas de oro, que beben la Sangre sagrada en cálices de plata y que los cirios de los sacrificios nocturnos están en candelabros de oro. Tráeme esos tesoros, pues el emperador los necesita para mantener sus ejércitos y tu doctrina te manda dar al César lo que es del César. No creo que tu Dios mande acuñar monedas de oro, pues lo único que trajo al venir al mundo fueron palabras. Así pues, entréganos el dinero y quédate con las palabras." San Lorenzo replicó sin inmutarse: "La Iglesia es, en verdad, muy rica y todos los tesoros del emperador no igualan lo que ella posee. Te voy a mostrar los tesoros más valiosos; pero para ello necesito que me des un poco de tiempo, a fin de poner las cosas en orden y hacer el inventario." El prefecto no comprendió a qué tesoros se refería Lorenzo y, al pensar que ya tenía en sus manos las riquezas escondidas, quedó satisfecho con la respuesta del diácono y le concedió tres días de plazo.


En el intervalo, Lorenzo recorrió toda la ciudad en busca de los pobres a los que la Iglesia sostenía. Al tercer día, reunidos ya en gran números, los separó en distintas filas: los decrépitos, los ciegos, los baldados, los mutilados, los leprosos, los huérfanos, las viudas y las doncellas. En seguida, fue en busca del prefecto para invitarle a ver los tesoros de la Iglesia. El prefecto, atónito ante aquella multitud de pacientes y miserables, se volvió furioso hacia Lorenzo y le preguntó qué significaba aquello y dónde estaban los tesoros. Lorenzo respondió: "¿Por qué te enojas? Estos son los tesoros de la Iglesia." El prefecto se enfureció todavía más y exclamó: "¿Te estás burlando de mí? Sábete que nadie se burla impunemente de las insignias del poder romano. Yo sé muy bien que lo que buscas es que te condene a muerte, pues eres loco y vanidoso; pero no vas a morir tan pronto como quisieras, sino que vas a morir pedazo a pedazo." Inmediatamente mandó disponer una gran parrilla sobre el fuego para que el santo se asara lentamente. Los verdugos desnudaron a Lorenzo y le ataron sobre la parrilla, donde empezó a quemarse a fuego lento. Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un resplandor hermosísimo y respiraron el fragante perfume que despedía su cuerpo; pero los perseguidores no vieron el resplandor ni percibieron el aroma. San Agustín dice que el gran deseo que tenía San Lorenzo de unirse con Cristo le hizo olvidar los rigores de la tortura, y San Ambrosio comenta que las llamas del amor divino eran mucho más ardientes que las del fuego material, de suerte que el santo no experimentaba dolor alguno. Después de un buen rato de estar sobre las brasas, Lorenzo se volvió hacia el juez y le dijo sonriendo: "Manda que me vuelvan del otro lado, pues éste ya está bien asado." El verdugo le dio entonces la vuelta. Lorenzo dijo al fin: "La carne está a punto; ya podéis comer." En seguida oró por la ciudad de Roma, por la difusión de la fe en todo el mundo y exhaló el último suspiro.


Prudencio atribuye a la oración del santo la conversión de Roma y dice que Dios la escuchó en aquel mismo momento, porque a la vista de la heroica constancia y piedad de Lorenzo se convirtieron varios senadores. Esos distinguidos personajes transportaron sobre sus hombros el cuerpo del mártir y le dieron honrosa sepultura en la Vía Tiburtina. La muerte de San Lorenzo, comenta Prudencio, fue la muerte de la idolatría en Roma, porque desde entonces comenzó a declinar y, actualmente (c.403 d.C.), el cuerpo senatorial venera las tumbas de los apóstoles y de los mártires. El poeta describe la devoción y el fervor con que los romanos frecuentaban la iglesia de San Lorenzo y se encomendaban a su intercesión y hace notar que la respuesta infalible que obtenían dichas oraciones prueba el poder del mártir ante Dios. San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma por la intercesión de San Lorenzo; San Gregorio de Tours, Fortunato y otros autores, hablan de los milagros del santo en otros sitios. San Lorenzo ha sido, desde el siglo IV, uno de los mártires más venerados y su nombre aparece en el canon de la misa. Es absolutamente cierto que fue sepultado en el cementerio de Ciriaca, en Agro Verano, sobre la Vía Tiburtina. Constantino erigió la primera capilla en el sitio que ocupa actualmente la iglesia de San Lorenzo extra muros, que es la quinta basílica patriarcal de Roma.


Las pretendidas actas de San Lorenzo están llenas de confusiones y contradicciones. Además de dichas actas, existen muchos otros documentos del mismo tipo. Ver BHL., n. 6884 y nn. 7801 y 4753. Nuestro artículo se basa principalmente en el relato de Prudencio, que es bastante claro; cf. Ruinart, Acta Sincera. ¿Se trata simplemente de una invención Poética, o representa una tradición genuina, ya sea oral o escrita? San Ambrosio (De Officiis, I, 41) y otros Padres antiguos sostenían que San Lorenzo había muerto quemado a fuego lento. P. Franchi de Cavalieri, Romische Quartalschrift, vol. XIV (1900), pp. 159-176, y Note agiografiche, vol. XV (1915), pp. 65-82; Delehaye, Analecta Bollandiana, vol. XIX (1900), pp. 452-453, y vol. LI (1933), pp. 49-58, y CMH, pp. 431-432. Ambos autores rechazan la tradición de la parrilla; pero todavía hay otros que la defienden. Ver, por ejemplo, Leclercq en DAC, artículo Grille (vol. VI, cc. 1827-1831), y artículo Laurent (vol. VIII, cc. 1917-1947). Un ejemplo de la gran devoción que tenían los romanos a San Lorenzo es el de la vida de Santa Melania la joven (edición Rampolla, pp. 5-6), por no mencionar las numerosas iglesias y santuarios dedicados al santo. Véase J. P. Kirsch, Die romischen Titelkirchen in Altertum, pp. 80-84; y Huelsen, Le Chiese di Roma del Medio Evo, pp. 280-297. Cf. también Duchesne, Le sanctuaire de S. Laurent, en Mélanges d´archéologie, vol. XXXIX (1921), pp. 3-24.

En todos los que no están unidos a Cristo hay latente algo de diabólico

curaars
Palabras dirigidas por San Juan María Vianney a Ernest Hello y a Jorge Seigneur, que pedían consejos sobre la fundación de un diario católico. (1859)
“El comienzo de una gran obra debe ser pequeño. No es la cuestión financiera la que os debe afligir. Todo lo que Dios quiere se arregla, no se sabe cómo. Tendréis el auxilio necesario y, aún faltando éste, debéis comenzar.
“Vivimos en un mundo miserable. Debéis exponer esta miseria y decir la verdad sin acepción de personas. Hay una masa de mentiras y de errores que debéis disipar, sin mirar a las personas que los difunden.Debéis combatir el error, aun entre los católicos,pues éstos tienen menos derecho ‒si puedo hablar de derecho‒ de que los otros a predicar ideas erróneas. Amad a vuestros adversarios. Rezad por ellos, pero no debéis saludarlos. Es tiempo perdido.No procuréis agradar a todos, ni a todos podéis agradar. Procurad agradar a Dios, a sus ángeles y a sus Santos. ¡Ése es vuestro público!
“Pues bien, hijos míos, ¡manos a la obra! Los que se apartan de vosotros, los que os censuran por falta de amor, íntimamente os darán razón: tal vez os defiendan públicamente. Si los hombres pudiesen ver cómo trato a “Grappin” (mote despreciativo regional con el que el Santo designaba al demonio), dirían que no lo amo. Le meto miedo, le causo espanto, lo lanzo a tierra y le digo: “Grappin, tú me atacas muy bien, yo también me defiendo”.
“Pero vosotros, hijos míos, me diréis que los hombres no son demonios. Sin duda, muchos no son demonios. Pero en todos los que no están unidos íntimamente a Cristo hay latente algo de diabólico; contra eso debéis levantaros como ejecutores de justicia. El error es un obstáculo para la unión. ¡Mi Dios, cuán inescrutable es la verdad, cuán inaccesible, cuán repleta de vida! Una vez más, no dejéis de combatir el error. Y para esto gastad la mayor parte de vuestro tiempo. Comenzad, pues, y ¡perseverad! No os dejéis intimidar por la contradicción. Contradicción no vale nada. Haréis bien, y mucho bien”.
San Juan María Vianney, cura de Ars.

Fuente: adelantelafe.com

Correcciones y amonestaciones de Santa Catalina de Siena al Papa y a la Iglesia


«Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de virtudes celestiales, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oírlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: “¿Cómo, en tan poco tiempo, has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?” Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como la vi con mis propios ojos, erguida, dijo estas palabras: “Por el honor de Dios Omnipotente me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia de Roma sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días”. El Papa permaneció callado, y yo, consternado» (“Vida”, Bto Raimudo de Capua, n.152).
«¡Ay de mí! ¡Basta de callar! Gritad con cien millares de lenguas. Veo que, por callar, el mundo está podrido y la Esposa de Cristo ha perdido su color» (Carta 16, a un alto prelado).
«Perdonadme, perdonadme —le escribe a Gregorio XI—. El gran amor que tengo a vuestra salvación y el gran dolor cuando veo lo contrario, eso es lo que me hace hablar... Proceded de manera que no tenga que apelar de vos a Cristo crucificado, que a otro no puedo apelar, pues no hay mayor que vos sobre la tierra, Permaneced en la santa y dulce caridad de Dios. Humildemente pido vuestra bendición, dulce Jesús, Jesús amor» (Carta 255, l, 93).
«Querido Padre, apasionaos por esta verdad, para que seáis una columna fuerte en el cuerpo místico de la santa Iglesia, donde hay que propagar la verdad; porque la verdad está en ella, y porque ella está en ella, ella quiere que sea administrada por personas que le sean apasionadas y esclarecidas, y no por ignorantes que están separados de la verdad» (Carta al Cardenal Pedro de Luna, luego Benedicto XIII)
«Largo tiempo deseé veros hombre viril y sin temor alguno, aprendiendo del dulce y enamorado Verbo que virilmente corre a la oprobiosa muerte de la santísima cruz, para cumplir la voluntad del Padre y nuestra salvación» (Carta al Papa Gregorio XI).
«Cuando se trata de prometer obras y sufrimientos por la gloria de Dios, os mostráis un hombre; no me resultéis luego hembra cuando llega el momento de realizarlo» (Carta a Fray Raimundo de Capua)
«Hay algunos que hacen lo contrario. Razonan falsamente y dicen: “Son tantos sus defectos que no tenemos otra cosa que mal; por eso él no es digno de reverencia ni de que se le ayude. ¡Que fuera lo que debe ser y que atienda a las cosas espirituales y no a las temporales!”. Y así, como ingratos y desconocedores, no le reverencian, ni le obedecen, ni le ayudan... No vemos que nuestra razón es falsa, porque sea como sea, bueno o malo, no debemos retraernos de nuestro deber porque la reverencia no se le hace a él por él mismo, sino a la Sangre de Cristo y a la autoridad y dignidad que Dios le ha dado para nosotros. Esta autoridad y dignidad no disminuyen por ningún defecto que tenga... Además, por su defecto no nos quita la necesidad que tenemos de él; debemos ser agradecidos y reconocidos, haciendo lo que se pueda hacer en beneficio de la Santa Iglesia y por amor de las llaves que Dios le ha dado» (Carta 311, 1, 420).
«Lo que le hacemos a él (al Vicario de Cristo), se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos» (Carta 207, 1, 436).


Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Prædicatorum

Beato Fray Angélico

Fray Angélico

La vida de fray Angélico, nacido en torno al año 1400 cerca de Vicchio, en Mugello (Toscana italiana), se desenvuelve en dos ambientes distintos y complementarios: el conventual y el artístico. Resumimos brevemente ambos, encuadrándolos dentro de un marco histórico-biográfico.

Carecemos de documentación sobre sus primeros años y su entorno familiar, y son escasas las noticias que pueden ofrecerse de su primera formación humana, religiosa y artística. En torno a 1417 se adiestra en talleres de Florencia como miniaturista y pintor, y se incorpora como un miembro más a la «Compañía de San Nicolás» en la Iglesia del Carmen.

Atraído por la predicación del beato Juan Dominici, ingresa en 1420 —junto con su hermano Benedetto— en la Orden dominicana, en el nuevo convento de Santo Domingo, Fiésole, en la periferia de Florencia. Se somete a la vida de observancia regular en ese convento reformado por el beato Dominici, que enarbola el humanismo cristiano frente a la cultura paganizante del renacimiento florentino. Al ser recibido a la profesión religiosa, Guido cambia su nombre por el de Fra Giovanni di san Domenico, e inicia su carrera sacerdotal. Alterna la vida de observancia regular y de estudio con su innata vocación artística, y crea el taller y estudio de arte. Durante este período fiesolano (1425-1438) pinta las tablas de la «Anunciación» (Museo del Prado) y la «Coronación» (Museo de Louvre) para los altares laterales de la iglesia del convento; minia, junto con su hermano Benedetto, los Libros Corales (Museo de San Marcos); recibe ofertas para pintar tablas destinadas a organismos e iglesias florentinas y a la iglesia-convento de santo Domingo de Cortona.

Se incorpora a la nueva comunidad dominicana de San Marcos de Florencia. Su prior y maestro es San Antonino de Florencia, insigne moralista y profesor, cuya Suma de Moral le brinda el marco doctrinal (junto a la Suma de Santo Tomás) de su magisterio teológico-artístico. En este segundo período florentino (hasta 1445) sus obras se multiplican; es el más fecundo. Lleva a cabo la ejecución de los célebres frescos del «Claustro», «Sala Capitular», «Pasillos» y «Celdas» de San Marcos, alternando el oficio de pintor con el de administrador del convento.


Comienza su período artístico en Roma en 1445. El Papa Eugenio IV lo llama para que se haga cargo de la decoración muralista de la Capilla, hoy desaparecida, del Smo. Sacramento en la basílica de San Pedro. Es la fecha en que, vacante la sede de Florencia, le proponen nombrarle arzobispo, cargo que declina a favor de su prior San Antonino. Interrumpe su estancia en Roma y comienza en verano los frescos que decoran la «Capilla de San Brizio» en la catedral de Orvieto (1447). Y después vuelve a continuar los frescos del estudio del Papa Nicolás V, conocido por «Capilla Nicolina», con el tema de San Esteban y San Lorenzo, obra que finalizaría en 1449.

Con motivo de la muerte de su hermano Benedetto, regresa a Fiésole y lo eligen prior del convento en 1450. Allí no acepta ya nuevos encargos, como el de afrescar la catedral de Prato. Tres años después regresa de nuevo a Roma, al convento de Minerva, llamado por el cardenal Torquemada para decorar el claustro. En ese convento fallece el 18 de febrero de 1455. Su cuerpo fue inhumado en la nave izquierda, junto al presbiterio. Una remodelación moderna, a modo de «Capilla del Beato Angélico», acoge la austera lápida de mármol blanco en que se talló su efigie-retrato y una inscripción de caracteres góticos que reza así: Aquí yace el venerable pintor fray Juan de Florencia de la Orden de Predicadores, 1455.

Reflexiones sobre su pintura: objetivos y constantes estéticas

  • Ideal de belleza a lo divino

Contrariamente a la temática de sus colegas que estaban afanosamente ocupados en idolatrar al hom-bre, entreteniéndose en la faceta humana, en llegar a la perfección del «natural», a través de la anatomía física del cuerpo y la presentación del «desnudo» como ideal de belleza del Renacimiento, el Angélico enfoca sus conquistas estéticas desde el ángulo del hombre, desde su interioridad, buscando en él el reflejo divino, empeñándose en escudriñar sus sentimientos espirituales, dando así vida a un tipo de «hombre-modelo», que acaso rara vez se encuentra en las condiciones de la vida terrena, pero que debe proponerse a la imitación del pueblo cristiano (Pío XII).

Dos cosas faltan en el Angélico, comenta el P. Sertillanges; «el estudio de la antigüedad pagana y el estudio de la anatomía». La primera creo que no es cierta; en cambio sí la segunda, si se trata del estudio y examen del «desnudo natural». Sólo habría que suponerlo en el período de aprendizaje, no dentro del convento observante. Prefiere seguir la tradición de sus maestros toscanos de envolver castamente el cuerpo, especialmente el desnudo femenino, en amplios ropajes y telas estampadas, que dieran ocasión para jugar con la soltura y caída de los pliegues entubados, ocultando de esta manera las formas anatómicas.

Con su vida, fray Angélico se opone ya de principio a los planteamientos de su contemporáneos que halagan con la belleza anatómica de las formas humanas, con mezcla de frivolidad y a veces de atrevida sensualidad. Se comprende que «tal hombre, como puntualiza Hipólito Taine, no estudiase nada de anatomía ni el modelo contemporáneo». Escorando premeditadamente el análisis del natural anatómico, intenta por otras vías estilísticas profundizar en la vida interior del hombre, retratando el alma por dentro, más que el cuerpo humano por fuera. A pesar de todo, trata el cuerpo humano con elegancia y con dignidad, especialmente en la figura divina de Cristo Crucificado. La serenidad y majestad que sus pinceles imprimieron en su cuerpo desnudo supieron poner el toque preciso y hasta anatómico del artista santo. En la Lamentación sobre el Cristo muerto resalta la noble dignidad de un cuerpo anatómicamente muerto, donde la horizontalidad de sus formas pálidas contrasta con la verticalidad de los santos emplazados en su entorno. Una vez más el Angélico utiliza el tema no como una narración histórica sino como símbolo redentor de un Dios sacrificado en medio de los hombres para su salvación.
Fray Angélico
  • Predicación por la imagen

En su personal tratamiento de los temas y protagonistas descuella su profunda religiosidad. La pertenencia a la Orden Dominicana, iniciada y continuada en conventos de rigurosa observancia, motivaron seguramente su iconografía. Los juicios críticos sobre su obra apuntan en esta línea. Su Santidad Pío XII, en la apertura de la Exposición del Angélico, se expresó en estos términos: «Mas esto no significa que su profunda religiosidad, su ascesis, alimentada con virtudes sólidas, con plegaria y contemplaciones, no haya producido en él un influjo determinado en orden a dar a la expresión artística ese poder de lenguaje con que llega directamente a los espíritus y, como se ha dicho muchas veces, el poder de transformar en oración su arte».

Su aportación pictórica, a pesar de las connotaciones con otros maestros, se define por su personalidad religiosa, por su lirismo teológico transcendente, y por la carga espiritual que inyecta a sus protagonistas. Su lenguaje plástico contiene un proceso de maduración asequible al pueblo cristiano, pues todo lo narra con sencillez y trasparencia evangélicas. Su producción artística, en los diversos períodos de su vida, está marcada por esta dimensión didáctico-religiosa.

Fray AngélicoSus composiciones sacras (cristológicas, mariológicas, angélicas, santorales y dominicanas) destacan por una rigurosa técnica artística, no exenta de anomalías típicas de los primitivos italianos, y por el toque de gracia de la luz y luminosidad de sus figuras. Son escenas que presentan una concepción unitaria, presidida por mesurado equilibrio en que los santos que la interpretan no se exhiben sino que asisten calladamente, sin pronunciar palabra que altere la serenidad del misterio del que todos son partícipes (Coronación de la Virgen, en San Marcos, celda n. 9; Crucifixión, en la Sala Capitular). A veces los santos comentan en silencio, o se miran con serena piedad para no turbar el orden y ritmo de la escena (Coronación del Louvre, Sagrada Conversación, Retablo de la SS. Trinidad, Descendimiento de la Cruz, Retablo de Bosco al Fratt). Sus personajes no se agitan exteriormente; están quietamente dominados por su calina interna; a lo sumo gesticulan con mesura sus manos ante la tragedia que presencian. En los rostros de todos los personajes se trasluce la paz interior de sus almas; y en la compostura externa se les aprecia tranquilidad anímica, fruto espiritual de la posesión de la «gratia Christi» en unos y de la «gloria Dei» en otros.

Dentro de este lirismo poético-religioso no caben emociones dramáticas, expresiones amargas, estados emocionales perturbados, estridencias psicológicas, exaltaciones desorbitadas, excitaciones pasionales: lo que predomina es la bonanza espiritual originada por una intensa vida interior.

En las composiciones de carácter sacrificial o martirial (Crucifixiones, Martirios) impone al lenguaje plástico su método adecuado. El drama de la Crucifixión se comunica a los asistentes, que lo evidencian en una emoción contenida, y lo superan asumiendo el dolor como realidad humana, sin gesticulaciones grandilocuentes a lo Giotto, con aceptación resignada de algo que era necesario a consecuencia del pecado del hombre, y dispuesto por voluntad divina al aceptar el acto sacrificial de Cristo redentor en la Cruz. Las posturas, ademanes y gestos de los participantes exteriorizan la aceptación de ese plan divino.

(Fuente: Domingo ITURGAIZ, Beato Angélico. Patrono espiritual de los artistas, en "Retablo de Artistas", Caleruega 1987)

Más bibliografía: Domingo Iturgaiz, El Angélico. Pintor de Santo Domingo de Guzmán, Salamanca 2000.

La espada en la roca de verdad: no es el Rey Arturo, es el primer santo con canonización oficial


La espada en la roca de verdad: no es el Rey Arturo, es el primer santo con canonización oficial
Mucha gente conoce la leyenda del Rey Arturo, quien al sacar la espada de una roca demostraba ser el elegido por Dios (o por la magia del mago Merlín) para gobernar.

Pero pocos conocen que hay una espada real clavada en una roca real en una capilla católica italiana, la capilla de Montesiepi, en el pueblecito de Chiusdino, cerca de la abadía de San Galgano.

La espada la clavó allí el caballero San Galgano Guidotti en el siglo XII. No es un personaje completamente legendario y nebuloso, al contrario, se trata del primer santo canonizado mediante un proceso formal de canonización a instancias de un Papa. Fue el Papa Lucio III (1181 a 1185) quien inició el proceso canónico a los 4 años de morir el caballero. Lucio III era un hombre valiente, famoso por plantarle cara al poderosísimo emperador germánico Federico Barbarroja. 

La espada de San Galgano, tal como se exhibe en la capilla de Montesiepi, donde la clavó el caballero santo

Una juventud poco ejemplar...y visiones

San Galgano, a los 30 años, después de una vida de juventud poco ejemplar como caballero mundano y combatiente no muy noble, presionado por sueños y visiones divinas, decidió retirarse y empezar a vivir como ermitaño. En esa vida de oración, tuvo dos visiones místicas. 

En la primera visión, el Arcángel San Miguel dijo que le protegería personalmente. 

En la segunda, vio a los Doce Apóstoles y al mismo Dios. 

Al acabar la segunda visión, quiso marcar el lugar con una cruz, y como no tenía otros materiales, clavó su espada en el suelo. 

La historia dice que la tierra se endureció inmediatamente y que ha quedado dura como la roca desde entonces.

Esta urna protege la roca con la espada

Otras fuentes señalan que clavar la espada en la roca fue el milagro que Dios usó para convencer a Galgano de que dejase de pensar en la vida mundana y se volcase seriamente en la vida de oración. 

No hay leyendas sobre otros milagros de San Galgano: sólo la espada, que al parecer hay especialistas que datan en esa época.

Wikipedia especifica que murió con 33 años el 30 de noviembre 1181, día de su celebración litúrgica.


Este es el exterior de la capilla que guarda la espada, en el lugar donde San Galgano vivió su visión de Dios y los 12 apóstoles

Los que intentan sacar la espada
La roca con la espada está hoy protegida por una urna dura y transparente. Según parece, en el correr de los siglos bastantes personas han intentado sacar la espada de la roca, y la capilla intenta disuadir a vándalos y blasfemos exponiendo lo que –asegura un texto- sonmanos momificadas de un ladrón que intentó llevarse la espada y fue repentinamente atacado y matado por lobos.

Wikipedia añade el dato de que un hombre en 1992, intentando sacar la espada, lo único que consiguió fue romperla. Los responsables de la capilla la volvieron a pegar en su sitio. 

Cerca de la capilla, se construyó una gran Abadía de San Galgano, de enorme valor arquitectónico, hoy en ruinas; sin techo, deja ver el cielo en cruz

www.religionenlibertad.com

San Pedro de Verona. Martir.


De la Bula de canonización de san Pedro de Verona del papa Inocencio IV del 25 de marzo de 1253:

Clama la voz de la sangre derramada, suena la trompeta del glorioso martirio y no calla la tierra empapada con la aspersión de su sangre. Estas son muestras seguras de la santa fe. Por eso se alegró el cielo, y la tierra igualmente exultó al percibir tanto gozo. Gran causa para alegrarse tiene la madre Iglesia; gran motivo de felicidad le ha sobrevenido.

Tiene la Iglesia por qué cantar al Señor un cántico nuevo, por qué entonar un himno de inmensa alabanza a su Dios (Ap 5, 9). El pueblo cristiano tiene por qué aplaudir con las manos en alto al Altísimo, por qué aclamar con voces sonoras y regocijarse con ánimo alegre. La asamblea cristiana tiene motivo para elevar devotas canciones al Creador, puesto que del jardín de la fe llevaron recientemente un fruto agradable a la mesa del Rey eterno. De la viña de la Iglesia acaba de fluir el licor que se vierte en el cáliz real, porque un sarmiento fecundo cortado por la espada enemiga destiló más savia cuánto más unido estaba a la viva vid.

Una rosa roja brotó de la floreciente Orden de Predicadores. De la construcción de esta Iglesia se ha elegido una piedra que, labrada con el cincel de la tribulación, justamente se coloca en la construcción celeste. Por eso hay tanta alegría en el cielo, y todos los santos exultan y celebran la solemnidad de día tan grande.

En verdad el bienaventurado Pedro, de la Orden de frailes Predicadores, eligiendo un camino de vida más seguro, se entregó totalmente al servicio divino. Poniendo todo su empeño y orientando todas sus acciones a la observancia de aquella fundación evangélica y siguiendo una senda recta y luminosa, es decir, la regla saludable de la misma Orden, poder regirse y orientarse e incluso ser conducido y llegar después del trabajo al descanso anhelado. En esta regla se robusteció y adelantó, por espacio de casi treinta años, guiado por la fe y acompañado de la caridad, sobre todo en la defensa de la misma, por la cual ardía todo entero. Y así Pedro, firme en la piedra de la fe y finalmente inmolado en la piedra-ara del martirio, subió hacia la piedra que es Cristo, para ser coronado dignamente.

Cómo deseaba sufrir la muerte por la fe se comprueba porque en sus intensas y frecuentes súplicas le pedía al Señor, sobre todo, que no lo dejara salir de este mundo sin haber bebido a causa de la fe del cáliz de la pasión. Cuando el asesino puso las manos en el ministro de Cristo para darle muerte, él no alzó ninguna queja, sino que sufriéndolo todo pacientemente, encomendó su espíritu al Señor diciendo: A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, y comenzó, incluso, a recitar el símbolo de la fe, de la cual ni siquiera en este trance dejó de ser pregonero.

Así el grano de trigo cayendo en tierra, pisado por los pies de los infieles y muerto, se alza en espiga ubérrima; así el racimo hollado en el lagar produce el vino que se desborda; así el trigo trillado en la era y limpio de paja lo llevan al granero del Señor; así las hierbas aromáticas machacadas en el almirez exhalan profusamente su perfume; así arrebatan los esforzados el reino de los cielos; y así conquistan por la fe los santos el reino celestial.

Oración

Oh Dios, autor y defensor de la fe, que coronaste con el martirio al bienaventurado Pedro porque per severo en la profesión de la fe verdadera; concede a tus fieles que la profesemos de palabra y obra alcancemos así nuestra propia salvación. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen.

(Imagen: Detalle de "Crucifixión con los santos Vicente Ferrer, Pedro Mártir, Esteban, Catalina de Siena y el bienaventurado Antonino a los pies de la Cruz" de Francesco di Giovanni Botticini. Ver obra completa: http://www.artandarchitecture.org.uk/…/gallery/742af5d1.html ).

Una Nueva Santa hija de Santo Domingo


Su memoria en la Orden se celebra el 19 de noviembre.

Ayer, 17 de mayo de 2015 el Santo Padre Francisco ha canonizado a la Hermana María Alfonsina Danil Ghattas, fundadora de la Congregación del Santo Rosario.

Sor María Alfonsina Danil Ghattas nació en Jerusalem el 4 de octubre de 1843 en una familia que le aseguró una buena formación cristiana. Fue bautizada el 19 de noviembre siguiente y en la pila bautismal, le fue dado el nombre de Soultaneh María. En septiembre de 1848, comenzó a asistir a la escuela de las Hermanas de San José de la Aparición, que habían venido a Jerusalén unos meses antes.

Recibió el sacramento de la Confirmación 18 de julio de 1852. Madurada la vocación a la vida consagrada, en 1858 ingresó como postulante en el Instituto de las Hermanas de San José de la Aparición. El 30 de junio de 1860, tomó el hábito y el nombre religioso de Hermana María Alfonsina; en 1863 realizó su profesión. Se encargó de enseñar el catecismo en la escuela popular de Jerusalén, donde se distinguió por el fervor y el ahínco con el que desempeñó dicho oficio. También promovió la Cofradía de la Inmaculada Concepción (que tomaría el nombre de Hijas de María) y, más tarde, la Cofradía de las Madres Cristianas.

En 1865 se trasladó a Belén para continuar su ministerio de enseñanza. El 6 de enero 1874 se le apareció, por primera vez, la Virgen María; después de un año exacto tuvo lugar una segunda aparición y la Virgen la invitó a formar una nueva familia religiosa que tomaría el nombre de la Congregación del Santo Rosario. La Beata se dirigió al Patriarca de Jerusalén, Monseñor Vincenzo Bracco, y le contó sus experiencias místicas; El obispo le animó y la confió a la dirección espiritual de Don Antonio Belloni.

En mayo de 1876, ante la partida del Padre Belloni, se acogió a la dirección espiritual del Padre Matteo Lesciki. Después de algunas dificultades iniciales, este último también aprendió a entenderla y valorarla. Mientras tanto, algunas miembros que pertenecían a las Hijas de María comenzaron a madurar el proyecto de consagrarse a Dios en la vida religiosa y expresaron dicho propósito a su confesor, el Padre José Tannous. También la hermana Maria Alfonsina decidió entonces recurrir a este sacerdote, quien le ordenó escribir sus propias experiencias místicas, incluso en relación a la Congregación que la Virgen María le había pedido fundar.

En julio de 1880, las jóvenes Hijas de María, bajo la dirección de Don Tannous, comenzaron la vida en común. El 15 de diciembre de 1881, el Patriarca de Jerusalén dio el hábito al primer grupo de monjas de la nueva comunidad, que, de acuerdo con la inspiración por Nuestra Señora, tomó el nombre de Instituto de Hermanas del Santo Rosario.

El 12 de septiembre 1880, la Hermana Marie Alphonsine obtuvo del Santo Padre la dispensa del voto de obediencia emitido en la Congregación de las Hermanas de San José. Tres años más tarde, el 7 de octubre de 1883, llegó a ser parte de la Congregación de las Hermanas del Santo Rosario. El 8 de diciembre del mismo año tomó el hábito (manteniendo el nombre religioso de Sor María Alfonsina) y el 1 de marzo de 1884 comenzó su noviciado. Profesó el 7 de marzo 1885 y el 25 de julio fue enviada a Jaffa para desarrollar la actividad de profesora.

El 1 de noviembre de 1886, junto con la hermana Hanneh, abrió una misión a Beit-Sahour y el año siguiente partió con otras hermanas para establecer una casa también en Salt, Jordania. El 2 de noviembre, 1887 fue aprobada la Constitución de las Hermanas del Santo Rosario, que, dos años más tarde, obtuvieron la aprobación diocesana. En 1889, la Hermana Marie Alphonsine fue enviada a Naplus. Allí permaneció sólo unos pocos meses, ya que, golpeada por la fiebre amarilla, tuvo que regresar a la casa madre en Jerusalén para recibir tratamiento. Ya siendo religiosa, el 4 de octubre de 1890, la víspera de la festividad de Santa María del Rosario, fue admitida en la Tercera Orden de Predicadores en el Convento Dominicano en Jerusalén. A principios de 1892 fue trasladada a la misión de Zababdeh. Entre los años 1893 y 1908 desempeñó el encargo de superiora de la casa de Belén. Del 1909 al 1917 se encuentra nuevamente en la casa madre de Jerusalén; a continuación, se le pidió establecer un orfanato en Ain Karem.

En marzo de 1927 su estado de salud se deterioró repentinamente, esto la llevaría a la muerte poco tiempo después. El 25 de marzo de 1927, regresó a la casa del Padre. Al día siguiente se llevó a cabo su funeral.

Algunas dificultades internas en el Instituto de las Hermanas del Santo Rosario y la difícil situación política en el Medio Oriente impidieron el inicio de su causa de beatificación y canonización, esto a pesar de su reputación persistente de santidad. Superadas estas dificultades, en 1986 se inició, en Jerusalén, el proceso diocesano que culminaría en mayo de 1987. Después de haber completado el procedimiento prescrito, el 15 de diciembre 1994 fue proclamado el decreto sobre sus virtudes heróicas. En 2004, se instruyó la investigación diocesana sobre un presunto milagro que se concluyó en el 2005. Una vez completado el procedimiento prescrito, el 3 de julio de 2009 se proclamó el decreto sobre el milagro. El 22 de Noviembre, 2009 se celebró el rito de beatificación en la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

Las Hermanas de la Congregación del Santo Rosario están presentes actualmente en Palestina (Franja de Gaza), Israel, Jordania, Líbano, Egipto, Siria, Kuwait, en algunos emiratos del Golfo Pérsico (Abu Dhabi, Shariqah) y en Roma.

“El Señor conceda por su intercesión un nuevo impulso misionero a los respectivos países de orígen”, fue el deseo del Papa Francisco el domingo al mediodía antes del rezo del Regina Coeli al saludar especialmente a los presentes de Palestina, Francia, Italia, Israel y Jordania, asistentes a la ceremonia de canonización de las cuatro nuevas Santas. “Inspirándose en su ejemplo de misericordia, de caridad y de reconciliación, los cristianos de estas tierras miren al futuro con esperanza, continuando por el camino de la solidaridad y de la convivencia fraterna”, auspició el Vicario de Cristo.

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

Santa Teresa de Jesús, la reformadora católica (Pietro Leone)

 
En el quinto centenario del natalicio—un aporte de nuestro invitado Don Pietro Leone.

I – Su vida

Santa Teresa nació en Gotarrendura, Ávila, Castilla, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada el 28 de marzo de 1515: hace 500 años. De niña huyó de su hogar en busca del martirio a manos de los musulmanes. Su deseo era «ver a Dios», lo cual más tarde se haría realidad en sus ejercicios de oración mental, que en forma de contemplación no es, por supuesto, otra cosa que conocer y amar a la Santísima Trinidad como preámbulo a la Visión Beatífica.

Después de un periodo de cierta ligereza y frivolidad —inocente— su padre la dejó a cargo de las monjas agustinas de Ávila, para que la educaran, y a quienes más tarde se incorporó en la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Estuvo siempre animada por un deseo de perfección a pesar de que hasta los cuarenta años fue una religiosa cuyas virtudes no eran sobresalientes. Una mañana, al entrar en el oratorio del convento, quedo profundamente conmovida al fijar la vista en el Ecce Homo —con sus llagas, la sangre, su carne lacerada. Leía en ese entonces las Confesiones de San Agustín y sintió encontrar un espíritu inmenso, con un enorme corazón ardiendo en las mismas llamas que la consumian a ella: el amor, un amor hasta la inmolación, hasta la muerte.

Se le otorgan dones excepcionales: la oración en silencio, de unión y visiones frecuentes. Sintió la necesidad de adoptar una vida de mayor austeridad y mortificación, recibió permiso para fundar un monasterio donde, a diferencia de la laxitud y disipación espiritual de la vida religiosa de su época, la regla primitiva se observa con plena severidad, donde se cultiva la pobreza absoluta y una vida de oración intensa.

Otra razón importante para esta novedad es la herejía luterana.

«En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia» escribe en el Camino de perfección (1, 2), «y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dime gran fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el ser servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que ere en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por el se determina dejarlo todo; y que siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tendrían fuerza mis faltas, y podría yo contentar en algo al Señor,…».

La dedicación del Monasterio a San José fue seguida por muchas otras; la santa emprende así mismo la reforma de los Frailes Carmelitas. Durante un tiempo su labor es obstaculizada por las Carmelitas calzadas, o no reformadas, que también recluyen al colaborador de la santa, San Juan de la Cruz, en prisión sometiéndolo a flagelaciones y otros maltratos, hasta que al fin se otorga el permiso para continuar con la reforma. Después de una larga enfermedad muere el 4 de octubre de 1582 en medio de una profunda paz y con una sonrisa en los labios.

II – La Doctrina

En su día de fiesta, la oración de la misa contiene estas palabras: «caelestis eius doctrinae pabulo nutriamur, et piae devotionis erudiamur affectu». Su doctrina ha sido llamada «celestial» y, de hecho, es la razón de su posterior nominación como Doctora de la Iglesia junto, por supuesto, con San Juan de la Cruz.

Santa Teresa enseña, con este mismo San Juan, que todos estamos llamados a una unión mística con Dios, incluso durante esta vida.

El medio a este fin es la perfección en las virtudes y la fiel y diligente práctica de la oración meditativa. Guiándose en su mentor, San Pedro de Alcántara, aconseja una forma simple de meditación, que consiste en leer literatura devota, particularmente las Sagradas Escrituras y aquello que trate de nuestro Señor Jesucristo, un poco a la vez, pausando a meditar sobre las palabras cuando nos llamen, y luego continuando con la lectura de la misma manera. Al alma que persevere en esta practica a pesar de las tentaciones y la aridez, el Señor la recompensará, quizá, con la oración de remembranza, de una simple y amorosa visión de la sencillez. Esta oración, sin embargo, no es aún contemplativa en su sentido estricto de pasiva y rebosante, sino tan solo en el sentido de activa y adquirida.

Para encontrar a Dios, nos explica Santa Teresa en el Camino de Perfección, «Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con grana humildad hablarle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedios para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija» (cap. 28, 2). «Esta forma de rezar, aunque sea vocalmente, con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo muchos bienes. Llamase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios,…» (cap. 28, 4). «Los que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma, adonde está el que le hizo, y la tierra, y acostumbrar a no mirar ni estar donde se distraigan estos sentidos exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente,… » (cap. 28, 5).

Durante esta etapa en el asenso del alma a Dios se sigue la «noche de los sentidos», con su dolor, enfermedades, aridez, tentaciones violentas y contradicciones, que sirve para desprender al sujeto de las criaturas, los placeres, el yo, y acercarlo a Dios en un estado de recogimiento pasivo, ya en los albores de la plena contemplación. En su «Relación» al padre Rodrigo Álvarez, la santa escribe «…es un recogimiento interior, que se siente en el alma, que parece que ella tiene otros sentidos, como acá los exteriores, que ella en sí, parece que quiere apartar del bullicio de los exteriores; y así algunas veces los lleva tras sí, que le da gana de cerrar los ojos, y no oír, ni ver, ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es tratar con Dios a solas»*.

Es entonces que una profunda y deleitosa paz inunda el alma en un ensueño dulce y supernatural que dilata y ensancha enormemente su amor. Esta es la «oración del silencio». Ante todo, es la voluntad la que participa en este regocijo, feliz de ser esclavizada de esta manera por Dios, y feliz de disfrutar de esta unión con Él, como Santa Maria Magdalena en presencia de Nuestro Señor.

En la «oración de la unión», no solo la voluntad pero también las otras facultades —inteligencia, memoria, imaginación— se suspenden y se sumergen en Dios. El alma se siente tan unida a Dios que es imposible dudar esa fusión. Queda inundada por una ternura amorosa extrema y repleta de valor. Este es el momento de resoluciones heroicas y deseos ardientes, acompañados de un horror ante el mundo y todas las virtudes terrenales. Esta oración admite gradaciones y puede asumir un carácter ascético. A pesar de que Dios hiere el alma con saetas de amor y la enciende con su más sacro anhelo, no cesa de puri‪ficarla con grandes pruebas internas y externas. Esta es la «noche pasiva del alma», en palabras de San Juan de la Cruz. «Por cierto que algunas veces lo considero», escribe la santa acerca de estos trabajos en El castillo interior, «y que temo que si se entendiesen antes, seria dificultosísimo determinarse la flaqueza natural para poderlo sufrir ni determinarse a pasarlo,…» (Morada sexta, I, 2).

Estas pruebas preparan el alma para entrar en la «séptima mansión», un estado de «unión transformadora», o «boda espiritual»: el grado más alto y sublime de oración posible en este mundo. Este tipo de oración está formada de varias fases y etapas. El Divino cónyuge comunica sus invitaciones de naturaleza más y más intima y delicada y se aúna al alma a tal grado que esta se olvida de todo y persigue un solo fin: como complacer a su amado. Este la sumerge en un de estado de dulce tranquilidad, comúnmente sin éxtasis o arrebato, en la que el alma contempla a las Tres Personas de la Santísima Trinidad comunicarse con ella «en una representación de la verdad», mediante la cual la Segunda Persona, específicamente, pacta una alianza de afecto con ella. El alma se resuelve a perseguir con celo los intereses del Amado, con un gran deseo de obrar y sufrir en ello, a la vez que exclama con San Pablo: Cupio dissolvi et esse cum Christo.

En breve, ‎esta es la doctrina mística de Santa Teresa, combinada siempre con una doctrina de ascetismo (como ya lo hemos visto durante la etapa inicial de la vida espiritual): la perfección del alma, principalmente atraves de las virtudes de la humildad, la escisión del mundo, la abnegación  y la caridad.

III – El mensaje

Con frecuencia se nos pregunta acerca de las enseñanzas de la Iglesia, «¿Qué relevancia tiene para nosotros?» La respuesta es que la Iglesia enseña la verdad, y la verdad es siempre relevante hasta en sus más pequeños detalles. Mas, la vida y doctrina de Santa Teresa tienen, efectivamente, particular relevancia en nuestros días, enseñándonos qué es la oración y dando testimonio a la importancia del espíritu de sacrificio.

Existe, primeramente, una gran ignorancia acerca de la oración y, en segundo lugar, un espíritu de activismo que suplanta a la oración o que pretende inyectarse en ella. Cuando hablamos hoy día a los fieles acerca de la oración, piensan probablemente de inmediato de la oración a viva voz, como el rosario o de petición en general. Si tienen alguna idea de la oración mental, pensarán en la meditación, el tipo de oración que supone el ejercicio de la mente. ¿Quién piensa en la contemplación, en una mente completamente pasiva, en el tipo de oración a la que Nuestro Señor nos llama?

En cuanto al espíritu de sacrificio, esa virtud esencial de la vida cristina, rara es la ocasión en la que el religioso contemporáneo predica sobre ella, a la vez que hace todo lo posible por suprimir ese gran modelo y maestro de sacrificio: la Santa Misa según el venerable rito romano; el mismo rito por el cual Santa Teresa ofreció dar alegremente su vida a cambio de la menor de sus rúbricas. Esta es la virtud, en sí, que resuena desde cada pagina de sus escritos, lo esencial para el progreso en la oración y para la obra de auto- perfección, o sea para nuestra santificación, para lograr alcanzar esa Gloria Celestial para la cual Dios nos creó.

Entonces, queridos lectores, tomemos valor del ejemplo de esta gran santa, dediquémonos a la oración con más seriedad, y quien esté contemplado una vocación religiosa, atrévase a seguir el ejemplo de Santa Teresa y sus primeras comunidades, «Verdaderos cenáculos de almas sedientas de perfección, deseosas de reparar con su amor las innumerables ofensas contra Dios, añorando una vida de cordial intimidad con Él» (P. F. M. Morando, Introducción a la ‘Opere di Santa Teresa di Gesù’ en la cual está primordialmente basado el presente tratamiento). Tenemos solamente una vida, y a esta la sigue la Eternidad.

Si deseamos celebrar el quinto centenario de una figura famosa y su reforma, no volvamos nuestros ojos a Martín Lutero como alguno de nuestros más despistados contemporáneos, pero volvámoslos a Santa Teresa, inspirados —no en el deseo de alabar a aquel, o de crear una casa de espejos para reconciliar la verdad con la mentira— pero en su deseo de reparar, con toda la fuerza de su alma, el daño que este le causó a Nuestra Santa Madre Iglesia. Sigamos sus pasos con una vida de sacrificio para así consolar a la Divina Majestad con lo que esté en nuestro poder hacer y purifiquemos nuestras almas por el amor a su Santísimo Nombre. Amen.

Santa Teresa de Avila, ¡ruega por nosotros!
[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original]

*Obras del Venerable Siervo de Dios Don Juan de Palafox, tomo VII, Carta decimoctava, al padre Rodrigo Álvarez; III.

[Imagen: Juan Martín Cabezalero, La comunión de Santa Teresa, Museo Lázaro Galdiano, Madrid]

Fuente: RORATE CÆLI/adelantelafe.com

¡Despertémonos ya!


"¡Oh cristianos e hijas mías, despertémonos ya, por amor del Señor, de este sueño y miremos que aun no nos guarda para la otra vida el premio de amarle; en ésta contiene la paga. ¡Oh Jesús mío!  ¡Quién pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojarnos en los brazos de este Señor Nuestro y hacer un concierto con Su Majestad que mire yo a mi amado y mi amado a mí!  ¡Y que mire Él por mis cosas y yo por las suyas!.. Torno a decir, Dios mío, y a suplicaros, por la sangre de Vuestro Hijo, que me hagáis esta merced: “Béseme con beso de su boca”. Que sin vos  ¿qué soy yo, Señor?  Si no estoy junto a Vos, ¿qué valgo? Si me desvío un poquito de Vuestra Majestad, ¿adónde voy a parar?"


SANTA TERESA DE JESÚS. Conceptos del Amor de Dios 4, 8

RELOJ DE LA PASIÓN – POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO (INVOCACIÓN A JESÚS Y A MARÍA)

RELOJ DE LA PASIÓN

O sea reflexiones afectuosas sobre los padecimientos

 de nuestro Señor Jesucristo, por el bienaventurado obispo

SAN ALFONSO DE LIGORIO

alfonsomarialigorio

INVOCACIÓN A JESÚS Y A MARÍA

¡Oh Salvador del mundo! ¡Oh amor de las almas! ¡Oh Señor! objeto el más digno de toda nuestra ternura. Vos habéis venido a conquistar nuestro corazón por vuestra pasión, en la que habéis hecho brillar el inmenso amor que nos tenéis, consumando la obra de una redención que para nosotros ha sido un océano de bendiciones, y para Vos un océano de dolores y de ignominias. Habéis principalmente instituido el Santísimo Sacramento del altar con el fin de perpetuar su memoria. Para que la memoria de un tan gran beneficio, dice santo Tomás, permaneciera viva y constante entre nosotros, él ha dejado su cuerpo en comida a los fieles [Ut autem tanti beneficii jugis in nobis maneret memoria, corpus suum in cibus fidelibus dereliquit. D. Th. Ospuc. 57.] Y mucho tiempo antes había dicho san Pablo: «Todas las veces que comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor» [Quotiescumque enim manducabitis panem hunc, mortem Domini annuntiabitis. I Cor. XI, 26.] Con tantos prodigios de amor habéis obtenido ya de tantas almas santas que, consumidas en las llamas de vuestra caridad, renunciaran a todos los bienes de la tierra para consagrarse enteramente a amaros a Vos solo, ¡Oh Señor! el más amable de los señores! ¡Ah! haced, pues, oh Jesús mío, que me acuerde siempre de vuestra pasión; y que yo, miserable pecador, vencido, en fin, por tantas finezas de amor, llegue a amaros y daros con mi pobre amor algunas señales de gratitud por el amor excesivo que me habéis manifestado, Vos Dios mío y Salvador mío. Acordaos, Jesús mío, que yo soy una de aquellas tiernas ovejas vuestras, por cuya salud habéis venido a la tierra para sacrificar vuestra vida divina. Yo sé que después de haberme redimido con vuestra muerte no habéis cesado de amarme, y que al presente me tenéis el mismo amor que por vuestra bondad me tuvisteis al morir por mí. No permitáis que yo viva más tiempo siéndoos ingrato, mi Dios, que tanto merecéis el ser amado, y tanto habéis hecho para ser amado de mí.
Y Vos, Santísima Virgen María, que tan grande parte tuvisteis en la pasión de vuestro Hijo, ¡ah! por los méritos de vuestros dolores obtenedme la gracia de experimentar alguna parte de aquella compasión que tanto afligió a vuestra alma en la muerte de Jesús, y pedid para mí una centella de aquel amor que hizo todo el martirio de vuestro corazón condolido.
«Os suplico, Señor mío Jesucristo, que la fuerza de vuestro amor, más ardiente que el fuego, más dulce que la miel, absorba mi alma, a fin de que yo muera por el amor de vuestro amor, ya que os habéis dignado morir por el amor de mi amor» [Absorbeat, quaeso, Domine Jesu Christe, mentem mean ignita et melliflua vis amoris tui, ut amore amoris tui moriar, qui amore amoris mei dignatus es morí. Oral. S. Francisc. Ass.]

CAPÍTULO PRELIMINAR.

Cristo crucificado

De cuan útil sea la meditación sobre la pasión de Jesucristo.

  1. El amante de las almas, nuestro amabilísimo Redentor, ha declarado que su fin principal al venir al mundo y hacerse hombre era el de encender en todos los corazones el fuego de su santo amor [Ignem veni mittere in terram: et quid volo, nisi ut Accendatur. Luc. XII, 49.].Y ¡qué llamas de caridad tan bellas no ha encendido en tanto número de almas, con las penas de muerte que quiso sufrir, a fin de mostrarnos la inmensidad de su amor a los hombres! ¡Oh! ¡Cuántos corazones dichosos sé han penetrado del fuego del amor de Jesús en sus llagas como en unas hogueras ardientes, de tal suerte que no han rehusado consagrarle totalmente los bienes, la vida, y aun a sí mismos; venciendo con un valor generoso todas las dificultades que encontraban en la observancia de la divina ley por amor de aquel Señor que, siendo Dios quiso sufrir tanto por su amor! Este fue puntualmente el consejo que nos ha dado el Apóstol, no solo para no desfallecer sino para correr con más ligereza en los caminos del cielo [Recogitate eum qui talem sustinuit adversus semetipsum a peccatoribus contradictionem, ut ne fatigemini animis vestris deficientes, Hebr. XII, 3.] 
  2. Por eso, San Agustín en los transportes de su amor, puesto en presencia de Jesús cubierto de llagas y enclavado en la cruz, hacia esta tierna oración: «Grabad, Señor y amabilísimo Salvador mío, grabad en mi corazón todas vuestras llagas, a fin de que yo lea siempre en ellas vuestro dolor y vuestro amor; el dolor para sufrir por Vos todo dolor, y el amor para menospreciar por Vos todo amor » [Scribe, Domine, vulnera tua in corde meo, ut in eis legam dolorem et amorem: dolorem, ad sustinendum pro te omnem dolorem: amorem, art contemnendum pro te omnem amorem.] Sí, porque teniendo delante de la vista la grandeza del dolor que por mí habéis sufrido, sufriré yo con paciencia todas las penalidades que me sucedieren; y mirando al amor que me habéis mostrado en la cruz no amaré ya ni podré amar otra cosa que a Vos.
  3. ¿Y de dónde han sacado los Santos el valor y constancia necesarios para sufrir las torturas, el martirio, la muerte, sino de las llagas de Jesús crucificado? El capuchino san José de Leonisa viendo que se le quería atar con cordeles para sufrir una operación dolorosa que el cirujano debía hacerle, tomó en las manos su Crucifijo y exclamó: «¡Qué cordeles! ah! ved aquí mis cordeles: mi Señor atravesado con clavos por mi amor; este es el que con sus dolores me ata y obliga a sufrir toda suerte de penas por su amor.» Y de este modo sufrió la operación sin quejarse, viendo a Jesús que, como un tierno cordero bajo la mano de quien le esquila, enmudecía y no abria su boca» [Quasi agnus coram tondente se obmutescet, et non aperiet os suum. Isai. LIII, 7.] ¿Quién jamás podrá decir que sufre injustamente mirando a Jesús despedazado todo por nuestros delitos? [Altritus est propter scelera nostra. Isai. LIII, 5.] ¿Quién podrá jamás excusarse de obedecer a pretexto de alguna incomodidad, habiéndose hecho Jesús obediente hasta la muerte?[Factus obediens usque ad mortem. Phil. II, 7.] ¿Quién jamás podrá rehusar las ignominias viendo a Jesús tratado como un insensato, como un rey de burla, como un malhechor, abofeteado, azotado, cubierto de salivas y clavado en un infame madero?
  4. ¿Quién podrá en adelante amar otro objeto que a Jesús, viéndole que para cautivar nuestro amor muere entre tantos dolores y menosprecios? Un piadoso solitario pedía a Dios que le enseñara qué era lo que podía hacer para llegar a amarle perfectamente. El Señor le reveló que para llegar a un perfecto amor de Dios, no había ejercicio más útil que el de meditar con frecuencia en su pasión.Santa Teresa se lamentaba amargamente de ciertos libros que le habían aconsejado que dejase de meditar la pasión, como si esta fuera un obstáculo para la contemplación de la Divinidad, sobre la cual exclama la Santa: ¡Oh Señor de mi alma y bien mío Jesucristo crucificado! No me acuerdo ver de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y que parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia… ¿es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento ni una hora, que Vos me habíades de impedir para mayor bien? ¿De dónde vinieron a mi todos los bienes, sino de Vos? Enseguida añade: «Veo yo claro y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos desta humanidad sacratísima, en quien dijo su «Majestad deléita.» (Vida, cap, XXII, n.° 3).
  1. En conformidad de esto, el bienaventurado Baltasar Álvarez decía, que la ignorancia de los tesoros que tenemos en Jesucristo era causa de la ruina de los cristianos. Por tanto, el punto más favorito y más ordinario de sus meditaciones era la pasión de Jesús, en la que meditaba especialmente estos tres grandes padecimientos: su pobreza, sus humillaciones y sus dolores; y exhortaba a sus penitentes a meditar frecuentemente la pasión del Salvador, diciéndoles, que no creyesen haber hecho progreso alguno, si no llegaban a tener grabado siempre en el corazón a Jesús crucificado.
  2. El que quiere, dice san Buenaventura, adelantar siempre en virtud y gracia, debe meditar siempre en la pasión del Señor [Si vis, homo, de virtute in virtutem, de gratia in gratiam proficere, quotidie mediteris Domini passionem. S. Bonav.] Y añade: «Que no hay un ejercicio más útil para santificar el alma, que la frecuente meditación de las penas de Jesucristo» [Nihil enim in anima ita operatur universalem sanctificationem, sicut meditatio passionis Christi. S. Bonavent.] 
  3. Además, san Agustín (apud Bernard. de Bustis) decía, que una sola lágrima vertida en memoria de la pasión de Jesús aprovecha más que una peregrinación a Jerusalén y que un año de ayunos a pan y agua. Así es que, con efecto, no ha sufrido tanto nuestro amable Salvador, sino para hacernos considerar sus muchos padecimientos, y porque es imposible pensar en ellos sin encenderse en el amor divino: «La caridad de Jesucristo nos estrecha» dice san Pablo [Caritas enim Christi urget nos. II Cor. V, 14.]. Jesucristo solo es amado de un pequeño número, porque también es pequeño el número de los que meditan las penas que por nosotros ha sufrido; mas el que las medita con frecuencia no puede vivir sin amar a Jesús, porque «la caridad de Jesucristo nos estrecha.» Se sentirá tan obligado por su amor, que no le será posible negarse a amar a un Dios tan amante, y que tanto ha sufrido para ser amado.
  4. Por eso decía el Apóstol, que «no quería saber otra cosa que a Jesús, y Jesús crucificado»[Non judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum, et hunc crucifixum. I Cor. II, 2.] es decir, el amor que nos ha manifestado en la cruz. Y a la verdad, ¿en qué otros libros podemos aprender mejor la ciencia de los Santos, que es la ciencia de amar a Dios, que en Jesús crucificado? Al gran siervo de Dios, el hermano Bernardo de Corleon, capuchino, no sabiendo leer, querían enseñarle sus hermanos los religiosos. Al punto vuela a tomar consejo del Crucifijo; mas Jesús le responde desde la cruz: « ¡Qué libros! ¡Qué leyendas! Solo yo soy vuestro libro, en el que podéis leer siempre el amor que os he tenido.» ¡Oh! este es el más grande tema de meditación durante toda la vida y por toda la eternidad. ¡Un Dios muerto por nuestro amor! un Dios muerto por nuestro amor! ¡Oh! ¡Tema grande a la verdad!
  5. Pagando un día santo Tomas de Aquino la visita a san Buenaventura, le preguntó ¿de qué libro se había valido para consignar en sus obras tan bellos pensamientos? San Buenaventura le mostró la imagen de Jesús crucificado, todo gastado por los muchos besos que le había dado, diciéndole: «Ved aquí el libro, del cual he sacado todo cuanto yo he escrito; este es el que me ha enseñado lo poco que he aprendido.» Todos los santos sin excepción han aprendido a amar a Dios estudiando el crucifijo. El hermano Juan de Avernia, cada vez que ponía los ojos en Jesús cubierto de heridas, no podía contener las lágrimas. El hermano Jacobo de Tuderto, oyendo leer la pasión del Salvador, no sólo lloraba a lágrima viva, sino que también prorrumpía en profundos sollozos, oprimido por el amor en el que se abrazaba a su tierno Maestro.
  6. La dulce escuela del Crucifijo es la que hizo a San Francisco un serafín sobre la tierra. Cuando meditaba en las penas de Jesucristo lloraba tan continuamente, que casi llegó a perder la vista. Cierto día se le encontró que daba gritos lastimosos, y preguntado lo que tenía: ¡Ah! Respondió, ¿qué puedo tener yo? Lloro por los padecimientos y afrentas de mi Salvador; y mi dolor, añadió, se aumenta viendo la ingratitud de los hombres que no le aman y viven sin pensar en él. Siempre que oía balar un cordero, se sentía conmovido hasta derramar lágrimas, por el pensamiento de la muerte de Jesús, cordero sin mancilla, inmolado sobre la cruz por los pecados del mundo. Y abrasado todo de amor, no sabía este Santo recomendar nada a sus hermanos con tanto encarecimiento como la frecuente memoria de la pasión del Salvador.
  7. Jesús crucificado: tal es el libro en el que nos leeremos frecuentemente a nosotros mismos. En él aprenderemos por una parte a temer el pecado, y de otra a abrasarnos de amor a un Dios tan amante; leyendo en sus llagas aprenderemos la malicia del pecado, que ha condenado a Dios a sufrir una muerte tan cruel para satisfacer a la Justicia divina, y también el amor que nos ha mostrado el Salvador queriendo sufrir tanto, para hacernos comprender lo que nos amaba.
  8. Pidamos a la divina María que nos alcance de su Hijo la gracia de entrar nosotros mismos en estos hornos de amor donde tantos corazones se abrasan dulcemente; a fin de que renunciando a todos nuestros deseos terrenos, podamos también abrasarnos en estas dichosas llamas que hacen a las almas santas en la tierra y bienaventuradas en el cielo.Así sea.