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El primer viaje, Egeria (Siglo IV)





En un tiempo en el que el Imperio Romano de Occidente se desmoronaba y el mundo monacal se empezaba a extender con fuerza desde oriente, una monja, desde los más recónditos lugares de la Gallaecia, decidió emprender un valiente y osado viaje hasta los Santos Lugares. Egeria, que así se llamaba la religiosa, pudo haber sido una mujer de alta estirpe, incluso abadesa de su cenobio. Su periplo duró tres años y parte del mismo lo dejó plasmado en un valioso manuscrito que tuvo que esperar pacientemente hasta el siglo pasado para ser atribuido a aquella que se convirtió en la primera mujer viajera y peregrina de la historia.

El origen desconocido de la peregrina

Egeria o Eteria vivió en el siglo IV en el rincón occidental del Imperio Romano, en la provincia de Gallaecia. La única fuente de información que nos ha quedado de Egeria fueron sus propias cartas que escribió a sus hermanas del monasterio del que salió para emprender su largo viaje. Es por esta razón por la cual en sus misivas no nos habla de ella sino de sus experiencias. La pérdida de parte de aquellos preciosos manuscritos también nos impide reconstruir parte de su vida y de su viaje. 
Pero podemos deducir por sus hechos que Egeria fue una religiosa de orígenes nobles. Su cultura y la posibilidad de poder emprender aquella aventura en la que estuvo protegida por reyes, obispos y soldados, nos indican que Egeria podría haber pertenecido a una familia de alto linaje. Algunas fuentes apuntan que incluso podría ser hija del emperador de Oriente Teodosio I y su primera esposa Aelia Flacilla.  

A pesar de haber emprendido viaje con dinero y protección, está claro que una mujer del siglo IV que decidía recorrer buena parte del mundo entonces conocido y adentrarse en largos y peligrosos caminos, no era una mujer cualquiera. Aventurera, osada, valiente, curiosa son algunos de los adjetivos que se le pueden atribuir a Egeria. 

Un largo viaje

Egeria inicio su periplo en 381 y duró, al menos según los textos que de ella nos han llegado, como mínimo hasta el 384. Tres largos años en los que visitó Constantinopla, Mesopotamia, Asia Menor, Siria, Palestina y así una larga lista de lugares. 

La Pax Romana, un largo periodo de paz entre tiempos de guerras e invasiones de la historia de Roma, junto con una extensa red de calzadas que pintaron un mapa de caminos de más de 80.000 km. favorecieron el viaje de Egeria. Un salvoconducto o pasaporte, reservado solamente a personas importantes, le dio seguridad ante los posibles peligros que pudiera encontrar.

El diario de Egeria, o al menos lo que se ha conservado, termina con su estancia en Constantinopla, una vez visitado Egipto y Oriente Medio. A pesar de que la incansable viajera apuntó su deseo de dirigirse hacia Éfeso, no sabemos si continuó el viaje.

Una peregrinación excepcional

El nombre de Egeria permaneció oculto durante siglos. Solamente se conocía una referencia suya gracias a una carta que San Valerio escribió a los monjes del monasterio de El Bierzo. En 1884, un arqueólogo italiano, Gian Francesco Gamurrini, encontró en la Biblioteca de la Cofradía de Santa María de Laicos en Arezzo un códice en pergamino de 37 folios. Una parte del manuscrito estaba incompleta y no se identificaba su autor. Eran las palabras de Egeria escritas quince siglos atrás. Pero Gamurrini atribuyó aquel texto a Santa Silvia de Aquitania quien también estuvo en los Santos Lugares poco tiempo después que Egeria. 

Egeria tendría aun que esperar un poco más para despertar del olvido de la historia. Fue en 1903, gracias a Mario Ferotín, quien en un estudio publicado en la Revista de Cuestiones Históricas, atribuyó aquellos textos a su verdadera autora. 

El conocido como Peregrinación o Itinerario no se ha conservado íntegro, falta el inicio y el final. Dividido en dos partes diferenciadas, la primera es una exhaustiva narración de sus aventuras y se podría considerar como el primer libro de viajes español. La segunda parte es una descripción más concreta de los lugares en los que estuvo, de las personas que conoció y de las liturgias que se oficiaban en los templos que visitó.

No se sabe dónde ni cuándo murió Egeria, una mujer cuya curiosidad y afán de aventuras la llevó a convertirse en una pionera de la peregrinación y de los viajes.















Nuestra historia (Familia Razzouk)

El tatuaje es un arte que la familia Razzouk introdujo en Palestina hace siglos. Trayéndolo con ellos de Egipto cuando mi bisabuelo se trasladó aquí para el comercio, este arte ha estado en la familia durante 700 años a partir de Egipto.
Nuestros antepasados ​​utilizaron tatuajes para marcar cristianos coptos con una pequeña cruz en la parte interna de la muñeca para permitirles acceso a las iglesias. Los que no la tenían tendrían dificultades para entrar en la iglesia; Por lo tanto, y desde una edad muy temprana (a veces incluso unos pocos meses de edad) los cristianos tatuarían a sus hijos con la cruz para que los identifiquen como coptos.
Hoy continuamos con esta tradición familiar que ofrece tatuajes a los visitantes de la ciudad vieja de Jerusalén.
Mi abuelo, Yacoub Razzouk (conocido también como Hagop o "el tatuador"), fue el primer artista del tatuaje en este país en utilizar una máquina de tatuaje eléctrica (que se alimentaba con una batería de coche) y el primero en utilizar el color también. Muchos artistas han aprendido de él y lo han mencionado en muchos libros y revistas que tratan sobre la historia de los tatuajes (especialmente tatuajes religiosos y cristianos)​.

Aprendió el arte de su padre que lo aprendió de su padre que vino de Egipto y trajo con ellos los sellos de madera tallados a mano que actúan como plantillas para los diseños religiosos de pasajes inspirados de la Biblia como la crucifixión, la Asunción, la virgen María y el niño Jesús, etc... los peregrinos hacían colas en espera de su turno para ser tatuados con una cruz u otro diseño de su elección con la fecha como certificación de su peregrinación a Tierra Santa, y como recuerdo. Muchos peregrinos visitaban otra vez en un año diferente y hacían añadir la fecha de ese año al tatuaje.
Mi padre, Anton Razzouk, habla de un hombre que había visitado Palestina durante décadas anualmente trayendo a otros peregrinos con él de Egipto todos los años, y cada año llevaba a sus grupos para ser tatuados y, por supuesto, obtener el tatuaje con el año otra vez, lo que le ha terminado con decenas de fechas tatuadas en sus brazos. Otra historia de la que mi padre está orgulloso es el hecho de que su padre había tatuado al gobernante de Etiopía en ese momento que sólo quería ser tatuado por el artista original. Una de las historias recientes interesantes es que mi padre fue contactado por un médico estadounidense armenio que lo invitó a los EE.UU. para que fuera a poner un tatuaje original para él (¡probablemente le costó más de un centenar de tatuajes!), Pero para él, la autenticidad y la tradición era todo lo que importaba.
Mi padre (Anton Razzouk) me ha estado enseñando como su padre (YacoubRazzouk) le enseñó, y he decidido continuar la tradición y con suerte, un día, enseñar a mis hijos...
"En la vieja ciudad de Jerusalén, una tarde en 1956 descubrí una colección de bloques de madera, que me parecieron de un carácter único. "Así comienza elrecuento convincentemente sencillo de John Carswell de su descubrimiento de los restos de una tradición centenaria de los tatuajes en la Tierra Santa que se remonta en los documentos escritos a por lo menos los 1600s y muy posiblemente mucho antes. En la tienda de tatuajes/fábrica de ataúdes del tatuador/fabricante de ataudes Jacob Razzouk, Carswell registró los diseños de 168 bloques de madera que fueron tallados con varios diseños de tatuajes, sobre todo cristianocoptos. Los bloques y el oficio han estado en la familia de Razzouk por generaciones.
Los clientes veían los bloques y escogían su diseño. El tatuador usaría entonces el bloque para estampar una impresión de tinta en su piel, usándolo como guía para hacer tatuajes. Una cruz de la misma longitud en la parte interior de la muñeca derecha o en la parte posterior de la mano, entre la base del pulgar y el dedo índice, no era una manera poco común que los peregrinos conmemoraran su viaje a Jerusalén.
Varios cuentos de los tatuajes en Palestina se pueden encontrar en los diarios de viaje de los peregrinos cristianos y la práctica continuó hasta bien entrado el siglo XX. En 1956, un tatuador profesional, Jacob Razzouk estaba usando diseños de tatuajes grabados en bloques de madera que habían sido transmitidos de padres a hijos en su familia desde el siglo XVII. Los bloques que usaba fueron copiados y publicados en el libro de diseños de tatuajes coptos de Carswell, impreso en una edición limitada de 200 ejemplares en 1956. El libro contiene 184 reproducciones de grabados junto con las descripciones de las tradiciones y simbolismos asociados a cada diseño. Sólo hay dos fechas definitivas en la colección de bloques de madera y uno es armenio y está fechado 1749 y el otro es la resurrección que data de 1912.
Historia de las plantillas
Algunas de las plantillas más antiguas conocidas son las almohadillas de fieltro de las tumbas Scynthians. La gente de Borneo, y los coptos utilizaron bloques tallados de madera para crear plantillas. Jacob Razzouk era un tatuador Copto y fabricante de ataudes cuyos antepasados ​​se establecieron en Jerusalén en el siglo 18 y que le heredaron los bloques de plantilla a él. Tallados en relieve pesadoestos bloques se entintaban ligeramente y luego la imagen se podría transferir a la piel para hacer el tatuaje...
El tatuaje de la cruz de Jerusalén 
 El símbolo de la cruz de Jerusalén tiene una larga historia en el mundo de la cristiandad, así como el mundo de los tatuajes. A veces se describe como una mezcla potente entre cuatro cruces o una cruz de brazos iguales, cada uno termina en una barra transversal, no se puede confundir a este distintivo símbolo de la cruz cuadrado con las docenas de tipos que se han utilizado en los tatuajes. Su primera aparición como un símbolo parece haber ocurrido, como es lógico, durante la primera cruzada (1096), en el escudo dearmas de Godofredo de Bouillon, el primer gobernante latino de Jerusalén. Muerto a la temprana edad de cuarenta años, el descendiente de Carlomagno alto, guapo y de pelo rubio encontró su camino rápidamente como leyenda, idolatrado como el "caballero cristiano perfecto". En los casi mil años transcurridos desde entonces, la cruz de Jerusalén ha sido asociada con las cruzadas cristianas, el heroísmo y los caballeros, pero sobre todo con Jerusalén, principalmente cuando se trata de tatuajes.
"En la vieja ciudad de Jerusalén, una tarde en 1956 descubrí una colección de bloques de madera, que me pareció de un carácter único. "Así comienza el recuento convincentemente sencillo de John Carswell de su descubrimiento de los restos de una tradición centenaria de los tatuajes en la Tierra Santa que se remonta en los documentos escritos por lo menos en los 1600s y muy posiblemente mucho antes. En la tienda de tatuajes/fábrica de ataúdes, del tatuador/fabricante de ataúdes Jacob Razzouk, Carswell registra los diseños de 168 bloques de madera que fueron tallados con varios diseños de tatuajes, sobre todo cristiano coptos. Destacando entre ellos está, por supuesto, la cruz de Jerusalén. Los peregrinos de la Ciudad Santa probablemente lo han utilizado durante siglos con el fin de conmemorar sus viajes - incluso los peregrinos como el rey Eduardo VII de Inglaterra y el rey Frederik IX de Dinamarca.
Uno de los más famosos tipos de tatuajes cristianos, sin embargo, se encuentra todavía en uso hoy en día - el tatuaje de peregrinación. Por lo menos ya en el año 1500, los visitantes de la Tierra Santa (incluyendo cruzados) a menudo adquieren un tatuaje Cristiano símbolo como recuerdo de la visita, en particular la Cruz de Jerusalén. Algunos de los ejemplos más conocidos y mejor documentados de tatuajes de peregrinación provienen del libro de diseños de tatuajes cristianos coptos de John Carswell.
En este ejemplo más elaborado, la cruz de longitudes iguales tiene una cruz similar en cada uno de sus cuadrantes, un símbolo conocido como la Cruz de Jerusalén. Por encima de él están tres coronas y una estrella con su punto más bajo extendiéndose hacia abajo. Abajo se presentan dos ramas unidas por un arco. Este tatuaje fue utilizado probablemente para conmemorar una peregrinación a Belén con las tres coronas representando a los tres reyes magos, además de la estrella de Belén. Estos bloques de tatuaje, heredado a través de generaciones, guardan los diseños no afectados, directos y destilados que aún hoy se las arreglan para ejercer su encanto. Pero ¿tatuar y fabricar ataúdes? lostatuajes de peregrinación alcanzaban un máximo en Pascua y el resto del año Razzouk tuvo que ganarse la vida de alguna manera - no hay asociación entre las dos ocupaciones aparentemente.
Hoy en día, los cristianos de todas las denominaciones trabajan en la incrustaciónen sus pieles de los símbolos de su religión. De los mismos símbolos utilizados por los primeros cristianos a escenas avanzadísimas de la crucifixión, la Virgen de Guadalupe, cruces con un sabor celta, o el tatuaje americano clásico de la Roca de los tiempos. No parece haber fin a las variedades y estilos y las diferentes combinaciones que son posibles. Con una historia de tatuajes que se extiende unos dos milenios atrás, esa variedad y popularidad es de esperar.
Feb 10, 1972
Verano de 2011. Conocí a una hermosa señora joven armenia de EE.UU. que quería hacerse un tatuaje de peregrinación. Su nombre es Gayané Khechoomian. Tatué una pequeña cruz armenia en su brazo. Ella me mencionó en un artículo en una revista llamada HAYTOUG. Gracias Gayané. Haga clic aquí  http://razzouktattoo.com/haytoug-article/ para leer el artículo de Gayané.
Artículo original: http://razzouktattoo.com/history/
Traducción Rocío Salas. 




El Código para las Iglesias Católicas Orientales (CCEO)




En 1917 el papa Benedicto XV no sólo promulgó el Código de Derecho Canónico para la Iglesia latina, sino que instituyó la Sagrada Congregación para la Iglesia oriental 22. De este modo, ofreció una contribución determinante para la realización del proyecto de codificación del Derecho canónico de las Iglesias católicas orientales. Este proyecto, lanzado en más ocasiones durante el concilio Vaticano I23, comenzó, no obstante, a realizarse sólo bajo el pontificado de Pío XI, que, en 1929, tras haber consultado a los obispos de rito oriental, confió los trabajos preparatorios a una primera Comisión cardenalicia para los estudios preparatorios de la Codificación oriental, presidida por el cardenal P. Gasparri, sustituida después, en 1939, por una Pontificia Comisión para la redacción del Código de Derecho Canónico Oriental, presidida primero por el cardenal Sincero y después por el cardenal Massimi 24. Esta última comisión 25, con la ayuda de expertos, logró publicar en 1943 un primer esbozo de Código de todo el derecho oriental, sometido después a una amplia consulta y, finalmente, fue retranscrito e impreso de nuevo en 1945 como Codex luris Canonici


  1. Sobre los problemas planteados por el hecho de proceder a una nueva codificación de las leyes de la Iglesia, cfr. E. Corecco, Presupposti culturali ed ecclesiologici del nuovo Codex, en: Il nuovo Codice di Dz itto Canonico. Aspetti fondamentali della codificazione postconciliare, editado por S. Ferrari, Bologna 1983, 37-68.
  2. Cfr. MP Dei providentis, en: AAS 9 (1917), 529-533.
  3. Cfr. J.D. Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio, t. 49, 200 y 1012; t. 50, 515 y 516. 
  4. Sobre el difícil encauzamiento de estos trabajos cfr. L. Musselli, Storia del diritto canonico, o.c., 111-115. 
  5. Cfr. AAS 21 (1929), 669 y AAS 27 (1935), 306-308.

Orientalis. Este Código, dividido en 24 títulos, fue nuevamente revisado, enmendado más veces y, por último, en el mes de enero de 1948, fue presentado al papa Pío XII, que, sin embargo, decidió promulgarlo por etapas: el 22 de febrero de 1949, con la carta apostólica Crebrae allatae 26, promulga los cánones sobre el sacramento del matrimonio; el 6 de enero de 1950, con la carta apostólica Sollicitudinem nostram 27, promulga los cánones relativos a los procesos; el 9 de febrero de 1952, con la carta apostólica Postquam apostolicis litteris 28, promulga los cánones sobre los religiosos, sobre bienes temporales de la Iglesia y sobre el significado de las palabras; por último, el 2 de junio de 1957, con la carta apostólica Cleri sanctitati 29,promulga los cánones sobre los ritos orientales y sobre las Personas. Así pues, de los 2666 cánones contenidos en el Esquema de 1945, sólo han sido promulgadas las tres quintas partes, mientras que las otras siguen en los archivos de la Congregación 30. En efecto, desde los indicios proporcionados por el concilio Vaticano II aparece a todos claro que también la dificilísima codificación del Derecho canónico oriental, puesta en marcha por Pío XI, debe buscar ahora conjugar la fidelidad a la tradición oriental con los principios teológicos y las orientaciones pastorales de la gran seslon ecuménica.

Algunas de estas orientaciones resultarán decisivas para la concepción misma del proceso de codificación del Derecho canónico oriental. Baste con pensar que, antes del concilio Vaticano II, era costumbre hablar, incluso en los documentos oficiales, de la Iglesia oriental en singular 31. La renovación eclesiológica llevada a cabo por el concilio Vaticano II ha permitido, en cambio, redescubrir, junto con el valor de la diversidad en la unidad de la Iglesia como comunión, la importancia y la riqueza de los diversos ritos, que distinguen la identidad teológica, espiritual y disciplinar de cada una de las Iglesias particulares: «Entre ellas está vigente una admirable comunión, y así, la variedad en la Iglesia, lejos de ir contra su unidad, la manifiesta mejor. 

  1. Cfr. AAS 41 (1949), 89-119.
  2. Cfr. AAS 42 (1950), 5-120.
  3. Cfr. AAS 44 (1952), 65-150.
  4. Cfr. AAS 49 (1957), 433-600.
  5. Los textos de los cánones no promulgados, exactamente 1095, han sido recogidos y publica-dos más tarde por I. Zuzek en los números 1976-1979 de la revista Nuntia, que contiene los trabajos de la Pontificia Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico Oriental, instituida en 1972 por el papa Pablo VI (cfr. Nuntia 1, 1973, 2) en sustitución de la precedente.
  6. A este respecto, cfr. R. Metz, Le nouveau code de droit canonique des églises orientales catholiques, en: Revue de Droit Canonique 42 (1992), 99-117 y sobre todo 99-100.
Es deseo de la Iglesia católica que las tradiciones de cada Iglesia particular o rito se conserven y mantengan íntegras...» (OE 2). Este principio vale de un modo absolutamente especial para las Iglesias sui iuris o ritos orientales, distribuidas del siguiente modo:



Así pues, tras el concilio Vaticano II no tiene ya sentido hablar de Iglesia oriental en singular. Junto con las Iglesias ortodoxas, con sus casi 150 millones de fieles, las 21 Iglesias católicas orientales en plena comunión con Roma están reagrupadas en cinco diferentes tradiciones litúrgico-disciplinares: Alejandrina, Antioquena, Armenia, Caldea y Constantinopolitana. Estas tradiciones o'ritos primarios, así llamados porque (excepto el armenio) son matrices de otros diferentes ritos, incluyen –según en Anuario pontificio de 1992– alrededor de 15 millones de fieles 32.

La nueva toma de conciencia de la multiplicidad de iglesias católicas orientales, provocada por el concilio Vaticano II, no podía dejar de influir ni de orientar el modo de proceder de la codificación canónica del derecho oriental. Este último era clasificado normalmente en los manuales de Derecho canónico preconciliares como un derecho particular (especial o personal), esto es, relativo o derivado y, por lo general, colocado en un nivel inferior respecto a las normas del CIC, consideradas como derecho común. A la luz de la enseñanza conciliar, sin embargo, al derecho oriental le corresponde la misma dignidad que al derecho latino. Por eso la Pontificia Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico Oriental, instituida por el papa Pablo VI el 10 de junio de 1972, considera inmediatamente el derecho oriental como complementario al latino, puesto que ambos son partes de un todo, como reclamará la imagen de los pulmones usada más tarde por el papa Juan Pablo II en el acto de promulgación del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium 33.

El Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, del mismo modo que el Código de Derecho Canónico, no es omnicomprensivo. Aunque por una razón diferente: el CCEO contiene únicamente las normas que son comunes a las 21 Iglesias apostólicas orientales. «A diferencia del CIC, que es el Código de una sola iglesia, la latina, el CCEO no es un Código de la iglesia oriental (en singular), sino el Código común a las veintiuna iglesias católicas orientales» 34. Al ser ésta su situación, resulta obvio que el CCEO



  1. El esquema y los datos están tomados de: G. Nedungatt, Presentazione del CCEO, en: EV vol. XII (Bologna 1992), 889-903 (en castellano puede verse el apartado Iglesias orientales del art. «Iglesias Orientales» en: Gran Enciclopedia Larousse, vol. 12, 5652-5654). Nedungatt señala aquí justamente que la expresión Iglesias orientales, aun siendo más correcta, tiene por lo general una acepción histórica y no geográfica, porque estas iglesias, nacidas en la parte oriental del Imperio romano, están ahora presentes un poco por todo el mundo. Sobre la agitada historia de estas iglesias, cfr. G. Bedouelle, La historia de la Iglesia, Valencia, 1993, 197-223.
  2. Cfr. la CA Sacri canones de 18 de octubre de 1990, en: AAS 82 (1990), 1033-1044, aquí 1037. 
  3. G. Nedungatt, Presentazione del CCEO, o.c., 890.
remita con mucha frecuencia al derecho particular de cada una de estas iglesias y haga un uso mucho más amplio que el CIC de la expresión ley particular (aproximadamente 180 veces). De este modo, como también indica indirectamente la denominación definitiva del Código, el CCEO se sitúa en la tradición de las colecciones canónicas orientales y refleja la alta consideración y veneración que se profesa a los Sagrados cánones, aprobados por los primeros siete concilios ecuménicos y comunes a todas las Iglesias orientales 35.

Para recuperar mejor esta tradición de las antiguas colecciones canónicas del derecho oriental, el CCEO divide la materia en títulos y no en libros. Así pues, tras los 6 cánones preliminares, en el CCEO se encuentran los siguientes treinta títulos: 1. Los fieles cristianos y todos sus derechos y deberes (cc. 7-26); 2. Las Iglesias sui iuris y los ritos (cc. 27-41); 3. La suprema autoridad de la Iglesia (cc. 42-54); 4. Las Iglesias patriarcales (cc. 55-150); 5. Las Iglesias arzobispales mayores (cc. 151-154); 6. Las Iglesias metropolitanas y todas las otras Iglesias sui iuris (cc. 155-176); 7. Las eparquías y los Obispos (cc. 177-310); 8. Los exarcados y los exarcas (cc. 311-321); 9. Las asambleas de los jerarcas de diversas Iglesias sui iuris (c. 322); 10. Los clérigos (cc. 323-398); 11. Los laicos (cc. 399-409); 12. Los monjes y todos los otros religiosos y los miembros de otros institutos de vida consagrada (cc. 410-571); 13. Las asociaciones de fieles cristianos (cc. 573-583); 14. La evangelización de las gentes (cc. 584-594); 15. El magisterio eclesiástico (cc. 595-666); 16. El culto divino y especialmente los sacramentos (cc. 667-895); 17. Los bautizados no católicos que acceden a la plena comunión con la Iglesia católica (cc. 896-901); 18. El ecumenismo, o sea, la promoción de la unidad cristiana (cc. 902-908); 19. Las personas y los actos jurídicos (cc. 909-935); 20. Los oficios (cc. 936-978); 21. La potestad de gobierno (cc. 979-995); 22. Recursos contra los decretos administrativos (cc. 996-1006); 23. Los bienes temporales de la Iglesia (cc. 1007-1054); 24. Los juicios en general (cc. 1055-1184); 25. El juicio contencioso (cc. 1185-1356); 26. Algunos procesos especiales (cc. 1357-1400); 27. Las sanciones penales en la Iglesia (cc. 1401-1467); 28. El procedimiento en la imposición de las penas (cc. 1468-1487); 29. Las leyes,

35. Cfr. E. Eid, Discorso di presentazione del «Codice dei Canoni delle Chiese Orientali» al Sinodo dei Vescovi (25.X.1990), en: Nuntia 31 (1990), 24-34, aquí 29. Para una visión de conjunto sobre el enorme trabajo de recogida de las fuentes del derecho oriental, en vísperas de su codificación, cfr. L. Glinka, Resoconto Bulla pubblicazione delle fonti della condificazione orientale, en: Nuntia 10 (1980), 119-128.
las costumbres y los actos administrativos (cc. 1488-1539); 30. La prescripción y el cómputo del tiempo (cc. 1540-1546).

Como fácilmente puede advertirse, estos títulos están presentados siguiendo un orden de prioridad substancial, que, de algún modo, pone de manifiesto asimismo el estrecho y profundo vínculo existente entre la estructura sacramental y la jurídica en la Iglesia. También la misión (Título 14) y el ecumenismo (Título 18) encuentran un notable espacio: en el CIC la actividad misionera figura entre las tareas de enseñanza en la Iglesia y al ecumenismo se le dedica un solo canon (c. 755). En general, se tiene la impresión de que el carácter menos abstracto de la sistematización ha favorecido una mayor simplificación o, por lo menos, una mas clara transparencia de la disciplina canónica oriental con respecto a los contenidos teológicos de su propia tradición. También desde el punto de vista material se puede advertir algunos acentos particulares: por ejemplo, una visión más teológica y bíblica del matrimonio como alianza (c. 776), un mayor equilibrio entre poder personal y poder colegial, una valorización especial de los religiosos, y también de los teólogos (c. 606). A partir de estos acentos particulares es legítimo preguntarse si el CCEO no constituye una alternativa católica al CIC 36.

A la luz de la enseñanza conciliar sobre la pluralidad en la unidad, la diversidad de acentos ofrecida por la codificación canónica del derecho oriental confirma la actualidad de las palabras de León XIII, citadas por Juan Pablo II: «quizás no hay nada más maravilloso para ilustrar la nota de la catolicidad en la Iglesia de Dios» 37.




Niños egipcios son tatuados como señal de fe


Para miles de familias, los símbolos representan a la minoría cristiana en el país

El dolor del pequeño tatuaje de la cruz en la muñeca derecha aún no es comprendido por niños y bebés que son sometidos a la tradición de los cristianos coptos desde principios del siglo 20, en Egipto, en el norte de África. Algunos aún son tan pequeños que los padres deben cargarlos en su regazo durante la sesión de tatuaje, que por lo general se realiza después de algún culto, en las calles de El Cairo, capital egipcia, de acuerdo con el periódico estadounidense Global Post. Mientras que los niños lloran, los padres lo celebran con orgullo.

Recibir un tatuaje es la identificación de muchos de los 8 millones de egipcios cristianos coptos. “Yo siento que eso es una bendición que nos protege. Es por eso que traje a mis cuatro hijos”, le dijo una mujer a la red de televisión estadounidense CNN. Por 10 libras egipcias (un poco más de 1 dólar), el niño sale con un pequeño símbolo en la piel.

Cargar la minúscula marca en la piel es declarar públicamente la fe cristiana, aun sabiendo que la señal visible puede traer el desprecio y la discriminación de la sociedad musulmana en la que viven. Para estos cristianos, la cruz es el mayor símbolo de un largo martirio y la victoria más grande del cristianismo.

El tatuaje es una de las tradiciones más antiguas de Egipto, que se ha encontrado en momias de más de 2 mil años antes de Cristo (a. C.). Sin embargo, miles de años más tarde, desde que el Islam llegó al país, la práctica fue prohibida. Según el Corán, libro sagrado del islamismo, el diablo se llevaría a quien alterara la creación de Alá. “Todo aquel que es guiado por Shaitan (Satanás), en lugar de Alá, en realidad sufren una pérdida.”

Marcas indestructibles

Tener la marca en la piel es exponerse en un país donde los cristianos aún son una minoría (el 10% de la población). Y el precio a pagar es muy alto. En abril del 2005, una muchacha copta de 17 años fue secuestrada por un grupo extremista islámico. Durante 23 horas fue drogada y violada, además de tratar de eliminar su tatuaje con una tijera. El mes de febrero último, combatientes del Estado Islámico (EI) mataron a 21 cristianos coptos, fácilmente identificados por los tatuajes, en Libia, en el norte de África.

“Muchos de nosotros tenemos estas cruces en la muñeca. Elegimos tener marcas indestructibles como seguidores de Cristo para que jamás podamos renegarlo, ni siquiera en nuestros momentos de debilidad”, afirmó un cristiano copto a la Revista Impacto.

La persecución religiosa a los cristianos en Egipto se ha intensificado desde julio del 2013. Más de 60 iglesias, escuelas y librerías cristianas han sido completamente quemadas, destruidas y saqueadas, la mayoría de las veces incentivados por movimientos islámicos. Además, solo 5 de los 32 edificios de iglesias destruidas han sido reconstruidas hasta ahora. El Evangelio no puede ser predicado libremente en el país. Está prohibido distribuir Biblias o folletos con mensajes bíblicos.

Publicado por Silvia. S.A.

Deificación vs. Nirvana


Hieromonje Diego Daniel Flamini



Pregunta:
  
El archimandrita Sophrony en su libro “Ver a Dios como Él es” nos dice lo siguiente:

“Nada en la naturaleza es una repetición absolutamente idéntica. Y esto vale sobre todo para la realidad de los seres racionales. Cada hombre posee un corazón creado ‘aparte’ por Dios (cf. Sal 32, 15): es el corazón de una persona-hipóstasis dada y, en cuanto tal, irrepetible. En su realización última, cada persona recibirá ciertamente para siempre un nombre, conocido sólo por Dios y por quien lo reciba (cf. Ap 2, 17). De este modo, por más que la vida de todos los salvados sea una, como es uno el reino de la santa Trinidad (Jn 17, 11.21-22), el principio personal de cada uno de nosotros será irreductible al de otro.”

¿Debemos entender entonces que de acuerdo a la tradición cristiana, en contraposición a lo que pregonan diversas corrientes pseudoespirituales sobre la aniquilación de la persona, los santos, es decir, aquellos que por la deificación han llegado a ser dioses por participación, mas no por naturaleza, preservan una singularidad irreductible en su estado de bienaventuranza?

Respuesta por Hieromonje Diego:

Entonces me preguntabas si lo que Sophrony habla de esta condición de persona irreductible es verdaderamente así en la Revelación que Dios ha hecho en nosotros, contrariamente a cómo se plantea en las visiones paganas de una aniquilación del yo. Bien, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por creado a imagen y semejanza los Padres comprenden que es creado “persona”, imagen, y “semejanza” de acuerdo al hacer de Dios. La semejanza, la vida de la gracia, se perdió por el pecado y la recuperamos por Jesucristo. Recuperar la semejanza por Jesucristo, también implica una reforma de la imagen de acuerdo al Original, ya no la deformidad que tiene la imagen, la persona humana, de acuerdo al pecado, sino a la Voluntad benéfica, siempre benéfica, de Dios que nos ha creado, y nos ha creado para hacernos participar de su amor. Entonces, este camino de vuelta, este camino de vuelta hacia el Padre, este regreso hacia el Padre, salidos de  la nada, creados en el vientre de nuestra madre, va tomando distintas etapas: en primer lugar, la adopción que recibimos en Jesucristo en el Bautismo, pasamos a ser hijos del Padre, pasamos a ser morada del Espíritu, somos también imagen del Hijo, porque el Padre ve en nosotros al Hijo, al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas. 

La principalidad de este camino nunca cambia; la acción de Dios está siempre dirigida a que seamos más lo que hemos de ser en su plan, su plan lleno de sabiduría; nosotros salimos de la nada y somos llevados por Dios e invitados a participar, a cooperar con la gracia, con nuestras potencias limpias del pecado. Nos vamos acercando por el camino de la santidad, por el camino de la deificación, la theosis, y lo vamos haciendo siguiendo las huellas del Hijo, siendo dóciles al Espíritu, es decir que caminamos hacia el Padre llevados justamente por el Espíritu y por la Verdad. El verdadero culto, dice el Señor, ya no será en tal o cual lugar, sino que será en un modo en particular, esto es, en Espíritu y en Verdad, y no podemos separar el verdadero culto del camino de la deificación; el que seamos transformados en dioses por participación en ningún modo nos desvía de la centralidad de este culto al Padre, culto al Padre a quien conocemos en Jesucristo por medio del Espíritu Santo. 

Esta deificación, lejos de borrar en nosotros lo que somos, lejos de asimilarnos a algo que nos supera y que nos desdibuja, muy por el contrario, hace crecer en nosotros las semillas de la gracia, las semillas de la Bondad de Dios y sus dones, y de esa misma manera crece en nosotros lo que Él sembró y nos transformamos en lo que Él quiere. Alcanzamos nuestro propio bien y podemos decir que nuestra persona se reconcentra en torno al querer de Dios que hace a todos y cada uno distintos dentro de un plan que supera nuestra mente y que conocemos como excelente, como bueno, porque todos los caminos del Señor distan de nuestra voluntad como la Tierra del Cielo. Nosotros nunca dejaremos de ser humanos, pero seremos transformados en la gracia, en la medida de la Voluntad de Dios, y somos asimilados a un orden superior que no nos desdibuja, sino muy por el contrario, son liberadas a una escala infinitamente por encima de nuestras posibilidades las energías divinas que actúan en nosotros, la gracia de Dios, de modo que vemos, inclusive nosotros los que caminamos en la tierra, cómo los  santos participan de ese misterio redentor; ese misterio redentor que desempeñan los santos, cada cual distinto, irreemplazable, es uno también con su ministerio de la Tríada de Dios; ellos están divinizados plenamente y sin embargo interceden; adoran al Padre y también son morada evidente del Padre, es una sola cosa.

Cuando el hombre contemporáneo de alguna manera mira con deseo esos caminos de aniquilación, en verdad está revelando su estado interior de vacío, de autosaciedad, de autocomplacencia, que lleva justamente a un deseo de aniquilación. Hay una ley espiritual que hace que cuando nosotros nos erigimos en Dios de nuestro propio mundo, también se vuelven contra nosotros las obras que creamos. El Apóstol San Pablo lo dice inclusive hablando de aquéllos que evangelizan: "Algunos construyen con oro, otros con piedras, otros con paja, todo será probado por el fuego y algunos salvarán su vida como quien la salva de un incendio. Cada cual inspeccione con qué construye". Ahora, cuando el Apóstol habla de construir no está obviamente hablando de ninguna construcción material, ni siquiera está hablando directamente de la construcción de una comunidad de piedras vivientes, sino que en primer lugar está hablando de la construcción de la vida de la fe: cómo se edifica en nosotros el hombre nuevo. En la carta a los Colosenses aparece delineado muy bien cuál es el camino del hombre que llevado por sus propios deseos llega al precipicio de desear el abismo, el abismo que suprima su orgullo, el abismo que compense el tremendo peso de querer cargar el mundo sobre los hombros, de querer dirigirlo todo, de querer dominar. Un dominio sin Cristo es un dominio contra Cristo, "El que no junta conmigo, desparrama", dice el Señor. De manera que tal como se plantea la civilización hoy, es una civilización construida contra Cristo, buscando inclusive suplantarlo, que es el verdadero significado de la palabra Anticristo, es un falso Cristo. Con falsas fuerzas buscamos suplir la fe. Creemos que los avances de la medicina hacen menos necesaria la fe, y si no fijémonos en qué punto recurrimos a Dios: si cuando perdemos la esperanza en los médicos o cuando nos es comunicado el primer diagnóstico. Cada cual inspeccione con qué construye; con qué construye, es decir, con qué coopera para la obra de Dios, si es dócil al querer de Dios, si lo es plenamente, si lo es vanamente, porque escucha y no cumple, si es abiertamente contrario al mandamiento de Dios. 

Por eso, debemos inspeccionar en nuestro corazón qué cosas están impidiendo que sea edificado en nosotros el hombre nuevo, aquel que avanza constantemente renovando esa imagen de Cristo, ese hombre nuevo en cuyo corazón habitan riquezas insondables que son derramadas sobre nosotros. Pensemos el misterio escandaloso de la fe, de la fe verdadera tal como el Señor se ha revelado,  que nos dice que Dios se ha hecho hombre y que no ha dejado de serlo, y el segundo misterio, más escandaloso todavía, es que nosotros al ser transformados no dejaremos de ser hombres y, es más, al fin de los tiempos resucitaremos. Ni siquiera los santos en el Cielo han completado su proceso, porque también ellos tienen que pasar por la resurrección, es de fe el que aquellos que están en el Cielo no han resucitado todavía, excepto nuestro Señor, el primer surgido de entre los muertos, y su Santísima Madre. No hay una claridad de que aquellos que son nombrados como resucitados en las apariciones después de la resurrección de Cristo -en aquellos tiempos aparecieron muchos hombres de la antigüedad, muchos profetas famosos por Jerusalén y alrededores-, no está como una sentencia clara que sea la resurrección de los muertos, sino que sea justamente una aparición, como pudo ser la de Lázaro, que es una reviviscencia, es una gracia de estar en este mundo por una virtud de Dios, pero no haber alcanzado el estado de la bienaventuranza final, que en este caso sí la alcanzó la Bienaventurada Virgen María.

Volviendo a la deificación y a la fuerza con la que Dios actúa, la vida de la gracia entonces se mueve dentro de estos parámetros: Dios se ha hecho hombre y con esto ha completado la Creación, y Dios atrae hacia sí al hombre para que sea transformado sin dejar de ser él, dios por participación. Por eso es fundamental examinar nuestras verdaderas disposiciones. En nuestros días la “oración de Jesús” suscita muchos adeptos, muchos seguidores, los íconos atraen invariablemente a gente de todos los orígenes y también suscitan una gran adhesión; hay inclusive autores espirituales, Padres de la Iglesia, que son leídos más en nuestros días que en otro momento de la historia. Se busca con una gran avidez, pero hay que examinar espiritualmente, no caer dentro de aquella profecía que está en los Profetas, si mal no recuerdo es el profeta Oseas, que dice: "Enviaré hambre y sed de la Palabra de Dios a la Tierra, y los hombres errarán de un lado a otro buscando; irán del Norte hacia el Este, buscarán y no encontrarán". Por eso debemos vigilar para que esa profecía no se cumpla en nosotros y que seamos admitidos con humildad dentro de la gracia de Dios; ser admitidos con humildad no significa tomar por nuestra cuenta aquellos elementos que nos resultan útiles a nuestro camino, sino entrar a caminar, comprender el llamado de Cristo para ir tras sus pasos, ir tras sus pasos cargando la Cruz, en un camino estrecho. No hay autopista hacia Dios, no hay teleférico hacia Dios, nada nos libra de la fatiga de la Cruz, ya sea en una larga vida, ya sea en una vida muy corta, ya sea con obras manifiestas de la fe, ya sea con una fe simple como la del buen ladrón, una fe que alcanzó a abrirle las puertas al Paraíso y también nos abre a nosotros las puertas del Paraíso, porque esa fe simple del ladrón es una luz en nuestro camino, como la fe del publicano en el fondo del Templo que decía "Señor, ten piedad de mí". 

Nosotros tenemos que partir de que no estamos llamados a suprimir esas cosas sencillas, sino a repetirlas incesantemente. De hecho, cuando vamos a comulgar en la Divina Liturgia, decimos justamente eso: "Creo Señor y confieso que Tú eres realmente Cristo, el Hijo de Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". No puedo recibir el Cuerpo de Cristo si no tengo la certeza de que yo soy el primero de los pecadores; si me acerco mascullando juicios contra los demás, si creo que algo de lo que hice me pone por encima de los demás. "De tu Mística Cena, oh Hijo de Dios, recíbeme hoy como participante, pues no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré un beso como el de Judas, sino que como el malhechor te confieso: recuérdame, oh Señor, en tu Reino". "Recuérdame, oh Señor, en tu Reino", el clamor del creyente se acentúa en cuanto más se acerca a la cima; en cuanto se apaga nuestra penitencia, en cuanto se apaga nuestra compunción, tanto en cuanto se apaga nuestro temor de Dios, tenemos la certeza clara de estar desviados, de estar siguiéndonos a nosotros mismos, es decir, perdidos. Y esa claridad nos la da Dios, nos la da el Espíritu Santo que enseña en medio de la Iglesia, la cual es santa y de la cual nos desgajamos cuando pecamos. 

A veces, cuando profesamos la fe verdadera, podemos compadecernos, o algunos indignarse, contra aquellos que practican la fe mutilada, deformada, sin embargo nosotros, cuando pecamos, somos peores que ellos, porque nos desgajamos de la verdadera vida conociéndola; tenemos una luz que nos ilumina más fuerte y erramos con mucho más deseo, por eso esto más debe volvernos a cambiar en la humildad. Es ahí cuando comprendemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios y si el Señor vuelve a poner en nosotros ese deseo de amarlo y de vivir según sus mandamientos, que es lo mismo, entonces aprendemos a ir por ese camino de humildad y a ver inclusive en aquellas contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro camino, una palabra del Señor destinada a edificarnos, a hacernos crecer, a santificarnos, a arrepentirnos, a ayudar a otros, a seguir en este camino hacia el Padre, que como todo camino, o mejor dicho, como toda senda, pequeña senda, tiene sus peligros, pero en esto tenemos ayuda de aquellos que nos preceden, aquellos cuya fe es una antorcha para nosotros que nos permite seguir en esta oscuridad creciente en el camino hacia la cima. Si nosotros levantamos la vista con fe, veremos en la vida de la Iglesia muchas antorchas que nos preceden y que van con la vida de la fe iluminando nuestros pasos; si no las vemos, entonces posiblemente estemos siguiendo otro camino, un camino edificado sobre nuestra presunción. Porque la luz de Dios viene a nosotros para iluminarnos y para que nos arrepintamos, no para echarnos en cara o mofarse de nuestro pecado, sino para sanarnos de él, y es aquí, en cuanto hablamos de la santificación, de la deificación, también tenemos que hablar de la vida del pecado, que es una muerte, que es un daño, que es una mengua, que es una pérdida. 

A veces, las ideas que tenemos con respecto al pecado y la gracia son el principal obstáculo para poder vivir la vida de Dios. Cuántas veces una persona que va creyendo que busca a Dios se tropieza con el pecado del otro o con el pecado que cree que tiene el otro o con el que le parece y está seguro que debe ser así, y siente alejarse de Dios porque, al juzgar al otro, al condenar al otro, lo está envidiando. Codiciar el pecado del otro es, en la manera más efectiva, mediante la condena, porque no nos permite reconocer nuestros verdaderos sentimientos. "¿Cómo puede ser que ése peque y yo me tengo que aguantar de no pecar para estar parado en el mismo lugar?" Creo que si, con respecto a esa misma persona, pensáramos que tuvo un accidente automovilístico no envidiaríamos ni lo juzgaríamos, pensaríamos tal vez: "Bueno, pobre, espero que se restablezca, voy a rezar por él", "qué terrible pérdida, ojalá pueda rehabilitarse, ojalá esté bien preparado para encontrarse con Dios". Cuando nos sentimos dueños de la situación, nos sentimos muy misericordiosos de acuerdo a nuestra idea. Sin embargo, cuando nosotros vemos que el otro peca, debemos tener exactamente la misma disposición; si comprendemos que el pecado es un daño, entonces no codiciaremos, mediante el juicio, su posición equivocada, no buscaremos adquirir lo que está perdiendo al otro. No pensaríamos de esa manera si nosotros tuviéramos misericordia y con humildad pidiéramos al Señor que se apiade de nosotros también, que no permita que caigamos, que seamos humildes y operantes en manos de Dios, activos en manos de Dios, es decir, con las manos juntas. 

Hay un poema del poeta Alexei Jomiakov, un poeta ruso, que dice: "fuerte es la mano del que ora". Fuerte es la mano del que ora, y eso es para nosotros justamente un indicador de que nuestras debilidades muchas veces no son fruto de la naturaleza que hemos heredado, sino fruto de la naturaleza que hemos estropeado; que por falta de atención espiritual, por falta de discernimiento, por falta de sobriedad, por falta de vigilia del corazón, por falta de humildad, estamos nosotros dejando pasar todas las oportunidades que Dios nos da; no por inadvertencia, es por una pereza espiritual, profunda pereza espiritual que tenemos. A desear la santificación del prójimo y no procurarla para nosotros, porque la manera más efectiva de ayudar al prójimo a ser santo es emprender el camino de Dios, emprender ese camino, en el cual, paso a paso nos vamos despojando de aquello que creemos que somos. "¡Yo soy muy sincero!", dicen muchos, cuando en realidad habitualmente faltan a la caridad de todas las maneras, esto no es sinceridad. "¡Yo soy muy bueno!", y tal vez es que es muy cómodo, complaciente, y no busca el bien de los demás. "¡Yo soy muy generoso!", y tal vez no da lo que sobra, o da lo que a uno le parece que es lo que los demás necesitan, aunque sepa que le va a hacer mal. Entonces, también encontramos a los que dicen "¡Yo soy muy humilde!", y tal vez es que no hemos puesto a trabajar ninguno de los dones de Dios, como aquel que hizo un pozo, enterró lo que Dios le dio y dijo: "Yo soy humilde, no presumo de las obras de Dios". Por eso, nada mejor que ponernos en camino y aprender de los Padres, aprender de la fe de la Iglesia, nutrirnos dentro de la Divina Liturgia, que es el regazo de la Iglesia, es el seno, podemos decir que es el útero de Dios, donde somos rehechos. No solamente tenemos fe y vamos a rendir culto, sino que somos rehechos en cada Liturgia en la medida de nuestra fe, por la cual somos tenidos a Dios, la fe nos tiene a nosotros, en el mejor de los casos; Dios nos ha pescado, en el mejor de los casos; Dios está en nosotros y nosotros en Dios. Es una experiencia muy común, muy habitual, mejor dicho, en la Liturgia, experimentar esto, que Dios está en nosotros, por la paz que experimentamos, y Dios está en torno a nosotros: "El Ángel del Señor acampa en torno de los fieles y los libra", dice el Salmo. Acampa en torno, justamente, acampa en torno y esos fieles experimentan una protección, experimentan una libertad para poder dedicarse al bien, que ese es el fin de la libertad. La libertad no es la capacidad de hacer el mal, es la capacidad de elegir entre un bien y un bien mejor, entregarnos sinérgicamente a la gracia; nuestras operaciones movidas por la gracia de Dios, infundidas por la gracia de Dios, operan como deberían. 

La gracia de Dios, desde un punto de vista, nos supera por mucho más de lo que la mente puede llegar a comprender y, por otra parte, somos casi con naturaleza divina, estamos hechos para vivir en ella. Si uno se compra un vehículo nuevo, y uno desea que ese vehículo ande bien, le costó mucho esfuerzo conseguirlo, está muy feliz con ese vehículo nuevo que lo va a poder llevar a muchos lugares y visitar personas que ama y realizar cosas que son buenas, placenteras, va a cuidar mucho, en primer lugar, de nutrirlo con el combustible adecuado, y si su bolsillo se lo permite va a tratar de que así sea con el mejor combustible posible, diseñado para ese vehículo. Si bien la comparación no es exacta, sin embargo podemos decir, justamente, que estamos hechos para vivir en Dios, no que Dios es nuestro combustible, no hay un "combustible espiritual", porque Dios no es una cosa que se usa para lo que uno quiere ni algo que se absorbe y que queda ajeno a nosotros, porque el auto no es transformado por el combustible, sencillamente se mueve. En cambio, nosotros por medio de la gracia somos transformados en otro ser. Podemos, si se quiere, compararlo más con el agua y la planta, que alcanza su propio fin, el agua no pierde su ser y la planta es transformada. Y Dios viene a nosotros y hace de cada planta del jardín una distinta, y aunque fueran de la misma especie, una distinta de la otra, de manera que la madurez de una, no es la madurez de la otra, ni el tiempo de fructificación ni la calidad de los frutos ni la forma ni tampoco las mismas posibilidades, por eso hemos de atender que ese agua de Dios que viene sobre nosotros también sea conducida para lo que Dios la ha puesto, para que demos fruto de acuerdo a nuestra especie.

Fuente: teoforos-orientecristiano.blogspot.mx

El sacerdocio universal de los laicos


Paul Evdokimov
(Extracto)


Las traducciones griegas del texto hebreo del Antiguo Testamento (por ejemplo la versión de Áquila), aplican la palabra laikos, “laico”, no a los hombres, sino a las cosas. Por ejemplo, un “viaje laico”, una “tierra laica”, el “pan laico” (1 Sam 21,4) son las cosas “profanas” que no están destinadas al servicio del templo (1 Sam 21, 5-6; Ez 48, 15).

El primer documento cristiano que menciona la palabra “laico” es la Carta a los corintios atribuida a san Clemente de Roma (ca. 95). Habla de la conducta de los hombres del pueblo según las “reglas laicas”. Desde el siglo III, con Tertuliano y san Cipriano en África del norte, el término “laico” ocupa su lugar junto a la palabra “clérigo”. Estamos ya ante el germen de una interpretación jurídica que opone “laico” a “clérigo”. Finalmente, en san Jerónimo (comienzo del siglo V) encontramos no una definición, pero sí una constatación netamente peyorativa: ante el clero, puesto aparte al servicio de las cosas de Dios, los laicos son los que se ocupan de las cosas de este mundo, los que se casan, comercian, cultivan la tierra, hacen la guerra, testifican en asuntos de justicia…

Si en la Biblia la palabra “laico” es rara y poco precisa, sin embargo contiene una noción de las más ricas y claras del laos, del pueblo de Dios. Junto a un sacerdocio funcional, de la casta sacerdotal levítica, la Escritura pone el sacerdocio universal del pueblo de Dios en su totalidad. Después de la entrega de la Torá a Moisés, el Señor declara: “Seréis para mí un reino de sacerdotes (mamleket kohanim), una “nación santa” (Ex 19,6). El texto griego lo taduce por basilein ierateurma) sacerdocio real, el “pueblo de sacerdotes” al servicio del Rey celeste. En el Nuevo Testamento, san Pedro retoma la expresión: “vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio” (1 Pe 2, 9). El pueblo de Dios, puesto aparte y reunido antaño en el templo de Jerusalén, queda ahora asociado a los “acta et passa Christi in carne”. Del régimen profético, el pueblo, constituido en Iglesia, pasa a la realidad revelada; en adelante, es reunido en Cristo y participa en el sacerdocio y en la realeza únicas de Jesús. Cristo ha hecho de todos los cristianos “un reino de sacerdotes que reinan sobre la tierra” (Ap 5, 10).

La idea de un pueblo profano no tiene cabida en la Biblia, es absolutamente inimaginable. La Escritura enseña, de la manera más constante y firme, el carácter sagrado y sacerdotal de cada miembro del pueblo.

Los primeros signos inquietantes aparecen ya a finales del siglo IV, fruto precoz de la época de Constantino. Son los propios laicos los que ceden su dignidad de sacerdocio universal […]

Se va creando una distancia por una indigencia, un empobrecimiento progresivo del laicado, por su lamentable rechazo de los dones del Espíritu Santo. Se trata de la gran “traición de los laicos”, traición a su naturaleza sacerdotal. Los dos polos del laos, del pueblo de Dios –el del rey cristiano que protege a la Iglesia y se llama “obispo exterior” y “diácono ecuménico” (título de los emperadores bizantinos), y el del monje que vive ocupado en las cosas de Dios –ambos polos salvaguardan la dignidad carismática de los laicos, pero el resto, lo que está entre estos dos polos, se precipita en un vacío, en esta ocasión verdaderamente profano; la masa, aunque bautizada, se identifica con las cosas de este mundo, recupera el sentido veterotestamenterio de la palabra “laico” aplicada a las cosas, y se convierte ella misma en una de las cosas profanas de este mundo. A este estado de rápida decadencia se le aplica el término peyorativo de los biotikoi y de los anieroí: los que viven en el mundo y son extraños a las cosas sagradas y santas. Desde entonces, la definición del laicado es negativa: un laico es un elemento pasivo puramente receptivo, no tiene nada que hacer en la Iglesia (salvo la contribución financiera), porque carece de función eclesiástica, no tiene ministerio, ni carisma…

Ahora bien, la Epístola a Diogneto (comienzos del siglo III) afirma: “cada uno reside en su patria como los extranjeros domiciliados. Toda tierra extranjera es para ellos una patria y toda patria una tierra extranjera. Pasan su vida sobre la tierra, pero son ciudadanos del cielo”. Este texto no hace sino acentuar la enseñanza de san Pablo: los fieles, los laicos, son elegidos de Dios y conciudadanos de los santos; no tienen ciudad aquí abajo. Se puede constatar una reducción vertiginosa de esta dignidad de los “santos” (de los llamados a la santidad), al estado profano de los que sólo se ocupan de las cosas de este mundo. Se trata de la extrema profanación de lo sagrado.

Ante esta decadencia, la verdadera tradición permanece siempre inmutable; se la encuentra en los dogmas, en la conciencia sacramental y litúrgica, en la rica y explícita enseñanza de los padres de la Iglesia.

El sacerdocio universal no implica ninguna oposición al sacerdocio funcional del clero; este no es en absoluto una emanación del laicado, una delegación de carácter congregacionalista. La Iglesia ha recibido una estructura jerárquica desde la institución del colegio de los Doce, de acuerdo con el plan divino. El pueblo está diferenciado por Dios en su “principio sacerdotal”, por medio de los ministerios carismáticos. El episcopado es elegido dentro del pueblo, es de su carne y de su sangre sacerdotales, no viene a formar una superestructura, porque es una parte orgánica del cuerpo, de la unidad ontológica de todos los miembros. Pero su origen es divino y se ejerce en virtud de la sucesión apostólica. Todo candidato es promovido por Dios: “fui yo quien os elegí” (Jn 15, 16). El poder sacramental de celebrar los misterios y, sobre todo, de ser testigo apostólico de la eucaristía, el poder de promulgar las definiciones doctrinales –“carisma veritatis certum”- pertenecen al episcopado en virtud de la apostolicidad de la Iglesia; es también el carisma pastoral de conducir el Cuerpo, la realeza de los sacerdotes hacia la parusía gloriosa. Imagen viva de Cristo, el obispo sólo tiene un auténtico poder: el de la caridad, una única auténtica fuerza de persuasión: su martirio. Como lo dice magníficamente esta bella frase: “nosotros no somos los maestros de vuestra fe, somos los servidores de vuestra alegría”.

Se percibe bien lo esencial de la tradición oriental: no es ni el igualitarismo antijerárquico ni la dicotomía clericalista del único Cuerpo en dos, sino la participación sacerdotal de todos en el único Sacerdote divino por medio de dos sacerdocios. Cada uno está establecido por Dios y este origen divino es lo que les libra del mundo y de toda perspectiva profana.

Lo que está condensado en uno solo, Cristo, el único sacerdote, se despliega en su Cuerpo: el Sacerdote se dirige hacia el Reino y el sacerdocio universal de los sacerdotes. La pascua y la parusía no se confunden todavía; de ahí la coexistencia de dos sacerdocios: sin confusión ni separación y fuera de toda oposición imposible; el único Cristo se realiza en la diferenciación de los carismas y de los ministerios.

De este modo, la tradición no se entrega jamás a la confusión, sino que afirma netamente la igualdad de naturaleza: todos son, ante todo, miembros equivalentes del pueblo de Dios. Gracias al “segundo nacimiento”, el bautismo, todos son ya sacerdotes, y es en el seno de esta equivalencia sacerdotal donde se produce la diferenciación funcional de los carismas. No se trata, en absoluto, de una nueva “consagración”, sino de una ordenación para un ministerio nuevo de aquel que ya estaba consagrado, que ya había cambiado su naturaleza, una vez por todas, habiendo recibido ya su ser sacerdotal. […]

De este modo, si el obispo participa en el sacerdocio de Cristo mediante su función sagrada, todo laico lo hace en función de su mismo ser; participa en el único sacerdocio de Cristo por su ser santificado, por su naturaleza sacerdotal. A la vista de esta dignidad –ser sacerdote por su propia naturaleza-, todo bautizado está sellado por los dones, ungido por el Espíritu en su misma esencia. Es necesario subrayar fuertemente la sustancia, la ontología, la naturaleza sacerdotal de todo fiel. Todo laico es sacerdote de su existencia, ofrece en sacrificio la totalidad de su vida y de su ser.

Esta perfecta igualdad de naturaleza de todos los miembros de la Iglesia responde al carácter fuertemente homogéneo de la espiritualidad ortodoxa. Igual que no existe ninguna separación entre Iglesia docente y discente, sino que es la Iglesia total la que enseña a la Iglesia, lo mismo ocurre en la totalidad de la enseñanza que el evangelio dirige a todos y cada uno. La oración, el ayuno, la lectura de las Escrituras, la disciplina ascética se imponen, así, a todos de idéntica manera. Por esta razón, el laicado forma con toda exactitud el estado de monacato interiorizado. Su sabiduría consiste esencialmente en asumir, viviendo totalmente en el mundo, y tal vez sobre todo a causa de esta vocación, el maximalismo escatológico de los monjes, su espera gozosa e impaciente de la parusía.

Como ejemplo de monaquismo interiorizado, común a todos, se puede mencionar la antigua tradición que veía en el tiempo del noviazgo un noviciado monástico para prepararse al “sacerdocio conyugal”. De este modo, las coronas de los prometidos, en el momento del rito oriental de la coronación (sacramento del matrimonio), se guardaban durante siete días y enseguida el sacerdote daba la bendición para poner fin a este tiempo de continencia de los esposos. De igual manera, en la Rusia de otros tiempos, después de la ceremonia del matrimonio en la Iglesia, los esposos iban directamente a un convento. Allí se iniciaban durante un tiempo a la vida monástica para comenzar mejor su nueva vocación conyugal, su sacerdocio conyugal.

Nicolás Cabasilas, gran liturgista del siglo XIV y laico, tituló su tratado sobre los sacramentos así: La vida en Cristo; Juan de Cronstadt, sacerdote de gran santidad de comienzos del siglo XIX, describe en Mi vida en Cristo su experiencia eucarística. Todo esto pone de relieve que la verdadera patria de las almas ortodoxas es la Iglesia de los misterios litúrgicos. Nicolás Cabasilas parafrasea incluso el texto de los Hechos de los apóstoles y dice: “por los sacramentos vivimos, nos movemos y somos” [1]

El sacramento de la unción crismal es el sacramento del sacerdocio universal. Sobre el hombre nacido de nuevo en el bautismo, desciende el Espíritu Santo para infundirle el don de los actos. La unción es el sacramento de la fuerza que nos arma como “soldados y atletas de Cristo” para “dar testimonio sin miedo  ni debilidad”, para realizar el apostolado de amor carismático. San Cirilo de Jerusalén dice a los catecúmenos: “El Espíritu Santo os arma para el combate…. Él velará sobre vosotros como sobre su propio soldado”, y “vosotros adquiriréis firmeza contra todo poder que se oponga” [2].  Todo laico es ante todo un combatiente.

Las signaciones mediante la unción crismal de todas las partes del cuerpo (tradición oriental) simbolizan las lenguas de fuego de Pentecostés. Van acompañadas de esta fórmula sagrada: “sello del don del Espíritu Santo”, es, pues, en todo su ser donde todo laico es sellado con los dones, es un ser enteramente carismático.

La oración, situada en el corazón del sacramento, precisa la finalidad de estos dones: “que encuentre su complacencia en servirte en todo acto y en toda palabra”. Es la consagración de toda la vida al ministerio del laico, ministerio esencialmente eclesial.

El carácter totalizante, absoluto, de la consagración se pone de relieve en el rito de la tonsura, rito idéntico al de la entrada en el orden monástico. La oración pide: “bendice a tu siervo, que ha venido a ofrecerte como primicia la tonsura de los cabellos de su cabeza”. El sentido simbólico de este rito es bien claro, se trata de la ofrenda total de su vida.

El acento escatológico de la oración refuerza el mencionado sentido: “que te dé gloria y que todos los días de su vida posea la visión de los bienes de Jerusalén”. Así, todos los instantes del tiempo se abren a su dimensión escatológica, todos los actos y todas las palabras están al servicio del Rey. Al pasar por la tonsura, todo laico es un monje del monacato interiorizado, sometido a todas las exigencias absolutas del evangelio.

En la epíclesis del sacramento, a la petición del Espíritu Santo, el Padre celeste responde por su envío, que reviste al bautizado en Cristo, lo “cristifica”. En la oración sobre el santo crisma, el obispo pide: “Oh Dios, márcalos (a los futuros confirmandos, ungidos, “cristos”) con el sello del crisma inmaculado; ellos, llevarán en su corazón a Cristo para ser morada trinitaria”. Se puede notar aquí el trinitariocentrismo de la ortodoxia, el equilibrio trinitario queda bien subrayado: sellado por el Espíritu, convertido en cristóforo para ser morada trinitaria.

Durante un oficio, la elección de la lectura constituye ya un comentario. Durante el sacramento de la unción, se leen los últimos versículos del evangelio de san Mateo “id, pues, y enseñad a todas las naciones”. Mediante esta lectura, la orden del Señor se dirige, por tanto, a todo cristiano confirmado, a todo laico, para que pueda realizar lo que el sacramento le ofrece con su gracia: “Debe predicar a los demás lo que él ha recibido en el bautismo”. Junto a los misioneros acreditados, todo confirmado es “apóstol” a su manera. Es llamado a dar un testimonio incesante con todo su ser sellado de dones, con toda su vida.

La idea de un pueblo pasivo está en flagrante contradicción con la eclesiología patrística: el sacerdocio universal de los fieles participa en los tres poderes: el gobierno, la enseñanza y la santificación.

El primer concilio de Jerusalén en tiempos de los apóstoles (Hch 15) reúne todos los elementos de la Iglesia: “los apóstoles, los ancianos y los hermanos”. La palabra: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”, se convierte en la fórmula sagrada de los concilios ecuménicos y ese “nosotros” es el nosotros colegial del Cuerpo en su totalidad. Son los obispos los que constituyen el concilio, pero llevan consigo a todo el Cuerpo y su poder supremo sólo se ejerce en el nivel del misterio del consensus de todos; los obispos actúan ex consensu ecclesiae. Como lo declara perfectamente la encíclica de los patriarcas orientales en 1848: “entre nosotros no han podido introducirse innovaciones ni por los patriarcas ni por los concilios; porque entre nosotros la salvaguarda [2] de la religión reside en el cuerpo entero de la Iglesia, es decir, en ese pueblo que él mismo quiere conservar intacta su fe”. Los laicos no son los jueces (kriteis) de la fe, la promulgación de las definiciones doctrinales es el carisma propio del episcopado; sin embargo, los laicos son los defensores de la fe. El “escudo” es la Iglesia en su totalidad y la razón de todo ello está en que la capacidad de distinguir la verdad del error, “de examinarlo todo y quedarse con lo bueno” (1 Tes 5, 19-21), ha sido dada a todos. Esta defensa es también el sagrado deber de cada laico. Se conoce este papel cuando la crisis arriana, en el siglo IV, o más tarde, en el siglo XV; pero sobre todo en los siglos XVI y XVIII en la Rusia del sudoeste, cuando las confraternidades ortodoxas salvan la pureza de la fe y constituyen las auténticas murallas de la verdad frente al episcopado desfallecido. El consensus del sacerdocio universal apela, en el caso del colegio episcopal desfalleciente, al colegio episcopal iluminado por el Espíritu Santo.

En los actos de culto, el axios, en el caso de una ordenación episcopal, o el amén final, son como la firma sagrada del Cuerpo en su totalidad sobre todo acto de la Iglesia. Durante la liturgia, todo fiel es un coliturgo con el obispo; el pueblo participa activamente en la anáfora eucarística, en la epíclesis (siempre se emplea el plural; el sacerdote formula en nombre de todos: “nosotros te suplicamos…”, y a continuación viene el testimonio apostólico del milagro realizado). La comunión de espíritu entre el celebrante y la asamblea es total y responde al sentido de la palabra liturgia, que es “acción común”.

En la enseñanza –y este es un hecho particular de la ortodoxia- los profesores de teología son la mayoría de las veces laicos. El ministerio de la palabra va unido al carisma del orden, pero los obispos delegan el poder de enseñar y de predicar en determinados laicos elegidos, y esto en virtud de su carisma, nacido del sacerdocio universal. En la sociedad sacralizada de Bizancio, el emperador tiene el poder de convocar los concilios y la predicación imperial ocupa un lugar normal. Igualmente, se conocen en el siglo XIV las hermosas homilías de Nicolás Cabasilas, laico y gran liturgista. Cabe mencionar también el nombre de Cirilo de Filea, un hesicasta ardiente, casado y padre de familia. En la Grecia actual, el Sínodo envía a laicos para misiones apostólicas; ellos enseñan y predican en las iglesias; aquí igualmente ejercen su carisma sacerdotal. […]

En el plano de la santificación, el estado monástico es completamente independiente de toda ordenación. La dirección espiritual de los saterts no va unida al sacerdocio. Los pneumáticos, los “espirituales” –monjes o laicos- que viven en el mundo y que el pueblo llama “hombres de Dios” o “locos por Cristo”, gozan de una autoridad espiritual enorme. A ellos los reconoce el pueblo como directores de conciencias; se trata de simples monjes que muchas veces han sido los padres espirituales de obispos y patriarcas. Este ministerio, puramente carismático, no dejará jamás de existir en la Iglesia junto al ministerio de los clérigos.

Los laicos forman un sector eclesial que es a la vez el mundo y la Iglesia. No tienen acceso al poder de impartir las mediaciones de la gracia (poder sacramental del clero); sin embargo, su ámbito es “la vida de la gracia” y “el estado de gracia”. Por la simple presencia en el mundo de “seres santificados”, de “sacerdotes” en su sustancia misma, de “moradas de la Trinidad”, el sacerdocio universal de los laicos detenta el poder de lo sagrado cósmico, de la liturgia cósmica: fuera de los muros del templo, los laicos continúan la liturgia de la Iglesia. Gracias a su presencia activa, los laicos introducen la verdad de los dogmas vividos en el ámbito social y en el ámbito de las relaciones humanas, y de esta forma desalojan los elementos demoníacos y profanos del mundo.

A favor de una participación activa en los poderes de la Iglesia, los padres subrayan la triple dignidad de los laicos en sí misma considerada. San Macario de Egipto lo dice: “el cristianismo no tiene nada de mediocre, es un gran misterio. Medita sobre tu propia nobleza… Mediante la unción, todos se convierten en reyes, sacerdotes y profetas de los misterios celestes” [3].

La dignidad real es de naturaleza ascética: es el dominio de lo espiritual sobre lo material, sobre los instintos y las pulsiones cósmicas de la carne, la liberación de todo determinismo procedente del mundo San Ecumenius lo dice: “Reyes por el domino de nuestras pasiones” [4]. San Gregorio de Nisa enseña también: “el alma muestra su realeza disponiendo libremente de sus deseos; esto sólo es inherente al rey; lo propio de la naturaleza real es dominarlo todo”.

La dignidad regia, por consiguiente, es el “cómo” de la existencia, la cualidad regia de dominador, de ser su regidor y señor. Su “qué”, su contenido, se sitúa en la dignidad sacerdotal. San Pablo exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo y eso es “el culto razonable” (Rom 2,1): hacer de nuestro ser y de su existencia un culto, una liturgia, una doxología. Orígenes lo expresa admirablemente: “todos los que han recibido la unción se han convertido en sacerdotes… Si yo amo a mis hermanos hasta dar mi vida por ellos y lucho por la verdad hasta la muerte… Si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, he ofrecido un sacrificio y me convierto en sacerdote de mi existencia.” [5]… En el mismo sentido, san Gregorio Nacianceno sintetiza: “somos sacerdotes por la ofrenda de nosotros mismos como sacrificio espiritual” [6]

Para definir la dignidad profética, san Ecumenius reúne todas las dignidades en un solo movimiento: “reyes por el dominio sobre nuestras pasiones, sacerdotes para inmolar nuestros cuerpos, profetas al estar instruidos en los grandes misterios” [7]. San Teofilacto añade: “Profeta, porque ve lo que el ojo nunca vio” [8]. Según la Biblia, un profeta es aquel que es sensible a los “designios de Dios” en el mundo, aquel que capta la marcha providencial de la historia bajo la mirada de Dios. Eusebio de Cesarea, en su Demostración evangélica [8], escribe: “nosotros destilamos el perfume profético en todo lugar y le sacrificamos el fruto lleno de olor de una teología práctica”. He ahí, una magnífica definición del laicado: a través de todo su ser, en toda su existencia, convertirse en una teología viva, teofánica, lugar espléndido de la presencia, de la parusía de Dios.

Recorriendo la tradición patrística es posible diseñar, a grandes rasgos, un cierto “tipo” de laico. Se trata ante todo de un hombre de oración, un ser litúrgico: el hombre del sanctus y del trisagio, que resume su vida con esta palabra del salmo: “cantaré al Señor toda mi vida”. Abba Antonio [9] habla de un hombre de una gran santidad que ejercía en la sociedad la profesión de médico; daba a los pobres todo lo superfluo y durante todo el día cantaba el trisagio, uniéndose al coro de los ángeles. Hace pensar en el tipo de santo que se denomina anargyre, “desinteresado”. Ejerce su medicina como una forma de su sacerdocio, como sacerdote. Hace pensar también en el “buen médico” de Camus, pero tal como él lo debe ver ahora…

Hoy día, en los países comunistas, en los que la Iglesia, más que nunca, está reducida exclusivamente a la vida litúrgica, este despojamiento constituye una llamada sumamente vigorosa a centrarse en lo único necesario. Muy recientemente, el episcopado ruso ha exhortado a los laicos, a falta de una vida litúrgica regular, a convertirse en templo, a prolongar la liturgia en su existencia, a hacer de su vida una liturgia, a presentar a los hombres sin fe un rostro, una sonrisa litúrgica… En las condiciones trágicas de la última tensión, la Iglesia enseña ante todo cómo rezar, cómo participar en la lucha a través de un testimonio silencioso, cómo “escuchar el silencio del Verbo” para hacerlo más poderoso que cualquier palabra comprometida.

Según la antigua tradición, san Miguel ofrece sobre el altar de lo alto “corderos de fuego”, las almas de los mártires. Su testimonio no es forzosamente espectacular. Sacerdotes del mundo, el laico practica el discernimiento de espíritus y dice “no” a toda empresa demoníaca. Los otros, los que están “debajo del altar” (Ap 6,9), gritan: “¿hasta cuándo, Señor..?” La Iglesia puede hacer de toda la riqueza de la cultura humana un espléndido icono del reino de Dios, pero también puede ser despojada hasta el martirio y “desnuda, seguir al Cristo desnudo…”

Durante la liturgia, el obispo recoge la oración y los dones de los fieles y lleva esta ofrenda al Padre, pronuncia la epíclesis de parte de todos. Pero también toda la presencia del laico en el mundo es una epíclesis perpetua, santifica cualquier rincón de este mundo, contribuye a la paz de la que habla el evangelio, aspira al “beso de la paz” litúrgico. Siguiendo las letanías, su oración contempla el día que viene, la tierra y sus frutos, el esfuerzo de todo hombre. En la inmensa catedral que es el universo de Dios, el hombre, sacerdote de su vida, obrero o sabio, hace de todo lo humano ofrenda, cántico, doxología.

Un laico es testigo ocular de la resurrección de Cristo. Tal es la enseñanza litúrgica y el sentido del oficio de la noche de Pascua. El misterio litúrgico va más allá de la mera conmemoración, “re-presenta” el acontecimiento, se convierte en auténtico advenimiento. Ante el pueblo aparece Cristo resucitado, lo cual confiere a todo fiel la dignidad apostólica de testigo.

Esta es la razón por la que un laico es, también, apóstol [11] a su manera. Según los grandes espirituales, es aquel que responde a la escena final del evangelio según san Marcos: aquel que camina entre serpientes, domina toda enfermedad, mueve las montañas y resucita a los muertos, si esa es la voluntad de Dios. Vive simplemente su fe hasta el final, se sitúa en su término inquebrantablemente.

Una actitud de silencio recogido, de humildad, pero también penetrada de una ternura apasionada. San Isaac, san Juan Clímaco, decían que hay que amar a Dios como se ama  a la prometida, y entonces ser amantes de toda la creación de Dios para descifrar en todo el sentido de Dios. Según Merleau – Ponty: “el hombre está condenado al sentido” [12]; nosotros diremos; invitado a vivir su fe: ver lo que no se ve, contemplar la sabiduría de Dios en el absurdo aparente de la historia, convertirse en luz, revelación, profecía.

Maravillado, pues, por la existencia de Dios –“el mundo está lleno de la Trinidad”-, un laico es también un poco loco, con la locura de la que habla san Pablo; posee el humor tan paradójico de los “locos por Cristo”, que es el único capaz de romper la pesada seriedad de los innumerables doctrinarios.

Un laico es también un hombre a quien la fe libera del “gran miedo del siglo XX”, miedo a la bomba, al cáncer, al comunismo, a la muerte; cuya fe es siempre una cierta manera de amar el mundo, una manera extrema, siguiendo a su Señor hasta el descenso a los infiernos. No se trata, sin duda, de un sistema teológico, pero probablemente sólo desde el fondo del infierno podrá nacer e imponerse una esperanza resplandeciente y gozosa.

El cristianismo, en la grandeza de sus confesores y de sus mártires, en la dignidad de todo creyente, es mesiánico, revolucionario, explosivo. En el reino del césar se nos manda buscar, y por tanto encontrar, lo que no existe en él: el reino de Dios. Esta orden significa justamente que debemos transformar el mundo, cambiar su figura para que se convierta en icono del Reino. Cambiar el mundo quiere decir pasar de lo que el mundo no posee todavía –y esta es la razón de que sea todavía mundo- a aquello en lo que se transfigura, y en virtud de lo cual se convierte en otra cosa: el Reino.

La llamada central del evangelio invita a la violencia cristiana que sólo se apodera del reino de Dios. El Señor señala la violencia hablando de san Juan Bautista. De este modo, san Juan no es solamente un testigo del Reino, es ya el lugar en el que el mundo es vencido y donde el Reino está presente. No es solamente una voz que lo anuncia, es su voz. El amigo del Esposo, aquel que disminuye para que el otro, el Filántropo divino –amante de los hombres- crezca y se haga visible. Ser verdadero laico es ser aquel que durante toda su vida, mediante lo que está ya presente en él, anuncia a Aquel que viene; ser aquel que, según san Gregorio de Nisa, lleno de “sobria embriaguez” lanza a todo el que pasa este requerimiento: “ven y bebe”; aquel que dice con san Juan Clímaco esta palabra tan ágil en su alegría: “tu amor ha herido mi alma y mi corazón no puede sufrir tus llamas; marcho hacia ti cantando…” [13].

El evangelio nos habla de los violentos que se apoderan del Reino. Uno de los signos seguros de su cercanía es la unidad del mundo cristiano. En esta espera de los últimos cumplimientos, la esperanza, la gran esperanza cristiana, cobra vida. La oración de todas las Iglesias se eleva para formular la epíclesis ecuménica; invocar al Espíritu Santo y su descenso sobre el milagro posible de la unidad. Este es nuestro ardiente deseo, nuestra ardiente oración. El destino del mundo depende de la respuesta del Padre, pero esta está supeditada a nuestra transparente sinceridad, a la pureza de nuestro corazón.

Jesucristo, por el don total de sí mismo, ha revelado el sacerdocio perfecto. Imagen de todas las perfecciones, él es el único obispo supremo, él es también el único laico supremo. Por eso, su oración sacerdotal lleva consigo el deseo de todos los santos: glorificar a la Trinidad santa con un solo corazón y una sola alma, y reunir a todos los hombres alrededor del único cáliz.

La Filantropía divina nos espera para compartir esta alegría, que ya no es de este mundo solamente; inaugura ya el festín del Reino.



Paul Evdokimov
Las Edades de la vida espiritual
Ed. Sígueme, Salamanca 2003.
Pp. 229-244


Notas:

[1] N. Cabasilas, La vie en Jésus-Christ, 27 (versión cast: La vida en Cristo, Madrid 1999).

[2] El hecho de proteger, de defender, la palabra griega empleada aquí implica la idea de alguien que lleva un escudo.

[3]PG 34, 624 BC.

[4] PG 118, 932.

[5] PG 12, 521-522.

[6] PG 44, 1149C.

[7] PG 118, 932 CD.

[8] PG 124, 812.

[9] PG 22, 92-93.

[10] PG 65, 84.

[11] Máximo el Confesor, en PG 90, 913. Cf. Lc 10, 19.

[12] M. Merleau-Ponty, Phénoménologie de la Percepcion, p. XIV (versión cast.: Fenomenología de la percepción, Barcelona 1999).

[13] PG 88, 1160 B.


Fuente: theoesis.blogspot.mx