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Correcciones y amonestaciones de Santa Catalina de Siena al Papa y a la Iglesia


«Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de virtudes celestiales, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oírlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: “¿Cómo, en tan poco tiempo, has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?” Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como la vi con mis propios ojos, erguida, dijo estas palabras: “Por el honor de Dios Omnipotente me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia de Roma sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días”. El Papa permaneció callado, y yo, consternado» (“Vida”, Bto Raimudo de Capua, n.152).
«¡Ay de mí! ¡Basta de callar! Gritad con cien millares de lenguas. Veo que, por callar, el mundo está podrido y la Esposa de Cristo ha perdido su color» (Carta 16, a un alto prelado).
«Perdonadme, perdonadme —le escribe a Gregorio XI—. El gran amor que tengo a vuestra salvación y el gran dolor cuando veo lo contrario, eso es lo que me hace hablar... Proceded de manera que no tenga que apelar de vos a Cristo crucificado, que a otro no puedo apelar, pues no hay mayor que vos sobre la tierra, Permaneced en la santa y dulce caridad de Dios. Humildemente pido vuestra bendición, dulce Jesús, Jesús amor» (Carta 255, l, 93).
«Querido Padre, apasionaos por esta verdad, para que seáis una columna fuerte en el cuerpo místico de la santa Iglesia, donde hay que propagar la verdad; porque la verdad está en ella, y porque ella está en ella, ella quiere que sea administrada por personas que le sean apasionadas y esclarecidas, y no por ignorantes que están separados de la verdad» (Carta al Cardenal Pedro de Luna, luego Benedicto XIII)
«Largo tiempo deseé veros hombre viril y sin temor alguno, aprendiendo del dulce y enamorado Verbo que virilmente corre a la oprobiosa muerte de la santísima cruz, para cumplir la voluntad del Padre y nuestra salvación» (Carta al Papa Gregorio XI).
«Cuando se trata de prometer obras y sufrimientos por la gloria de Dios, os mostráis un hombre; no me resultéis luego hembra cuando llega el momento de realizarlo» (Carta a Fray Raimundo de Capua)
«Hay algunos que hacen lo contrario. Razonan falsamente y dicen: “Son tantos sus defectos que no tenemos otra cosa que mal; por eso él no es digno de reverencia ni de que se le ayude. ¡Que fuera lo que debe ser y que atienda a las cosas espirituales y no a las temporales!”. Y así, como ingratos y desconocedores, no le reverencian, ni le obedecen, ni le ayudan... No vemos que nuestra razón es falsa, porque sea como sea, bueno o malo, no debemos retraernos de nuestro deber porque la reverencia no se le hace a él por él mismo, sino a la Sangre de Cristo y a la autoridad y dignidad que Dios le ha dado para nosotros. Esta autoridad y dignidad no disminuyen por ningún defecto que tenga... Además, por su defecto no nos quita la necesidad que tenemos de él; debemos ser agradecidos y reconocidos, haciendo lo que se pueda hacer en beneficio de la Santa Iglesia y por amor de las llaves que Dios le ha dado» (Carta 311, 1, 420).
«Lo que le hacemos a él (al Vicario de Cristo), se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos» (Carta 207, 1, 436).


Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Prædicatorum

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas" (Mc12, 30).


Hablando Santa Catalina un día con su confesor del estado en se encuentra el alma que ha llegado a la suprema unión con Dios, le decía que «esta alma no se ve ni se ama a sí misma ni a ningún otro; se olvida de sí y de toda otra criatura». Y, al suplicarle el Beato Raimundo que fuera más explícita, añadió:

«El alma que ve su nada y sabe que todo su bien está el Creador, se abandona tan perfectamente y se sumerge tal modo en Dios, que toda su actividad a Él se dirige y en Él se ejercita. Ya no quiere salir más del centro donde hallado la perfección de la felicidad; y esta unión de amor, que cada día aumenta en ella, la transforma en Dios, por decirlo así, de tal modo, que no puede tener otros pensamientos, ni otros deseos, ni otro amor que Él; pierde todos los recuerdos; nada ve sino en Dios y no se acuerda de sí ni de las criaturas sino en Él. Está como sumergida en un océano, cuyas profundas aguas la cercan. Nada percibe sino lo que hay en esas aguas. Puede ver los objetos exteriores que allí se reflejan; pero los ve en el agua solamente y tales como están en el agua. Este es el verdadero legítimo amor de nosotros mismos y de las criaturas; es amor que no puede perdernos, porque el alma sigue entonces la Voluntad Divina: nada desea y nada hace fuera de Dios» 

(Vida. Bto. Raimundo de Capua OP).

«No ames a la criatura fuera de mí —le había dicho el mismo Dios en otra ocasión—, como el que bebe el agua sacando el vaso fuera de la fuente y se le queda vacío sin percatarse. Bebe sin sacar la criatura de la fuente que soy Yo, fuente de agua viva» (Carta 52, a Fr Jeronimo de Siena. Cartas, I, p. 302).

Distinción entre amor Filial y de Amistad en Santa Catalina de Siena. Fr. Jorge Alberto Molina O.P.


Introducción

Catalina de Siena habla del amor teniendo en cuenta el proceso de crecimiento del alma, que por la bondad de Dios, es atraída y elevada hacia Él mediante un camino de perfección.

En este itinerario, Catalina enseña sobre distintos estadios del alma que se suceden y se superan uno a otro. Se trata de los distintos amores, por los cuales es necesario caminar para el encuentro con Dios.
Conviene tener presente que la santa considera en sus obras cuatro tipos de amor. Los distingue en: amor mercenario, amor de amigo, amor de hijo y amor divino. Es, sin duda, una escala de valores que indica la relación del hombre con Dios y que abarca todo un proceso de conversión y de aceptación de Dios que permite adentrarse en la vida de la gracia.

En efecto, entre el amor mercenario y el amor divino hay una diferencia abismal que refiere dos polos opuestos. Uno, donde la vida se presenta con amor mezquino fundado en un egoísmo que casi prescinde de Dios y otro, donde precisamente Dios lo es todo para la vida.

Sin embargo, es entre estos dos amores donde radica esencialmente el modo por el cual se anima y se fortalece el alma, para avanzar por el camino desde una vida vacía de Dios, presente en el amor propio, a una vida en la que Dios lo abarca todo, manifiesto en el amor divino. Es decir, en el amor de amigo y en el amor de hijo.


El amor de amigo

Desarrollar el concepto de amor en Catalina es considerar el camino de ascenso a la plenitud de la gracia. Es ir al encuentro de Dios y vivir en él, una vez que él ha habitado en nosotros. Es la experiencia de una vida de perfección fundada en el amor donde las virtudes echan raíces en el alma mediante el ejercicio de la caridad.

Si bien la amistad con Dios es un don precioso y que en sí mismo nos planifica, para Catalina, el camino de nuestra vida espiritual no termina allí. Ella dispone al alma hacia una meta de mayor plenitud, es decir, al estado de un amor más perfecto, viviendo ya en este mundo y anticipadamente el gozo eterno vivenciado en la caridad.

Pero vayamos a la idea de amistad que propone y manifiesta la santa por medio de sus escritos. La primera característica que presenta es la correspondencia. En efecto, por el amor, por una cierta intimidad propia de la relación de amistad se vislumbra la fidelidad al amado por parte del amante. Hay una búsqueda de correspondencia en aquel a quien se ama. Es en el otro en quien se pone la confianza y a quien se revela la intimidad del corazón.

Si entre dos amigos se da una perfecta comunión que comprende todas las facetas de sus vidas, para mantener esta relación en auténtica amistad, es preciso que haya entre ambos un acuerdo común que sincronice los sentimientos y afectos que son recíprocos.

En el caso concreto de la amistad con Dios, el acuerdo por parte de él es la raíz y el fundamento de la relación amistosa. Es sin embargo, el hombre quien debe responder a este llamado de amor y de participación de bienes.

Esto es lo que el Señor Jesús, quiso comunicar a sus apóstoles. En el mandamiento del amor, está contenido el núcleo central de la revelación en la que se manifiesta el amor del Padre al Hijo y la respuesta del Hijo al Padre. Es este amor unido en el Espíritu Santo el fundamento del amor de Cristo a sus discípulos por el cual llega a trasmitirles todo lo que sabe del Padre (1), porque ellos son sus amigos y porque lo son se hacen partícipes del conocimiento de la voluntad de Dios.

Esta es la correspondencia mutua con la cual se da el amor de amigo. Es la base del amor de amistad. Por lo tanto, no se da la amistad sin la otra persona con quien establecerla, no se da el amor de amigo sin el amigo.

Se trata pues, de la manifestación de Dios en la unión de Cristo con quien se encuentra en condición de amistad. Por consiguiente, el llegar a ser amigo es el paso del alma de un estado de imperfección al de perfección y que se ha dado mediante el camino de la virtud, partiendo de la renuncia que el alma ha hecho de su amor propio.

Si bien “en la amistad verdadera se camina progresando y su fruto es tener la experiencia de la dulzura de su perfección” (2), Catalina apunta más alto y progresa aún más llevándonos al amor de hijo.


El amor de hijo

Al hablar del amor filial, Catalina lo expresa y lo eleva a una mayor perfección. Lo explica mostrando la distinción entre éste y el amor de amistad. Si éste tiene como sustento la comunidad de sentimientos que se tiene mediante una mutua correspondencia, aquel se sustenta por medio de los beneficios recibidos con anterioridad. Es decir, la existencia que da el padre al hijo. Por eso, a modo de gratitud es el modelo de amor que debemos tener a quienes nos han hecho o hacen el bien.

Si bien no excluye la correspondencia que se da entre los amigos, no significa que la exige como en el amor de amistad. No necesita la presencia del otro y más aún, ni siquiera su misma existencia. En el fondo es esto lo que marca la perfección en el amor filial. La ausencia de la exigencia en la correspondencia se mantiene firme en el amante, a pesar del olvido o del desprecio y rechazo del amado.

Tal es el amor divino que nace de la bondad de Dios. Es un amor que no tiene razón alguna para amar, y a pesar de que su amor no sea correspondido o gratificado, no por eso deja de manifestarse. Aunque surja la ingratitud de parte nuestra no deja de perdonar las ofensas, por puro amor las perdona siempre fiel en su misericordia.


La mediación de Cristo entre ambos amores

Presentadas las características correspondientes al amor de amistad y al amor de hijo, es necesario ubicarnos en el contexto de la relación de amor entre Dios y el hombre y considerar la mediación de Jesucristo en su obra redentora.

Esta mediación se halla expresada en la doctrina del puente. Catalina explica lo que significa elevarse a ser hijos por el amor y servir a Dios. Esto es, olvidándonos del amor propio y perseverando en el ejercicio de las virtudes. Entonces Dios amará a su creatura con amor paternal correspondiendo al amor con que es amado (3).

Como ya se ha dicho, para acceder al mayor estado de perfección, el alma va escalando de un amor a otro, de modo que del amor egoísta, interesado, de utilidad, avanza al de amigo y de éste al de hijo. Pero ¿cómo avanza el alma en este ascenso y llega a la meta de la perfección? La respuesta está dada por lo que Catalina llama la subida a la caridad perfecta.

Primeramente, el alma se encuentra en estado de imperfección condicionada por un amor servil, amor de utilidad, que espera recompensa y goza en el deleite sin quitarse la venda del amor propio espiritual. Este es el estado más difícil de superar, sin embargo, se convierte en soporte del alma que desea ardientemente despojarse de sí misma y orientarse hacia el corazón de Jesús. Es el lugar donde primero se detiene el alma, los pies de Cristo crucificado.

En segundo lugar, superado el primer obstáculo anteriormente mencionado, el alma, alimentada por la caridad y plantada en la humildad, busca a Dios. Este estadio es muy importante porque indica ya un avance en la perfección. Pues, el alma ha llegado a un conocimiento del corazón de Jesús. En éste está asentado. Por él conoce la verdad.

Aquí se muestra la excelencia del que ha llegado al amor de amigo. Se ha levantado sobre los pies de la voluntad y alcanzado el secreto del corazón.

Por último, se llega a la cumbre. Aquí el alma llega al amor de hijo. Es la unión con la voluntad de Dios y es donde se alcanza la finalidad de nuestra existencia. El fundamento de este amor es el desprendimiento total de nuestro amor propio; por consiguiente, este progreso en la vida espiritual ayuda a no amar tanto lo que recibimos de Dios, la recompensa, sino a Dios mismo.

Este estado es el que corresponde a la boca de Cristo crucificado. Es la mesa donde el alma recibe el alimento de amor, el manjar del misterio de Cristo crucificado en la mesa de la cruz. Es el lugar también, donde conoce y reconoce la caridad de Dios y por eso en él encuentra la paz, el gozo y la quietud.

Pero esto no concluye aquí para Catalina. Ella agrega otro estado más elevado para el alma. Y es aquí, precisamente, donde toma mayor sentido la idea de amor filial. Esto es porque la culminación de la obra redentora de Jesús culmina con nuestra adopción filial (4).

En el espíritu que Cristo nos ha comunicado podemos invocar a Dios con la palabra Padre con la novedad de sentido del Nuevo Testamento. Se trata de la intimidad del hombre con Dios que no tiene lugar antes de Cristo. Por eso, Catalina, fuera del ámbito de los escalones del puente, incorpora este cuarto estado donde el alma se eleva a las alturas celestiales en razón de la perseverancia en la virtud. Es reposar ya en la verdad misma, saboreando el manjar mayor del amor y gozando los efectos de la gracia. Es la participación profunda de la experiencia de amor entre el Padre, el Hijo en la unidad de vida del Espíritu Santo.


Conclusión

Para concluir, diremos que para este camino de perfección los modos de amar, tanto el de amigo, como el de hijo no son excluyentes. Si bien se aprecia en cada uno algunas diferencias, sin embargo, uno le sucede al otro en cuanto que implica el paso de uno de menor perfección a otro más perfecto.
Ciertamente que cada uno tiene características que le son propias, estas características son las que hacen que difieran uno de otro. Esto se puede entender del siguiente modo. Jesús, en su vida terrena, tuvo la misión de transmitir la Buena Nueva, la presencia del Reino de Dios entre los hombres. Para esta misión eligió a sus apóstoles para que le sucedieran en su camino.

En su relación de maestro a discípulos, Jesús les comunicó todo lo referente al Padre. Compartió con ellos la verdad de la revelación. No sólo lo conocieron a él, sino también, por él lo conocieron al Padre. En esta relación de intimidad fueron recompensados por el amor de Cristo. La prueba mayor de este amor fue la de dar su vida. Por eso, así como les entregó la verdad de Dios, les entregó su vida para que tuvieran vida y la tuvieran en abundancia.

Este fue un claro signo de amistad. Cristo lo hizo porque eran sus amigos. Por ellos murió y por todos los hombres de todos los tiempos, presentes y futuros, para que pudieran acceder a los beneficios de la vida eterna.

Pero ¿qué significó el sacrificio de Jesús en la cruz? Fue el paso de la muerte a la vida. De una vida de muerte a una vida de gracia. Cristo, el Hijo unigénito del Padre, por su pasión, muerte y resurrección nos devolvió la dignidad de nuestra humanidad como hijos adoptivos de su Padre. Por medio de su sacrificio hemos vuelto al seno del Padre eterno.

Este es el fundamento presentado por Catalina. Ella afirma que por la cruz redentora, Cristo nos ha recuperado para el Padre como verdaderos hijos suyos hermanándonos en Cristo. Por eso, no nos limitamos a ser amigos de su Hijo simplemente por conocer la verdad, sino que nos eleva a la categoría de hijos, haciéndonos hijos junto con su Hijo unigénito que por amor obedeció a la voluntad del Padre hasta la muerte.

Por lo tanto, con la vida de la gracia nos adherimos a la vida del Hijo para también cumplir la voluntad del Dios Padre que nos ama y nos quiere para sí por los méritos de Cristo en su preciosa sangre derramada.

Jesús es el amigo fiel que nos comunicó la verdad del Padre, pero también es el Hijo predilecto que uniéndose a nosotros y haciéndonos hermanos, nos conduce a la plenitud de vida bajo el cuidado amoroso del mismo Padre.



NOTAS


(1) Jn. 15, 14-15.
(2) Cf. SAN ELREDO DE RIEVAL, Caridad-amistad, Claretiena, Buenos Aires, 1982, pp. 281-282.

(3) Diálogo p. 158.

(4) Rom. 8, 15.

Junio. Mes del Sagrado Corazón.


Santa Catalina de Siena, abogada de las almas devotas del Sagrado Corazón, ruega por nosotros.

(Santa Catalina tiene este privilegio de ser abogada de las almas devotas del Sagrado Corazón por haber recibido la gracia de recibir de Jesús su Corazón: "He aquí, hija carísima, que como Yo os robe vuestro corazón, te entrego el Mio para que vivas siempre por Él").

CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN

Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adoradísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven.

¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los débiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer! Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de mi miseria, luz de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio de toda necesidad.

De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: “Venid a mí, aprended de mí, pedid, llamad...” a las puertas de vuestro Corazón vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.

(Imagen: Santa Catalina de Siena por Giambattista Tiepolo. En Kunsthistorisches Museum de Viena. Procedencia: Convento de S. Giustina, Padua; 1765 por Graz a Viena; Más tarde propiedad de la archiduquesa Maria Anna ( + 1809); 1822 lo compró el museo en subasta Hoppe).

“Non vos me elegistis, sed Ego elegi vos” Ioh 15, 16


“Non vos me elegistis, sed Ego elegi vos” Ioh 15, 16
“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros” Jn 15, 16

“¡Oh Trinidad eterna! ¡Oh Dios! ¿Qué don más grande podías darme que a Ti mismo? Bien sobre todo bien… Belleza sobre toda belleza… Sabiduría sobre toda sabiduría; pues Tú mismo eres la Sabiduría, Tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres”

 (Santa Catalina de Siena, Dialogo, cap. 167).

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

Oración por los Ministros de la Iglesia de Santa Catalina de Siena


Oración de Santa Catalina de Siena

¡Deidad, Deidad, eterna Deidad! Confieso y no niego que eres mar de tranquilidad, donde se alimenta y nutre el alma que conforma su voluntad con tu elevada y eterna voluntad, que no desea sino nuestra santificación. Por eso, el alma que esto medita se despoja de su voluntad y se viste de la tuya.
¡Oh Amor dulcísimo! Me parece señal muy cierta de que se hallan en ti los que siguen tu voluntad a tu modo y no al suyo. El mejor indicio de que se han revestido de tu voluntad es que la buscan y no la de las criaturas racionales, y el no alegrarse de las cosas prósperas, sino de las adversas, a las que consideran ordenadas por tu voluntad, que se mueve únicamente por amor. Por eso aman las cosas como creadas por ti y a todas las juzgan buenas, y por lo tanto, dignas de amor; excepto el pecado , que no procede de ti, y , por consiguiente, no es digno de ser amado. Yo miserable entre los miserables, pequé amando el pecado.

Pequé contra el Señor; ten misericordia de mí.

Señor mío: castiga mis pecados. Purifícame, Bondad eterna, inefable Deidad. Escucha a tu sierva, no mires la multitud de mis maldades.

Te ruego que dirijas por el camino de la santísima cruz, a tu modo y no al suyo, el corazón y la voluntad de los ministros de la santa Iglesia, tu esposa. Que te sigan, Cordero degollado, pobre, humilde y manso; que sean criaturas angelicales, ángeles terrestres de esta vida, puesto que han de administrar el cuerpo y la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero Inmaculado; que no sean como los animales, porque estos no gozan de la razón y nos son dignos de ti. Reúnelos y báñalos, piedad divina en el mar tranquilo de tu bondad, de modo que, por lo inútil que esperan, no estén perdiendo más tiempo lo que tienen.

Pequé contra el Señor; ten misericordia de mí.

Escucha a tu sierva. Yo miserable, te pido que escuches mi voz que te llama. También te ruego por los hijos que has querido que yo ame con singular amor a causa de tu inestimable caridad, ¡oh suma , eterna e inefable Bondad! Amén. 

Santa Catalina de Siena, Oración XI.


"¡Oh María, María templo de la Trinidad! Oh María portadora de fuego; María, dispensadora de misericordia; María, germinadora del fruto; María, redentora del género humano, porque sufriendo tu carne en Cristo, fue redimido el mundo. Cristo lo redimió con su pasión, tú con el dolor del alma y del cuerpo.

Oh María, mar apacible; oh María, donadora de paz; María, tierra fecunda. Eres tú, María, planta joven de la que tuvimos una fragante flor, la Palabra, el unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrada esa Palabra. Tú eres la tierra, tú eres la planta.

¡Oh María, carro de fuego! Tú diste tu manto al fuego escondido y velado bajo la ceniza tuya, es decir, en nuestra condición humana. (2 R 2, 12-13)

Oh María, vaso de humildad en el que está y arde la luz del verdadero conocimiento con cuya luz te elevaste sobre ti misma, y por eso agradaste al Padre y te raptó y llevó a sí, amándote con amor singular. Con la misma luz y el fuego de tu amor y con el aceite de tu humildad, atrajiste e inclinaste a la humildad divina a que viniera a ti, si bien, ya antes era Dios atraído a venir a nosotros por el ardentísimo fuego de su ardiente amor.
Oh María, que tuviste esta luz y no fuiste necia, sino prudente, y por esa prudencia quisiste saber del ángel cómo sería posible lo que te anunciaba. ¿Acaso tú no sabías que esto era posible al Dios omnipotente? Creías, sin ninguna duda. ¿Por qué, pues, decías, pues no conozco varón? (Le 1, 34) No dijiste esto porque te faltase la fe, sino que lo dijiste por la profunda humildad con que considerabas tu indignidad, aunque no dudases que esto fuera posible a Dios.

Oh María, ¿te turbaste por miedo a la palabra del ángel? No parece, mirándolo a la luz de Dios, que te turbases por miedo, aunque mostrases algún gesto de admiración y alguna turbación ¿De qué te maravillaste? Ciertamente, porque veías la gran bondad de Dios y te admirabas, considerándote a ti misma, cuan indigna eras de recibir tan grande gracia. Estabas, pues, admirada y estupefacta ante la consideración de la grande e inefable gracia divina en ti infundida y la consideración de tu indignidad y debilidad. Así, pues, preguntando con prudencia demostraste tu profunda humildad. Así que, como queda dicho, no tuviste temor sino admiración ante la inmensa bondad de Dios y la consideración de tu pequeñez y de la casi nulidad de tu valía.

Tú, oh María, hoy fuiste hecha libro en que se halla descrito nuestro modo de actuar. En ti hoy se halla descrita la sabiduría del Padre eterno, en ti hoy se manifiesta la fortaleza, la dignidad y la libertad del hombre. Digo que se manifiesta la dignidad del hombre porque, si te miro a ti, María, veo que la mano del Espíritu Santo describió hoy en ti a toda la Trinidad, cuando formó en ti la Palabra encarnada, el Hijo unigénito de Dios: describió en ti la sabiduría del Padre, es decir, la misma Palabra, unigénito de Dios; describió también la potencia del mismo Padre, pues fue poderoso para realizarlo; describió la clemencia del mismo Espíritu Santo, pues sólo por benevolencia y clemencia divina fue llevado a cabo tan grande misterio".

(Santa Catalina de Siena V.O.T., Oración XI, en el día de la Anunciación, 1379: ed. G. Cavallini, Roma, 1978, pp. 119-123).

(Imagen: Santisima Virgen Maria, con el Divino Niño, San Juan Bautista y Santa Catalina de Siena, por Rutilio Manetti).

Santa Catalina de Siena – Textos para leer y descargar

Catalina dictando sus diálogos
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Fuente: misticavita.wordpress.com

Santa Catalina y el Padre Pio sobre las tentaciones


“Fíjate bien: siempre que la tentación te desagrade, no tienes por qué temer, pues, ¿por qué te desagrada si no porque no quisiste sentirla?

Estas tentaciones tan inoportunas nos vienen de la malicia del demonio, pero el desagrado y el sufrimiento que sentimos por ellas vienen de la misericordia de Dios, que, contra la voluntad de nuestro enemigo, aparta de su malicia la santa tribulación, y por medio de ella purifica el oro que quiere incorporar a sus tesoros.

Digo más: tus tentaciones son del demonio y del infierno, pero tus penas y sufrimientos son de Dios y del paraíso; las madres son de Babilonia, pero las hijas son de Jerusalén. Desprecia las tentaciones y abraza las tribulaciones.

No, no, hija mía, deja que sople el viento y no pienses que el sonido de las hojas sea el rumor de las armas”. (Padre Pio de Pietrelccina)

“No os esforcéis por vencer vuestras tentaciones porque este esfuerzo las fortalecería; despreciadlas y no os entretengáis en ellas. Imaginaos a Jesucristo crucificado entre vuestros brazos y sobre vuestro pecho y repetid muchas veces besando su costado: ¡Esta es mi esperanza, ésta es la fuente viva de mi felicidad! ¡Yo os agarraré estrechamente y no os dejaré hasta que me coloquéis en un lugar seguro! ”. (Padre Pio de Pietrelccina)

"Santa Catalina, como lo hiciera San Antonio, dijo: «-¿Señor, dónde estabas tú cuando mi corazón era tan atormentado? -Yo estaba en el medio de tu corazón -repuso el Señor. -Ah, Señor -replicó Catalina-, Tú eres la eterna verdad y yo me inclino humildemente ante tu majestad, pero ¿cómo puedo creer que estabas en mi corazón cuando este estaba lleno de tan detestables pensamientos? -¿Te dieron esos pensamientos agrado o dolor? -Una tristeza y pena excesivas. -Estuviste apenada y sufriste porque yo estaba oculto dentro de tu corazón. Si yo no hubiese estado allí, esos pensamientos habrían penetrado dentro de tu corazón y te habrían llenado de alegría, pero mi presencia te los hizo insoportables; tuviste la voluntad de rechazarlos porque estaban allí a pesar tuyo y precisamente porque no conseguías rechazarlos se te llenaba el alma de tristeza. Yo obré sobre tu alma y te defendí contra tu enemigo".

(Bto. Raimundo de Capua, Vida de Sta Catalina de Siena, cap. X: "De las admirables victorias que obtuvo sobre las tentaciones y de su extraordinaria intimidad con Nuestro Señor").

(imagen: Santa Catalina de Siena acosado por los demonios , temple sobre tabla, Museo Nacional, Varsovia).

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

ORAR POR LA ORDEN DE PREDICADORES


“No es tiempo de dormir, sino de rogar con solicitud al dulce español [santo Domingo] que no duerma en los asuntos de su Orden, que estuvo siempre para exaltación de la fe y ahora se ha convertido en contaminadora. Me lamento hasta la muerte. Ya no puedo sino terminar mi vida en llanto y grandísima aflicción” (Carta de Santa Catalina de Siena a Fray Raimundo de Capua, O.P. [carta: 344]).

(Imagen: Santa Catalina de Siena por Giambattista Tiepolo (1696-1770), Museo de Historia del Arte de Viena).

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Santa Catalina de Siena y la Navidad


Santa Catalina de Siena tenía un especial amor al misterio que contemplamos en la Navidad. Una noche de Navidad, mientras rezaba en la Iglesia de Santo Domingo, se le concedió una visión muy impresionante: La Virgen María de rodillas adorando en oración ferviente al recién nacido, el Divino Niño. Santa Catalina estaba tan sobrecogida que suplicó humildemente a la Virgen que le permitiera cargar al Niño por un momento. Con una sonrisa afectuosa, la Virgen tomo el Niño y se loentregó a Catalina, quien teniéndolo en sus brazos, lo beso y le susurró en el oído los nombres de todos sus seres queridos. 

Poco antes de morir, que fue en un Adviento, Santa Catalina escribió estas palabras a una amiga: "Te pido, en este dulce tiempo de Adviento y de la fiesta de la Navidad, que visites el pesebre donde posa el Manso Cordero. Allí encontrarás también a María, una extranjera y un exilio, en tan gran pobreza que no tiene con que vestir al Hijo de Dios, o fuego con que calentarlo....Asegúrate de recurrir siempre a la Virgen Santísima, abrazando siempre la cruz".


(Imagen: detalle de "Maternità mistica di Santa Caterina", 1896, de Alessandro Franchi-Gaetano Marinelli).

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