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Cuentos con moraleja: Por sus obras les conoceréis



Sofía Berdanska era una jovencita polaca de 18 años que acababa de perder a su padre. Pronto comprendió que debía trabajar para ayudar a mantener a su madre, bastante delicada de salud, y a su hermano pequeño.

A pesar de su corta edad, decidió colocarse como institutriz en alguna casa de gente pudiente. Buscó una carta de recomendación y fue a visitar a varias familias católicas; pero en ninguna le aceptaron, no tanto porque no la necesitaran sino más bien porque, debido a la crisis económica, todos trataban de reducir gastos.

A Sofía se le encogía el corazón cuando pensaba que su madre y su hermano estaban muertos de hambre y de frío en casa. Ella no cesaba de pedir a Dios y, al final, su oración fue escuchada.

Un buen día le hablaron de la familia Herstein; una familia muy bien acomodada con cuatro niños y que acababan de quedarse sin señorita de compañía. Allí se presentó Sofía y preguntó por Javiva Herstein, la señora de la casa. Después de los primeros saludos la señora le preguntó:

– Usted es, ¿usted no es judía?

Sofía fijó sus ojos en los de la señora y pronto advirtió, por aquellas facciones y aquel modo de hablar, que se encontraba ante una judía. Y entonces respondió con sinceridad:

– No, señora. Soy polaca y católica.

La señora quedó por unos instantes en silencio; momento que aprovechó para leer la carta de recomendación que traía Sofía en sus manos. Cuando terminó de leerla le hizo un segundo repaso de arriba abajo a la joven. Javiva, la señora de la casa, advirtió que Sofía, debido a su situación familiar de extrema necesidad se conformaría con un módico sueldo (algo muy importante para un judío); por otro lado, tenía buena presencia y un modo de hablar sumamente agradable. Además –y esto no se lo dijo a la joven- por su casa habían desfilado ya bastantes institutrices y todas se habían marchado bruscamente, quedando la señora con el problema de encontrar una nueva institutriz que tuviera más paciencia.

Así pues, pensó en aceptarla, no sin antes darle algunos importantes avisos:

– Este cargo es algo difícil. Yo tengo que pasarme todo el día en el comercio y no me puedo ocupar de los cuatro pequeños. Mi madre, que me ayuda en el gobierno de la casa, los tiene un poco mal acostumbrados…. Los niños son algo caprichosos y tienen el genio fuerte.

A lo que Sofía respondió:

– Lo que usted me indica no tiene realmente mucha importancia; son cosas de niños. No se preocupe. Ya verá cómo hago todo lo posible por educarlos y atenderlos bien.

En vista de que la futura institutriz se presentaba con tan buenas disposiciones, la señora Herstein expuso todas sus exigencias en lo que se refería a horarios, trabajo diario, sueldo…. Y terminó diciendo:

-Si hago el sacrificio de tomar a una católica para la educación de mis niños, es con una condición: Usted tiene que prometerme, bajo palabra de honor, que nunca hablará de su religión a mis hijos. Más aún, que ni siquiera dejará que ellos conozcan a qué religión pertenece usted.

Sofía volvió a pensar en su hogar. Pensó también que hay muchas maneras de predicar a Cristo y luego, respondió con serenidad:

-Se lo prometo, señora. Palabra de honor – haciéndose, sin darse cuenta, la señal de la cruz sobre el pecho.

Sofía pronto conquistó el corazón de la señora por su total disposición y el buen hacer, y siempre fuel fiel a su promesa. Con los niños la labor fue más difícil pues eran egoístas, soberbios, maleducados, intransigentes… Pasaron varias semanas, y como compensación, y a escondidas del intransigente esposo, permitió a la institutriz ir cada domingo a la primera Misa, con tal de que nadie se enterara.

Sofía solía ir a la Iglesia cuando los faroles, cubiertos todavía de la escarcha de la noche, proyectaban un misterioso resplandor sobre la nieve recién caída. Aquella jovencita polaca sentía necesidad de su comunión semanal para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa en medio de esta familia, en la que cuatro pequeños la tiranizaban continuamente. Nunca se había imaginado que pudieran existir cuatro niños tan indisciplinados, perezosos y revoltosos como estos.

De vez en cuando, Sofía, iba a visitar a su madre para entregarle la paga y pasar algún ratito con ella. En su primera visita, su madre, sacó un medallón que tenía guardado en un viejo cofre que antaño había pertenecido a su abuela. Era uno de aquellos medallones en los que se solían llevar pequeños recuerdos de las personas queridas. Sofía, tomó un papelito, escribió en él una palabra y lo ocultó dentro del medallón. Desde ese momento siempre lo llevó al cuello. En numerosas ocasiones los niños le habían preguntado qué tenía dentro del medallón, pero ella nunca se lo dejaba abrir. Un día, tanto le insistieron que les respondió:

-Ese es mi secreto, niños.

Poco a poco, una transformación silenciosa había ido cambiando el hogar de la familia Herstein. Los niños se hicieron obedientes y respetuosos, y los padres se miraban más que sorprendidos del profundo cambio que habían sufrido sus hijos gracias a la paciencia, el cariño y el buen hacer de Sofía.

Ocasionalmente, la madre reunía a los niños para preguntarles de qué les hablaba la institutriz, intentando indagar si les estaba enseñando ideas cristianas; pero Sofía siempre fue fiel a su palabra. Los niños no sabían a qué religión pertenecía ni tenían la más mínima sospecha.

Un día, la desgracia se cernió sobre la familia, el pequeño Samuel, penúltimo de los cuatro, cayó enfermo de un mal terrible: granos supurantes le cubrían el rostro y le hacían sufrir atrozmente. El médico nunca se atrevió a pronunciar el nombre de la enfermedad que, por otra parte, estaba en la mente de todos; sólo se limitaba a decir que era una enfermedad muy grave y contagiosa que precisaba total aislamiento. Según luego el mismo médico comunicó, había muchos casos similares en el pueblo y el único hospital que había estaba a rebosar por lo que no quedaba más remedio que cuidarlo en casa.

– ¿Adónde llevar al niño? ¿Cuidarle en casa? Sí, pero ¿quién le velaría? Yo no puedo, pues tengo que atender el comercio. –pensó la madre.

En eso que sus ojos se encontraron con los de Sofía, quien comprendía la preocupación de la madre y le respondió sin titubear un segundo:

-Yo, señora, cuidaré de Samuel.

Como no se habían tomado bastantes precauciones, otros dos niños de la familia cayeron enfermos. Sofía, se pasaba todo el día yendo de una cama a la otra sin tener ni un minuto de descanso.

La joven polaca, velaba, llevaba las medicinas, hacía la limpieza de casa, lavaba a los niños…, tanto hacía y tan bien que, después de varias semanas, los tres niños enfermos estaban fuera de peligro.

Cuando todo parecía que el grave problema se iba a superar, fue la misma Sofía quien contrajo el mal. La señora Herstein, muy preocupada por Sofía, la llevó al hospital de Varsovia, donde después de una semana luchando contra la fiebre y el dolor, falleció.

Al día siguiente, en medio del dolor de los esposos Herstein y del llanto de los niños, fue llevada a la casa de su madre y enterrada en el panteón familiar junto a su padre.

Pasó un año, y cuando se cumplía el aniversario de su fallecimiento, toda la familia Herstein asistió a la Misa de aniversario y comulgó en la Iglesia de San Alejandro. Todos se habían convertido al catolicismo. ¿Quién había hecho este milagro? Sin duda, Sofía Berdanska, la joven polaca que trabajaba por mantener a su madre y a su hermanito. Nunca había hablado de Jesucristo ni del Evangelio; pero el ejemplo de su vida fue suficiente para convertir a todos.

Padre Lucas Prados
Fuente: Adelante la Fe

Santo Tomás de Aquino: Las cinco vías tomistas.







"La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas.


1) La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que, en cuanto potencia, esté orientado a aquello por lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: El fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto.Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve, necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

2) La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es algo absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

3) La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, que pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

4) La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro-, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

5) La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios."

Santo Tomás de Aquino "Suma Teológica" 

Vida Sobrenatural Gracia Santificante



En la Iglesia hay una vida sobrenatural, que se llama gracia. La Iglesia fundada por Jesucristo no es solamente una familia visible. En ella hay una vida interior, invisible, sobrenatural, divina, que comunica el mismo Jesucristo.

Dios nuestro Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza, dándole un alma espiritual e inmortal, capaz de conocerlo y amarlo y alcanzar una felicidad proporcionada a su naturaleza. Pero, en su amor infinito, Dios ha querido llamarnos a más altos destinos. Quiso darnos la altísima dignidad de hijos suyos, y hacernos participantes de su misma felicidad en la gloria. Para esto nos une a Él en la persona divina de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, de cuyo Cuerpo Místico somos miembros vivos. Esta vida divina en nosotros es la gracia santificante. Por ella Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Cristo.

Por eso llamamos a la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es la Cabeza. Todos nosotros somos sus miembros. O como Él mismo dijo con otra comparación: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos».

Como los sarmientos reciben la savia de la vid -y gracias a ella producen las uvas- así nosotros recibimos de Jesucristo la gracia. Es la savia que nos hace vivir una vida sobrenatural, de la misma manera que nuestra alma vivifica nuestro cuerpo y le da vida natural.

La doctrina del Cuerpo Místico tiene enorme importancia en orden a la valoración de nuestros actos. El barrido de una calle realizado por un empleado de la limpieza pública que está en gracia de Dios, tienen incomparablemente más valor que la conferencia de más altura científica que sólo puede ser entendida por media docena de hombres en el mundo, pero pronunciada por un sabio que no está en gracia de Dios.

La razón es que las acciones de los hombres que no están en gracia de Dios, aunque tengan su valor, como enseña el Vaticano II, no rebasan los límites de lo humano. En cambio, cuando un hombre está en gracia de Dios es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, y entonces sus obras, por sencillas que sean, pertenecen a un plano sobrenatural, infinitamente superior a todo lo humano.

Si esto se conociera más, ¿quién viviría en pecado mortal?. Cada uno de nosotros es una célula del Cuerpo Místico de Cristo. Con nuestra virtud colaboramos a su vitalidad. Con nuestros pecados, además de convertirnos en células muertas, entorpecemos la vida de las otras células, nuestros hermanos. Somos células cancerosas.

La gracia santificante es un don personal sobrenatural y gratuito, que nos hace verdaderos hijos de Dios y herederos del cielo. Es una cualidad que hace subir de categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior. Es como una semilla de Dios. La comparación es de San Juan. Desarrollándose en el alma produce una vida en cierto modo divina, como si nos pusieran en las venas una inyección de sangre divina. La gracia santificante es la vida sobrenatural del alma. Se llama también gracia de Dios.

La gracia santificante nos transforma de modo parecido al hierro candente que sin dejar de ser hierro tiene las características del fuego. La gracia de Dios es lo que más vale en este mundo. Nos hace participantes de la naturaleza divina. Esto es una maravilla incomprensible, pero verdadera. Es como un diamante oculto por el barro que lo cubre. El siglo pasado Van Wick construyó con guijarros una casita en su granja de Dutoitspan (Sudáfrica). Un día, después de una fuerte tormenta, descubrió que aquellos guijarros eran diamantes: el agua caída los había limpiado del barro. Así se descubrió lo que hoy es una gran mina de diamantes. La gracia es un diamante que no se ve a simple vista.

La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina, pero no nos hace hombres-dioses como Cristo que era Dios, porque su naturaleza humana participaba de la personalidad divina, lo cual no ocurre en nosotros. Dios al hacernos hijos suyos y participantes de su divinidad nos pone por encima de todas las demás criaturas que también son obra de Dios, pero no participan de su divinidad. La misma diferencia que hay entre la escultura que hace un escultor y su propio hijo, a quien comunica su naturaleza.

Cuando vivimos en gracia santificante somos templos vivos del Espíritu Santo. La gracia santificante es absolutamente necesaria a todos los hombres para conseguir la vida eterna. La gracia se pierde por el pecado grave. En pecado mortal no se puede merecer. Es como una losa caída en el campo. Debajo de ella no crece la hierba. Para que crezca, primero hay que retirar la losa. Estando en pecado mortal no se puede merecer nada.

Quien ha perdido la gracia santificante no puede vivir tranquilo, pues está en un peligro inminente de condenarse. La gracia santificante se recobra con la confesión bien hecha, o con un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse. El perder la gracia santificante es la mayor de las desgracias, aunque no se vea a simple vista.

Sin la gracia de Dios toda nuestra vida es inútil para el cielo. Por fuera sigue igual, pero por dentro no funciona: como una bombilla sin corriente eléctrica. Dice San Agustín que como el ojo no puede ver sin el auxilio de la luz, el hombre no puede obrar sobrenaturalmente sin el auxilio de la gracia divina .

En el orden sobrenatural hay esencialmente más diferencia entre un hombre en pecado mortal y un hombre en gracia de Dios, que entre éste y uno que está en el cielo. La única diferencia en el cielo está en que la vida de la gracia -allí en toda su plenitud- produce una felicidad sobrehumana que en esta vida no podemos alcanzar. Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno.

Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios. Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal. Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad. Sin embargo, en esta necedad incurren, desgraciadamente, muchas personas. Algún día caerán en la cuenta de su necedad, pero quizá sea ya demasiado tarde.

Además de la gracia santificante Dios concede otras gracias que llamamos gracias actuales, que son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, que nos son necesarios para conseguir algo en orden a la salvación. Pues por nosotros mismos nada podemos. No podemos tener una fe suficiente, ni un arrepentimiento que produzca nuestra conversión.

Las gracias actuales iluminan nuestro entendimiento y mueven nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal. Sin esta gracia no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir nada en orden a la vida eterna. El hombre no puede cumplir todas sus obligaciones ni hacer obras buenas para alcanzar la gloria eterna sin la ayuda de la gracia de Dios. Merecer el cielo es una cosa superior a las fuerzas de la naturaleza humana. Pero como Dios quiere la salvación de todos los hombres, a todos les da la gracia suficiente que necesitan para alcanzar la vida eterna.

Con la gracia suficiente el hombre podría obrar el bien, si quisiera. La gracia suficiente se convierte en eficaz cuando el hombre colabora. Los adultos tienen que cooperar a esta gracia de Dios. Dijo San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Dios ha querido darnos el cielo como recompensa a nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible, para el adulto, conseguir la salvación eterna. Nuestra salvación eterna es un asunto absolutamente personal e intransferible. Al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia.

Y sin la libre cooperación a la gracia es imposible la salvación del hombre adulto. Con sus inspiraciones, Dios predispone al hombre para que haga buenas obras, y según el hombre va cooperando, va Dios aumentando las gracias que le ayudan a practicar estas buenas obras con las cuales ha de alcanzar la gloria eterna.

«Tan grande es la bondad de Dios con nosotros que ha querido que sean méritos nuestros lo que es don suyo». Esta gracia, que nos eleva por encima de la naturaleza caída, la mereció el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. La obtenemos mediante la oración y los Sacramentos.

Por: P. Jorge Loring, S.I. | Fuente: Catholic.net

Publicado por Silvia S.A.




Prácticas protestantes en la liturgia católica



No recuerdo bien  donde he expuesto mi «doctrina» sobre los «protestantes anónimos». Parafraseando esa teoría rahneriana de los «cristianos» anónimos, sostengo que entre nuestros nominales católicos –han recibido el bautismo en la Iglesia Católica, pero su vida moral, práctica religiosa y confesión de fe no se corresponde con los principios católicos– se da un grupo de personas que viven y piensan como protestantes. Y aunque estoy descubriendo el Mediterráneo, creo que debemos ser conscientes de los varios «niveles» de catolicidad que tenemos en nuestras parroquias.
Este fenómeno, según también mi tesis, ejemplifica que, de facto, vivimos en una especie de «iglesia anglicana» dentro de la Iglesia Católica: tenemos una High Church, compuesta de los «más» católicos, y una Low Church protestantizada. Pero la culpa de esto viene de la espiritualidad «común» entre católicos y protestantes en el contexto del concilio de Trento. En una cita de L. Bouyer vemos un ejemplo de esto:
Nosotros vivimos aún en gran parte de lo que viven los protestantes, y no nos damos cuenta. Baste observar nuestra vida espiritual, y en lo que se basa todavía hoy: hay cristianos que van a pedir que se celebre una Misa y luego añaden donativos de más, para que se haga la Exposición del SS. Sacramento: no comulgan, no participan en el Sacrificio de Cristo y creen que obtienen quién sabe qué gracia porque ven el SS. Sacramento expuesto, por la visión de la Hostia. Este es un hecho puramente psicológico, y, si bien, los protestantes no admiten estas formas, en cuanto al principio, se trata de puro protestantismo o, si lo preferimos, es «devoción» de los siglos XIV-XV (Parola, Chiesa e Sacramenti, Brescia, 1962, 61-63).
En los últimos años la atención de los pastores se ha estado dirigiendo, no sin razón, a la peligrosa costumbre de comulgar sin «discernir el cuerpo del Señor» (1Cor 11, 27-29). Pero algo también peligroso, a largo plazo, es concebir la comunión eucarística como algo accesorio. Porque los que hoy, en nuestra postmodernidad, no se acercan nunca a comulgar, no lo hacen porque sientan que deben recurrir a la penitencia sacramental, sino porque, simplemente, les da lo mismo.
Hay que recordar aquí las bondades del magisterio de san Pío X en esta cuestión. También en su llamada a una participación activa. Hay una «masa» de gente, católicos nominales, que conciben la liturgia, especialmente la eucaristía, como un «espectáculo» visual. O también como una especie de catequesis. Y no pocos pastores contribuyen a dar esa imagen, además de esos conocidos «grupos» de liturgia, que no pocas veces actúan sin la autorización del párroco.
Detrás de estas conductas está presente una especie de «apostasía interna», un enfriamiento de la piedad y de los propios convencimientos. La indiferencia de las masas nominalmente católicas es el principal obstáculo para una fructífera celebración litúrgica: no sólo en cuanto a la participación, sino también en su desenvolvimiento. Reducir la celebración litúrgica a categorías «seculares» que supuestamente deberían entender los «alejados» es traicionar la verdad acerca de la liturgia. Por otro lado, el mismo concepto de «alejado» es una irrisoria quimera, porque muchas veces se vive alejado por decisión propia. Los supuestos «pecados» de la Iglesia y sus miembros son casi siempre una excusa, no una razón para el alejamiento.
La liturgia, en esta sociedad televisada, tiene una vertiente evangelizadora. Pero por su misma naturaleza se «hizo» para los bautizados. Los catecúmenos, en las liturgias antiguas, sólo podían estar presentes en la Liturgia de la palabra. Ahí acababa su catequesis. La Liturgia eucarística, la comunión eucarística y la vivencia de ambas son la mejor medida para conocer la «catolicidad» de una comunidad cristiana. Una desviación en este ámbito significaría encontrarnos con una comunidad protestante de facto, aunque nominalmente católica.
Pero también hay otras prácticas que se alejan de la apatía, que exteriormente parecen fruto de una gran participación, pero que también evidencian el principio protestante. Me refiero a la tendencia que existe en algunas comunidades a suprimir la separación entre santuario/presbiterio y nave de la iglesia. Los que así lo hacen no pretenden negar la clásica diferenciación entre Iglesia celeste y terrestre en la celebración litúrgica. De hecho, simplemente no creen en ella. Lo que les interesa es poner en funcionamiento una eclesiología protestante: la no-distinción entre sacerdocio real y sacerdocio ministerial. Paradójicamente, el concepto de presbiterio no excluye los ministerio laicales. Al contrario, se supone que dichos ministerios, convenientemente dispuestos en el presbiterio con vestiduras litúrgicas laicales (alba/sobrepelliz), deben ejercer sus oficios litúrgicos. Pero suprimir la separación entre presbiterio y nave tiene como objeto también negar los ordines ministeriales: grupos estables encargados de ministerios litúrgicos específicos. La supresión generalizada de las vestiduras litúrgicas fue el primer paso. Negada una identidad litúrgica específica, llega el relativismo ministerial: como son «laicales», los puede hacer cualquiera. Se olvida el necesario encargo jerárquico y la naturaleza grupal de esos ministerios a lo largo de la historia.
Estas cuestiones no tienen fácil solución. Pero un primer paso es reconocer el problema presente en nuestras parroquias. Hay que recuperar nuestra identidad litúrgica católica. El ecumenismo no es sinónimo de sincretismo o de abandono de las propias convicciones. O por lo menos no debería serlo.

conoZe.com 
Adolfo Ivorra 

Publicado por Silvia S.A.


El comentario de Fray Pepe.


Queridos hermanos:
En esta ocasión comentaré el Evangelio desde dos vertientes:
1. La primera, que es la lección más fácil, es resaltar las virtudes de Jesús y su disponibilidad para curar al leproso, que le pide sin pedir su curación. "Sí, quiero, ¡queda limpio!" ¡Jesús siempre va a querer nuestro bien! Jesús cercano, Jesús congruente, Jesús pobre y obediente. Sin duda, es bueno recordarlo y agradecerlo a nuestro Padre Dios.
2. La otra lección es la más ardua. No por nada este pasaje cierra el capítulo 1 en el Evangelio de Marcos. ¿Por qué si Jesús hace tanto bien, atiende a tanta gente, predica y sana, termina marginado, fuera de los pueblos, en lugares solitarios? ¿No es quizá el efecto contrario a su deseo: estar cerca de los que lo necesitan? Por una parte, cierto, se divulga la fama de Jesús-Taumaturgo. Y más, con este leproso que queda sano. Y con razón: ¡Quién no quisiera quedar libre de sus dolencias y enfermedades..! En el propio texto de Marcos, por otra parte, se va sugiriendo el tema del "secreto mesiánico": Jesús pide a los que son beneficiados por su intervención que guarden silencio. Este sigilio buscaría el proceso de adhesión integral de la persona humana al mensaje de salvación: que a la curación física y espiritual, siga la conversión. Así inicia de hecho la predicación de Jesús en Marcos: “Se ha cumplido el tiempo, y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,15)”. El leproso de la historia de hoy, falla en dos aspectos: no sólo desobedece a Jesús al divulgar la noticia de su curación, sino que además como que pretende usurpar el lugar de Jesús: no se ve que quiera recorrer el camino ordinario que le recuerda Jesús, de presentarse a los sacerdotes y cumplir las prescripciones rituales del Levítico. La buena noticia pareciera ser entonces su curación particular, y no la más integral: el Evangelio de la vida, la presencia de Jesús entre nosotros, la necesidad de ese Encuentro. ¿Se puede entonces "robar reflectores", "usar" a Jesús en estos casos?
3. Como evangelizadores, discípulos misioneros, hay que estar siempre en proceso de camino, de conversión, para adquirir la fineza y misericordia necesarias y pedir con humildad, para reconocer los bienes recibidos, para saber aguardar la intervención de Dios, para hacer brillar el rostro de Cristo Jesús detrás del nuestro. Aunque la curación sea individual, aunque la intervención nos beneficie directamente, siempre procuremos ser medios, índices que señalen al Autor de la Vida, al Salvador; que favorezcan, en nosotros mismos y en los demás, el Encuentro liberador e integrador.
+ + +
Ya se acerca la Cuaresma, que este Miércoles de Ceniza, 18 de febrero, sea un momento de retomar el caminar con Cristo, de emprender una nueva ruta, renovada y renovadora, hacia la Pascua 2015. Ya en su momento iremos desgranando los temas de este año para el caminar cuaresmal y pascual.
Un abrazo a todos,
fr. Pepe op
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VI Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 15 de febrero de 2015
Del santo Evangelio según san Marcos (1,40-45)
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarles de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana!”. Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se los cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.
Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a dónde acudían a él de todas partes.

«El Reto del Amor» Sor Leticia, maestra de novicias de las Dominicas de Lerma: «Cristo también utiliza WhatsApp»

Sor Leticia, maestra de novicias de las Dominicas de Lerma: «Cristo también utiliza WhatsApp»
Las Dominicas del Monasterio de San Blas

«Hola, buenos días, hoy Aroa nos lleva al Señor. Que pases un feliz día». Con esta frase, las Dominicas del Monasterio de San Blas irrumpen cada mañana, desde su clausura de Lerma, en la vida de miles de personas.

Lo hacen desde hace más de dos años, a través de WhatsUpp. Y desde hace un par de semanas, desde el blog oficial de El Reto del Amor en Religión en Libertad.

Al amanecer, antes de las ocho de la mañana, ya ha salido disparado el texto desde el smartphone de la clausura: "De hecho, lo enviamos a las 07:50 cada día porque a las ocho ya es tarde para mucha gente que entra a trabajar a esa hora".

Lo explica a Religión en Libertad sor Leticia, Maestra de Novicias y la primera persona que se ha visto sorprendida por una difusión misteriosa que ha llevado al Reto a lugares tan distantes como Pamplona, Madrid, Vitoria, Sevilla, Barcelona o Valencia, o más allá: Grecia, México, Rusia, Argentina, Miami, Alemania… "Mucha gente nos conoce ya por las del reto, y ni si quiera nos ponen cara".

Sor Carmen, Aroa, Israel, Sión, Joane, Inés o Lety. Con ellas en el locutorio, lo que vemos es a tres novicias, acompañadas de su Maestra, y tres profesas solemnes, que se ocupan de darle el desayuno espiritual a toda la gente que se ha enganchado al Reto. Pero, ¿qué es El Reto en realidad?

"El Reto del Amor es un desafío a amar en el día, en tus circunstancias —explica sor Leticia—. Da igual que seas monja de clausura, o padre de familia, o estudiante… Todos estamos llamados a lo mismo, que es al amor, pero esto sólo un hombre puede enseñarnos a vivirlo: Cristo. Para vivir desde el amor, primero lo tienes que recibir de Cristo, luego lo podrás dar."

—Sor Leticia, ¿eres tú la creadora del reto?

—¡Para nada, qué va! A ninguna de nosotras se nos habría ocurrido hacer algo así. Éstas son cosas del Señor, nosotras sólo le secundamos.

—¿No os sentasteis a pensar, no hubo un proyecto, una programación, lluvia de ideas o algo así?

—¡No, no! Como te comentaba antes, la iniciativa fue toda de Cristo. De hecho, si nos paramos a pensarlo, nos desborda. De verdad, ¡las primeras sorprendidas por el Reto hemos sido nosotras!

—Déjame que te diga que me parece un poco difícil entender eso, pero también siento muchísima curiosidad… ¿cómo nació El Reto?

—Por una persona que buscaba al Señor.


—¿Una de vosotras?

—Bueno, ¡todas nosotras le buscamos! Pero no, el reto no nació por ninguna de las que hoy lo escribimos. Fue algo mucho más original, al estilo del Señor. Como solemos decir, Cristo no hace discursos, sino historia… y es ahí donde podemos descubrirle. Así pasó con el Reto: su propia biografía te explica muy bien qué es.

—¿Cómo fue entonces?

—El primer Reto se escribió en mayo del 2012, pero todo comenzó unos meses antes. El 21 de abril celebrábamos los 400 años de nuestra llegada a Lerma. Todas sentíamos que se estaba derramando mucha gracia, y oramos por todo el mundo.

»Ese día, una chica llamada Isa, a la que no conocíamos y que se había convertido hacía un año y medio, se encontraba en su casa con un fuerte bajón de conversión. Sentía que no podía más, estaba a punto de abandonar. Justo cuando nosotras estábamos en esta Eucaristía de acción de gracias, ella cayó de rodillas en su habitación y oró pidiendo ayuda al Señor. En ese momento, levantó la vista y vio en su estantería el libro ¿Qué hace unachica como tú en un sitio como éste? Alguien se lo había regalado. Es un libro que recoge testimonios de diez monjas de diferentes Órdenes. En él leyó mi testimonio y sintió que Cristo la levantaba. Inmediatamente se fue a buscar una Eucaristía. Eso fue un sábado. El domingo me llamó al monasterio, sin conocerme de nada, y empezamos a hablar.
—Me imagino que esa conversación daría para mucho…

—Sí, fue una conversación muy profunda. Ella me siguió llamando a partir de ahí. Yo le dije que, con la oración y el amor, uno es feliz. No se necesita más en la vida. Entonces ella me pidió: “Enséñame a amar”. Pero, ¿cómo se enseña a alguien a amar? ¡Y además a distancia! Porque yo también he tenido que aprender: en la oración es donde Cristo me enseña a amar. Por eso comencé a compartirle el final de mi oración de la mañana. Fue una forma de dejar que mi Maestro fuera también el suyo.

»Empecé a enviárselo por sms, porque entonces no tenía WhatsApp. Al cabo de quince días me dijo que ella no se lo podía quedar, que sentía la necesidad de compartir con más gente y reenviarlo. Yo le dije: “De acuerdo, pero cada mañana te seguiré escribiendo a ti”.

—¿No te importó que se hiciese público algo tan íntimo?

—No, no me importó porque creo que a un consagrado se le tiene que poder ver desde todos los prismas, tiene que ser transparente.

—¿Cambió tu forma de escribir?

—Nosotros somos una Orden que se caracteriza por ayudar a cada persona en concreto. Queremos llevar a cada persona al Señor. Yo seguí escribiéndole sólo a ella durante ocho meses. Lo que ocurre es que, lo que vale para el corazón de uno, también vale para otros. Por eso ella lo reenviaba.
—¿Qué es ahora de esa chica?

—Actualmente es una gran amiga de la Comunidad, vive muy estrechamente junto a nosotras. Ahora da testimonio de su encuentro con Cristo, del amor del Padre, de cómo le cambió la vida al empezar a amar.

—¿A cuántas personas llega ya El Reto?

—¡Uy! ¡Es imposible de saber! De hecho, nunca hemos entrado en cálculos. Sólo te puedo decir que nosotras desde aquí se lo enviamos directamente a unos setecientos contactos, pero, a partir de ahí, le perdemos la pista. Aunque de vez en cuando nos llegan testimonios que nos hacen caer en la cuenta de hasta dónde puede llegar el Señor.


—Esto es exponencial, porque gran parte de esos setecientos se lo reenvía a otros tantos contactos.

—Sí, es verdad. Vemos que la gente tiene mucha sed de descubrir el rostro de Cristo, de sentirle como una persona cercana y viva que permanece junto a ti. Además con el móvil es muy fácil, porque el Señor se cuela en el bolsillo de la gente.

—¿Quiénes os piden el Reto? ¿A qué tipo de personas le llega?


—Hay de todo. Grupos, parroquias, familias, amigos, jóvenes, monasterios… Uno de los casos que más me llama la atención es que les llega a un grupo de presos de la cárcel de Pamplona. Desde que nos enteramos, nos sentimos muy unidas a ellos.

—De clausura a clausura.


—De corazón a corazón. Para Cristo no hay rejas.

—¿Cómo os colasteis en la cárcel?


—Un amigo se lo reenvía a una persona que hace allí una labor pastoral. Un día esta persona les leyó el Reto a un grupo del módulo de hombres y muchos se emocionaron. La noticia nos llegó en un momento en el que necesitábamos un empujoncillo del Señor.

—¿Monjas con bajón?


—Sí, somos monjas, pero humanas. También hay momentos complicados en los que sentimos el desánimo o el vértigo, como cualquier cristiano. Al recibir este testimonio tan impactante, experimentamos muy fuerte que Cristo nos animaba a seguir adelante.

—Me imagino que será muy difícil escribir cada día algo nuevo… ¿No os resulta pesada esta constancia diaria? 


—Cuando las novicias me dan un Reto escrito por ellas, siempre me dicen: “Éste es el último… ¡ya no me sale más!”. Sin embargo, Cristo es novedad continua, nunca se acaba. ¡Con Él, la aventura siempre no ha hecho más que empezar!

—¿Quién escribe El Reto?


—Cada día una, pero sin orden establecido. Unos días, una; otros días, otra. Realmente nos pasan muchas más cosas de las que contamos, pero es difícil poner palabras a las vivencias, a lo que ocurre en tu interior. Deja que te ponga un ejemplo: cuando vuelves después de un viaje, ¿qué les cuentas a tus amigos?

—Pues les enseño fotos de los lugares que he visitado, les cuento las cosas que he hecho, con quién he estado… 


—Genial, pero todo eso son cosas del exterior. ¿Les hablas de cómo te has sentido, de qué has experimentado, de qué ha producido ese viaje en tu interior?

—Depende del viaje. Tal vez después de una peregrinación… pero no por norma general.


—¡Exacto! Ahí está la cuestión: no nos han enseñado a compartir desde dentro, por lo que nos resulta difícil muchas veces compartir las maravillas que hace el Señor, pues nos cuesta expresarlo con palabras. ¡Ésta es la esencia del Reto!

»Compartir desde el interior. Y, como es una vivencia, es personal. Por eso siempre nos presentamos, porque El Reto no lo escribe ni lo envía un ente sin cara, sin personalidad. Tampoco lo envían las dominicas, así, en genérico. No. El reto lo escribe Joane, o Israel, o Aroa, o Sor Carmen… Porque el Reto es de corazón a corazón. De lo que Cristo le ha hablado al corazón a una de nosotras y que nosotras, a su vez, lo compartimos con alguien, en quien pensamos al escribirlo. Cada reto tiene una cara. ¡Incluso en eso nos ha hablado el Señor!

—¿Es entonces un mensaje personal?


—Nuestra Orden es de ayudar de forma personalizada. Así es como se escribe también el Reto, pensando en alguien en particular. ¡Cuántas veces nos han dicho: “Dios nos ama a todos”! Y es verdad, pero lo que te cambia la vida es experimentar que Cristo te ama a ti. ¡A ti! Se fija en ti, te mira a ti, se te entrega a ti y te ama ti.

—Por curiosidad, ¿monjas con iPhone?


—Sí, nos lo han regalado. A mí me da lo mismo uno que otro, pero, si el Señor nos ha provisto de este cacharro, pues con éste lo enviamos.

—Sinceramente, no había oído que se hiciera nada parecido en ningún otro convento.


—Benedicto XVI animó a los monasterios a ser oasis del espíritu. Todos estamos llamados a trasmitir nuestra vivencia de Cristo, y cada uno, a su manera, lo hace; tal como Él se lo ponga en el corazón: libros, páginas web… Nosotras lo hacemos así, pero la exclusiva es siempre del Señor.

—¿Qué opina la priora del monasterio?


—Digamos que está encantada… ¡es una de las reteras!

—¿La priora escribe retos?


—Sí. La priora actual del monasterio es sor Carmen. Ella ya escribía antes de ser elegida para este cargo, y ahora sigue haciéndolo.

—Que lo escriba la priora o la maestra de novicias, lo entiendo. ¿No es un poco arriesgado el que lo escriban también las novicias?


—Cuando lo escribe alguna de ellas yo siempre lo repaso, pero sólo por su contenido teológico. El Reto no es Teología, aunque la contiene. El Reto es testimonio y, por tanto, no oculta la pobreza de cada una. No está escrito por monjas perfectas, sino por monjas enamoradas. En El Reto nos reímos de todas las veces que la liamos… ¡y no son pocas!

—Ese tipo de testimonios puede no hacer gracia a según qué gente. Se piensa que las monjas de clausura tenéis que ser ejemplares. 


—¿Ejemplares? ¿En qué sentido?

—Modélicas… tal vez perfectas…


—Cuando yo entré en el monasterio, intenté esforzarme por llegar a serlo, y me convertí en una persona seria, indiferente… Pero el corazón descansa en el amor, en sentirse totalmente dependiente de Cristo, que te ama en tu pobreza. Mi salvación no depende de mis obras, no depende de mí. Mi salvación está realizada en Cristo. Él es mi justicia.

—¿Eso no es un poco relativista? Me refiero a que parece una postura cómoda ante el pecado y la moral.


—¿Relativista? Hemos sido salvados a un precio altísimo por Cristo. Es un don de Dios, pero a nosotros se nos pide que creamos en ello, que nos dejemos salvar. No es que no vayas a hacer nada… pero todo cambia de perspectiva. Ya no haces obras para salvarte, sino que se transforman en obras de salvación. Porque sientes su amor incondicional, tú puedes amar. Así el corazón descansa.

—Te aseguro que no es como yo lo entendí de pequeño… Esto, explicado así, cambia mucho las cosas.


—¡Lo cambia todo! ¿Sabes dónde está la diferencia? ¡En la sonrisa! ¡Cristo quiere que seas feliz!

—¿Cómo es el proceso de cada reto? ¿Cómo nacen cada mañana?
—A lo largo del día nos pasan mil peripecias en las que vemos al Señor, y siempre hay alguna que grita: “¡¡¡Esto es de reto!!!”. Así que no es raro que por la noche, después de la oración de la tarde, haya algo escrito. Y, si no lo hay, al día siguiente lo escribo yo en la oración de la mañana y lo envío.

—¿Cómo lo escribís? ¿Usáis un cuaderno y luego lo transcribís?


—Bueno, alguna vez. Pero Cristo se adapta a cada uno. Hay quien prefiere papel y boli, y hay quien, como las del Noviciado, lo escriben directamente en la tablet. 

—¿También tenéis tablets?


—¡Sí, una cada una! Nosotras vivimos de la Providencia y nos los regalaron. Ahora lo usamos para todo: para rezar, para nuestra lectura espiritual, para estudiar… para todo. Si nos hubiesen regalado estos cacharros hace un tiempo, yo me hubiese extrañado, pero para El Reto son la herramienta perfecta. ¡La Providencia no se equivoca!



—Si no recibo el Reto, ¿qué tengo que hacer para conseguirlo?

—¡Esa es una de las últimas aventuras en las que nos ha metido el Señor! Desde hace unos días, Cristo nos ha regalado comenzar un blog aquí, en Religión en Libertad, donde lo subimos cada mañana. ¡Eso sí que no lo habríamos imaginado nunca! Para muchos, es la forma más sencilla y rápida. Pero, si alguien quiere recibirlo en su móvil, puede escribirnos a nuestro correo: vivedecristo@gmail.com 

—Para terminar, ¿cuál sería la finalidad del Reto, por definición?


—Llevar a la gente a Cristo. El Señor quiere que leas sobre Él, que hables de Él, pero, sobre todo Cristo quiere que hables con Él. Quiere entrar en tu vida como entra tu gente más querida. Quiere regalarte unos ojos nuevos para que puedas descubrirle en los pequeños detalles de tu vida cotidiana.

»Nuestro objetivo es que quien lo lea pueda comenzar el día mirando a Cristo, para vivir la jornada con Él desde el amor. Queremos enseñar a todo el que quiera a orar y a amar; es decir, recibir todo de Cristo para después darlo.

»Es parte de nuestra espiritualidad dominicana: “contemplar y dar lo contemplado”, reza nuestro lema. Cristo nos hace felices… ¡y queremos compartirlo con nuestros hermanos!Todos podemos vivir así porque Cristo no es sólo para los sacerdotes y las monjas; Cristo es para los cristianos. ¿Y tú? ¿Quieres ser feliz? ¡Vive de Cristo!


Fuente: Jesús García/ReL