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Chesterton y Santo Tomas de Aquino: Unidos por el sentido común.

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Las buenas traducciones contribuyen a las buenas lecturas, a un reencuentro con los clásicos que siempre es toda una satisfacción para el espíritu. Este es el caso de la peculiar biografía Santo Tomás de Aquino, publicada por Gilbert Keith Chesterton en 1933. No se trata de una vida ambientada en la época medieval con descripciones al uso, ni mucho menos de una edificante hagiografía. Por el contrario, es una mezcla, desbordante y a la vez sorprendente, de historia, filosofía, antropología y crítica cultural.

La traducción, en ediciones Rialp, del profesor de sociología de la universidad de Granada, Juan Carlos de Pablos, añade claridad a cualquier lector que desee disfrutar del gran escritor católico inglés, pero que podría perderse en los larguísimos párrafos y ocurrentes paradojas, cargadas de doble sentido, que tienen sus obras. El profesor de Pablos, fallecido en 2015, fue el fundador del club Chesterton de Granada, nacido de la admiración por aquel apóstol del sentido común y del buen humor.

Uno de los mejores legados de este docente universitario ha sido esta traducción con notas certeras y epígrafes esclarecedores. Recomendamos su lectura sosegada, no incompatible con un estilo vivaz y desenfadado, de la que podemos extraer una mejor comprensión no solo del mundo medieval sino también del moderno, pues, en el fondo, no hay grandísimas diferencias entre el tiempo de Chesterton y el nuestro.

Chesterton había publicado en 1922 otro ensayo biográfico sobre san Francisco de Asís, pero le pareció indispensable completarlo una década después con otro libro sobre santo Tomás de Aquino. Muchos siguen considerando al fundador de los franciscanos como un gran admirador de la naturaleza y poco más, y, por supuesto, prefieren al alegre Francisco en vez de al silencioso erudito escolástico llamado Tomás, también conocido, por sus condiscípulos de París, como el “buey mudo”. Sin embargo, Chesterton huía de esos sentimentalismos que ocultan al verdadero Francisco de Asís y valoraba que, gracias a la filosofía tomista, el cristiano puede confiar en la razón.

Los argumentos de Tomás a favor de la revelación no significaban la negación de la razón, como hacen los fideísmos de ahora y entonces, sino una afirmación de la misma. Tomás hizo la fe razonable, pero la Reforma protestante arremetió contra la razón y la sustituyó por la sugestión, con lo que la fe terminó por separarse de la vida y se hizo un asunto privado.

Según Chesterton, Tomás resucitó a Aristóteles, ejemplo de una filosofía realista, muy adecuada al dogma cristiano de que el Verbo se hizo carne. Supuso una nueva luz para la fe. Esto supuso dejar atrás el idealismo de Platón, con su dimensión del hombre meramente espiritualista, aunque desgraciadamente para la Cristiandad, el platonismo resucitaría tanto en el Renacimiento como en el protestantismo. El Hamlet renacentista se agitaría en la duda del ser o no ser, mientras que Tomás habría dicho, sin vacilar, que la respuesta era ser. Sin embargo, la filosofía aristotélica fue arrinconada y no sería restaurada en los círculos intelectuales hasta el siglo XX, en coincidencia con la aparición de este libro de Chesterton.

Filósofos neotomistas como Étienne Gilson aplaudieron esta obra cuyo autor afirmaba haber hecho solo un bosquejo dirigido, sobre todo, a lectores no católicos. ¿Cómo les podría atraer el escritor inglés? Simplemente demostrándoles que Tomás es el filósofo del sentido común. Se palpa el entusiasmo de Chesterton por santo Tomás, y esto solo es explicable porque el autor se identifica plenamente con su personaje. También él era un hombre un tanto abstraído y corpulento, y una persona apasionada por los libros, algo no incompatible con su buen trato con las personas, aunque fueran de distinto modo de pensar. De hecho, el autor nos da en este libro un consejo válido para cualquier época: “No hay que discutir con un hombre, o bien discutir en su terreno y no en el nuestro”. Además Chesterton se identificaba con Tomás en ser un soñador activo y un auténtico hombre de acción. Ambos consiguieron la rara cualidad de ser a la vez teóricos y prácticos. ¿Por qué? Porque practicaban el sentido común de vivir en la realidad y de reconocerla. En esto consiste la filosofía del sentido común, la única filosofía fructífera del mundo.

Antonio R. Rubio Plo

Buena Doctrina

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Un texto de Rafael Gambra sobre la acción y la contemplación
“El predominio de la acción sobre la contemplación ha llevado a la modernidad a poseer un concepto -y una imagen- muy distinta del saber que la poseída por edades anteriores. Cabe reflexionar sobre el contraste que media entre la simbolización plástica del sabio -o del pensar humano- en el hoy y en el ayer.
Podríamos tomar como representación típica de la actividad intelectual en la modernidad a la conocida estatua de Rodin “El Pensador”. Un hombre desnudo-desnudo de todo símbolo y pre-concepto- “problematiza” con gesto concentrado, mirando hacia la tierra, torturándose y aun retorciéndose sobre sí mismo como si su eterno análisis multiplicara sin límite la profundidad y extensión de los problemas. La civilización cristiana nos legó en cambio, la imagen típica del “santo doctor”, a cuyo esquema se han ajustado tanto cuadros e imágenes de San Agustín, de San Isidoro, de Santo Tomás, etc. El sabio aparece en ellos rodeado de libros o manuscritos, tal vez con la pluma en la mano pero su mirada se dirige a lo alto y, como coronación de su esfuerzo, un rayo de luz desciende sobre su mente, o las tinieblas se descorren ante una visión celestial, o su rostro aparece iluminado con la fruición serena y bienaventurada de quien ha alcanzado un atisbo de la verdad suprema.
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La contemplación no se encamina por sí misma a la acción ni es función de ésta, sino que, por el contrario, es la acción-la vida activa-la que sirve y se encamina (objetivamente) a la contemplación.
El racionalismo moderno-y la civilización que ha inspirado- ha transformado esencialmente esa jerarquía natural que lleva de la acción a la contemplación, de lo temporal a lo intemporal, de la contemplación natural a la disponibilidad de la sobrenatural. La ruptura se inició en el ya lejano nominalismo pre- renacentista que declaró inasequible para la razón el orden metafísico y el religioso, reservando éste exclusivamente a la fe. El saber tendrá así como único objeto, en boca de Francisco Bacon, la previsión de fenómenos y el dominio de la naturaleza. El protestantismo relegará la religión a la intimidad de la conciencia en una libre vivencia de la fe, y, más tarde, el modernismo hará de la fe un mero un sentimiento matizado por las cambiantes necesidades espirituales y materiales del hombre. Hegel y Marx, en fin, proclamarán el primado de la acción y la evolución intrínseca del pensamiento y de la verdad.
Pero esta gran subversión espiritual que sitúa al saber al servicio de la acción y niega el sentido de la contemplación no hubiera sido posible sin una paralela subversión del ámbito humano en que el espíritu fructifica y del templo que acoge e inspira la contemplación de las cosas sagradas. Ese ámbito, que era la Cristiandad o sociedad cristiana, ha sido minuciosamente desmontado por la Revolución que triunfó en Europa entre 1789 y 1833. Su esquema ideal era el de una sociedad exenta de inspiración religiosa-laica- y libre de cuerpos o instituciones vinculadores- individualista-. Las creencias, los imperativos morales, las costumbres, fueron combatidos como “prejuicios” (hoy, “alienaciones”), al paso que una sociedad extrínseca, funcionalizada hacia el bienestar terreno y la democracia, era glorificada como la meta del progreso humano.
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A nuestra época estaba reservada, sin embargo, la consumación de este proceso al llegar en ella la subversión hasta la cumbre del Templo que aún coronaba incólume la Ciudad resquebrajada y estéril. En este tiempo nuestro hemos visto a los sacerdotes y guardianes del Templo santo incorporarse a la turba de los incendiarios de la ciudad y emplearse sin freno en la demolición del patrimonio sagrado que ellos recibieron como depósito y como función. Y así los vemos hoy afanarse en la “desmitificación” de la fe, en la “desacralización” del culto y otras empresas contradictorias, como al mismo tiempo que definen la religión y la Iglesia como “un servicio a la Humanidad”.
(“Sentido cristiano de la acción”, Verbo, año 1973, Serie XII, Núm.119-120)

Cómo no acabar en la ley de la selva

Voltaire se plantea en un determinado momento una pregunta crucial: ¿por qué no he de hacer a otros lo que no querría que me hicieran a mí, si yo, haciendo eso, salgo ganando?
    Para resolverlo, no duda en acudir a la idea de un Dios remunerador que castigará después de la muerte todos los delitos, también los ocultos. Voltaire pensaba que es tal la debilidad y perversidad del género humano, que necesita de la religión como freno en su maldad: “en todas partes donde exista una sociedad establecida –decía–, es necesaria una religión, pues las leyes vigilan sobre los crímenes conocidos, pero la religión lo hace también sobre los crímenes ocultos”.
    Pensaba Voltaire que si no se cuenta con Dios, no hay forma de evitar que la ley del mundo de los hombres acabe por ser la ley de la selva, la ley del más fuerte: “No querría vérmelas con un monarca ateo –explicaba– porque, en caso de que se le metiese en la cabeza el interés en hacerme machacar en un mortero, estoy bien cierto de que lo haría sin dudarlo. Tampoco querría, si fuese yo soberano, vérmelas con cortesanos ateos, que podrían tener interés en envenenarme; necesitaría tomar cada día antídotos de todo tipo. Es, pues, absolutamente necesario para todos que la idea de un Ser Supremo, creador, gobernador, remunerador, esté profundamente grabada en los espíritus”.
    Voltaire se separó así completamente de Bayle –considerado como el iniciador del iluminismo francés–, que había defendido la tesis de que una sociedad de ateos puede perfectamente subsistir en paz y concordia. Voltaire consideraba imprescindible el freno moral de la religión, y para reforzar la tolerancia acepta –por su simple utilidad práctica– un concepto de Dios impersonal y genérico.
    Como ha señalado Fernando Ocáriz –cuyo estudio sobre el Tratado seguimos en estas páginas–, esa instrumentalización de Dios va llevando a Voltaire, poco a poco, a un gran escepticismo. Voltaire no postula propiamente la tolerancia del error (tolerancia que, ciertamente, puede y debe existir con frecuencia), sino la tolerancia como actitud exigida por la imposibilidad de llegar a la verdad: una tolerancia universal entendida como indiferencia, y fundamentada en el supuesto de que no existe la verdad ni el error, sino solo opiniones.
    ¿Intolerantes con el intolerante?
    El problema de los límites de la tolerancia ha sido siempre el gran problema de fondo de la tolerancia, en el que han ido embarrancando pensadores del más diverso estilo.
    Locke, por ejemplo, había formulado sus límites diciendo que “el magistrado no debe tolerar ningún dogma contrario a la sociedad humana o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad civil”. La idea parece acertada, pero para quienes niegan que haya una verdad universal sobre el hombre, el problema está, como siempre, en qué criterio tomar para determinar lo que son buenas costumbres, o qué se entiende por dogma contrario a la sociedad humana.
    Voltaire también señaló unos límites bien precisos a la tolerancia: “lo que no es tolerable –decía– es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello”.
    Este postulado volteriano –”lo único que no se puede tolerar es la intolerancia”– resultó una expresión bastante feliz, puesto que, desde que fue lanzada en el siglo XVIII, ha sido repetida de forma lamentablemente frecuente hasta nuestros días.
    Sin embargo, si lo analizamos un poco, podemos observar que no es serio decir que no puede tolerarse la intolerancia, pues esa idea tiene el inconveniente de que fundamenta los límites de la tolerancia en la tolerancia misma, e incurre con ello en una sutil contradicción.
    —¿Por qué? Parece razonable decir que no puede tolerarse que haya gente intolerante.
    Hay que precisar bien el sentido de las palabras. Hemos quedado en que hay cosas que no se pueden tolerar, y con ellas –por decirlo así– es preciso ser intolerante. Podrían ponerse muchos ejemplos.
    La policía y los jueces son intolerantes con los asesinos y violadores, pues los persiguen y condenan. ¿Eso supone que se debe a su vez ser intolerante con la policía y los jueces por haber sido ellos intolerantes?
    Los agentes de tráfico o de aduanas son también intolerantes con quienes no cumplen las normas de circulación o de aduanas. ¿Se debe ser intolerante con esos agentes por su intolerancia de impedir con sus multas esas infracciones?
    Puede ser lícito –y a veces una obligación imperiosa– no tolerar algunas acciones que son dignas de castigo. Eso es ser intolerante con esos errores. Según el enunciado de Voltaire, habría que ser a su vez intolerante con esa intolerancia.
El gran postulado volteriano de que

“no se puede tolerar la intolerancia”
descansa sobre un círculo vicioso
de bases inconsistentes.


    La tolerancia volteriana se reduce a una curiosa forma de indiferencia –escondida tras una loable búsqueda de la paz y la concordia–, que parece querer tolerarlo todo. Y esto, como hemos visto, es bastante ingenuo, a no ser que con ello se busque ganarse demagógicamente el falso derecho a no ser importunado con exigencias que no encajen con las propias pretensiones.
    Alfonso Aguiló.

Vacío existencial.



¿Habrá algo más típico de un domingo que el VACÍO EXISTENCIAL? 

La noción de “vacío existencial” denota cierta idea de lo que es la condición humana, sobre todo, del hombre contemporáneo. Y más modestamente, un estado anímico y moral que se deriva de lo anterior.

El vacío existencial es lo que puede experimentar uno cuando es consciente de que su existencia está carente de objetivos, de ideales, de valores objetivos. Cuando no sabe por qué y para qué vive. Cuando experimenta su vida como algo absurdo y carente de sentido. 

Esto es fruto del materialismo y el nihilismo contemporáneos. La tesis materialista es que la realidad es la materia, el universo físico que habitamos. Un universo que no tiene causa ni finalidad ninguna. Existe por que sí, y para nada. De hecho, el universo parece abocado a la destrucción. Y nosotros con él. La realidad es así: parece ser algo que aparece y desaparece sin más, sin ningún motivo ni fin aparente. 

La vida, igual. Los seres vivos son producidos por ese proceso azaroso que es la evolución, y de la misma manera que aparecen se acaban extinguiendo. Todo está sujeto al tiempo, incluso el propio tiempo. Nada es necesario ni imprescindible. Todo podría ser o no ser. Todo esto nos presenta la realidad entera como algo absurdo. Lo absurdo es lo que ocurre sin por qué ni para qué. Como se supone que somos parte de ese mundo, también nuestra propia vida parece absurda, gratuita. ¿Por qué estamos aquí? Por nada en especial, por un azar evolutivo. ¿Para qué? Para la nada, para la muerte. Todo se lo lleva el tiempo. Nada es relevante. Todo es pasajero. Esto incluye a los valores, los ideales, los propósitos. ¿Para qué empeñarse entonces en algo? ¿Para qué hacer proyectos a gran escala? ¿Para qué luchar por algún ideal? Todo lo que hagamos está condenado al olvido. Todo vuelve a la nada de la que partió. No hay nada por lo que merezca dar la vida. Solo hay eso, vida, pero vida insignificante, vacía. La frase de Nietzsche “Dios ha muerto” significa eso: ya no creemos en valores absolutos, en nada trascendente o eterno. Ninguna verdad es absoluta, ningún valor es absoluto u objetivo, no hay nada objetivamente mejor o peor. Da igual lo que hagas, te vas a morir igual, la muerte iguala todo, lo indiferencia y deforma todo. Así que, ¿para qué actuar? Sin Dios, el hombre se ha quedado solo frente a si, solo e insignificante, tiempo en el tiempo, como una estela en la mar, decía el poeta. Vacío. No hay nada que lo trascienda, que tire de él hacia arriba (no hay arriba ni abajo), que lo haga crecer y desarrollarse. ¿Hacia donde habría de crecer? No hay fin, meta, misión alguna para la vida.

Esta falta de sentido genera apatía, indiferencia moral. También bloqueo y angustia. Y, a veces, una especie de búsqueda desesperada de evasión, de inconsciencia, con objeto de no pensar (sentir, drogarse, entretenerse continuamente, ver la tele, irse de compras, estar siempre fuera de sí)... 

De otro lado, hay gente que se entrega a las creencias mágicas, a las sectas, a la religiosidad new age (el ocultismo, las creencias esotéricas, las sabidurías orientales, las terapias psicológicas, la adoración de la naturaleza, etc.), en un intento de llenar su vida. 

Para algunos filósofos existencialistas, el hombre debe asumir esta condición finita, trágica, absurda, con valor y consciencia, y eso es lo grandioso, lo heroico en el. Luchar como si la lucha tuviera sentido, sabiendo que no lo tiene. Apasionarse, aún sabiendo que esa pasión es inútil. Volver a cargar una y otra vez, heroicamente, la piedra de Sísifo. Tomarse la vida en serio, aun sabiendo que no es más que un juego que, visto desde fuera, no tiene ningún sentido...

Según Nietzsche, hay que asumir el absurdo, entregarse a él. La vida es un cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota, decía Shakespeare. Y eso es lo que hay que valorar. No vivir en ilusiones ni mentiras. Si la vida es una locura, vivir locamente. Aprovechar que nada tiene sentido para inventarlo tu, para crear cada mañana tus propios valores, como un pequeño dios, afirmándote en tu poder creador, disfrutando de la vida irreflexivamente, como un niño. 


Desde otra perspectiva, también muy filosófica (aunque empapada de sociología y psicología), el vacío existencial es producto no solo de la falta de Dios (valores, verdades, ideales trascendentes al tiempo), sino del triunfo de una cultura alienante y deshumanizadora, que nos vacía por dentro. La sociedad industrial, decía Marx, convierte al hombre en un mecano, un mero productor de mercancias que ni le van ni le vienen, que no expresan sus intereses, deseos ni necesidades. El hombre, dice Marx, es lo que hace, se realiza con el trabajo. Pero solo si el trabajo es expresión de si mismo. ¿Pero como va una cajera, el obrero de una cadena de montaje, etc., a expresarse a si mismo así? ¿Qué le puede importar a un ser humano hacer un tornillo detrás de otro? Como resultado no estás en lo que estás en tu trabajo, estas fuera de ti, en lo otro que tu, alienado, eres un alienígena, un extraño para ti mismo. Y en tu tiempo de ocio haces lo mismo: te enajenas, te sigues embruteciendo, buscas la inconsciencia, el entretenimiento, el consumo, que es también mecánico, rutinario, embrutecedor. Tanto el trabajo como el ocio te convierten en un ser pasivo, dirigido, incapaz de dirigir tu vida, de crear, de desarrollar y expresar tu individualidad. Te conviertes en un individuo homogéneo y, además, aislado. También las relaciones sociales son deshumanizantes, alienantes, sujetas al mercado, competitivas, mercantilizadas. Tanto tienes tanto vales. No importa lo que eres. Da igual que estés vacío por dentro. O mejor, no da igual. Es mejor, porque así resulta rentable la industria que se ocupa de llenar continuamente tu tiempo con entretenimiento...

Filosofia para cavernícolas. 

La Apuesta de Pascal: Es mas rentable creer en Dios


Blaise Pascal, filósofo y matemático francés, desarrolló la primera máquina calculadora. Pocos años antes de morir, en 1662, se hizo cristiano y asceta y publicó su menos conocida "apuesta de Pascal", en la que “demuestra” como es más rentable creer en Dios que no creer.

La apuesta de Pascal es un argumento utilizado en la discusión sobre la creencia  en la existencia de Dios, basado en el supuesto de que la existencia de Dios es una cuestión de azar. El argumento plantea que, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe, lo racional es apostar que sí existe. 

"La razón es que, aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría (ir al cielo)." Básicamente, el argumento plantea cuatro escenarios:

  • Puedes creer en Dios; si existe, entonces irás al cielo.
  • Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada.
  • Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada.
  • Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no irás al cielo.

La apuesta de Pascal fue expresada por el propio filósofo de la siguiente manera:
Si no creemos en Dios y existieses estaríamos condenados, si no existiese no ganaríamos ni perderíamos nada.

Si creemos en Dios y existiese ganaríamos el paraíso, si no existiese no ganaríamos ni perderíamos nada.

Con lo cual queda demostrado que es más rentable creer (ganamos o no) que no creer (perdemos o no).

Los Alquimistas Medievales


Las creencias sobre los alquimistas medievales cabalgan entre la Leyenda y la Historia, y lo mismo puede decirse de algunos de los descabellados propósitos que perseguían. Como la piedra filosofal, por ejemplo, que convertiría en oro todo lo que tocara, o el elixir de la larga vida, del que se decía que era capaz de otorgar la eternidad (o al menos una abundante longevidad) a quien lo bebiera. 
Cualquiera entre la infinidad de entendidos que pueblan el civilizado mundo en el que vivimos, mejor que clasificar tales creencias como productos de la Leyenda, las catalogará más bien como un producto propio de la Edad Oscura, que fue la más lóbrega, a su entender, de las que ha conocido la Historia del Mundo. Es la Edad en la que, según se nos asegura, la gente creía en brujas, en duendes, en fantasmas, en encantamientos..., además de someterse ciegamente a una Iglesia Institución opresora de las conciencias y que imponía la creencia supersticiosa en un mundo sobrenatural, por otra parte ajeno a toda crítica analítica y a cualquier especulación racional. 

Así que, según los sabios de este mundo, transcurrido tan malhadado Período de Tinieblas, llegó por fin, al cabo de los tiempos, la actual Edad de la Ciencia y la Razón (inaugurada seguramente por El Siglo de las Luces). Y aquí sí que resulta difícil dejar de recordar, a modo de paréntesis, lo que dice la Biblia acerca de que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (1 Cor 3:19). 

Pero la Historia humana está repleta de paradojas, de contradicciones y de sinsentidos. Pues es el caso de que, puestos a hablar de mentiras, de coacción y manipulación de las conciencias, de supersticiones y creencias tan ridículas como absurdas, de utopías irracionales aceptadas como dogmas, de corrupción a gran escala (individual, social, nacional e internacional), de atentados aberrantes contra la Ley que rige la naturaleza humana, de fórmulas o de recetas mágicas todavía más desatinadas que la de la piedra filosofal, etc., nuestro mundo moderno está saturado de todo eso... y de mucho más. 

Los medievales creían en niñerías que hoy nos hacen reír. Si bien es de notar ---dicho sea de paso--- lo poco que significa la futilidad de tales creencias, en medio de una Edad y de un mundo repletos de sabiduría filosófica y teológica, de florecimiento de todas las artes, de inmortales monumentos literarios, de fe profunda de un pueblo cristiano que, al fin y al cabo, fue el que puso los cimientos de la moderna ciencia. 

Pero nuestro mundo, en cambio, acepta firmemente utopías que han esclavizado y asesinado a millones de seres humanos. Como el marxismo, por ejemplo, que pese a todo sigue teniendo plena actualidad. Como lo prueba el hecho del último atentado terrorista en Madrid, que costó la vida a doscientas personas e hirió o mutiló a cerca de dos mil; cuando todo el mundo sabe que fue obra de bandas armadas amparadas a su vez por partidos políticos, unos y otros de ideología marxista. 
Si los medievales eran tan ingenuos como para creer en una alquimia milagrosa de fórmulas mágicas, por ejemplo, que al fin y al cabo no hacían mal a nadie, tampoco hay que olvidar que nuestra moderna sociedad también cree y practica cosas quizá más ridículas todavía... pero, desde luego, mucho más peligrosas. 

¿Qué decir también acerca de la utopía de la Paz Universal o pacifismo? Algo que, como aspiración y consigna, está en la boca de todo el mundo, por más que los hechos están demostrando constantemente que la cruda realidad camina en sentido contrario. ¿Que la Paz Universal es cosa que puede lograrse...? Tal vez alguien pueda creerlo. Yo, por mi parte, estoy convencido de que el pacifismo no es otra cosa que un instrumento de dominación por parte de ciertos Poderes y una manera, en todo caso, de manipulación política para lograr determinados intereses. Acerca de lo cual cada uno podrá pensar lo que quiera, aunque, por lo que a mí respecta, me quedo con la Biblia, que afirma que las disensiones entre las naciones irán en aumento hacia los últimos tiempos: San Pablo incluso utilizaba la ironía cuando decía que cuando estén clamando ``Paz y Seguridad'', entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina ---como los dolores de parto de la que está en cinta--- sin que puedan escapar (1 Te 5:3). Y en cuanto a quienes no creen en la Biblia, me limitaría a recomendarles que se informaran acerca de los arsenales nucleares que está acumulando el mundo musulmán. 

Y siguiendo con la lista de fórmulas o soluciones mágicas, que no pasan de ser ensoñaciones pero que mantienen idiotizado a nuestro mundo, podríamos aludir también a la idea del Gobierno Universal, tan preconizada por la Masonería y que incluso ha tenido acogida en ciertos Estamentos Ecesiásticos. 

O a la de la Primavera Eclesial, con el anuncio del Nuevo Pentecostés y de la Nueva Iglesia anunciados que fueron con solemnidad para el comienzo del actual milenio. Donde una vez más, la realidad se impuso a los deseos, puesto que es ahora, en la actualidad, cuando la Iglesia se ha tenido que enfrentar a la mayor catástrofe y más grave crisis jamás antes conocidas en su Historia. 

Si aceptamos que los medievales creyeron en niñerías y que la suya fue una Edad Oscura, confesemos también honradamente que ahora vivimos en otra Edad ciertamente diferente, aunque gobernada esta vez por la Mentira y la Iniquidad. Jamás nadie hubiera pensado en que la Humanidad legalizaría el asesinato de miles de niños diariamente mediante el espantoso crimen del aborto. O que admitiría como una forma de progreso cosas como el matrimonio entre homosexuales, en el que no se sabe que admirar más: si el espantoso nivel de degradación al que ha llegado la naturaleza humana, o el inmenso abismo de ridículo que supone para la Humanidad el hecho de haber aceptado tan estrambótica y estrafalaria patochada.

ESCRITO POR P. ALFONSO GÁLVEZ

Peregrinación a la verdad del hombre según Pascal. Fr.Marco Antonio Foschiatti O.P.


INTRODUCCIÓN

Nos proponemos en compañía de Blaise Pascal (1) -un gran pensador y filósofo del siglo XVIII- recorrer un itinerario, una peregrinación hacia la verdad del hombre. El término peregrinación nos sugiere un camino religioso. Queremos acercarnos desde la mirada religiosa de Pascal al misterio de todo hombre y mujer.

Al decir peregrinación religiosa no decimos “peregrinación teológica”, aunque tendremos que connotar los elementos teológicos que entran en la visión pascalina. Tampoco se contrapone lo religioso con la filosofía. Podemos decir, que la capacidad de maravillarnos ante la realidad, la sed de trascendernos, de buscar la verdad, es algo religioso en el hombre. Nos hablan de la necesidad de trascendencia que marca lo íntimo del corazón humano.

Queremos partir, en nuestro filosofar -en la búsqueda de la sabiduría integral del hombre- desde la experiencia religiosa del hombre. Desde su padecer una ausencia y un vacío misterioso, y desde su ímpetu, sed y nostalgia que experimenta. Ímpetu y sed que lo empujan a buscar la verdad, el bien y la belleza. Impetu y sed que pueden detenerse y aquietarse, pero sólo por un momento, sólo en pequeños destellos de ese Bien luminoso e iluminante que tanto ansía. Desde estas experiencias queremos caminar y desear encontrar el “humus vital” que anima y fundamenta esta necesidad religiosa y peregrinante del hombre. Itinerario filosófico en busca de la verdad que mora en nuestro interior ... Camino para hacernos mejores, “meditatio mortis”.

Este trabajo pretende ser una humilde búsqueda de esta sabiduría integral del hombre, una sabiduría existencial, de la verdad vivida y sufrida por el hombre concreto; una sabiduría religiosa, en donde la luz y el don de Dios esclarece nuestro misterio; y una sabiduría mística que es la aprehensión con el corazón, de la verdad, y es la transformación del corazón en la Verdad, mediante el fuego y la serena certeza. La sabiduría mística será la unión de la verdad, padecida y vivida, y la luz de la verdad regalada. Encontraremos estos tres ámbitos de la sabiduría a lo largo de este trabajo, no tuve la pretensión de diferenciarlos y esquematizarlos, sino de tratar de integrarlos en la única verdad del hombre.

Blaise Pascal nos iluminará en esta peregrinación con sus Pensamientos que he tomado y expuesto -sin orden cronológico alguno- buscando que nos aclaren y nos hagan de guía. Pascal nos da de sus intuiciones fabulosas para poder esclarecer nuestro camino personal hacia la Verdad.

EL HOMBRE EXILIADO

 “¡Qué quimera es, por tanto, el hombre! ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desecho del mundo.” (2)

¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? ... Pascal hace suya y encarna la gran incertidumbre de su siglo, de la Edad Moderna; en donde tenemos la exaltación del hombre, de su razón omnipotente, de su capacidad de dominar a la naturaleza, de dominar a sus semejantes mediante el arte y la habilidad política. Supremacía del hombre. Es necesario dejar atrás los obscuros “mitos” medievales. Alejar el temor y la frustración del ser humano “recortado”, atemorizado por el Juicio, el pecado o un Dios que era centro de todo.
En la Edad Moderna vemos un giro de esta visión teocéntrica -propia de la filosofía y teología medieval y cristiana-. En esta visión teocéntrica contemplamos un orden en el universo, una finalidad en el Bien verdadero y causa de todo -el Amor increado-.

Ahora el hombre quiere ser el centro, el origen y el fin de todo el universo; tal vez, no prescindiendo de Dios -no nos apresuremos a afirmar, de modo simplista, que el hombre moderno es ateo-; pero quiere intensificar su concentración en sí mismo, en su humanidad, en su capacidad creadora y en su razón dominadora.

Por un lado, está la aparente elevación del hombre, de buscar en sí mismo el centro. Pero, por otro lado, se descubre perdido, exiliado de sí mismo y de su hogar, errante, sin saber de dónde viene. No comprende el sentido de su pasión inútil.

El desenvolvimiento de la imagen del mundo -la revolución copernicana- le afecta, le destierra, lo vuelve incomprensible a sí mismo y a los “espacios infinitos que ignoro y me ignoran”. Ya no es epicentro de un mundo ordenado, claro, jerarquizado, en el que todo concurre para su bien y plenitud -no obstante el misterio del mal-.

Ahora es un átomo más, arrojado al abismo. Ya no gira el universo alrededor de él, sino que es arrojado al vacío, a una aparente noche sin fin, ni sentido. Pierde su orientación y seguridad; ya no tiene su puesto en el cosmos.

“He aquí un extraño monstruo y un extravío muy evidente. Helo ahí, caído de su puesto, que busca con inquietud. Es lo que hacen todos los hombres. Veamos quién lo ha encontrado” (Pensées, 477).

En el Medioevo cristiano se concebía al hombre -siguiendo una afirmación acuñada por el cardenal Nicolás de Cusa- como un “Micro - Kosmos” y un “Micro - theos”. Un universo en pequeño, en perfecto equilibrio y orden. Podía contemplar la verdad y la armonía en el mundo, en la naturaleza y en sí mismo. Podía sentirse como un micro-theos en cuanto podía conocer esta verdad objetiva, en cuanto podía nombrar a los diferentes seres. Y así, ser también co-creador, llamando a la luz, a la vida, a la hermosura: con su palabra, pensamiento, su trabajo, el arte y el canto.

Por el hombre el mundo era como una ofrenda, una eucaristía, un canto que se elevaba. Volviéndose a sí, en su inmanencia encontraba “latiendo” la trascendencia. Contemplaba en su más íntimo centro a Alguien que lo quería, que le daba y conservaba la riqueza del ser. De ese modo en su propio seno vive en relación, no hay soledad aterradora, sino que hay soledad cargada de Presencia, hay silencio grávido de Palabra, de Verdad... Pensemos solamente en los grandes representantes de la espiritualidad monástica, en la filosofía de un Tomás de Aquino, en el gran iluminador del Medioevo: San Agustín de Hipona. La vida de estos grandes maestros de la Sabiduría fue esta búsqueda humilde y ardiente de la verdad del hombre que se ilumina en la Verdad en Persona. Su vida fue irradiación de esta verdad, aunque la hayan aprehendido y “gustado” con “esprits” -usando una expresión pascaliana- diferentes y personales.

En cambio, el hombre moderno, a pesar de la afirmación del humanismo, de la vuelta de lo sobrenatural a la naturaleza, experimenta no una soledad cargada de Presencia, no el “placer de la soledad”, sino el “horror vacui”. Tiembla ante el terror del vacío, su nada, su exilio de sí y del mundo; tiembla ante su dolorosa y misteriosa incertidumbre.

El giro cosmológico, la pérdida de la unidad de la fe, la aparente autoafirmación, cortando todo vínculo con su hilo primordial, lo arrojan de la verdad de un universo ordenado y de la verdad de la que era depositario en sí mismo. El mundo y su propia posición le resultaron problemáticos.

“Que el hombre, después de haber vuelto a sí mismo, considere lo que es, en comparación con lo que existe y que se mire como perdido, y que desde esa pequeña mazmorra en que se encuentra alojado, me refiero al universo, aprenda a estimar los reinos, las ciudades, las casas y a él mismo en su justo valor.

¿Qué es el hombre en el infinito?...”

¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada, respecto al infinito; un todo respecto a la nada; un punto medio entre la nada y el todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de las cosas y sus principios están para él irrevocablemente ocultos en un secreto impenetrable igualmente incapaz de ver la nada de que ha salido y el infinito en el que está inmerso.” (Pensées, 199).

Vemos aquí, muy brevemente, las condiciones y el contexto en donde se da la pregunta por el hombre en Pascal. Su camino de búsqueda es, ante todo, personal. Padece la verdad conocida y amada. No vive de abstracciones (a pesar de su genio matemático y su temperamento nada soñador). Desea captar con esprit de finesse -en claridad y sentimiento inteligente y delicado- la verdad íntegra del hombre; sufriendo la incertidumbre. La búsqueda ardiente de Pascal es volver a encontrarse con el punto, el centro, la unidad de este caos que se agita en él, en mí, en todos. Es ése el centro a dónde queremos peregrinar, retornar de nuestro exilio; allí donde el hombre es depositario de la Verdad. 

NUESTRAS NATURALEZAS CONTRADICTORIAS 

Esta cloaca de incertidumbre y de error, esta quimera y monstruo, este sujeto de contradicción quiere caminar y peregrinar. Peregrinar -en su padecer, en el saborear su propia muerte- hacia ese centro suyo. Allí se reconoce -a pesar de sus propias miserias- como “prodigio”, “novedad”, “juez de toda las cosas”, “gloria del mundo” y sobre todo, morada de la verdad. La búsqueda del centro tiene, en Pascal, un fuerte tono agustiniano.

Agustín, que con tanto dolor y riqueza vivió ese camino hacia la verdad del hombre, nos dice en su tan célebre afirmación: “No quieras ir afuera, entra en ti mismo, en el hombre interior mora la verdad; y cuando vieres que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo.”

Pascal sigue este itinerario agustiniano. Ante todo tenemos un reditus (el volverse a sí, la conversión), en oposición a la di-versión (que es ir afuera, salirse de sí), dispersarse, diversificarse, desparramarse. Luego viene el descubrir la verdad de mi condición humana, tener el coraje de sufrirla y de gozarla. Enfrentarme con las tinieblas de mi miseria para aprehender esta centella de luz, esa íntima riqueza que poseo.

Esa pequeña centella de luz es “ese instinto irreprimible que me permite elevarme” (Pensées, 633), trascenderme, salir de mí y donarme. Y así, por este exitus verdadero, encontrar mi verdad y mi centro en el Otro.

Comencemos este peregrinar a nuestro centro unificador. Pero antes contemplemos la incertidumbre y el ansia de encontrar ese centro que se nos escapa. Suframos nuestros pies sangrantes, los pies de este hombre peregrino, que busca su hogar.

 “He aquí nuestro estado verdadero: que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Bogamos en un medio amplio, siempre inseguros y flotantes, llevados de un lado a otro.

Tan pronto como pensamos mantenernos en un lugar y consolidarnos en él, vemos cómo vacila y nos abandona, y si vamos en pos de él, escapa a nuestros intentos y huye, en una huída eterna” (Pensées, 199).

Este pensée revela el ansia de la búsqueda, el deseo del centro donde permanecer. El hombre es como un náufrago, llevado sin piedad hacia un lado y otro indistintamente. Percibimos la contingencia de las cosas, en cuanto el apetito de la verdad y del bien quiere descansar en algo; ese algo se nos vuelve insatisfactorio. Se nos escapa de las manos. Y así quedamos. Aún más vacíos, sin sentido e insatisfechos.

“Es el estado que nos es natural y, no obstante, el que más contraría nuestra inclinación; nos domina el deseo de hallar un lugar seguro y la última base duradera (...); pero todo nuestro fundamento cruje, y la tierra se abre hasta los abismos.” (Pensées, 198).

Este estado de vacilación, de abandono, de no encontrar su lugar en relación con el mundo, consigo mismo y sus semejantes, es un estado de hecho y no de derecho.

Contraria a nuestra inclinación más profunda que no ha podido ser silenciada y ahogada. Es el deseo del Bien Verdadero y de la Belleza inmarcesible.

Nuestro fundamento cruje, nuestra naturaleza está herida de muerte. Somos amenazados a caer en el abismo de la nada, al abismo del sin sentido de nuestra miseria.

El hombre pascaliano es esta miseria que sufre, porque se ve capaz del Bien, se siente impelido por este impulso irresistible, por su pondus vital -en el lenguaje agustiniano-. Pero está apresado en la esclavitud. Cuando quiere dar un salto no halla un apoyo, un lugar seguro. Sino, todo lo contrario, su pobre fundamento amenaza derrumbarse y caer. Es como si su deseo de ascender lo arrojara más adentro del infierno de su incomprensible caos.

Queremos elevarnos, el hombre desea superar... sobrepasar infinitamente al hombre (Pensées, 131). Nos falta un punto de apoyo, ese principio y centro en el cual hacer palanca para ascender; nos falta la base duradera.

“A pesar de la visión de todas nuestras miserias que nos hieren, que nos angustian, tenemos un instinto que no podemos reprimir, que nos exalta” (Pensées, 634).

Este instinto es la centella de la luz y amor, lo que queda de nuestra primigenia verdad, antes de esta triste caída.

“Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que la incertidumbre. Buscamos la felicidad y sólo encontramos miseria y muerte. Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha, y no somos capaces ni de certidumbre, ni de felicidad. Este deseo nos ha sido dejado, tanto para castigarnos como para hacer que nos demos cuenta desde qué altura hemos caído” (Pensées, 401).

¿A qué se refiere cuando dice que el hombre es un ser caído? ¿tiene una doble naturaleza? ¿este instinto que eleva es lo que queda de la primitiva naturaleza?

“¿Qué es pues lo que nos dicen esta aridez y esta impotencia, sino que hubo antaño en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora mas que la señal y la impronta vacía y que trata inútilmente de llenar con todo lo que le rodea, buscando cosas ausentes y las ayudas que no obtiene de las presentes, pero de lo que son todas incapaces, porque ese abismo infinito sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios?” (Pensées, 148).

“He aquí el estado en que se encuentran hoy los hombres. Les queda algún instinto impotente de felicidad de su primera naturaleza y están sumidos en las miserias de su ceguera y de su concupiscencia, que se ha convertido en su segunda naturaleza” (Pensées, 149).

“Estos dos estados, como están descubiertos, es imposible que no los reconozcáis. Seguid vuestros impulsos. Observaos a vosotros mismos y ved si no encontráis en vosotros los caracteres vivos de esas dos naturalezas.

¿Se encontrarían tantas contradicciones en un individuo simple?

Incomprensible” (Pensées, 149).

Pascal, como filósofo cristiano, ve esta caída desde una mirada religiosa.

La caída del hombre es su cerrazón al Otro, al Tú divino; a Dios que lo llamó a la vida, lo hizo capaz de EL. Sólo EL es ese Bien verdadero que el hombre, a pesar de sus obscuras cadenas, tanto desea.
La caída fue no querer ser relacional a Dios; no depender de su acto creador, sino encerrarse egoístamente. Ese encierro en sí, prescindiendo de Dios, causa ese triste desconcierto frente a lo inexplicable. Lleva también al frustrado e hiriente caminar hacia una felicidad que con cuanto más ardor se desea, tanto más se aleja...

Es por eso que el hombre peregrino tiene los pies sangrantes... busca su plenitud y sólo encuentra espinas y nada más que espinas.

“Nuestra naturaleza está en el movimiento, el reposo total es la muerte” (Pensées, 641).

En este estado de miseria y en esta naturaleza caída somos esencialmente peregrinos. Lo que nos moviliza es el instinto hacia el Bien, la búsqueda de nuestro centro. El descansar en nuestra miseria sería la muerte. La búsqueda, aunque los pies sangren, siempre continúa ante la esperanza de hallar nuestro descanso (el centro).

Porque siguiendo la conocida expresión de San Agustín: “Nos has creado para Ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que no descanse en Ti” (3).

“El hombre no sabe en qué lugar colocarse. Está visiblemente perdido y caído de su verdadero lugar, sin ser capaz de encontrarlo. Lo busca por todas partes con inquietud y sin éxito en unas tinieblas impenetrables” (Pensées, 400).

“El Dios de los cristianos es un Dios que hace sentir al alma que EL es su único Bien; que todo su descanso está en EL, que sólo tendrá alegría amándole, y que le hace, al mismo tiempo aborrecer los obstáculos que la retienen y le impiden amar a Dios con todas sus fuerzas. El egoísmo y la concupiscencia, que la detienen, le son insoportables. Ese Dios le hace sentir que tiene ese fondo de egoísmo que la pierde y que sólo EL la puede curar” (Pensées, 460).

Pascal describe la caída y la cerrazón del hombre en el precioso y extenso Pensamiento 149, poniendo en la boca de Dios las palabras que ahora transcribimos:

“Ahora ya no estáis en el estado en que os he creado.

He hecho al hombre santo, inocente, perfecto y le he llenado de luz e inteligencia, le he descubierto mi gloria y mis maravillas. El ojo del hombre veía entonces la majestad de Dios. No estaba entonces en las tinieblas que le ciegan, ni en la mortalidad y en las miserias que lo afligen.

Pero no ha podido sostener tanta gloria sin caer en la vanidad. Ha querido hacerse el centro de sí mismo e independiente de mi ayuda. Se ha sustraído a mi dominio y, al igualarse a mi por el deseo de encontrar su felicidad, le he abandonado a él mismo y, sublevando a las criaturas que le estaban sometidas, las he convertido en sus enemigas, de suerte que hoy el hombre se ha hecho igual a los animales y tan alejado de mí que apenas le queda una idea confusa de su autor, (...).

He aquí el estado en que se encuentran hoy los hombres. Les queda algún instinto impotente de felicidad de su primera naturaleza y están sumidos en las miserias de su ceguera y de su concupiscencia, que se ha convertido en su segunda naturaleza” (Pensées, 149).

 Nos vemos tironeados (seducidos) nada menos que por dos naturalezas completamente distintas. Pero no es una dualidad platónica o maniquea, dualidad entre el cuerpo y el alma. Sino que es dualidad entre el hombre capaz de Dios, el hombre querido y nombrado por Dios, y la naturaleza caída del hombre que lucha en su ceguera por hallar su quietud y felicidad.

Del hombre querido por Dios sólo queda ese deseo de felicidad, plenitud, que ciertamente no encuentra en sí mismo:

 “Todas vuestras luces sólo pueden llegar a conocer que no es en vosotros mismos en dónde encontraréis la verdad y el bien” (Pensées, 149).


LA DIVERSIÓN COMO OPUESTA AL “REDDIRE AD COR”

El hombre experimentando el dolor de sus pies sangrantes y cansados de buscar, en vez de volverse (con-vertirse) al Bien verdadero y tener el coraje para enfrentarse con su miseria, prefiere evadirse. No quiere volverse a lo profundo de sí mismo para conocerse.

Le teme terriblemente, más que a cualquier dolor de tipo físico, al enfrentamiento con su dolorosa verdad. Lástima que ignore que el sufrir la propia miseria, el padecerla y saborearla, lleva tarde o temprano, al consuelo de este Bien verdadero que tanto desea. Este Dios que quiere llorar nuestras lágrimas, sufrir nuestro dolor, para darnos la tan ansiada dicha, en EL.

Para llegar nuevamente al perdido Huerto del Paraíso, a la primigenia condición del hombre, hay que pasar por el Huerto de las Lágrimas, el huerto del temor y del estremecimiento ante mi muerte y todas las muertes de los hombres (Pensées, 919).

“La muerte es más fácil de soportar sin pensar en ella, que la idea de la muerte sin peligro” (Pensées, 138).

Pero huimos de las lágrimas, del temor y del miedo que nos produce la incertidumbre de nuestras muertes, buscamos sedantes que nos hagan olvidar, salir de nuestro vacío. No comprendemos entonces, que nuestra destrucción es aún más grande y profunda:

“Corremos despreocupados hacia el precipicio después de haber puesto algo ante nosotros para que no nos deje verlo” (Pensées, 166).

No obstante, es “divertido” hacerlo, porque insensiblemente, sin darnos cuenta, caminamos hacia la muerte:

“La única cosa que nos consuela de nuestras miserias es la diversión, y sin embargo, es la mayor de nuestras miserias. Porque eso es lo que nos impide principalmente pensar en nosotros y lo que nos hace perdernos insensiblemente. Sin esto nos aburriríamos y ese aburrimiento nos empujaría a buscar un medio más efectivo de salir de él, pero la diversión nos distrae y nos hace llegar insensiblemente a la muerte” (Pensées, 414).

“[Los hombres] tienen un instinto secreto que los inclina hacia la diversión y la ocupación en el exterior, que procede de la percepción de sus miserias continuas. Y tienen otro instinto secreto, resto de la grandeza de nuestra primera naturaleza, que les hace saber que la felicidad sólo reside, en realidad, en el reposo y no en el tumulto” (Pensées, 136).

Buscamos adormecer ese instinto divino que nos lleva hacia el reposo, la quietud en nuestra felicidad en el Ser infinitamente bueno, verdadero y bello. Y nos “mareamos” para no pensar, para no querer asomar nuestros ojos hacia nuestra triste ruina y destrucción. ¡Cuántas “muertes” y ruinas hay detrás de la aparente alegría de las diversiones! ¡Cuánta frustración de un hombre desesperado, enceguecido, que prefiere no aprehenderse a sí mismo, sino desparramarse, perder su conciencia! Si perdemos la unidad, perdemos nuestro ser.

“De ahí, viene que a los hombres les gusten tanto el bullicio y el movimiento. De ahí viene que la (celda) sea un suplicio tan horrible; de ahí viene que el placer de la soledad sea una cosa tan incomprensible. Y es, en fin, gran causa de la felicidad en la condición de los reyes el que siempre se intente distraerles y procurarles toda clase de placeres. El rey está rodeado de gentes que sólo piensan en divertir al rey y en impedirle que piense en sí mismo. Porque, por rey que sea, será desgraciado si lo hace” (Pensées, 136).

La diversión, no entendida como un “hobby” o un pasatiempo reparador, sino como dispersión y diversificación, es un exitus falso, erróneo y destructor. Es un exitus evasor, adormecedor, que dispersa al hombre, para que no se enfrente con su “capacidad vacía de felicidad” (Pensées, 148).
Se opone al exitus clarificante, al que ya hemos hecho alusión, que es la donación y relación hacia Dios. El cual extrae, desde lo hondo de nuestra miseria, la luz y el conocimiento de nosotros mismos en Dios y de Dios en nosotros.

Por eso este exitus falso debe ser evitado; hay que volver a la simplicidad original. Ciertamente que sufriremos los golpes de las naturalezas dispares que están en nosotros.

“Y de esos dos instintos contrapuestos se forma en ellos un proyecto confuso que se oculta a su vista en el fondo de su alma y les induce a tender al reposo y a la agitación, y a figurarse siempre que la satisfacción que no tienen les llegará, si al vencer algunas dificultades que perciben, pueden abrir de ese modo las puertas al reposo. Así transcurre toda vida: buscamos el reposo atacando algunos obstáculos y cuando los hemos superados, el reposo se nos hace insoportable por el tedio que engendra. Hay que salir de él ... el tumulto” (Pensées, 136).

Lloraremos nuestra incomprensibilidad. Lloraremos el ser desecho del universo ... pero tan solo a un paso, muy cerca, en silenciosa aurora, nos esperan las lágrimas de alegría. Alegría, ¡lágrimas de alegría! (4), ante la certeza y el fuego, cuando se nos regale la visión de la grandeza del alma humana.
El secreto está en saber esperar esta aurora, saber esperar en medio de la soledad de la noche, en medio de la soledad de nuestra pena...

MI ABISMO INFINITO CLAMA POR EL ABISMO 

“Que el hombre ahora se estime en su valor. Que se ame, porque hay en él una naturaleza capaz de bien, pero que no ame por ello las bajezas que hay en ella. Que se desprecie porque esa capacidad está vacía, pero que no desprecie por eso esa capacidad natural. Que se odie, que se ame: hay en él la capacidad de conocer la verdad y de ser dichoso, pero no tiene verdad, o constante o satisfaciente.

Quisiera por lo tanto, inclinar al hombre a desear encontrarla, a estar dispuesto y libre de pasiones para seguirla allí donde la encuentre” (Pensées, 119).

Así, como veíamos en el hombre un doble movimiento de exitus: uno para diversificarse y el otro para plenificarse; diversión opuesta a donación; así, también descubrimos dos momentos de reditus.
Tenemos una vuelta sobre sí mismo egoísta, que desea cortar toda relación, la autosuficiencia. Esta vuelta orgullosa sobre sí mismo es la que nos ha hecho caer de nuestra grandeza. Es la que, para Pascal, ha creado nuestra segunda naturaleza, que nos ha herido profundamente y nos ha vaciado la capacidad infinita que teníamos de verdad y de dicha.

“... ese abismo infinito (el interior del hombre) sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable” (Pensées, 148).

Pero tenemos el verdadero reditus, cuyo precursor fue nada menos que Sócrates; es el volverme a mí mismo para aprehender la verdad, es el conocimiento para hacernos mejores.
El verdadero reditus al interior del hombre, donde mora la verdad, debería tener tres pasos:

·       “Nosce te ipsum” (5)
·       “Rege te ipsum”
·       “Dona te ipsum”
·      Conocerme a mí mismo (Nosce te ipsum): para descubrir mis luces y sombras, mis miserias y mi primitiva grandeza. Es poder reconocer esa naturaleza que clama por el Bien Eterno; y es padecer la verdad de la segunda naturaleza, de la miseria que nos desgarra, tironea y dispersa. Que nos lleva a la multiplicidad, al caos y a la nada.

·      Regirme a mí mismo (rege te ipsum) es saber amarme y odiarme (Pensées, 119). Combatir y cortar con el oscuro egoísmo y la sed de autosuficiencia: los cuales me impiden ver el bien y la hermosura del Otro y de los otros.

Odiar esta cerrazón de mi ser -cuando que esencialmente es relacional-; odiar este impulso misterioso de rechazar la luz, de no querer depender, de no desear dar.

Combatir esa segunda naturaleza, que a pesar de estar tan dolorosamente incrustada en nuestro interior, no nos pertenece. Fuimos queridos y nombrados no para esta naturaleza vacía de verdad y de dicha.

Humillar también la soberbia de la razón, que a pesar de su ceguera, pretende conocer y dominarlo todo. La humildad es la condición para hallar la verdad sobre el hombre.

“¡Reconoced pues, oh orgullosos, qué paradoja sois para vosotros mismos! ¡Humíllate razón impotente! ¡Cállate naturaleza débil, entérate que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre, y entérate por tu amo de tu condición verdadera que ignoras! Escuchad a Dios (...)” (Pensées, 131).

Debemos avivar el deseo y seguir ese instinto de nuestra primera naturaleza, hacer que éste prevalezca sobre el otro, oscuro y ciego. Avivar el deseo, aunque éste sea hiriente.

·      Dona te ipsum: abandonar y entregar nuestras contrariedades, nuestras luchas interiores, nuestra capacidad deseosa del Bien Verdadero; nuestra capacidad tan tristemente vacía.

Abandonarnos en manos de Alguien que pueda sanarnos e iluminarnos.

“Ese Dios le hace sentir que tiene ese fondo de egoísmo que lo pierde, que EL sólo lo puede curar” (Pensées, 460).

Pero no nos tomará en sus brazos si no hemos tenido el coraje de volver a nosotros mismos, de con-vertirnos, de sufrir nuestra pobreza. Sólo así, vendrá el Libertador:

“Es bueno estar cansado y fatigado por la inútil búsqueda del verdadero bien, a fin de tender los brazos al Libertador” (Pensées, 631).

Es necesario recalcar que en esta conversión, para conocerme y aprehenderme, voy a encontrar más tinieblas que luz. Más contrariedades que certezas. Más dolor que gozo. Sin embargo, encontraré esa capacidad de Dios vacía. Me encontraré con mi abismo infinito que clama ser repleto de Presencia.
“¿No está claro como la luz que la condición del hombre es doble? Porque, en fin, si el hombre no hubiese sido corrompido, jamás gozaría en su inocencia de la verdad y de la felicidad con confianza. Y si el hombre hubiese estado siempre corrompido, no hubiese tenido nunca ninguna idea de la verdad, ni de la felicidad. Pero, como somos desgraciados, y más que si no hubiese ninguna grandeza en nuestra condición, tenemos una idea de la felicidad y no podemos alcanzarla. Sentimos una imagen de la verdad y sólo poseemos la mentira. Incapaces de ignorar absolutamente y de saber completamente, a tal punto es evidente que hemos estado en un grado de perfección del que desgraciadamente hemos sido desposeídos” (Pensées, 131).

Sólo por la donación y la entrega de mi ser herido y obscuro podré encontrar la claridad tan ansiada.
“¿Qué es pues lo que nos dicen esta aridez y esta impotencia, sino que hubo antaño en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora más que la señal y la impronta vacía, y que trata inútilmente de llenar con todo lo que lo rodea, buscando cosas ausentes y las ayudas que no obtiene de las presentes, pero de lo que son todas incapaces, porque ese abismo infinito sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios? EL sólo es su verdadera felicidad. Y desde que lo ha abandonado no es extraño que no haya nada en la naturaleza que haya sido capaz de ocupar su puesto” (Pensées, 148).

Somos un abismo infinito, según Pascal. Estamos como suspendidos entre dos abismos: el del infinito y el de la nada. El hombre es una nada capaz de infinito. Una nada capaz de Dios (como aseguraba Berulle, contemporáneo de Pascal). Recordemos el ya citado “pensée” sobre la búsqueda del centro y del fundamento del hombre.
“Es el estado que nos es natural y, no obstante, el más contrario a nuestra inclinación; nos domina el deseo de hallar un lugar seguro y la última base duradera (para elevarnos al infinito); pero todo nuestro fundamento cruje, y la tierra se abre hasta los abismos”.

La nada amenaza tragarnos, nuestro pobre fundamento         -nuestro interior- parece resquebrajarse. No tenemos nada sólido que nos impulse al abismo del infinito, hacia el cual tendemos. El abismo del sin sentido y de la terrible incertidumbre se cierra bajo nuestros temerosos ojos. Alzamos el corazón hacia arriba. Pero si tratamos de saltar, dar caza al infinito, parece que irremediablemente nuestro pobre fundamento se viene abajo.

Nos hace falta una base duradera. Necesitamos que Dios no sea sólo un fin externo; sino que sea un principio. Un fundamento que nos empuje desde dentro. Que nos sostenga desde el interior. Que nos plenifique desde dentro.

Es impensable que Dios sea el fin si no es el principio. Dirigimos la vista hacia arriba pero nos apoyamos en la arena (en nuestra pobre naturaleza que amenaza desmoronarse) y la tierra se hundirá y caeremos mirando al cielo (nos hundimos deseando el infinito)” (Pensées, 988).

El silencio de los abismos siderales, me aterra, decía Pascal; tal vez, vivenciaba ese abismo sideral en su propio interior. Su propio abismo... amenazado entre la nada y la Plenitud. Era su abismo lo que le aterraba o le movía a rezar.

Un abismo llama a otro abismo (Salmo 41). Podemos desde nuestro abismo elevarnos al infinito. Nuestro sostén, punto de apoyo, para elevamos es no tener sostén ninguno en lo contingente, sino sólo reconocer el vacío que clama por la Plenitud.

Buscar algún sostén en lo contingente y finito, es abismarnos en esa nada que está bajo nuestros pies. Por el contrario, reconocer mi abismo incomprensible, mi finitud sedienta de Dios, es abrirme y clamar por el Abismo de la Luz.

Un abismo clama a otro abismo. Me abismo en mi miseria, mi nada. Y de allí resurgir, por el instinto de grandeza, en el abrazo de otro Abismo.

Por eso, la grandeza de nuestra primera condición humana puede resurgir, renacer de nuestra miseria
“La miseria deriva de la grandeza... la grandeza de la miseria” (Pensées, 416).

Este instinto más profundo y noble del ser humano, no puede elevarse de su miseria si no es gracias al Abismo que se inclina sobre nosotros. El Abismo del Bien eterno, la Verdad y Hermosura asume nuestras falsedades, egoísmos y crímenes.

El Abismo de Dios se confunde con el fango de nuestra miseria. El Abismo ilumina la oscuridad de nuestro abismo. La Luz misma ilumina nuestra primera belleza; entonces, descubrimos la belleza de nuestro rostro... recibimos un nuevo aliento de vida.

El Abismo de Dios, hecho nuestra miseria, hace resplandecer su claridad y su fuego sobre ella, desde ella y por ella. De allí que la miseria, como dice Pascal, nos revela la grandeza. ¡La miseria, nuestra dolorosa miseria, nuestra aterradora miseria!... resplandece y nos hace ver el Abismo del amor del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... Dios de Jesucristo (Memorial).

Este Dios de Jesucristo “nos hace contemplar en la hondura de su Misterio nuestro propio abismo de grandeza, florecido, renovado e iluminado”. “Grandeza del alma humana.” Hacía falta que el Abismo del Amor bebiera nuestras lágrimas para transfigurarlas en “lágrimas de alegría”. Y así, la Salud está en el fondo de nuestra miseria; la salud está brotando de nuestra herida.

El hombre nuevo se está iluminando en la aparente obscuridad de Dios anonadado en el abismo de nuestra miseria.

“Jesucristo... Jesucristo... ¡Qué jamás sea separado de él!” (Memorial).

EL MISTERIO DEL HOMBRE SÓLO SE ESCLARECE EN EL MISTERIO DE DIOS

La miseria del hombre, oscura y ciega, por este abrazo íntimo de Dios y por la epifanía de su belleza, da a luz la tan anhelada verdad. Pascal pondrá en boca de la Sabiduría de Dios las siguientes palabras: “No esperéis, dice, oh hombres, ni verdad, ni consuelo de los hombres. Yo soy la que os ha creado y la única que puede deciros quiénes sois” (Pensées, 149). Sólo mi misterio se puede esclarecer, se me puede revelar en epifánica belleza, por el Don de Otro y mi don al Otro y a los otros. Por eso también nos dirá Romano Guardini: “El hombre es un ser que se ve atraído hacia arriba, que sólo logra cumplir con su fin auténtico si entra en contacto con Aquel que viene a su encuentro (o sea, con Dios) y si mantiene relaciones vivientes con EL. El ser humano sólo puede convertirse en hombre por medio de Dios. Es, sólo, de lo que está por encima de él, en sentido absoluto (...), es del Dios viviente, que el hombre toma su verdad esencial sobre su naturaleza, o mejor dicho, ella le es regalada” (6).

De esta manera, mi yo florece en el Tú divino... Mi yo se ilumina en el Abismo de la Presencia. Presencia del Bien Eterno que me impele a salir de mí, a dejar de dar vueltas sin fin, ni sentido, en mi angosto y resquebrajado centro. Sólo elevando los ojos puedo descubrir mi profunda verdad.

Este descubrimiento de mi profundo yo en el Tú divino, hace de mi pobre yo creatural, finito y limitado, un espejo y cristalina fuente. Allí, en lo profundo de mi pobreza, puedo contemplar la mirada y la felicidad del mismo Dios que se complace en mí.

Por eso mi felicidad la encuentro saliendo de mí, donándome. Pero también la encuentro volviendo a mí. Allí descubro que esa capacidad infinita de mi ser, se encuentra rebozante de Presencia, de comunión y de gozo.

Sólo puedo colmar esa sed de felicidad infinita si me entrego. Cuanto más me doy, más me aprehendo y enriquezco. Pero no es salida para la dispersión, sino para la donación y entrega. Y es esto lo que me auna en mi y me une al Otro y a los otros.

Por eso dirá Pascal:

“La felicidad no está, ni fuera de nosotros, ni en nosotros; está en Dios y fuera y dentro de nosotros” (Pensées, 407).

El donarse por amor al Otro abre mis ojos ante el misterio que soy; realiza y lleva a plenitud este misterio.

Pero volviéndome a mí, con el corazón espejado por el amor, me sorprendo al contemplar en mí, no ya mi pobre y contradictoria miseria, sino al Misterio del Dios vivo. Mis ojos se topan con la verdad de Dios, que no es otra que el Amor.

De allí, la gran verdad, de que “sólo el corazón siente a Dios” (Pensées, 424). El corazón humano saliendo, derramándose en Dios, despierta su más profunda realización y verdad que es amar. Mi pobre acto de amor ilumina y esclarece la imagen de Dios en mí. Hace resplandecer el infinito Acto de amor que desde nuestro abismo nos está sosteniendo en el ser.

“¿Dónde está Dios? En donde vosotros no estáis y el Reino de Dios está en vosotros” (Pensées, 616).
“El Reino de Dios está en nosotros. El bien universal está en nosotros, es nosotros mismos y no es nosotros” (Pensées, 564).
Pascal, nos dirá también: “todo lleva la huella de la Presencia de un Dios que se oculta” (Pensées, 449). El ojo que revela esa Presencia oculta no es otro que el amor, o mejor expresado, la caridad. Hay un Dios cuya alegría está en unirse con nosotros, manifestarse a nosotros:

“La Escritura nos lo declara abiertamente cuando dice en algunos de sus pasajes: deliciae meae esse cum hominum, effundam spiritum meum super omnen carnem,... dii estis (‘mis delicias son estar con los hombres’... ‘derramaré mi espíritu sobre toda carne’... ‘dioses sois’)” (Pensées, 131).

Y en esa manifestación suya nos revela quiénes somos y cuánto valemos ante sus ojos. Por eso el camino pascaliano para descubrir la verdad del hombre culmina en la unión mística. Sólo en esa suprema meta de nuestro camino y búsqueda de la Sabiduría (philo sophia) en esa suprema Sabiduría puedo contemplar con quietud y con lágrimas de alegría: el claroscuro de mi presencia en Dios y el claroscuro de Su Presencia en mí.

Porque el corazón es ícono, es huella viviente de un Dios que se oculta. Esta unión mística, esta luz en la oscuridad de la noche -esa noche que es clara como el día- es lo que vivió Pascal, aquel 23 de noviembre... en los resplandores del Fuego del Dios de Abraham, del Dios de Isaac y del Dios de Jacob.

“...es un Dios de amor y de consuelo; es un Dios que llena el alma y el corazón de aquellos a quienes posee; es un Dios que les hace sentir interiormente su miseria (de los hombres) y su misericordia infinita; que se une al fondo de su alma; que lo llena de humildad, de alegría, de confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que EL mismo” (Pensées, 449).

Nos dirá Romano Guardini: “El Amor Substancial y Santo entra en contacto con el fondo del corazón, porque el fondo del corazón se entrega a EL, y de esta manera se despierta el nuevo amor de caridad. Lo que allí ocurre se pierde en sus dos extremos en el misterio: misterio de aquella iniciativa divina por la cual Dios se revela claramente, por la que EL da la luz, agita tan profundamente el fondo del corazón, hace que se suelte, se abra, vea y sea libre. Misterio del corazón humano, de su iniciativa finita, donde se asienta el poder de la (miseria) y por la cual se abre y se abandona para participar de la esencia divina” (Guardini, R.: op. cit., pág. 168).

EL VERDADERO CENTRO DEL HOMBRE

Comenzamos nuestro trabajo preguntándonos cuál es el centro del hombre; cuál es su puesto y su lugar en el Cosmos, y así, iniciamos un itinerario, una peregrinación hacia la verdad profunda de la persona humana.

Pero este peregrinar no tenía como objetivo un mero conocimiento abstracto de mi realidad, sino, que este camino para aprehenderme, este “reditus” (redire ad cor) implicaba la conversión, la vuelta a nuestra condición ontológica de íconos de Dios.

Para esta conversión, esta vuelta a la belleza de nuestro ser, hacía falta la entrega del amor a Otro. “Esa gran alma capaz de amor infinito” (7), cuyo amor propio se había desbordado y extendido en el vacío infinito que había dejado el abandono de la relación con Dios, se vuelve a Aquel de quien recibe su verdad, su ser y su dicha. Se vuelve herida y pobre, sumergida en el abismo de su incomprensible noche. Pero, ya veíamos cómo el infinito Abismo del Amor divino colmaba y daba plenitud a este pobre y vacío abismo. Entonces, comprendemos que el centro que mueve al hombre a la búsqueda, el centro que da sentido a su existencia sólo puede hallarse en Dios. No el “Dios de los filósofos”, no el Dios sin color de los metafísicos -como dice Guardini- sino el Dios que se hizo nuestra miseria; que lloró todas nuestras lágrimas para darnos “lágrimas de alegría” ...Un Dios que se metió en “nuestras muertes”, que vivió el temor de nuestros vacíos y de nuestra infinita soledad.

Este Dios Crucificado es Aquel del que Pascal tuvo profunda experiencia y que trató de traducir en bellísimas palabras de su “Misterio de Jesús”:

“...Jesús busca algún consuelo al menos en sus tres amigos más queridos, pero duermen; les pide que resistan un poco con él y ellos le dejan con total negligencia y con tan poca compasión que ni siquiera podía impedirles que durmieran un rato. Y así Jesús quedaba abandonado sólo a la cólera de Dios.
Jesús está solo en la tierra, (sin nadie) que no sólo sienta y comparta su pena, sino que lo sepa. El cielo y él son los únicos que la conocen.

Jesús está en un jardín, no de delicias como el primer Adán en el que se perdió todo el género humano, sino en uno de suplicios en el que él se ha salvado, y todo el género humano.
Sufre esta pena y este abandono en el horror de la noche.

Jesús busca compañía y consuelo en los hombres... pero no los recibe porque sus discípulos duermen (...) Jesús ha suplicado a los hombres y no ha sido escuchado.

Jesús, mientras dormían sus discípulos, operó su salvación. Lo hizo para cada uno de los justos mientras dormían y en la nada anterior a su nacimiento y en los pecados después de ese nacimiento (...). Jesús en el sufrimiento” (Pensées, 919).

Ese Dios en el sufrimiento, en el horror de la noche, se le presentó también en el fuego y la hermosura de su amor:

“Jesucristo... Jesucristo... Que no me separe de EL” (Memorial).

Pascal reconoce a este hombre como Dios Inaccesible pero que se ha volcado a los abismos de nuestras noches y agonías. Reconoce en El su centro y el camino de retorno. Es el Rey de la Gloria y a la vez “el más miserable de los hombres” (Pensées, 946), cargó con todas nuestras llagas. Es el Dios de Dios, Luz de Luz, cuyo rostro está lleno de golpes, escupidas y humillaciones. Su miseria da luz a nuestra grandeza (Pensées, 416).

Decíamos que al hombre le faltaba un principio que lo empujara desde dentro. Este fundamento y centro, hacia el que tenemos que convertirnos, es Jesucristo. El nos revela a Dios y nos revela la verdad sobre nosotros mismos. Nos muestra nuestra vocación, nuestro primitivo ser “querido por Dios”. Cristo es el hombre que como ícono viviente refleja la gloria divina. Cristo resplandor de la gloria de Dios, conserva sus llagas, guarda en su costado la herida abierta de la lanza, su cabeza glorificada tiene huellas de espinas... Cristo nos muestra también nuestra miseria, para que nuestra razón sea crucificada, humilde. Es necesario comprender que somos fruto de un Amor anonadado y crucificado. Y que este es nuestro camino. El Verbo de Dios compadecido de nuestra sed ardiente de Verdad y Vida, tomando y consagrando nuestras miserias y muertes, se nos hace camino para llegar a nosotros mismos y para llegar a Dios.

“No solamente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo; no conocemos la vida, la muerte más que por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos lo que es ni nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros mismos” (Pensées, 417).

“(...) Jesucristo es el objetivo de todo y el centro hacia el cual todo tiende. El que le conoce, conoce la razón de todas las cosas. (...) No se puede conocer a Jesucristo sin conocer al mismo tiempo a Dios y a nuestra miseria” (Pensées, 446).

Aquí culminamos nuestro peregrinar hacia la verdad del hombre, siguiendo “el pathos pascaliano”. Comenzamos desde una sabiduría existencial, centrada en el drama humano, para abrirnos a una sabiduría mística, en donde nos vemos clarificados. Por eso sabiduría filosófica y sabiduría mística no se oponen; ambas están llamadas a ofrecer la epifanía de la verdad a los hombres. Ambas son camino, amor, búsqueda de la suprema Sabiduría.

Para finalizar digamos, que desde la visión pascaliana el hombre no es centro para sí mismo. Su centro es Jesucristo, Fuerza y Sabiduría de Dios. Pero no es un centro extrínseco, alejado de su hondura.

Es un centro que está en mí, en todo hombre, pero que no soy yo. Es un centro interior a mi vida, interior a mi agonía. Cristo está “viviendo” en mi propia vida.

“Hacer las cosas pequeñas como grandes a causa de la majestad de Jesucristo que las opera en nosotros y que vive nuestra vida; y las grandes como pequeñas y fáciles a causa de su omnipotencia” (Pensées, 919).

(1) Blaise Pascal nace en Clermont-Ferrand en 1623. Tenía dos hermanos: Gilbert y Jacqueline. Su madre muere en 1626 y es educado por su padre. Niño sumamente precoz por su inteligencia y capacidad matemática. Empieza de muy joven sus tratados científicos, entre ellos Tratado del equilibrio de los líquidos. Crea una máquina aritmética y sin abandonar la investigación científica su pensamiento deriva hacia la Teología y la moral.   En 1652, después de unos años de experiencia del mundo, se confía a la dirección espiritual de los jansenistas de Port Royal. La noche del 23 de noviembre de 1654 recibe la iluminación de Dios que con tanta emoción descubrirá en su Memorial. En 1656-1657 interviene en las luchas doctrinales sobre la libertad y la gracia. También hace frente a la moral probabilística mediante sus cartas provinciales. En los Pensamientos de Pascal encontramos una metafísica del hombre que prefigura el existencialismo contemporáneo.          

 Blaise Pascal muere el 19 de agosto de 1662, abandonado por sus amigos jansenistas. En sus últimos días Pascal, a pesar de seguir viviendo como uno de los solitarios de Port-Royal, se aleja del espíritu rigorista y crítico del jansenismo. Los últimos meses de su vida lo encontraron sumido en el silencio, deseando vivamente la Eucaristía. Los jansenistas llegaron a negarle el viático, y el caballero solitario de Port-Royal murió con este gran deseo de la Comunión Eucarística. Tal vez su último suspiro fuesen aquellas palabras de su Memorial, que llevaba escrito junto a su corazón: “Jesucristo, Jesucristo... que nunca me separe de El”.

(2) PASCAL, BLAISE, Obras (Pensamientos), Ediciones Gualfarra, Madrid, 1988.
(3) AGUSTÍN DE HIPONA, san: Confesiones, Libro I.1 (pág. 23). BAC Minor, Madrid, 1997.
(4) Memorial.
(5) DÍAZ, ARMANDO, O.P., El hombre visión integral, en Cuadernos de Espiritualidad y Teología. Nº 11, 1995. Págs. 143 ss.
(6) GUARDINI, ROMANO; Pascal o el drama de la conciencia cristiana. Emecé Editores, Bs. As. 1955. Pág. 144.
(7) PASCAL, B., Carta a Monsieur et Madame Penier, con motivo de la muerte de su padre.